CAPITULO 26
—Hasta que llegas —esa voz… no podía ser. No. Todo se congeló, todo ocurrió muy lento… Demasiado lento. Mi corazón comenzó a andar tan fuerte que lo sentí en mi cabeza. Bombeando tan fuertemente que hacía daño. Aún no podía quitar los ojos de los de quien había abierto la puerta de delante. Esos ojos color miel… llenos de brillo y de vitalidad. Esos ojos que tanto me gustaban. Sentí un fuerte escozor en el pecho, como si me estuviesen clavando algo por dentro y desgarrándolo todo. Él me miraba con los ojos abiertos al cien por cien. El aire ya no entraba en mis pulmones… los ojos me comenzaron a arder en el momento en que sentí como si me estuviesen exprimiendo el estómago. Tensé la mandíbula. Las lágrimas habían provocado que mis ojos se nublaran… y es que aún no lo había olvidado. Aún no lo había podido olvidar. Por más que intentara hacer entrar aire en mis pulmones, no lo conseguía. Me estaba desesperando. No podía ser, no. De pronto me sentí confundida, y a la vez claustrofóbica. Deseaba salir de allí cuanto antes. Pero mi cuerpo no respondía… iba a llorar. Pero no... yo tenía que tragarme las lágrimas y no humillarme. No de esa manera.
—Tuve que llevar a este encargo a comprar un jugo —escuché decir a Tom mientras reía. Aún sin poder quitar la vista de él. Aún sin ni siquiera poder dar vuelta la cabeza para ver a quien estaba a mi lado.
—S... sí. Hola —volvió a hablar él. Ni siquiera pude abrir la boca. Me di cuenta de que estaba haciendo el ridículo. Pero ni siquiera eso me hizo reaccionar. Él se subió en el coche y cerró la puerta. Luego quien se había subido a mi lado lo hizo.
Entonces ya no me miraba. Ahora sólo me miraba Tom por el espejo retrovisor. A penas pude desviar la vista hacia él. Se notaba… ¿preocupado?
—¿Estás bien, Meer? —reaccioné al oír mi nombre dando un pequeño salto.
—¿Ah? —entonces me sentí observada. Puesto a que Bill también me miró. Dios. Bill…
—No, que sólo te preguntaba si…
—Sí, no importa —dije rápidamente soltando todo el aire que tenía en mis pulmones y maldiciendo infinita mil veces haber aceptado que Tom me trajera a comprar el puto jugo ¿por qué? Dios, me odiaba a mí misma. El mundo me odiaba.
—Bien, entonces… —Tom bostezó.
—Vamos —dijo Bill. Tensé la mandíbula nuevamente al oír su voz y me crucé de brazos.
—¿Dónde vamos? —preguntó una voz femenina a mi lado. Entrecerré mis ojos, mientras el odio comenzaba a apoderarse de mí nuevamente. Una chica, con Bill, en un pub. Si no me atajaban, la mataba. Giré la cabeza con lentitud hasta quedar mirando hacia ella. No era nada fea. No era rubia, si no que era castaña… y estaba maquillada tan provocativamente que parecía puta. Y su aspecto era mucho más vulgar si contábamos con su ropa. Que atrevida.
—A dejar a Meer —respondió Tom.
—¿Y quién es…? —se quedó callada al mirarme —Ah, eres tú —eso no me agradó para nada. Hice un puño con mi mano derecha y luego dibujé una media sonrisa forzada en mi rostro.
—¿Y tú quién eres? —le pregunté. Ella entrecerró los ojos al igual que yo, y me contestó.
—Soy Stella.
—Es amiga nuestra —añadió Tom.
—Un gusto, Stella —dije entre dientes.
—¿Y tú quién eres? digo, de los chicos… prima, pariente lejana, ¿nada? —estuve a punto de mandarle un grito, pero alguien se apresuró en hablar primero que yo.
