CAPITULO
12
—Eh… —no sabía que decir. Aparté la mirada, sentí pánico. Me separé un poco de ella, quitando una mano del mueble y me la llevé a la nuca. Sonreí como un idiota, avergonzado. No tenía las palabras precisas. La miré… quise hablar, las primeras palabras que se me vinieran a la cabeza. Pero algo que vibraba en mi bolsillo me lo impidió. Que oportuno, genial. Me alejé de Meer mientras tomaba el móvil. Era Helena. Miré a la pequeña rápidamente, ella me miraba expectante. Le di al botón y me llevé el aparato al oído. Estúpida Helena.
—¿Hola? —atendí.
—Hola, Bill… estoy aquí, en el parque, te estoy esperando desde hace cuarenta y cinco minutos rodeada de perros babosos, bichos y mocosos chillones ¡No me digas que lo olvidaste! —se quejó Helena, chillando, del otro lado. Agh… lo había olvidado. Hace unos días habíamos quedado en juntarnos para hablar. Ella quería arreglar las cosas y volver a estar conmigo. Claramente yo no tenía ganas de verla.
—Sí, lo olvidé. Pero… —me
interrumpió.
—¡Es que algo tan importante no se te puede olvidar! ¿Dónde estás, Bill? ¡Quiero que vengas aquí ahora! —comencé a moverme nervioso. Pero que molesta era Helena.
—Mira, dejemos eso para otro día, ¿si? —hablé cortante, rogando en mi interior que Helena accediera a cambiar la fecha.
—¡Es que algo tan importante no se te puede olvidar! ¿Dónde estás, Bill? ¡Quiero que vengas aquí ahora! —comencé a moverme nervioso. Pero que molesta era Helena.
—Mira, dejemos eso para otro día, ¿si? —hablé cortante, rogando en mi interior que Helena accediera a cambiar la fecha.
—No. Era hoy, otro día no puedo
¿¡Llevo casi una hora esperándote y me dices que quieres dejarlo para otro
día!? No. Vienes ahora, nos veremos hoy.
—Helena, no tengo ganas —Helena chilló histérica del otro lado.
—No, Bill. ¡Te vienes ahora mismo!
—Hey, hey. Tú no eres quien para decirme que hacer, ¿si? —ya me estaba comenzando a enojar —yo no pedí arreglar las cosas, ¿recuerdas?
—¡Pero yo sé que sí quieres arreglar las cosas, Bill —reclamó. Todo esto me estaba hartando. Le di un golpe a la mesa, sin querer —¡QUIERO QUE VENGAS A-H-O-R-A! A MI NADIE ME DEJA PLANTADA. ¡ES MEJOR QUE TE APRESURES!
—Eres insoportable —murmuré, alejando el aparato de mi oído. Como siguiera gritando así me iba a dejar sordo.
—¿Dónde estás, Bill? ¡QUIERO QUE VENGAS YA! NO VOY A AGUANTAR QUE ME DEJES PLANTADA YO QUIERO HABLAR CONTIGO.
—Ya hablaremos.
—¿QUE YA HABLAREMOS? ¿NO HABLAREMOS HOY? PUES, QUE TE QUEDE CLARO QUE SI NO HABLAMOS HOY NO HABLARESMOS NUNCA. Tú te pierdes la oportunidad. Así que… bien, no quiero hablar contigo —genial.
—¿No quieres? Pues bien. Adiós —di la conversación por finalizada y dejé caer fuertemente el móvil sobre la mesa. Puta Helena ¿Cómo podía ser tan babosa? ¡Se acostaba con mi hermano y me decía estar “enamorada” de mí! Encima me había arruinado la conversación con Meer con sus gritos de niña histérica.
—Estúpida Helena —murmuré despacio.
—Helena, no tengo ganas —Helena chilló histérica del otro lado.
—No, Bill. ¡Te vienes ahora mismo!
—Hey, hey. Tú no eres quien para decirme que hacer, ¿si? —ya me estaba comenzando a enojar —yo no pedí arreglar las cosas, ¿recuerdas?
—¡Pero yo sé que sí quieres arreglar las cosas, Bill —reclamó. Todo esto me estaba hartando. Le di un golpe a la mesa, sin querer —¡QUIERO QUE VENGAS A-H-O-R-A! A MI NADIE ME DEJA PLANTADA. ¡ES MEJOR QUE TE APRESURES!
