17 julio, 2012

1000 Meere /Capítulo 5





CAPITULO 5

La puerta se abrió de golpe. Di un bote en la cama mientras apartaba mis ojos de los suyos y él quitó el hielo de mi cabeza, mirando tras de mí, donde estaba la puerta. 
Uy que ya te echaste otra novia, Bill escuché una voz burlona. Me di la vuelta… allí estaba Tom. Sonreía, pero al verme creo que se impactó. Cambió la sonrisa pícara al instante oh… Mee dijo en modo de saludo.
Hola.
Tom, vete de aquí escuché decir a Bill molesto tras de mí. Ninguno de los dos se había movido.
Sólo venía a avisar que la comida está lista —se encogió de hombros.
¿Cuándo llegaste? le preguntó Bill.
Hace unos minutos. No sabía que estabas con… me echó una mirada fugaz y luego volvió a mirar a su hermano Meer nuevamente, sentí esa especie de conexión. Como la que anteriormente había sentido entre él y su madre, sólo que esta vez había sido con Tom. Pero este, lo miraba acusadoramente… y ahora que lo recuerdo bien, en los ojos de Simone también había visto algo de reproche.
Su madre no está en casa, no la podía dejar en la calle —se excusó. No le encontré la lógica, pero no le di vueltas. Había quedado muy impresionada por lo que había sentido antes de que Tom apareciera y no estaba en mis mejores momentos que digamos. Por la noche, antes de dormir, meditaría sobre el tema.
Amm… Ok. ¿Bajan? apuntó atrás de él con el dedo índice. Yo asentí y sonreí para luego levantarme. Bill me siguió y esperé a que él pasara delante de mí para seguirlo.
-
Vamos dijo al pasar a mi lado. Tom ya se había ido…
Asentí con la cabeza y lo seguí en silencio. Él parecía algo enojado, mosqueado, o más bien confundido. Estaba algo lento, eso también lo debo decir... ya que nos demoramos bastante en bajar.
Una vez abajo Simone nos recibió con una sonrisa. Tom ya tenía frente a él un plato lleno de comida, la cual la engullía como un animal. Rogué en mi interior que Bill no comiera igual que él.
Nos sentamos, Bill se sentó a mi lado frente a Tom y supuse que Simone se sentaría frente a mí.
Miré como ella servía una plato de comida y me lo daba.
¿Y yo? preguntó Bill. Enojándose falsamente.
Tú después, sé caballero le reclamó su madre con un tono de voz burlón, como si se estuviese riendo de él. Bill bufó y Tom se rió.
No querrás que tu visita piense mal de ti… dijo su hermano insinuantemente. Bill puso los ojos en blanco y dando un golpecito en la mesa con el tenedor le dijo:
Cierra la boca, Tom.
A ver esos modales, chicos reclamó su madre. Yo realmente estaba confundida... más que confundida. Miré a ambos gemelos que se asesinaban con la mirada. Luego cogí la cuchara y me la metí a la boca.
Me sentí muy extraña mientras comía. Como su ellos tuviesen su propia burbuja. Como si hablaran con la mirada. Lo raro era que todas las miradas iban hacia a Bill. Como culpándolo de un delito de asesinato o algo parecido. Él simplemente se paseaba de los ojos de su madre, a los de su hermano y luego a su plato. A mí no me dirigió la mirada. Bueno, sólo una vez para preguntarme caso quería otra servilleta. Puesto a que de lo nerviosa que estaba, me la había llevado a la boca y la había hecho muño con la mano, hasta quedar inservible.
Nadie habló. Todo era silencio y sólo se escuchaba la lluvia. Al parecer no había tema de conversación. O quizás ellos no solían hablar mientras comían. Eso me llamó un poco la atención. Si yo hubiese tenido una familia “más grande”. O con un integrante más, hubiese conversado con ellos… pero como solo estaba mi madre, y ella casi nunca estaba en casa comía sola.
Bleh, no importa.
Acabé de comer al final. Simone me había servido un plato inmenso y sentía que estaba llena hasta el cuello. Ella se levantó, dejando “libre” al pobre de Bill que se veía algo triste. Y luego cogió todos los platos. Tom ya se había ido a su habitación hacía unos pocos minutos.
- Tu ropa está lista. Ya la sequé, está en la sala sobre el sillón. – Me informó dulcemente. Yo asentí con la cabeza y luego miré a Bill, esperando que me dijese algo… vamos, que yo no podía salir así como así de la cocina e irme a cambiar como si fuese mi casa.
¿Vamos? —habló al ver que yo no decía nada.
Si me levanté de la silla gracias, Simone le sonreí estuvo todo muy delicioso dejé la silla bien acomodada y seguí a Bill hasta la puerta. Simone, con las manos llenas de espuma, puesto a que lavaba los platos, no despegó su mirada de nosotros hasta que salimos de allí.
Emm… cámbiate. Yo veré si llegó tu mamá me dio la ropa perfectamente doblada y me sonrió.
Si vaya… realmente no tenía más palabras. Cogí la ropa y me dirigí al baño.

Salí de allí ya lista, con mi ropa puesta y bien arreglada. Bill estaba apoyado en la pared frente al baño. Cogió su ropa y me miró, nuevamente, sonriendo.
Tu madre ya llegó.
Vale
¿Te acompaño?
