CAPITULO 28
Encendí la luz de la habitación y entré. Sentí una presión incómoda en el pecho y por dos segundos creí que tenía diecinueve nuevamente. Me angustié al darme cuenta de que esos días habían quedado en el pasado. Miré hacia la ventana y me acerqué andado despacio… abrí la cortina. Pude distinguir su ventana abierta, aunque sus cortinas estaban cerradas. No había luz en la habitación.
Me dirigí hacia la cama y me quité los zapatos, me lancé de espaldas. Extrañaba mi habitación… extrañaba eso días sin trabajo, sin preocupaciones… extrañaba esos días con Meer, extrañaba nuestras conversaciones nocturnas, nuestras salidas, sus labios, sus besos, su sonrisa. Nunca antes había deseado tan fuertemente volver el tiempo atrás. Me sentí tonto cuando me di cuenta de que se me había escapado una lágrima. Cerré los ojos con fuerza. La imagen de esta nueva Meer se me venía a la cabeza. Andreas tenía razón cuando dijo que Meer sería hermosa cuando creciera. Se podía decir que era la mujer perfecta, si se le restaba, obviamente, su actitud de chica mala. Aunque, en el fondo, también tenía algo encantador. El cambio que más me había sorprendido había sido su cuerpo. Nunca imaginé que ese cuerpo delgado y sin forma se convertiría en… algo así. Meer seguía siendo delgada, pero tenía curvas. Unas muy atractivas curvas.
Moría de ganas por verla de nuevo. Y es que aún no podía creer que estuviese en Alemania.
Me dirigí hacia la cama y me quité los zapatos, me lancé de espaldas. Extrañaba mi habitación… extrañaba eso días sin trabajo, sin preocupaciones… extrañaba esos días con Meer, extrañaba nuestras conversaciones nocturnas, nuestras salidas, sus labios, sus besos, su sonrisa. Nunca antes había deseado tan fuertemente volver el tiempo atrás. Me sentí tonto cuando me di cuenta de que se me había escapado una lágrima. Cerré los ojos con fuerza. La imagen de esta nueva Meer se me venía a la cabeza. Andreas tenía razón cuando dijo que Meer sería hermosa cuando creciera. Se podía decir que era la mujer perfecta, si se le restaba, obviamente, su actitud de chica mala. Aunque, en el fondo, también tenía algo encantador. El cambio que más me había sorprendido había sido su cuerpo. Nunca imaginé que ese cuerpo delgado y sin forma se convertiría en… algo así. Meer seguía siendo delgada, pero tenía curvas. Unas muy atractivas curvas.
Moría de ganas por verla de nuevo. Y es que aún no podía creer que estuviese en Alemania.
Dios… hoy sí que había sido un día de fuertes emociones, estaba más que cansado. Pero no podía dormir. Tenía a mi cabeza trabajando al cien por ciento, no podía dejar de pensar, de comparar, de recordar… Me daba cuenta de las cosas que había hecho mal el día de hoy, de cómo había hecho que quizás un “lindo reencuentro” se convirtiera en una pelea. Este no había sido de los mejores recibimientos. Meer no se merecía algo así. Pff. ¿Pero qué podía hacer ahora? Lo hecho estaba hecho y ya no había vuelta atrás, no podía cambiar nada.
La miré mientras ella se acercaba a mí a paso lento. Sentí como mi corazón aumentaba el ritmo. Se detuvo a escasos centímetros. Observé su rostro… era hermosa, realmente hermosa. Me perdí en sus ojos azules, sintiéndome flotar entre las nubes. Alcé la mano y toqué su mejilla delicadamente con los dedos… era suave. Miré sus labios entreabiertos… Me acerqué. Puse sentir su aliento rozar mi piel… pude sentir su aroma, su esencia. Deslicé su mano hasta su nuca, y la atraje hacia mí casi con miedo, hasta juntar nuestros labios. Me sentí arder… rodeé su cintura con mis brazos y me dediqué a sentir sus labios, a jugar con ellos. Ella me abrazaba por el cuello, impidiendo que me alejara de ella. Tampoco planeaba hacerlo.
Nos vimos en la obligación de separarnos un momento para tomar aire. La miré a los ojos y le sonreí. Sentí una fea sensación en el pecho, al no verla devolverme la sonrisa.
—¿Por qué, Bill? —Susurró… mientras se desvanecía entre mis brazos. Me desesperé, quise llorar y en ese momento…
Desperté.
Desperté agitado. Me costaba respirar, me sentía angustiado. Aún tenía la sensación de besar a Meer en el cuerpo, ese típico cosquilleo en el estómago y el corazón latiendo tan fuerte que en cualquier momento saldría disparado de mi cuerpo.
Tardé un poco en volver a la normalidad. Es que… el sueño había sido tan real que aún podía sentir sus labios. Me llevé las manos a los ojos… aún tenía un poco de sueño, pero… Bostecé, no tenía ganas de dormir. Me incorporé hasta quedar sentado sobre la cama. Abrí los ojos como platos y pegué un salto al darme cuenta de que tenía que trabajar ¡Llegaría tarde!
Entonces… recordé que tenía días libres. Me sentí como un completo idiota al olvidarme de eso. Podía volver a dormir, pero repito, no tenía ganas.
Me levanté de la cama y me metí en el baño. Me arreglé un poco la cara, el cabello… tenía pensado arreglar la habitación, comer algo y luego irme a casa para poderme duchar y vestir. Me sentía extraño estando con la misma ropa del día anterior.
Sacudí la cabeza, deseando que Meer desapareciera de ella y me dejara pensar en paz, pero se me hacía imposible. Estaba muy presente en mi mente, desde ayer… no había podido concentrarme en otra cosa que no fuese ella.
