CAPITULO
33
El resto de la semana pasó demasiado lenta para mi gusto. De los gemelos no volví a saber, aunque según decía mi madre, se lo pasaban en el hospital con Simone, que al parecer, estaba mejorando… aunque aún le quedaban unos días de cuidado.
Durante los pocos días que habían pasado, yo no había podido dejar de pensar en Bill y en todo ese problema. Quería dejar las cosas como estaban. Intentaría no verlo jamás, o lo menos posible… no le hablaría y haría como si no lo conociese. Esa era lo mejor que se me había ocurrido, aunque no me quedaba otra alternativa.
Era domingo por la mañana y yo salía de casa a trabajar unas horas extras en el restaurante, pues necesitaba un poco de dinero para más ropa. Cerré la puerta, y metiendo mis manos en los bolsillos comencé a caminar. Como quedaba cerca, llegaría en unos cuantos minutos. Me agradaba salir a caminar por las mañanas, pues el aire era fresco… hoy soplaba fuertemente el viento y eso me gustaba aún más. Aunque rogué internamente para que no lloviera.
Emma me vendría a visitar el próximo fin de semana. Se quedaría una semana conmigo, y faltaría a clases. Aunque eso a ella no le afectaba en nada. Siempre sobresalía por sus buenas notas. Estaba contenta por ello. Como aquí no tenía amigas, me haría bien pasar el tiempo con ella, para no estar sola de nuevo… ya comenzaba a echar de menos reír hasta llorar… o hacer el tonto en una plaza o una sesión de fotos. Si, definitivamente Emma y yo necesitábamos una sesión. Sonreí para mis adentros pensando en lo bien que me lo iba a pasar durante esos días.
Seguí caminando mientras veía cada vez más gente, doblé a la esquina y ya estaba fuera del restaurante. Entré por la puerta para el servicio y me fui directa esa habitación que había para cambiarme de ropa. Seguidamente fui a avisar que había llegado y a trabajar.
Estuve toda la mañana atendiendo gente, de aquí para allá y de allá para acá. Aunque no me molestaba en lo más mínimo. Los domingos daban buena propina. Además, casi nadie se venía a trabajar los domingos y eso quería decir más clientes para mí y por consecuente aún más propina. Agregando también, que yo prefería estar mil veces trabajando que con mi madre y su esposo en mi casa.
Para la hora de almuerzo, me compré un par de cosas y me
fui a sentar a una de las mesas para comer con una de mis compañeras de
trabajo, que por cierto, era muy simpática y me caía bastante bien.
—¿Qué harás mañana? —me preguntó mientras de daba un mordisco a su hamburguesa. Yo solté una risita al verla hablar con la boca llena de comida.
—No lo sé —me encogí de hombros. Fui a seguir hablando pero alguien me cortó.
—Hola.
—¿Qué harás mañana? —me preguntó mientras de daba un mordisco a su hamburguesa. Yo solté una risita al verla hablar con la boca llena de comida.
—No lo sé —me encogí de hombros. Fui a seguir hablando pero alguien me cortó.
—Hola.
Ambas giramos la
cabeza rápidamente para encontrarnos con un chico que atendía con nosotros. Era
algo tímido, por no decir que demasiado… me parecía lindo. Su piel era
perfectamente blanca y sus ojos, al igual que su cabello eran color café. Tenía
más o menos mi altura. Habíamos hablado un par de veces, sólo unas pocas
palabras, nada más. Pero mi compañera, Calie, era su amiga. El chico traía una
bandeja en sus manos con comida.
—¡Hola, Kevin! ¿quieres sentarte con nosotros? —casi gritó Carlie. Pude ver brillar algo en sus ojos. Era tan obvio… Ella estaba muerta de amor por Kevin. Creo que así se llamaba. Se deslizó en el asiento hacia el lado, dejándole un espacio a Kevin. Y este se sentó con una sonrisa que casi le ocupaba toda la cara.
Los dos comenzaron a hablar entre ellos, dejándome de lado. No me sentí mal. Es más, era divertido observarlos, ni siquiera me sentía incómoda… aunque finalmente decidí levantarme de allí e irme a comer al mesón, pues no era un buen plan de estar viendo a un par de enamorados.
Cogí mi bandeja, Carlie no se dio cuenta de que me estaba yendo. Me dirigí hacia el mesón pasando por el lado de la puerta, y justo en ese momento, la puerta se abrió. Casi dándome en la cara. La bandeja alcanzó a chocar con esta y se me dio vuelta encima de la ropa. Yo retrocedí un paso, dando un salto, y la bandeja calló en el piso.
