15 febrero, 2013

My obsession /Capítulo 11

































CAPITULO 11


Uy, esta niña no se despertaba. Ya habían pasado las cuatro de la tarde hacía rato y Meer seguía durmiendo. Ni siquiera se movía. Quizás estaba muy cansada… pff, con lo que había hecho anoche… muy pocas gana tendría de despertar. La regañaría. Sí. Ella me importaba y no podía dejar pasar esto. ¿Y si lo volvía hacer? ¡No podía!, era… era una niña de catorce años no podía beber como si fuera una adulta. Mucho menos si era una chica… las chicas que beben mucho no son lindas, no me gustan. Son el tipo de chicas que uno se busca para una noche, no son esas para “toda la vida” o al menos para tener una relación formal. Y yo no quería que Meer fuese la chica de una noche para alguien. Me estremecía y me daban nervios de sólo pensar que Meer cuando grande se convirtiera en alguna de las chicas con las que salía Tom, con esas actitudes y esas costumbres que no me gustaban en una mujer. Como Helena… al menos Helena era bonita. Pero ese no es el caso. Meer tenía que ser más lista que todas esas chicas. Me moví incómodo… Meer me aplastaba. Por suerte ya me había acostumbrado al olor. Quería levantarme. Pero una fuerza poderosa o quizás falta de fuerza de voluntad me mantenía pegado a la cama, a su lado. No quería dejarla sola ni un solo momento. Me gustaba tenerla cerca. Se me vino a la cabeza ese choque de labios que ella había provocado la noche anterior. ¿Lo recordaría?... ojala no. Es que… agh. Odio admitirlo pero… no, no lo admitiré. Pff. Ya estábamos a mano, yo lo había hecho primero y luego ella. Aunque ella no estaba consciente de lo que hacía y yo sí. Me… me habían gustado esos besos en el cuello y… y sus labios eran suavecitos y… ella era hermosa. Un poco delgada, pequeñita y todo eso, pero de todas maneras era muy bonita. Y dormía como un angelito. Me asusté un poco, pues Meer se movió. Tenía los ojos entrecerrados y miraba la habitación, mientras se levantaba afirmándose encima de mi cuerpo. Se notaba desorientada. Miraba a su alrededor pestañeando seguidas veces… hasta que dio conmigo. Fue cosa de verle el rostro y me entraron ganas de comenzar a gritarle… pero me aguanté, no lo iba a hacer.
—Au —me quejé, por más pequeña que fuera, también me aplastaba… quitó su mano de encima y me observó. Sonreí como pude.
—¿Qué...? —hizo una mueca extraña —¿qué pasó? —¿qué pasó? ¿Y me lo preguntaba?
—¿Quieres saber qué es lo que pasó? —murmuré, sin poder reprimir el tono de reproche en mi voz.
—Sí, pero no me grites —¡Y se quejaba! Ni siquiera le gritaba… Meer era una idiota. Me levanté de la cama, enojado. De repente se me habían quitado todas las ganas de hacerme el bueno al menos por un momento mientras ella despertaba.
—No te grito, estúpida —le hablé sin pensar.
—¡Lo estás haciendo! Y no me llames estúpida —gritó ella. Estúpida… no era mi intención ofenderla pero decirle estúpida incluso se quedaba corto. ¡Se había comportado de una manera horrible!
—¿Y qué quieres que haga? ¿Qué te felicite por lo de anoche? ¿eh? —apartó la mirada sin contestar —¿Qué fue lo que se te pasó por la cabeza?. ¿Cómo se te ocurre beber, niña? ¿No te da vergüenza? Mírate, no eres más que una niñita y ya andas en esas cosas. —se movió, inquieta —¿No te das cuenta de que…?
—Cállate, Bill —me interrumpió a la mitad del sermón. Estaba siendo duro, lo sé… pero no podía controlarme, esto me ponía de los nervios —no eres quien para regañarme —golpeó la cama y luego se puse de pie dando un salto. Se movió hacia todos lados, por un momento pensé que acabaría en el piso. Intenté sujetarla, pero se apartó.
—¿Qué? ¿Ahora te enojas conmigo porque te cuido? —reclamé.
—No me grites —volvió a murmurar. ¡No le estaba gritando!
—¡No te grito! —exclamé lo más bajo que pude.
—Solo cierra la boca. Eres un estúpido —y ahora el estúpido era yo…Niña tonta. —no sirves de nada. Llévame a casa —me dio la impresión de que estaba a punto de ponerse a hacer una escenita. Tenía la cara roja y los ojos húmedos.
