CAPITULO 22
Abrí los ojos. No recordaba el momento en el que me había dormido.
Ya era de día, había luz y todo. Y Mery… ella seguía durmiendo. Pestañeé un par de veces, para acostumbrarme a la luz.
Como pude, saqué el móvil de mi bolsillo y miré la hora. Eran las doce y media… habíamos dormido un montón de tiempo y me sentía acalambrado por haber pasado horas en la misma posición. Abrí la puerta y salí del coche despacio y muy lentamente para no despertar a Meer. Luego, la acomodé mejor sobre el asiento, la besé en los labios y volví a cerrar la puerta suavemente. La miré a través de la ventana. No podía ser más hermosa.
Le puse seguro al coche… mientras iría a comprar algo para comer. Con mucha suerte encontraba algún local donde vendieran algo para llenar el estómago.
Me apresuré al regresar. Me preocupaba que Mery se hubiese quedado sola, quizás habría sido mejor haberla despertado. Así podríamos haber ido los dos… Me acerqué al coche y miré a través de la ventana. Abrí los ojos como platos y mi corazón comenzó a latir a mil por hora al darme cuenta de que no estaba allí. La busqué con la mirada como un desesperado… hasta que di con ella. Estaba afirmada en la baranda, mirando la ciudad.
Me acerqué andando despacio y la rodeé con uno de mis brazos. Meer pegó un pequeño salto debido a la sorpresa, se separó un poco de mí y se giró al instante. Le sonreí. Meer aún no quitaba esa expresión de sorpresa del rostro. Me agaché un poco para besarla.
—¿Estás bien? —le pregunté al separarnos.
—Jamás he estado mejor.
—Te traje comida… ya casi es hora de almorzar —dije aún con la sonrisa en el rostro. Meer rio traviesa.
—Hemos estado aquí mucho tiempo.
—Dormilona —volví a juntar nuestros labios fugazmente. Luego nos separamos y nos acercamos al asiento más cercano.
—Coca-cola… me gusta —tomó una de las botellas. Yo abrí los paquetes de galletitas y esas cosas que había comprado. Estuvimos comiendo y jugando alrededor de dos horas… después, volvimos a subir al coche.
Tendría que inventarme una buena excusa. Una muy, muy buena excusa.
—¿Qué piensas? —preguntó Mery.
—Cosas de adultos —respondí gracioso. Ella me miró con indignación.
—¿Y no piensas decírmelo? —negué —¡pero, Bill!. Oh, vamos, Bill… dímelo —se acercó a mí y me besó en la mejilla. Sonreí —por favor… —esta vez reí y la mire fugazmente mientras manejaba.
—En realidad, estaba pensando en lo linda que eres —le mentí. No quería preocuparla. Pero es que a medida que nos acercábamos a nuestras casas una horrible sensación en mi interior iba aumentando. Volví a mirarla, se había sonrojado. Me mordí el labio inferior reprimiendo una sonrisa.
—Tú también eres lindo —alcé ambas cejas, sorprendido. No esperaba algo así. Volví a mirarla, entonces ella se acercó, y me besó en la comisura de los labios.
Doblé a la esquina… ya íbamos a llegar.
Y llegamos.
—Ya llegamos.
—No quiero volver a casa —volvió a su posición en el asiento.
Tenía un mal presentimiento.
—Debes volver a casa… si quieres más tarde podemos volver a salir —si es que no me asesinaban primero.
—Sí —nos bajamos del coche y Meer lo rodeó para venir a mi encuentro. Me abrazó y yo hice lo mismo, incluso la levanté un poco. La dejé nuevamente en el suelo y ella alzó la cabeza para mirarme. La besé.
—Te amo —le dije aún bastante cerca de su rostro.
