CAPITULO 58
Todo entre nosotros estaba frío, congelado. Como si una enorme montaña de hielo se interpusiera entre nosotros, derritiéndose nada más en el momento de las discusiones.
Desde nuestra primera pelea todo iba de mal en peor. A medida que las semanas pasaban nuestra relación se deterioraba más y más. Todo lo que habíamos construido en este tiempo se iba colina abajo discusión, tras discusión.
Yo siempre acababa trabajando en mi escritorio y Meer lo más alejada posible. Ni siquiera podíamos soportarnos durante la cena, ambos a esas alturas del día estábamos de muy mal humor.
Habíamos intentado arreglar las cosas cientos de veces, pero todo intento iba directo al fracaso. Nuestra relación no iba más allá que saludarnos por la mañana, pelear o ignorarnos por las tardes y hacer el amor por las noches para luego prometernos amor eterno y ese tipo de cosas. En esos momentos todo se volvía confuso y los sentimientos más profundos salían a la luz. Eso nos dañaba.
Aunque, debo mencionar que también, había algunos pocos días especiales en los cuales salíamos como antes, lo pasábamos estupendo y nos divertíamos… pero acabábamos volviendo a la rutina, siempre, por más interesante y fabulosa que hubiese sido nuestra salida, las peleas volvían. Y es que explotábamos por cualquier estupidez, pero era inevitable. “Bill, te olvidaste el horno encendido”, “Mery, apaga la luz”, “Bill, baja el volumen”… o el simple “estás en mi lado de la cama” eran posibles inicios de discusiones.
Las semanas pasaban y pasaban de una manera rápida y vertiginosa, ya comenzaba a acostumbrarme a esta nueva forma de vida. Las peleas, los gritos de siempre… y luego nuestra reconciliación. Todo se repetía una y otra vez.
Mery… tampoco es que estuviese muy bien con lo de la universidad. Este era el principal tema de nuestras discusiones. Pero a ella parecía haberle picado el bichito de la rebeldía. Aunque le dijera mil veces que se preocupara de estudiar o reprobaría, ella no lo hacía. Tenía el derecho a exigirle: yo pagaba la universidad. Además, quería lo mejor para ella. Pero ella no ponía de su parte. Estaba ciega, no quería escucharme y no lograba entender la importancia de todo esto. Y eso me sacaba de quicio. Su forma de ver las cosas me ponía de los nervios.
Todo era más fácil cuando ella era una niña.
Tom muchas veces me había aconsejado relajarme respecto a eso ¡pero no podía hacerlo! Además, las peleas constantes podían conmigo. Bah, como si no me gustasen las reconciliaciones. Pero ese no es el punto. Preferiría no pelear con ella, no gritarnos, no sentirme así, antes que una reconciliación con una noche de tregua.
Creo… creo que el estrés es el culpable de todo esto. Porque los sentimientos están intactos, nada ha cambiado. La sigo amando con mi vida…
…Es sólo que, estar bajo la presión del trabajo me pone irritable. Mery se irrita al yo irritarme, si a esto se le suma su mal carácter y el mío hacíamos una verdadera bomba que en cualquier momento explotaba dañando todo a su paso. Echando a perder nuestra relación.
Desde nuestra primera pelea todo iba de mal en peor. A medida que las semanas pasaban nuestra relación se deterioraba más y más. Todo lo que habíamos construido en este tiempo se iba colina abajo discusión, tras discusión.
Yo siempre acababa trabajando en mi escritorio y Meer lo más alejada posible. Ni siquiera podíamos soportarnos durante la cena, ambos a esas alturas del día estábamos de muy mal humor.
Habíamos intentado arreglar las cosas cientos de veces, pero todo intento iba directo al fracaso. Nuestra relación no iba más allá que saludarnos por la mañana, pelear o ignorarnos por las tardes y hacer el amor por las noches para luego prometernos amor eterno y ese tipo de cosas. En esos momentos todo se volvía confuso y los sentimientos más profundos salían a la luz. Eso nos dañaba.
Aunque, debo mencionar que también, había algunos pocos días especiales en los cuales salíamos como antes, lo pasábamos estupendo y nos divertíamos… pero acabábamos volviendo a la rutina, siempre, por más interesante y fabulosa que hubiese sido nuestra salida, las peleas volvían. Y es que explotábamos por cualquier estupidez, pero era inevitable. “Bill, te olvidaste el horno encendido”, “Mery, apaga la luz”, “Bill, baja el volumen”… o el simple “estás en mi lado de la cama” eran posibles inicios de discusiones.