—Ella… era nuestra vecina. Antes —había sido Bill. Me sentí decepcionada. Y me entraron aún más ganas de llorar. Me limité a tragar saliva apresuradamente.
—Ah —dijo Stella con desprecio —¿y no es amiga de ustedes?
—En realidad… —Bill volvió a cortarme.
—No. Bueno… antes hablábamos, pero ella se fue a Estados Unidos —lo asesiné con la mirada mientras sentía que mi corazón se iba rompiendo con brutalidad.
— … Con su padre —añadió Tom. Decidí tomar otra posición en la conversación. Bill me estaba humillando. Se estaba riendo de mí, eso era seguro. Sonreí lo mejor que pude y miré a la chica.
—Mi padre es un empresario muy famoso en Norte América. Tiene mucho dinero —seguidamente hice un moñito con la boca. Nunca me había creído por dinero… pero siempre hay una primera vez.
—¿Ah, sí? —me recorrió con la mirada —no te vez muy adinerada que digamos.
—Tú tampoco. Podrías traer cosas menos… —Bill me cortó.
—No te preocupes, Stella. Te ves bien —bufé.
—Sí, sí. Quédate así en una esquina, seguro algún camión te recoge, querida. Te pagarían bien —le guiñé un ojo. Stella abrió los ojos como platos, sin saber que decir.
—¡Chicos! ¿Oyeron lo que me dijo? —se quejó, la muy torpe.
—Estoy tranquila ¿se puede abrir esto? —dije refiriéndome a la ventana —es que aquí apesta a…
—Sí, ábrela, como quieras —me contestó Tom rápidamente, cortando el final de la frase. Aunque ya todos se habían dado cuenta de lo que yo había querido decir. Vale, que ya me había hecho otra enemiga. Y vamos, que había salido de la nada. Abrí la ventana completa y el viento me comenzó a revolver el cabello.
—¿Cuánto falta? —pregunté.
—¡Por favor! —exageró Stella —no seas infantil, no puedes empezar con eso. Niñita de papi —la miré con desprecio.
—¿Te parezco infantil? —alcé una ceja. Stella asintió —pues tú a mí me pareces un puta —abrió la boca. Que casi se le cae… —sí, y te lo digo a la cara —alcé mi mano y le cerré la boca —así te vez un poco más bonita de lo que eres, querida. Sólo un poco.
—Stella, no le hagas caso —habló Bill nuevamente. Y nuevamente yo sentí esa sensación de decepción tan grande y esas ganas de llorar. Pero me aguanté —¿podrías dejar de insultarla, Meer?
—Si me lo pides de esa manera… —bufé irónica.
—¿Por favor…? —añadió. Fui a abrir la boca nuevamente, pero Stella me cortó.
—Al parecer Tom, tú estás de su lado. Creí que éramos amigos —que puta.
—Meer, ¿puedes… cerrar la boca por favor? —Tom se notaba suplicante. Una expresión de rabia de apoderó de mi rostro y miré a Stella. Se estaba riendo la muy puta.
Miré hacia la ventana. Por suerte ya estábamos por llegar… que realmente, ya no podía aguantar más las ganas de echarme a llorar.
Qué desilusión.
Tom detuvo el coche frente a la casa
de Simone. Yo ya no aguantaba, no soportaba ese ambiente. No podía seguir
estando en ese coche… No con él.
Abrí la puerta de golpe y salté fuera del coche.
—Que no se te olvide el jugo —dijo Tom desde dentro. Me di media vuelta y metí medio cuerpo dentro del coche para cogerlo.
—Amm… sí. Gracias —le dije a Tom. Le eché una mirada a Bill, él ni siquiera se había molestado en voltearse. Pero no importaba… no. Y mientras iba saliendo nuevamente del coche, escuché hablar a la puta.
—Chicos, quiero ir a saludar a su madre —¡pff! y yo iba a tener que aguantarla más.
—No creo que sea buena idea —dijo Bill. Al menos algo bueno hacía.
