19 febrero, 2013

My obsession /Capítulo 54


























CAPITULO 54


Estacioné el coche y bufé. Aún estaba algo picado por lo que había pasado. Obviamente Meer no tenía la culpa, pero un vez que se le había pasado la vergüenza por lo sucedido; había adoptado una sonrisa burlona con respecto a mi situación que me ponía los nervios de punta.
La miré fijo una vez el motor del coche se hubo detenido. Ella me miró también, levantando las cejas. Me abalancé hasta que mi rostro quedó sólo a centímetros del suyo. Le respiré en la cara.
—Nunca dejo las cosas a media, Mery —mi tono sonó intimidante, reí por dentro —recuerda que siempre acabo lo que empiezo —esta vez quien sonrió burlón fui yo. Acto seguido, le besé el hombro descubierto. Me separé de ella y me bajé del automóvil, dejándola dentro completamente anonadada.
Comencé a bajar nuestros bolsos desde el asiento trasero, un par de pequeñas mochilas con toallas, bronceador, maquillaje, bleh, lo típico.

Comencé a bajar por una pequeña colina de pasto que daba a la inmensa playa, sentí a mi novia siguiendo mis pasos, en silencio. Luego ella se adelantó, y comenzó en caminar hacia la zona más cercana al mar. Arrojó su bolso debajo de una sombrilla bien acomodada en la arena.
La imité, estirando antes, nuestras toallas sobre el suelo caliente. Me senté sobre una de ellas y repasé el lugar con un vistazo… Demonios que lindo paisaje. Mientras Meer comenzaba a sacar las cosas de nuestros bolsos, observé todo a mi alrededor. El sol abrasador daba de lleno sobre toda la playa de fina arena que se ponía más oscura en la orilla, donde rozaba con la cristalina agua de mar. Estaba repleto de gente. Parejas, familias completas, niños jugueteando por doquier, jugando con sus pelotas o armando castillitos de arena en la orilla. Algunos más aventureros, se arriesgaban a practicar distintos deportes acuáticos como el surf, buceo y otros.
Observé sobre mi hombro a mi acompañante. Meer untaba protector solar delicadamente sobre sus brazos. La examiné detenidamente. Vestía una camiseta muy ceñida sin mangas y con capucha y unos shorts de jean que le daban a la mitad de los muslos. Me humedecí los labios, ¿era idea mía o el sol comenzaba a calentar más? Mery comenzó a meter su mano por debajo de su camiseta, intentando llenarse de la crema, sin necesidad de quitarse la ropa. Suspiré bien fuerte, el día comenzaba a arder. Desvié mi mirada mientras me quitaba la camiseta, acomodé mi cabello y me recosté de espaldas, apoyando mi peso sobre mis codos. Hundí mis pies descalzos en la arena caliente mientras cerraba los ojos. Qué bien se estaba allí.
De repente dos manos resbalosas se pegaron a mi pecho, me sobresalté alzando la cabeza con los ojos abiertos como platos. Meer rio mientras resbalaba sus suaves manos por mi torso, cubriéndome de protector solar.
—Quédate quieto —me apremió entre risas —estás tan blancucho, necesitas algo de sol pero sin necesidad de terminar en el hospital por quemaduras —sonrió mostrando su hilera de bonitos dientes. Sentí un hormigueo entre mis piernas.
Ella seguía refregando sus manos contra mi piel, con un gesto concentrado donde se mordía el labio. Completamente excitable. Justo cuando mi sangre comenzaba a amontonarse en zonas peligrosas, ella sonrió, orgullosa.
—¡Listo! Ahora vamos a nadar… —en un abrir y cerrar de ojos, se quitó su ropa, me tomó de la mano, y comenzó a correr por la arena arrastrado de mí como una loca.
Corría y reía hasta que sin previo aviso, hizo que nos adentráramos en el agua. Aún no sé si me entumecí por el shock de sentir el frío del agua de lleno contra mi piel, o de puro placer de aquella imagen que se presentaba ante mis ojos.
Meer correteaba a mi alrededor, con el sol reflejándose en sus ojos que combinaban con el mar que nos llegaba hasta la cintura. Su piel blanca resaltaba aún más con aquella pequeña bikini negra con bordes plateados que marcaban su figura como un pequeño reloj de arena.
Le sonreí abiertamente mientras me lanzaba a por ella. Comenzamos a corretear por el agua como niños, salpicándonos, atrapándonos o simplemente llenándonos de besos mientras apartábamos poco a poco de la zona donde nuestros jueguitos habían comenzado.

