CAPITULO
5
—Hola, mamá.
—Hola —qué sincronización. Mamá encendió la luz y yo la miré con la mejor cara que tenía. Que no fuese a pensar mal. Pero es que la ropa que la niña traía puesta y el gesto de mi mano sosteniendo el hielo en su cabeza era un poco…
—¿Qué te pasó, querida? —entrecerró los ojos.
—No es nada, un golpe —le quitó importancia. Puse los ojos en blanco, un golpe en la cabeza es importante. Mamá le dio un beso a Meer en la mejilla y luego me besó en la frente, como siempre lo hacía… cuando yo estaba sentado, claro. Porque si yo estaba de pie… no alcanzaba aunque se pusiera de puntillas.
—Fue mi culpa —resoplé, responsabilizándome de todo. Mi madre me miró rápidamente con el ceño fruncido y luego volvió a mira a Meer.
—Este no te hizo nada, ¿no? —sabía a qué iba ese comentario. Dios… Por suerte, Meer no entendió nada y se limitó a reír. ¿Cómo podía creer mamá que yo iba a jugar con una niña tan pequeña? Claro que no, yo no le quería hacer daño… era tan inda y encantadora…
—Mamá —me quejé. Entonces ella volvió a mirarme. Me interrogó con la mirada y yo le di a entender que no pasaba nada… que no era nada. Pero claro, faltaban las palabras para que se lo creyera por completo.
Y disimulando su pregunta, para no sonar grosera, caminó hacia un mueble.
—¿Y qué haces aquí, Meer? —le preguntó, sacando la cacerola para preparar la cena. La dejó sobre la mesa y Meer la miró con sus ojitos hermosos, con una pizca de vergüenza, sin saber que decir.
—Su madre no está en casa… no tiene llaves y está lloviendo —contesté por ella… y para dejar a mi madre satisfecha añadí: —decidí traerla a casa…
—¡Ah! Qué bien. Tendremos una acompañante para la cena. ¿Te quedas, no? —la pequeña me miró y yo asentí rápidamente. Que se quedara… que se quedara todo lo que quisiera.
—Sí, se queda —contesté, para estar seguros. La mire con una sonrisa… a ella le había parecido bien… que bueno. Me levanté del asiento y quité la bolsa de su cabeza. Era mejor salir de la cocina ahora, luego mama nos pedía ayuda a cocina y eso era algo que no me agradaba hacer… es que se me pega hasta el agua —en la lavadora está su ropa… —le informé. Mi madre asintió desde dentro del refrigerador, con una pose bastante graciosa, levantando todo su trasero… muchas veces Tom y yo le habíamos dado con el pie y ella se enojaba. —¿vienes? —le pregunté a la pequeña.
—Hola —qué sincronización. Mamá encendió la luz y yo la miré con la mejor cara que tenía. Que no fuese a pensar mal. Pero es que la ropa que la niña traía puesta y el gesto de mi mano sosteniendo el hielo en su cabeza era un poco…
—¿Qué te pasó, querida? —entrecerró los ojos.
—No es nada, un golpe —le quitó importancia. Puse los ojos en blanco, un golpe en la cabeza es importante. Mamá le dio un beso a Meer en la mejilla y luego me besó en la frente, como siempre lo hacía… cuando yo estaba sentado, claro. Porque si yo estaba de pie… no alcanzaba aunque se pusiera de puntillas.
—Fue mi culpa —resoplé, responsabilizándome de todo. Mi madre me miró rápidamente con el ceño fruncido y luego volvió a mira a Meer.
—Este no te hizo nada, ¿no? —sabía a qué iba ese comentario. Dios… Por suerte, Meer no entendió nada y se limitó a reír. ¿Cómo podía creer mamá que yo iba a jugar con una niña tan pequeña? Claro que no, yo no le quería hacer daño… era tan inda y encantadora…
—Mamá —me quejé. Entonces ella volvió a mirarme. Me interrogó con la mirada y yo le di a entender que no pasaba nada… que no era nada. Pero claro, faltaban las palabras para que se lo creyera por completo.