—¡Ay!, pero si me cae tan bien. Simone es lo mejor, la quiero saludar —volvió a insistir. Tom le echó una mirada a Bill y este se la devolvió. Fue en ese momento cuando me di cuenta de que yo sobraba en ese lugar. Por lo que me salí completamente del coche y comencé a caminar, acercándome a la puerta con pasos lentos y algo torpes. Me mordí los labios y piqué al timbre. Escuché como las tres puertas del coche se abrían y luego se volvían a cerrar cuatro. Yo no había cerrado la mía, que tonta.
—Ya llegaste —Simone me sacó de mis pensamientos. La miré, tenía una sonrisa en el rostro.
—Sí… —le di el jugo y ella lo cogió. Miró detrás de mí y la sonrisa se le borró de la cara al instante. Me hizo un hueco en la puerta y yo pasé hacia adentro. Mi madre estaba sentada en el mismo sillón que antes, la mesa ya estaba puesta y todo estaba listo para comer. Me senté junto a ella en el sillón, antes de que “ellos” llegaran a la puerta.
—¡Simoooone! —gritó la chica mientras la abrasaba. Simone se dejó hacer y se rio tan falsamente que hasta yo me di cuenta.
—Hola… —la saludó. Luego se apartaron y Stella pasó dentro de la casa, dándole un empujón —¿dónde es la fiesta? —dijo haciéndole la graciosa. Le fui a contestar pero mi madre me cogió la mano y me dio un fuerte apretón para que me quedase callada. Luego entró Bill, tras haber saludado a su madre, y por último Tom. Los tres se quedaron de pie en la puerta, seguramente sin saber qué hacer. Simone pasó hasta la mesa y apoyó el jugo en el centro de esta, no sin antes sacarlo de la bolsa.
—Hola —había sido Bill. Se le había ocurrido la genial idea de saludar a mi madre. En seguida Stella habló.
—Hola, un gusto, soy Stella —sonrió. Que cínica. Estúpida puta.
—Hola —les saludó mi madre. Entonces Stella comenzó a acercarse. Mi madre a su vez se acercó a mi oído y susurró —¿ves? te dije que se había olvidado de ti —entonces tuvo que separarse de mí ya que Stella le plantó un beso en la mejilla.
Mis ganas de llorar se incrementaron, llegando al punto en que pensé que ya no podría aguantar más. Pero tenía que ser fuerte… Yo era fuerte.
Me levanté del sillón sin siquiera pensarlo y comencé a caminar hacia el lugar de las escaleras.
—¿A dónde vas? —había sido mi madre. Me había hablado con un tono de voz demasiado autoritario y eso no me gustaba.
—Al baño —contesté en el mismo tono —¿o es que necesito tu permiso para hacerlo? —y luego seguí caminando. El ambiente del salón era demasiado tenso y ya no quería seguir allí. Una vez estuve a los pies de la escalera, me di la vuelta para ver si alguien me estaba mirando. Y me sorprendí al darme cuenta de que Bill tenía sus ojos clavados en mí. Me estremecí. No supe descifrar su expresión, tampoco me iba a poner a analizarla. Simplemente me limité a alzar un poco la mano y a hacer una seña de despedida. Sonreí. Y seguidamente me di la vuelta, y en vez se subir las escaleras, corrí hacia la puerta que daba hacia el patio. Sabía que no había forma de saltar ese cerco… pero yo ya estaba grande, y era casi cinta negra… seguro Bill pensaba que no me podría escapar. Abrí la puerta, salí y luego la volví a cerrar. Corrí hasta el cerco y haciendo impulso con las manos lo salté sin problema. Comencé a caminar hacia la calle. Tenía que pasar frente a una de las ventanas del salón, pero estaba segura de que no me verían puesto a que ya estaba por anochecer.
Abrí la puerta de golpe y salté fuera del coche.
—Que no se te olvide el jugo —dijo Tom desde dentro. Me di media vuelta y metí medio cuerpo dentro del coche para cogerlo.
