Bill se va en tres días.
Fue lo primero que pensé al despertar.
Aún no abría los ojos, no quería despertar. Bill estaba pegado a mi, podía sentirlo tan cerca y me gustaba. Podía sentir como su pecho de movía al ritmo de su respiración. Incluso me estremecía producto del aire tibio que salía de sus pulmones y me llegaba al cuello. Sus brazos me aferraban firmemente de la cintura, atrapándome. Ni siquiera me podía girar. Tampoco quería que él se despertara... no recordaba que día era, si tenía que ir a la escuela o no. Lo único que sabía era que no había puesto el despertador y que en los tres días siguientes no estaba disponible para ir a clases. Tenía que aprovechar el tiempo con Bill. Después, él no iba a estar.
Giré la cabeza hacia un lado y abrí los ojos lentamente. Ya era de día. Una tenua luz blanca entraba por la ventana. Habíamos olvidado cerrar las cortinas la noche anterior. Supuse que sería un día nublado.
Miré a Bill. Estaba a muy poco centímetros de mi, con su rostro entre mi cabello y su nariz en mi cuello. No podía verle la cara pero estaba durmiendo tan tranquilamente que no quise moverme más para no despertarlo.
Lo iba a extrañar más de lo que me imaginaba. Había estado demasiado tiempo junto a él. No nos separábamos por más de algunas horas. Definitivamente, esa gira traería un cambio brusco a mi vida. Pero me las tenía que aguantar. Como Sam. Ella también estaría aquí y su novio estaría... en quien sabe que lugar de Alemania, con su banda, cumpliendo su sueño. Tampoco me iba a poner a hacer pataletas para que Bill se quedara. Eso era de niños y yo ya estaba lo suficientemente grandecita para saber que estaba bien y que no.
Me llevé una mano a los ojos y me los refregué un poco, mientras bostezaba. Quizás que hora era. A lo mejor, si Bill quería, podíamos salir a divertirnos un poco. Ir a comer a alguna parte, a visitar alguno de los zoológicos de la ciudad... a tomarnos fotografías o por último, a ver una película en el salón. Lo que fuera, pero estando juntos y aprovechando el tiempo que nos quedaba, olvidándonos aunque fuese por un momento de lo que se nos acercaba.
Me mordí el labio inferior. Y comencé, con delicadeza, a acariciar con uno de mis dedos la mejilla de Bill. No me cabía en la cabeza como algún día pude haber pensado que Dylan era el chico más perfecto del mundo, teniendo a Bill a mi lado. ¿Cómo no me había dado cuenta antes? Todo ese tiempo que había estado con Dylan, había sido tiempo perdido, tiempo muerto. Tiempo que nunca iba a recuperar. Y todo lo que había obtenido de eso, habían sido cosas malas.
Bill se movió un poco, apretándome contra él como a un osito de peluche. Dejé de respirar por un momento, creyendo que había despertado, pero al sentir como volvía a aflojar su amarre en torno a mi cintura y se relajaba, respirando profundamente, me di cuenta de que aún seguía dormido. Sonreí. Era tan lindo...
Entonces se me vino a la cabeza todas esas veces en que él me había despertado para ir a la escuela
—Bill —susurré despacito. Pero nada, él ni siquiera se movió —Bill, mi amor —dije un poco más fuerte. Más de lo mismo, él no daba señales de estar despierto —eh, príncipe de mis sueñooos —me puse a cantar, susurrando —llenas mi viiiida de alegríaaaas, lo eres tooodo para miiiii —no tenía idea de donde había sacado la canción, pero cuando terminé de cantar, ya me había soltado de Bill y estaba sentada en la cama. Bill seguía durmiendo, sólo que se movía un poco inquieto, palpando con la mano la almohada. Él muy tontito, seguramente, me estaba buscando entre sueños —Bill, aquí estoy —susurré.
—¿Dónde? —preguntó costosamente. Hablando ronco, vale que ya estaba despierto.
—Aquí, Bill. Abre los ojos, amor. Ya es de día.
Entonces, él se quitó el flequillo del rostro con una de sus manos y entreabrió sólo un ojo, me miró y lego estirando sus brazos, me cogió por la cintura nuevamente y me atrajo hacia él, haciéndome quedar en una posición no muy cómoda.
—Durmamos un poquito más, mi vida —murmuró.