Salí del baño y me dirigí a mi antigua habitación… bah, seguía siendo mía de todas maneras, siempre lo sería. Me acerqué a la ventana, para abrirla y dejar pasar un poco de aire. Aún no miraba la hora, pero por el aspecto del cielo, me daba la impresión de que era bastante temprano.
Me quedé pegado a la ventana al escuchar el sonido del secador de cabello de Meer. Estaba despierta… se me había apurado el corazón de tan sólo pensar que ella estaba del otro lado de la ventana secándose el cabello. Me quedé un momento allí, quieto, escuchando. Ella seguramente tenía que ir a la escuela, por eso se levantaba a estas horas… uff, seguro estaba muerta de sueño, con lo tarde que nos habíamos ido a dormir todos. Recordé nuestra pelea de ayer y lo molesta que me había parecido su actitud. Parecía una chica cualquiera y hacía tiempo Meer no era una chica cualquiera, ella era Mery… era mía. Y era mía porque era diferente a las otras, era especial.
Suspiré. Meer apagó el secador de cabello… habría terminado. Yo clavé los ojos en la ventana.
Me quedé sin respiración y con los ojos abiertos a tope cuando vi a Meer en ropa interior abrir su cortina… dejándome ver ese cuerpo escultural que nada más ayer me había dado cuenta que tenía. Mis ojos se desviaron hacia sus pechos enseguida, cubiertos por ese brasier color negro. Miré su cintura, su ombligo… y su panza completamente plana. Me di cuenta de que llevaba jeans. Volví a mirar sus pechos, su cuello… hasta llega r a su rostro, a sus ojos. Estaba impresionado, no podía pensar algo coherente ahora. Vi claramente como ella fruncía el ceño, enojada.
—¡¿Qué miras?! —gritó en mi dirección. Pestañeé seguidas veces… me costó un poco entender sus palabras. Y como pude me aparté de la ventana. En el fondo sabía que estaba mal mirarla de esa manera. Dios… estaba hecho un manojo de nervios, se me había subido el color a la cara e incluso comencé a sentir ese tipo de calor ya conocido. Intenté respirar con normalidad… pero se me hacía imposible. La imagen se me venía una y otra vez a la cabeza, y no mentiré… me gustaba mucho.
Tardé un poco en volver a la normalidad. Es que… el sueño había sido tan real que aún podía sentir sus labios. Me llevé las manos a los ojos… aún tenía un poco de sueño, pero… Bostecé, no tenía ganas de dormir. Me incorporé hasta quedar sentado sobre la cama. Abrí los ojos como platos y pegué un salto al darme cuenta de que tenía que trabajar ¡Llegaría tarde!
Entonces… recordé que tenía días libres. Me sentí como un completo idiota al olvidarme de eso. Podía volver a dormir, pero repito, no tenía ganas.
Me levanté de la cama y me metí en el baño. Me arreglé un poco la cara, el cabello… tenía pensado arreglar la habitación, comer algo y luego irme a casa para poderme duchar y vestir. Me sentía extraño estando con la misma ropa del día anterior.
Sacudí la cabeza, deseando que Meer desapareciera de ella y me dejara pensar en paz, pero se me hacía imposible. Estaba muy presente en mi mente, desde ayer… no había podido concentrarme en otra cosa que no fuese ella.
Salí del baño y me dirigí a mi antigua habitación… bah, seguía siendo mía de todas maneras, siempre lo sería. Me acerqué a la ventana, para abrirla y dejar pasar un poco de aire. Aún no miraba la hora, pero por el aspecto del cielo, me daba la impresión de que era bastante temprano.
Me quedé pegado a la ventana al escuchar el sonido del secador de cabello de Meer. Estaba despierta… se me había apurado el corazón de tan sólo pensar que ella estaba del otro lado de la ventana secándose el cabello. Me quedé un momento allí, quieto, escuchando. Ella seguramente tenía que ir a la escuela, por eso se levantaba a estas horas… uff, seguro estaba muerta de sueño, con lo tarde que nos habíamos ido a dormir todos. Recordé nuestra pelea de ayer y lo molesta que me había parecido su actitud. Parecía una chica cualquiera y hacía tiempo Meer no era una chica cualquiera, ella era Mery… era mía. Y era mía porque era diferente a las otras, era especial.
Suspiré. Meer apagó el secador de cabello… habría terminado. Yo clavé los ojos en la ventana.
Me quedé sin respiración y con los ojos abiertos a tope cuando vi a Meer en ropa interior abrir su cortina… dejándome ver ese cuerpo escultural que nada más ayer me había dado cuenta que tenía. Mis ojos se desviaron hacia sus pechos enseguida, cubiertos por ese brasier color negro. Miré su cintura, su ombligo… y su panza completamente plana. Me di cuenta de que llevaba jeans. Volví a mirar sus pechos, su cuello… hasta llega r a su rostro, a sus ojos. Estaba impresionado, no podía pensar algo coherente ahora. Vi claramente como ella fruncía el ceño, enojada.
—¡¿Qué miras?! —gritó en mi dirección. Pestañeé seguidas veces… me costó un poco entender sus palabras. Y como pude me aparté de la ventana. En el fondo sabía que estaba mal mirarla de esa manera. Dios… estaba hecho un manojo de nervios, se me había subido el color a la cara e incluso comencé a sentir ese tipo de calor ya conocido. Intenté respirar con normalidad… pero se me hacía imposible. La imagen se me venía una y otra vez a la cabeza, y no mentiré… me gustaba mucho.

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