04 febrero, 2013

1000 Meere /Capítulo 30







CAPITULO 30

 
Caminaba hacia casa mientras pensaba en mis cosas. No había podido coger un autobús ya que todos iban llenos de gente… prefería caminar. Estaba escuchando música. Por lo que los ruidos de los coches y los que la gente hacía no se escuchaban. Me gustaba así. Nadie interrumpía mis pensamientos… además, la música me relajaba. 
Había llegado a la conclusión de que tenía que cambiar. Me había dado cuenta de que me estaba comenzando a comportar como ese tipo de gente que yo odio, la gente que se cree el centro del universo. No todo giraba en torno a mí, el mundo no iba a ser una catástrofe si yo estaba triste, yo no era la dueña del planeta y mucho menos la persona más importante. Por lo que mis conflictos no tenían por qué ser los principales. Tampoco debía actuar tan superficialmente. Aunque no lo fuera, porque yo no era superficial. Sólo aparentaba serlo. Tenía que dejar de lado mis malas contestaciones. Pues si seguía así me iba a quedar aún más sola n el mundo. En realidad, ya estaba sola, pero a ver si a la gente que me odiaba se le ocurría dejarme en medio del desierto para matarme por la sed. Y no me sorprendería si alguien estuviese deseando que eso me pasara. Pues yo me pasaba la mayor parte del día queriendo que la gente muera o pensando posibles accidentes. Eso me iba a traer malas consecuencias. Tenía que cambiar. Dejar que el mundo siguiera a su ritmo acelerado mientras yo seguía con el mío, más lento y calmado. Ya no iría golpeando a la gente por cualquier cosa, o insultando. O al menos intentaría dejar de hacerlo. Según Bill estaba mal, a él ya no le gustaba mi forma de ser. Pero yo no estaba planeando mi cambio por Bill. No. Él no tenía nada que ver en ese repentino cambio de pensamientos.
Seguí caminando tranquilamente mientras miraba mis pies, hasta que de pronto, choqué con alguien. Mi cuerpo se movió hacia un lado y yo levanté la vista con la peor cara de odio que tenía. 
Fíjate por donde vas, estúpido le espeté al chico.

Lo siento seguí caminando sin hacer caso a sus palabras.
Vale, había empezado mal. Quizás estaba en mi destino seguir así de estúpida y prepotente. Perdía la paciencia demasiado rápido. 
Y fue entonces cuando me di cuenta de que mis reflexiones no me habían servido de nada, pues no tenía la fuerza de voluntad suficiente como para cambiar. Tampoco podía pretender ser diferente. Yo era así y ya… 
Casi no me di cuenta cuando ya estaba frente a la casa de Simone. Supuse que no había nadie, pues ya estaba oscuro y las luces no estaban encendidas. Seguí caminando hasta llegar a la puerta de mi casa y piqué al timbre esperando a que mi madre me abriera.
Estaba contenta con lo que había hecho hoy. Había ganado un buen dinero, aunque sólo podía traer a casa el de las propinas. El otro resto del dinero me lo pagarían a la semana. 
La puerta se abrió y la felicidad que había sentido hasta ese momento se esfumó. Era el esposo de mamá. Había llegado de su reunión en no sé dónde. Seguro había estado con otra mujer.
Hola me saludó.
Déjame pasar le espeté mientras que con uno de mis brazos lo empujaba y pasaba hacia dentro de la casa. Mi madre se dio cuenta de que había llegado y se asomó desde la puerta de la cocina.
—¡Hija! apresúrate. Ven, comes algo y nos vamos ¿irnos? no le entendí. Me limité a obedecer e ir hacia la cocina, no sin antes lanzar mi bolso sobre el sillón y quitarme la chaqueta. No le quise hablar a mi madre, ni si quiera la quise saludar. Ella estaba muy alterada. Corría de un lado a otro en la cocina preparándome la comida, mientras yo comía lo que ella ya me había puesto en el plato. Tenía demasiada hambre… vale, sí, es tonto: Yo trabajaba en un lugar donde se vende comida y no comía nada. Pero es que la comida allí era carísima… y yo no quería gastar de mi dinero, aunque me hiciesen una rebaja por ser empleada. A demás, podía llegar a comer cualquier cosa en casa. 