Si. me encogí de hombros. Caminamos hasta llegar a la puerta, yo la abrí y luego puse un pié fuera.
Oye, siento lo de la cena…
¿Por qué? Estuvo genial dije con una sonrisa.
Que no soy tonto, me di cuenta de que estabas incómoda. ¿Y este chico en vez de oídos tenía ojos? Porque no había manera de que lo supiese... a no ser que me hubiese estado mirando todo el tiempo cuando yo miraba mi plato…
No importa reí un poco para quitarle peso al asunto.
De pronto sentimos un estrepitoso ruido proveniente de la cocina. Algo se había caído y se había roto en pedacitos. Bill miró hacia allí y luego volvió a mirarme.
Bueno… hasta otro día —me sonrió. Se acercó a mí y me dio un beso en la mejilla.
Sí. Gracias me puse en puntillas para alcanzarlo. Enseguida me di la vuelta y caminé hacia mi casa. No sentí que Bill cerrase la puerta hasta que entré. Mi madre no estaba por ningún lado o al menos no la vi mientras caminaba a mi habitación.
Al llegar me lancé directo a la cama, boca abajo.
Estaba agotada… hoy, definitivamente, había sido un día muy, pero muy extraño.

No supe de mi madre en todo el resto de la tarde. Era como si yo no le importara… pero ese era otro cuento.
Yo me concentraba en lo ocurrido hacía unas cuantas horas, en la casa vecina, justamente en la habitación que quedaba frente a la mía donde Bill seguramente dormía. 
Me acomodé de mejor manera en la cama, para quedar en un posición más cómoda. No podía cerrar los ojos. Ese día tenía miedo... y no sabía el porqué. Sólo podía ver la luz de la luna que se calaba por los agujeritos de la cortina. 
Suspiré y apreté las sábanas contra mi pecho. Podía sentir mi corazón latiendo salvajemente allí dentro… tan fuerte, que me hacía daño. 
No podía dejar de pensar en ese “chico” que por cierto ya estaba muy crecidito. 
No tenía lógica, estaba en contra de todo sentido. Yo era una “niñita” y él ya era mayor de edad, para colmo se pasaba por un año. 
Bueno… cinco no era tanto.
¿Pero qué digo? yo ni siquiera tenía una oportunidad con él. No había probabilidades. Y eso me hacía sentir frustrada… pero a la vez aliviada.
Mi cabeza sabía que era lo que me estaba ocurriendo. Y yo no quería que es ocurriese, no quería que eso me ocurriese pues nunca antes me había pasado y sinceramente, no me gustaba. A demás… no había sido como yo esperaba. 
Y es que él tenía DIECINUEVE. ¿Ven la diferencia? Yo tenía CATORCE. 
Vale, si sé, es mucho… y sí, estoy mal de la cabeza y todo esto.
Pero créanme que yo no lo elegí.
A parte… lo conocía desde hacía dos días. Es decir, antes igual lo conocía pero no había hablado con él.
Sentimientos tontos, que “ya se me pasarían”. 
De pronto sentí un ruido en la ventana que me sacó de mis pensamientos. Me alarmé y me quedé en silencio para ver si sonaba nuevamente… y así fue. Cinco segundos más tarde un segundo ruidito traspasó mis oídos. 
Me levanté de la cama rápidamente y me acerqué igual de rápido a la ventana.
¿Y si era un ladrón?
La mano que acercaba a la cortina temblaba. Intenté controlarla y en un momento de “yo puedo” la abrí de golpe.
¿Y con qué me encontré?
Pues sí, con él. Ahora no era necesario pensar, pues ya lo tenía en frente y podía verlo todo lo que quisiera. 
Achiqué los ojos, la luz del farol que quedaba a unos metros me segaba, aunque fuese muy tenue. 
Abrí la ventana, ya que él igual la tenía abierta y lo saludé.
—Hola. 
—Hallo —me contestó. Me sonrió y yo le devolví la sonrisa.
Nadie dijo nada. 
Simplemente yo lo miraba y él me miraba a mí. Se veía mucho más guapo en la oscuridad.
…Y nuevamente pensando esas cosas. Luché por quitarme esa idea de la cabeza, pero volvía y volvía una y otra vez, como un boomerang o algo así.
—Se te quedó tu… 
—Mochila —terminé la frase al recordar que no la había traído de vuelta a casa. Le sonreí más abiertamente —¿Le lanzaste algo a mi ventana? —pregunté hablando bajito mientras él se agachaba un lado y recogía mi mochila. Hasta se había dado el trabajo de llevarla a su habitación… aw.
¡Ya basta!.
—Si —rió bajito —la tapa de un lápiz —yo igual reí y él me lanzó la mochila.
—Gracias. 
—De nada —me sonrió —la dejé dentro de la habitación y luego volví a la ventana… me apoyé en el marco y lo miré largo rato sin decir nada.
Él tampoco dijo nada. 
Era extraño porque yo no sentía ni pizca de vergüenza… de haber sido otra ocasión hubiese estado roja.
De pronto sentí unos pasos subiendo la escalera. 
Mamá. 
—Nos vemos —dije rápidamente para luego cerrar la ventana sin hacer ningún ruido.
Me lancé a la cama rápidamente pero en silencio y cerré los ojos justo en el momento en que mi madre abrió la puerta de la habitación.
Respiré profundo para que mi sueño pareciera más real.
