CAPITULO
20
Ya habían pasado tres años. Tres largo años, dedicados para olvidar. Y lo había logrado.
El primer año que estuve junto a mi padre, fue un año “oscuro”. Casi no salía de casa, sólo para ir a la escuela. La cual no era ninguna maravilla, pues el idioma me afectaba un poco y me sentía aislada de todos. Aunque las chicas siempre intentaban hablar conmigo. Y a veces, sólo a veces, yo aceptaba que me enseñaran algunas palabras o expresiones en inglés. Mi padre me daba lujos, me compraba de todo, cada capricho cumplido. Abría la boca para pedir algo y lo tenía frente a mi…. aunque a veces sólo bromeara, igualmente, mi padre me lo compraba. Y hasta el día de hoy no me puedo acostumbrar a eso. Es una forma de mal enseñar ¿no? A demás, cuando tu toda tu vida has vivido en una situación no muy buena, con que sólo te alcanza para la comida del día y poco más, no te acostumbras a que te den de todo con sólo pedirlo una vez, ni siquiera rogar un poquito.
Ese año sólo vagué en mis recuerdos, me alimenté y viví de ellos. No saliendo con nadie, ni conversando. Dañándome aún más a mí misma. Cada noche recordaba mi antigua vida y lo feliz que había sido esos dos meses al lado de esa persona que yo tanto amaba. Y seguía amando. Pero la vida no era sólo fantasías y recuerdos… no. Y logré entenderlo.
Para el segundo año, ya me había propuesto olvidar mi “antigua vida” y comenzar todo desde cero. Comencé a relacionarme más con la gente que me rodeaba. Me hice amigas. En total eran seis. Jamás en mi vida me habría imaginado que tendría amigas y encima seis. Pero al parecer estar en ese país me había vuelto una persona más abierta. A demás, si te pasas un año meditando y navegando en recuerdos, te das cuenta de que en algún momento, tu vida puede cambiar tan drásticamente que debes aprovechar cada minuto y no perder nada de tiempo. Pues, como dicen, el tiempo es oro. Y hay que aprovecharlo… ya que luego todo se acaba y no hay otra oportunidad.
El tercer año, ya con confianza, me convertí en una persona totalmente opuesta a la que alguna vez había sido. La chica tímida había muerto y una chica extrovertida y grosera había nacido en mí. Me convertí en la chica con más problemas en la escuela. Por burlarme de los profesores, pelearme con otras chicas o simplemente hacer lo que se me pasaba por la cabeza cuando se me daba la gana. Y qué más daba, mi padre no me regañaba, era muy liberal.
A demás de mi personalidad, también había cambiado físicamente. Ya no era esa niña bajita y flacucha que no llegaba al metro sesenta. Había crecido un montón. Rondaba el metro setenta y cinco. Mi cuerpo había tomado tu forma, mi rostro ya no era el de una niña tierna, frágil y angelical. Me había dejado el cabello largo hasta la altura de la cintura, el cual lo dejaba caer negro y liso por mis hombros. Me maquillaba y vestía de negro. Ningún otro color estaba dentro de mi armario.
En esos tres años, también había tomado clases de canto y guitarra. No lo hacía nada mal, mi instructor decía que tenía talento.
Y obviamente las clases de defensa personal no faltaban. Dentro de poco sería cinta negra en tae kwon do. Un orgullo para mi, pues así siempre tenía una victoria asegurada cuando peleaba con alguna chica… o bien, cuando alguna me quería pegar. Ok, si, tampoco podía exagerar las cosas, la idea no era matar a nadie y tampoco quería que el instructor no me quisiera seguir dando clases por violenta.
No negaré que en esos años intenté encontrar a Bill. Lo busqué en Internet, en los números telefónicos… pero era como si se lo hubiese tragado la tierra, o quizás la distancia que nos separaba era demasiado. Al final terminó no importándome. Pues como todo el mundo, había olvidado. Había olvidado los sentimientos que sentía por él, me había obligado a enterrar todo eso en el fondo de mi mente. Y sólo lo desenterraba cuando realmente lo necesitaba.
Me quedaba un año para terminar la escuela, luego sería libre.
