CAPITULO
29
Allí estaba la persona a la cual yo
menos quería ver en ese momento. Sentado en la mesa, mirándome perplejo.
Definitivamente este no era mi día de suerte. ¡Hasta le había hablado con
respeto!, y no se lo merecía ¿acaso siempre todo tenía que ser tan difícil? Me
odié por ser tan estúpida y buscarme problemas. Yo no tenía nada que hacer
trabajando en un lugar como este, dios. Y él… pues él se aparecía en todos
lados.
Una sensación se pánico se apoderó de mí, las manos me comenzaron a temblar y mi respiración se volvió entrecortada. Intenté controlarme, pero estaba segura de que mis mejillas se habían teñido de un rojo fosforescente. Extraño, puesto a que esto no me ocurría desde hacía mucho tiempo. Quise con todas mis fuerzas salir corriendo y dejarlo todo, pero como anteriormente me había pasado, mi cuerpo no respondió a la orden que le daba mi cerebro. Me quedé allí a punto de caer de piedra. Con el pánico recorriendo mis venas, el corazón en la garganta y a punto de caer al suelo y comenzar a gritar y a patear como una niña pequeña, como una loca. Pero yo no era tan inmadura como para hacer eso… no en ese ámbito.
Creo, que debido a la impresión, Bill tampoco pude decir nada, me escaneó con la mirada, quizás creyendo que se trataba de otra chica pero al ver la expresión de mi rostro se dio cuenta de que realmente era yo. Pensé en disculparme, volver al mesón y decirle a otra chica que lo atendiera, pero de tan solo imaginarme a una de ellas al lado de Bill, sonriéndole o simplemente pidiéndole la orden, sentía unos enormes celos crecer en mi interior. Tampoco iba a ser cobarde como para huir. En los anteriores tres años de mi vida había ganado personalidad, aunque no una muy buena, que digamos. Pero como dije anteriormente, eso ya era parte de mí y no podía evitar actuar y reaccionar así, de la forma en que lo hacía naturalmente. Jamás iba a lograr hacer caso a una regla. Mi naturaleza estaba completamente en contra de eso, rechazando cualquier tipo de mandato y haciendo exactamente lo contrario a lo que se me ordenaba…
Carraspeé para que él saliera de sus pensamientos, porque al parecer estaba igual que yo: Analizando la situación. O quizás simplemente estaba ocupado viendo lo ajustado que me quedaba el uniforme. Después de todo cualquier caso era posible, primero, porque ya no lo conocía, segundo, porque el uniforme si me quedaba algo ajustado, y tercero, porque el paseaba sus ojos de arriba hacia abajo observando mi cuerpo, desde mi cabeza hasta mis pies. Al darme cuenta de eso, me sentí incómoda.
—Eh… quiero, quiero… ¿cuál es la especialidad de la casa? —balbuceó hasta finalmente preguntar. Pero… ¿La especialidad de la casa? ¿Y yo como iba a saber eso? apenas había empezado a trabajar aquí.
—¿Has venido aquí antes? —dije intentando sonar lo más amable posible. El tono fingido se me notaba demasiado. Él asintió con la cabeza —¿y qué has pedido?
—Una porción de papas con una hamburguesa… —se encogió de hombros sin comprender.
—Entonces, esa es la especialidad —hablé muy segura de mis palabras. Satisfecha de haberlo hecho caer. El alzó una ceja…
—Uhmm… ¿estás segura?
—Si.
—¿No me traes la carta? —oh… la carta. Se me había olvidado. Buen comienzo, Meer.
—Ya pediste algo de comer, no vale la pena —fruncí el ceño ¿por qué me ponía en un apuro así? Por ese “insignificante” detalle me podían despedir y adiós trabajo…
—Sólo decía.
—¿Quieres algo de beber? —le pregunté ignorando lo que anteriormente había dicho, reprimiendo todos los insultos que querían salir de mi boca en forma vulgar.
—Un capuchino grande con azúcar —anoté lo que él había pedido en la libreta. Me sentí torpe y estúpida.
—¿Eso es todo? —dije deshaciéndome del tono amable y dejando pasar la voz fría y cargada de odio.
Bill asintió y yo me di la vuelta pesadamente para comenzar a caminar hacia el mesón, para pedir la orden de comida.
