CAPITULO
17
Fui manejando mientras pensaba todo
lo que nos estaba pasando, que era tan increíble como creíble…y extremadamente
extraño. La miré, parecía un verdadero ángel allí durmiendo tan tranquilamente.
Ni siquiera yo tenía muy claro cuánto la quería, pero definitivamente era
mucho, demasiado. Lo sabía, pues con ninguna chica antes me había pasado algo
así, con ninguna me había sentido de esta manera. Con Meer era todo diferente,
más especial, más bonito. Incluso necesitaba pasar tiempo con ella… a
diferencia de con las otras chicas, que incluso a veces la evitaba. Pero es que
Meer… era especial. No sé si era la emoción de salir a escondidas y que ella
fuese cinco años menor. En todo caso, no me importaba mucho la razón. Lo que yo
si sabía, era que estaba colado hasta los huesos por Meer.
Estacioné el coche… habíamos llegado, tenía que despertarla.
—Despierta, dormilona, ya llegamos —la moví despacito. Meer abrió los ojos de a poquito.
—Si —bostezó, con los ojos pequeñitos producto del sueño —¿me prestas la ventana de tu habitación? —abrí la puerta, para ir a buscarla pero ella se adelantó, y abrió la puerta del copiloto para bajarse.
—¿Para qué quieres la ventana de mi habitación? —pregunté una vez afuera. Meer se acercó a mí y yo la abracé al instante.
—Para llegar a la mía —volvió a bostezar.
Estacioné el coche… habíamos llegado, tenía que despertarla.
—Despierta, dormilona, ya llegamos —la moví despacito. Meer abrió los ojos de a poquito.
—Si —bostezó, con los ojos pequeñitos producto del sueño —¿me prestas la ventana de tu habitación? —abrí la puerta, para ir a buscarla pero ella se adelantó, y abrió la puerta del copiloto para bajarse.
—¿Para qué quieres la ventana de mi habitación? —pregunté una vez afuera. Meer se acercó a mí y yo la abracé al instante.
—Para llegar a la mía —volvió a bostezar.
—Ajam… —se me había olvidado que
Meer se había escapado.
Comenzamos a caminar. Abrí la puerta intentando hacer el menor ruido posible, para no despertar a mi madre ni a Tom si es que estaba en casa. Subimos las escaleras sin hacer ruido, nos metimos en la habitación y Meer se soltó de mí para acercarse a la ventana.
—Nos vemos —se despidió. Me acerqué para ayudarla a pasar.
—Cuidado, no quiero que te caigas —me preocupé. Es que estaba de noche y encima Meer estaba medio dormida. Sorprendentemente logró pasar hacia su habitación.
—No me golpeé —se asomó desde su ventana —me iré a dormir.
—Está bien… —sonreí. Meer me devolvió la sonrisa.
—Te quiero —se mordió el labio inferior, nerviosa.
—Te quiero —le lancé un beso. Ella se volteó en seguida y cerró la cortina rápidamente. Sentí calor en el rostro… me había ruborizado. Y es que a veces yo podía ser totalmente ridículo.
Me quité toda la ropa, hasta quedar en ropa interior, y me lancé a la cama. Era tarde y mañana tenía que ir a la universidad. Cerré los ojos, recordando la velada con Meer… había valido la pena. En vez de haber estado estudiando, había estado con ella. Bah, no me importaba reprobar una materia. Quité esos pensamientos de mi cabeza, y me dedique sólo a pensar en Meer y en lo linda que era.
Comenzamos a caminar. Abrí la puerta intentando hacer el menor ruido posible, para no despertar a mi madre ni a Tom si es que estaba en casa. Subimos las escaleras sin hacer ruido, nos metimos en la habitación y Meer se soltó de mí para acercarse a la ventana.
—Nos vemos —se despidió. Me acerqué para ayudarla a pasar.
—Cuidado, no quiero que te caigas —me preocupé. Es que estaba de noche y encima Meer estaba medio dormida. Sorprendentemente logró pasar hacia su habitación.