—¡Argh! —gruñí al darme cuenta de mi uniforme y del desastre, tendría que limpiarlo todo. Encima había pagado toda la comida. Dinero perdido. Pero ya no tenía arreglo…
Antes de agacharme, miré hacia la puerta, era transparente, por lo que pude ver a Stella, mirándome con los ojos entrecerrados y con expresión de odio. Le devolví la mirada y le di un fuerte empujón a la puerta, golpeándola en la nariz. La chica se llevó las manos a la cara y lanzó un grito. Luego, yo me agaché con una sonrisa.
Y ya… había actuado sin pensarlo. Le di la vuelta a la bandeja, y sobre esta dejé todo lo que pude dejar, el plato, el vaso y los servicios, además de las servilletas y todo eso.
Volví a mirar hacia la puerta y allí estaba Stella, pero no iba sola. Cogido de su mano estaba Bill. Sentí un pinchazo en el pecho y los ojos me comenzaron a picar. Bill me observaba directamente, sin expresión, y Stella con superioridad. Los miré a ambos con asco y me levanté para dejarlos pasar. Caminé con la bandeja hacia el mesón y la lancé en el lugar donde las lavan. Ya no tenía ganas de comer. Ellos eran novios, eso era seguro. Y Bill me había dicho que me quería. Me sentí horrible. Entonces yo había hecho bien al rechazarlo… Él me había estado mintiendo.
Cogí un trapo y me lo pasé por la ropa repetidas veces, para limpiarla. Cerré los ojos intentando no derramar ninguna lágrima y respiré profundo un par de veces.
Tranquila. Tranquila.
—¡Mesera! —un agudo grito me hizo volver a abrir los ojos. Di media vuelta y busqué con la mirada la mesa de dónde provenía el grito. Pude ver a Stella con la mano alzada y mirándome con una media sonrisa, que no me gustó para nada. Resoplé y dejé el trapo sobre el mesón. Ya luego limpiaría el desastre. Me sacudí las manos y cogí mi libreta y el lápiz. Era definitivo, yo era una masoquista.
Me fui caminando pesadamente hacia la mesa de los enamorados. Decidí no mirar a ninguno de los dos, pues me darían ganas de demostrar mi cobardía y romper en llanto.
—¿Qué… desean servirse? Y, amm… buenas tardes —dije intentando que mi voz sonara lo más normal posible.
—Queremos un helado extra grande. Esta copa de aquí —Stella señaló en el menú del local. Vaya, una copa gigante para compartir… —la comeremos juntitos, ¿no es así, amor? —los ojos se me llenaron de lágrimas nuevamente. Amor. Eso no me podía afectar… No. Le dirigí una fugaz mirada a Bill. Este estaba con los ojos clavados con la mesa y se limitó a asentir con la cabeza.
—¡Hola, Kevin! ¿quieres sentarte con nosotros? —casi gritó Carlie. Pude ver brillar algo en sus ojos. Era tan obvio… Ella estaba muerta de amor por Kevin. Creo que así se llamaba. Se deslizó en el asiento hacia el lado, dejándole un espacio a Kevin. Y este se sentó con una sonrisa que casi le ocupaba toda la cara.
Los dos comenzaron a hablar entre ellos, dejándome de lado. No me sentí mal. Es más, era divertido observarlos, ni siquiera me sentía incómoda… aunque finalmente decidí levantarme de allí e irme a comer al mesón, pues no era un buen plan de estar viendo a un par de enamorados.
Cogí mi bandeja, Carlie no se dio cuenta de que me estaba yendo. Me dirigí hacia el mesón pasando por el lado de la puerta, y justo en ese momento, la puerta se abrió. Casi dándome en la cara. La bandeja alcanzó a chocar con esta y se me dio vuelta encima de la ropa. Yo retrocedí un paso, dando un salto, y la bandeja calló en el piso.
—¡Argh! —gruñí al darme cuenta de mi uniforme y del desastre, tendría que limpiarlo todo. Encima había pagado toda la comida. Dinero perdido. Pero ya no tenía arreglo…
Antes de agacharme, miré hacia la puerta, era transparente, por lo que pude ver a Stella, mirándome con los ojos entrecerrados y con expresión de odio. Le devolví la mirada y le di un fuerte empujón a la puerta, golpeándola en la nariz. La chica se llevó las manos a la cara y lanzó un grito. Luego, yo me agaché con una sonrisa.