—¡Oh! Y encima quieres ir así a tu casa…
—¿Así cómo? —Meer estaba loca.
—¡Por favor! Apestas, ¿sabías? —me miró furiosa.
—Eres un asco, Bill —espetó. Diosss…
—Sí, claro, soy un asco. Pero tú —la apunté con el dedo —te crees muy grandecita, ¿no? para andar bebiendo por ahí como una chica cualquiera —como una cualquiera… ¡Meer no era cualquiera! No entendía como se podía haber comportado así.
—No me insultes —sus ojos se llenaban de lágrimas.
—No te estoy insultando.
—Si lo haces —me empujó —eres un estúpido —abrí los ojos como platos. ¡Yo intentaba cuidarla y ella me daba un empujón! Quizás no le había hablado de la mejor manera ¡pero es que no podía hablarle calmado si la situación me tenía así de alterado!
—¡Hey! ¿es que nadie te enseñó modales? —intentó golpearme de nuevo, pero la detuve. Se había enojado de verdad —bebes y terminas haciendo cosas que No debería hacer ni estando sobria ¡de verdad no sé lo que pasaba por tu cabeza, Meer! —Soltè, recordando lo de hace unas horas. Ella se quedó quieta un momento… y luego bajó la mirada. Se había quedado de piedra. A lo mejor no tendría que haber dicho eso. Tampoco tendría que haberla llamado estúpida. Pero es que… estaba preocupado. No sabía qué hacer en situaciones como esta, yo era muy torpe para este tipo de cosas. Y ahora no sabía cómo arreglarlo. No tuve mejor idea que rodearla con mis brazos y pegarla a mi cuerpo. No quería que se enojara conmigo, que me dejara de hablar. Tomé mucho aire, para calmarme.
—No vuelvas a hacer eso… es peligroso —dije despacio, a lo mejor pensaba que le estaba gritando de nuevo. Meer no dijo nada, ni siquiera se movió, por lo que yo llevé mi mano a su cabello… que por cierto, apestaba —sé que no lo volverás a hacer —negó con la cabeza despacito. Ojala esto no se volviera a repetir. No me gustaba regañarla, era la primera vez que lo hacía y no quería volver a hacerlo jamás. A demás… ella se ponía furiosa.
La separé un poco de mi cuerpo, la distancia suficiente como para poder chocar mis labios con su frente. Me tenté, no lo voy a negar… me tenté a chocar nuestros labios de nuevo… pero no lo hice.
—Que linda eres —me limité a murmurar esas palabritas… así, quizás se le iba el enojo más rápido. Lo que es yo, aún tenía el cuerpo un poco tiritón y un malestar en la garganta. Sonrió —…y hueles a alcohol —Meer arrugó la nariz, se veía tierna al hacer eso.
—¿Qué hora es? —carraspeó.
—Las cinco treinta —calculé. Meer abrió los ojos como platos, observándome sin poder creerlo.
—¿Tan temprano? —preguntó incrédula. Que confundida estaba la pobre….
—Tan tarde —la corregí.
—Me tengo que ir —se le abrieron los ojos a tope. Seguro estaba preocupada por lo de la madre. Se veía linda con esa expresión. Intenté reprimir esos pensamientos, pero es que… no lo podía evitar, ella era linda, de verdad. Quizás sería bueno que llamara a mamá para que le avisara a esa… mujer de la casa del lado. Me sentí un poco mal al pensar así de su madre pero… pff. Como odiaba a esa mujer. Esperen… esperen. ¿Había dicho que se tenías que ir? ¡No podía salir así a la calle!
—¿Piensas hacer que toda la gente que pase por tu lado vaya tapándose la nariz? —recordé el olor de la noche anterior. Meer tomó el borde de su camiseta y se lo acercó a la nariz.
—¿Tan mal huelo? —entrecerró los ojos. Me encogí de hombros.
—Estuve horas y horas contigo, ya no siento nada —respondí. Y es que era verdad… había pasado tantas horas con ella y su aroma, que estaba seguro de que incluso se me había pegado un poco. Meer puso los ojos en blanco.
—Me siento mal —se quejó. ¿Y para qué me lo decía?, ella tendría que haber pensado antes las consecuencias de lo de anoche, ahora no se tenía que quejar… se las aguantaba. Observé su rostro lleno de maquillaje negro… esos ojitos pequeñitos y su boca torcida en una mueca que “me siento mal” pudieron conmigo. Suspiré y me acerqué a ella… ojala esto no se le hiciera costumbre, odiaba a las chica así. Bueno, no de odiar “odiar”, más bien… odiaría que Meer fuese así. Apoyé mi mano en su frente, a ver si tenía fiebre o algo así, pero no, no era nada… seguramente tenía mal la cabeza por el alcohol y eso. Pedí paciencia. No quería volver a gritarle, aunque… quizás podía darle una buena lección después de todo. Si… eso es lo que haría. Sonreí en mi interior.