—No me golpeé —se asomó desde su ventana —me iré a dormir.
—Está bien… —sonreí. Meer me devolvió la sonrisa.
—Te quiero —se mordió el labio inferior, nerviosa.
—Te quiero —le lancé un beso. Ella se volteó en seguida y cerró la cortina rápidamente. Sentí calor en el rostro… me había ruborizado. Y es que a veces yo podía ser totalmente ridículo.
Me quité toda la ropa, hasta quedar en ropa interior, y me lancé a la cama. Era tarde y mañana tenía que ir a la universidad. Cerré los ojos, recordando la velada con Meer… había valido la pena. En vez de haber estado estudiando, había estado con ella. Bah, no me importaba reprobar una materia. Quité esos pensamientos de mi cabeza, y me dedique sólo a pensar en Meer y en lo linda que era.
Llegué a casa cansadísimo. Era
viernes. Acababa de dejar a Meer en la puerta de su casa y ¡pff! ahora sólo
quería dormir y dormir y dormir un poco más. Había estado estudiando como un
loco para los exámenes que había tenido durante la semana. Prefería mil veces
la escuela.
Me lancé sobre el sillón y encendí la TV. Al parecer no había nadie, nadie a quien pedirle que me trajera algo de comer. Tenía hambre, pero estaba demasiado cansado como para levantarme y buscar o cocinar algo. A demás, prefería dormir ahora y después cuando llegara mamá cenar con ella. Después hablaría con Meer por la ventana como todas las noches y la invitaría a pasar el día de mañana aquí. Mamá no iba a estar, por lo que éramos libres de hacer cualquier cosa. Y por la tarde vendrían los chicos y…
El sonido del timbre me sacó de mis pensamientos. No me importaba que tocaran, no quería levantarme del sillón.
El timbre volvió a sonar… y a sonar otra y otra vez. Me desesperé y de mala gana me levanté para abrir la puerta. Abrí los ojos como platos al ver a Helena frente a mí. Seguro buscaba a Tom.
—Hola, Bill —me saludó con esa voz seductora que sólo ella tenía.
—Hola. Tom no está, le avisaré que estuviste aquí —estuve a punto de cerrarle la puerta en la cara cuando me detuvo.
—Hey, espera… no es a Tom a quien quiero ver —empujó la puerta haciéndome retroceder un paso. La miré impresionado ¿Pero qué…? se suponía que habíamos terminado. Era una puta… no debería ponerse vestidos tan cortos y con tanto escote. Tampoco debería mirarme así, ni entrar en mi casa de esa manera. Quedé como un bobo viéndola caminar, mirando sus labios entreabiertos. Cerró la puerta haciendo un fuerte ruido, fue tan fuerte que incluso pegué un pequeño salto.
—No sabes lo que dices, Helena. Es mejor que te vayas —la esquivé y me acerqué a la puerta para abrirla e invitarla a salir. Ella me detuvo poniendo su mano sobre la mía y quitándola de la manilla de la puerta.
—Ambos sabemos que no quieres que me vaya —mis ojos se desviaron inevitablemente hacia su escote. Helena no podía estar más buena —sé que quieres que me quede ¿no es así Billy? —volví a clavar los ojos en su rostro. Helena se mordía los labios provocativamente.
—No, vete.
—Ay, no seas aguafiestas. Venía a darte una sorpresa —se acercó lo suficiente como para rodear mi cuello con sus brazos —además Tom no está, podríamos divertiros un rato ¿qué dices, cariño? —divertirnos, divertirnos un rato. Pero, pero… ¿y esta puta que creía que estaba haciendo?.
—Helena, es mejor que te vayas —ella rio, con su rostro muy cerca del mío. Nuestros alientos de mezclaron y en el momento en que menos me lo esperaba atrapó mis labios entre los suyos. No tardó en comenzar a jugar con su lengua sobre los míos. Y yo estaba tieso, sin poder reaccionar. Sabía que lo que hacía estaba mal pero… agh, es que era Helena, y tenía su lengua en mi boca justo en este momento.