Las semanas pasaban y pasaban de una manera rápida y vertiginosa, ya comenzaba a acostumbrarme a esta nueva forma de vida. Las peleas, los gritos de siempre… y luego nuestra reconciliación. Todo se repetía una y otra vez.
Mery… tampoco es que estuviese muy bien con lo de la universidad. Este era el principal tema de nuestras discusiones. Pero a ella parecía haberle picado el bichito de la rebeldía. Aunque le dijera mil veces que se preocupara de estudiar o reprobaría, ella no lo hacía. Tenía el derecho a exigirle: yo pagaba la universidad. Además, quería lo mejor para ella. Pero ella no ponía de su parte. Estaba ciega, no quería escucharme y no lograba entender la importancia de todo esto. Y eso me sacaba de quicio. Su forma de ver las cosas me ponía de los nervios.
Todo era más fácil cuando ella era una niña.
Tom muchas veces me había aconsejado relajarme respecto a eso ¡pero no podía hacerlo! Además, las peleas constantes podían conmigo. Bah, como si no me gustasen las reconciliaciones. Pero ese no es el punto. Preferiría no pelear con ella, no gritarnos, no sentirme así, antes que una reconciliación con una noche de tregua.
Creo… creo que el estrés es el culpable de todo esto. Porque los sentimientos están intactos, nada ha cambiado. La sigo amando con mi vida…
…Es sólo que, estar bajo la presión del trabajo me pone irritable. Mery se irrita al yo irritarme, si a esto se le suma su mal carácter y el mío hacíamos una verdadera bomba que en cualquier momento explotaba dañando todo a su paso. Echando a perder nuestra relación.
Bien, esto ya está listo… sólo falta más de la mitad y acabo ¡Casi nada!... a este ritmo estaré libre a las diez de la noche. Pff. Que buena actividad para un sábado por la mañana. Trabajo y más trabajo, parece ser la única actividad del día… de la semana, ¡del mes!
Mery había salido temprano, demasiado temprano. Había dejado una nota excusando su desaparición… todo estaba bien.
El sonido de la puerta al cerrarse me hizo dar un pequeño salto. Decidí no darle importancia y seguí a lo mío. Volví a concentrarme en mi trabajo, esto era lo importante en este momento. Tenía que terminarlo cuanto antes y evitar distraerme.
—¡Bill! —volví a dar un salto. ¿En qué momento había entrado en mi estudio? Este era el lugar que yo solía ocupar para trabajar, y Mery tenía muy claro que si me encontraba en este lugar sólo podía significar que estaba ocupado.
—Mery… —la saludé, apartando los ojos de ella y volviendo a lo mío. Se iría luego de saludarme, lo sabía… siempre era así.
—Acabo de ir de compras… —comentó alegremente —y… y ahora venía a invitarte a salir… —clavé los ojos en ella ¿a salir?, ¿en un día como este? estaba ocupado, no podía —podríamos ir a comer algo o al cine, o…
—No puedo —la corté. No valía la pena que siguiera con eso. Sólo me hacía perder tiempo, concentración. Y bah, ella también perdía su tiempo. Era sábado, podía salir con su amiga Isabella o que se yo —tengo mucho trabajo que hacer ¿Lo dejamos para otro día?
—Pero Bill… —insistió —tengo que contarte algo estupendo que acaba de pasarme… además hoy es…
—Hoy no, Meer. No insistas —volví a cortarla.
—Ya deja el trabajo, Bill… Sólo por hoy. No seas aguafiestas ¡es que no te imaginas lo que tengo que decirte! —soltó emocionada, acercándose con una enorme sonrisa en el rostro. Dejó una caja pequeña sobre el escritorio. Evite ver a Mery directamente o sabía que caería en sus encantos y acabaría saliendo con ella. Odiaba negarme cuando ella me proponía algo así, de esta manera… tan… tan feliz. Pero no había otra opción.
—Meer, basta —la detuve al sentir su aliento rozar mi oído. Ella se apartó al instante.
—¡Pero, Bill! —se quejó. Giré el asiento hasta quedar frente a ella.
—Basta —hablé lo más calmado posible, mirando la pared detrás de su cabeza. Lo único que deseaba en este momento era no encontrarme con sus ojos.