En un momento donde ninguno podía parar de reírse, completamente empapados y agotados, nos dimos contra la cruel realidad de que no teníamos idea de donde estábamos.
Ya no se veía gente a nuestro alrededor, aún nos encontrábamos en la costa, pero seguramente en una zona que no pertenecía a los lugares turísticos.
Salí del agua, tomado de la mano con mi novia, mirando hacia todas las direcciones, suspiré aliviado cuando al agudizar mi oído pude escuchar los gritos lejanos de los niños jugando, y del gentío en general que antes nos había rodeado. Eché un vistazo al nuevo paisaje. La arena de la orilla había sido sustituida por rocas cubiertas de musgo, que se iban haciendo más grandes hasta que a lo lejos, formaban una pequeña montaña que sobre todo parecía ser una cueva.
Meer presionó mi mano entre la suya y la miré. Se mordía el labio traviesamente. Y antes de que pudiera darme cuenta, volvía a ser arrastrado por sus corridas de lunática divertida.
Caminábamos graciosamente de puntillas y pisando incómodamente, con cuidado de no lastimarnos con las rocas u otra cosa que hubiera podido haber por allí.
Me limpié una manchita de barro de la pierna, justo cuando Meer me soltaba al ingresar a aquel extraño lugar.
—Wow —la oí susurrar. Levanté la vista para observar lo que ella…
—Sí… wow…