Vamos, apúrate me dijo mientras salía de la cocina. Yo había estado comiendo lentamente, como de costumbre. 
No le hice caso y seguí a lo mío.
Meer, apresúrate mi madre se había asomado nuevamente desde la puerta de la cocina, esta vez con la chaqueta puesta… supuse que iba a buscar su cartera ¡Meer! me gritó desde alguna parte de la casa. Yo bufé y me levanté de la mesa. Cogí el plato y caminé pesadamente hacia el basurero. Luego, boté lo que me quedaba de la comida y dejé el plato encima de uno de los muebles. La comida no me entraba cuando comía rápido… ni modo que me comiera todo en unos segundos. 
Cuando salí de la cocina, pude ver la puerta de la casa abierta y al esposo de mi madre saliendo por ella, mientras mi madre bajaba rápidamente las escaleras. No hice ningún tipo de comentario, me los guardé, y me fui al baño para lavarme los dientes. Mi madre me comenzó a gritar para que me apurara. Yo estaba que perdía los nervios. Me dieron unas enormes ganas de golpearla.
Volví a caminar hacia el salón, respirando profundamente mientras contaba, para no descontrolarme y no cometer un error. 
Cogí mi chaqueta, mientras mi madre me seguía apurando desde la puerta y me la puse… luego me colgué el bolso en el hombro. 
Salí de casa a paso lento, mi madre serró la puerta tras mi paso y lego me dio pequeños empujoncitos hasta meterme en el coche de su esposo. 
Cerré la puerta con fuerza, haciendo mucho ruido. 
Odiaba ser sacada la fuerza. Me crucé de brazos y el coche se puso en marcha.
¿A dónde vamos? pregunté al doblar en una esquina.
Al hospital. Antes de que la hora de visitas termine. 
—¿Uhmm? pregunté sin entender. Genial, un hospital. Odiaba el olor que había en ellos. 
Vamos a ver a Simone, tuvo un accidente. 
Puse los ojos en blanco y miré hacia la ventana, sin añadir ningún comentario. Yo no tenía nada que hacer donde Simone. Vamos, si, me caía bien y todo eso. Pero yo no tenía ninguna especie de relación con ella. Estaba segura de que iba a ver a Bill… Por eso es que se había alterado tanto hacia unas horas. Lógico, su madre tuvo un accidente… el hijo siempre debe correr hacia ella. No en mi caso, yo no quiero a la mía. Pero Bill si quiere a la suya… Aunque no creía que el accidente hubiera sido tan grande…


El coche se detuvo y nos bajamos. Mi madre le cogió la mano a su esposo y yo me fui tras ellos caminando a paso lento y con las manos dentro de los bolsillos. Hacía tanto frío, que al respirar se formaba una especie de nubecita frente a mi rostro. Me irritaba lo empalagosos que llegaban a ser ese par que iba unos pasos más adelante. No me gustaban para nada sus sonrisitas tontas y sus besitos. Una anciana con un anciano de novio… Pff. 
No pude evitar pensar en que estaba celosa. Pues mi madre tenía a su chico y yo no. Pero no… no podía estar celosa por eso. Imposible.
Entramos dentro del hospital y una ola de calor me dio a la cara. Sentí que faltaba aire allí dentro. El olor no me gustaba para nada. Arrugué la nariz, era cosa de acostumbrarse. Seguro que mil y una enfermedades andaban dando vueltas por los pasillos del hospital. Me pregunté en cual estaría Simone. Y deseé que fuese el último piso, pues recordaba que una vez de pequeña había mirado por una de esas ventanas... y tenía una vista genial.
Mi madre se dirigió a preguntar dónde estaba… y luego regresó algo cortada.