Esperé y esperé quieta en el lugar… Hasta que sentí como la puerta se cerraba y los pasos se alejaban.

1000 Meere /Capítulo 4





CAPITULO 4

—Pues... es mejor que te vayas a cambiar. No vaya a ser que te enfermes o algo así. Yo te prepararé algo caliente —entrecerré los ojos. ¿Me estaba ocultando algo? Vale, sí, eso era seguro. Pero a ver que quizás tenía unos veinticinco y yo ni cuenta me había dado. Ok, ok, estaba exagerando pero… 
—Pero…
—¡Vamos! —me apresuró mientras daba unas palmadas —mientras más rápido, mejor —dijo sonriente. Abrí la boca y fui a decir algo… pero no. Era mejor no meterme. Luego le preguntaba. Me di la vuelta nuevamente y me dirigí al baño.
Entré allí, cerré la puerta y me miré en el espejo. Estaba horrible. Resoplé y me puse a estirar el muño de ropa que Bill me había dado. Si tenía suerte, me quedaría bien. Era una camiseta negra con un estampado en rojo, muy bonita… junto con unos jeans un poco pequeños para él. Los habría tenido guardados de cuando era bajito. Bueno, no bajito… igualmente serían grandes para mí.
Me quité la ropa húmeda como pude, ya que esta se pegaba a mi cuerpo y la tiré al suelo. Seguidamente me puse la camiseta y el jeans. La camiseta estaba bien, un poco grande… pero mucho mejor que el pantalón. Se me caía y me servía también de calcetines. 
Me acomodé el cabello y lo estrujé un poco para que tardara menos en secarse.
Volví a abrir la puerta y salí de allí con otro muño de ropa. Pero esta vez era ropa mojada en vez de seca. 
Me dirigí a la cocina, dónde supuse que él estaría.
Caminé más lento al darme cuenta de que a tres pasos llegaría ¿Y si él se reía de mi? y es que realmente me veía realmente ridícula. Parecía una “mini Tom”, aunque a Tom le quedaba mucho mejor la ropa ancha que a mí. Quizás debía volver y cambiarme por la ropa mojada... y luego irme de aquí.
Pero ya había atravesado la puerta… ese plan ya no servía. A demás Bill me estaba mirando; tenía una taza en una mano, y de la otra sostenía una cuchara. Estaba sonriéndome. Sinceramente, se veía hermoso. Aunque no debía pensar eso… sería ilógico, irracional y muy estúpido de mi parte. 
—¿Donde dejo esto? —le pregunté para que dejase de mirarme y sonreírme de esa manera, me estaba poniendo nerviosa. Él pareció salir de una especie de trance y luego, aún con la sonrisa en la cara, me dijo:
—Dámela —señaló la ropa. Yo se la tendí y él se acercó a mí para coger el muño —está mojado —puse los ojos en blanco mientras él parecía reírse de su propio chiste —puedes sentarte —miré la silla que estaba a mi lado, y de la mesa, claro... me senté sobre una pierna y vi como Bill desaparecía por una puerta que no era la de la entrada. Supuse que allí se encontraría la lavadora, secadora y esas cosas. ¿A caso pensaba lavarla? ¿No la iba a era en una bolsa o algo así?
—¿La lavarás?
—Si—escuché como le daba a un botón
—Pero Bill, yo puedo lavarla en mi casa —dije rápidamente.
—Demasiado tarde —me sonrió travieso mientras volvía a entrar  en la cocina —ahora… —se acercó a un mueble donde reposaba una taza color crema la cogió —toma esto —me la dio… yo alargué las manos para cogerla, estaba caliente —supongo que te gusta el chocolate.
—Sí. 
—No hay chica a la que no le guste —Bufó. Yo alcé una ceja mientras dejaba rápidamente la taza sobre la mesa, ya que me estaba quemando las manos —¡Auu! 
—¡Oh! lo siento, ¿te dolió mucho? —hizo ademán de acercarse.
—No, no pasa nada. Es sólo que… exageré un poco, ya sabes. 
—Ah —dijo simplemente. Fingiendo estar tragándose mi cuento. En todo caso una quemadura no era importante. Cogí la taza y le di un sorbo, me quemé la lengua… pero no me quejé. 
Bill dio un paso hasta sentarse en la silla que estaba frente a mí. 
—¿Cómo está? —preguntó refiriéndose al chocolate caliente que estaba entre mis manos. 
—Delicioso, ¿quieres? —le ofrecí. Él negó con la cabeza.
—No me gusta. 
—¿De verdad? —asintió. Yo me eché a reír… de él.
—¿Cómo no te va a gustar el chocolate? ¿Estás mal de la cabeza o finges estarlo? —lo señalé con el dedo. El con un movimiento rápido bajó mi dedo, dejándolo casi muerto sobre la mesa... apastado con su mano. 
—Estoy mal de la cabeza, eso es seguro —dijo serio —¡Pero el chocolate es la peor cosa del mundo!
—¡Claro que no! —intenté quitar mi dedo de allí, pero fue imposible. 
—Eres una niñita debilucha —rió malicioso.
—Con ropa grande... —añadí. Bill se echo a reír.
—¡Tenemos al nuevo Tom!
—Oh, si, claro —dije irónica —¡Aquí tenemos al estúpido del año! 
—No te ha salido. 
—Sí, no me ha salido… —le di la razón. Yo era pésima con este tipo de cosas.