En aquella cueva, a orillas del mar, el mundo parecía distinto. Era un húmedo lugar donde los rayos del sol alcanzaban a entrar sólo hasta el ocaso, en tonos anaranjados y rojizos. Aquellos halos brillaban sobre las distintas piedritas de colores que decoraban el suelo natural, donde el agua sólo nos llegaba hasta la rodilla. Las rocas iban abriéndose cada vez más altas hasta formar las altas paredes de aquella cueva, hasta formar un techo natural en forma de cúpula, donde seguro se formarían estalactitas en épocas de baja temperatura.
Vi a Meer sonreír, emocionada y completamente sorprendida de la hermosura que cargaba el paisaje que nos rodeaba. Le acaricié la mejilla lentamente.
—Es hermoso —susurró.
—Tú eres hermosa —repliqué. Sonrió mientras se acercaba a juntar fugazmente nuestros labios.
—¡Mira Bill, mira! —chilló una vez nos hubimos separado. Señaló una zona de la cueva, donde las rocas se empinaban, acabando su contacto con el agua y simulando la forma de las típicas reposeras de playa, comenzando bien horizontales para irse enderezando. Allí descansaban un montón de caracoles vacíos, piedritas brillantes e incluso una estrella mar. Meer se sentó sobre la orilla de una roca, con las piernas aún metidas en el agua, un poco recostada. Comenzó a juntar aquellas cositas de preciosos colores como una niña, mientras de vez en cuando chillaba mostrándome y haciendo gestos graciosos de sorpresa o admiración. Sonreí mientras me sentaba a su lado, estrujando un poco mi cabello.
De repente me encontré mí mismo observando a Meer con atención. La manera en que su bikini se había mojado, adhiriéndose a su cuerpo, me hacía temblar. El oscuro negro de su sostén, contrastaba con la palidez de su piel, mientras que combinaba con el cabello azabache que le caía por la espalda, pegándose a la piel, hasta rozarle aquel hermoso trasero de abeja donde comenzaban sus largas y blancas piernas que me hacían delirar. Encogí las piernas, sintiendo un molesto pero a la vez delicioso latido entre ellas. Me sorprendí al notar como mi mente fantaseaba con aquel cuerpo que tan mío podía llegar a ser. La idea me hizo explotar internamente. Recordé la promesa indirecta que le había hecho sobre acabar lo que habíamos comenzado en el hotel. El vello se me erizó de pura excitación. Como un acto reflejo, me pegué más a su espalda, sintiendo el placer de pegar mi abdomen contra sus costillas. Detuvo sus jueguitos con las piedras, mientas me miraba de reojo por el rabillo del ojo. Se puso tensa, y aquello me invitó a deslizar mi mirada hasta su busto, donde sus pechos se habían puesto redondos y rígidos. Llevé una mano a su cuello, deslizando mis dedos suavemente por su garganta para luego comenzar a deslizarlos hacia abajo, con mi pulgar adentrándose entre sus pechos, por debajo de la junta de su bikini. Meer suspiró, mientras mi mano se resbalaba más había abajo, rozando de manera estimulante su plano estómago, y luego llegar a su muslo, donde apreté la pálida carne entre mis dedos. Ahogó un gemido mientras yo suspiraba entrecortadamente contra su oído. Acaricié con mis labios el hueco inferior de su cuello e inhalé la seductora fragancia de su piel.
—Te dije que lo acabaría —susurré. Ella tragó saliva con dificultad y se relamió los labios, mientras sus manos se apretujaban nerviosas por lo que vendría. El silencio en aquel lúgubre lugar sólo era roto por un goteo constante y nuestras respiraciones jadeantes. Seguí acariciando sus muslos mientras la oía suspirar entrecortadamente y ahogar gemidos de manera excitante.
—No es justo que te aproveches de mí de esta manera —sonrió mientras cerraba los ojos, dejándose llevar.
—No es justo que no pueda hacerte esto cada minuto del día —mordí el lóbulo de su oreja y ella gimió en voz alta. Se volteó hacia mí en un movimiento que no vi venir, quedando frente a frente, con nuestras frentes apoyadas, jadeando cada vez más fuerte. Meer rodeó mi cuello con sus brazos y pegó nuestras bocas, entrelazó sus dedos firmemente con mi cabello, tiró de mi cabeza hacia ella y yo no dudé en tomarla y apretarla contra mi cuerpo. Sentía mi entrepierna latir con locura, y cada poro de su piel que se pegaba a la mía, volvía el momento más insano. Mi boca se movió de una forma salvaje y mis brazos se cerraban en torno a su cuerpo cada vez con más fuerza. Nuestros latidos se confundieron en un ritmo desenfrenado. Nuestros besos se volvieron cada vez más largos y profundos.
Meer apoyó sus manos en mi espalda, y la exploró hasta llegar a la cintura de mis bermudas donde sus dedos juguetearon con gracia, llenándome de más y más ganas. Sin embargo los míos, se deslizaron ágilmente por su espalda, desarmando todo nudo que encontraban a su paso; luego fue el turno del nudo que se amarraba en la nuca. Ni siquiera sé dónde dejé caer su sostén. Los dedos de nuestras manos se entrelazaron mientras yo elevaba las suyas hasta mis hombros. Meer dejó sus manos allí, permitiéndome examinar su esbelto cuerpo por completo. Un temblequeo de puro placer, sacudió mi cuerpo. Continuamos besándonos desesperadamente en una guerra donde la lengua más deliciosa ganaría, mientras las manos temblorosas de Meer, se deshacían de mi pantalón. La cabeza me maquinaba a mil por hora… pensaba en cómo sus caderas encajaban a la perfección en mis manos, en que tan suave era aquí, y aquí, en cómo dejaba que la tocara pero también era tímida, en que olía a flores y... 
Llevé mis manos a sus caderas, las presioné y ella volvió a gemir. Deslicé su ropa interior restante a lo largo de sus piernas, hasta que quedó pendiendo de uno de sus tobillos. Bajé una de mis manos hasta mi miembro, lo tomé y me posicioné entre sus piernas abiertas alrededor de mi cintura. Tanteé su entrada suavemente, haciendo que se retorciera, anhelando tener el peso de mi cuerpo sobre ella. Aproveché uno de sus suspiros, para penetrarla. Meer se arqueó hacia mí, y exhaló un leve gemido.
Ambos nos quedamos inmóviles, presos de una oleada de placer. Me moví y volví a penetrarla lentamente, repetí el procedimiento deleitándome con las paredes de su interior aprisionando mi virilidad.
Comencé con una serie de movimientos rápidos, mientras le cubría el cuello de besos y me embelesaba con el sonido de sus gemidos.
El volumen creciente de sus jadeos, me hizo saber que el punto culminante se acercaba, aceleré una vez más mi ritmo hasta sentirla desvanecerse en mis brazos entre gemidos y grititos de excitación. Nos besamos profundamente, con la respiración entrecortada, nuestros pechos agitados rozándose con ansias, le mordisqueé el labio inferior con fuerza mientras acababa, y sentí el sabor metálico de una gotita de sangre en mi paladar. Suspiré y salí de ella, la miré. Estaba húmeda por el agua y el sudor, completamente pegada a mi cuerpo. Volví a besarla mientras ella sonreía contra mis labios, y así nos quedamos un rato largo, entre besos y caricias en nuestro propio país de las maravillas hecho de arena, piedras, agua y caracoles.

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