—Eres insoportable —murmuré, alejando el aparato de mi oído. Como siguiera gritando así me iba a dejar sordo.
—¿Dónde estás, Bill? ¡QUIERO QUE VENGAS YA! NO VOY A AGUANTAR QUE ME DEJES PLANTADA YO QUIERO HABLAR CONTIGO.
—Ya hablaremos.
—¿QUE YA HABLAREMOS? ¿NO HABLAREMOS HOY? PUES, QUE TE QUEDE CLARO QUE SI NO HABLAMOS HOY NO HABLARESMOS NUNCA. Tú te pierdes la oportunidad. Así que… bien, no quiero hablar contigo —genial.
—¿No quieres? Pues bien. Adiós —di la conversación por finalizada y dejé caer fuertemente el móvil sobre la mesa. Puta Helena ¿Cómo podía ser tan babosa? ¡Se acostaba con mi hermano y me decía estar “enamorada” de mí! Encima me había arruinado la conversación con Meer con sus gritos de niña histérica.
—Estúpida Helena —murmuré despacio.
Miré el teléfono sobre la mesa,
estaba seguro de que helena volvería a llamar, siempre lo hacía. Y pedía
disculpas… No era necesario que se disculpara. Siempre volvía a empezar nuevas
peleas y ese tipo de cosas. A demás, estaba harto de ella, de su voz aguda y de
sus gritos histéricos. Podía ser una diosa en la cama, tener un cuerpo de
infarto y un rostro de ángel, pero seguía siendo la misma ignorante sin
neuronas de siempre.
—¿Estas bien? —salí de mis pensamientos y observé a Meer que estaba a mi lado.
—Sí, no te preocupes —contesté sin mirarla. Y como por arte de magia, el teléfono sonó: Helena ya había “meditado” sobre la pelea y quería volver conmigo porque estaba completamente enamorada de mí aunque se acostara con mi hermano y quizás con qué otros más. Tomé el móvil y lo apagué. No quería contestar. Helena se había convertido de pronto en algo repulsivo para mí. Cosa extraña, ya que antes me gustaba pasar el tiempo con ella en la cama. Me sentí culpable al recordar todo eso, por lo que quité rápidamente toda esa basura de mi cabeza. Volví a dejar el teléfono sobre la mesa. Respiré profundo… no podía ponerme furioso si estaba con Meer, ella se podría sentir incómoda —¿qué quieres hacer? —me giré para mirarla. Era tan linda.
—¿Eh? ¡Ah! Emm… -—se encogió de hombros, haciendo una mueca extraña con la boca. Sonreí. Era más que linda.
—¿Te apetece una película? —le pregunté.
—Pues… si tú quieres —se encogió de hombros de nuevo. Rodeé su espalda con mi brazo y la llevé conmigo hasta el salón. Se veía muy graciosa con toda esa ropa que le quedaba realmente grande.
—No tengo de Barney —bromeé.
—Ja, ja. ¿Qué? ¿Se te quedaron en la otra casa? —me miró alzando una ceja. Es increíble lo rápido que se me pasó el embobamiento ante ese gesto… gracias a ello pude contestar.
—Se las presté a mi vecina —Meer entrecerró los ojos, molesta.
—Sí, claro —bufó. Reí… y la pequeña se lanzó sobre el sillón. Aparté la vista, sin poder dejar de sonreír. Esa ternura con patas me ponía… feliz.
—Ya tengo una puesta, aquí —le comenté, acercándome al reproductor de películas. Recordaba la que había dejado allí hacía unas semanas —es buena, me gusta —encendí el aparato y puse la película. Obviamente también encendí la TV y le subí un poco el volumen. Luego me senté al lado de Meer. Clavé los ojos en la pantalla… en realidad, no tenía muchas ganas de ver la película, por lo que me entretuve mirando a Meer de reojo y a veces en el reflejo de la TV. Ella se notaba muy concentrada en la película, por lo que no la quise interrumpir para hablar o algo así. Pff… en realidad me habría encantado hablar con ella para aclarar todo de una buena vez y no dejar espacios para dudas… pero es que eso era algo que me costaba tanto hacer que…
—¿Estas bien? —salí de mis pensamientos y observé a Meer que estaba a mi lado.