Y ya… había actuado sin pensarlo. Le di la vuelta a la bandeja, y sobre esta dejé todo lo que pude dejar, el plato, el vaso y los servicios, además de las servilletas y todo eso.
Volví a mirar hacia la puerta y allí estaba Stella, pero no iba sola. Cogido de su mano estaba Bill. Sentí un pinchazo en el pecho y los ojos me comenzaron a picar. Bill me observaba directamente, sin expresión, y Stella con superioridad. Los miré a ambos con asco y me levanté para dejarlos pasar. Caminé con la bandeja hacia el mesón y la lancé en el lugar donde las lavan. Ya no tenía ganas de comer. Ellos eran novios, eso era seguro. Y Bill me había dicho que me quería. Me sentí horrible. Entonces yo había hecho bien al rechazarlo… Él me había estado mintiendo.
Cogí un trapo y me lo pasé por la ropa repetidas veces, para limpiarla. Cerré los ojos intentando no derramar ninguna lágrima y respiré profundo un par de veces.
Tranquila. Tranquila.
—¡Mesera! —un agudo grito me hizo volver a abrir los ojos. Di media vuelta y busqué con la mirada la mesa de dónde provenía el grito. Pude ver a Stella con la mano alzada y mirándome con una media sonrisa, que no me gustó para nada. Resoplé y dejé el trapo sobre el mesón. Ya luego limpiaría el desastre. Me sacudí las manos y cogí mi libreta y el lápiz. Era definitivo, yo era una masoquista.
Me fui caminando pesadamente hacia la mesa de los enamorados. Decidí no mirar a ninguno de los dos, pues me darían ganas de demostrar mi cobardía y romper en llanto.
—¿Qué… desean servirse? Y, amm… buenas tardes —dije intentando que mi voz sonara lo más normal posible.
—Queremos un helado extra grande. Esta copa de aquí —Stella señaló en el menú del local. Vaya, una copa gigante para compartir… —la comeremos juntitos, ¿no es así, amor? —los ojos se me llenaron de lágrimas nuevamente. Amor. Eso no me podía afectar… No. Le dirigí una fugaz mirada a Bill. Este estaba con los ojos clavados con la mesa y se limitó a asentir con la cabeza.
—Bueno, entonces, la copa grande… —dije mientras comenzaba a anotar en mi libreta —¿algo más? —continué
con la mirada clavada en la pequeña libretita que estrujaba con mi mano.
—Para mí nada ¿tú quieres algo, amor? —le preguntó esa puta a Bill. Amor. Y así era como Bill decía quererme… Lo miré por el rabillo del ojo y este levantó la cabeza y me miró.
—Yo… nada —no dije nada más, y me retiré dándome la vuelta. Caminé hacia el mesón pensando en que quizás sería buena idea golpear a Stella. Podría ser accidental… o a propósito.
Me dirigí a la cocina y le entregué la hoja a uno de los chicos que cocinaban. Luego, volví a salir con un trapo para el piso y me acerqué a la mancha para limpiarlo.
No me demoré más de unos tres minutos…
Me levanté y me comencé a sacudir los pantalones con las manos.
—¡Mesera! —me gritó otra vez Stella. Yo la miré frunciendo el ceño —¿y el helado? —puse los ojos en blanco y me dirigí rápidamente a la cocina.
Era definitivo, algún día de estos la iba a golpear hasta matarla. Así Bill se quedaría con novia. O quizás él se moría con ella.
Cogí el helado que estaba sobre una mesa, ya servido y listo y lo llevé para ponerlo sobre una bandeja. Luego busqué dos cucharas para helados y las puse junto con una servilleta. Tomé la bandeja y haciendo equilibrio para no botarla y derramar el helado, me dirigí a la mesa de los enamorados. Intenté tranquilizarme antes de llegar donde ellos estaban, para no echarles el helado encima.
Apoyé la bandeja sobre la mesa y luego comencé a sacar las cosas de allí para ponerlas en la mesa. Stella tenía una cara de boba, mirando que tan grande era la copa. Mientras Bill… Bill…. Pues, lo sentí suspirar, porque no lo miré. Cogí las servilletas junto con las cucharas y las dejé una a cada lado de la mesa, frente a cada persona.
—¿Meer, no? —me peguntó Stella. Yo no dije nada y me limité a coger la bandeja y a mirarla —tienes algo en la mano… —dirigí automáticamente mi vista a ella. Estaba sin guantes, por lo que mi gran cicatriz estaba al descubierto —es feo ¿qué te ocurrió? —imágenes del suceso llegaron a mi cabeza rápidamente.