—Que niña más tonta. A ver, quítate esa ropa y métete en la ducha —y acto seguido me dirigí hacia el armario, trazando el “plan” en mi mente. Mientras ella se duchara y sufriera con agua fría y congelante, yo echaría a lavar su ropa, llamaría a su madre o quizás a la mía y prepararía algo de comer. Después esperaríamos a que la ropa se secara, en la secadora, obviamente y una vez hecho eso, ella se pondría su ropa, que ya no estaría apestosa y la llevaría a su casa. Dios… su mamá me iba a matar.
—¿Y dónde está la ducha? —la escuché preguntar.
—Espera —dije desde dentro del armario… tenía que ver si encontraba algo pequeño por aquí, cosa difícil. Saqué una camiseta y se la lancé, seguidamente unos pantalones. Saqué la cabeza del armario y la miré. Meer me miraba con esos ojitos hermosos que sólo ella tenía. Me dio la sensación de que le haría mal la ducha fría, pero me quité de inmediato esa idea de la cabeza. La ducha le haría bien… supongo. Me acerqué a ella, sentí ese olor de nuevo… y arrugué la nariz. No se parecía en nada al aroma de Meer. El aroma de Meer era delicioso… pero este, pff. La tomé de la camiseta y la guié hasta el baño. Una vez en la puerta la solté. Sonreí… pobre niña. A Meer se le subió el color a las mejillas y entró rápidamente al baño. Hizo el ademán de cerrar la puerta pero yo se lo impedí con el pie.
—¿Qué? —me miró nerviosa, mordiéndose el labio inferior, sin duda no lo hacía a propósito pero aún así sentí un escalofrío recorrerme toda la espalda al observar ese gesto. Sentí que me empezaban a sudar las manos. Yo… yo había tenido esos labios pegados a los míos anoche.
—Cuando te quites la ropa, me la pasas para lavarla —hablé como pude… como un tonto. Meer asintió y rápidamente cerró la puerta. Esto era de locos, realmente. ¿Cómo era posible que me sintiera así? suspiré, no lo pude evitar ¿y si ella había estado lo suficientemente bebida como para haberlo hecho sin querer y no recordarlo? Deseaba que fuese así. Aunque por otra parte… no. Esa otra “parte” era una equivocación. Esa era la misma parte de mi cabeza que imaginaba cosas incoherentes, que me hacía recordar a Meer a cada segundo del día. Era la misma parte que me hacía sentir cosas y que luego me hacía pensar que estaba bien. La misma parte que no me dejaba dormir por las noches, que me obligaba a mirar a Meer como la niña más hermosa del planeta entero, que me recordaba su rostro, me hacía imaginarlo, visualizarlo… visualizar esos ojitos azules y esa inocencia que emanaba de ellos. Y es que sus ojos eran hermosos y su sonrisa… definitivamente nunca había visto una igual. Su rostro se iluminaba cuando ella sonreía y sus ojos se hacían pequeñitos. Me encantaba… me encantaban sus ojos, su nariz, su sonrisa, sus manos suavecitas, su cabello negro, esa delicadeza con la que se movía, su cuerpo delgado y pequeño… incluso me encantaba ese lunar chiquito cerca del ojo que ella tenía. Meer me encantaba.
Y ahí… de nuevo el lado estúpido de mi cabeza apoderándose de mis pensamientos, sin que yo lo pudiera evitar.
La puerta del baño se abrió y pude ver la cabeza de Meer. Sacó su brazo con la ropa hecha muño y me la dio.
—Las toallas están en el segundo cajón —Ella asintió rápidamente y luego volvió a cerrar la puerta.
Fui a la lavadora, si no me equivocaba, esta era la primera vez que la usaba. Metí la ropa dentro, abrí el envase del detergente nuevo y la encendí.
- ¡AAAAH! —di un salto al escuchar el grito de Meer. Los ojos casi me salieron de las órbitas. —¡BILL! —salí disparado escalera arriba hasta llegar a la puerta del baño. La abrí y cerré los ojos al instante. No fuera a ser que la viera o algo. Dios, estaba preocupado… ¿Y si algo malo le había sucedido?
—¿Qué ocurre? —pregunté sin abrir los ojos.