Y disimulando su pregunta, para no sonar grosera, caminó hacia un mueble.
—¿Y qué haces aquí, Meer? —le preguntó, sacando la cacerola para preparar la cena. La dejó sobre la mesa y Meer la miró con sus ojitos hermosos, con una pizca de vergüenza, sin saber que decir.
—Su madre no está en casa… no tiene llaves y está lloviendo —contesté por ella… y para dejar a mi madre satisfecha añadí: —decidí traerla a casa…
—¡Ah! Qué bien. Tendremos una acompañante para la cena. ¿Te quedas, no? —la pequeña me miró y yo asentí rápidamente. Que se quedara… que se quedara todo lo que quisiera.
—Sí, se queda —contesté, para estar seguros. La mire con una sonrisa… a ella le había parecido bien… que bueno. Me levanté del asiento y quité la bolsa de su cabeza. Era mejor salir de la cocina ahora, luego mama nos pedía ayuda a cocina y eso era algo que no me agradaba hacer… es que se me pega hasta el agua —en la lavadora está su ropa… —le informé. Mi madre asintió desde dentro del refrigerador, con una pose bastante graciosa, levantando todo su trasero… muchas veces Tom y yo le habíamos dado con el pie y ella se enojaba. —¿vienes? —le pregunté a la pequeña.
Iríamos a mi habitación… no
pasaría nada malo, porque yo la voy a cuidar. Sé que mi madre se va a
escandalizar, pero no importa. Meer se encogió de hombros, que linda. Y luego
yo la cogí del brazo y la dirigí por las escaleras… una vez arriba, nos metimos
en mi habitación. Cerré la puerta y le solté el brazo. Me lancé sobre la cama y
suspiré, para decirle rápidamente:
—Aquí podemos esperar la comida.
—Si —dijo como si nada, mirando mi habitación… que curiosa.
—Deja de husmear en mis cosas y ven aquí —solté de golpe. La niña me miró haciendo un puchero, pero aun así se acercó.
Me sentí nervioso cuando se dejó caer a mi lado en la cama, a poca distancia de mí. Volteo su cabeza y me miró. Hizo una mueca de dolor, debido al golpe y se acomodó hasta quedar bien, su rostro quedaba justo frente al mío.
No pude hacer nada que no fuese alzar el brazo y depositar el hielo en su cabeza.
Sus ojitos no se despegaban de mí. Me observó y yo la observé, admirado por lo hermosa que podía llegar a ser esa pequeñita de tan solo catorce años. Sus ojitos hermosos, me observaban con curiosidad. Sus labios me parecían tan… suaves. ¿Habría besado a alguien alguna vez?, lo dudo, lo dudo mucho. Aunque quizás… bueno, es que esta niña estaba llena de sorpresas.
—Aquí podemos esperar la comida.
—Si —dijo como si nada, mirando mi habitación… que curiosa.
—Deja de husmear en mis cosas y ven aquí —solté de golpe. La niña me miró haciendo un puchero, pero aun así se acercó.
Me sentí nervioso cuando se dejó caer a mi lado en la cama, a poca distancia de mí. Volteo su cabeza y me miró. Hizo una mueca de dolor, debido al golpe y se acomodó hasta quedar bien, su rostro quedaba justo frente al mío.
No pude hacer nada que no fuese alzar el brazo y depositar el hielo en su cabeza.
Sus ojitos no se despegaban de mí. Me observó y yo la observé, admirado por lo hermosa que podía llegar a ser esa pequeñita de tan solo catorce años. Sus ojitos hermosos, me observaban con curiosidad. Sus labios me parecían tan… suaves. ¿Habría besado a alguien alguna vez?, lo dudo, lo dudo mucho. Aunque quizás… bueno, es que esta niña estaba llena de sorpresas.
La forma en que entrecerraba los
ojos y me observaba con detenimiento.
Entreabrió sus labios y dejó pasar el aire con fuerza. Su aliento me rozó y una sensación inexplicable se apoderó de mi cuerpo en ese momento.
Meer.