—Bill, quiero que me lleves al zoológico —éste sólo dejó escapar un sonido entre sus labios —luego al cine.
—Está bien. Pero durmamos un poco más —bostezó, escondiendo su rostro en la almohada.
—Quiero sacarme fotos con los animales.
—Que bien. Ahora duérmete —seguía con esa voz de perezoso. Reí un poco.
—Vamos, Bill. Arriba... que hay que ducharnos, vestirnos, y luego tomar desayuno pa —no me dejó terminar, levantándose de un salto.
—¡La escuela! —exclamó, mirándome alarmado —Dios, lo olvidé, tengo que ir a dejar... —esta vez fui yo quien lo cortó.
—¿Bill, donde tienes la cámara? —le pregunté mientras buscaba entre sus cosas el pequeño aparato.
—No lo sé —dijo entrando por la puerta, ya duchado, arreglado y listo para salir. Lo miré, casi asesinándolo.
—A ti se te pierde todo, Bill.
—Podrías preguntarle a mi madre —se encogió de hombros, sentándose en la cama deshecha y desordenada. Dios, la habitación era un desastre.
—A ver —comencé a caminar hacia a puerta de la habitación.
—Así también aprovechamos de desayunar —se apresuró en alcanzarme. Situándose a mi lado. Le di un empujón, haciéndolo chocar contra la pared del pasillo —¡Annie! —se quejó. Yo simplemente me eché a reír.
—Tenía ganas de hacerlo, lo siento, Bill —me llevé una mano a la boca, intentando reprimir la risa. Bill hizo un pequeño puchero y luego frunció el ceño —discúlpame, amooooooor —abrí los brazos y me lancé contra él, para abrazarlo.
—No —se hizo el indignado, mirando hacia otro sitio.
—No me desprecies, Bill —hice voz de niña pequeña —Bill, Billl, Bill. Discúlpame.
Lo apretujé entre mis brazos. Pero nada, él me miró con superioridad. Odiaba cuando hacía eso.
—¡Vamos, Bill! te daré un bes —intenté convencerlo. Pero nada —dos besos —me miró, entrecerrando los ojos.
—Tres —negoció, haciéndose el serio.
—Acepto —entonces, Bill estiró los labios y cerró los ojos. Me pareció muy tierno y me dieron ganas de echarme a reír —prepárate —le avisé. Y luego lo situé mis brazos en torno a su cuerpo y me puse de puntillas, estirando el cuello extremadamente al igual que los labios, para poder alcanzarlo. No habíamos quedado en una muy buena posición y Bill cada vez estaba más alto. Como no pude alcanzarlo, aunque hubiese hecho todo ese esfuerzo, me paré sobre sus pies y luego le di un corto beso en los labios. Me separé de él con una sonrisa y seguidamente abrió los ojos.
—Te cuesta, ¿eh? —se burló. Pero antes de que yo pudiera decir algo, ya me tenía cogida por la cintura y ahora era yo quien estaba con la espalda en la pared y él me tenía atrapada entre sus brazos —¿mejor? —me preguntó son una media sonrisa que me pareció bastante sexy.
—Mucho mejor —murmuré mientras él se acercaba poco a poco a mi rostro. Cerré los ojos en cuanto sentí el contacto de su nariz en mi mejilla. Tuve la sensación de que tenía algo en el estómago que me hacía cosquillas, incluso olvidé respirar Bill me dio un suave beso en la comisura del labio, muy despacio y luego de separase de mi por un segundo, volvió a por mis labios.
—Ejem, ejem... podrían dejarnos pasar, ¿no? —di un bote. Bill se separó de mi al instante. Dios que susto.
—Deja de molestar, Tom —le reclamó mi novio —tienes todo el pasillo para pasar.
—Es que quería pasar por ahí —se encogió de hombros. Me entró la risa. Tom, llevaba las rastas sueltas y tenía la cara de recién levantado aún estaba con su pijama. Sam estaba detrás de él, con un poco de color en las mejillas. Estaba completamente despeinada y llevaba la misma ropa del día anterior. Sólo que sin la chaqueta y los zapatos.
—Yo no te he interrumpido con tu...
—Buenos días chicos —corté a Bill, cogiéndolo de la mano. Tampoco era plan de ponerse a pelear por las mañanas.
—Buenos días —dijeron los dos al uninoso. Tal para cual.