—Amm… sí. Gracias —le dije a Tom. Le eché una mirada a Bill, él ni siquiera se había molestado en voltearse. Pero no importaba… no. Y mientras iba saliendo nuevamente del coche, escuché hablar a la puta.
—Chicos, quiero ir a saludar a su madre —¡pff! y yo iba a tener que aguantarla más.
—No creo que sea buena idea —dijo Bill. Al menos algo bueno hacía.
—¡Ay!, pero si me cae tan bien. Simone es lo mejor, la quiero saludar —volvió a insistir. Tom le echó una mirada a Bill y este se la devolvió. Fue en ese momento cuando me di cuenta de que yo sobraba en ese lugar. Por lo que me salí completamente del coche y comencé a caminar, acercándome a la puerta con pasos lentos y algo torpes. Me mordí los labios y piqué al timbre. Escuché como las tres puertas del coche se abrían y luego se volvían a cerrar cuatro. Yo no había cerrado la mía, que tonta.
—Ya llegaste —Simone me sacó de mis pensamientos. La miré, tenía una sonrisa en el rostro.
—Sí… —le di el jugo y ella lo cogió. Miró detrás de mí y la sonrisa se le borró de la cara al instante. Me hizo un hueco en la puerta y yo pasé hacia adentro. Mi madre estaba sentada en el mismo sillón que antes, la mesa ya estaba puesta y todo estaba listo para comer. Me senté junto a ella en el sillón, antes de que “ellos” llegaran a la puerta.
—¡Simoooone! —gritó la chica mientras la abrasaba. Simone se dejó hacer y se rio tan falsamente que hasta yo me di cuenta.
—Hola… —la saludó. Luego se apartaron y Stella pasó dentro de la casa, dándole un empujón —¿dónde es la fiesta? —dijo haciéndole la graciosa. Le fui a contestar pero mi madre me cogió la mano y me dio un fuerte apretón para que me quedase callada. Luego entró Bill, tras haber saludado a su madre, y por último Tom. Los tres se quedaron de pie en la puerta, seguramente sin saber qué hacer. Simone pasó hasta la mesa y apoyó el jugo en el centro de esta, no sin antes sacarlo de la bolsa.
—Hola —había sido Bill. Se le había ocurrido la genial idea de saludar a mi madre. En seguida Stella habló.
—Hola, un gusto, soy Stella —sonrió. Que cínica. Estúpida puta.
—Hola —les saludó mi madre. Entonces Stella comenzó a acercarse. Mi madre a su vez se acercó a mi oído y susurró —¿ves? te dije que se había olvidado de ti —entonces tuvo que separarse de mí ya que Stella le plantó un beso en la mejilla.
Mis ganas de llorar se incrementaron, llegando al punto en que pensé que ya no podría aguantar más. Pero tenía que ser fuerte… Yo era fuerte.
Me levanté del sillón sin siquiera pensarlo y comencé a caminar hacia el lugar de las escaleras.
—¿A dónde vas? —había sido mi madre. Me había hablado con un tono de voz demasiado autoritario y eso no me gustaba.
—Al baño —contesté en el mismo tono —¿o es que necesito tu permiso para hacerlo? —y luego seguí caminando. El ambiente del salón era demasiado tenso y ya no quería seguir allí. Una vez estuve a los pies de la escalera, me di la vuelta para ver si alguien me estaba mirando. Y me sorprendí al darme cuenta de que Bill tenía sus ojos clavados en mí. Me estremecí. No supe descifrar su expresión, tampoco me iba a poner a analizarla. Simplemente me limité a alzar un poco la mano y a hacer una seña de despedida. Sonreí. Y seguidamente me di la vuelta, y en vez se subir las escaleras, corrí hacia la puerta que daba hacia el patio. Sabía que no había forma de saltar ese cerco… pero yo ya estaba grande, y era casi cinta negra… seguro Bill pensaba que no me podría escapar. Abrí la puerta, salí y luego la volví a cerrar. Corrí hasta el cerco y haciendo impulso con las manos lo salté sin problema. Comencé a caminar hacia la calle. Tenía que pasar frente a una de las ventanas del salón, pero estaba segura de que no me verían puesto a que ya estaba por anochecer.