Entreabrió sus labios y dejó pasar el aire con fuerza. Su aliento me rozó y una sensación inexplicable se apoderó de mi cuerpo en ese momento.
Meer.
Y como estaba tan bobamente
preocupado de solamente prestarle atención a esa hermosura encarnada que tenía
como vecina, no escuché los pasos que se acercaban a la habitación. Me di
cuenta de que alguien había entrado, cuando ella dio un bote y apartó sus
ojitos de los míos. Me asusté. Mamá… si mamá me veía así con Meer, quizás que
idioteces pensaría y… No, era Tom. Pero qué suerte…
—Uy que ya te echaste otra novia, Bill —o quizás no ¡¿Cómo se le podía ocurrir al degenerado de mi hermano que yo podía estar de novio con esa pequeñez?! es una niñita, no puedo ser tan idiota. Meer volteó el rostro y miró a mi gemelo, quien cambió la cara al instante. Borró su sonrisa y me dedicó una mirada casi amenazante. ¿Se había puesto de acuerdo con mamá o qué? —oh… Meer —seguía estando sorprendido.
—Hola —lo saludó la niña como si nada. Tom no cambió el gesto y volvió a mirarme, advirtiéndome que no me fuese a meter con la pequeña, que no aceptara la apuesta con Andreas… Y es que conocía tan bien a Tom, que con tan sólo una mirada podía “escuchar” sus palabras. Pero él al parecer se había olvidado de que éramos gemelos y también había olvidado que yo no era de ese tipo de persona. No supe cómo explicarle que no pasaba nada… y eso me enojó. Tom me miraba como si yo fuese un… un…
—Tom, vete de aquí —lo eché, sin pensarlo.
—Sólo venía a avisar que la comida está lista —acabó por encogerse de hombros. Me di cuenta de que traía la misma ropa de ayer, cuando había salido “secretamente” con Helena. Pff, al menos una ducha antes, ¿no?
—¿Cuándo llegaste? —interrogué.
—Hace unos minutos —Así que Helena lo había mantenido entretenido todo este tiempo —no sabía que estabas con… —miró fugazmente a la pequeña y luego volvió a mirarme —Meer —me reprochó con la mirada, acusándome de algo que yo no había hecho y que no pensaba hacer. Decidí explicarle, a ver si le quedaba un poco más claro con palabras.
—Su madre no está en casa, no la podía dejar en la calle —¡no me creyó! el muy idiota no me creyó… Esto es indignante.
—Amm… Ok. ¿Bajan? —señaló hacia atrás. Puse los ojos en blanco… a veces Tom podía ser tan desesperante. Y eso que se suponía que el desesperante de aquí era yo. No me di cuenta cuando Meer ya se estaba poniendo de pie así que la imité. En eso, Tom ya se había retirado, seguramente para contarle a mamá… quien obviamente me regañaría por “aceptar” la apuesta de Andreas.
—Vamos —pasé al lado de la niña y salí de la habitación. Ella comenzó a caminar detrás de mí, podía escuchar sus pasos. A medida que bajaba las escaleras más ganas de entraban de volver a subir con la pequeña y encerrarme en la habitación para que ni Tom, ni mamá me pusieran incómodo durante toda la cena. Estaba seguro que eso es lo que harían.
Entramos en la cocina y en lo primero que me fije fue en Tom. Jamás me había fijado en su forma de comer, pero ahora estaba realmente avergonzado. Quizás que cosas pensaría Meer sobre mi familia.
Me senté frente a Tom y Meer a mi lado. No la quería mirar, pues estaba seguro de que me pondría como un bobo nuevamente al ver sus ojitos, o su rostro… Y es que no sabía dónde meterme.
Mamá dejó frente a Meer un plato de comida. Y como yo me di cuenta de que la niña estaba incómoda, decidí bromear un poco.
—¿Y yo? —me quejé falsamente.
—Tú después, sé caballero —me contestó mamá. Tom se burló y yo resoplé.
—No querrás que tu visita piense mal de ti —¡Pero que estúpido! Era obvio que yo no quería que Meer pensara mal de mí. Pero este ya se había pasado, su tono de voz no me gustaba para nada.