—Y… dime, ¿cómo te fue hoy en la escuela? —dijo medio riendo. Sabía que buscaba algún tema de conversación. Pero ese no me agradaba para nada. 
—Como siempre ¡Pff! —me recosté en la silla y me acerqué la taza a la boca para seguidamente darle un sorbo, ya iba por la mitad. El asintió y me siguió mirando. Era como si estuviese examinando cada parte de mi cuerpo con la mirada, hasta el más mínimo detalle... no me hubiese sorprendido al escuchar algo como “tienes una pelusa allí” o “tienes un lunar bajo la ceja”. Me sentí incómoda, muy incómoda.
No dejé que él me mirase a los ojos. Yo era débil, muy débil... o al menos así era como me consideraba. No podía sostenerle la mirada a una persona por las de dos segundos. Carraspeé un poco y luego le di otro sorbo a la taza. Bill me seguía mirando y la situación, al menos para mí, iba empeorando cada vez más. Decidí meterlo en aprietos a él también… sabía que no quería decírmelo, por alguna razón. Pero, con tal de que dejase de mirarme…
A demás ser una chica educada no era una de mis cualidades.
—¿Cuántos me dijiste que tenías? —alcé una ceja.
—¿Cuantos qué? 
—Años, querido, años. —suspiré y bebí un poco más. Dejé la taza sobre la mesa.
Bill aún no me había contestado. Lo miré. Tenía las manos entrelazadas y se mordía los labios… tenía los ojos puestos en otra parte y parecía estar pensando. ¡Como si tuviera que pensar mucho para contestar eso! vamos, que no creo que se le hubiese olvidado y estuviera contando los años que habían pasado desde su nacimiento.
—Diecinueve —me contestó. Él me miró, yo lo miré... y nos miramos. 
—Eres un anciano —dije en broma entrecerrando los ojos. 
—Lo sé —soltó una risita —¿Ya terminaste? —apuntó mi taza. Cambiando de tema... lo sabía. Y yo que creía que las mujeres eran las extrañas, que no querían decir su edad.
—Si —dije en el momento que me acercaba la taza a la boca y le daba el último sorbo. Luego le di la taza y él se levantó de la silla para lavarla.
—Y... ¿Qué quieres hacer? —dijo una vez había terminado de lavarla. Yo respondí con un encogimiento de hombros. —¿A qué hora llega tu madre? —no respondí. No lo sabía. Siempre llegaba a horas diferentes... o a veces no llegaba si no hasta el otro día y luego me explicaba que tenía mucho trabajo y ese tipo de cosas que yo sabía que eran mentiras, sabía que ella andaba con alguno de sus novios. Para mí no era agradable que ella tuviese novios, no me gustaba. Y más si eran “novios” ¿A caso no se conformaba con uno sólo? Y es que yo me había enterado de la peor manera de que mi madre era por así decirlo… una “puta”. Nos es para nada bonito que las chicas más populares del instituto te lo griten a la cara en medio de uno de los pasillos más transitados del lugar. 
Me estremecí al recordarlo y bajé la cabeza.
—No lo sabes —dijo más como una afirmación que como una pregunta —son las siete —supuse que había visto la hora en el reloj de pared que tenía en la pared de enfrente, atrás de mi —podríamos... ver la TV. Mi madre no se tarda en llegar y nos podría cocinar algo bueno —alcé la vista, me estaba sonriendo. No pude evitar que en mis labios se formara una mueca perecida. 
—¿Qué hay de bueno a esta hora? —pregunté refiriéndome a los programas de televisión mientras me bajaba de la silla y caminaba junto a Bill hacia su salón… igual que él mío, pero mil veces mejor. 
—Pues… no lo sé —se encogió de hombros —siéntate —se lanzó sobre el sillón y yo me senté a su lado. Lo vi buscando algo con la mirada.
—¡Aquí está! —solté al encontrarlo. Lo cogí y se lo di a Bill. Él me sonrió y se recostó en el sillón, para luego encender la TV y comenzar a pasar los canales. 
—Cuando quieras que me detenga, me avisas. 
—¡Ya! —grité al instante. El dejó de presionar el botón y me miró extraño.
—¿Te gusta ver esa clase de películas? Digo, como eres chica y, vamos, eres pequeña y…
—Lo decía por ti, tonto. Tú debes de ver esas cosas —sentí como me ruborizaba un poco. Le había dicho que parase sólo para molestarlo y todo había salido mal. Justo se había detenido en una escena no apta para menores. 
Billl alzó una ceja. Podía ver que estaba conteniendo una carcajada. Me sentí ridícula. ¡Claro! habría sido mucho mejor echarme a reír que dar una tonta disculpa de “tú debes de ver esas cosas”. Dios, que estúpida. Sentí como mis mejillas casi explotaban de lo rojas que debían estar y no sabía dónde meterme. Pero Bill me seguía mirándome, haciendo que me encontrara mucho más incómoda.
Miré hacia otro lado, no la TV, eso estaba claro y luego murmuré entre dientes:
—¿No la vas a cambiar?
—Creí que tú querías ver eso —dijo con tono inocente. Yo puse los ojos en blanco, obviamente él no me estaba mirando.
—Fue un accidente. 
—Ok, ok —al parecer había decidido no avergonzarme más. Soltó una risita y luego cambió de canal. Sentí los sonidos de todos ellos, hasta que se detuvo en uno no muy agradable. Me di vuelta hacia la TV y lo comprobé. Mi cara se contrajo en una mueca de asco y luego miré a Bill.