Una vez estuve en la calle, comencé a
correr. Intentaba escaparme de ese lugar, para no volver nunca. Todos mis
problemas estaban allí y yo me quería alejar de ellos. Me quería alejar de este
puto mundo que me odiaba sin ninguna razón. Quería simplemente estar en paz,
poder estar tranquila… No pedía ser feliz, no. Pues ya me había resignado a no
poder serlo nunca… pero por lo menos, quería que todo lo que me ocurría se
calmara un poco. Yo no iba a poder seguir resistiendo y sabía que tarde o
temprano iba a acabar cayendo y hundiéndome. Sin darme cuenta las lágrimas
comenzaron a caer por mis mejillas, echando a perder todo mi maquillaje y
embarrándome la cara. Me pasé la mano por los ojos y esta quedó negra. La
limpié en mi ropa. Pero yo no iba a dejar de correr por eso. No… lo único que
hice fue coger el gorro de mi chaqueta y ponérmelo para cubrir un poco mi
rostro.
¿Por qué todo tenía que ser tan difícil? Todos estaban contra mí. Ya no me quedaba nadie en el mundo, estaba sola. Ni siquiera mi familia me quería. No valía la pena seguir viviendo de esta manera, era una total estupidez. Quería volver con mi padre.
Seguí corriendo, sintiendo como el gélido viento me daba a la cara y como cada vez me costaba más coger aire para respirar.
…Hasta que llegué a tal punto en que todo me daba vueltas, necesitaba agua. Me detuve en un parque y me di cuenta de que no tenía idea de donde me encontraba. Pero no me importó… simplemente me dejé caer en la hierba húmeda, junto a un árbol. Intenté esconder mi cara.
Mi cuerpo se convulsionaba y tenía la impresión de que había llorado por horas, pero no podía detenerme. Sentía angustia. Deseé ser pequeña para no tener que preocuparme por mis problemas, para sólo reír y jugar a todas esas cosas estúpidas.
Me pasé nuevamente la mano por los ojos y el rostro. Ya ni siquiera podía secarlo.
Intenté ahogar mis sollozos con una mano sobre mi boca, pero se me hacía imposible. Cada vez estaba más desesperada. Deseaba arrancarme el corazón con las manos, deseaba morir allí mismo y no volver a saber de nada.
Abrí los ojos. Me costó un poco recordar lo que había pasado. Era de noche. Me incorporé, apoyando mi cabeza en el mismo árbol. Seguía en el mismo lugar… no sabía qué hora era, tampoco sabía dónde estaba. Sólo sabía que la cabeza me dolía… y mucho.
Me entraron ganas de llorar de nuevo. Sentía un nudo en el pecho y me costaba respirar… las lágrimas comenzaron a salir de mis ojos sin control nuevamente.
Y justo en ese momento, alguien apoyó su mano en mi hombro.
¿Por qué todo tenía que ser tan difícil? Todos estaban contra mí. Ya no me quedaba nadie en el mundo, estaba sola. Ni siquiera mi familia me quería. No valía la pena seguir viviendo de esta manera, era una total estupidez. Quería volver con mi padre.
Seguí corriendo, sintiendo como el gélido viento me daba a la cara y como cada vez me costaba más coger aire para respirar.
…Hasta que llegué a tal punto en que todo me daba vueltas, necesitaba agua. Me detuve en un parque y me di cuenta de que no tenía idea de donde me encontraba. Pero no me importó… simplemente me dejé caer en la hierba húmeda, junto a un árbol. Intenté esconder mi cara.
Mi cuerpo se convulsionaba y tenía la impresión de que había llorado por horas, pero no podía detenerme. Sentía angustia. Deseé ser pequeña para no tener que preocuparme por mis problemas, para sólo reír y jugar a todas esas cosas estúpidas.