—¿Qué ocurre? —pregunté al ver que no decía nada y se dirigía la ascensor, aún cogida de a mano con ese estúpido.
—La están operando —fue lo único que dijo.
No dije nada más y me metí dentro del ascensor. Mi madre le dio al botón del último piso. 
—¿No habías dicho que la estaban operando? —dije al caer en la cuenta de que si la operaban no la podríamos ver... o, mejor dicho, mi madre no la iba a poder ver, porque yo no la iba a ver. Me daba un poco de miedo.
—Pero hay que quedar bien —oh, vale… todo por quedar bien. Bufé. El ascensor llegó a su destino y se detuvo. Las puertas tardaron un poco en abrirse. Al hacerlo me di cuenta de que en ese lugar no volaba ni una puta mosca. Todo era silencio y más silencio. Dejé que mi madre pasara primero y luego me apresuré en seguirle el paso antes de que las puertas se cerraran. Me guardé las manos en los bolsillos al darme cuenta de que no tenía guantes. Pero los traía en el bolso. 
Fui caminando más lento, cuando pude divisar a los Kaulitz sentados en unos sillones fuera de la que supuse sería la sala de operaciones. Había también un hombre más con los Kaulitz, el cual supuse sería el esposo de Simone, el padrastro de los gemelos. El hombre estaba junto a una mujer que se cubría la cara con las manos. El ambiente que había allí no me gustó. Quise irme.
Mi madre se detuvo frente al pequeño grupo de gente y los saludó a todos. Y yo, como iba ya un poco más cerca, me di cuenta de que ambos gemelos tenían los ojos rojos. Sinceramente, me dio un poco de miedo… habían estado llorando. Jamás me lo habría imaginado. Pegué mi vista en ellos y me paré a un lado del sillón, no saludé a nadie.
Mi madre comenzó a conversar con los más adultos que allí había, el esposo de Simone y la otra mujer… que según había escuchado, era la hermana de la accidentada. 
Me di cuenta de que no tenía nada que hacer allí, pues estaban sólo los familiares más cercanos. Sentí un poco de vergüenza por ello. 
Y como no estaba haciendo nada interesante, parada al lado del sillón, donde los gemelos se sentaban, me di media vuelta y caminé hacia la ventana… No me gustaba para nada ver esas caras afligidas. 
Me detuve frente a esta y me senté en el borde de cemento que había a su alrededor. Me quité el bolso y lo dejé a mi lado… Luego lo abrí y de allí saqué mis negros de tela y sin dedos. Seguidamente me los puse. No supe que hacer y me limité a mirar hacia afuera. La ciudad se veía genial en la oscuridad y con las pequeñas luces alumbrándola. Tenía un aspecto casi mágico, que me encantaba. Había luna llena. Pero esta estaba cubierta por nubes que dejaban verla por partes.
Me di la vuelta al escuchar una voz aguda que no me agradaba para nada. Y como no… Stella estaba aquí. Me echó una mirada asesina, saludó a todos y luego se sentó en el sillón, entre los gemelos. 
Sentí vibrar algo en el bolso y enseguida saqué de allí mi móvil. Un mensaje de Emma. Lo abrí rápidamente, hacía tiempo que no sabía nada de ella.


¡Meer! Hace tiempo que no hablamos, te echo de menos… como este finde es largo me tomaré la semana y te iré a ver. Jaja. De vedad, no es broma. Si puedes me llamas, porque se me acabó el saldo… 

Una sonrisa se dibujó en mi rostro y no lo pensé dos veces al apretar el botón verde. Escuche un pitido, dos pitidos… 
—¿Hola?
—¡Emma! —casi grité. 
—¿Cómo estás, tonta? Tú, que no me llamas. 
—Bien, bien… ¿Qué tal todo allí?
—Se te extraña demasiado.. 
—¿Ah, sí?