—Uy que ya te echaste otra novia, Bill —o quizás no ¡¿Cómo se le podía ocurrir al degenerado de mi hermano que yo podía estar de novio con esa pequeñez?! es una niñita, no puedo ser tan idiota. Meer volteó el rostro y miró a mi gemelo, quien cambió la cara al instante. Borró su sonrisa y me dedicó una mirada casi amenazante. ¿Se había puesto de acuerdo con mamá o qué? —oh… Meer —seguía estando sorprendido.
—Hola —lo saludó la niña como si nada. Tom no cambió el gesto y volvió a mirarme, advirtiéndome que no me fuese a meter con la pequeña, que no aceptara la apuesta con Andreas… Y es que conocía tan bien a Tom, que con tan sólo una mirada podía “escuchar” sus palabras. Pero él al parecer se había olvidado de que éramos gemelos y también había olvidado que yo no era de ese tipo de persona. No supe cómo explicarle que no pasaba nada… y eso me enojó. Tom me miraba como si yo fuese un… un…
—Tom, vete de aquí —lo eché, sin pensarlo.
—Sólo venía a avisar que la comida está lista —acabó por encogerse de hombros. Me di cuenta de que traía la misma ropa de ayer, cuando había salido “secretamente” con Helena. Pff, al menos una ducha antes, ¿no?
—¿Cuándo llegaste? —interrogué.
—Hace unos minutos —Así que Helena lo había mantenido entretenido todo este tiempo —no sabía que estabas con… —miró fugazmente a la pequeña y luego volvió a mirarme —Meer —me reprochó con la mirada, acusándome de algo que yo no había hecho y que no pensaba hacer. Decidí explicarle, a ver si le quedaba un poco más claro con palabras.
—Su madre no está en casa, no la podía dejar en la calle —¡no me creyó! el muy idiota no me creyó… Esto es indignante.
—Amm… Ok. ¿Bajan? —señaló hacia atrás. Puse los ojos en blanco… a veces Tom podía ser tan desesperante. Y eso que se suponía que el desesperante de aquí era yo. No me di cuenta cuando Meer ya se estaba poniendo de pie así que la imité. En eso, Tom ya se había retirado, seguramente para contarle a mamá… quien obviamente me regañaría por “aceptar” la apuesta de Andreas.
—Vamos —pasé al lado de la niña y salí de la habitación. Ella comenzó a caminar detrás de mí, podía escuchar sus pasos. A medida que bajaba las escaleras más ganas de entraban de volver a subir con la pequeña y encerrarme en la habitación para que ni Tom, ni mamá me pusieran incómodo durante toda la cena. Estaba seguro que eso es lo que harían.
Entramos en la cocina y en lo primero que me fije fue en Tom. Jamás me había fijado en su forma de comer, pero ahora estaba realmente avergonzado. Quizás que cosas pensaría Meer sobre mi familia.
Me senté frente a Tom y Meer a mi lado. No la quería mirar, pues estaba seguro de que me pondría como un bobo nuevamente al ver sus ojitos, o su rostro… Y es que no sabía dónde meterme.
Mamá dejó frente a Meer un plato de comida. Y como yo me di cuenta de que la niña estaba incómoda, decidí bromear un poco.
—¿Y yo? —me quejé falsamente.
—Tú después, sé caballero —me contestó mamá. Tom se burló y yo resoplé.
—No querrás que tu visita piense mal de ti —¡Pero que estúpido! Era obvio que yo no quería que Meer pensara mal de mí. Pero este ya se había pasado, su tono de voz no me gustaba para nada.
—Cierra la boca, Tom —podría haberle
dicho muchas cosas más pero Meer estaba con nosotros. Y al parecer mamá pensaba
igual que yo.
—A ver esos modales, chicos.
Quise asesinar a Tom. Vaya momento en el que decidía olvidarse de que era su hermano. Él y mamá pensaban que yo estaba obedeciendo a Andreas, cosa que yo nunca haría porque Andreas es un loco y Meer es una niñita. Es sólo cosa de mirarme para darse cuenta de que yo jamás querría jugar con la pequeña… pero es que estos son paranoicos. Seguro ya se imaginan a la madre de Meer reclamándome por dañar a su hija y armando el escándalo del siglo.
