CAPITULO
1
Abrí los ojos lentamente. Ya había
salido el sol. La luz se calaba por entre las cortinas color rosa de su
habitación. Ella aún seguía desnuda y dormida sobre mi cuerpo. Respiraba
profundamente, con la boca entreabierta. Parecía un verdadero ángel. Era
hermosa, era mi novia, Helena. Quizás, lo que más me gustaba de ella era su
cuerpo… Y es que tenía el cuerpo de una diosa. O a lo mejor, parte de su
encanto era su cabello rubio… siempre olía delicioso. Era un olor dulce,
riquísimo, que me despertaba el apetito. O a lo mejor sus ojos, o sus labios. O
sus besos… o su habilidad en la cama.
Lo nuestro no iba a durar demasiado, lo tenía claro. Llevábamos un mes saliendo y, al menos desde mi punto de vista, nuestra relación era más física que amorosa, o química… o lo que sea. Pero no por eso, ella iba a dejar de gustarme. También me gustaba la ropa que usaba. Sus pantaloncillos cortos, bien ajustados, me ponían como un loco. Tenía el trasero más bonito que había visto en mi vida. Lo sé, soy un idiota. Pero no puedo dejar de fijarme en esas cosas.
Por otra parte, ella es una chica encantadora. Un poco chillona y celosa… pero podía vivir con eso. Al menos por un tiempo. Como dije anteriormente, lo nuestro no duraría demasiado. Yo no la amaba. Pero ella… ella tenía algo que la hacía parecer la persona más atractiva del mundo antes mis ojos. A lo mejor suena superficial… pero al no estar con nadie, y teniendo a Helena… estaba bien. Al menos para mí. A demás, Tom opinaba igual que yo: Helena tenía un cuerpo hermoso.
Ella se movió un poco, soltando un quejido con la garganta. Ya estaba despierta…
Alzó la cabeza lentamente y con los ojos entrecerrados, me miró. Yo le sonreí, como siempre, y acerqué mis labios a los suyos para besarla.
—Buenos días, dormilona —la saludé, luego de habernos separado.
—Hola, Billy —ella sonrió traviesa, aún con los ojos entrecerrados por el sueño. —¿cómo dormiste, lindo? —bostezó.
—De lo mejor. —suspiré —¿Qué hora es? —Helena estiró uno de sus brazos para coger su móvil que estaba sobre la mesita de noche.
—Las doce. —murmuró. —mm… no hemos dormido mucho. —volvió a dejar el aparato sobre la mesita de noche. Suspiré. Tenía que irme. Andreas venía a casa hoy, para recordar viejos tiempos junto a Tom. Cuando éramos unos pequeños y lo único que hacíamos era jugar a juegos de computadora. Para compartir los tres, como los tres mosqueteros… tomar unas cervezas y hablar sobre las chicas. ¿Qué mejor que una tarde entre amigos? Nada.
—Tengo que irme. —le informé a mi novia, moviéndome un poco. Ella se levantó de golpe y me miró… no pude evitar clavar mis vista en una zona de su cuerpo que…
—Billy, no te vayas todavía. —me pidió, con esa voz sexy que me ponía cada vez que quería convencerme de algo. Me obligué a subir la mirada, para clavarla en su rostro y no en sus pechos. Era verdaderamente difícil.
—Tengo que irme… mañana nos vemos, ¿sí? —me incorporé en la cama, apartando la vista de su cuerpo. Ella bufó y luego corrió las sábanas hacia un lado para levantarse.
Los ojos se me fueron hacia donde no se tenían que ir… y la observé desnuda, mientras se dirigía hacia el armario para coger una bata y unas dos toallas.
—Pues, bien. Vete —se había enojado. Pff. Estiré la mano para coger mis bóxers, mientras ella se cubría con una bata de baño color blanco.
Me puse la ropa interior, antes de levantarme de la cama, y rápidamente me acerqué a ella, quien me miraba, con un puchero en sus sexys labios.
—Amoooor, hermosa, no te enojes… —alargué las palabras hasta llegar a su lado, y antes de que ella saliera por la puerta, la cogí de la cintura y la pegué a mi cuerpo. Sin tacones era más bajita. Había quedado a la altura de mi pecho.