—Sí, no te preocupes —contesté sin mirarla. Y como por arte de magia, el teléfono sonó: Helena ya había “meditado” sobre la pelea y quería volver conmigo porque estaba completamente enamorada de mí aunque se acostara con mi hermano y quizás con qué otros más. Tomé el móvil y lo apagué. No quería contestar. Helena se había convertido de pronto en algo repulsivo para mí. Cosa extraña, ya que antes me gustaba pasar el tiempo con ella en la cama. Me sentí culpable al recordar todo eso, por lo que quité rápidamente toda esa basura de mi cabeza. Volví a dejar el teléfono sobre la mesa. Respiré profundo… no podía ponerme furioso si estaba con Meer, ella se podría sentir incómoda —¿qué quieres hacer? —me giré para mirarla. Era tan linda.
—¿Eh? ¡Ah! Emm… -—se encogió de hombros, haciendo una mueca extraña con la boca. Sonreí. Era más que linda.
—¿Te apetece una película? —le pregunté.
—Pues… si tú quieres —se encogió de hombros de nuevo. Rodeé su espalda con mi brazo y la llevé conmigo hasta el salón. Se veía muy graciosa con toda esa ropa que le quedaba realmente grande.
—No tengo de Barney —bromeé.
—Ja, ja. ¿Qué? ¿Se te quedaron en la otra casa? —me miró alzando una ceja. Es increíble lo rápido que se me pasó el embobamiento ante ese gesto… gracias a ello pude contestar.
—Se las presté a mi vecina —Meer entrecerró los ojos, molesta.
—Sí, claro —bufó. Reí… y la pequeña se lanzó sobre el sillón. Aparté la vista, sin poder dejar de sonreír. Esa ternura con patas me ponía… feliz.
—Ya tengo una puesta, aquí —le comenté, acercándome al reproductor de películas. Recordaba la que había dejado allí hacía unas semanas —es buena, me gusta —encendí el aparato y puse la película. Obviamente también encendí la TV y le subí un poco el volumen. Luego me senté al lado de Meer. Clavé los ojos en la pantalla… en realidad, no tenía muchas ganas de ver la película, por lo que me entretuve mirando a Meer de reojo y a veces en el reflejo de la TV. Ella se notaba muy concentrada en la película, por lo que no la quise interrumpir para hablar o algo así. Pff… en realidad me habría encantado hablar con ella para aclarar todo de una buena vez y no dejar espacios para dudas… pero es que eso era algo que me costaba tanto hacer que…
Prefería esperar a que la película
terminara y después buscar la oportunidad de decirle como me sentía y si ella
se sentía igual o que se yo. No es que Meer me gustara, así de gustar, gustar.
A quien engaño.
Meer me… ella si me… Dios, me cuesta tanto admitirlo. Sé que nadie más los podría saber, quizás Tom, pero es que es algo tan ilógico. A demás, si lo aceptara de una buena vez yo querría estar con Meer. Estar de estar… y eso no lo podría hacer porque no era lo más normal del mundo, las otras personas no lo verían como algo bueno.
Entre pensamiento y pensamiento la película terminó. Y yo llegué a una conclusión en todo esto.
—Pobre.
—Triste, ¿eh? —recordé la vez anterior, cuando vi esta película con Helena. Ella ni siquiera se había inmutado con el final, lo único que había hecho al terminar había sido girarse hacia mí y besarme de tal manera que terminamos... bueno…
A quien engaño.
Meer me… ella si me… Dios, me cuesta tanto admitirlo. Sé que nadie más los podría saber, quizás Tom, pero es que es algo tan ilógico. A demás, si lo aceptara de una buena vez yo querría estar con Meer. Estar de estar… y eso no lo podría hacer porque no era lo más normal del mundo, las otras personas no lo verían como algo bueno.
Entre pensamiento y pensamiento la película terminó. Y yo llegué a una conclusión en todo esto.
—Pobre.
—Triste, ¿eh? —recordé la vez anterior, cuando vi esta película con Helena. Ella ni siquiera se había inmutado con el final, lo único que había hecho al terminar había sido girarse hacia mí y besarme de tal manera que terminamos... bueno…
Quité esos recuerdos rápidamente
de mi cabeza.
—Pues sí. Como me pones a ver esas cosas —se quejó, mirando las letras del final. Reí… —¿A ti no te dan ganas de llorar?