—El... agua est... está fría —habló a penas. Bufé… sólo era eso. Me dio un poco de lástima, pero la dejaría duchándose igual. Así se refrescaba y se le aclaraban un poco las ideas…
—Así se te pasa el malestar, métete dentro y quítate ese olor de una vez —cerré la puerta y volví a abrir los ojos. Respiré aliviado.
—¡Pero voy a enfermarme! —la escuché insistir del otro lado, pero la ignoré.
Ahora iría a pedir una pizza… yo no era bueno cocinando.
Tome el teléfono y pedí la orden. Mientras la pizza llegaba y Meer se duchaba fui a ordenar la habitación de arriba y a cambiarme de ropa. Me ducharía luego, en casa. Intenté distraerme lo mejor posible, quería dejar de pensar tantas estupideces. Pero es que no podía sacarme de la cabeza lo que Meer había hecho anoche, no el hecho de beber… los otro, lo que había pasado después. Quizás podríamos hablar porque anteriormente yo igual había provocado un roce pequeño, de ese tipo, con ella. No le recriminaría nada, porque, para empezar, a mí me había gustado… Aunque odie admitirlo. Y me serviría mucho saber si ella… si ella había sentido lo mismo.
Agh, esto realmente me daba mucha vergüenza. ¡Meer tenía catorce años! Y yo como un estúpido, estaba baboso por ella. ¿Cómo podía estar pasándome esto? Jamás en la vida una chica me había atraído tanto y mucho menos una niña con esta diferencia de edad. Me ponía de los nervios. Sigo pensando que ella podría haber sido un poco más grande o yo un poco menor. Así, por lo menos, habríamos estado más parejos y ella podría ser mi novia. Cerré los ojos, intenté relajarme, ¿qué más podía hacer? Ahora sólo tenía que esperar a que ella saliera de la ducha, ahí hablaríamos… si es que se daba la oportunidad claro.
Debo admitir, que en el fondo… yo tenía la esperanza de que ella sintiera los mismo que yo.
El timbre sonó. Era la Pizza.
Dejé la pizza sobre la mesa y abrí la caja… olía delicioso. Si Meer no se apresuraba en bajar se podría quedar si pizza. Tomé un trozo y me los llevé a la boca. Lo comí en tiempo record y luego tomé otro pedazo. La comida me parecía aún más deliciosa cuando tenía hambre. Aunque no podía evitar que se me formara un nudo en el estómago, estaba nervioso.
Un ruido bastante fuerte, hizo que casi me atragantara con la pizza. Devolví mi trozo a la caja, para luego salir de la cocina andando rápido. Caminé hacia las escaleras, en busca de Meer. No fue necesario subir, ella estaba allí, con los ojos como platos. La observé… estaba tiritando y con el cabello estilando mojándole la camiseta. Ahora parecía que se hubiese metido a la ducha con mi ropa.
—¿No encontraste las toallas? —pregunté.
—Aquí está —La sacó de detrás de su espalda y me la tendió. Dios… la pobre estaba temblando de frío. Esto, más la ducha fría… pff, seguro se enfermaba y todo por mi culpa.
—A ver, Ven —me fui hacia las escaleras. Meer me siguió. Entramos nuevamente a la habitación… me metí al armario de nuevo, saqué otra camiseta y se la di —ponte esto. Y apresúrate que ya vengo —Meer tomó mi ropa y yo salí de la habitación cerrando la puerta.
Ahora tenía que secarle el cabello y hacerla entrar en calor de alguna manera, qué problema. Y encima me estaba muriendo de hambre. Observé la puerta de la habitación mientras esperaba. Odiaba no poder dejar de pensar en ella. Me llevé las manos a la cara y suspiré. Cada vez me rayaba más y más con todo esto, con Meer.
Calculé que hubiese pasado el tiempo suficiente y piqué a la puerta.
—¿Ya estás lista? —pregunté hacia adentro.
—Sí —me contestó. Abrí la puerta y entré en la habitación… Me sentía tan extraño. Me dirigí hacia el armario y tomé algo más abrigador, no quería enfermar a la pequeña, después me sentiría culpable por eso y encima no la podría ver porque tendría que estar en cama. Le lancé la prenda a Meer y esta me lanzó la ropa húmeda. Me miró sonriendo y yo no pude aparar la vista. Miré como se ponía el polerón. Le quedaba gigante… se veía como Tom.
—Ahora hay que secarte el cabello —dejé la camiseta mojada a un lado y fui a buscar mi secador de cabello. Era una adquisición de hace poco, especialmente para tenerlo en esta casa. Sobre todo lo usaba Tom porque sus rastas siempre tardaban un montonazo en secarse. Le señalé a Meer que se sentara en la cama y ella obedeció. Me senté tras ella. Como era pequeña, quedaba todo perfecto.