Me pasé nuevamente la mano por los ojos y el rostro. Ya ni siquiera podía secarlo.
Intenté ahogar mis sollozos con una mano sobre mi boca, pero se me hacía imposible. Cada vez estaba más desesperada. Deseaba arrancarme el corazón con las manos, deseaba morir allí mismo y no volver a saber de nada.
Abrí los ojos. Me costó un poco recordar lo que había pasado. Era de noche. Me incorporé, apoyando mi cabeza en el mismo árbol. Seguía en el mismo lugar… no sabía qué hora era, tampoco sabía dónde estaba. Sólo sabía que la cabeza me dolía… y mucho.
Me entraron ganas de llorar de nuevo. Sentía un nudo en el pecho y me costaba respirar… las lágrimas comenzaron a salir de mis ojos sin control nuevamente.
Y justo en ese momento, alguien apoyó su mano en mi hombro.
—¡¿Es que acaso
tengo que poner un cartel de no tocar?! —grité
con la voz quebrada mientras me daba la vuela.
—Eres tú. Hasta que te encuentro —miré hacia arriba sorprendida ¿me estaba buscando? —Dios, nos diste un susto a todos —se agachó a mi lado y yo me alejé un poco de él, intentando ocultar mi rostro con el cabello y mirando hacia otro lado.
—Por favor, déjame sola.
—Son las dos de la madrugada, estás loca —tomó mi cabeza y la giró para que lo mirara. Intenté hace fuerza hacia el lado contrario para no hacerlo.
—Por favor, vete… —murmuré. Me llevé nuevamente la mano a los ojos y me los refregué para poder ver mejor el rostro de Tom.
—Estas… llorando —iba a hacerle un mal comentario pero me aguanté —tu madre está muy preocupada por ti, todos te buscábamos.
—Quiero estar sola —volví a insistir.
—Meer… —suplico —si quieres hablar…
—No quiero —cerré los ojos y tragué saliva intentando fallidamente contener las lágrimas.
—Es por Bill —los volví a abrir de golpe y lo asesiné con la mirada —no vale la pena llorar, yo sé por qué te lo digo.
—Tú no sabes nada —quité su mano de mi rostro y giré la cabeza.
—Ay, por favor, no seas terca —se quejó —ya deja de llorar, que te llevaré a casa…
—No —lo miré.
—Dios, pareces una muerta.
—Tú estarás muerto si me llevas a casa… —dije seria.
—Meer, no me obligues a llamar a todos —vale, perdí los nervios.
—¡No lo harás! ¡Tú no llamarás a nadie, simplemente te irás de aquí y me dejarás en paz! —le di un empujón —vete… —entonces Tom me cogió por los hombros.
—Tranquilízate… pareces una loca.
—¿¡Y cómo quieres que esté?! ¡¿Saltando por ahí y riendo de alegría?!
—Mira, si es por Bill…
—¡No es por Bill! —le grité fuertemente. Entonces él me soltó.
—¿Entonces?
—Me están matando… todos —susurré. Estaba fuera de mí. Decía sólo incoherencias... y lo peor es que me daba cuenta de ello. Aunque no podía hacer nada. Me sentía como una verdadera loca, no me podía controlar.
—Eso no es verdad…
—Estúpido.
—Sólo intento ayudarte —intentó rodearme con sus brazos pero yo lo esquivé.
—No necesito tu ayuda.
—Meer —volvió a insistir. Entonces me dejé hacer, me dejé abrazar y le di libre paso a mis lágrimas y a mis sollozos. Con una de sus manos comenzó a acariciar mi cabello —tranquila… todo estará bien, ¿sí? no te preocupes —me susurraba… me sentí protegida o querida de cierto modo, aunque sólo fuese por lástima. Lo abracé yo también y enterré mi rostro en su pecho ¿acaso era necesario tanto sufrimiento?