—Yo más… —y volví a besarla. Me separé un poco de ella, miré fugazmente detrás de su cabeza… oh, no. Meer tiró de mí para que la volviera a besar, nuestros labios se rozaron rápidamente y finalmente ella continuó con el abrazo. Yo no podía moverme… no lo voy a negar, me asusté. Me asusté mucho al ver el rostro de la madre de Meer, desfigurado por la rabia. Mi madre y Tom acababan de salir por la puerta. Esto no se veía bien, necesitaría más que una buena excusa para salir de ésta.
Miré a Tom, interrogándolo. Algo en sus ojos me dijo que lo que venía ahora no era nada bueno, que me había metido en un lío de los grandes. Y que no solamente era yo quien estaría en problemas.
Meer se separó de mi rápidamente, su madre llegó donde nosotros nos encontrábamos. La observé, estaba furiosa. Y ni siquiera pude ser capaz de detenerla cuando golpeó a Meer en la mejilla. El sonido del golpe quedó resonando una y otra vez dentro de mi cabeza. No sabía que me pasaba, no podía moverme, no podía reaccionar.
—¡Te lo advertí, te dije que no quería verte con él! —gritó con todas sus fuerzas. Tardé un momento en entender sus palabras ¿y cómo es que ella… sabía que Meer y yo? Dios, no podía ser ¡yo sabía que si esa mujer se enteraba iba a traer más que problemas! Meer me miró ¿cómo es que no me lo había dicho? si me lo hubiese comentado habríamos hecho la salida un poco más disimulada. La mujer golpeó a Meer nuevamente ¡estaba como loca! golpeaba a su hija en la mitad de la calle… era una… una…
—Mamá… —soltó con voz dolida. Enseguida se llevó la mano a la mejilla que su madre acababa de golpear. Pero no… para esa mujer o había sido suficiente. Volvió a golpearla. Miré sus ojos llenos de lágrimas, que miraban a su madre con miedo.
—¡TE LO DIJE! —alzó la mano para volver a golpearle… y yo rápidamente la tomé del brazo. No iba a dejar que la siguiera golpeando. No podía hacerlo, esa mujer estaba loca, ni si quiera nos dejaba habar, nada. Simplemente gritaba… y la golpeaba.
—Ya basta —le dije. Tenía una horrible sensación en el pecho.
—¡Suéltame! ¡¿qué es lo que quieres con mi hija?! —gritó, intentando soltarse.
—Yo… —intenté explicarle pero ella siguió gritando.
—¡Suéltame! —tomó a Meer del cabello ¿cómo podía hacerle algo así a su hija? era un monstruo.
—No quiero que la golpees —miré a Meer, la pobre ya había comenzado a llorar. ¿Tanto le costaba aceptar a esa mujer que yo estaba saliendo con su hija? ¡Ella salía con cuanto hombre se le cruzara por delante!
—Bill… —escuché la voz de mamá. Me di cuenta de que al tener sujetada a esa mujer sólo empeoraba la situación, hacía crecer su enojo.
—Por favor no le hagas daño —la solté. La miré a la cara. Estaba roja.
—¿Qué no le haga daño? ¿eh? ¡Debiste haberlo pensado antes! Oh claaaro, saliendo con pequeñas ¡con mi hija! —tiró el cabello de Meer.
—¡Mamá! —se quejó. Sentí ganas de llorar… esto no nos tendría que estar pasando. Me vi obligado a mirar a la loca de nuevo, que me apuntaba con el dedo índice, muy cerca de mi rostro.
—No quiero volver a verte cerca de mi hija. Ya no estarás cerca de ella, yo me ocuparé de eso… no, no, jamás la volverás a ver —reía —la alejaré de ti, será su castigo… y tu jamás, ¡jamás! la vas a ver… ¿te enteras? No eres más que un mocoso insolente —volvió a jalarle el cabello a Meer ¡quería que la soltara de una vez! ¿Tanto le costaba darse cuenta de que nos hacía mal a los dos? —sales con niñas más pequeñas que tú sólo para hacer maldades… un reto, ¿a que sí? Te conozco, niño… la has quemado, fuiste tú, no fue un accidente —seguía como una loca.