—¿Me va a poner a ver… Barney? 
—Pensaba que a todos los chicos le gustaba —se encogió de hombros. 
—Yo ya estoy grande —me apunté a mi misma y lo miré enojada. Bill me examinó con la mirada.
—Pues, la verdad…
- ¡Argh! ¡Cambia esa cosa! ¡No soporto a ese elefante! —me llevé una mano a la cara y me golpeé la frente al ver que Bill no reaccionaba y me miraba con los ojos como platos, seguramente por mi grito. Luego cogí yo el control de la TV y le cambié de canal a uno de lucha libre, bueno… ese era el que estaba al lado del de Barney, y no estaba nada mal —ya está —me volví a recostar en el sillón, ya que cuando había estado “gritando” me había incorporado. Bill no dijo nada. Por lo que me dediqué a mirar la lucha… el moreno golpeaba al otro mejor que bien, mientras que el otro intentaba esquivar o atajar los golpes. Estaba perdiendo, podía notarlo.
—¿Te gusta lucha libre? 
—Si —contesté sin apartar la vista de la TV. 
—Eres una niñita muy extraña…
—Si, todos lo dicen —hablé rápidamente —¡Wooow! —solté al ver caer a uno de los luchadores, como lo suponía el moreno había ganado... y qué cuerpo tenía…
—¿Todos? 
—No soy… emm... —lo miré. No pude descifrar su expresión... pero me pareció algo extraña —no soy muy sociable. Para nada sociable —curvé mis labios en una sonrisa, resignada a pasarme la vida de esa manera. Ya lo había asumido.
—Yo te veo como una chica muy simpática… de verdad que no pareces ser de esas.
—Me llevo mejor con los chicos —suspiré —creo que eso lo explica —reí un poco. 
—¿Y no tienes amigas?
—No. Tampoco necesito tenerlas. Creo… —la última palabra la dije en un susurro. Miré mis manos. Había veces en que necesitaba a una amiga. En realidad nunca supe que era tener a alguien... a una “amiga”. Porque nunca había tenido una. Había sido rechazada socialmente desde el primer día de clases en primer grado. 
Sentí como pasaba su brazo por sobre mis hombros y me pegaba a él. Yo me quedé rígida, no sabía qué hacer en ese momento. Me había sentido angustiada. Me habían entrado ganas de llorar. Realmente estaba sola. Por que los chicos eran nada más para juegos estúpidos y esas cosas. Ellos no me podían comprender y yo a ellos tampoco. 
—No necesitas tenerlas —afirmó hablando bajito –—porque tú te vales por ti misma. Y eres una persona muy… —se quedó en silencio, supongo que buscando una palabra. Pero como siempre, no había buenos adjetivos para calificarme —valiosa. Si, vales mucho. Y esas chicas se lo pierden. —lo miré y él me sonrió. Realmente, me había hecho sentir mejor. 
—Gracias.
—No es nada… —me rodeó con su otro brazo y entrelazó sus dedos, dejándome “prisionera”. Yo cambié nuevamente de canal, hasta quedar en una película, era de terror… ya la había visto antes. Dejé caer mi cabeza sobre su hombro. Estaba tan cómoda que llegaba a tener sueño. 
—¿Sabes? realmente estás grande —sentí como hablaba a escasos centímetros cabeza. 
—¿Ves? Te lo dije —hablé sin saber... pues eso de que yo era grande no venía a cuento… y no entendía por qué lo había dicho. 
—Cuando tú eras pequeñita yo paseaba contigo por el vecindario. Llevaba tu cochecito a todas partes. Ya ni te acuerdas —rió un poco —y yo me acuerdo muy poco… igual era pequeño —me quedé atónita.
Yo no recordaba eso, en absoluto… pude sentir mis mejillas arder. Qu vergüenza… es decir, el me había visto en pañales. Aunque igual él era pequeño… debería de tener unos cinco o seis años, pero algo es algo ¿no? Él lo recordaba y yo moría de vergüenza.
Entonces no era como yo pensaba. Toda mi “vida de recuerdos” había pensado que nosotros no teníamos relación alguna con los vecinos... o al menos yo, porque mi madre y la madre de Bill eran amigas.
… Y ahora Bill me salía con el cuento ese del cochecito.
No lo miré, no lo estaba mirando y tampoco daría vuelta el rostro para hacerlo. Aunque estoy segura de que él me había visto enrojecerme por completo.
Wow fue lo único que salió de entre mis labios.
Si, también te cambiaba los pañales.
¿¡Qué!? di un saltito en el sillón. Luego me quedé completamente quieta. Sentí cómo él reía y luego se acercaba a mi oído.
Que es broma al escuchar su murmullo, solté todo el aire que había retenido en los pulmones debido a la sorpresa. Pero no sirvió de mucho, ya que tuve que aguantar nuevamente la respiración para no soltar un chillido histérico. Su aliento rozaba la piel de mi cuello y mi oído… Bill rió de nuevo.
Esto… yo creo que ya es hora de que me vaya sentí como su brazos se tensaban y no creo que haya sido por el grito que salió de la TV. Estúpida película.
Pero tu madre aún no llega dijo sin soltarme aún.
Si, pero ya no llueve —miré la ventana velozmente. Si llovía.
