CAPITULO
23
Genial, Inglaterra. Lo digo lo más irónicamente posible.
Miré hacia todos lados, se me hizo algo familiar ese lugar… pero yo no había estado antes en Inglaterra, eso me pareció extraño. Caminé hacia uno de los tantos asientos que allí había y me senté, luego de haber recogido todo mi equipaje, claro. Iba más cargada que un burro de carga. Supuse que alguien vendría por mí. Mi padre no me había dado ninguna clase de instrucción de lo que tenía que hacer después de bajarme del avión. Y a juzgar por la gente y sus trajes abrigados, y algunos mojados, supuse que estaba lloviendo. Así que… yo no iba a salir de aquí con todas estas maletas y la lluvia, aunque quisiese escaparme. Eso ya lo haría una vez en el internado.
Me llevó las manos a la cara y me refregué los ojos. Aún tenía un poco de sueño. Encendí el reproductor nuevamente y me puse a escuchar música para no aburrirme. Que día más malo. Ni siquiera me había despedido de mis amigas y quizás ya no las volvía a ver. Mi madre y mi padre se tiraban la pelota de problemas el uno al otro. Y esa pelota de problemas era yo, claro está. Y pues, ahora, yo estaría en un internado, donde posiblemente me expulsarían igual que antes y mis padres me enviarían a una cárcel o algo por el estilo, si es que no era uno de esos lugares donde dejan a los locos.
Resoplé y me resbalé en el asiento. Movía mi pie al ritmo de la música, al igual que mi cabeza. Miré como la gente pasaba, algunos niños me miraban. Unos más asustados que otros. Todos con curiosidad. Vamos, yo no era diferente, pero creo que llamaba la atención… y eso no me gustaba de cierta manera.
Con un movimiento de cabeza me cubrí la cara un poco con el flequillo, para que no pudiesen ver mis ojos y yo tampoco pudiese ver a toda esa gente que me desesperaba.
Y de pronto, una mano se posó en mi hombro, haciéndome lanzar un grito agudo y dar un bote. Casi se me había salido el corazón por la boca. Me quité los audífonos con rapidez y miré hacia arriba, quitándome el fleco de los ojos.
Mi cara se contrajo en una mueca de asco y repugnancia. La miré con odio, asesinándola con la mirada. Ella tenía una sínica sonrisa grabada en su rostro.
Vi cómo se acercaba y me comenzaba a rodear con sus brazos. Sentí tal asco, que me eché hacia atrás en el asiento y la empujé. No la quería abrazar, no quería que me tocara. Ni siquiera quería que me mirara.
Estaba confundida, más que confundida ¿qué hacía ella en Inglaterra?, ¿qué hacia mi madre aquí? se suponía que ella iba a estar en Alemania.
A no ser que…
Dios. No.
—¡Hija! —dijo mi madre alegremente, intentando abrazarme de nuevo.
—No me toques —Me volví a alejar —¿qué haces aquí?
—¡Bienvenida a casa! —no lo entendía. A casa… y así es como estaba de contenta. Estúpida.
Dios. No.
—¡Hija! —dijo mi madre alegremente, intentando abrazarme de nuevo.
—No me toques —Me volví a alejar —¿qué haces aquí?
—¡Bienvenida a casa! —no lo entendía. A casa… y así es como estaba de contenta. Estúpida.
Ok, ya lo tenía… estaba en Alemania.
Apagué el reproductor y me levanté del asiento mientras lo guardaba en mi
bolsillo. Seguidamente cogí dos de las maletas y se las di a mi madre.
—Tú llevarás eso. Y ten mucho cuidado de no dañarlas, que son delicadas —mi madre las cogió algo cortada y yo tomé otras cuatro que aún estaban en el suelo y comencé a caminar con ellas hacia la salida. Una vez llegué a la puerta de cristal que daba hacia afuera, esperé a que ella pasara primero. Afuera había un hombre con un coche bastante grande, pero no tan genial como los de mi padre. Tenía el porta maletas abierto. Vi que mi madre se acercaba a él y yo la seguí. Ella le dio las maletas y yo la imité.
