18 febrero, 2013

My obsession /Capítulo 34



























CAPITULO 34


—¿Qué… desean servirse? Y, amm… buenas tardes —tragué saliva. Realmente me sentía mal por todo esto. Podía notarlo en su voz, ella no estaba bien. Y es que me moría de ganas de abrazarla y pedirle disculpas y… agh. Es que haría lo que fuera para arreglar todo esto. Me había dado cuenta de que en realidad la quería más de lo que había imaginado… me había dado cuenta de que en todo este tiempo no la había podido olvidar. Y es que… era imposible, en un momento llegué a pensar que la había olvidado por completo, así como también pensé que ella jamás volvería. Pero me equivoqué. Yo nunca la podría olvidar. Meer había sido muy importante en mi vida. Y no sabía, realmente, si agradecer o maldecir el hecho de que ella hubiese regresado.
—Queremos un helado extra grande. Esta copa de aquí. La comeremos juntitos ¿no es así, amor? —pestañeé un par de veces. Me había llamado amor, jamás lo hacía… nunca lo había hecho antes. Asentí, como pude. Tendría que habar con Stella sobre esto, terminar nuestra relación o lo que sea que teníamos ahora mismo. Ya no quería seguir dañando Meer. Con todo esto seguro ella jamás querría volver a estar conmigo.
—Bueno, entonces, la copa grande… ¿algo más? —Dios, como me odio.
—Para mí nada… ¿Tú quieres algo, amor? —volví a tragar saliva. No sabía cómo iba a decirle todo esto a Stella. Me animé a levantar la cabeza y mirar a Meer. Ella tenía los ojos puestos en nuestra orden. Sujetaba el lápiz sobre el papel con fuerza.
—Yo…—quiero que me disculpes y arreglemos las cosas. Quiero que te quedes conmigo, quiero poder abrazarte como ates… deseo que me dejes quererte, que te encuentres bien, que ya no sufras por todo esto… quiero dejar de sentir ese agujero en el pecho, ese dolor punzante que me dificulta respirar. Te quiero a ti, Meer… —nada —contesté. Meer se fue y Stella tomó mi mano sobre la mesa. Entrelazó nuestros dedos ¿y ahora como le decía todo esto? lo único que quería era que me comprendiera.
—Stella, yo…
—Amor… —sonrió, cortándome. Aparté la mirada rápidamente, me sentía una basura —mi prima se casará dentro de poco y me preguntaba si querías acompañarme a la boda… sería lindo. Y a mi padre le agradaría —lo había olvidado… su padre. Stella podía decirle cualquier cosa. Precisamente por eso es que no me había alejado de ella antes. Pero… tenía que arriesgarme, ya estaba decidido. Además, las cosas de trabajo no tenían por qué mezclarse con la vida personal.
—No estoy seguro de poder ir. Yo… tengo que hablar contigo sobre…
—Pero Bill, será genial. Es que tú no sabes cómo son las bodas en mi familia ¡Son geniales! —solté su mano de la mía y me quedé en silencio un momento. No podía ir… de verdad que no podía ir. Eso podría significar alejar aún más a Meer… o peor aún, perderla para siempre.
—Stella, de verdad… no puedo ir —ella volvió a tomar mi mano.
—Verás cómo nos divertimos… —negué con la cabeza. Dejé de mirar a Stella y busqué a Meer. Estaba limpiando el desastre que había dejado en el suelo cuando Stella la había golpeado con la puerta —Bill… —me llamó mi no muy querida acompañante.
—Ya te lo dije… no puedo.
—¿Tienes algún compromiso? —Meer se levantaba. Acababa de terminar, ahora sacudía sus pantalones.
—No exactamente.
—¡Mesera! —Stella volvió a gritar —¿y el helado? —quité los ojos de Meer y los clavé en la mesa, al darme cuenta de que ella nos miraba —uy, como se tarda esta chica —alzó mi cara con una de sus manos —piénsalo, ¿si? —sonrió, pestañeando seguidas veces. Me aparté de ella. Incluso me daba culpabilidad tocarla. Aunque con todo lo que pasaba, que Meer viera a Stella tocándome el rostro era lo de menos.
Ella dejó la bandeja afirmada en un lado de la mesa, luego, puso una gigante copa frente a nosotros. Stella la había pedido… y yo no tenía idea de que era lo que comeríamos. Suspiré. Bien, tenía mucho tiempo para explicarle todo a Stella. Meer siguió acomodando las cosas. Las cucharas, servilletas y todo eso.