—Para mí nada ¿tú quieres algo, amor? —le preguntó esa puta a Bill. Amor. Y así era como Bill decía quererme… Lo miré por el rabillo del ojo y este levantó la cabeza y me miró.
—Yo… nada —no dije nada más, y me retiré dándome la vuelta. Caminé hacia el mesón pensando en que quizás sería buena idea golpear a Stella. Podría ser accidental… o a propósito.
Me dirigí a la cocina y le entregué la hoja a uno de los chicos que cocinaban. Luego, volví a salir con un trapo para el piso y me acerqué a la mancha para limpiarlo.
No me demoré más de unos tres minutos…
Me levanté y me comencé a sacudir los pantalones con las manos.
—¡Mesera! —me gritó otra vez Stella. Yo la miré frunciendo el ceño —¿y el helado? —puse los ojos en blanco y me dirigí rápidamente a la cocina.
Era definitivo, algún día de estos la iba a golpear hasta matarla. Así Bill se quedaría con novia. O quizás él se moría con ella.
Cogí el helado que estaba sobre una mesa, ya servido y listo y lo llevé para ponerlo sobre una bandeja. Luego busqué dos cucharas para helados y las puse junto con una servilleta. Tomé la bandeja y haciendo equilibrio para no botarla y derramar el helado, me dirigí a la mesa de los enamorados. Intenté tranquilizarme antes de llegar donde ellos estaban, para no echarles el helado encima.
Apoyé la bandeja sobre la mesa y luego comencé a sacar las cosas de allí para ponerlas en la mesa. Stella tenía una cara de boba, mirando que tan grande era la copa. Mientras Bill… Bill…. Pues, lo sentí suspirar, porque no lo miré. Cogí las servilletas junto con las cucharas y las dejé una a cada lado de la mesa, frente a cada persona.
—¿Meer, no? —me peguntó Stella. Yo no dije nada y me limité a coger la bandeja y a mirarla —tienes algo en la mano… —dirigí automáticamente mi vista a ella. Estaba sin guantes, por lo que mi gran cicatriz estaba al descubierto —es feo ¿qué te ocurrió? —imágenes del suceso llegaron a mi cabeza rápidamente.
—¿Por qué no ves si las papas ya están? —me
dijo la rubia. Yo obedecí y me levante.
—Claro —me acerqué a la olla y miré hacia adentro. No distinguía bien, ya que el aceite estaba lleno de burbujas. Me iba a separar de allí, cuando una mano se apoyó en mi espalda y me hizo perder el equilibrio cayendo hacia adelante. Puse las manos frente a mí para detenerme. Pero sólo pude gritar. Todo ocurrió muy rápido. La mano me ardía. En un acto reflejo grité fuertemente y me apresuré en sacar la mano del aceite hirviendo. En cuanto lo hice, di vuelta la olla y esta se cayó hacia un lado, derramando todo el aceite en el piso de la cocina. Se hizo un gran ruido. Grité más y me alejé un paso de allí. Sentía que los ojos se me nublaban y que en cualquier momento me iba a morir por el dolor. Seguí gritando y comencé a agitar mi mano en el aire, aún no veía como estaba, pero ya había comenzado a llorar.
—Claro —me acerqué a la olla y miré hacia adentro. No distinguía bien, ya que el aceite estaba lleno de burbujas. Me iba a separar de allí, cuando una mano se apoyó en mi espalda y me hizo perder el equilibrio cayendo hacia adelante. Puse las manos frente a mí para detenerme. Pero sólo pude gritar. Todo ocurrió muy rápido. La mano me ardía. En un acto reflejo grité fuertemente y me apresuré en sacar la mano del aceite hirviendo. En cuanto lo hice, di vuelta la olla y esta se cayó hacia un lado, derramando todo el aceite en el piso de la cocina. Se hizo un gran ruido. Grité más y me alejé un paso de allí. Sentía que los ojos se me nublaban y que en cualquier momento me iba a morir por el dolor. Seguí gritando y comencé a agitar mi mano en el aire, aún no veía como estaba, pero ya había comenzado a llorar.
Le dirigí una fugaz mirada a Bill. Me
estaba mirando, como esperando mi respuesta descortés.
—Por la culpa de Bill una puta como tú me quemó con aceite hirviendo —dije casi sin mover los labios. Stella miró rápidamente a Bill y luego a mí.