Digamos que… mi personalidad se había vuelto dura. No era que yo lo quisiera, es que yo necesitaba ser así, para no sentirme tan vulnerable frente al resto de la gente. Ustedes dirán “la chica se puso mala” o algo por el estilo. Pero no. Todo eso me nacía. Yo tenía muy claro que era lo bueno y lo malo, lo que se debía hacer y lo que no. Aun así, hacía lo incorrecto. Como todo el mundo, para probar si es o no lo incorrecto, para averiguarlo, por simple curiosidad. Para ver que se siente…
—¡Señorita! —el sonido de la grave y ronca voz del director traspasó mis oídos. Empezábamos mal el día —¿Dónde cree que va? —pude sentir su voz más cerca de mí y sus pasos apurados. Puse los ojos en blanco y seguidamente me di la vuelta para mirarlo.
—¿Yo? —me apunté a mí misma. A ese hombre yo siempre le hacía lo mismo. Me hacía la desentendida de todo hecho.
—Sí, usted ¿intenta escaparse saltando la reja?
—¿Saltar la reja? Claro que no… —hice un gesto con las manos —discúlpeme, ya me voy, adiós —le dije para luego pasar por su lado. Él me cogió del brazo y me arrastró hasta dentro del recinto, la escuela. Para luego llevarme a esa sala donde los alumnos que se comportaban mal tenían que quedarse hasta que su madre o padre, en mi caso, llegara… para luego tomar medidas.
Que mierda.
Saludé con la cabeza a un par de
chicos que estaban allí, a los cuales ya conocía de situaciones anteriores. El
rubio del skate, dos años menor que yo me hizo una seña para que me sentara a
su lado. Lo hice y la conversación comenzó. El otro chico, un moreno con estilo
rapero, se acercó a nosotros con una sonrisa. Éramos algo así como amigos de castigo. Bromeábamos seguido
sobre lo que hacíamos y todo eso.
La secretaria, que por supuesto
también me conocía, llamó a mi padre y me dio un dulce de los que había en una
fuente en su escritorio. Me caía bien, a todo el mundo le agradaba esa mujer.
Era joven, pero no era precisamente la secretaria sexy, era sólo simpática.
Papá se tardó algo en llegar, y es
que estaba trabajando. Yo sabía que a él le molestaba que lo interrumpieran por
mi culpa… pero no me decía nada. Él nunca me regañaba, simplemente me daba
sugerencias. Supongo que debido a eso no me preocupaba de mejorar mi
comportamiento. Bah, tampoco es que hubiese estado tan mal, el director
exageraba, todos exageraban.
Entré en la oficina del director en
cuanto papá llegó. Suspiré, preparándome mentalmente para una media hora
terrible.
Condicional. Una sola estupidez más y estaba fuera.
Así era como estaba al salir de esa sala. Mi padre, como siempre, no me dijo nada… sólo me recordó que me portase mejor. Aunque yo seguiría como siempre, eso estaba claro. Me había dicho “una cosa más y expulsada” eso a mí no me importaba. Si me expulsaban iba a estar en casa, en paz y tranquilidad. Y no en esta “cárcel” como solía llamarle.
Era impresionante. Llevábamos sólo dos meses de clases y ya tenía dos hojas llenas de anotaciones por mi conducta. Ya iba por la tercera, vamos un record. Yo era el punto negro de ese perfecto colegio, el mejor de la ciudad.
A veces pensaba que sólo me tenían allí dentro y no me expulsaban por mi padre y su dinero.
Condicional. Una sola estupidez más y estaba fuera.
Así era como estaba al salir de esa sala. Mi padre, como siempre, no me dijo nada… sólo me recordó que me portase mejor. Aunque yo seguiría como siempre, eso estaba claro. Me había dicho “una cosa más y expulsada” eso a mí no me importaba. Si me expulsaban iba a estar en casa, en paz y tranquilidad. Y no en esta “cárcel” como solía llamarle.
Era impresionante. Llevábamos sólo dos meses de clases y ya tenía dos hojas llenas de anotaciones por mi conducta. Ya iba por la tercera, vamos un record. Yo era el punto negro de ese perfecto colegio, el mejor de la ciudad.
A veces pensaba que sólo me tenían allí dentro y no me expulsaban por mi padre y su dinero.
Luego volví a clases, ya había perdido toda la mañana y eso era algo bueno, al menos para mí.
No me molesté en picar la puerta y la abrí con fuerza. Pasé dentro de la sala de clases y saludé al profesor con un simple movimiento de cabeza. Cerré la puerta mientras todos me miraban y me dirigí a mi asiento. Cerca del escritorio del profesor, ya que así “me mantendrían vigilada”. Una mierda.
Emma, la chica con la cual me sentaba, una de mis amigas, estaba con cara de boba mirando al profesor, escuchando lo que él le explicaba. Yo me senté en mi silla, dejándome caer con brusquedad y logrando llamar su atención.