—¿Es una broma? Dime que estás bromeando porque… porque quieres darme una sorpresa. Es eso, ¿no?... una broma —¿una broma? ¿qué clase de broma? ¿Por qué esto tendría que ser una broma? No comprendí. Fruncí el ceño sin entender a qué se refería con todo esto —¿lo es? —volvió a preguntar.
—No, Mery. No hay bromas… y ahora, por favor, déjame seguir con mi trabajo.
—Bill, amor… no es gracioso —claro que no era gracioso. Lo menos gracioso de todo esto era que yo comenzaba a perder los nervios.
—Vete de aquí, Meer —solté sin pensar.
—¡Agh!. No sé por qué me esfuerzo en todo esto si tú… tú sigues con lo tuyo, con esa actitud ¡Lo único que te interesa es tu puto trabajo! —golpeó la mesa con una mano, alterándose. Estaba enojada… bien, se había enojado. Ya éramos dos.
—Como si no te dieras cuenta de que trabajo para mantener esta casa, pagar tus estudios y complacer tus caprichos. Lo mínimo que podrías hacer es dejarme trabajar, ¿no crees? —me levanté de la silla, quedando a su altura.
—¡No! ¡No lo creo! ¡Te olvidas de mi porque lo único que te interesa es este puto estudio, esos malditos papeles y tu estúpido dinero! —espetó. Realmente odiaba cuando hablaba así, en ese tono. Intenté contener las ganas de ponerme a gritar yo también.
—El estúpido dinero que uso para complacerte —ataqué.
—¡Pues, si hubiese sabido que te pondrías así jamás habría aceptado que me pagaras la universidad! —estaba loca ¡Y yo también lo estaba! ¿Cómo… cómo es que habíamos llegado a este punto? Realmente es… es…
—Mery… —intenté calmarla. Aún no lograba procesar sus palabras ¿ponerme así? ¿así como?
—¡Estoy harta de ti y de toda esta mierda! —siguió gritando. Y en menos de dos segundos la mitad de los papeles que había sobre el escritorio, con notebook y todo incluido, estaban en el suelo.
—¡¿Pero qué…!? —la miré, sin poder articular algo coherente. Este era mi límite, definitivamente. Ella no mostraba signo de arrepentimiento, al menos no en su expresión. Aunque podía distinguir sus ojos a punto de estallar en lágrimas. Respiré hondo, intentando calmarme.
—Te… te había comprado un regalo, planeaba que saliéramos. No puedo creerlo…—habló con un hilo de voz, llevándose la mano a la boca. Retrocedió algunos pasos, alejándose del desastre que ella misma había causado.
Mery había salido temprano, demasiado temprano. Había dejado una nota excusando su desaparición… todo estaba bien.
El sonido de la puerta al cerrarse me hizo dar un pequeño salto. Decidí no darle importancia y seguí a lo mío. Volví a concentrarme en mi trabajo, esto era lo importante en este momento. Tenía que terminarlo cuanto antes y evitar distraerme.
—¡Bill! —volví a dar un salto. ¿En qué momento había entrado en mi estudio? Este era el lugar que yo solía ocupar para trabajar, y Mery tenía muy claro que si me encontraba en este lugar sólo podía significar que estaba ocupado.
—Mery… —la saludé, apartando los ojos de ella y volviendo a lo mío. Se iría luego de saludarme, lo sabía… siempre era así.
—Acabo de ir de compras… —comentó alegremente —y… y ahora venía a invitarte a salir… —clavé los ojos en ella ¿a salir?, ¿en un día como este? estaba ocupado, no podía —podríamos ir a comer algo o al cine, o…
—No puedo —la corté. No valía la pena que siguiera con eso. Sólo me hacía perder tiempo, concentración. Y bah, ella también perdía su tiempo. Era sábado, podía salir con su amiga Isabella o que se yo —tengo mucho trabajo que hacer ¿Lo dejamos para otro día?
—Pero Bill… —insistió —tengo que contarte algo estupendo que acaba de pasarme… además hoy es…
—Hoy no, Meer. No insistas —volví a cortarla.
—Ya deja el trabajo, Bill… Sólo por hoy. No seas aguafiestas ¡es que no te imaginas lo que tengo que decirte! —soltó emocionada, acercándose con una enorme sonrisa en el rostro. Dejó una caja pequeña sobre el escritorio. Evite ver a Mery directamente o sabía que caería en sus encantos y acabaría saliendo con ella. Odiaba negarme cuando ella me proponía algo así, de esta manera… tan… tan feliz. Pero no había otra opción.