—Mesera… —me llamó Bill. Yo me volteé hacia él con los ojos en blanco, preparando el lápiz sobre la libreta, para anotar algo más que seguramente me pediría.
—¿Qué quieres?
—No eres buena en esto —se burló mientras negaba con la cabeza. Una sonrisa burlona apareció en su rostro. Sentí tal rabia que me dieron ganas de golpearlo hasta dejarlo inconsciente en el suelo. Él ya había arruinado mi vida y no iba a permitir que arruinara mi trabajo, no le daría la oportunidad.
Como no quise contestarle, me limité a darme la vuelta de nuevo, retomando mi camino mientras maldecía todo lo sagrado que existía, apretujaba la libreta y el lápiz con toda la fuerza que tenía en el cuerpo. Estaba furiosa.
Él se había convertido en parte de ese grupo de personas que se ocupaba de hacer de mi existencia algo terriblemente doloroso.
Me acerqué al mesón y una de las chicas me recibió la hoja que ya había quitado de la libreta. En un momento estaría lista la comida y tendría que volver hacia donde él estaba para llevársela. Quizás que cosas me iba a decir esta vez. Pero decidí dejar de pensar en eso… tenía que seguir atendiendo al resto de los clientes.
Y como no había muchos, sólo unos dos más, me terminé por poner a conversar con la chica de las cuentas. Era mayor que yo por algunos años, pero seguía siendo joven. Era morena, bajita y de aspecto simpático. Me agradaba.
De vez en cuando le dirigía unas miradas asesinas a Bill. Quien me tenía muy incómoda, pues no dejaba de mirarme. Me preguntaba incluso si había pestañeado en todo el tiempo.
Luego, tuve que ir a limpiar una mesa, ya que una familia que acababa de irse había dejado toda la comida desparramada, gracias a su niño pequeño. Pero como yo no podía protestar a cerca de eso… simplemente acudí al desastre y comencé a ordenar… otra chica se encargó del suelo.
Una de las chicas ya me había repetido su nombre unas tres veces y aún no lo recordaba… pero no importaba. Ya me lo aprendería con el tiempo, pues nadie puede memorizar cosas tan rápido. Su nombre era complicado…
Me di cuenta de que la orden de Bill ya estaba lista, incluso en una bandeja.
Suspiré e intentando parecer lo más calmada posible, cogí la bandeja. Las manos me temblaron un poco y cuando ya estuve segura de que nada se me iba a caer, comencé a caminar hacia su mesa. Él se volteó en la silla ya que había estado todo el tiempo del otro lado para mirarme, y subió la vista en el momento que yo me quedaba a su lado. ¿podía ser más insoportable? deseé lanzarle el café encima. Estaba caliente.
Con mucho cuidado dejé la bandeja reposar sobre una de mis manos y luego con un poco de dificultad cogí el plato con mi temblorosa mano y la dejé sobre la mesa. El color se me subió a la cara, me sentí avergonzada… intenté no sentirme así, peso eso empeoró la situación.
Luego, tomé el café que él había pedido, con su platito y todo. Lo dejé sobre la mesa y luego cogí la cuchara. Me di cuenta de que no estaba usando guantes y que la luz era lo suficientemente fuerte como para que mi cicatriz se viera…. Dejé la cuchara a un costado de la mesa mientras Bill mantenía sus ojos fijos en mi mano y luego la escondí rápidamente detrás de mi espalda.
Una oleada de sentimientos me invadió y comencé a recordar cosas que no debía. Sentí mi mano arder, como si estuviese viviendo nuevamente ese suceso. Cuando accidentalmente sumergí mi mano en el aceite hirviendo. Recordaba que Tom me había ayudado. Y esa chica… ¿Helen? ¿Helena? Sí, Helena, creo… La que había sido novia de Bill. Apreté los dientes tan fuerte que incluso escuché un chirrido. Me había enojado. Y no era precisamente con Bill, si no con la chica.
—Tu… mano aún tiene… —me sorprendí al escuchar hablándome.
—Marcas. Pensé que ya lo sabías. —lo corté hablándole con repulsión.
—Creí que ya se te había borrado.
—Ya ves, no se va —me encogí de hombros.