Giró la cabeza y me miró.
—¿No lograste escaparte?
—No, ahora estoy condicional.
—Te dije que no podrías —me encogí de hombros restándole importancia. Seguidamente saqué un lápiz y un cuaderno de mi bolso y los dejé encima de la mesa.
—Quiero que me expulsen de una vez —le dije a Emma.
—No digas eso, Meer —ella siempre tan correcta. La mejor alumna del curso… era difícil imaginar que ella era amiga mía.
—Silencio Meer, Emma —nos llamó la atención el profesor, ya que no dejábamos que el resto de los alumnos escucharan. Me deslicé en el asiento y busqué en mi bolsillo el chicle que me había guardado por la mañana.
Al término de las clases, me apresuré en salir. Sabía qué era lo que me esperaba afuera… y quizás no era tan mala idea no hacer nada malo y conservar mi lugar en la escuela para no ser expulsada en el último año.
Mi grupo de amigas se situó a mí alrededor, ellas me podrían hacer pasar “inadvertida”, hasta que hubiese salido del recinto y me hubiese subido en un autobús. Hubiera sido mucho mejor venir en coche, pero las ganas de pelear con alguien me ganaban. Y en el fondo, deseaba que esas chicas apareciesen de pronto y me intentaran golpear.
—Le quiero romper la nariz —le comenté a mis amigas al ver a la chica acercándose. Se veía furiosa… y quien no lo estaría, le había “quitado” a su novio. Aunque yo nunca había estado con él, era sólo que él había cortado con ella porque me quería a mí. Yo con él… nada.
Mis amigas rieron y me lanzaron palabras de apoyo además de unas cuantas bromas, pues ella sabían que yo ganaría, yo siempre ganaba.
Le di mi mochila a Emma. Mi grupo se detuvo y el de suyo igual. Di unos cuantos pasos hacia adelante, hasta quedar frente a ella. Enseguida empezó a insultarme, y yo a contestarlo lo más irónicamente que podía, haciéndola enojar. Se notaba nerviosa y estaba roja por la rabia. Y yo… pues feliz. Necesitaba descargar todo lo “negativo” en alguien. Y qué mejor que golpeando algo.
En cuanto ella se cansó, se lanzó encima de mí tras haber lanzado un grito amenazador. Como era de suponer, yo no caí en el piso, aunque sus manos estaban enredadas en mi cabello. Hice un rápido movimiento para que me soltara y medio segundo después ella estaba en el suelo. Había sido fácil.
Un montón de gente se situaba ahora a nuestro alrededor.
La chica se volvió a levantar, y yo le sonreí y le hice un provocativo gesto con la mano. Ella enfureció aún más y me lanzó un golpe. Pero yo le cogí la muñeca antes de que la mano llegase a mi cara.
Luego sentí un fuerte dolor en el estómago, me había pateado. La tiré al piso en el acto, y yo me dejé caer encima de ella.
Me comenzó a insultar. A herirme, a decirme cosas que una persona normal no diría. Yo bien sabía que mi madre era una puta, y que no estaba con ella. Y aunque yo no la quisiera, es más, la odiara… sentí como la ira se apoderaba de mi al escuchar esos insultos.
Inconscientemente le di con el puño en toda la boca. Ella gritó y seguidamente empezó a llorar. La amenacé.
A mi alrededor todo el mundo coreaba un “oh” y algunos gritaban mi nombre. Me sentí alagada… tanto, que la golpeé de nuevo. Puse mi mano en su cuello y apreté un poco. Le iba a dar un susto.
Pero justo en ese momento, un grito me hizo dar un salto sobre mi enemiga.
Quité mis manos de
su cuello rápidamente levantándolas sobre mi cabeza. Era el director, otra vez
pillada con las manos en la masa, encima por él. A ver que me decía ahora…
La chica comenzó a
toser con fuerza y se llevó las manos al cuello mientras se movía para sacarme
de encima suyo. Yo miré hacia atrás, en la dirección del grito… y si, allí
venía con cara de asesino caminando hacia mí.
Me incorporé rápidamente, quitándome de encima de ella y esta se encogió sobre sí misma. Su cuerpo comenzó a temblar... y yo no sentí nada de pena. Incluso me entraron ganas de reír. Que chica más patética. Se lo había buscado.
—Despejen el área. Tú, llévala a enfermería, y tú, vienes conmigo —me di cuenta de que se refría a mi cuando me cogió del brazo y comenzó a caminar hacia dentro de la escuela.