—Es que quiero estar contigo.
—Helena, no seas tontita. Mañana vendré a por ti y nos iremos a comer a alguna parte, ¿sí?– Ella asintió y luego alzó la vista, para mirarme. Esquivé sus ojos como pude, y me acerqué a sus labios, para besarla.
—Aprovecharé para ir de compras con Collen. —dijo en cuanto nos separamos.
—Muy bien, diviértete. —le sonreí ampliamente.
—Tú también, Billy. Nos vemos. —me devolvió la sonrisa y me volvió a besar. Luego se separó de mí y salió de la habitación, cerrando la puerta.
Suspiré. Por suerte no le había dado la de “quiero estar contigo vayas donde vayas, cueste lo que cueste”. Había días en los que no me dejaba solo en ningún momento. Y eso me desesperaba. No es que no me agradara la compañía de Helena… Sólo que a veces se ponía demasiado… ¿obsesiva?
Lo nuestro no iba a durar demasiado, lo tenía claro. Llevábamos un mes saliendo y, al menos desde mi punto de vista, nuestra relación era más física que amorosa, o química… o lo que sea. Pero no por eso, ella iba a dejar de gustarme. También me gustaba la ropa que usaba. Sus pantaloncillos cortos, bien ajustados, me ponían como un loco. Tenía el trasero más bonito que había visto en mi vida. Lo sé, soy un idiota. Pero no puedo dejar de fijarme en esas cosas.
Por otra parte, ella es una chica encantadora. Un poco chillona y celosa… pero podía vivir con eso. Al menos por un tiempo. Como dije anteriormente, lo nuestro no duraría demasiado. Yo no la amaba. Pero ella… ella tenía algo que la hacía parecer la persona más atractiva del mundo antes mis ojos. A lo mejor suena superficial… pero al no estar con nadie, y teniendo a Helena… estaba bien. Al menos para mí. A demás, Tom opinaba igual que yo: Helena tenía un cuerpo hermoso.
Ella se movió un poco, soltando un quejido con la garganta. Ya estaba despierta…
Alzó la cabeza lentamente y con los ojos entrecerrados, me miró. Yo le sonreí, como siempre, y acerqué mis labios a los suyos para besarla.
—Buenos días, dormilona —la saludé, luego de habernos separado.
—Hola, Billy —ella sonrió traviesa, aún con los ojos entrecerrados por el sueño. —¿cómo dormiste, lindo? —bostezó.
—De lo mejor. —suspiré —¿Qué hora es? —Helena estiró uno de sus brazos para coger su móvil que estaba sobre la mesita de noche.
—Las doce. —murmuró. —mm… no hemos dormido mucho. —volvió a dejar el aparato sobre la mesita de noche. Suspiré. Tenía que irme. Andreas venía a casa hoy, para recordar viejos tiempos junto a Tom. Cuando éramos unos pequeños y lo único que hacíamos era jugar a juegos de computadora. Para compartir los tres, como los tres mosqueteros… tomar unas cervezas y hablar sobre las chicas. ¿Qué mejor que una tarde entre amigos? Nada.
—Tengo que irme. —le informé a mi novia, moviéndome un poco. Ella se levantó de golpe y me miró… no pude evitar clavar mis vista en una zona de su cuerpo que…
—Billy, no te vayas todavía. —me pidió, con esa voz sexy que me ponía cada vez que quería convencerme de algo. Me obligué a subir la mirada, para clavarla en su rostro y no en sus pechos. Era verdaderamente difícil.
—Tengo que irme… mañana nos vemos, ¿sí? —me incorporé en la cama, apartando la vista de su cuerpo. Ella bufó y luego corrió las sábanas hacia un lado para levantarse.
Los ojos se me fueron hacia donde no se tenían que ir… y la observé desnuda, mientras se dirigía hacia el armario para coger una bata y unas dos toallas.
—Pues, bien. Vete —se había enojado. Pff. Estiré la mano para coger mis bóxers, mientras ella se cubría con una bata de baño color blanco.
Me puse la ropa interior, antes de levantarme de la cama, y rápidamente me acerqué a ella, quien me miraba, con un puchero en sus sexys labios.