No pude soportarlo más, llevé mis manos directo a su trasero y la pegué a mi cuerpo volviendo el beso cada vez más intenso, explorando cada rincón de su boca con mi lengua, estrujando su trasero entre mis manos. Ella jugaba con mi cabello.
La empujé pegándola a la puerta, ella bajó sus manos hasta mi pecho y siguió bajando cada vez más. Helena podía conmigo, definitivamente me hacía perder la razón. Era una zorra. Metí las manos bajo su vestido, comenzando a tocarla y a acariciar su cuerpo con brusquedad. Ella cada vez tocaba más y más abajo y yo me sentía arder.
—Eres mío, Billy —habló, separándose un momento de mis labios —sólo mío.
Sólo suyo.
Me lancé sobre el sillón y encendí la TV. Al parecer no había nadie, nadie a quien pedirle que me trajera algo de comer. Tenía hambre, pero estaba demasiado cansado como para levantarme y buscar o cocinar algo. A demás, prefería dormir ahora y después cuando llegara mamá cenar con ella. Después hablaría con Meer por la ventana como todas las noches y la invitaría a pasar el día de mañana aquí. Mamá no iba a estar, por lo que éramos libres de hacer cualquier cosa. Y por la tarde vendrían los chicos y…
El sonido del timbre me sacó de mis pensamientos. No me importaba que tocaran, no quería levantarme del sillón.
El timbre volvió a sonar… y a sonar otra y otra vez. Me desesperé y de mala gana me levanté para abrir la puerta. Abrí los ojos como platos al ver a Helena frente a mí. Seguro buscaba a Tom.
—Hola, Bill —me saludó con esa voz seductora que sólo ella tenía.
—Hola. Tom no está, le avisaré que estuviste aquí —estuve a punto de cerrarle la puerta en la cara cuando me detuvo.
—Hey, espera… no es a Tom a quien quiero ver —empujó la puerta haciéndome retroceder un paso. La miré impresionado ¿Pero qué…? se suponía que habíamos terminado. Era una puta… no debería ponerse vestidos tan cortos y con tanto escote. Tampoco debería mirarme así, ni entrar en mi casa de esa manera. Quedé como un bobo viéndola caminar, mirando sus labios entreabiertos. Cerró la puerta haciendo un fuerte ruido, fue tan fuerte que incluso pegué un pequeño salto.
—No sabes lo que dices, Helena. Es mejor que te vayas —la esquivé y me acerqué a la puerta para abrirla e invitarla a salir. Ella me detuvo poniendo su mano sobre la mía y quitándola de la manilla de la puerta.
—Ambos sabemos que no quieres que me vaya —mis ojos se desviaron inevitablemente hacia su escote. Helena no podía estar más buena —sé que quieres que me quede ¿no es así Billy? —volví a clavar los ojos en su rostro. Helena se mordía los labios provocativamente.
—No, vete.
—Ay, no seas aguafiestas. Venía a darte una sorpresa —se acercó lo suficiente como para rodear mi cuello con sus brazos —además Tom no está, podríamos divertiros un rato ¿qué dices, cariño? —divertirnos, divertirnos un rato. Pero, pero… ¿y esta puta que creía que estaba haciendo?.
—Helena, es mejor que te vayas —ella rio, con su rostro muy cerca del mío. Nuestros alientos de mezclaron y en el momento en que menos me lo esperaba atrapó mis labios entre los suyos. No tardó en comenzar a jugar con su lengua sobre los míos. Y yo estaba tieso, sin poder reaccionar. Sabía que lo que hacía estaba mal pero… agh, es que era Helena, y tenía su lengua en mi boca justo en este momento.
No pude soportarlo más, llevé mis manos directo a su trasero y la pegué a mi cuerpo volviendo el beso cada vez más intenso, explorando cada rincón de su boca con mi lengua, estrujando su trasero entre mis manos. Ella jugaba con mi cabello.