—Podrías haberte hecho algo... no sé ¿una crema? ¿Una operación? realmente no te da buena pinta. Si dices que tu padre tiene tanto dinero, ¿Por qué no te la quitaste? no se te ve bien —mi cara se transformó en una notoria mueca de enfado e indignación. Me había hecho sentir mal.
—No deberías preocuparte por eso.
—Estaba dando mi opinión…
—Es mejor si te la guardas —tenía una respuesta para todas sus palabras… eso me hizo sentir un poco, sólo un poco mejor.
—¿Tienes idea de los detestable que es hablar contigo?
—Nadie te obliga a hablar conmigo —se quedó mudo por un momento y luego simplemente soltó:
—Eres ridícula, infantil.
—Aquí el ridículo infantil eres tú. Te pones a la altura de alguien cinco años menor… Oh, digno de un caballero —ironicé.
—Aún sigues siendo una niñita, siempre lo fuiste para mí —me enfurecí y me di cuenta de que no tenía nada que hacer allí, conversando con él y dándole la oportunidad de molestarme.
—Aun así te gustaba esa niñita —le espeté. Ni siquiera me molesté en ver su expresión, simplemente me apresuré el voltearme e ir hacia el mesón.
Pero como anteriormente lo había hecho, él me volvió a llamar.
—Mesera —me di la vuelta esperando encontrarme con su rostro burlón. Pero él estaba completamente serio. Quizás, lo que yo le había dicho no le había parecido bien. Pero a mi si, no importaba —te olvidaste de la cuchara —dios, que insoportable. Si la cuchara estaba al borde de la mesa… ¿No podía estirar la mano y cogerla? volví a acercarme a paso lento, caminando con pereza y dándole a entender que no tenía la más mínima gana de regresar. Al llegar cerca de él, tomé la cuchara y la dejé a un lado de su plato y su taza.
—Aquí tienes —mi voz sonó ruda. Él ni siquiera se inmutó. Se limitó a coger la taza y llevársela a la boca ¡No había usado la puta cuchara! estaba segura de que después de esto, él regresaría aquí para seguir molestándome. Estúpido…
En realidad no valía la pena enojarse. Y es que sentí tanta rabia que me dieron ganas de golpearlo.
—Podrías al menos darme las gracias —le espeté.
—Podría —repitió —. Es tu trabajo —se encogió de hombros y se echó una papa frita a la boca. Me enojé aún más.
—Mala clase —le espeté.
—Y lo dices tú ¿pero sabes…? —hizo una leve pasa —No voy a rebajarme.
—Como quieras —me había dolido. Me había hecho sentir mal… de nuevo.
—Puedes irte.
—Tú también– lo miré enojada. Quizás tenía “suerte” y él se iba… pero no lo hizo.
Me di la vuelta de nuevo, para ir hacia el mesón. Pero no alcancé a llegar. Alguien me había llamado. Mesera, ahora tendría que acostumbrarme a que me llamaran así. Fui a aquella mesa. Para eso tuve que volver sobre mis pasos, pues la chica estaba sentada justo en la mesa del lado de Bill. Que suerte tenía esa estúpida.
“Celosa”. Se burló una vocecita dentro de mí. “Cállate”. Le contesté. Sacudí la cabeza para pensar otra cosa y le tomé la orden. Nada interesante. La chica era bastante obvia y tenía los mismos justos que el resto de las chicas. Había pedido agua mineral y un yogurt de dieta. Todas querían cuidar su figura.
En cambio yo, seguía comiendo normalmente, aunque lo que yo comía normalmente era más bien poco… pero me era igual.
Recordé a mis amigas… ellas siempre me llamaban tallarín y como era muy obvio, yo me enojaba. No tenía la culpa de haber crecido tanto y estar tan delgada…
Y pensándolo bien, Bill se debería haber sorprendido bastante, pues ya no era talla XXS, ya no era de tamaño niña. Ahora ya estaba grande. Es más, me había faltado poco para alcanzar su tamaño.
Mientras atendía a otras personas me puse a pensar en las otras posibles sobre mí que pudiesen haber sorprendido a Bill. Cosas que él no se hubiera esperado.
Mis pensamientos llegaron rápidamente a mi personalidad. Definitivamente, eso había cambiado. Ya no era esa niñita que apenas podía alzar la voz, la que se ruborizaba por todo, la niña tímida… esas actitudes estaban ya desaparecidas. Ahora yo era todo lo contrario… a lo mejor mis contestaciones hacia Stella lo habían sorprendido. Si lo de Stella hubiese ocurrido hacía unos años, yo me hubiese quedado callada. Sonreí. Al menos así no me pasaban a llevar.