Mamá se sentó frente a Meer y clavó sus ojos en mí, igual que Tom… quien de pronto se había puesto completamente serio.
¿Por qué me hacían esto? me sentía culpable de algo que no había hecho… y ni siquiera podía mirar a Meer. Dios.
—A ver esos modales, chicos.
Quise asesinar a Tom. Vaya momento en el que decidía olvidarse de que era su hermano. Él y mamá pensaban que yo estaba obedeciendo a Andreas, cosa que yo nunca haría porque Andreas es un loco y Meer es una niñita. Es sólo cosa de mirarme para darse cuenta de que yo jamás querría jugar con la pequeña… pero es que estos son paranoicos. Seguro ya se imaginan a la madre de Meer reclamándome por dañar a su hija y armando el escándalo del siglo.
Mamá se sentó frente a Meer y clavó sus ojos en mí, igual que Tom… quien de pronto se había puesto completamente serio.
¿Por qué me hacían esto? me sentía culpable de algo que no había hecho… y ni siquiera podía mirar a Meer. Dios.
Tuve que interrumpir el silencio
que reinaba en la cocina, cuando vi como Meer dejaba sobre la mesa una
servilleta de papel hecha muño. La miré, evitando sus ojos y sintiéndome
completamente culpable para luego con toda la vergüenza del mundo preguntarle:
—¿Quieres otra servilleta? —no
esperé a que me respondiera y cogí una de las servilletas que habían en esa
cosa donde mamá las dejaba.
—Gracias —me contestó ella con su
vocecita angelical, al momento en que yo dejaba el papel sobre la mesa. El
resto de la cena pasó igual. Ellos me mataban con la mirada y yo no podía hacer
nada. ¿Dónde había quedado el buen humor? pobre Meer, de seguro ella se sentía
incómoda. Todo había sido culpa mía, por haber comentado lo de la apesta. No…
esperen. Todo fue culpa de Andreas. Ese idiota…
Tom no tardó en subir a su
habitación sin decir palabra. Eso me alivió un poco, aunque mamá aún seguía
comiendo frente a Meer, mirándome de vez en cuando y yo ni siquiera me atrevía
a desviar la mirada hacia el lado y ver disimuladamente a la niña. Entonces
terminé de comer, luego mamá y finalmente Meer. Cuando esta terminó, mi madre
se levantó de la mesa para recoger los platos.
—Tu ropa está lista. Ya la sequé,
está en la sala sobre el sillón —le dijo a Meer antes de voltearse. Miré a la
pequeña, esperando a que dijese algo. Pero ella sólo me miraba… estaba muda.
—¿Vamos? —le pregunté, frunciendo
un poco el ceño.
—Sí. Gracias, Simone —se levantó
de la silla sonriendo y yo la imité, comenzando a caminar hacia la puerta
—estuvo delicioso —al salir de la cocina, me sentí aliviado. Cogí la ropa
doblada sobre el sillón.
—Emm… cámbiate. Yo veré si llegó
tu mamá —le sonreí, dándole su ropa.
—Si —contestó cortada. Ni siquiera
dio las gracias, sólo se dio media vuelta y se dirigió hacia el baño. Tragué
saliva y me dirigí hacia la puerta… la abrí, sentí las molestas gotas golpear
mi cuerpo. Aun así, salí de casa y me fijé en la casa vecina, la de Meer. Su
madre si estaba. Tenía encendida la luz del farolillo que había al lado de la
puerta. Volví a entrar en la casa. Ya se tenía que ir… que mal.