—Ay, debió doler —habló haciendo caso omiso a mi insulto hacia ella —¿es cierto eso, Bill?
—Si —respondió tajante y luego fijó su vista en mi mano, la cual yo intenté ocultar.
—Pero yo no creo que haya sido tu culpa, mi amor. Habrá sido ella y su torpeza… —se burló. Hice un puño con la mano, preparada para darle en toda la cara.
—Stella… —dijo Bill con voz de circunstancia.
—¿Ya me puedo ir? —pregunté rápidamente antes de que alguno de los dos dijera algo más.
—Claro, vete.
—No —dijeron ambos al mismo tiempo. Miré a Bill, quien había dicho que no —digo, sí.
Lo fulminé con la mirada y me di media vuelta. Estúpido.
Decidí no seguir atendiendo y le regalé mis clientes a otra mesera.
Me metí dentro de la habitación que usaba para cambiarme de ropa y me asomé a la ventana. Tomé un poco de aire, conté hasta diez, y luego la volví a cerrar. Quería calmarme y dejar de pensar en esas tremendas ganas que tenía de ir y romperle el cuello a Stella. Sentí odio hacia mí misma. Me quité la amarra del cabello y lo dejé caer suelto por mis hombros.
Me dirigí a mi bolso y de allí saqué mi ropa.
Me quite los zapatos y los pantalones del uniforme y los dejé sobre uno de los sillones, luego me puse los míos…
—Por la culpa de Bill una puta como tú me quemó con aceite hirviendo —dije casi sin mover los labios. Stella miró rápidamente a Bill y luego a mí.
—Ay, debió doler —habló haciendo caso omiso a mi insulto hacia ella —¿es cierto eso, Bill?
—Si —respondió tajante y luego fijó su vista en mi mano, la cual yo intenté ocultar.
—Pero yo no creo que haya sido tu culpa, mi amor. Habrá sido ella y su torpeza… —se burló. Hice un puño con la mano, preparada para darle en toda la cara.
—Stella… —dijo Bill con voz de circunstancia.
—¿Ya me puedo ir? —pregunté rápidamente antes de que alguno de los dos dijera algo más.
—Claro, vete.
—No —dijeron ambos al mismo tiempo. Miré a Bill, quien había dicho que no —digo, sí.
Lo fulminé con la mirada y me di media vuelta. Estúpido.
Decidí no seguir atendiendo y le regalé mis clientes a otra mesera.
Me metí dentro de la habitación que usaba para cambiarme de ropa y me asomé a la ventana. Tomé un poco de aire, conté hasta diez, y luego la volví a cerrar. Quería calmarme y dejar de pensar en esas tremendas ganas que tenía de ir y romperle el cuello a Stella. Sentí odio hacia mí misma. Me quité la amarra del cabello y lo dejé caer suelto por mis hombros.
Me dirigí a mi bolso y de allí saqué mi ropa.
Me quite los zapatos y los pantalones del uniforme y los dejé sobre uno de los sillones, luego me puse los míos…
Después, me quité la camiseta y la lancé sobre los
pantalones, para luego guardarlos. Cogí mi otra camiseta y me la puse. Tomé mi
cabello con una mano y lo quité de debajo de esta. Luego me senté en el sillón
y me calcé las zapatillas.
Rebusqué ente mis cosas, hasta encontrar mis guantes y me los puse. Y finalmente, cogí mi chaqueta y me la puse, ya que hacía frío.
Guardé mi uniforme en uno de los casilleros que había para los empleados. Y luego me di la vuelta para dirigirme a la puerta.
Y dios, con todos los sustos que me daban, terminaría con un ataque al corazón…
Allí, en la puerta, había alguien… y era Bill
Rebusqué ente mis cosas, hasta encontrar mis guantes y me los puse. Y finalmente, cogí mi chaqueta y me la puse, ya que hacía frío.
Guardé mi uniforme en uno de los casilleros que había para los empleados. Y luego me di la vuelta para dirigirme a la puerta.
Y dios, con todos los sustos que me daban, terminaría con un ataque al corazón…
Allí, en la puerta, había alguien… y era Bill
Quise que saliera de
allí, que se fuera. Pero no pude hacer nada más que mirarlo ¿hacía cuanto rato
me había estado observando? Me sentí enrojecer al instante, de tan sólo pensar
en que me podría haber visto sin ropa.