—¿Meer, no? —ella no contestó, la miré. Ya tenía la bandeja vacía frente a ella y nos miraba queriendo aparentar indiferencia —tienes algo en la mano… —bajé los ojos hasta llegar a su mano. Esas cicatrices… me dieron ganas de decirle a Stella que cerrara la boca, que dejara ese tema de lado. Era algo personal y era un recuerdo no muy agradable —es feo ¿qué te ocurrió? —ahora era cuando Meer se buscaba la manera para insultarnos a los dos. Lo sabía… ya conocía sus mañas y su complejo de niña mala.
—Por la culpa de Bill una puta como tú me quemó con aceite hirviendo —aparté los ojos, lo sabía. Y si, era mi culpa. Ya bastante culpable me sentía por todo lo que estaba pasando y ahora me sentía culpable, también, por lo de hace tres años.
—Ay, debió doler ¿es cierto, Bill? —tragué saliva. No lo iba a negar, no quería pelear con Meer ahora.
—Si —respondí. Miré su mano… esas marcas quizás nunca se quitarían. Ella, al darse cuenta de esto, la ocultó tras la bandeja… o al menos lo intentó.
—Pero yo no creo que haya sido tu culpa, mi amor. Habrá sido ella y su torpeza… — miré a Stella… ¿es que no podía cerrar la boca? estaba echando a perder todo esto… más de lo que ya estaba.
—Stella… —le hablé, haciéndole un gesto de que cerrara la boca de una vez.
—¿Ya me puedo ir? —volví a mirar a Meer, rápidamente.
—Claro, vete.
—No —solté de golpe. En seguida me di cuenta de lo que acababa de decir —digo, si —corregí, no muy convencido.
Meer me miró asesinándome con la mirada, para luego voltear e irse. La miré dejar la bandeja sobre un mesón… luego le dijo algo a otra chica y caminó hacia una puerta que había en el costado derecho. Sentí mi corazón latir con fuerza y me aterré. Se iba.
Tenía que ser ahora… tenía que hacerlo rápido.
Miré a Stella nuevamente. Esta ya me miraba desde antes.
—Stella, yo… no puedo ir a la boda de tu hermana. De hecho no… —tomé aire con fuerza —no puedo seguir con esto —ella apartó la mirada… se quedó en silencio un momento y luego volvió a mirarme.
—Es por Meer ¿verdad? —la miré impactado ¿y ella como sabía? —no estoy ciega, Bill. Puedo ver como la miras. Es especial para ti —afirmó. Pude notar como su ánimo se iba al suelo de golpe. No podía dejar que ella se pusiera como esas otras veces.
—No es que yo... quiero decir, agh. Eres una gran chica… una excelente persona, eres hermosa, inteligente y también eres muy tierna… —exageré un poco las cosas, pero es que no quería hacerla sentir mal —pero lamentablemente yo siento algo muy fuerte por Meer. Ella y yo tuvimos algo hace un tiempo. Pensaba que la había olvidado —suspiré —pero no fue así. De verdad, lo siento.
—No es nada, Bill. Yo… creo que me comporté mal. Sólo pensé que quizás entre nosotros podía pasar algo más o… no lo sé. Eran ideas estúpidas que se me venían a la cabeza —se levantó de la mesa, tomando su bolso. Ella temblaba. Me levanté para sujetarla del brazo, tenía la impresión de que en cualquier momento se desplomaba —no te preocupes por mí, puedo entenderte —soltó con un hilo de voz —sólo espero que no te arrepientas de esto —se apartó de mí y comenzó a caminar hacia la salida. La observé, inmóvil, como ella se pasaba la mano por los ojos y se apresuraba en abrir la puerta y abandonar el lugar casi corriendo.
Me quedé en blanco.
Tardé un poco en reaccionar y darme cuenta de lo que había hecho. Estaba… bien. No me sentía del todo conforme con esto, pero al menos me había quitado un problema de encima. Ahora venía lo más difícil, que era hablar con Meer.
Saqué dinero suficiente como para pagar el helado enorme ese y lo dejé sobre la mesa. Luego, apresuradamente y sin importarme quien estuviera mirando, abrí la misma puerta por la que había visto entrar a Meer hacía un rato… y pasé.
Cerré la puerta tras de mí. Me encontré con una sala ni tan pequeña, ni tan grande. Lo que sí, tenía alrededor de cuatro puertas además de la que había usado para entrar a ese lugar ¿y ahora como iba a saber dónde estaba Meer? Pff, no había otra manera de averiguando que abrir puerta por puerta. Me fui a la de la derecha… la primera.