—Sí. ¿Dónde estás?, te iré a ver…
—Estoy en un Hosp…. —en seguidamente me acordé de que no debía hablar tan fuerte… y había gritado toda la conversación. La gente me miró con cara de asesinos —¿te parece si te llamo en un rato? 
—Que sea temprano.
—Sí, tengo en cuenta la diferencia de horario. Adiós —corté rapidísimo. Pero ya nadie podía quitar la sonrisa que tenía en el rostro.
Me entretuve por unos minutos más escuchando música. Estaba aburridísima. Me había dado cuenta de que cuando alguien salía de cierta habitación, los gemelos dirigían automáticamente la mirada hacia allí. Entonces, por deducción, concluí que esa era la sala donde estaban operando a Simone. Quizás que cosa tenía la pobre…
Apoyé mi cabeza en el vidrio, aun pudiendo mirar hacia afuera, y comencé a tararear la canción.
—¿Por qué viniste? —una voz para nada grosera se oyó tras de mí. Despegué la cabeza del vidrio y la giré rápidamente para ver a Tom. Éste caminó unos pasos más hasta sentarse en el borde de la ventana, mirándome —creí que no te caíamos bien… —no pude evitar darme cuenta en que tenía los ojos llenos de tristeza. Inclusive, brillaban por las lágrimas que en ellos se contenían, y estaban rojos. Me dio una puntada en el pecho y sentí pena por él. 
—Tú me caes bien —me encogí de hombros. Suspiré y desvié la vista. No me gustaba ver su rostro en ese estado.
—Sí, tu igual a mi… —vaya. Como se notaba que no había tema de conversación. Estuvimos en silencio por unos segundos, sin saber que decir… hasta que se me ocurrió hablar, claro… siempre me meto donde no corresponde.
—¿Y qué fue lo que le pasó a tu madre? —le pregunté. Tom me miró y yo lo miré. 
—Tuvo… un accidente en el coche. 
—Ah…
—…Y, quizás ya no pueda caminar, no se sabe. La están operando —tragué saliva. Esto debía ser muy duro para él. 
—Todo va a estar bien, ya verás… —lo miré directamente a los ojos y me acerqué un poco. 
—¿Y si no está bien?
—Lo estará, créeme —estiré mi brazo y lo pasé por detrás de su cuerpo, para abrazarlo. Apoyamos la espalda en el vidrio y él su cabeza sobre la mía. 
—Tengo la impresión de que no estará bien…
—No seas negativo. Yo tengo la impresión de que si va a estar bien —sonreí. Aunque él no pude verme, pero Bill si… Cambié el gesto rápidamente. No lo podía mirar mal, pues estaba triste… pero tampoco le podía mirar bien, pues no me caía bien, yo lo odiaba. 
Nos quedamos en silencio por mucho tiempo. Tom me cogió la mano y comenzó a jugar con mi guante. 
Me pregunté cómo se sentiría estar en la situación de los gemelos… pero yo nunca iba a sentir una tristeza semejante, pues me era indiferente lo que le pasaba o lo que le dejaba pasar a mi madre. No me importaba en lo más mínimo y tampoco me llegaría a importar. A ella no le había importado verme sufrir… y a mí tampoco me importaría que ella sufriera. Y así quedábamos a mano.
—¿Qué hora es? —preguntó Tom de repente. Yo quité mi mano de entre las sillas y la metí en mi bolsillo para seguidamente sacar mi móvil. Ya era bastante tarde… diez con catorce. Ya llegaba más de una hora en ese hospital… y a Simone aún la seguían operando.
—Las diez y cuarto —Tom suspiró.
—Ojala se ponga bien…
—Se pondrá bien —le di ánimo. 
Me di cuenta de que estaba siendo “buena”. Quizás, si hubiese sido en otra situación, hubiese seguido fría, como siempre… pero es que justo ese día, no sabía que era lo que me había pasado. 
A lo mejor era el sueño… tenía que dormir más.
De pronto sentí algo frío en mi mano. Giré mi vista rápidamente hacia ella. Tom me había quitado el guante. Quité mi mano rápidamente de allí y me solté de él, para coger mi guante. 