—¿Qué haces aquí? Esto es privado, exclusivo para el personal —le espeté fríamente. Él no cambió en absoluto la expresión de su rostro cuando pronunció calmadamente…
—Vengo a hablar contigo.
—¿Qué haces aquí? Esto es privado, exclusivo para el personal —le espeté fríamente. Él no cambió en absoluto la expresión de su rostro cuando pronunció calmadamente…
—Vengo a hablar contigo.
—¿Otra vez? No. No
estoy para juegos, me voy de aquí —comencé a caminar, pero él estaba en la
puerta, impidiéndome el paso —por favor muévete y déjame ir, que no me siento
nada bien.
—¿Qué? ¿te duele algo? —dijo entrecerrando un poco sus ojos y mirándome con preocupación ¿Él preocupado? No… yo me estaba confundiendo al analizar su expresión.
—Quiero salir de aquí —me quejé, dándole una patada al piso.
—No te lo permito… —y medio segundo después sentí el ruido que hizo la puerta al cerrarse. Me comencé a desesperar, no quería que ocurriera lo mismo que en el ascensor.
—Déjame salir —le supliqué.
—No quiero que te vayas —dijo en el mismo tono. El corazón me comenzó a andar rápido y las manos me comenzaron a tiritar.
—Por favor, no me hables así. Ya… deja de decirme esas cosas —di un paso hacia atrás —ya deja de… hacerme esto. Por favor —bajé mi vista hasta el suelo.
—¿Hacerte qué? —se acercó a mí. Me vi lo suficientemente alterada como para no poder dar un paso más.
—No me gusta que me hagas daño —murmuré. Supe que él me había escuchado, se había quedado rígido como una piedra —deja de hacerlo…
—Meer, yo no quiero hacerte daño… —susurró con voz dulce —yo quiero disculparme… y, quizás, arreglar las cosas.
—No haces un buen trabajo —comencé a jugar con mis dedos.
—Intento hacerlo lo mejor que puedo… pero veo que nada me sale bien. Ya no quiero insultarte… no quiero hacerte sentir mal. Esas no son mis intenciones… —cogió mis manos entre las suyas. Sentí que el corazón se me iba a salir del pecho.
—Tus actitudes demuestran lo contrario… —dije tristemente, sin tener el valor de mirarlo directamente a los ojos.
—Lo siento… Yo intento hacerlo lo mejor que puedo…
—¿Y Stella? —pregunté, para aprovechar de sacarme la duda.
—Ella… cree que es mi novia —miré a Bill por entre el flequillo, para asegurarme de que no me mintiera.
—¿No lo son?
—No.
—Estoy segura de que tú la hiciste creer que si lo eran —separé mis manos de las suyas, pero él la volvió a coger. No dijo nada, y con eso me confirmó que yo tenía toda la razón… y ahora que lo pensaba, yo nunca había sido novia de Bill. Él nunca me lo había pedido… —nosotros tampoco fuimos novios —dudé un poco al decir esa frase. Bill se quedó quieto por un momento y luego siguió jugando con mis manos.
—¿Por qué dices eso?
—Nunca me lo pediste, ni yo a ti —Bill dejó escapar un ruidito de entre sus labios, parecido a un suspiro.
—Pero no se trata de pedirlo, Meer... Se trata del cariño —el cariño… Yo si lo había querido… y mucho.
—¿Tú quieres a Stella? —pregunté con un hilo de voz.
—En realidad… no. Ni siquiera como una amiga… Sólo le tengo aprecio. Nada más —reprimí una sonrisa.
—¿Y me quisiste a mí? —volví a preguntar, tímidamente.
—Si… —no dudó en contestar. Quise alzar la vista para mirarlo y dedicarle una sonrisa, pero estaba demasiado nerviosa como para hacerlo… no me atrevía.
—Entonces... sí éramos novios.
—Sí. Y me gustaría que… eso pasara de nuevo —sentí mis ojos humedecerse y comencé a ver nublado… —quizás, si tú me dieras una oportunidad… Sólo una —negué con la cabeza lentamente.
—No quiero, Bill. Me da… miedo —separé mis manos de las de él definitivamente y me acomodé el bolso. Quise pasarme una mano por los ojos, ya que una lágrima se me había escapado… pero a lo mejor, él no se había dado cuenta, por lo que no lo hice.
—Por favor… —su voz estaba llena de súplica, pero yo no podía aceptarlo. Estaba confundida.
Entonces, alcé mi cara, y mirándolo directamente a los ojos murmuré:
—No —volví mi vista al suelo nuevamente, mientras me hacía un lado y caminaba hacia la puerta.