—Amoooor, hermosa, no te enojes… —alargué las palabras hasta llegar a su lado, y antes de que ella saliera por la puerta, la cogí de la cintura y la pegué a mi cuerpo. Sin tacones era más bajita. Había quedado a la altura de mi pecho.
—Es que quiero estar contigo.
—Helena, no seas tontita. Mañana vendré a por ti y nos iremos a comer a alguna parte, ¿sí?– Ella asintió y luego alzó la vista, para mirarme. Esquivé sus ojos como pude, y me acerqué a sus labios, para besarla.
—Aprovecharé para ir de compras con Collen. —dijo en cuanto nos separamos.
—Muy bien, diviértete. —le sonreí ampliamente.
—Tú también, Billy. Nos vemos. —me devolvió la sonrisa y me volvió a besar. Luego se separó de mí y salió de la habitación, cerrando la puerta.
Suspiré. Por suerte no le había dado la de “quiero estar contigo vayas donde vayas, cueste lo que cueste”. Había días en los que no me dejaba solo en ningún momento. Y eso me desesperaba. No es que no me agradara la compañía de Helena… Sólo que a veces se ponía demasiado… ¿obsesiva?
Busqué mi ropa por la habitación y
me la puse. Me acomodé un poco el cabello para no estar tan despeinado, y luego
me puse la chaqueta. Aproveché de abrir las cortinas de la habitación… y luego
salí de allí, antes de que ella saliera de la ducha. Seguramente el maquillaje
se me había corrido. Pero no quería estar un segundo más en esa casa, sentía la
necesidad de salir de allí cuanto antes. Me subí en el coche de Tom, me lo
había pasado ayer… ya que el mío lo había chocado y ahora necesitaba comprarme
uno nuevo, de hecho, mi nuevo coche estaba aún en trámites, lo tendría dentro
de poco.
Cerré la puerta, le eché una
última mirada a la casa y luego encendí el motor, para largarme de allí cuanto
antes. Quizás tendría que volver a replantearme lo que había estado pensando
hacía dos días… cortar con Helena. Pero no… no podía hacerlo, ella era
demasiado hermosa. Seguro muchos chicos más la querían. Pero yo la tenía… y
ella era mía, sólo mía. Eso me hacía sentir como un ganador. Detuve el coche
frente a mi casa, en realidad, la casa de mamá. Pronto volvería a vivir en mi
casa… Tom y yo no habíamos aguantado ni siquiera una semana viviendo solos.
Necesitábamos a mamá, para que nos hiciera la comida, lavara nuestra ropa y nos
atendiera. Me pasé las manos por los ojos, mirándome en el espejo retrovisor,
para quitar manchas de maquillaje de mi rostro. Luego me bajé del coche y entré
a mi casa… Mamá no estaba. No había salido de donde fuese que estuviera para
saludarme, como siempre.
Y Tom… probablemente estaría
durmiendo aún. Me apresuré en subir las escaleras y meterme en mi habitación.
Sentí el móvil vibrar en mi bolsillo, pero no le di importancia, seguramente
era Helena. Me acerqué a la ventana y la abrí para que entrar aire en la
habitación. No pude evitar fijarme en la casa del lado. Esa era la habitación
de la pequeña… ¿Cómo era su nombre? No lo recuerdo… Que va, sólo era esa niña
que había sido nuestra vecina desde que yo tenía memoria.
Luego de eso, cogí ropa y toallas…
y salí de la habitación dispuesto a darme una buena ducha.
—¡Bill, el control de la TV no
tiene baterías! —escuché a Tom gritar desde el salón. Resoplé. Llevaba
gritándome lo mismo desde que había salido del baño… y ya estaba cansado de
responderle. Suspiré, Tom me hacía perder los nervios… Y seguí pasándome el
delineador por el ojo derecho. En poco tiempo ya podría ir a comprarle las
putas baterías. Ya que muy idiota no podía ir, porque estaba en pijamas, o ropa
interior. Terminé con el delineador, y lo metí en el estante del baño. Ya
estaba listo… Me miré al espejo, buscando alguna anormalidad en el maquillaje o
que se yo… pero estaba perfecto. Por lo que me apresuré en salir del baño y
apagar la luz. Bajé las escaleras a paso rápido y miré la hora en el reloj de
la cocina. Había estado cerca de dos horas, o más, metido en el baño. Pero el
agua me había relajado…
—¡Hasta que bajas!, ¿sabes lo difícil
que es hacer zapping cuando no tienes el control de la TV? ¡Tienes que
levantarte del sillón y darle al botoncito! ¡Y si no te gusta lo que dejaste
tienes que hacerlo de nuevo! —se quejó Tom, exagerándolo todo. Seguramente no
estarían dando sus programas favoritos de porno a esta hora, o no había pillado
una de esas películas para mayores de dieciocho.