—¿Aún no sale la cicatriz? —no lo decía con mala intención. 
—Es la segunda vez en el día que me dicen algo así —dije mientras intentaba estirar el guante.
—Oh…
—… Y no, ya no saldrá de allí. No se puede —me volví a poner el guante. 
—¿Por qué te la cubres con eso? —señaló mi mano.
—Porque es horrible, y grande… —pues sí, era muy grande. Abarcaba casi toda mi mano. En seguida la chica que me la hizo se me vino a la cabeza —por culpa de esa puta… —Tom rio. Nos quedamos en silencio durante algunos minutos más. Bill me miraba todo el tiempo. Estaba abrazado a Stella. Eso no me agradaba para nada, sentía que me quemaba por dentro, estaba celosa. 
—¿Me esperas? Voy al baño —me levanté —¿me cuidas el bolso? Ya regreso —le dediqué una sonrisa y luego me dirigí hacia el pasillo que allí había, doblé a la esquina y caminé hacia los ascensores. Quería bajar al primer piso para comprarme algo de comer.
Me metí en el baño, hice lo que tenía que hacer, y luego de asegurarme de que tenía dinero en mis bolsillos, salí de allí. Pero en cuanto lo hice me arrepentí. Allí había una persona, apoyada en la tienda de dulces, mirando en mi dirección con los ojos entrecerrados.
Metí las manos dentro de mis bolsillos y seguí caminando, sin dirigirle una sola mirada. Lo ignoraría. Además, no podía cambiar de opinión respecto a lo de comprarme algo, pues estaría mal. Que Bill estuviese allí no quería decir que yo no pudiera comprar algo de comer, simplemente porque me daba algo de vergüenza. 
Una vez llegué a su lado, saqué las manos de mis bolsillos con un poco de dinero y las apoyé sobre el mostrador. Me di cuenta de que no había nadie atendiendo. Seguramente la persona habría salido o algo por el estilo… Entonces Bill debería estar esperando a que llegara para comprar. Yo igual esperaría. Me di media vuelta, apoyándome en el mostrador. Así no me aburría y veía a la gente.
—Hola —mi respiración se detuvo al escucharlo hablar. Miré por el rabillo del ojo para asegurarme de que me hablaba a mí. Y sí, me hablaba a mi… giré la cabeza hacia él y lo miré sin expresión.
—Hola.
—¿También quieres comprar algo? —estuve a punto de contestarle alguna estupidez, pero me contuve. 
—Sí. 
—Siento lo de hoy en el restaurante —no entendí. ¿De qué se estaba disculpando?
—Como quieras —nos quedamos en silencio durante unos segundos, que se me hicieron eternos —se te quedó todo el dinero. 
—¿Ah? Oh, Sí —al parecer no lo había recordado. Metí la mano el bolsillo trasero de mi pantalón y de allí saqué todo su vuelto. Me sorprendí un poco por el hecho de que aún no comenzábamos a pelear. 
—Ten —se la di. Él la cogió. 
—Gracias —no había habido ninguna sonrisa en todo lo que llevábamos de la conversación, me dieron ganas de hacerlo sonreír, pues taba demasiado triste. Lo podía notar. Suspiré. Pero al fin y al cabo, se sentía bien hablar sin insultos ni palabras insinuantes.
—¿Tu madre te trajo a la fuerza? —me preguntó. 
—No. Digo… me sacó de casa, pero yo no sabía dónde íbamos… veníamos —me corregí.
—Ah, pensé que… —se quedó callado de repente.
—…¿qué?
—No... nada ¿Qué quieres comprarte? —cambiando de tema, lo supe al instante. 
—Un café ¿y tú? 
—Algo para comer… estoy muerto de hambre —las comisuras de sus labios se curvaron suavemente hacia arriba. Me puso algo feliz saber que estaba sonriendo. 
—¿Desde cuando estás aquí? —le pregunté.
—Horas… mamá tuvo un accidente y la están operando. Está bastante mal —bajó la mirada.