—¿Qué? ¿te duele algo? —dijo entrecerrando un poco sus ojos y mirándome con preocupación ¿Él preocupado? No… yo me estaba confundiendo al analizar su expresión.
—Quiero salir de aquí —me quejé, dándole una patada al piso.
—No te lo permito… —y medio segundo después sentí el ruido que hizo la puerta al cerrarse. Me comencé a desesperar, no quería que ocurriera lo mismo que en el ascensor.
—Déjame salir —le supliqué.
—No quiero que te vayas —dijo en el mismo tono. El corazón me comenzó a andar rápido y las manos me comenzaron a tiritar.
—Por favor, no me hables así. Ya… deja de decirme esas cosas —di un paso hacia atrás —ya deja de… hacerme esto. Por favor —bajé mi vista hasta el suelo.
—¿Hacerte qué? —se acercó a mí. Me vi lo suficientemente alterada como para no poder dar un paso más.
—No me gusta que me hagas daño —murmuré. Supe que él me había escuchado, se había quedado rígido como una piedra —deja de hacerlo…
—Meer, yo no quiero hacerte daño… —susurró con voz dulce —yo quiero disculparme… y, quizás, arreglar las cosas.
—No haces un buen trabajo —comencé a jugar con mis dedos.
—Intento hacerlo lo mejor que puedo… pero veo que nada me sale bien. Ya no quiero insultarte… no quiero hacerte sentir mal. Esas no son mis intenciones… —cogió mis manos entre las suyas. Sentí que el corazón se me iba a salir del pecho.
—Tus actitudes demuestran lo contrario… —dije tristemente, sin tener el valor de mirarlo directamente a los ojos.
—Lo siento… Yo intento hacerlo lo mejor que puedo…
—¿Y Stella? —pregunté, para aprovechar de sacarme la duda.
—Ella… cree que es mi novia —miré a Bill por entre el flequillo, para asegurarme de que no me mintiera.
—¿No lo son?
—No.
—Estoy segura de que tú la hiciste creer que si lo eran —separé mis manos de las suyas, pero él la volvió a coger. No dijo nada, y con eso me confirmó que yo tenía toda la razón… y ahora que lo pensaba, yo nunca había sido novia de Bill. Él nunca me lo había pedido… —nosotros tampoco fuimos novios —dudé un poco al decir esa frase. Bill se quedó quieto por un momento y luego siguió jugando con mis manos.
—¿Por qué dices eso?
—Nunca me lo pediste, ni yo a ti —Bill dejó escapar un ruidito de entre sus labios, parecido a un suspiro.
—Pero no se trata de pedirlo, Meer... Se trata del cariño —el cariño… Yo si lo había querido… y mucho.
—¿Tú quieres a Stella? —pregunté con un hilo de voz.
—En realidad… no. Ni siquiera como una amiga… Sólo le tengo aprecio. Nada más —reprimí una sonrisa.
—¿Y me quisiste a mí? —volví a preguntar, tímidamente.
—Si… —no dudó en contestar. Quise alzar la vista para mirarlo y dedicarle una sonrisa, pero estaba demasiado nerviosa como para hacerlo… no me atrevía.
—Entonces... sí éramos novios.
—Sí. Y me gustaría que… eso pasara de nuevo —sentí mis ojos humedecerse y comencé a ver nublado… —quizás, si tú me dieras una oportunidad… Sólo una —negué con la cabeza lentamente.
—No quiero, Bill. Me da… miedo —separé mis manos de las de él definitivamente y me acomodé el bolso. Quise pasarme una mano por los ojos, ya que una lágrima se me había escapado… pero a lo mejor, él no se había dado cuenta, por lo que no lo hice.
—Por favor… —su voz estaba llena de súplica, pero yo no podía aceptarlo. Estaba confundida.
Entonces, alcé mi cara, y mirándolo directamente a los ojos murmuré:
—No —volví mi vista al suelo nuevamente, mientras me hacía un lado y caminaba hacia la puerta.
En cuanto abandoné
la habitación, me sentí desfallecer. Me llevé una mano a los ojos, mientras
abría la puerta de salida y me limpié las lágrimas. Me mordí los labios
intentando contener los sollozos que luchaban por salir de mi garganta y
comencé a correr.
—¡Meer! —escuché un grito tras de mí. No le di importancia y seguí corriendo.
Bill… él me quería. Al menos ya podía morir tranquila. Me había encantado saber eso, me había encantado poder sentirlo tan cerca…
Y aun deseándolo con todo mi ser, no podía estar con él.