—Puedo caminar sola —le aparté la mano y luego me di media vuelta para coger el bolso que las chicas me sostenían. Me desearon suerte y me dieron a entender que estarían escuchando todo desde fuera. Yo simplemente les sonreí y me colgué el bolso en el brazo. Me di media vuelta y seguí caminando de lo más normal detrás del director.
Nuevamente entré en esa sala. Me senté en la silla que estaba frente a ese gran escritorio lleno de papeles y tiré mi bolso a un lado. El director tomó el teléfono y marcó el número del móvil de mi padre. Ya se lo sabía de memoria. Habló con él un rato y cortó.
Yo me crucé de brazos y me deslicé en la silla hacia atrás. Luego lo asesiné con la mirada.
Sacó una gran carpeta de un cajón que había en el escritorio y la dejó caer sobre la mesa, haciendo un gran ruido. Yo resoplé. Seguidamente este se sentó y comenzó a ojearla. Aún no me decía nada, pero ya me estaba cansando.
Busqué mi hoja, o debo decir mis dos hojas. Las miró por cada lado y luego añadió otra en blanco a la carpeta. Comenzó a anotar, supongo que lo que yo había hecho.
Al acabar dejó el lapiz sobre la mesa y entrelazó sus dedos sobre la carpeta.
—Señorita Strauss ¿me puede explicar qué era lo que le estaba haciendo a su compañera? —me irritó su tono de voz. Estúpido anciano, él lo había visto con sus propios ojos y ahora me preguntaba.
—Señor director —dije en su mismo tono de voz —primero, le voy a aclarar que ella fue la que me atacó —me llevé una mano al pecho —yo sólo me defendí, y como soy más fuerte… —me encogí de hombros y dejé la frase sin terminar.
—Usted más que nadie sabe que no debe haber violencia en el establecimiento.
—Si lo sé —dije con voz cansada. Me lo había repetido una y otra vez.
—Tendré que hablar con su padre. Usted no tiene disciplina, debe aprender a respetar —y siguió con una especie de discurso “constructivo” que me ponía de los nervios. Metía todo lo que se le ocurría dentro y yo no me enteraba de nada. Que mis padres, que mi casa, que las influencias, que mis amigas, las pobres chicas, las víctimas, mi crianza, mi indisciplina. Todo.
En el momento en que estaba por explotar, le di un golpe a la mesa con la mano y me paré hasta ponerme por sobre su cabeza, ya que él estaba sentado.
—¡Ya dígame el estúpido castigo de una vez! —cada palabra que salió de mi boca salió cargada de odio.
El director se levantó quedando a mi altura y entrecerró los ojos…
—Expulsada.
Salí caminando detrás de mi padre… me sentí avergonzada.
Que frustración, que tristeza, que desesperación, que equivocación. Por primera vez en el año me habían entrado ganas de llorar.
Me incorporé rápidamente, quitándome de encima de ella y esta se encogió sobre sí misma. Su cuerpo comenzó a temblar... y yo no sentí nada de pena. Incluso me entraron ganas de reír. Que chica más patética. Se lo había buscado.
—Despejen el área. Tú, llévala a enfermería, y tú, vienes conmigo —me di cuenta de que se refría a mi cuando me cogió del brazo y comenzó a caminar hacia dentro de la escuela.
—Puedo caminar sola —le aparté la mano y luego me di media vuelta para coger el bolso que las chicas me sostenían. Me desearon suerte y me dieron a entender que estarían escuchando todo desde fuera. Yo simplemente les sonreí y me colgué el bolso en el brazo. Me di media vuelta y seguí caminando de lo más normal detrás del director.
Nuevamente entré en esa sala. Me senté en la silla que estaba frente a ese gran escritorio lleno de papeles y tiré mi bolso a un lado. El director tomó el teléfono y marcó el número del móvil de mi padre. Ya se lo sabía de memoria. Habló con él un rato y cortó.
Yo me crucé de brazos y me deslicé en la silla hacia atrás. Luego lo asesiné con la mirada.
Sacó una gran carpeta de un cajón que había en el escritorio y la dejó caer sobre la mesa, haciendo un gran ruido. Yo resoplé. Seguidamente este se sentó y comenzó a ojearla. Aún no me decía nada, pero ya me estaba cansando.
Busqué mi hoja, o debo decir mis dos hojas. Las miró por cada lado y luego añadió otra en blanco a la carpeta. Comenzó a anotar, supongo que lo que yo había hecho.
Al acabar dejó el lapiz sobre la mesa y entrelazó sus dedos sobre la carpeta.