Si llueve.
Puedo estar bajo la lluvia hice el ademán de separarme, pero él no me lo permitió.
No con mi ropa dijo en tono divertido. Yo relajé mi cuerpo y me dejé caer sobre él, como si estuviese muerta. Cerré los ojos y sentí como me golpeaba la cabeza contra el sillón. Era obvio que Bill no había estado sujetando mi cabeza y… ay. El golpe resonó por toda la habitación...
Me incorporé de un salto, haciendo caso omiso al golpe y al dolor que este me provocaba y miré a Bill avergonzada.
Dios, Meer, lo siento – Dijo suave. Enseguida sentí algo que me tocaba la cabeza, en la zona golpeada. – ¿Te duele? era su mano. Negué con la cabeza ¿Te pongo hielo?
No es necesa… —comenzó a caminar hacia la cocina, llevándome con él… vale, al parecer el preguntaba las cosas sólo para anunciar lo que haría –rio terminé la oración.
Llegamos a la cocina en silencio. Me sentó en la misma silla de hace un rato… vi como sacaba unos hielos y los echaba en una bolsita. Luego se acercó a mí con una sonrisa de medio lado. Estiré la mano para recibir el hielo pero el pasó directamente de ella y me lo depositó en mi cabeza él mismo. Acercó una silla con la otra mano y se sentó frente a mí.
¿Estas mejor?
Está helado le sonreí gracias.
En ese momento ambos volvimos la mirada hacia la puerta de la cocina, ya que habíamos escuchado un sonido en la cerradura de la casa. 
Nos quedamos como estatuas mirando hacia la puerta. Pude oír como la abrían y cerraban tras haber pasado unos segundos. El ruido que emitía la TV no me dejó oír más. Y al parecer a Bill tampoco. Acomodó de mejor manera el hielo en mi cabeza y se detuvo al escuchar unos pasos acercándose, los cuales yo también oí. 
Pude ver a la madre de los chicos, mi vecina, Simone. Creo que era así, en esos momentos no lo recordaba muy bien. Ella se asomó a la puerta con una sonrisa y creo que se sorprendió.
—¿Pero qué hace la pequeña Meer aquí? — “pequeña” como odiaba que me llamasen así. ¡Que no era pequeña! Argh!! Y es que nadie me comprendía. Pero estaba completamente segura de que Simone o como sea que se llamase lo decía sin saber que me afectaba. Le sonreí y ella nos miró a ambos intermitentemente. 
—Hola —dijimos Bill y yo al mismo tiempo, sólo que el añadió un “mamá”. Ella encendió la luz de la cocina mientras fruncía el ceño y se acercaba a nosotros. No me había dado cuenta de lo oscuro que estaba hasta que ella encendió la luz y quedé casi ciega. 
—¿Qué te pasó, querida? 
—No es nada, un golpe —hice un gesto con la mano para restarle importancia. Simone se agachó a mi altura y me dio un beso en la mejilla, luego besó a Bill en la frente. Era extraño ver a una madre besar a un hijo tan grandecito… pero me pareció tierno. Había cierta confianza entre ellos dos, en la cual supuse que igual incluirían a Tom. 
—Fue mi culpa —resopló. 
—Este no te hizo nada, ¿no? —reí un poco ante el comentario de Simone y negué con la cabeza.
—Mamá —se quejó Bill. Simone sonrió y lo miró como intentando hablarle con la mirada, como si sólo ellos dos se entendiesen. Como si me ocultaran algo que yo no supiera… y que no querían que supiera.
No le di importancia, cosas familiares. 
Simone caminó hacia un mueble y lo abrió.
—¿Y qué haces aquí, Meer? —sacó del mueble una cacerola mediana y la dejó sobre la mesa, frente a mí. 
—Su madre no está en casa, no tiene llaves y está lloviendo —explicó Bill —decidí traerla a casa. 
—¡Ah! Qué bien. Tendremos una acompañante para la cena. ¿Te quedas, no? —miré a Bill y este asintió. 
—Si, se queda —habló por mí. Luego me miró con una media sonrisa en el rostro y se levantó quitando el hielo embolsado de mi cabeza. Pero seguía sosteniéndolo en la mano derecha —en la lavadora está su ropa.
—Ajam… —asintió Simone con la cabeza metida dentro del refrigerador.
— ¿Vienes? – Dijo esta vez para mí. Yo me encogí de hombros y él me cogió del brazo para sacarme de la cocina. Subimos la escalera con mucho cuidado o al menos yo... ya que no quería quedarme sin pantalones. Me quedaban tan sueltos que en cualquier momento se me caían o bien, me tropezaba con lo largos que eran. 
Entramos en su habitación. Nunca había estado allí, aunque ya la conocía bastante bien, ya que se podía ver desde mi ventana. De todas maneras desde esta perspectiva era más interesante que desde la ventana de mi cuarto.
—Aquí podemos esperar la comida —suspiró mientras se lanzaba de espaldas a la cama. 
—Si —dije distraídamente. Comencé a mirar en el mueble que había sobre su escritorio. Estaba lleno de CD’s no quise tocarlos ya que lo más probable era que alguno de me cayera. Con lo torpe que era y la suerte que tenía… 
—Deja de husmear en mis cosas y ven aquí —sentí hablar a Bill a mis espaldas. Me volteé y con resignación fingida me acerqué hacia él.
