CAPITULO 41
Abrí los ojos lentamente debido a la molesta luz que daba directo a ellos. Pestañeé un par de veces mientras intentaba enfocar bien la vista. Estaba un poco confundida. Frente a mi sólo habían árboles… y nada más. Además, estaba en un coche… Bill se me vino a la cabeza en ese instante. Miré hacia el lado en un acto reflejo al darme cuenta de que estaba en el asiento del copiloto, buscando a mi novio. Pero él no estaba. Entrecerré un poco los ojos y me los cubrí con una mano, ya que él sol venía desde esa dirección.
Recordé lo de la noche anterior. Un escalofrío recorrió toda mi columna vertebral y sentí mis mejillas arder. Me hubiese dado un poco de vergüenza si Bill hubiese estado en el coche… pero no estaba.
Di vuelta la cabeza a todos lados, mirando por todas las ventanillas que pude. No había rastro de él. Me había dejado allí sola. Fruncí el ceño enojada y me crucé de brazos mientras dejaba que mi cuerpo se deslizara hacia abajo. Bill también me había cambiado de asiento. Yo me había dormido abrazada a él. Ni siquiera había despertado cuando me cambió de lugar. Debí haber estado agotada. Me entró un poco la risa tras haber pensado eso… como la llave del coche estaba puesta, la moví hacia un lado y encendí la radio. Al menos con música me podría entretener hasta que Bill llegara. Me había dejado allí sola, ni siquiera me había avisado donde iba. Estaba enojada. Anoche había pasado eso, vamos. Y no despertar con él era una mierda.
Después de un rato comencé a cantar… me aburría cada vez más y Bill no llegaba.
La puerta del coche se abrió en ese instante haciéndome pegar un salto. Dejé de cantar y giré rápidamente la cabeza.
—¡Mery! —me saludó Bill con una sonrisa, mientras se subía en el coche.
—¡Bill! —dije imitando su voz con tono sarcástico —¿dónde estabas? —le pregunté con voz cortante. A Bill se le borró la sonrisa del rostro y levantó la mano con una bolsa colgando de esta.
—Comprando el desayuno —murmuró.
—No me avisaste.
—Planeaba volver antes de que despertaras…
—Planeaste mal —lo asesiné con la mirada.
—Disculpa.
—Desperté sola, estúpido —murmuré la última palabra.
—Te quería dar una sorpresa… —se encogió de hombros. Yo puse los ojos en blanco y dirigí mi vista hacia la ventanilla —Mery… no te enojes, amor… —no dije nada. Me quedé en la misma posición… —traje algo bueno… —casi pude verlo sonriendo —también tengo algo lindo para ti… —algo lindo. Me moría de ganas por ver que era, pero no quería girar la cabeza. Se suponía que yo estaba enojada… aunque en realidad me moría de ganas por tirarme encima de él. Tragué saliva y en ese momento pude distinguir algo rojo frente a mi rostro. Me sobresalté un poco, pero al darme cuenta de que era una sonrisa se apoderó bobamente de mi rostro. Una rosa. Era roja, era perfecta. Bill la sostenía frente a mí. Volví a mirarlo, y este me sonrió. Estiré mis brazos, y levantándome un poco del asiento lo abracé, para seguidamente coger la rosa.
—¿Te gustó mi regalo? —dijo Bill sonriendo. Nadie nunca me había dado una flor…
—Me encantó —lo besé en los labios y me volví a acomodar en mi lugar. Mi estómago rugió en ese momento y yo fijé mi vista en la bolsa que Bill aún sostenía —¿qué trajiste de comer? —Bill se echó a reír…
Y desde ese día, el resto de los días pasaron rápidos y demasiado felices para ser normales… Bill había hablado con Tom y él le había dicho que no había problema con que yo cuidara a su madre. Incluso yo y Tom habíamos empezado a hablarnos de nuevo… y nos llevábamos bien. A mi madre le había parecido genial la idea de que yo cuidara a Simone. Se había puesto feliz. Y aunque a mi no me importase si ella me dijera que podía o no podía ir a la casa vecina, o si estaba feliz o no… acabé preguntándole sobre el trabajo. Ya que después ella comenzaba con sus sermones y castigos…
Bill hacía como si cuidara a su mamá igual que antes y se pasaba todos los días por casa de Simone para visitarla. Y también a mi, claro está. Tom se pasaba con menos frecuencia y siempre que Bill viniese.