—Señorita Strauss ¿me puede explicar qué era lo que le estaba haciendo a su compañera? —me irritó su tono de voz. Estúpido anciano, él lo había visto con sus propios ojos y ahora me preguntaba.
—Señor director —dije en su mismo tono de voz —primero, le voy a aclarar que ella fue la que me atacó —me llevé una mano al pecho —yo sólo me defendí, y como soy más fuerte… —me encogí de hombros y dejé la frase sin terminar.
—Usted más que nadie sabe que no debe haber violencia en el establecimiento.
—Si lo sé —dije con voz cansada. Me lo había repetido una y otra vez.
—Tendré que hablar con su padre. Usted no tiene disciplina, debe aprender a respetar —y siguió con una especie de discurso “constructivo” que me ponía de los nervios. Metía todo lo que se le ocurría dentro y yo no me enteraba de nada. Que mis padres, que mi casa, que las influencias, que mis amigas, las pobres chicas, las víctimas, mi crianza, mi indisciplina. Todo.
En el momento en que estaba por explotar, le di un golpe a la mesa con la mano y me paré hasta ponerme por sobre su cabeza, ya que él estaba sentado.
—¡Ya dígame el estúpido castigo de una vez! —cada palabra que salió de mi boca salió cargada de odio.
El director se levantó quedando a mi altura y entrecerró los ojos…
—Expulsada.
Salí caminando detrás de mi padre… me sentí avergonzada.
Que frustración, que tristeza, que desesperación, que equivocación. Por primera vez en el año me habían entrado ganas de llorar.
Me subí en el coche y cerré la
puerta. No quise mirar a mi padre, no quería ver la decepción en su rostro.
Simplemente, me limité a clavar la vista en la ventana y ver cómo nos
alejábamos de esa escuela.
Ya no había vuelta atrás, ni siquiera mi padre había podido remediarlo con un poco de dinero.
Pero vamos, todo había sido mi culpa. Siento no ser perfecta. Me estaba dejando llevar demasiado por los impulsos y eso no estaba bien, ya que mis impulsos sólo iban hacia “el mal camino”.
Y los estudios… pues, ahora ya no tenía oportunidad.
Ya no había vuelta atrás, ni siquiera mi padre había podido remediarlo con un poco de dinero.
Pero vamos, todo había sido mi culpa. Siento no ser perfecta. Me estaba dejando llevar demasiado por los impulsos y eso no estaba bien, ya que mis impulsos sólo iban hacia “el mal camino”.
Y los estudios… pues, ahora ya no tenía oportunidad.
Sentí ganas de golpear algo o
simplemente abrir la puerta del coche y saltar fuera. Quizás así tenía un poco
de suerte y moría de una vez.
El coche dobló haciéndome ir hacia un lado y se detuvo. Ya habíamos llegado. El tiempo había volado con mis reflexiones y mis tontas ideas.
Mi padre se bajó del coche y yo lo imité. Cerré la puerta y me colgué el bolso en el hombro. Lo seguí hasta entrar en la casa. No había nada que hablar, sabía que él sabía qué era lo que había sucedido, pues yo lo había contado todo en la escuela… y también sabía que él no me iba a decir nada, no me iba a castigar, ni a regañar. Eso me aliviaba un poco.
Subí las escaleras y me dirigí a mi habitación. Lancé el bolso al suelo y luego le di con el pie para poder cerrar la puerta.
Los sentimientos negativos se apoderaron de mi y lo único que pude hacer fue tirarme a la cama y cubrirme la cabeza con una almohada.
Me aguanté las ganas de llorar hasta quedarme dormida.
El coche dobló haciéndome ir hacia un lado y se detuvo. Ya habíamos llegado. El tiempo había volado con mis reflexiones y mis tontas ideas.
Mi padre se bajó del coche y yo lo imité. Cerré la puerta y me colgué el bolso en el hombro. Lo seguí hasta entrar en la casa. No había nada que hablar, sabía que él sabía qué era lo que había sucedido, pues yo lo había contado todo en la escuela… y también sabía que él no me iba a decir nada, no me iba a castigar, ni a regañar. Eso me aliviaba un poco.
Subí las escaleras y me dirigí a mi habitación. Lancé el bolso al suelo y luego le di con el pie para poder cerrar la puerta.
Los sentimientos negativos se apoderaron de mi y lo único que pude hacer fue tirarme a la cama y cubrirme la cabeza con una almohada.
Me aguanté las ganas de llorar hasta quedarme dormida.

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