La actitud de Bill me irritaba. Se estaba comportando como… como yo. Vale, si, lo reconozco: Yo actúo de una manera… mala. Pero él había empezado y yo no tenía la culpa. Todo el mundo me provocaba y luego se quejaban si yo me enojaba y hacía algo contra ellos. Yo sólo me defendía.
Después de todo yo era fuerte, pero con Bill al lado mío me sentía débil.
Ya habían pasado unos cuantos, muchos, minutos. Hasta que Bill me llamó para que le llevara la cuenta. Fui hacia donde la chica que se encargaba de las cuentas y luego volví a su mesa con la boleta y una bandeja para dejar los platos que había ocupado mientras comía. Me sentí un poco nerviosa, pues se podría poner a pelear conmigo de nuevo o quizás vería mi horrible cicatriz, y eso no era algo que me agradara.
No dije nada, y me limité a dejar la pequeña mini-bandeja de metal con figuritas sobre la mesa… la boleta estaba sobre la bandejita. Bill sacó dinero de su bolsillo mientras yo acomodaba los platos en la bandeja grande. Dejó el dinero sobre la pequeña y luego yo la cogí para dirigirme rápidamente donde la chica de la caja.
Una vez tuve el dinero que sobraba volví a su mesa. Dejé la bandejita sobre la mesa. Me di cuenta de que estaba hablando por el móvil. Estaba alterado y su cara reflejaba horror, miedo y pánico. No tuve tiempo de ver más, pues él cortó rápidamente y medio segundo después ya estaba de pie. Hizo un fuerte ruido con la silla y yo, al ver su expresión agitada en el rostro, retrocedí un paso. Entonces, él pasó por mi lado, esquivándome y dejando el dinero sobre la mesa, sin siquiera mirarlo.
—¡Hey! Se te queda tu… —no alcancé a terminar. Había sido demasiado lenta y él ya se había ido.
Y no era que le hubiese sobrado poco... si no que era una buena cantidad de dinero. Decidí que me la echaría al bolsillo, y luego, tal vez, algún día, quizás, se lo iba a devolver… cuando habláramos de nuevo.
Pero ahora la duda era: ¿qué le había pasado a Bill?
Una sensación se pánico se apoderó de mí, las manos me comenzaron a temblar y mi respiración se volvió entrecortada. Intenté controlarme, pero estaba segura de que mis mejillas se habían teñido de un rojo fosforescente. Extraño, puesto a que esto no me ocurría desde hacía mucho tiempo. Quise con todas mis fuerzas salir corriendo y dejarlo todo, pero como anteriormente me había pasado, mi cuerpo no respondió a la orden que le daba mi cerebro. Me quedé allí a punto de caer de piedra. Con el pánico recorriendo mis venas, el corazón en la garganta y a punto de caer al suelo y comenzar a gritar y a patear como una niña pequeña, como una loca. Pero yo no era tan inmadura como para hacer eso… no en ese ámbito.
Creo, que debido a la impresión, Bill tampoco pude decir nada, me escaneó con la mirada, quizás creyendo que se trataba de otra chica pero al ver la expresión de mi rostro se dio cuenta de que realmente era yo. Pensé en disculparme, volver al mesón y decirle a otra chica que lo atendiera, pero de tan solo imaginarme a una de ellas al lado de Bill, sonriéndole o simplemente pidiéndole la orden, sentía unos enormes celos crecer en mi interior. Tampoco iba a ser cobarde como para huir. En los anteriores tres años de mi vida había ganado personalidad, aunque no una muy buena, que digamos. Pero como dije anteriormente, eso ya era parte de mí y no podía evitar actuar y reaccionar así, de la forma en que lo hacía naturalmente. Jamás iba a lograr hacer caso a una regla. Mi naturaleza estaba completamente en contra de eso, rechazando cualquier tipo de mandato y haciendo exactamente lo contrario a lo que se me ordenaba…
Carraspeé para que él saliera de sus pensamientos, porque al parecer estaba igual que yo: Analizando la situación. O quizás simplemente estaba ocupado viendo lo ajustado que me quedaba el uniforme. Después de todo cualquier caso era posible, primero, porque ya no lo conocía, segundo, porque el uniforme si me quedaba algo ajustado, y tercero, porque el paseaba sus ojos de arriba hacia abajo observando mi cuerpo, desde mi cabeza hasta mis pies. Al darme cuenta de eso, me sentí incómoda.