—Cálmate… —y ahora el relajado era yo. Qué cosas. Me metí
en la cocina y saqué un puñado de cereales sabor chocolate. Volví a salir y me
senté en el sillón, al lado de Tom. Que hambre… no había comido nada en todo el
día.
—¿Vas a comprar mis baterías?
—Si —Tom frunció el ceño. Había
sólo tres cosas en el mundo que lograban desesperarlo: No tener el control de
la TV en buenas condiciones, que no pasaran películas sucias cuando tenía ganas
de verlas… y yo — oh, vamos, Bill… —me metí el último cereal a la boca y me
levanté del sillón. Que pereza me daba ir a comprar… El pequeño local quedaba
cerca pero… Pff. Odiaba comprar allí. —me abres la perta porque no llevo
llaves. —revisé mis bolsillos. Si tenía dinero… por suerte.
—Ok, ok… pero ya anda. —uy, pero
que apurón. Me dirigí hacia la puerta a paso rápido… pero antes de que la
abriera, Tom me llamó—: Bill…
—¿Ah?
—Helena llamó. —me informó. Rolé
los ojos. Helena no me dejaba tranquilo… ¿O es que no entendía que yo tenía
vida? —dijo que la llamaras después.
—Ok —Abrí un poco la puerta.
—Y otra cosa —me detuve al
instante y lo miré. Él me estaba mirando con una enorme sonrisa en el rostro
—quiere salir conmigo “a escondidas”, ¿me la dejas de nuevo? —suspiré.
—Pero que tu chica no se entere.
—No se enterará —me guiñó un ojo. Entre Tom y
yo, como gemelos, no había cosa que no compartiésemos. Todo lo mío era de él, y
todo lo suyo era mío, éramos como una sola persona… siempre había sido así. Y
yo, podría ser celoso con mi novia si se trataba de cualquier otro chico,
excepto con Tom. Me di media vuelta y volví a abrir la puerta, para esta vez sí
poder salir… tenía que comprar esas malditas baterías. Miré hacia los lados,
costumbre estúpida que había adquirido con el tiempo… Me fijé, en que la
chiquita del lado caminaba hacia su casa, seguramente volviendo de la escuela.
Le sonreí, era una pequeña encantadora. Tenía un rostro angelical, y era de
tamaño portátil… realmente muy bajita, y delgada. Su cabello era negro… tenía
pocas ondas y le llegaba a la espalda… me dio la impresión de que era un
cabello muy suave, o al menos lo parecía. Ella me devolvió la sonrisa, se veía
aún más pequeña cuando sonreía. Era una ternura con patas. Cerré la puerta de
casa y comencé a caminar… Ella bajó la mirada. Y yo aproveché para escanearla…
me detuve en sus jeans. Me pareció extraño, pues tenían un gran corte en forma
de 7 justo en la rodilla. Me di cuenta demasiado tarde, que había soltado una
risa.
Ojala ella no lo hubiese notado…
después podía pensar que me había burlado. Mi madre y su madre eran amigas.
Aunque su madre no me parecía una persona muy… correcta. Siempre la veía con
hombres diferentes entrando a su casa. Y… tampoco me agradaba la forma en que
me miraba. Al parecer, entre los dos gemelos, su favorito era Tom. Pero a mí no
me importaba y nunca me importaría. Esa mujer no era mi madre, sólo era la
amiga de mamá que no me caía muy bien. Aunque, a decir verdad, su hija era todo
lo contrario. Se notaba tímida. Escuché como la niña, de la cual aún no lograba
recordar el nombre, cerraba a puerta de su casa. Me apresuré en llegar a la
tienda… Cogí barrerías y algo para comer, y después le pagué a la señora. Una
mujer un poco gordita, de mejillas extremadamente rojas y cabello
rubio/amarillo/pollo/putón/mal tinturado, lleno de ondas y muy corto. La mujer
tenía una hija de mi edad… Y había sido una de mis novias, cuando tenía quince.
