18 febrero, 2013

My obsession /Capítulo 50
























CAPITULO 50


Mery tendría dieciocho en dos semanas. Ya no dependería de sus padres… esa mujer que decía llamarse su madre ya no tendría autoridad sobre ella. Eso me relajó un poco, aunque nada era cien por ciento seguro ¿y si su madre había planeado enviarla dos o tres días antes de su cumpleaños? tendría que impedir todo esto… porque… porque ella no podía irse, no se podía alejar de mí. La necesito.
Sólo… sólo tenía que serenarme, ordenar las ideas en mi cabeza y luego idear un plan. Ahora Mery estaba enojada conmigo, eso no dejaba de inquietarme… pero me preocupaba mucho más que la enviaran de vuelta a Estados Unidos, lo de la pequeña “pelea” que tuvimos lo podríamos arreglar después, cuando todo se calmara.
El panorama era desalentador. Sí, pero tengo que ingeniármelas...encontraré la manera de que Mery esté conmigo, porqué ella ya es mía, es parte de mi alma y tiene mi corazón en sus manos. No importa que es lo que tenga que hacer, incluso me lanzaría de un avión sin paracaídas si es necesario. Por ella soy capaz de todo.
Necesitaba de alguien...alguien con muchas ideas...alguien...alguien cómo Tom. Sí, de seguro a él se le ocurre algo. Por ahí dicen: Dos cabezas piensan mejor que una. Y si son gemelos, pues supongo que mucho mejor. Lo miré y sonreí de medio lado como un bobo, normalmente hablamos y toda la cosa, es obvio… pero ahora era como si fuese una aparición divina ¡Tenía que ayudarme o iba terminar histérico y depresivo y... sin Mery, eso era la muerte misma!
Tom... Tom era mi salvación, siempre había estado allí para apoyarme y ahora lo necesitaba más que nunca. Tragué saliva e intenté relajar el cuerpo, aún seguía tenso por lo de hace algunos minutos, aún me costaba respirar.
—¿Qué? —preguntó Tom al darse cuenta de que no le quitaba los ojos de encima. Intenté pensar bien mis palabras, moderar mi tono de voz, no quería sonar como un desesperado. Aunque realmente si lo estaba.
—Necesito que... que me ayudes —hablé como pude. Seguía sintiendo ese nudo en la garganta. Sinceramente tenía ganas de encerrarme en la habitación y llorar como un niño. Pero no me lo permitiría, no había razones para hacerlo... Mery seguía aquí.
—¿Necesitas que yo... la asesine? —bufé y le di una de esas miradas. Se lo dije todo con ella, le transmití todo lo que sentía, todo lo que me atormentaba. Mery, Mery...Dios, tengo que encontrar una solución —bien… pensaré en algo —al menos lo intentaría. Me pasé la mano por la frente y miré a mamá.
—No tengo hambre… voy a estar en mi habitación —ella asintió y me fue directo a las escaleras. Me sentía débil, derrotado… tenía ganas de llorar, los ojos húmedos aún. Pero no me permitiría derramar lágrimas antes de tiempo, sin saber lo que iba a pasar. Cerré la puerta una vez adentro. Me acerqué a la ventana. No había luz en su habitación… decidí no molestarla y cerré la cortina. Me lancé sobre la cama. Odiaba sentirme así, tan impotente, tan estúpidamente inservible. Cerré los ojos con fuerza.
Tenía que buscar la manera de arreglar todo esto, tenía que haber una solución… hacer entrar en razón a su madre no contaba como posibilidad. Cerré los ojos, pensando. Las vacaciones coincidían para esos días… tenía los boletos para el veintiocho, el cumpleaños de Mery era el veintiséis. Quizás podría cambiar los boletos para ese mismo día y nos podríamos ir. Pero nadie me aseguraba que Mery seguiría aquí para su cumpleaños. Esa mujer había dicho en dos semanas, pero no había especificado el día. Todo esto era tan confuso. Tenía un lío inmenso en la cabeza y como todo era muy reciente me costaba pensar. Se le podía añadir también que ahora Mery estaba enfadada conmigo… yo sólo había evitado que cometiera alguna locura ¡Golpear a su madre iba a empeorar las cosas!, ella no lo entendía… había estado cegada por la rabia o quizás era muy joven como para pensar las cosas antes de hacerlas.
El enfado que mi novia cargaba hacia mí no me quitaba en absoluto la idea de la cabeza de alejarla de esa espantosa mujer que tenía como madre. Y para ello, puse manos a la obra.
En esa semana, pasé la mayor parte de mi tiempo que no ocupaba trabajando, en casa. Pero no en la casa de mi madre, sino en la mía, aquella que compartía con Tom. Aquel lugar, irónicamente me traía más paz, puesto que tenía muchas cosas de las cuales hacerme cargo en sólo dos semanas. Además, me alejaban de la mala situación que sería encontrarme con la madre de Meer en la calle o cerca de casa. Después de todo, no estaba seguro de poder seguir controlándome como aquel día en que Mery se había enojado conmigo. Quién sabe sino terminaba encarcelando a su madre, o atándola a un poste para que no alejara a mi Mery.
Aquellos días se pasaban lentos, entre ajetreos que conllevaban todos los papeleos para mis vacaciones junto a Meer. Debía pedir una comprobación de las vacaciones acumuladas con las que contaba, y que no me había tomado antes por equis razón. Así mi tiempo libre sería mucho más largo. También debía ver lo de la Visa de Meer, y renovar la mía, ya que hacía muchísimo tiempo que no salía del país por vacaciones. Por suerte recordaba los número del documento de identidad de mi chica, eso me ayudaría muchísimo. También tuve que ocuparme del pastón de trabajo con el que me cargaron justo antes de marcharme, después de todo, yo era bueno en lo que hacía y más les convenía a mis superiores aprovecharme antes de que mi tiempo libre llegara.
Con tantas distracciones y todo, sin embargo no podía evitar mantener mi móvil cerca, mirándolo cada cinco minutos por rastros de Meer. Una llamada, quizá un mensaje de texto que me dijera que ya no estaba enojada, incluso que lo que su madre había dicho aquel día había sido una broma muy, muy pesada. Pero eso no iba a ocurrir. Por lo que debía seguir concentrado en lo que me quedaba de tareas laborales y todos los trámites para el regalo perfecto de cumpleaños. Los días en el calendario iban tachándose lentamente, sin llegar al fin hasta donde se dibujaba un pastelito de cumpleaños, el día en que mi pequeña celebraba su aniversario de nacida.



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