—Eh… quiero, quiero… ¿cuál es la especialidad de la casa? —balbuceó hasta finalmente preguntar. Pero… ¿La especialidad de la casa? ¿Y yo como iba a saber eso? apenas había empezado a trabajar aquí.
—¿Has venido aquí antes? —dije intentando sonar lo más amable posible. El tono fingido se me notaba demasiado. Él asintió con la cabeza —¿y qué has pedido?
—Una porción de papas con una hamburguesa… —se encogió de hombros sin comprender.
—Entonces, esa es la especialidad —hablé muy segura de mis palabras. Satisfecha de haberlo hecho caer. El alzó una ceja…
—Uhmm… ¿estás segura?
—Si.
—¿No me traes la carta? —oh… la carta. Se me había olvidado. Buen comienzo, Meer.
—Ya pediste algo de comer, no vale la pena —fruncí el ceño ¿por qué me ponía en un apuro así? Por ese “insignificante” detalle me podían despedir y adiós trabajo…
—Sólo decía.
—¿Quieres algo de beber? —le pregunté ignorando lo que anteriormente había dicho, reprimiendo todos los insultos que querían salir de mi boca en forma vulgar.
—Un capuchino grande con azúcar —anoté lo que él había pedido en la libreta. Me sentí torpe y estúpida.
—¿Eso es todo? —dije deshaciéndome del tono amable y dejando pasar la voz fría y cargada de odio.
Bill asintió y yo me di la vuelta pesadamente para comenzar a caminar hacia el mesón, para pedir la orden de comida.
—Mesera… —me llamó Bill. Yo me volteé hacia él con los ojos en blanco, preparando el lápiz sobre la libreta, para anotar algo más que seguramente me pediría.
—¿Qué quieres?
—No eres buena en esto —se burló mientras negaba con la cabeza. Una sonrisa burlona apareció en su rostro. Sentí tal rabia que me dieron ganas de golpearlo hasta dejarlo inconsciente en el suelo. Él ya había arruinado mi vida y no iba a permitir que arruinara mi trabajo, no le daría la oportunidad.
Como no quise contestarle, me limité a darme la vuelta de nuevo, retomando mi camino mientras maldecía todo lo sagrado que existía, apretujaba la libreta y el lápiz con toda la fuerza que tenía en el cuerpo. Estaba furiosa.
Él se había convertido en parte de ese grupo de personas que se ocupaba de hacer de mi existencia algo terriblemente doloroso.
Me acerqué al mesón y una de las chicas me recibió la hoja que ya había quitado de la libreta. En un momento estaría lista la comida y tendría que volver hacia donde él estaba para llevársela. Quizás que cosas me iba a decir esta vez. Pero decidí dejar de pensar en eso… tenía que seguir atendiendo al resto de los clientes.
Y como no había muchos, sólo unos dos más, me terminé por poner a conversar con la chica de las cuentas. Era mayor que yo por algunos años, pero seguía siendo joven. Era morena, bajita y de aspecto simpático. Me agradaba.
De vez en cuando le dirigía unas miradas asesinas a Bill. Quien me tenía muy incómoda, pues no dejaba de mirarme. Me preguntaba incluso si había pestañeado en todo el tiempo.
Luego, tuve que ir a limpiar una mesa, ya que una familia que acababa de irse había dejado toda la comida desparramada, gracias a su niño pequeño. Pero como yo no podía protestar a cerca de eso… simplemente acudí al desastre y comencé a ordenar… otra chica se encargó del suelo.
Una de las chicas ya me había repetido su nombre unas tres veces y aún no lo recordaba… pero no importaba. Ya me lo aprendería con el tiempo, pues nadie puede memorizar cosas tan rápido. Su nombre era complicado…
Me di cuenta de que la orden de Bill ya estaba lista, incluso en una bandeja.