La abrí con cuidado, era una oficina o algo así fue lo que vi. Meer no estaba allí, sólo había una señora en una computadora, jugando un juego de bolitas de colores. Cerré la puerta con cuidado, intentando no hacer ruido, no quería que me encontraran aquí… me podía ir mal. Me fui a la siguiente puerta, la abrí con cuidado… este era un baño. Volví a cerrarla despacio… y pasé a la siguiente. Lo único que quería era que Meer no se hubiese ido y que siguiera allí.
Abrí esta con mucho más cuidado que las anteriores. Pude reconocer su cabello. Estaba sentada en un sillón, calzándose las zapatillas. Me quedé en la puerta, inmóvil, observándola. Ya estaba vestida… de negro. Ahora solía vestir de ese color. Me gustaba… siempre me gustaron las chicas que se vestían así. Me parecían sexy, no lo sé, ideas mías.
Ella aún no se daba cuenta de que yo estaba aquí. Se puso esos guantes negros que ella tenía… y luego se levantó para ponerse la chaqueta. Me estaba dando la espalda, aún no podía verme. Y no quería saber cómo iba a reaccionar al darse cuenta de que yo estaba aquí. Buscó su uniforme de mesera en el suelo y lo metió dentro de un casillero. Lo cerró de un golpe, creo que ni siquiera le puso clave o algo así y luego se volteó.
Y me vio.
Su cara se transformó en una clara mueca de asombro. Vi como poco a poco sus mejillas iban tomando un color rojizo. Tragué saliva e intenté serenar los latidos de mi corazón.
—¿Qué haces aquí? Esto es privado, exclusivo para el personal —tardé un poco en contestar, tenía que pensar todo muy bien. Cada palabra podía ser un arma de doble filo… no sabía cómo ella podía interpretar las cosas o reaccionar. Ya me estaba volviendo paranoico, es que eran tantas mis ganas de arreglarme con ella que incluso me daban nervios mirarla.
—Vengo a hablar contigo.
—¿Otra vez? No. No estoy para juegos, me voy de aquí —caminó hacia mí, hacia la puerta. No podía dejar que se fuera sin hablar ante con ella. Sin antes aclararlo todo —por favor muévete y déjame ir, que no me siento nada bien —¿y ahora que le pasaba? Algo tenía y yo ni siquiera me había dado cuenta.
—¿Qué? ¿te duele algo? —la analicé con la mirada, intentando encontrar algo extraño en ella.
—Quiero salir de aquí —hizo una pequeña rabieta, golpeando el piso con el pie.
—No te lo permito… —Cerré la puerta a mis espaldas. No me sentía muy cómodo encerrándola aquí, pero no podía ser de otra manera. Meer me miró casi suplicante.
—Déjame salir.
—No quiero que te vayas —pedí. Meer pareció cambiar de actitud. De pronto la noté intranquila, débil. Comenzó a mirar en todas direcciones, parecía… ¿asustada? No, no era asustada… ella estaba…
—Por favor, no me hables así. Ya… deja de decirme esas cosas. Ya deja de… hacerme… esto. Por favor —se alejó de mí, mirando el suelo. Pestañeé un par de veces repitiendo sus palabras en mi mente.
—¿Hacerte qué? —me aterré. A lo mejor le estaba hacendó algo más y yo ni idea tenía. A demás, claro, de todo lo mal que yo la había hecho sentir antes. Me acerqué a ella. Estaba seguro de que ella se apartaría o me apartaría a mí de un empujón, pero no lo hizo.
—No me gusta que me hagas daño —murmuró. Me quedé sin respiración… sentí un fuerte pinchazo en el pecho. Ahora no era Tom quien me lo decía… ahora era la misma Meer —deja de hacerlo… —pero… yo no quería dañarla. Todo había sido sin pensarlo, sin una mala intención…
—Meer, yo no quiero hacerte daño… —apenas pude hablar, no me salía la voz —yo quiero disculparme… y, quizás, arreglar las cosas —añadí.
—No haces un buen trabajo —siguió hablando, sin mirarme. Me estaba desesperando. Me di cuenta de que jugaba con sus manos y entrelazaba sus dedos, nerviosa.
—Intento hacerlo lo mejor que puedo… —quise explicarme —pero veo que nada me sale bien. Ya no quiero insultarte… no quiero hacerte sentir mal. Esas no son mis intenciones… —lo dudé por un segundo, pero finalmente lo hice. Tomé sus manos con cuidado. Ella no se apartó.