—No. Ya la vi antes —a demás ahora ni siquiera le había prestado atención.
—Oh, sí, claro, señor “no tengo ganas de llorar” —me dio mucha risa el tono de voz que había usado. A veces, además de ridícula, Meer era muy graciosa.
—Eres tonta —me empujó. Me quejé. Que chiquita más violenta.
—Estúpido —me observó con los ojos entrecerrados.
—¿Estúpido yo? ¿Quién es la que bebe hasta no poder andar de pie? —no me contestó, se limitó a fulminarme con la mirada —¿Eh? —volví a preguntar. Lo haría hasta que contestara.
—Yo no… —no quería responderme.
—¿Quién? —volví a preguntar.
—Pero… —se quejó.
—¿Quién?
—Bill, tu…
—¿Quién?
—Ya deja de… —Meer estaba perdiendo los nervios.
—¿Quién?
—¡Hey! —gritó.
—Perdón, no escuché bien…
—¡Yo! —chilló enojada. Se cruzó de brazos con el ceño fruncido y la mirada gacha. Tomé su rostro pequeñito con mi mano y la obligué a mirarme.
—Pues sí. Como me pones a ver esas cosas —se quejó, mirando las letras del final. Reí… —¿A ti no te dan ganas de llorar?
—No. Ya la vi antes —a demás ahora ni siquiera le había prestado atención.
—Oh, sí, claro, señor “no tengo ganas de llorar” —me dio mucha risa el tono de voz que había usado. A veces, además de ridícula, Meer era muy graciosa.
—Eres tonta —me empujó. Me quejé. Que chiquita más violenta.
—Estúpido —me observó con los ojos entrecerrados.
—¿Estúpido yo? ¿Quién es la que bebe hasta no poder andar de pie? —no me contestó, se limitó a fulminarme con la mirada —¿Eh? —volví a preguntar. Lo haría hasta que contestara.
—Yo no… —no quería responderme.
—¿Quién? —volví a preguntar.
—Pero… —se quejó.
—¿Quién?
—Bill, tu…
—¿Quién?
—Ya deja de… —Meer estaba perdiendo los nervios.
—¿Quién?
—¡Hey! —gritó.
—Perdón, no escuché bien…
—¡Yo! —chilló enojada. Se cruzó de brazos con el ceño fruncido y la mirada gacha. Tomé su rostro pequeñito con mi mano y la obligué a mirarme.
—No te enojes, tontita —reí un
poco. Observé sus labios fruncidos y sin poder evitarlo me cerqué a ella e hice
que nuestros labios chocaran… de nuevo. Sentí presión sobre los hombros y en
cuanto me di cuenta de que ella me alejaba, me aparté avergonzado. No podía
creer que lo había hecho nuevamente ¡soy un imbécil! ¿Y ahora qué hacía? ¿Le
pedía disculpas? ¿Hablaba con ella? ¿Y si le comentaba que ella… ella provocaba
algo en mi interior que era… especial y se sentía bien? Si le decía que yo
había comenzado a quererla, que ella me… me… gust… gusta… ba. Meer se levantó
del sillón y yo no quise mirarla. Definitivamente ella podía conmigo, ella me
controlaba. Yo…no sabía qué hacer. Intenté pensar lo más lógicamente posible y
recordar la conclusión a la que había llegado hacía unos segundos. Primero,
tenía que averiguar si Meer me quería como yo a ella. La observé, se había
quedado como una piedra. Tomé su mano, yo estaba temblando un poco. Intentaba
mantener la compostura, pero se me hacía imposible. Estaba nervioso. Tiré
levemente de ella, la pequeña perdió el equilibrio y cayó sobre el sillón. Me
acerqué a ella y la rodeé con mis brazos… Me gustaba sentirla cerca, sentir que
estaba aquí. Cerré los ojos e intenté relajarme. Olí su cabello,
definitivamente me estaba volviendo loco, eso no podía estar pasándome.
Me quedé quieto, con Meer pegada a
mi cuerpo. Ella estaba rígida, ni siquiera se apartaba. Simplemente la sentí
respirar despacio e irregularmente. Me mordí el labio inferior. Estaba en un
lío tremendo… Meer podría haber sido sólo una amiga pequeña, pero yo mismo me
había encargado de meterme cosas en la cabeza y ahora lo único que quería era
tener a Meer conmigo, cerca. Recordé a su “novio”. Yo sabía que todo eso a
cerca del novio era una mentira. Pero era mejor preguntárselo y asegurarme.