Suspiré e intentando parecer lo más calmada posible, cogí la bandeja. Las manos me temblaron un poco y cuando ya estuve segura de que nada se me iba a caer, comencé a caminar hacia su mesa. Él se volteó en la silla ya que había estado todo el tiempo del otro lado para mirarme, y subió la vista en el momento que yo me quedaba a su lado. ¿podía ser más insoportable? deseé lanzarle el café encima. Estaba caliente.
Con mucho cuidado dejé la bandeja reposar sobre una de mis manos y luego con un poco de dificultad cogí el plato con mi temblorosa mano y la dejé sobre la mesa. El color se me subió a la cara, me sentí avergonzada… intenté no sentirme así, peso eso empeoró la situación.
Luego, tomé el café que él había pedido, con su platito y todo. Lo dejé sobre la mesa y luego cogí la cuchara. Me di cuenta de que no estaba usando guantes y que la luz era lo suficientemente fuerte como para que mi cicatriz se viera…. Dejé la cuchara a un costado de la mesa mientras Bill mantenía sus ojos fijos en mi mano y luego la escondí rápidamente detrás de mi espalda.
Una oleada de sentimientos me invadió y comencé a recordar cosas que no debía. Sentí mi mano arder, como si estuviese viviendo nuevamente ese suceso. Cuando accidentalmente sumergí mi mano en el aceite hirviendo. Recordaba que Tom me había ayudado. Y esa chica… ¿Helen? ¿Helena? Sí, Helena, creo… La que había sido novia de Bill. Apreté los dientes tan fuerte que incluso escuché un chirrido. Me había enojado. Y no era precisamente con Bill, si no con la chica.
—Tu… mano aún tiene… —me sorprendí al escuchar hablándome.
—Marcas. Pensé que ya lo sabías. —lo corté hablándole con repulsión.
—Creí que ya se te había borrado.
—Ya ves, no se va —me encogí de hombros.
—Podrías haberte hecho algo... no sé ¿una crema? ¿Una operación? realmente no te da buena pinta. Si dices que tu padre tiene tanto dinero, ¿Por qué no te la quitaste? no se te ve bien —mi cara se transformó en una notoria mueca de enfado e indignación. Me había hecho sentir mal.
—No deberías preocuparte por eso.
—Estaba dando mi opinión…
—Es mejor si te la guardas —tenía una respuesta para todas sus palabras… eso me hizo sentir un poco, sólo un poco mejor.
—¿Tienes idea de los detestable que es hablar contigo?
—Nadie te obliga a hablar conmigo —se quedó mudo por un momento y luego simplemente soltó:
—Eres ridícula, infantil.
—Aquí el ridículo infantil eres tú. Te pones a la altura de alguien cinco años menor… Oh, digno de un caballero —ironicé.
—Aún sigues siendo una niñita, siempre lo fuiste para mí —me enfurecí y me di cuenta de que no tenía nada que hacer allí, conversando con él y dándole la oportunidad de molestarme.
—Aun así te gustaba esa niñita —le espeté. Ni siquiera me molesté en ver su expresión, simplemente me apresuré el voltearme e ir hacia el mesón.
Pero como anteriormente lo había hecho, él me volvió a llamar.
—Mesera —me di la vuelta esperando encontrarme con su rostro burlón. Pero él estaba completamente serio. Quizás, lo que yo le había dicho no le había parecido bien. Pero a mi si, no importaba —te olvidaste de la cuchara —dios, que insoportable. Si la cuchara estaba al borde de la mesa… ¿No podía estirar la mano y cogerla? volví a acercarme a paso lento, caminando con pereza y dándole a entender que no tenía la más mínima gana de regresar. Al llegar cerca de él, tomé la cuchara y la dejé a un lado de su plato y su taza.
—Aquí tienes —mi voz sonó ruda. Él ni siquiera se inmutó. Se limitó a coger la taza y llevársela a la boca ¡No había usado la puta cuchara! estaba segura de que después de esto, él regresaría aquí para seguir molestándome. Estúpido…
En realidad no valía la pena enojarse. Y es que sentí tanta rabia que me dieron ganas de golpearlo.
—Podrías al menos darme las gracias —le espeté.
—Podría —repitió —. Es tu trabajo —se encogió de hombros y se echó una papa frita a la boca. Me enojé aún más.
—Mala clase —le espeté.
—Y lo dices tú ¿pero sabes…? —hizo una leve pasa —No voy a rebajarme.