—Tus actitudes demuestran lo contrario…
—Lo siento… yo intento hacerlo lo mejor que puedo… —sus dedos estaban fríos. Quise mirarla a los ojos, para darle a entender que todo lo que decía era verdad. Pero ella no quitaba la vista del suelo.
—¿Y Stella?
—Ella… cree que es mi novia —o creía…
—¿No lo son? —preguntó. Me miró fugazmente y volvió a apartar los ojos. Miré nuestras manos… me gustaba verlas así.
—No —negué con la cabeza.
—Estoy segura de que tú la hiciste creer que si lo eran —separó sus manos. Yo volví a tomarlas, sin sabes que decir. En el fondo, había sido yo el que había permitido que todo esto llegara tan lejos. Nos quedamos en silencio un momento. Comencé a acariciar sus dedos, despacio, con delicadeza. El resto de su mano estaba cubierta con sus guantes —nosotros tampoco fuimos novios —¿qué? Bueno… no habíamos sido novios formalmente, pero actuábamos como tales. Y lo principal: nos queríamos. Nos amábamos.
—¿Por qué dices eso? —me di cuenta de que me había quedado paralizando y seguí a lo mío… acariciando y jugando con sus dedos.
—Nunca me lo pediste, ni yo a ti —resoplé. Al parecer Meer no lo entendía muy bien.
—Pero no se trata de pedirlo, Meer... —intenté explicarle lo mejor que pude. En ese momento no podía pensar algo mejor —se trata del cariño.
—¿Tú quieres a Stella? —de todo lo que me podía contestar, no se me pasó por la cabeza que me preguntara algo así.
—En realidad… no. Ni siquiera como una amiga… Sólo le tengo aprecio. Nada más —intenté sonar seguro, y es que esa era la verdad. Meer se mordió el labio inferior.
—¿Y me quisiste a mí? —¿Que si la había querido? ¡Era más que quererla!
—Si… —ella se quedó en la misma posición. Noté como sus mejillas volvían a enrojecer.
—Entonces... —esperó un momento antes de seguir —sí éramos novios— ya comenzaba a pensar que todo iba mejorando. Esta era la mejor conversación que habíamos tenido hasta ahora.
—Sí. Y me gustaría que… eso pasara de nuevo —esperé… quería que me contestara algo, cualquier cosa. Obviamente prefería más una respuesta afirmativa. Pero ella no habló —quizás, si tú me dieras una oportunidad… Sólo una —aguanté la respiración esperando su respuesta. Me sentí totalmente quebrado al ver como ella negaba con la cabeza.
—No quiero, Bill —esas eran las peores palabras que podría haberme dicho en un momento como este. Los ojos me picaban —me da… miedo —aparó sus manos y se alejó un poco, en dirección a la puerta, que ahora estaba libre. Pude notar una lágrima deslizarse por su mejilla. Todo lo que pasaba era mi culpa. Yo me lo merecía, pero Meer… ella no se merecía algo así.
—Por favor… —supliqué. Entonces ella alzó la cabeza y me miró directamente a los ojos. Podía ver el dolor en ellos, podía darme cuenta de todo lo que ella sentía en este momento.
—No —volvió a apartar la vista. Se acercó a la puerta, la abrió… se llevó una mano a los ojos y corrió,
—¡Meer! —grité. Pero ella no se detuvo. Para cuando salí de la habitación ella ya había abierto la cuarta puerta, que era justamente la que daba hacia la calle —¡Meer, detente! —seguí gritando. Ella parecía no escucharme y simplemente seguía corriendo. No podía dejar que se fuera.
La seguí, gritando su nombre repetidas veces. Pero ella seguía sin escucharme, sin prestarme atención. Me desesperaba la situación, no quería perderla, me aterraba la idea de que ella nunca más fuese mía. Mi chica, mi novia, mi Meer… mi Mery.
No la perdí de vista ni por un segundo.
—¡Meer! —seguí gritando. Hasta que ella se detuvo. Me detuve yo también para tomar un poco de aliento, estaba agotado. Pero ni siquiera me dio el tiempo para respirar, cuando me di cuenta de que un coche iba directo hacia Meer… ella se había detenido justo en medio de la calle —¡muévete de allí, Meer! —grité con todas mis fuerzas empezando a correr. Ella se volteó a mirarme. La bocina de ese coche sonó… —¡no! —me detuve de golpe, perdí de vista a Meer.
Esto no podía estar pasando. Todo estaba mal, esto tenía que ser una pesadilla. Eran demasiadas desgracias juntas.


No hay comentarios:

Publicar un comentario