—Meer —llamé su atención. No
contesto… me puse un poco nervioso y abrí los ojos, para luego volver a
llamarla —Meer —me dio a entender que me estaba escuchando. Tomé mucho aire…
llenando mis pulmones. Y luego dejé salir todo el aire, dejando salir las
palabras también —tu novio… —que idiota me ponía a veces. Pero es que me costaba
hablar y yo, yo no quería quedar como un ridículo frente a ella.
—¿Eh?
—¿Sigues con tu novio? —Meer se
quedó en silencio un momento. Yo ya me comenzaba a poner impaciente. Los
segundos se me hacía eternos, lo único que deseaba en ese momento era saber su
confirmación a lo que yo pensaba. Que ese chiquillo no era su novio.
—No. Cortamos la semana pasada —se
encogió de hombros. Estreche mucho más mis brazos alrededor de su cuerpo
pequeñito. No podía creer lo que ella me decía, me sonaba falso.
—¿Lo querías? —pregunté. A lo
mejor no habían sido novios pero a Meer le gustaba. Me herviría la sangre si
esa fuese la situación. Me alivié cuando ella negó con la cabeza. —No. Es
decir… no de querer, querer… sólo como amigo. Nada más —se atragantó con las
palabras. Meer no era buena mintiendo.
—Jamás fue tu novio —afirmé. Meer
pegó un bote en el sillón y no pude evitar reír. Yo tenía toda la razón… Meer
no había tenido novio. O al menos no había tenido a ese chico como novio,
porque nadie me asegura que antes no hubiese tenido uno —¿creíste que caería,
no? —me burlé. Con bromas podía romper la tensión… supongo.
—Pues… no lo sé. Eso supuse —murmuró.
La observé, ella bajó la mirada y se quedó en silencio. Tomé un mechón de su
cabello con uno de mis dedos.
—¿Qué era lo que querías decirme?
—preguntó de pronto. Eso me tomó desprevenido. ¿Decirle de qué? Ah… decirle
eso.
—¿Decirte? – Intente hacerme el
desentendido. No me sentía con el valor de decirlo aún.
—Sí, lo que me iba a decir antes
de que te llamaran —insistió.
—Ah… —no dije nada más. Y me quedé
en silencio, esperando a que ella olvidara todo. Cosa muy poco probable. Pero
es que… ¿cómo podía decirle algo así? ¿en qué hacía estado pensando?¡Ella tenía
catorce años!
—¿...Y? —volvió a insistir. Bien…
ahora, tendría que sacar fuerzas de no sé dónde. O podría inventar algo. Pero
rápido.
—Pues… Emm… —No sabía cómo
decirlo. Tampoco tenía ganas de arriesgarme a que se enojara conmigo. Y tampoco
se me venía nada a la cabeza para salir de este apuro.
—¿Me lo vas a decir? —Meer estaba
impaciente.
—Si.
—Pues hazlo —resoplé nervioso.
Estaba a punto de cometer un gran error, lo sabía.
—Pues que… mira, te lo diré. Pero
no digas nada, ¿sí? no quiero que me contestes, ni que te vayas a enfadar… nada
de eso. Luego lo olvidas y ya está.
—Está bien —contestó. Tomé mucho
aire, intente relajarme… pero se me hacía imposible.
—Es que… —la voz me tembló. No, no
podía.
—Que… —me animó con voz suave.
Cerré los ojos con fuerza, y sintiéndome la persona más estúpida del planeta, o
del universo entero… le dije esas dos palabras que tanto me habían costado
asimilar.
—Te quiero —esperé a su respuesta,
pero ella tan siquiera se movió. Ni siquiera respiraba. Los segundos que ella
estuvo quieta, en silencio, se me hicieron tan eternos que comencé a pensar que
ella se iría de aquí avergonzada o se enfadaría conmigo de por vida… o peor
aún, comencé a pensar que ella no sentía lo mismo. Y justo cuando ya comenzaba
a desilusionarme… Meer se separó de mis brazos y se dio la vuelta para quedar
frente a mí. Sonrió. No pude pensar nada. Observé embobado esa sonrisa.

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