—Ya no puedo más —susurré entre los sollozos —Tom, ya no puedo más —como toda respuesta él me apretó aún más contra su cuerpo —no lo soporto…
—Estoy contigo… yo te apoyo. Confía en mí —no supe de donde saqué el valor para decir lo que dije.
—Bill ya no me quiere… —las palabras me salieron atropelladamente.
—¿Lloras por él? —dejé salir un quejido de mi garganta como toda afirmación.
—Por favor, no se lo digas.
—No —me dijo. Eso me alivió un poco.
—Llegué a arruinar
su vida—hipé —debería volver a Estados Unidos…—Eres tú. Hasta que te encuentro —miré hacia arriba sorprendida ¿me estaba buscando? —Dios, nos diste un susto a todos —se agachó a mi lado y yo me alejé un poco de él, intentando ocultar mi rostro con el cabello y mirando hacia otro lado.
—Por favor, déjame sola.
—Son las dos de la madrugada, estás loca —tomó mi cabeza y la giró para que lo mirara. Intenté hace fuerza hacia el lado contrario para no hacerlo.
—Por favor, vete… —murmuré. Me llevé nuevamente la mano a los ojos y me los refregué para poder ver mejor el rostro de Tom.
—Estas… llorando —iba a hacerle un mal comentario pero me aguanté —tu madre está muy preocupada por ti, todos te buscábamos.
—Quiero estar sola —volví a insistir.
—Meer… —suplico —si quieres hablar…
—No quiero —cerré los ojos y tragué saliva intentando fallidamente contener las lágrimas.
—Es por Bill —los volví a abrir de golpe y lo asesiné con la mirada —no vale la pena llorar, yo sé por qué te lo digo.
—Tú no sabes nada —quité su mano de mi rostro y giré la cabeza.
—Ay, por favor, no seas terca —se quejó —ya deja de llorar, que te llevaré a casa…
—No —lo miré.
—Dios, pareces una muerta.
—Tú estarás muerto si me llevas a casa… —dije seria.
—Meer, no me obligues a llamar a todos —vale, perdí los nervios.
—¡No lo harás! ¡Tú no llamarás a nadie, simplemente te irás de aquí y me dejarás en paz! —le di un empujón —vete… —entonces Tom me cogió por los hombros.
—Tranquilízate… pareces una loca.
—¿¡Y cómo quieres que esté?! ¡¿Saltando por ahí y riendo de alegría?!
—Mira, si es por Bill…
—¡No es por Bill! —le grité fuertemente. Entonces él me soltó.
—¿Entonces?
—Me están matando… todos —susurré. Estaba fuera de mí. Decía sólo incoherencias... y lo peor es que me daba cuenta de ello. Aunque no podía hacer nada. Me sentía como una verdadera loca, no me podía controlar.
—Eso no es verdad…
—Estúpido.
—Sólo intento ayudarte —intentó rodearme con sus brazos pero yo lo esquivé.
—No necesito tu ayuda.
—Meer —volvió a insistir. Entonces me dejé hacer, me dejé abrazar y le di libre paso a mis lágrimas y a mis sollozos. Con una de sus manos comenzó a acariciar mi cabello —tranquila… todo estará bien, ¿sí? no te preocupes —me susurraba… me sentí protegida o querida de cierto modo, aunque sólo fuese por lástima. Lo abracé yo también y enterré mi rostro en su pecho ¿acaso era necesario tanto sufrimiento?
—Ya no puedo más —susurré entre los sollozos —Tom, ya no puedo más —como toda respuesta él me apretó aún más contra su cuerpo —no lo soporto…
—Estoy contigo… yo te apoyo. Confía en mí —no supe de donde saqué el valor para decir lo que dije.
—Bill ya no me quiere… —las palabras me salieron atropelladamente.
—¿Lloras por él? —dejé salir un quejido de mi garganta como toda afirmación.
—Por favor, no se lo digas.
—No —me dijo. Eso me alivió un poco.