—Meer, basta —la detuve al sentir su aliento rozar mi oído. Ella se apartó al instante.
—¡Pero, Bill! —se quejó. Giré el asiento hasta quedar frente a ella.
—Basta —hablé lo más calmado posible, mirando la pared detrás de su cabeza. Lo único que deseaba en este momento era no encontrarme con sus ojos.
—¿Es una broma? Dime que estás bromeando porque… porque quieres darme una sorpresa. Es eso, ¿no?... una broma —¿una broma? ¿qué clase de broma? ¿Por qué esto tendría que ser una broma? No comprendí. Fruncí el ceño sin entender a qué se refería con todo esto —¿lo es? —volvió a preguntar.
—No, Mery. No hay bromas… y ahora, por favor, déjame seguir con mi trabajo.
—Bill, amor… no es gracioso —claro que no era gracioso. Lo menos gracioso de todo esto era que yo comenzaba a perder los nervios.
—Vete de aquí, Meer —solté sin pensar.
—¡Agh!. No sé por qué me esfuerzo en todo esto si tú… tú sigues con lo tuyo, con esa actitud ¡Lo único que te interesa es tu puto trabajo! —golpeó la mesa con una mano, alterándose. Estaba enojada… bien, se había enojado. Ya éramos dos.
—Como si no te dieras cuenta de que trabajo para mantener esta casa, pagar tus estudios y complacer tus caprichos. Lo mínimo que podrías hacer es dejarme trabajar, ¿no crees? —me levanté de la silla, quedando a su altura.
—¡No! ¡No lo creo! ¡Te olvidas de mi porque lo único que te interesa es este puto estudio, esos malditos papeles y tu estúpido dinero! —espetó. Realmente odiaba cuando hablaba así, en ese tono. Intenté contener las ganas de ponerme a gritar yo también.
—El estúpido dinero que uso para complacerte —ataqué.
—¡Pues, si hubiese sabido que te pondrías así jamás habría aceptado que me pagaras la universidad! —estaba loca ¡Y yo también lo estaba! ¿Cómo… cómo es que habíamos llegado a este punto? Realmente es… es…
—Mery… —intenté calmarla. Aún no lograba procesar sus palabras ¿ponerme así? ¿así como?
—¡Estoy harta de ti y de toda esta mierda! —siguió gritando. Y en menos de dos segundos la mitad de los papeles que había sobre el escritorio, con notebook y todo incluido, estaban en el suelo.
—¡¿Pero qué…!? —la miré, sin poder articular algo coherente. Este era mi límite, definitivamente. Ella no mostraba signo de arrepentimiento, al menos no en su expresión. Aunque podía distinguir sus ojos a punto de estallar en lágrimas. Respiré hondo, intentando calmarme.
—Te… te había comprado un regalo, planeaba que saliéramos. No puedo creerlo…—habló con un hilo de voz, llevándose la mano a la boca. Retrocedió algunos pasos, alejándose del desastre que ella misma había causado.
—¡Me tomará horas arreglar todo esto! —grité, sin poder contenerme, llevándome las manos a la cabeza ¿cómo podría terminar todo esto a tiempo?
—¡Ya no necesito tu dinero! ¡Olvídame, ¿escuchaste?! ¡Olvídame! —chilló entre sollozos. Dio media vuelta y comenzó a caminar hacia la salida. Contuve las ganas que tenía de ir tras ella o gritarle para que se detuviera. Estaba… agh…. Realmente estaba enojado —no puedo creer que lo olvidaras… —la escuché murmurar con la voz temblorosa antes de salir de la habitación a paso rápido. Me llevé las manos a la cabeza, resoplando ¿Y ahora qué?
Luego de calmarme, darme cuenta de que Meer ya no estaba en casa y tomarme un té helado… volví a arreglar el desastre. Comencé a recogerlo todo, dejándolo sobre la mesa. Por suerte nada estaba roto. Pude distinguir la pequeña caja que Meer había dejado en el escritorio hace un rato. La tomé. Ella había mencionado un regalo. Es de suponer que este es el regalo. Abrí la pequeña tarjetita que colgaba del moño sobre la caja. Había algo escrito, con una letra chiquita. Me acerqué la caja al rostro para luego leer en voz baja:
Un año contigo, amor. Feliz aniversario. Te amo mucho…
Mery
Mierda.

No hay comentarios:
Publicar un comentario