… Si no hubiese querido ir, no hubiese ido pero por una extraña razón, que no sabría explicar, me gustaba estar cerca suyo.
Me dejé caer a su lado, a unos cuantos centímetros de distancia, sin que nos tocásemos. Y volteé la cabeza hacia un lado. Hice un mueca de dolor por el golpe y luego busqué la posición más cómoda. Entonces quedamos cara a cara.
El alzó el brazo y puso el hielo en su lugar y lo dejó allí, como en la cocina. Debatí internamente caso poner mi mano sobre la suya. Pero no. Hubiese sido demasiado estúpido.
Por lo que me dediqué a observarlo… hasta el más mínimo detalle, para poder guardarlo en mi memoria.
Comencé por sus ojos. Simplemente, perfectos. Color miel y muy atractivos, tenían un brillo especial… cierta vitalidad y algo que no podía identificar. Realmente podría hundirme en ellos durante años, incluso siglos y no me cansaría de mirarlos…
Perfectos.
Quise seguir examinando el resto de sus rasgos, pero una fuerza extraña pegaba mis ojos a los suyos. 
Sentí algo en el estómago, era una linda pero a la vez extraña sensación de cosquillas. me estremecí. El corazón me comenzó a andar más rápido y me costaba respirar. 
¿A caso era…?
No. En esos momentos no podría haber sido.

15 julio, 2012

1000 Meere /Capítulo 3






CAPITULO 3


Estaba atrasada, como no me apurara llegaría tarde a clases y tendría la suspensión por atrasos a demás del castigo que mi madre me daría. Apuré el paso mientras sentía que cada vez me costaba más caminar rápido. Tenía tanto frío que mi cuerpo tendía a recogerse. Quería acostarme, acurrucarme con el calor de mi cama e invernar durante toda la época de frío.
Llegué al salón justo a tiempo. Caminé hacia mi asiento de siempre, el último de atrás del lado de la ventana. Dejé mis cosas a un lado y me senté. Justo en ese momento entró el profesor haciendo callar a todo el mundo. Me recosté en el asiento haciendo caso omiso a sus palabras. Me crucé de brazos y cerré los ojos…
El resto de las clases se me hicieron eternas, encima mi mejor amigo estaba ausente… aunque no estuvo tan mal después de todo ya que había estado conversando con los chicos todo el tiempo; y no había hecho ni siquiera una línea en el cuaderno.
Salí con la cabeza alta. Había sobrevivido. Al menos hoy. Estaba segurísima que algún día me daría algo a la cabeza, como siquiera yendo a la escuela…
Aún hacía frío. Y unas pequeñas gotas se pegaban a mi cara y a mi cabello. No había traído dinero para un autobús por lo que me vi obligada a caminar bajo la lluvia. Genial. Llegaría mojada a mi casa.
Comencé a correr… después de todo, eran alrededor de diez minutos caminando y si corría mucho mejor.
Me detuve cuando comencé a cansarme.

De pronto oí un silbido proveniente de algún lugar de la calle. Miré a todos lados, buscando a alguien por allí cerca, y no era alguien, si no que “alguienes”. Si, eran alrededor de ocho o así. Estaban apoyados en la pared de un bar. Se veían algo ebrios… eran unos jóvenes alcoholizados. Soltaron unas carcajadas y me comenzaron a gritar cosas en cuanto los miré.
Sentí pánico. No había nadie más en aquella calle. Encima era invierno y el cielo estaba oscuro producto de las nubes de lluvia.
Puse la peor cara que tenía y los miré amenazante. Ellos siguieron con sus bromas y gritos incoherentes que me hacían temblar de miedo. Levanté una mano y les enseñé el dedo del corazón, o el “dedo mágico”, como yo solía decirle. Ellos soltaron un “ooh” en el momento que uno comenzaba a avanzar tambaleante. Estaba segura de que no me alcanzarían, aunque… quizás alguno podría haber estado “en mejor forma”. Miré a todos lados de la calle buscando a alguien, pero nada. Comencé a trotar y luego a correr sin mirar atrás.
Los perdí. Ya no escuchaba sus gritos, ni nada por el estilo. Estaba a una cuadra de mi casa, cuando choqué con alguien tan fuertemente que reboté y caí hacia atrás. Bueno, habría caído de no ser porque alguien me sujetó de los hombros. Abrí los ojos como platos. Que susto que me había llevado.
Ten más cuidado escuché una voz grave. Miré sus manos posadas en mis hombros y luego lo miré a él.
Oh, sí, lo siento. ¿Te hice daño?lo estudié con la mirada, pero no podía ver mucho a través de esas grandes ropas.
No te preocupes. Pero para la otra caminas o ves por dónde vas dijo Tom divertido. Luego soltó mis hombros y me sonrió. Yo me limité a bajar la mirada y a seguir caminando el resto de trayecto que me quedaba.
Llegué a la puerta de mi casa unos minutos después.
Enseguida me di cuenta de algo. Algo malo.
No tenía llaves. Típico de mí. Y encima hoy mi madre no estaría en casa para abrirme la puerta. Genial… esta vez me había tocado con lluvia y todo. ¿O es que me van a decir que yo no tenía la peor suerte del mundo?
Dejé caer mi cabeza hacia adelante, golpeándome la frente con la puerta. ¿Por qué soy taaaaan estúpida? Se me olvida todo, dios.