—Bill —me llamó mi madre desde la
cocina. Cerré los ojos con fuerza e intentando no entrar en pánico y avancé
hacia la boca del lobo. Mamá me mataría —¿qué mierda tienes en la cabeza? —me
preguntó una vez estuve a su lado, en susurros, bastante enojada. Siempre me
decía lo mismo cuando me regañaba. No le contesté… era mejor no hacerlo en
estas situaciones —¿cómo se te ocurre llevar a esa niña a tu habitación? ¿qué
hicieron? —no me dejó contestar —más te vale no seguirle el juego a Andy —mamá
adora a Andreas. Pff —porque me veré obligada a hablar con la madre de Meer,
para advertirle…
—Hey, estás hablando con tu hijo
—la corté —se supone que eres mi madre, deberías conocerme lo suficiente, como
para saber que yo jamás haría lo que tú estás pensando. Sólo ayudé a Meer… nada
más. Y no me vengas a mirar de esa manera, mamá, porque no soy ningún depravado.
Tú me criaste, ¿lo recuerdas?
No me agradaba hablarle así. Pero
me había visto obligado a hacerlo… de no ser así, ella habría seguido
molestándome con eso por el resto de la semana y el mes, hasta que se le
olvidara… o quizá, hasta que yo dejara de hablar con Meer y volviera a ser todo
como antes, cuando nos ignorábamos mutuamente. Mamá no me contestó… sólo apartó
la vista y siguió haciendo sus cosas. Yo tenía la razón, lo sabía. Salí de la
cocina sintiéndome la persona más horrible del planeta y caminé hasta quedarme
cerca del baño, para esperar a la pequeña. No pasó ni medio segundo, cuando ella
ya estaba abriendo la puerta. Que rápida… Ella me dio la ropa, mi ropa… y yo la
recibí. Jamás vuelvo a lavar esta ropa. Digo, yo… la echaré a la lavadora. Eso.
—Tu madre ya llegó —le informé.
—Vale.
—¿Te acompaño? —aunque no quisiera,
la acompañaría igual.
—Si —se encogió de hombros. Se
veía aún más pequeña cuando hacía eso. Nos fuimos andando despacio hacia la
puerta. Ella la abrió y luego se quedó de pie en el lugar, seguramente
queriendo despedirse. Me di cuenta de que mágicamente, había dejado de llover.
—Oye, siento lo de la cena… —me
disculpé. Con lo incómoda que se había sentido seguro ya no quería volver a
cenar con nosotros.
—¿Por qué? Estuvo genial —sonrió.
Aparentaba muy bien.
—No soy tonto, me di cuenta de que
estabas incómoda —ella me miró sorprendida, sin verme directamente a los ojos.
Aunque yo si pude fijarme en los suyos que se achicaron al momento en que ella
sonrió.
—No importa —acabó por reír.
¿Quién como ella? Es perfecta. Y yo soy tan idiota que la hice sentir mal
durante la cena. Pegué un salto al escuchar un fuerte ruido proveniente de la
cocina. Algo se le había caído a mamá. Dios, ahora tendría que ayudarla a limpiar
las cosas y todo eso.
—Bueno… hasta otro día —mire a la
pequeña sonriendo. Ya se iba… aunque sólo a la casa del lado, no era tanto. Pero
es que la habría dejado encerrada en mi habitación para cuidarla… como su madre
no lo hacía, me desesperaba pensar que algo podía pasarle. Pff… ¿pero qué
idioteces pienso? Meer vive con esa mujer desde que nació y siempre ha estado bien.
Excepto hoy que me la había encontrado empapada y sin llaves. Me acerqué a ella
y le deposité un beso en su mejilla suavecita y tibia… que linda, incluso se
había puesto de puntillas… Y es que es tan pequeña.
—Sí. Gracias. —terminó de
despedirse. Entonces se dio media vuelta y comenzó a caminar hacia su casa.
Y ahora que lo pensaba bien… su
cuerpo no era nada feo. Podría no tener trasero, ni pechos voluminosos y
formados… Ni siquiera tenía caderas, por lo que era una “tabla” o al menos así
llamábamos Tom y yo a las chicas “sin forma”. El punto es que… su no-forma, su
cuerpo plano, me comenzaba a gustar. Le daba un aspecto más encantador. Se veía
frágil… Me di cuenta de que me había quedado como un idiota observándola entrar
en su casa. Cerré la puerta… y me dirigí hacia la cocina para hablar con mamá.

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