18 febrero, 2013

My obsession /Capítulo 29


















CAPITULO 29


El resto de la semana pasó lentísimo. Ahora que tenía unas mini vacaciones de dos semanas no sabía qué hacer. Primero, porque yo ocupaba la mayor parte de mi tiempo trabajando. Segundo, porque mis amigos también trabajaban, por lo que me quedaba sólo sin saber qué hacer. Y tercero… no se me ocurría que hacer para matar el tiempo. Ni siquiera había salido de fiesta porque no tenía ánimo. El regreso de Meer me tenía con un humor horrible, similar al de ella al parecer. Es que saber que estaba en esta misma ciudad me ponía bastante nervioso. Además, no poder sacármela de la cabeza… ya me tenía más que enojado, estaba harto de pensar siempre en ella sin poder evitarlo, estaba harto de ella. La soñaba casi todas las noches, era lo primero que pensaba al despertar y lo último que pensaba antes de dormir… todo lo comparaba o lo relacionaba con ella. E incluso a veces sonreía como un estúpido y me daban nervios de la nada. Me sentía como el idiota de hacía tres años… y eso no me gustaba. Meer no era la misma de antes y esta Meer no era mi Mery.
En el fondo, me odiaba a mí mismo también. Por no poder distraerme para pensar otra cosa.