La empujé pegándola a la puerta, ella bajó sus manos hasta mi pecho y siguió bajando cada vez más. Helena podía conmigo, definitivamente me hacía perder la razón. Era una zorra. Metí las manos bajo su vestido, comenzando a tocarla y a acariciar su cuerpo con brusquedad. Ella cada vez tocaba más y más abajo y yo me sentía arder.
—Eres mío, Billy —habló, separándose un momento de mis labios —sólo mío.
Sólo suyo.
¿Sólo suyo?¡¿sólo suyo?! ¿Y Meer,
que había de Meer? ¡Meer! Dios, Meer…
Sus ojos azules se me vinieron a la cabeza. No, no… ¿Pero qué estaba haciendo? solté a Helena al instante y la separé de mí. Ella sacó su mano de mis pantalones y me miró traviesa. Me horroricé. ¿Cómo podía hacer algo así? ¡¿Cómo podía hacerle algo así a Meer?!
—Tienes que irte —fui a abrir la puerta pero Helena volvió a impedírmelo.
—No lo creo —rio. Pasó uno de sus dedos por mi pecho, sobre la camiseta. Lo quité con un movimiento rápido.
—Ya basta, sal de mi casa —abrí la puerta de golpe.
—Vamos, Bill ¿qué pasó? nos estábamos divirtiendo —hizo un puchero. La odié. Realmente la odié por hacerme esto —a demás no creo que te guste quedar… así —miró mis pantalones. Claro que no me gustaba. Helena había venido nada más a calentarme.
—Desaparece —señalé hacia la calle.
—Bill, yo sé que te gusta hacer este tipo de cosas, no vengas a hacerte el santo justo ahora —rio burlona, con esa risita estridente que me reventaba los oídos.
Sus ojos azules se me vinieron a la cabeza. No, no… ¿Pero qué estaba haciendo? solté a Helena al instante y la separé de mí. Ella sacó su mano de mis pantalones y me miró traviesa. Me horroricé. ¿Cómo podía hacer algo así? ¡¿Cómo podía hacerle algo así a Meer?!
—Tienes que irte —fui a abrir la puerta pero Helena volvió a impedírmelo.
—No lo creo —rio. Pasó uno de sus dedos por mi pecho, sobre la camiseta. Lo quité con un movimiento rápido.
—Ya basta, sal de mi casa —abrí la puerta de golpe.
—Vamos, Bill ¿qué pasó? nos estábamos divirtiendo —hizo un puchero. La odié. Realmente la odié por hacerme esto —a demás no creo que te guste quedar… así —miró mis pantalones. Claro que no me gustaba. Helena había venido nada más a calentarme.
—Desaparece —señalé hacia la calle.
—Bill, yo sé que te gusta hacer este tipo de cosas, no vengas a hacerte el santo justo ahora —rio burlona, con esa risita estridente que me reventaba los oídos.
—Al menos ten un poco de respeto
hacia ti misma —le di pequeños empujoncitos con la mano. Ella se movió un poco,
pero aun así no salió de mi casa —Helena—le hablé con voz amenazante.
—Vamos, Bill, será sólo un juego. No volveremos a ser novios ni nada por el estilo —se acercó. En mi vida había conocido a alguien así.
—No, lo nuestro ya acabó y no tengo ganas de saber más de ti. Vete, ahora —la volví a empujar. Y es que la culpabilidad me estaba carcomiendo por dentro.
—Pero… —se tomó de borde de la puerta —no me dejes con las ganas.
—Vete.
—¿No será por esa tal Meer que nombraste ese día? —dejé de empujarla, impactado. Helena sabía que tenía otra chica y aun así se empeñaba en acostarse conmigo. En otra ocasión quien querría acostarse a toda costa sería yo. Pero ahora… ahora no podía. Simplemente me sentía demasiado culpable. El rostro de Meer se me venía a la cabeza y me sentía como un enorme fracasado, como su hubiese asesinado a alguien —uh… lo sabía. Ella no se enterará, Bill —guiñó un ojo. La miré con asco.