Por miedo.
Por cobardía.
Por mi torpeza.
Porque no podía.
Porque sabía que no lo iban a permitir.
Y también sabía que iba a terminar más dañada de lo que estaba.
Porque mi vida no era nada buena, no había nada bueno en ella… en absoluto. La suerte nunca estuvo conmigo. Nunca pude hacer nada bien. Siempre me equivocaba en todo, siempre había recibido sermones de parte de todo el mundo… la gente me había mirado con asco, sólo por ser diferente… por tener una manera diferente de pensar y de ver las cosas. Por haber sido criada de otra manera… por no haber aprendido a tratar a la gente como se debe. Nadie me había enseñado. Nunca.
Entonces me di cuenta, de que aunque supiera artes marciales, supiera pelear, defenderme y defender a alguien más, yo era débil. Necesitaba ayuda. Claro, yo aparentaba ser fuerte, fría, ser una persona a la cual no le importan las opiniones de los demás. Pero no era así en realidad… dentro de mí era todo completamente diferente. Y lo que yo le mostraba al mundo era lo opuesto. Y aun siendo una persona así, tenía sentimientos. Tenía un corazón y podía sentir…. A nadie le hace bien sentirse rechazado… siempre yo había sido la chica sola, desde pequeña… y eso no había cambiado, no aquí en Alemania… yo no era nadie.
—¡Meer! —escuché un grito tras de mí. No le di importancia y seguí corriendo.
Bill… él me quería. Al menos ya podía morir tranquila. Me había encantado saber eso, me había encantado poder sentirlo tan cerca…
Y aun deseándolo con todo mi ser, no podía estar con él.
Por miedo.
Por cobardía.
Por mi torpeza.
Porque no podía.
Porque sabía que no lo iban a permitir.
Y también sabía que iba a terminar más dañada de lo que estaba.
Porque mi vida no era nada buena, no había nada bueno en ella… en absoluto. La suerte nunca estuvo conmigo. Nunca pude hacer nada bien. Siempre me equivocaba en todo, siempre había recibido sermones de parte de todo el mundo… la gente me había mirado con asco, sólo por ser diferente… por tener una manera diferente de pensar y de ver las cosas. Por haber sido criada de otra manera… por no haber aprendido a tratar a la gente como se debe. Nadie me había enseñado. Nunca.
Entonces me di cuenta, de que aunque supiera artes marciales, supiera pelear, defenderme y defender a alguien más, yo era débil. Necesitaba ayuda. Claro, yo aparentaba ser fuerte, fría, ser una persona a la cual no le importan las opiniones de los demás. Pero no era así en realidad… dentro de mí era todo completamente diferente. Y lo que yo le mostraba al mundo era lo opuesto. Y aun siendo una persona así, tenía sentimientos. Tenía un corazón y podía sentir…. A nadie le hace bien sentirse rechazado… siempre yo había sido la chica sola, desde pequeña… y eso no había cambiado, no aquí en Alemania… yo no era nadie.
—¿Y no tienes
amigas?
—No. Tampoco necesito tenerlas. Creo…—No necesitas tenerlas.
—No. Tampoco necesito tenerlas. Creo…—No necesitas tenerlas.
Las palabras que me había dedicado Bill hacía unos cuantos años me vinieron a la cabeza. Recordarlo hizo que me diera un fuerte pinchazo en el pecho, nuevamente. Dejé escapar el aire de mi boca, en forma de un sollozo y me volví a pasar la mano por los ojos, para quitar algunas lágrimas.
Bill me había apoyado… antes. Y quizás, ahora quería hacerlo de nuevo.
Deseé no haber sido tan orgullosa… Así hubiese aceptado su propuesta.
Pero…
No. Yo no me podía quedar así. ¿Y si él cambiaba de opinión? ¿Y si luego yo lo necesitaba y él no estaba para mí? El corazón se me aceleró aún más al pensar en eso… Sentía el pulso en la cabeza, la sangre recorría mi cuerpo con rapidez…
Y finalmente me decidí. Yo no me iba a quedar con el típico: Que hubiese pasado sí…
No.
Me detuve al instante y me di media vuelta… Pude distinguir a Bill corriendo hacia mí con los ojos abiertos como platos. Al parecer gritaba algo... pero no lograba entenderlo.
Entonces, escuché un fuerte pitido y luego un fuerte impacto me hizo ver todo negro y perder el conocimiento.

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