No se había hecho para nada difícil ver a mi novio todos los días. Incluso nos veíamos más que antes… y mi madre no se daba cuenta. Era como si fuésemos unos novios normales. Aunque no podíamos salir a la calle juntos ni nada de eso. Pero como pasábamos la mayor parte del tiempo con el otro, era algo semi normal. Y eso me gustaba.
Igual… yo bien sabía que la felicidad y lo agradable no duraba por mucho tiempo.
Cerré la puerta de casa tras haber llegado…
Desde hacía tres días que no regresaba con mi madre. Había estado con Bill… Miré a todos lados y respiré aliviada al no encontrármela allí. Me dirigí a la escalera a paso lento, estaba cansada y tenía ganas de dormir.
—Meer —me llamó mi madre desde la cocina. Su voz no era nada agradable. Vale que si estaba en casa… y se había dado cuenta de que yo no había estado —Meer —volvió a llamarme al ver que no iba.
Retrocedí sobre mis pasos y me metí en la cocina con mala cara.
—¿Qué? —le espeté. Ella estaba sentada en la mesa con una taza de café. Me miraba con cara de circunstancia y enfado —estoy cansada… apresúrate.
—¿Dónde estuviste, hija? —me preguntó con el mismo tono. Yo puse los ojos en blanco.
—Donde no te importa.
—Meer, siéntate —me ordenó. Yo le hice caso de mala gana, cogí la silla frente a la de ella y la arrastré por el suelo haciendo un gran ruido —¿En dónde estabas?
—¿Yo?
—Meer…
—En ningún sitio.
—No me hables así. Responde. Soy tu madre y exijo saberlo —dejó la taza de café fuertemente sobre la mesa ¿con que con esas estábamos, no? Le di con el puño a la mesa.
—Que no te importa, esa es mi respuesta.
—¡Quiero una respuesta decente!
—Estuve en casa de Carlie —le mentí.
—¿Carlie? ¿quién es? —me preguntó.
—Una chica de mi antiguo trabajo, somos amigas —la verdad es que no había hablado con ella desde hacía ya tiempo… pero no importaba, si esa mujer me dejaba en paz yo era feliz. Y si era necesario mentir yo lo haría.
—¿Amigas? —asentí con la cabeza mientras ella entrecerraba los ojos, mirándome con incredulidad.
—¿Qué? ¿Cree que no tengo amigas?
—¿Qué estuviste haciendo con ella?
—¿Me estás controlando?
—Solo quiero saberlo, Meer —Enetoda la conversación no había abandonado el tono de voz que tenía.
—Nada. Estuve en su casa… y eso. No salí en todo el día. Los Kaulitz me dieron el día libre —seguí mintiendo.
—Entontes no fuiste a trabajar —negué con la cabeza.
—No me sentía bien.
—¿Por qué no viniste a casa?
—Porque tu no estabas —esa sí que había sido una mentira. Si ella no estaba, mejor para mi… incluso, quizás, me habría mejorado más rápido. Mi madre asintió con la cabeza pesadamente y me miró. Aún con la expresión de rabia.
—¿Cómo puedo estar segura de eso?
—¿No me crees? —se encogió de hombros.
—No sé si creerte.
—Cree lo que quieras, mujer. No me interesa —mi madre suspiró —¿ya puedo irme? Estoy cansada —volví a repetir.
—¿Qué estuviste haciendo que estás tan cansada?
—Casi no dormí anoche… estuvimos conversando con Carlie cosas de chicas, ya sabes. —mentirosa.
—¿Y piensas que me lo voy a tragar?
—Si. No estaría nada mal, mamá —quise añadir un: Ya te veo cara de tonta y todo. Pero me contuve.
—Meer, hija… sé que no estuviste con esa Carlie ni nada de eso —el pulso se me apuró ¿alguien le había dicho algo?
—¡Pero si estuve con ella!
—Te vi en el centro comercial —me acusó.
—Quizás te equivocaste de persona —apreté los dientes. Mierda, mierda y más mierda.
—Eres mi hija, ¿cómo no voy a saber que eras tú?
—Vale, si… Con Carlie fuimos al centro comercial. La acompañé a comprarse ropa… —dije como si acabara de recordarlo.
—¿Con Carlie dices? yo te vi con otra persona —me quedé de piedra. Ay no… no…
—Imposible.
—¡Mentirosa! —me gritó mientras se levantaba y apoyaba sus manos en la mesa, quedando así sobre mí. La miré hacia arriba…
—¡No me digas mentirosa! —me levanté igualmente, desafiándola.