Recuerdo que la mujer no nos dejaba tranquilos. Ni siquiera podíamos besarnos…
era como si ella estuviese en todas partes.
Volví a casa, comiendo la barra de
chocolate que me había comprado… Piqué al timbre, y nada más abrirme la puerta,
Tom me arrebató las baterías y corrió en busca del control de la TV. Me
sorprendí al verlo ya vestido. Que rápido. Me lancé en el sillón a su lado,
mientras él comenzaba a hacer zapping con gusto… nos pusimos a hablar sobre
cosas sin importancia, hasta que recordé a la pequeñita del lado.
Es que… ella llamaba un poco la
atención.
—Oye, Tom. —lo llamé. Él hizo un
sonido con la boca, dando a entender que me había escuchado —¿Cómo es que se
llama la chiquita del lado?
—¿Hablas de Meer?
—¿Meer? ¡Claro!
—Aham… Pues, se llama Meer —pff.
—Ya lo sé.
—¿Entonces por qué lo preguntas?
—me miró alzando las cejas.
—Idiota —me quejé.
—¿No recordabas su nombre? —soltó
una risotada. Yo negué con la cabeza —si no es tan difícil. Repite conmigo:
Meer, Meer, Meer, Meer.
—Ya basta, Tom.
Meer… Meer… Meer.
Lindo nombre. Como el mar… como sus
ojos azules. Que ojos más bonitos tenía la niña esa… Seguro los había sacado de
su madre. Sólo el color, digo, que la forma de mirar era totalmente distinta.
—¿Ya te aprendiste el nombre? —me preguntó Tom, bromeando. Ya que me había quedado en silencio un buen rato.
—Que si… —me iba a poner a decirle unas cuantas cosas más, pero en ese momento picaron al timbre. Seguro era Andreas.
—Anda, Bill. Abre la puerta. —Me ordenó Tom. Fruncí el ceño, y queriendo estrangularlo, me levanté del sillón con toda la pereza del mundo…
—A la otra vas tú —le dije, antes de abrir la puerta —hasta que llegas, pasa —le dejé espacio al pollo que tenía como amigo para que pasara dentro de la casa. Lo de pollo iba por el cabello. Tenía el mismo tono de tintura que la señora gorda del negocio de la esquina. Cerré a puerta, dando un portazo.
—Es que… no te imaginas lo que me pasó —se quitó la chaqueta…
—¡Andreas! —lo saludó Tom desde el sillón.
—¡Tom, amigo! —rolé los ojos… Ya se estaban pasando.
—Hola, Bill, amigo, ¿cómo estás? —ironicé.
—¿Desde cuándo la costumbre de auto saludarte? Yo soy el que viene llegando —pero que estúpido. Andreas dejó su chaqueta colgada en el gancho, al lado de la puerta. Bufé… y caminé hacia los sillones, para luego lanzarme al lado de Tom. —como decía. ¡No se imaginan lo que me acaba de pasar! —se lanzó sobre uno de los sillones pequeños. Miré a Tom, este también me estaba mirando. Ninguno de los dos sabía con qué mierda iba a salir Andreas esta vez… —oh, vamos, pregúntenme.
—¿Acabas de ver a…?
—No— Andreas cortó a Tom —me pillé con tu novia —me miró, entrecerrando los ojos. —pasé a comprarme unas papas fritas a un local de comida rápida, y me la pillé tomando café con una amiga suya. ¡Ella habla demasiado!, me pone nervioso. —abrió los ojos, exagerando todo. Vale, si, mi novia hablaba a veces demasiado… Y su voz a veces, también, cansaba un poco… o causaba irritación, o dolor de oídos. Ok, exagero. Pero es mi novia. Y la acepto. Nadie es perfecto. —a que no adivinas que fue lo que me dijo.
—Te dijo que… —comencé… en realidad, no diría nada, pues él me iba a interrumpir, como siempre…
—No. Me preguntó por qué no estaba en tu casa. —¡y voila! —y me obligó a venir sin comprar las papas, luego de darme un sermón. ¡La odio! —Tom se echó a reír.