—Tom me lo dijo —me encogí de hombros.
—Veo que ahora eres muy amiga de Tom… —tensé la mandíbula.
—Él me trata bien.
—Ah… —suspiró. Y yo igual lo hice, al mismo tiempo —¿no te has visto con él durante la semana?
—No —me contuve a la respuesta grosera. Pero que… ¿Bill estaba celoso? Y si era así, estaba celoso de su hermano. Me quité rápidamente esa idea de la cabeza. Hoy sólo me trataba bien porque estaba un tanto afectado por lo de su madre.
Justo en ese momento llegó una chica, la que atendía el local. Fui a hablar primero para pedir mi café, pero la chica le dio la preferencia a Bill. Me enojé. 
—¡Hola!, ¿qué necesitas? —y encima hueca. La odié. 
—Necesito un café… capuchino. Y una de estas —señaló una bolsita de galletas que estaba bajo el mostrador de vidrio transparente.
—Ok —se apresuró en servir el café y luego sacó la bolsita. Bill le pagó y luego ella le dio el dinero que sobraba. 
—Gracias —Bill se guardó el dinero y luego se giró hacia mí. Al igual que la chica hizo conmigo, la aceciné con la mirada —ten —me dijo Bill mientras me tendía el café. Mi cerebro tardó un poco en comprender ese gesto, pero finalmente lo hizo. Estiré la mano y cogí el café, estaba caliente —un regalo —rio un poco y yo le sonreí. 
—¿Qué necesitas? —la chica me interrumpió antes de que pudiese decirle algo a Bill. Que te tires de un puente, querida.
—Nada —dije cortante. Luego volví a mirar a Bill.
—Gracias —le dije —luego te lo pagaré. 
—No te preocupes —comenzamos a caminar hacia el ascensor. No me había dado cuenta de que casi no podía respirar y que el corazón me andaba muy rápido. Bill le dio al botón y en cuanto el ascensor se abrió, nos subimos. 
Nadie más se subió aparte de nosotros. Las puertas se cerraron y el ascensor se comenzó a mover. 
Me moví un poco para acomodarme, entonces perdí el equilibrio y me fui encima de Bill. 
Intenté sostener el café, pero se calló sobre él. Bill dio un paso hacia atrás mientras soltaba un grito, yo igual solté uno mientras intentaba sujetarme con algo para no caerme. Entonces el ascensor se detuvo.

Mierda.
Había apretado un botón. El puto botón para detener el ascensor. 
En cuanto pude reaccionar me separé de él, botando el vaso de cartón, ya vacío, al suelo. 
Me quedé de piedra. Los ojos se me abrieron como platos. Bill se notaba enojado. Se cogió la camiseta con las manos separándosela de la piel. Dios, como le debió haber dolido al pobre, el agua estaba casi hirviendo.
—¡Me quemaste! —me gritó. Pegué un bote al escuchar su grito —¿Qué mierda se te pasa por la cabeza? —el corazón casi se me salió por la boca y apreté la mandíbula, dando un paso hacia atrás. Me sentí mal —¿¡pero como…?¡ ¡no puedes ser más torpe! —bajé la mirada rápidamente. Sus ojos destilaban rabia… en cambio los míos se llenaron de lágrimas. Yo no era así… yo tenía que contestar. Había sido sólo un accidente.
—¡No me grites! —le grité. El pareció enojarse aún más.
—¡¿Y te atreves a decir eso?! ¡estás loca! 
—¡No me insultes! —apreté los puños intentando contener las lágrimas.
—¡Oh, si, claro! ¡¿Y qué es lo que tú has hecho durante todo este tiempo?! ¡y ahora vienes y me tiras el café encima! —me dio con la mano en el hombro. Yo di otro paso hacia atrás, producto de su empujón —Dios, eres una inútil. Con razón te echaron de la escuela ¡estás loca! —mis ojos se abrieron aún más ¿y él como sabía lo de la escuela?