Era sábado, pasado el mediodía. Había estado toda la mañana recorriendo tiendas, buscando algún regalo para Fran, mi amiga de hace años. Pero no había encontrado nada que me gustara, nada especial. Eso me tenía bastante preocupado y de mal humor. Y como si fuera poco: había pasado a chocar con una mujer en la calle y ésta me había dado con el bolso en toda la cara, había pisado chicle y se me había caído la bebida en el interior de coche… un desastre. Cuando comencé a sentirme hambriento, me metí en el primer local de comida que encontré… había venido aquí un par de veces antes. Me senté a esperar a que me atendieran mientras leía el periódico que me había comprado hacía quince minutos. No había nada que me interesara leer. En realidad, no sé ni para qué lo había comprado, si nunca me ha gustado leer noticias.
—Disculpa… ¿te apetece comer algo? —por fin alguien me atendía en este lugar. Alcé la cabeza para mirar a la mesera. Casi me caigo de la silla cuando vi los ojos de esa mesera… pestañeé varias veces. ¿Qué hacía ella aquí? ¡Trabajando! ¿No se suponía que su padre era un hombre con mucho dinero? me sentí estafado por el local. Se suponía que iba a tener una comida tranquila. Miré como sus mejillas iban tomando un color rojo… podía ver la sorpresa en su rostro. Seguro no esperaba verme por aquí. Recorrí sus curvas con la mirada… el uniforme que llevaba era un poco bastante ajustado. Le sentaba de maravilla.
Meer carraspeó. Aparté la vista de su cuerpo, algo cortado.
—Eh… quiero, quiero… —¡habla bien, estúpido! —¿cuál es la especialidad de la casa? —acabé por preguntar. No me había entregado el menú, con los tipos de platos que podía elegir.
—¿Has venido aquí antes? —me preguntó con tono neutro. Asentí, no entendí a qué iba la pregunta —¿y qué has pedido? —fruncí el ceño ¿pero por qué…?
—Una porción de papas con una hamburguesa… —me encogí de hombros.
—Entonces, esa es la especialidad —dijo segura.
—Uhmm... ¿estás segura? —ni siquiera era buena mintiendo.
—Si —ya no estaba tan segura como antes, pude notarlo en el tono de su voz.
—¿No me traes la carta? —le pregunté. Meer hizo una extraña mueca y me cocinó con los ojos.
—Ya pediste algo de comer, no vale la pena —arrugó la nariz, mirándome casi con desprecio ¿se ponía así sólo por una pregunta?
—Sólo decía —miré hacia otro lado.
—¿Quieres algo de beber? —su voz sonó brusca, seca.
—Un capuchino grande con azúcar —se demoró un poco en anotar el pedido.
—¿Eso es todo? —asentí. ¿Qué más podía pedir si ni siquiera sabía que más tenían aquí? al final de cuentas había pedido sólo café’s y hamburguesas con papas en este lugar. Meer se dio la vuelta para alejarse. Decidí picarla un poco.
—Mesera —la llamé. Ella me escuchó enseguida y se volteó a mirarme con rabia.
—¿Qué quieres? —espetó.
—No eres buena en esto —sonreí y negué con la cabeza en signo de reprobación. Definitivamente Meer no servía de mesera. Al menos, no si el cliente era yo. Aunque… quien sabe, a lo mejor trataba así a todo el mundo. Me asesinó con la mirada y volvió a voltearse. Le miré el trasero hasta que desapareció tras una puerta. Mientras esperaba la comida, la miré atender a otros clientes y limpiar algunos desastres de niños. Lo sorprendente era que a todos ellos les hablaba con una sonrisa en el rostro, del todo simpática. Me puse celoso, lo acepto. Agh, esto es demencial. Mi comida no tardó tanto en llegar… Y obviamente Meer vino a dejarla. Miré como con sus manos temblorosas y un poco torpes dejaba todo sobre la mesa… sus manos tiritaban, seguro estaba nerviosa. Yo estaba igual. Sus manos… su mano. Entonces lo recordé. No me bastó buscarla con detenimiento. La encontré sin esfuerzo, era muy notoria. Esa cicatriz seguía allí, igual que antes. Al parecer Meer se dio cuenta de que yo miraba su cicatriz, ya que soltó la cuchara del café justo en el borde de la mesa y escondió su mano en su espalda. Aún recordaba cómo se la había hecho. Había sido una experiencia horrible.
—Tu… mano aún tiene… —hablé sin pensar.
—Marcas. Pensé que ya lo sabías —me cortó.
—Creí que ya se te había borrado —en realidad ni siquiera las recordaba. Últimamente recordaba sólo buenos momentos.
—Ya ves, no se va —se encogió de hombres.
—Podrías haberte hecho algo… no sé ¿una crema? ¿Una operación? realmente no te da buena pinta. Si dices que tu padre tiene tanto dinero, ¿Por qué no te la quitaste? no se ve bien. —comenté. Sólo lo decía por motivos de estética y tal. Pero al parecer Meer se lo tomó como un insulto y me miró como si estuviese mal de la cabeza.
—No deberías preocuparte por eso —soltó de golpe.
—Estaba dando mi opinión…
—Es mejor si te la guardas.
—¿Tienes idea de los detestable que es hablar contigo? —pff. Al final no sabía que hacer o que decir para que no se enojara ¿es que seguía afectada por lo de hace días?
—Nadie te obliga a hablar conmigo —bien, eso era verdad. Nadie me obligaba a hablarle. Es más, después de salir de aquí no volvería a hacerlo. Olvidaría a Meer. No necesitaba tener un malhumorado dolor de cabeza.
—Eres ridícula, infantil… —si… quizás no había madurado tanto, mentalmente hablando.
—Aquí el ridículo infantil eres tú. Te pones a la altura de alguien cinco años menor… Oh, digno de un caballero —pude notar el tono irónico de su voz. Yo no me ponía a la atura de nadie ¡era ella quien empezaba con todo esto!
—Aún sigues siendo una niñita. Siempre lo fuiste para mí —dije sin pensar. Meer me asesinó con la mirada y a juzgar por la expresión que formó en el rostro me di cuenta de que le había afectado.
—Aun así te gustaba esa niñita —me congelé durante medio segundo, repitiendo las palabras de Meer nuevamente en mi cabeza. Como odiaba que tuviera una respuesta para todo. 
Pues, si… si. Me había gustado esa pequeña, jamás lo negué. No supe que contestarle y ella se volteó para volver a su trabajo… Fruncí el ceño y clavé los ojos sobre la mesa.
—Mesera —la llamé —te olvidaste de la cuchara —lo dije sólo para picarla, de haber sido otra situación estaría riendo.
Meer se acercó, tomó la cuchara del borde de la mesa y la acercó. Se notaba enojada…
—Aquí tienes —aparté los ojos de ella. Tomé la taza, me la llevé a la boca y bebí un poco de café. Estaba delicioso —podrías, al menos, darme las gracias —¿y seguía aquí?
—Podría. Es tu trabajo —me encogí de hombros, indiferente. Comí una papa.
—Mala clase —soltó con la voz envenenada. Ella era la mala clase aquí. Ella era la que… la que comenzaba las peleas y se comportaba como… como una…
—Y lo dices tú ¿pero sabes…? No voy a rebajarme.
—Como quieras.
—Puedes irte —la miré indiferente. Intentado ocultar toda la rabia que sentía. En realidad, me enojaba mucho que ella se comportara así.
—Tú también —enseguida se dio la vuelta y se alejó. Intenté no mirarla atender a la chica de la mesa siguiente… e intenté lo mismo cuando se paseaba por otras mesas frente a mí. Pero mis ojos se iban hacia ella como si se tratase de un imán.
Intenté comer lo más rápido posible, para salir de allí cuanto antes. Para dejar de ver a Meer de una buena vez y olvidarme de ella. Ya no quería seguir sintiéndome así, no quería seguir discutiendo.
Le hice una seña a Meer para que trajera la cuenta. Al principio ella no entendió mucho y me gustó ver su mueca de confusión. Pero luego… al comprender, volvió a mirarme como antes, casi con asco, y desapareció, supongo que para buscarla.
No tardó en regresar… dejó la cuenta sobre la mesa. La miré, ya tenía calculado el valor de todo esto. Mientras ella recogía todo y lo dejaba sobre una bandeja, yo busqué dinero en mi billetera. Esperaba que ella me dijera algo, algún insulto o que se yo… pero lo hacía todo el completo silencio, sin mirarme. Dejé el dinero, me recogió todo y se marchó. Se suponía que ahora tenía que esperar el vuelto y luego tenía que dejarle propina a Meer. Por un momento pensé en no dejarle… pero luego, bah, no podía no darle propina. Después de todo… era Meer.
Sentí el móvil vibrar en mi bolsillo. Lo tomé y sin mirar la pantalla contesté.
—¿Si?
—¿Bill, donde estás? —era Tom. Lo noté sumamente alterado. Se me heló la sangre, algo pasaba.
—¿Pasa algo?
—Tienes que venir al hospital. Ahora mismo —se atragantaba con las palabras.
—¿Qué… que pasó?
—Mamá tuvo un accidente —la noticia me llegó como un balde de agua fría. Me tensé y comencé a temblar sin querer.


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