—Ella es así, no la odies —me quejé.
—No sé cómo puedes soportarla, búscate una novia mejor —frunció el ceño. Se puso de pie y se acercó a mí con el dedo índice en alto. Sólo a él se le podían ocurrir semejantes estupideces. —esta es una oferta que no podrá rechazar. Te hago esta oferta sólo porque comencé a trabajar y me sobra la mesada, que si no… —se cortó a sí mismo —€150 para que termines con ella —¿me iba a pagar por terminar con Helena? Qué bien. Así sacaría algo productivo de esta “relación”. Miré a Tom alzando una ceja. Él también me estaba mirando. No se la creía.
—¿Lo dices enserio? —volví a mirar a Andreas.
—No —Estalló en risas —hazla llorar. Termina con ella cuando yo esté enfrente, para reírme en SU cara, por no dejarme traer papas fritas —abrí la boca, haciéndome el indignado. Aunque en realidad, yo no iba a dejar a Helena. Al menos no frente a él. Tampoco planeaba hacerla llorar. Una de las cosas que más odio en el mundo es ver llorar a una mujer. Por eso, es que siempre me las arreglaba para acabar como amigos.
—¡Cómo si Bill fuera a hacer algo así! —Se burló Tom —¿a alguien más que a mí se le antoja una cerveza?
—Voy por cervezas —Andreas bajo su dedo y caminó hacia la cocina —¿dónde está Simone? —nos gritó desde allá.
—No lo sé.
—No lo sé —respondimos al mismo tiempo. Siempre nos pasaba. Y también, siempre pasaba que Andreas era muy apegado a nuestra madre. Ya comenzaba a pensar que se estaba enamorando de ese vejestorio —no tienes oportunidad, Andreas —le grité.
—Está casada —me siguió Tom. Andreas se quejó desde la cocina, y luego salió de allí con tres latas de cerveza. Le lanzó una a Tom y luego una a mí. La atrapé, y luego la abrí… se formó un poco de espuma, ya que el muy tonto las había movido al lanzarlas.
Seguimos viendo la TV, tomándonos las cervezas y hablando de cualquier cosa que se nos pasaba por la cabeza. Sólo bobadas. A lo mejor, podríamos salir por la noche a “bailar” o más bien beber a alguna parte, o que se yo. Sin que Helena se enterara… pero aún no estaba confirmado.
—Me quedé con ganas de comer papas fritas —se quejó Andreas, por veintemillonésima vez en toda la tarde. Resoplé, ya cansado de la situación.
—Iré a comprar tus putas papas —me levanté del sillón de golpe. Me dolió un poco la cabeza, debido al movimiento brusco.
—¿Ya te aprendiste el nombre? —me preguntó Tom, bromeando. Ya que me había quedado en silencio un buen rato.
—Que si… —me iba a poner a decirle unas cuantas cosas más, pero en ese momento picaron al timbre. Seguro era Andreas.
—Anda, Bill. Abre la puerta. —Me ordenó Tom. Fruncí el ceño, y queriendo estrangularlo, me levanté del sillón con toda la pereza del mundo…
—A la otra vas tú —le dije, antes de abrir la puerta —hasta que llegas, pasa —le dejé espacio al pollo que tenía como amigo para que pasara dentro de la casa. Lo de pollo iba por el cabello. Tenía el mismo tono de tintura que la señora gorda del negocio de la esquina. Cerré a puerta, dando un portazo.
—Es que… no te imaginas lo que me pasó —se quitó la chaqueta…
—¡Andreas! —lo saludó Tom desde el sillón.
—¡Tom, amigo! —rolé los ojos… Ya se estaban pasando.
—Hola, Bill, amigo, ¿cómo estás? —ironicé.
—¿Desde cuándo la costumbre de auto saludarte? Yo soy el que viene llegando —pero que estúpido. Andreas dejó su chaqueta colgada en el gancho, al lado de la puerta. Bufé… y caminé hacia los sillones, para luego lanzarme al lado de Tom. —como decía. ¡No se imaginan lo que me acaba de pasar! —se lanzó sobre uno de los sillones pequeños. Miré a Tom, este también me estaba mirando. Ninguno de los dos sabía con qué mierda iba a salir Andreas esta vez… —oh, vamos, pregúntenme.