—¡Cállate! —mi voz se rompió al final de la palabra. Cogí aire rápidamente y luego entreabrí la boca para dejarlo salir con fuerza. 
—¡Tu padre tuvo mucha razón con enviarte de vuelta! Pff! ¡¿Quién mierda necesita a una torpe estúpida como tú?! —me dio un pinchazo en el corazón y negué con la cabeza —¡oh, vamos! no le importas a nadie, ¿sabías? —bajé la mirada mientras él se quitaba la camiseta. Una lágrima se escapó de mis ojos —no eres más que algo inservible… Ni siquiera te va bien en la escuela. No eres nadie —puso énfasis en esa palabra. Seguidamente se dio la vuelta y comenzó a apretar los botones… —a ver como se hace andar esta cosa. 
—Estúpido.
—¡¿Estúpido?! ¿y lo dices tú? —siguió a lo suyo, con los botones —¿sabes? Odio tu forma de ser, odio en lo que te has convertido —no pude aguantarlo más y un sollozo salió de mi garganta. El cual ahogué con mi mano —jamás debiste haber vuelto —en eso estaba de acuerdo con él… hubiese sido mil veces mejor haberme quedado… o haberme ido a Inglaterra. O por último, haber muerto en un trágico accidente en un avión —el peor día de mi vida y tengo que estar aquí encerrado… ¡Y contigo! ¡encima lleno de café! ¡Argh! No doy más. 
—Fue un accidente —dije intentando que mi voz sonara firme, mientras me limpiaba las lágrimas. 
—¡No fue un accidente, lo hiciste a propósito! ¡Argh, putos botones! —le dio un golpe a la pared. Estaba como loco —podrías irte de aquí, todo estaba bien antes de que tú llegaras —dijo mientras se daba la vuelta nuevamente. Bajé aún más la mirada, intentando ocultar mi rostro entre mi cabello. Entonces se quedó en silencio. Luchaba por controlar los temblores de mi cuerpo, pero era imposible. Quería tragarme las lágrimas, pero no podía hacerlo… sentía algo oprimiéndome la garganta, evitando que el aire pasaba. Necesitaba respirar, pero cuando cogía aire salía inevitablemente un sollozo por mi boca. Me llevé la mano a la cara y me limpié inútilmente algunas lágrimas —es… estás… —dejó la frase inconclusa. Me di media vuelta, para no mirarlo y comencé a limpiarme los ojos con los guantes. Estos empapaban mejor… pero el problema era que las lágrimas no dejaban de salir. Me mordí los labios. 
Y de pronto, sentí su mano posarse sobre mi hombro. Me giró suavemente y así fue como quedamos frente a frente. Con una de sus manos levantó mi cara. Mis ojos se vieron atrapados bajo el poder de los suyos. Hacía mucho tiempo que no los veía de tan cerca. Me estremecí. Y en ese momento él me rodeó con sus brazos. Pegó mi cuerpo al suyo… pude notar el calor que emanaba de su piel desnuda. Escondí mi cara en su pecho y luego, sin querer, comencé a llorar más fuerte. Me había hecho sentir horrible. Pero aun así, me tenía entre sus brazos, consolándome. 
—Lo siento —murmuró muy cerca de mi oído —lo siento —repitió esta vez un poco más bajo. Separó nuestros cuerpos lentamente y posó sus manos en mis mejillas. Me secó las lágrimas con los dedos —discúlpame —dijo mientras se acercaba poco a poco. Podía sentir su respiración chocar contra mi rostro. El corazón se me iba a salir del pecho en cualquier momento.
Contuve la respiración en el momento en que él juntó nuestros labios con un tímido roce. Entreabrí los labios soltando todo el aire, ni siquiera alcancé a coger otra bocanada cuando él aprisionó mis labios entre los suyos y me comenzó a besar… hacía tanto tiempo que lo había esperado, lo necesitaba…En ese momento sentí como si me hubiese liberado de todos mis problemas. Me sentí completa. 