—Cariño, esta es mi hija Meer —le dijo a ese hombre —y Meer, él es mi esposo Anthony—¡¿esposo?! ni siquiera me había invitado a su boda ¡ni siquiera me había enterado de que ella estaba casada!
—¡Hola, Meer! —me saludó aquel hombre. Yo lo miré con superioridad y no le dije nada. Tenía una cara de pervertido tremenda y, sinceramente, me dio algo de miedo.
—Saluda, hija.
—No soy tu hija —luego de eso se hizo un incómodo silencio, mientras el querido esposo de mi madre guardaba todas las maletas.
—Emm… es mejor que nos vayamos a casa —soltó él tras cerrar la puerta. Mi madre comenzó a caminar hacia la puerta delantera y aquel hombre hacia la otra. Supuse que yo tendría que irme a la trasera. La abrí, estaba mojada. Me subí dentro del coche y luego la volví a cerrar.
El coche tenía un ambiente cálido.
A medida que nos íbamos adentrando en la ciudad iba recordando lo que había sido mi vida en ese lugar y lo diferente que estaban algunas cosas. Aunque igual había algunas que no habían cambiado para nada.
—Tú llevarás eso. Y ten mucho cuidado de no dañarlas, que son delicadas —mi madre las cogió algo cortada y yo tomé otras cuatro que aún estaban en el suelo y comencé a caminar con ellas hacia la salida. Una vez llegué a la puerta de cristal que daba hacia afuera, esperé a que ella pasara primero. Afuera había un hombre con un coche bastante grande, pero no tan genial como los de mi padre. Tenía el porta maletas abierto. Vi que mi madre se acercaba a él y yo la seguí. Ella le dio las maletas y yo la imité.
—Cariño, esta es mi hija Meer —le dijo a ese hombre —y Meer, él es mi esposo Anthony—¡¿esposo?! ni siquiera me había invitado a su boda ¡ni siquiera me había enterado de que ella estaba casada!
—¡Hola, Meer! —me saludó aquel hombre. Yo lo miré con superioridad y no le dije nada. Tenía una cara de pervertido tremenda y, sinceramente, me dio algo de miedo.
—Saluda, hija.
—No soy tu hija —luego de eso se hizo un incómodo silencio, mientras el querido esposo de mi madre guardaba todas las maletas.
—Emm… es mejor que nos vayamos a casa —soltó él tras cerrar la puerta. Mi madre comenzó a caminar hacia la puerta delantera y aquel hombre hacia la otra. Supuse que yo tendría que irme a la trasera. La abrí, estaba mojada. Me subí dentro del coche y luego la volví a cerrar.
El coche tenía un ambiente cálido.
A medida que nos íbamos adentrando en la ciudad iba recordando lo que había sido mi vida en ese lugar y lo diferente que estaban algunas cosas. Aunque igual había algunas que no habían cambiado para nada.
Me alivié un poco al doblar a la
esquina, que según recordaba era la calle por la que quedaba mi casa.
La calle estaba completamente igual. Me pregunté si la gente seguiría igual, con Bill incluido. Quizás el seguía aquí.
No supe la razón pero en cuanto pasamos frente a su casa, el corazón me anduvo muy deprisa. La respiración se me volvió irregular y sentía que la fuerza me abandonaba. Un pinchazo en el pecho… y enseguida los ojos se me nublaron.
El coche se detuvo.
Muchos recuerdos se me venían a la cabeza rápidamente, provocándome ganas de llorar y de salir corriendo de ese lugar ahora mismo. Hacía mucho que no me sentía así de mal. Y esa sensación de angustia no me gustaba.
Me bajé del coche y cogí dos de mis maletas, mi madre y su esposo se habían repartido las otras cuatro, llevando dos cada uno.