—Claro que no, si estás aquí es porque debes estar aquí. Así que deja de hablar estupideces… no puedes irte.
—Papá tampoco me dejaría volver porque soy un problema para él. Me odia —ya que estaba siendo sincera respecto a lo de Bill…
—No te odia. De seguro te ama mucho… sólo quiere lo mejor para ti —se separó de mi un momento —mírame —me obligó, con su mano en mi mentón, a levantar la cabeza —Meer, eres una chica hermosa, que va… hermosísima, y no es justo que llores de esta manera. Tienes que ser fuerte porque llorando no conseguirás arreglar ningún problema ¿entiendes? —bajé la mirada —¿entiendes lo que te estoy diciendo? —insistió. Asentí con la cabeza, no muy convencida y él volvió a cubrirme con sus brazos.
Bill se había olvidado de mí, y ya no me quedaba nada. Estaba sola en el mundo, sin nadie que me quisiera… y realmente me sentía mal. Me sentía una mierda. Como un objeto olvidado… un juguete viejo, algo inservible.
Ya era un hecho. Estaba condenada a ser infeliz por el resto de mi vida. Estaba condenada a no ser querida por nadie.
Me pregunté qué habría hecho yo… ¿Había hecho algo tan malo como para merecer esta vida? ¿Cómo para merecer a esa madre que tenía? ¿Y a ese padre?
Me desahogué todo lo que pude hasta que las lágrimas dejaron de salir y me respiración se volvió algo más normal. Ahora sólo tenía sueño y unas ganas inmensas de dormir hasta que todos los problemas desaparecieran.
—¿Estás mejor? —me preguntó Tom. Yo asentí con la cabeza.
—Sí, gracias… —mi voz aún salía con pequeños hipos.
—No tienes que agradecer.
—¿Me vas a llevar a casa? —le pregunté. Realmente no quería volver.
—Sí, no le he avisado a nadie que ya te encontré —resoplé cansada y me separé de él para levantarme.
—Ninguna palabra de esto a Bill. A nadie —dije seriamente. Tom asintió y luego se levantó. Comenzamos a caminar juntos hacia su coche que estaba estacionado a un lado del camino.
Él se subió y yo igual lo hice. Aunque en la parte de atrás, claro está.
Echó a andar el coche, pero medio segundo después su móvil sonó. Se lo quitó del bolsillo y atendió… yo escuché la conversación mientras miraba por la ventana.
—¿Hola? Yo la tengo, digo, la encontré. En un parque. Sí, voy para allá. ¿Cómo? ¿Y entonces dónde están? ¿Por qué mierda se separaron?... Siento no ser adivino… ¿Dónde estás?... No, no era nada. Ya te lo dije. Sí, está bien. No me lo dijo ¿Y cómo quieres que lo sepa?... Mejor hablamos luego. Sí, voy yendo hacia allá. Ok —cortó. Y debo decir que no entendí nada de nada. Me moría de curiosidad por preguntarle quien había sido. Pero quedaría como una metiche y no quería eso.
Apoyé mi cabeza en el vidrio, el cual estaba mojado y me dediqué a esperar. No quería llegar, puesto a que no quería volver a mi casa… pero vamos que tarde o temprano iba a tener que volver.
Tom detuvo el coche, entonces me di cuenta de que había que bajarse. Los ojos me comenzaron a picar de nuevo. Pero no me di tiempo para lamentaciones y abrí la puerta de golpe. Luego me bajé y la cerré. Tom me imitó aunque con más calma. Entonces se acercó a mí y me rodeó con su brazo hasta pegarme contra su cuerpo. Todo estaba oscuro. Comenzamos a caminar hacia la casa de Simone.
De pronto una luz nos alumbró y yo me
di la vuelta, al igual que Tom. Nos separamos. Cuando las luces se apagaron me
di cuenta de que provenían de un coche estacionado a unos pocos metros. Entonces
la puerta del coche se abrió. Y de allí salió Bill.

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