Encendí el secador y comencé con la tarea. Quería hacerlo rápido para luego ir a por la pizza. Estaría mal que se enfriara.
Toqué su cabello y su cabeza con mucho cuidado, muriéndome de ganas por voltearla hacia mí para poder ver su rostro. Sonreí como un bobo sin poder evitarlo.
—Gracias —Agradeció mientras de volteaba a mirarme con esa hermosa sonrisa en sus labrios cuando acabé. Sonreí yo también y me levanté antes de hacer una estupidez. Estábamos demasiado cerca. Desenchufé el secador y lo guardé.
Enseguida me volteé hacia ella.
—Te ves linda —la observé… si, aunque la ropa le quedara grande se veía hermosa igual. La tomé del brazo, levantándola de la cama, y la hice girar sobre sí misma para observarla mejor —aunque te queda algo grande… —comenté lo obvio. Meer era pequeña, su cuerpo era pequeñito y mi ropa… mi ropa era de mi talla y yo era mucho más grande.
Le ganaba por unos cuantos muchos centímetros.
—¿Algo? parezco un payaso —se quejó. Y luego quien se quejó fue su pancita. Meer tenía que comer algo. La miré divertido.
—¿Quieres algo de comer? —asintió con la cabeza. Inconscientemente la tomé de la mano y la llevé conmigo hacia las escaleras. Bajé con cuidado y un poco de nervios. Entramos en la cocina. Dejé a Meer en su asiento y yo me senté frente a ella. Tomé mi trozo de pizza a medio comer. Me di cuenta de que Meer no hacía nada más que mirar la comida.
—Coge una —me llevé la pizza a la boca. Mientras tragaba, observé a Meer comer.
—Que delicia… —comentó antes de comer otro pedazo.
—Sí —le di toda la razón. Estuvimos comiendo sin intercambio de palabras. Meer tenía los ojos puestos sobre la mesa y yo los tenía puestos sobre ella. Incluso comiendo se veía linda. Terminé de comer cuando ya me di por satisfecho. Me entró sed… el queso de la pizza siempre me secaba la boca y la garganta. Me levanté de la silla y tomé un vaso. Le puse agua hasta la mitad y lo bebí. Para cuando terminé Meer ya estaba a mi lado, tomando otro vaso y sirviéndose agua.
Me pareció graciosos que ella hiciera lo mismo que yo y reí. Meer, que estaba bebiendo su agua, rió también y luego comenzó a toser. Bebí la última gota de agua que me quedaba en el vaso, por no decir que bebí aire… y lo dejé sobre el mueble. Ella volvió a tomar agua.
Algo me dijo que ahora era el momento para conversar. Hablar sobre lo de anoche, lo del otro día… aclarar las cosas. Seguramente ella estaba tan confundida como yo y eso nos serviría. Me acerqué, y ella comenzó a toser de nuevo, alejando el vaso. Se lo quité y lo dejé sobre el mueble, junto al mío.
Observó nerviosa toda la cocina, sin mirarme… por lo que me puse frente a ella, para que me prestara atención. Meer no era tonta, seguramente ya se había dado cuenta de lo que vendría.
Meer volvió a toser, y alzó la mirada… se me hizo imposible quitar la vista de sus ojos y como si estuviese en un trance, la rodeé con los brazos, dejando ambas manos apoyadas sobre el mueble. No quise preguntarme si estaba bien lo que hacía… pero es que no lo podía evitar. Meer me ponía como un loco. No podía soportarlo más. Estábamos demasiado cerca y ella… yo… es que esa niña simplemente podía conmigo. Me acerqué un poco, y luego un poco más… no quería apartarme de ella. Rocé sus labios con los míos. Meer no opuso resistencia, pero aun así me separé al instante. Podría haberla besado.
—Quiero hablar contigo —sus ojos me atrapaban y me sorprendió el hecho de que ella no hubiese apartado la mirada. Siempre lo hacía, pero esta vez era diferente. No sabía cómo decirlo jamás había vivido algo como esto antes, todo era nuevo para mí y yo no tenía idea de qué debía hacer. Todas las veces anteriores con chicas yo había tenido el completo control de todo… pero ahora la situación de escapaba de mis manos ¿Qué le decía ahora? ¿Le comentaba lo hermosa que era? ¿o le preguntaba lo de anoche de una buena vez? A lo mejor su respuesta me sorprendía.
¿Y si no le había gustado lo que acababa de pasar y ahora se enojaba conmigo? Tampoco era para tanto, ¿o sí?



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