Podía sentir como las gotas caían en mi cabeza y goteaban de mi cabello. Llegando algunas a mi cara y mojándola.
Completamente incómoda… así era como me sentía. Me di la vuelta y miré a todos lados de la calle, no había nadie. Apoyé mi espalda en la puerta y me quité la mochila con brusquedad. La arrojé a un lado y seguidamente me dejé caer con fuerza hacia el piso. Me cubrí la cabeza con las manos, dejando mi frente apoyada en mis rodillas. Suspiré.
Alguna idea… idea… necesitaba una idea.
La ventana de… no, todas las del piso de abajo estaban cerradas.
La puerta de atrás… no, no podría saltar el cerco, soy demasiado pequeña.
Bueno… ya no quedaban mas ideas. Eso era todo. Mi mente era un espacio muy reducido.
¿Meer?escuché mi nombre desde muy cerca… seguidamente sentí como posaban una mano sobre mi hombro. Me asusté un poco, por lo que pegué un bote y levanté la cabeza en menos de medio segundo. Por alguna razón desconocida, mi corazón había empezado a latir demasiado fuerte para mi gusto ¿Estás bien? me preguntó.
Yo... si dije nerviosa ¿Y quién no lo estaría si estaba en mi posición? Él estaba agachado a unos centímetros de mí y dios, qué vergüenza, creo que comenzaba a enrojecer y a parecerme a un tomate.
Pensé que… suspiró ¿Qué haces aquí?
Es mi casa contesté apartando la vista.
Aquí afuera. Está lloviendo. tragué saliva y luego respondí algo cortada.
Dejé las llaves. me sentí una completa idiota al decir eso. Bill resopló y luego se levantó.
¿No quieres quedarte en mi casa hasta que llegue tu madre? volví a mirarlo. Fruncí el ceño mientras pensaba en que no estaría bien. Pero tenía frío y…
No, no te preocupes. Seguro no tarda en llegar.
Vamos, ven. No te haré nada malo. dijo divertido. Yo alcé una ceja y enseguida él se agachó y cogió mi mochila ¿vienes? se volteó y comenzó a caminar mientras seguía con la cabeza vuelta hacia mí sonriéndome con un aire malicioso. Yo me levanté con un poco de torpeza y corrí hasta alcanzarlo.
¡Dame eso! cogí la mochila e intenté quitársela. Pero no pude. Él era mucho más fuerte que yo, eso era seguro. Con tan sólo ver su tamaño y el mío…
Te enfermarás como sigas afuera, vamos. dijo riendo. Tiró de la mochila y la dejó a un constado de su cuerpo, sujetado con una mano, mientras que con la otra me acercó a él y me abrazó por la espalda. estás temblando. sí, eso era seguro… pero lo que no sabía era si estaba temblando de frío o por el hecho de que él estuviese tan cerca de mí. ¿tienes mucho frío?
Eh…
Aquí dentro está calentito. me dijo con una sonrisa, mientras abría la puerta de su casa y la empujaba. Pasó por la puerta, pasando a la vez conmigo y luego la cerró a mis espaldas. ¿quieres comer algo caliente? ¿O quieres ropa… seca? no respondí. Él no se molestó en esperar mi respuesta y se dirigido rápidamente hacia las escaleras. siéntate en el sillón, ya vuelvo con ropa seca.
Vi como desaparecía y sentí un par de pasos en el piso de arriba… estaba todo en silencio. Creo que nadie mas estaba en aquella casa… lo único que interrumpía ese silencio casi perfecto, eran las gotas de lluvia que se sentían resonar contra los vidrios. Me encantaba ese sonido. Aunque no era muy agradable escucharlo cuando uno estaba que se moría de frío o hipotermia o algo así, que se yo.
Apreté la mandíbula para que mis dientes dejasen de castañear y me dediqué a observar aquella casa. Era muy bonita. Tenía cosas mucho más finas y costosas que la mía. Las paredes estaba pintada en un color crema y le daba un toque más elegante a ese lugar, combinado con unas cortinas color mostaza. Había una repisa llena de cuadros con fotos. Entrecerré los ojos para intentar ver mejor, pero sólo pude distinguir siluetas ya que estaban bastante lejos.
Sentí pasos en la escalera nuevamente y dirigí mi mirada hacia allí. Bill venía bajando con algo entre las manos.
A ver si esto te sirve. se acercó a mí y me dio ese muño de ropa. Yo lo cogí y luego le sonreí.
Gracias ¿dónde me cambio?
¿No vas a ver qué es lo que te traje? me encogí de hombros. La verdad es que no me importaba, solo quería estar seca Ve al baño… tu sabes dónde está, ¿no?
Ah… si.dije al recordar que nuestras casas eran iguales. Me levanté del sillón y comencé a caminar.Gracias. – él simplemente me sonrió.
Para eso están los vecinos, ¿no?. solté una risita y asentí con la cabeza. espero que te quede bien la ropa, que como eres tan chiquita… me paré en seco.
¡Hey! me volteé a mirarlo. ¡no soy chiquita! me quejé.
Para mí si lo eres. rió. Yo lo fulminé con la mirada.
No creo que sea para tanto.
¿Ah, no? ¿Qué edad tienes, pequeñita? – Puso énfasis en la última palabra, eso me molestó.
Catorce ¿y tú? a él se le congeló la expresión, y se quedó callado unos segundos.
Pues…