—¿Crees que soy tonta? ¡te vi con Bill! —me gritó. Mis ojos se abrieron un montón y pegué un salto ante ese grito —¡me acabas de mentira la cara! —alzó la mano, dispuesta a golpearme… pero yo se la cogí, impidiéndoselo.
—No te atrevas a tocarme, ¿escuchaste? —murmuré con voz fría y cortante. Ella soltó su brazo con un movimiento brusco.
—Hace tiempo te dije que no quería que estuvieras con él —dijo con reproche, yo bufé.
—¿Y me ves obedeciéndote? —me apunté a mi misma.
—No me hables en ese tono…
—Pff. Como si te merecieras un poco de respeto.
—Te separaré de él, ya verás —me amenazó. Alcé una ceja y la miré con superioridad.
—¿Y qué harás? ¿me vas a enviar fuera del país?
—No es mala idea.
—Sabes que si me envías lejos volveré. No seas estúpida —murmuré negando con la cabeza —tú crees que me vas a poder separar de él, que tienes autoridad en mi vida… pero no.
—Así que están juntos… —dijo para luego añadir con cierta ironía —no sabes lo hermosos que se ven juntos.
—Lo sé, lo sé. Somos la pareja perfecta, ¿a que sí? Él me ama —dije poniendo énfasis en las tres últimas palabras.
—Él no te ama, y tú tampoco a él. No es nada más que un capricho.
—Él si me ama y no se va a separar de mí nunca ¿ves como no se olvidó de mi? ¿ves cómo ese estúpido intento tuyo por separarnos no funcionó? Eres patética, una anciana amargada… —sonreí maliciosa. Ella fue a golpearme nuevamente y yo la volví a contener —ya te lo advertí, no me toques.
—Soy tu madre, estoy en todo el derecho —asentí.
—Si, puedes golpearme todo lo que quieras, pero no tienes derecho de elegir a quien debo querer. Eso yo lo decido por mi misma —solté su mano con fuerza —ya ves tus elecciones… te casas con uno, tienes una hija, se separan y luego andas con todos los que se te cruzan por delante, para acabar casándote de nuevo ¿te parece bonito? das un excelente ejemplo —ironicé —no te imaginas lo fue que fue para mi, hace unos años, verte entrar por la maldita puerta con un hombre distinto cada día y llevarlo a tu habitación para tener sexo. Eres una puta, ¿te das cuenta? —ella contrajo su rostro con un gesto de rabia y yo me separé de la mesa todo lo que pude. Luego me di la vuelta con una sonrisa del rostro y salí de la cocina con aires de victoria… Si eso hubiese ocurrido hace tres años, yo hubiese dejado que ella me regañara y me golpeara…
Pero eso no fue todo.
—¡Meer Strauss, ven acá! —volvió a gritar mi madre desde la cocina. Puse los ojos en blanco y me volteé para asomar mi cabeza por la puerta.
—¿Y ahora qué quieres?
—No quiero que vuelvas a ver a ese… —dijo con asco.
—Por favor deja de hablar idioteces —volví a sonreír y corrí hasta las escaleras mientras mi madre me gritaba que volviese.
No le di importancia, tampoco me iba a quedar pensando mucho en eso... después me deprimía y no iba a poder dormir. Además, con lo cansada que estaba, eso iba a ser fatal.
Entré en mi habitación y cerré la puerta con llave. Así ella no se metería a retarme y a molestar.
Ella ya no podía hacer nada. Yo estaba completamente ligada a Bill, de él dependía mi vida y no lo iba a dejar de ver y mucho menos de querer si ella me lo decía. Porque ella no era nadie para darme órdenes.
A Bill y a mí no nos podrían separar. Estaba segura de que mi madre no iba a ser nada y se iba a resignar a que yo estaba con él y punto.
Me dejé caer sobre la cama con ropa y todo puesto… Cerré los ojos.
Mañana le diría a Bill lo que había pasado. Seguro él sabía qué hacer y así yo no tendría que pensar tanto las cosas.
No pude evitar caer en la cuenta de que más que nada, sentía miedo… ¿y si me volvían a separar de él? ¿Qué pasaba si mi mamá me enviaba fuera del país de nuevo?
Me estremecí… Eso no podía pasar.
Pero es que mi vida había sido tan perfecta en los últimos meses… además, la felicidad no duraba demasiado… y quizás el final de toda mi felicidad estaba por llegar.
No quería que se repitiera la misma historia ¿Y si no acabábamos juntos al final?

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