—¡No, mamá! —volvió a jalar el cabello de Meer. La pequeña gritó de dolor.
—No, es que… —intenté explicarle.
—No me interesa —me cortó.
—Sólo quiero explicar cómo son las co…
—¡No tienes nada que explicarme! —gritó con todas sus fuerzas —deberías vigilar más a tu hijo —le dijo a mamá. La miré, a ella y a Tom. No hacían nada… ¿Cómo podían quedarse allí parados mirando el espectáculo en vez de venir y ayudarnos? —y tú —hizo que Meer la mirara, jalándola del cabello. Se me partió el corazón al ver a mi pequeña con el rostro lleno de lágrimas —¡Ere una puta! Te desapareces toda la noche con ese… ese…
—No te atrevas —Tom la cortó. Yo no podía quitarle los ojos de encima a Meer, ella me miró durante medio segundo, casi suplicando que la disculpara por esto.
—¡No te metas! —lastimó más a Meer. Se me llenaron los ojos de lágrimas al escuchar un sollozo.
—Pero… —Mamá no dijo nada más.
—¿Cómo te atreves a desobedecerme? —iba a volver a jalarle el cabello pero Meer se adelantó, tomó el brazo de su madre y no sé qué le hizo, que la mujer la soltó. Meer corrió a esconderse detrás de mí —¿qué te ha pasado? ¿qué te ha hecho? No eras así antes, no antes de estar con ese —nos apuntó. A esta mujer había que internarla por loca.
—¡Lo amo! —gritó desde mi espalda con voz débil.
—¿Lo amas? ¿es enserio? No puedes amar a alguien como él, ¡por favor! Ven aquí.
—No —avanzó hasta quedar a mi lado y me rodeó con sus dos brazos. Hice lo mismo… no la soltaría.
—La amo —hablé.
—Meer, sepárate de él ahora mismo —se acercó y comenzó a tirar del brazo de Meer. Yo no la iba a soltar, claro que no ¿Por qué mierda ni Tom ni mamá venían en mi ayuda para calmar a esta mujer? ¡Simplemente miraban sin hacer nada! Como si se tratara de un espectáculo.
—¿Dónde la llevas? —pregunté, al recordar sus palabras de hacía un rato.
—A un lugar del cual jamás va a regresar, se olvidará de ti… —sonrió con maldad. Aún intentaba separarnos. Pero yo no iba a soltar a mi pequeña y mucho menos si era para que se la llevara a quien sabe dónde.
—¡No! —chilló Meer rompiendo a llorar casi a gritos. Se me heló la sangre.
—Por favor, no…—prácticamente le rogué.
—Debieron pensarlo antes, ¡sepárense!
—Ya basta, Bill —habló mi madre. No tuve más remedio que soltarla, de a poco… no quería dejarla. Meer se aferraba a mí fuertemente, quejándose. Mientras su madre, con todas sus fuerzas intentaba apartarla de mí. Lo consiguió. Miré sin poder hacer nada como a empujones subía a Meer en un coche.
—¡Bill, te amo! —gritó con un hilo de voz, antes de que su madre le cerrara la puerta en la cara. Miré como su madre se subía en el asiento del piloto y encendía el motor.
Escuché gritos de Meer, golpes en el vehículo y luego… el coche comenzó a andar. Pasó a mi lado andando despacio. Pude apreciar el rostro de Meer, sus ojos…
Y en menos de un respiro, ya no estaba allí. Me apresuré en correr hacia la calle, miré como se alejaba ese maldito coche, llevándose con él a mi chica.
Las lágrimas se me agolparon en los ojos. Acababa de perderla.
De pronto me sentí vació.
Un nudo en la garganta no me dejó respirar. Si tan sólo hacía diez minutos la tenía cerca.
Ahora, tenía la impresión de que nunca volvería a verla.
—Lo siento… —Tom posó su mano en mi hombro, eso era lo único que faltaba para que rompiera a llorar.

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