—Basta —la empujé hasta sacarla fuera. Iba a cerrarle la puerta en la cara pero ella me detuvo poniendo la mano en el marco. Si no quería sacarle los dedos no podía cerrar la perta.
—¡Pero Bill! ¡Yo te amo, Bill! vuelve conmigo.
—Helena, quita la mano —hice caso omiso a sus palabras.
—Por favor, Billy.
—Vamos, Bill, será sólo un juego. No volveremos a ser novios ni nada por el estilo —se acercó. En mi vida había conocido a alguien así.
—No, lo nuestro ya acabó y no tengo ganas de saber más de ti. Vete, ahora —la volví a empujar. Y es que la culpabilidad me estaba carcomiendo por dentro.
—Pero… —se tomó de borde de la puerta —no me dejes con las ganas.
—Vete.
—¿No será por esa tal Meer que nombraste ese día? —dejé de empujarla, impactado. Helena sabía que tenía otra chica y aun así se empeñaba en acostarse conmigo. En otra ocasión quien querría acostarse a toda costa sería yo. Pero ahora… ahora no podía. Simplemente me sentía demasiado culpable. El rostro de Meer se me venía a la cabeza y me sentía como un enorme fracasado, como su hubiese asesinado a alguien —uh… lo sabía. Ella no se enterará, Bill —guiñó un ojo. La miré con asco.
—Basta —la empujé hasta sacarla fuera. Iba a cerrarle la puerta en la cara pero ella me detuvo poniendo la mano en el marco. Si no quería sacarle los dedos no podía cerrar la perta.
—¡Pero Bill! ¡Yo te amo, Bill! vuelve conmigo.
—Helena, quita la mano —hice caso omiso a sus palabras.
—Por favor, Billy.
—¡Que quites la puta mano de allí!
—Le grité. Helena retrocedió asustada y yo aproveché para cerrar la puerta de
golpe. No quise pensar en lo mal que había estado esto… y me metí en el baño.
Tom me dijo que no tenía que preocuparme, que luego olvidaríamos esto y él no dejaría que Helena se me acercara de nuevo. Le había pedido que terminara con ella, pero a Tom no le había gustado la idea. Helena era su puta personal y en realidad era muy difícil alejarse de ella sabiendo todo lo que uno podía llegar a hacer con su cuerpo. De pronto me pareció asqueroso. Helena era una puta, esa era la verdad.
Luego de la cena subí a mi habitación y me asomé por la ventana. La luz de Meer estaba encendida y yo no dudé en lanzarle lo primero que encontré. Se asomó a los tres segundos… y yo me sentí tan culpable que ni siquiera pude mirarla a los ojos.
—Hola, Bill —me saludó con esa sonrisa hermosa… Me tensé.
—Hola…¿quieres venir mañana a casa? No estará mi madre, podemos pasar el día juntos… con Tom —la miré fugazmente. Me sonreía.
—Ok.
—Tengo que irme —señalé hacia atrás. Cómo me costaba aparentar. A veces podía llegar a ser un completo idiota.
—Mañana nos vemos, entonces. Te amo, Bill —la escuché decir cuando ya me había dado la vuelta para entrar en la habitación. Cerré los ojos un segundo, tomé mucho aire… y la miré.
—Yo también —cerré la cortina dejando la ventana abierta y me fui directo a la habitación de Tom para hablar sobre esto.
Claramente Tom no era el más indicado para dar consejos sobre relaciones, pero sus palabras de aliento me sirvieron.
Me fui a dormir muy tarde, cerca de las tres de la madrugada. Y luego tardé alrededor de una hora en poder dormirme. No podía dejar de pensar en lo que había hecho y en lo que podría haber pasado, que habría sido mucho peor.
Tenía que olvidarlo y hacer como si eso nunca hubiese pasado, sino, me sentiría demasiado culpable y se lo gritaría a Meer a la cara. Y luego todo sería mucho peor… perdería Meer, ella me odiaría y… y yo sería hombre muerto.

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