El hombre cerró la puerta con llave y luego entramos a la casa, que mi madre ya había abierto.
—Te ayudaré con las maletas —me dijo el esposo de mamá. Mi madre asintió con la cabeza y comenzaron a subir las escaleras. Yo les seguí.
Me sorprendí al comprobar que mi habitación estaba intacta. No había nada fuera de su lugar… todo estaba completamente ordenado, como lo había dejado. Incluso, había una capa de polvo sobre los muebles. Dejé caer las maletas al piso, junto a las otras cuatro.
Pude percibir una mirada que le lanzó mi madre a su esposo y este salió de la habitación como toda respuesta.
La calle estaba completamente igual. Me pregunté si la gente seguiría igual, con Bill incluido. Quizás el seguía aquí.
No supe la razón pero en cuanto pasamos frente a su casa, el corazón me anduvo muy deprisa. La respiración se me volvió irregular y sentía que la fuerza me abandonaba. Un pinchazo en el pecho… y enseguida los ojos se me nublaron.
El coche se detuvo.
Muchos recuerdos se me venían a la cabeza rápidamente, provocándome ganas de llorar y de salir corriendo de ese lugar ahora mismo. Hacía mucho que no me sentía así de mal. Y esa sensación de angustia no me gustaba.
Me bajé del coche y cogí dos de mis maletas, mi madre y su esposo se habían repartido las otras cuatro, llevando dos cada uno.
El hombre cerró la puerta con llave y luego entramos a la casa, que mi madre ya había abierto.
—Te ayudaré con las maletas —me dijo el esposo de mamá. Mi madre asintió con la cabeza y comenzaron a subir las escaleras. Yo les seguí.
Me sorprendí al comprobar que mi habitación estaba intacta. No había nada fuera de su lugar… todo estaba completamente ordenado, como lo había dejado. Incluso, había una capa de polvo sobre los muebles. Dejé caer las maletas al piso, junto a las otras cuatro.
Pude percibir una mirada que le lanzó mi madre a su esposo y este salió de la habitación como toda respuesta.
Entonces mi madre saltó sobre mí y me
comenzó a abrazar.
—¡Ay, Hija! ¡Te extrañé tanto, ni te lo imaginas!, ¡No sabes lo feliz que estoy con que vuelvas! —me la intenté quitar de encima, pero ella me apretujaba y apretujaba cada vez más.
—Ya —dije intentando quitármela. Comenzó a besuquearme la cara y yo a alejarme con gesto de asco —ya basta.
—¡Hija! ¡Mi Meer, mi pequeña! ¡no te imaginas cuanto te extrañé!
—Suéltame —ella siguió con lo suyo —¡déjame en paz! No finjas, ¿quieres?—la aparté de mi con un fuerte empujón y la saqué de mi habitación a arrastras, para luego cerrar la puerta.
Los ojos me ardieron y yo me limpié rápidamente una lágrima que se me había escapado. Respiré profundo, intentando regular mi respiración. Mi madre tocaba la puerta desde afuera. Pero yo no le iba a abrir.
Así estuve durante unos minutos, intentando contener las lágrimas.
Mi madre ya había jedado de tocar a la puerta y eso ya me había relajado un poco.
Abrí mi armario. Ropa de todos colores, un asco. Seguro que todo me quedaba corto. Quité toda esa ropa del armario y desempaqué lo mío. Por suerte mi padre me había echado todo. Incluso el portátil.
A la hora ya lo tenía todo acomodado. Guardé las maletas debajo de la cama y resoplé.
Aún me quedaba limpiar un poco el polvo. Pasé una camiseta vieja sobre todos los muebles y cambié las sábanas de mi cama.
—¡Ay, Hija! ¡Te extrañé tanto, ni te lo imaginas!, ¡No sabes lo feliz que estoy con que vuelvas! —me la intenté quitar de encima, pero ella me apretujaba y apretujaba cada vez más.