Bill bajó sus manos hasta mi cintura y me empujó hacia atrás, hasta que mi espalda chocó contra la pared del ascensor. 
Yo subí mis manos hacia su cuello y, posando una detrás de su nuca, lo acerqué aún más a mí para seguir con el beso. Me sentí en una nube. Hacía tanto tiempo que no sentía esa sensación de estar completa, de que no faltaba nada dentro de mí. 
Dejé de pensar y me concentré totalmente en disfrutar el momento. Pues sabía que duraría muy poco. Las peleas no se iban a terminar así por así, era imposible. 
Sentir sus labios, su lengua y su cuerpo pegado al mío era algo superior a mí. Algo que había esperado durante mucho tiempo, algo que yo había extrañado y necesitado. Me hacía falta. 
Se fue separando lentamente de mí. Yo no quería dejarlo ir… pero acabé por rendirme. Jamás iba a ganar. Dejé caer mis brazos rápidamente. Pero el siguió allí, bastante cerca de mí… podía sentir su respiración chocar sobre mis labios. Abrí los ojos y nuevamente me vi atrapada en los suyos. Ya no sentí ganas de llorar. Sólo quería tirarme a sus brazos y decirle que estaba dispuesta a todo por estar con él. A decirle que me había condenado a mí misma a quererle por siempre y que sin él yo no podía existir ¿A caso alguien podía vivir sin aire? Era lo esencial. Bill era mi aire…
Quitó sus manos lentamente de mi cintura y me limpió las lágrimas con sus dedos. Sentir su frío tacto contra mi piel me hizo estremecer. 
—Discúlpame —volvió a repetir. Negué con la cabeza.
—No. Yo soy la estúpida aquí… lo siento, de verdad. Yo… —me interrumpió con una tos falsa mientras dejaba caer las manos y se separaba un paso de mí.
Fue en ese momento cuando me di cuenta de que el ascensor estaba en movimiento nuevamente. Me sentí horrible por haber dejado escapar la oportunidad. Aún podía sentir el contacto de sus labios sobre los míos. El alivio que había sentido durante ese mínimo tiempo, iba desapareciendo poco a poco… y el pánico me iba inundando.
Vi como Bill estiraba la camiseta y la miraba un poco. Luego se la puso mojada y todo. 
No me dirigió ninguna mirada durante los próximos segundos que estuvimos ascendiendo… hasta que las puertas se abrieron.
Entonces me miró. Con los ojos entrecerrados, como antes. Eso me dolió bastante, por lo que le devolví la mirada más fría que pude sacar en esos momentos. Comenzó a caminar hacia la salida y yo me sentía cada vez más derrotada. 
Salió del ascensor sin darse la vuelta para mirarme. 
Decidí no bajarme e ir hasta el primer piso por otro café. Necesitaba respirar y relajarme un poco.

Las puertas se volvieron a cerrar delante de mí, mostrándome mi reflejo. Me llevé la mano a los labios inconscientemente.
—Eres un fracaso —me susurré a mí misma. Seguidamente le di al botón del primer piso, con fuerza.
Apoyé mi cabeza contra la pared y miré al suelo. Estaba lleno de café. Me pasé las manos por los ojos una vez más antes de bajarme y dirigirme nuevamente a la tienda de comida.
La misma chica estaba atendiendo.
—¿Me das un capuchino? —dije interrumpiendo su pregunta amable, ¿que necesitas?
—Claro, ¿te pasa algo? —dijo al ver mi rostro.
—Eso a ti no te importa, quiero un café —la chica no dijo nada más y se dio la vuelta para sacar mi capuchino de la máquina.
Me lo dio y yo se lo pagué. Ni siquiera esperé al vuelto y me dirigí al ascensor.
Me subí y no tardó en llegar al último piso. 
Me bajé mientras probaba un sorbo, estaba bueno. Di la vuelta a la esquina del pasillo y me acerqué a la gente que esperaba por Simone.
Casi se me caer el café de nuevo al ver lo que ocurría.

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