—Como quieras —me había dolido. Me había hecho sentir mal… de nuevo.
—Puedes irte.
—Tú también– lo miré enojada. Quizás tenía “suerte” y él se iba… pero no lo hizo.
Me di la vuelta de nuevo, para ir hacia el mesón. Pero no alcancé a llegar. Alguien me había llamado. Mesera, ahora tendría que acostumbrarme a que me llamaran así. Fui a aquella mesa. Para eso tuve que volver sobre mis pasos, pues la chica estaba sentada justo en la mesa del lado de Bill. Que suerte tenía esa estúpida.
“Celosa”. Se burló una vocecita dentro de mí. “Cállate”. Le contesté. Sacudí la cabeza para pensar otra cosa y le tomé la orden. Nada interesante. La chica era bastante obvia y tenía los mismos justos que el resto de las chicas. Había pedido agua mineral y un yogurt de dieta. Todas querían cuidar su figura.
En cambio yo, seguía comiendo normalmente, aunque lo que yo comía normalmente era más bien poco… pero me era igual.
Recordé a mis amigas… ellas siempre me llamaban tallarín y como era muy obvio, yo me enojaba. No tenía la culpa de haber crecido tanto y estar tan delgada…
Y pensándolo bien, Bill se debería haber sorprendido bastante, pues ya no era talla XXS, ya no era de tamaño niña. Ahora ya estaba grande. Es más, me había faltado poco para alcanzar su tamaño.
Mientras atendía a otras personas me puse a pensar en las otras posibles sobre mí que pudiesen haber sorprendido a Bill. Cosas que él no se hubiera esperado.
Mis pensamientos llegaron rápidamente a mi personalidad. Definitivamente, eso había cambiado. Ya no era esa niñita que apenas podía alzar la voz, la que se ruborizaba por todo, la niña tímida… esas actitudes estaban ya desaparecidas. Ahora yo era todo lo contrario… a lo mejor mis contestaciones hacia Stella lo habían sorprendido. Si lo de Stella hubiese ocurrido hacía unos años, yo me hubiese quedado callada. Sonreí. Al menos así no me pasaban a llevar.
La actitud de Bill me irritaba. Se estaba comportando como… como yo. Vale, si, lo reconozco: Yo actúo de una manera… mala. Pero él había empezado y yo no tenía la culpa. Todo el mundo me provocaba y luego se quejaban si yo me enojaba y hacía algo contra ellos. Yo sólo me defendía.
Después de todo yo era fuerte, pero con Bill al lado mío me sentía débil.
Ya habían pasado unos cuantos, muchos, minutos. Hasta que Bill me llamó para que le llevara la cuenta. Fui hacia donde la chica que se encargaba de las cuentas y luego volví a su mesa con la boleta y una bandeja para dejar los platos que había ocupado mientras comía. Me sentí un poco nerviosa, pues se podría poner a pelear conmigo de nuevo o quizás vería mi horrible cicatriz, y eso no era algo que me agradara.
No dije nada, y me limité a dejar la pequeña mini-bandeja de metal con figuritas sobre la mesa… la boleta estaba sobre la bandejita. Bill sacó dinero de su bolsillo mientras yo acomodaba los platos en la bandeja grande. Dejó el dinero sobre la pequeña y luego yo la cogí para dirigirme rápidamente donde la chica de la caja.
Una vez tuve el dinero que sobraba volví a su mesa. Dejé la bandejita sobre la mesa. Me di cuenta de que estaba hablando por el móvil. Estaba alterado y su cara reflejaba horror, miedo y pánico. No tuve tiempo de ver más, pues él cortó rápidamente y medio segundo después ya estaba de pie. Hizo un fuerte ruido con la silla y yo, al ver su expresión agitada en el rostro, retrocedí un paso. Entonces, él pasó por mi lado, esquivándome y dejando el dinero sobre la mesa, sin siquiera mirarlo.
—¡Hey! Se te queda tu… —no alcancé a terminar. Había sido demasiado lenta y él ya se había ido.
Y no era que le hubiese sobrado poco... si no que era una buena cantidad de dinero. Decidí que me la echaría al bolsillo, y luego, tal vez, algún día, quizás, se lo iba a devolver… cuando habláramos de nuevo.
Pero ahora la duda era: ¿qué le había pasado a Bill?

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