—¿Acabas de ver a…?
—No— Andreas cortó a Tom —me pillé con tu novia —me miró, entrecerrando los ojos. —pasé a comprarme unas papas fritas a un local de comida rápida, y me la pillé tomando café con una amiga suya. ¡Ella habla demasiado!, me pone nervioso. —abrió los ojos, exagerando todo. Vale, si, mi novia hablaba a veces demasiado… Y su voz a veces, también, cansaba un poco… o causaba irritación, o dolor de oídos. Ok, exagero. Pero es mi novia. Y la acepto. Nadie es perfecto. —a que no adivinas que fue lo que me dijo.
—Te dijo que… —comencé… en realidad, no diría nada, pues él me iba a interrumpir, como siempre…
—No. Me preguntó por qué no estaba en tu casa. —¡y voila! —y me obligó a venir sin comprar las papas, luego de darme un sermón. ¡La odio! —Tom se echó a reír.
—Ella es así, no la odies —me quejé.
—No sé cómo puedes soportarla, búscate una novia mejor —frunció el ceño. Se puso de pie y se acercó a mí con el dedo índice en alto. Sólo a él se le podían ocurrir semejantes estupideces. —esta es una oferta que no podrá rechazar. Te hago esta oferta sólo porque comencé a trabajar y me sobra la mesada, que si no… —se cortó a sí mismo —€150 para que termines con ella —¿me iba a pagar por terminar con Helena? Qué bien. Así sacaría algo productivo de esta “relación”. Miré a Tom alzando una ceja. Él también me estaba mirando. No se la creía.
—¿Lo dices enserio? —volví a mirar a Andreas.
—No —Estalló en risas —hazla llorar. Termina con ella cuando yo esté enfrente, para reírme en SU cara, por no dejarme traer papas fritas —abrí la boca, haciéndome el indignado. Aunque en realidad, yo no iba a dejar a Helena. Al menos no frente a él. Tampoco planeaba hacerla llorar. Una de las cosas que más odio en el mundo es ver llorar a una mujer. Por eso, es que siempre me las arreglaba para acabar como amigos.
—¡Cómo si Bill fuera a hacer algo así! —Se burló Tom —¿a alguien más que a mí se le antoja una cerveza?
—Voy por cervezas —Andreas bajo su dedo y caminó hacia la cocina —¿dónde está Simone? —nos gritó desde allá.
—No lo sé.
—No lo sé —respondimos al mismo tiempo. Siempre nos pasaba. Y también, siempre pasaba que Andreas era muy apegado a nuestra madre. Ya comenzaba a pensar que se estaba enamorando de ese vejestorio —no tienes oportunidad, Andreas —le grité.
—Está casada —me siguió Tom. Andreas se quejó desde la cocina, y luego salió de allí con tres latas de cerveza. Le lanzó una a Tom y luego una a mí. La atrapé, y luego la abrí… se formó un poco de espuma, ya que el muy tonto las había movido al lanzarlas.
Seguimos viendo la TV, tomándonos las cervezas y hablando de cualquier cosa que se nos pasaba por la cabeza. Sólo bobadas. A lo mejor, podríamos salir por la noche a “bailar” o más bien beber a alguna parte, o que se yo. Sin que Helena se enterara… pero aún no estaba confirmado.
—Me quedé con ganas de comer papas fritas —se quejó Andreas, por veintemillonésima vez en toda la tarde. Resoplé, ya cansado de la situación.
—Iré a comprar tus putas papas —me levanté del sillón de golpe. Me dolió un poco la cabeza, debido al movimiento brusco.
—Trae de las bolsas grandes —me
dijo Tom. Puse los ojos en blanco y fui hasta la cocina. Una vez allí, cogí
unos billetes de mamá y me los metí al bolsillo junto con sus llaves. Las mías…
estaban perdidas.
—Ya vengo —Les grité, mientras abría la puerta. Ellos hicieron caso omiso a mi grito, por lo que salí fuera y la cerré.
—Ya vengo —Les grité, mientras abría la puerta. Ellos hicieron caso omiso a mi grito, por lo que salí fuera y la cerré.

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