—Ya —dije intentando quitármela. Comenzó a besuquearme la cara y yo a alejarme con gesto de asco —ya basta.
—¡Hija! ¡Mi Meer, mi pequeña! ¡no te imaginas cuanto te extrañé!
—Suéltame —ella siguió con lo suyo —¡déjame en paz! No finjas, ¿quieres?—la aparté de mi con un fuerte empujón y la saqué de mi habitación a arrastras, para luego cerrar la puerta.
Los ojos me ardieron y yo me limpié rápidamente una lágrima que se me había escapado. Respiré profundo, intentando regular mi respiración. Mi madre tocaba la puerta desde afuera. Pero yo no le iba a abrir.
Así estuve durante unos minutos, intentando contener las lágrimas.
Mi madre ya había jedado de tocar a la puerta y eso ya me había relajado un poco.
Abrí mi armario. Ropa de todos colores, un asco. Seguro que todo me quedaba corto. Quité toda esa ropa del armario y desempaqué lo mío. Por suerte mi padre me había echado todo. Incluso el portátil.
A la hora ya lo tenía todo acomodado. Guardé las maletas debajo de la cama y resoplé.
Aún me quedaba limpiar un poco el polvo. Pasé una camiseta vieja sobre todos los muebles y cambié las sábanas de mi cama.
Y como no me apetecía salir de allí y toparme con uno de
esos dos estúpidos, volví a sacar una de las maletas y a poner allí toda la
ropa de hace años.
Mi trabajo en ordenar ya había
acabado y eso era todo lo que yo podía hacer. No me gustaba ordenar y no era
buena haciéndolo.
Me lancé sobre la cama. Estaba dura en comparación con la que tenía en Estados Unidos.
No pude evitar fijar la vista en la ventana.
Me lancé sobre la cama. Estaba dura en comparación con la que tenía en Estados Unidos.
No pude evitar fijar la vista en la ventana.
—Hola.
—Hola ¿qué tal? —se apresuró en decir.
—Te veo feliz —dije simplemente con una media sonrisa. Él sonrió más ampliamente —¿qué?
—Adivina.
—Emmm… ¿Cómo quieres que yo lo sepa?
—No lo sé. Pero vamos, haz un intento.
—No se me ocurre nada.
—Me he comprado un coche.
—¿Un coche?
—Sí, está hermoso.
—¿Me llevas a dar un paseo en tu coche nuevo?
—Claro ¿quieres ir ahora?
—¿A...hora?
—Sí, tu madre no está —sonrió —damos una vuelta por la ciudad y en media hora estamos de vuelta ¿qué dices?
—Pues...
—Hola ¿qué tal? —se apresuró en decir.
—Te veo feliz —dije simplemente con una media sonrisa. Él sonrió más ampliamente —¿qué?
—Adivina.
—Emmm… ¿Cómo quieres que yo lo sepa?
—No lo sé. Pero vamos, haz un intento.
—No se me ocurre nada.
—Me he comprado un coche.
—¿Un coche?
—Sí, está hermoso.
—¿Me llevas a dar un paseo en tu coche nuevo?
—Claro ¿quieres ir ahora?
—¿A...hora?
—Sí, tu madre no está —sonrió —damos una vuelta por la ciudad y en media hora estamos de vuelta ¿qué dices?
—Pues...
Sacudí la cabeza para no seguir recordando ese tipo de cosas. Sentí esa
sensación molesta nuevamente.
Mis ojos se humedecieron y comenzaron a caerme lágrimas.
Cogí una almohada y me cubrí la cara con ella. Ya no quería seguir viendo esa ventana.
Mis ojos se humedecieron y comenzaron a caerme lágrimas.
Cogí una almohada y me cubrí la cara con ella. Ya no quería seguir viendo esa ventana.
Quizás… no lo había olvidado del todo.

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