—Tan temprano que despiertan —se quejó Tom.
—Es que vamos a salir —comenté —¿has visto la cámara de fotos de Bill? —le pregunté.
—No —se encogió de hombros —pregúntale a mi madre. Ella lo sabe todo.
—Mmm... —Bill tiró de mi mano y no contesté. Sólo me di la vuelta para caminar hacia la cocina. Bajamos las escaleras, con la otra pareja detrás de nosotros y luego entramos en la cocina.
—¡Hola, mamá! —saludó Bill con una sonrisa.
—Hola, chicos.
—Hola, Simone —la saludé.
—¿Nos das el desayuno?
—Está servido... —oh , claro. Ni siquiera lo había visto.
—¡Hola, mamii!
—Hola, Tom —Simone miró a su hijo —¡oh, Sam! qué sorpresa tenerte por aquí querida —se acercó a ella a saludarla. Sonreí, seguro ella no sabía que Tom ya tenía novia —¿son novio?
—¿Cómo lo supiste?
—Quizás porque la tienes cogida de la mano o por que soy una bruja —se burló ella —pasa, Sam. Desayunarás con nosotros.
—Vale —avanzo con Tom, hasta sentarse en la mesa.
—Come de lo que quieras —le dijo a Sam, apuntando hacia la mesa.
—Gracias.
Cogí la taza de café y le di un sorbo. Estaba hirviendo. Auch.
—Oye, Simone —la llamé, con lágrimas en los ojos. La lengua me ardía.
—¿Sí, cariño?
—¿No sabes donde está la cámara de fotografía de Bill?
—Claro, en el salón.
—Vamos, Bill. Una foto, sólo una —le hice ojitos una vez más, intentando convencerlo. Íbamos en el autobús que nos acercaba al zoológico, ya que nos quedaba muy alejado de casa. Y cómo nos aburríamos en el viaje y no teníamos que hacer a demás de besuquearnos y eso quería tomar algunas fotografías. Cuando Bill se fuera, tenían que quedarme fotos para que no me fuera a olvidar algún detalle de su rostro, o de él.
Como si eso fuera posible...
—Vale —cedió. Sonreí con suficiencia, para seguidamente presionar el pequeño botón que encendía al aparato —pero sólo una.
—Claro —ni siquiera lo había escuchado. Solamente acomodé la cámara frente a nosotros, acerqué mi rostro al suyo, sonreí —sonríe, amor.
Flash. Y antes de que él se pudiera mover, le di un beso en la mejilla.
Flash. Me eche a reír.
Flash. Él comenzó a reír conmigo.
Flash.
—Ya basta. Me quitó la cámara de las manos —a ver, preciosa, sonríe —me apuntó con la cámara. Iba a reclamar... y otro "flashaso" —saliste enojada. Sonríe —volvió a insistir. Curvé los labios en una leve sonrisa —sonríe más —abrí un poco la boca, mostrando los dientes —sonríe, amor. Tienes cara de perrito abandonado —se burló. Al escuchar lo último me entró la risa y no pude hacer otra cosa más que sonreír. Flash —hermosa —murmuró —te tomaré otra.
—No, no, no —exclamé, quitándole el aparatito de entre las manos —ahora te toca sonreír a ti.
—Annie —se quejó.
—Vamos, Bill. Sonríe. ¿Si?, ¿si?, ¿si?
—Bien —suspiró, poniendo los ojos en blanco para seguidamente sonreír de esa manera en la que él lo hacía, dejándome sin respiración y con el corazón latiéndome a mil por minuto.
Nos bajamos del bus, una vez hubimos llegado a nuestro destino. Bill me cogió la mano, entrelazando nuestros dedos, y luego comenzamos a caminar hacia la entrada del recinto. Hacía mucho que no visitaba ese lugar. Aún recordaba cuando papá no estaba lejos y nos traía a ambos aquí. Vamos, Chris y yo. Aunque la diferencia, era que ahora estaba con Bill. Y papá y Chris ya no estaban. A mi padre bueno, era como si lo hubiese perdido, lo había visto en contadas ocasiones desde hacía tres años y el cariño, de cierta forma, se había congelado.
A lo mejor, el destino pedía a Chris y a mi padre a cambio de Bill. Pensar eso, me provocó una horrible sensación en el pecho. Tensé la mandíbula, apretando los dientes, intentando quitar esos pensamientos de mi cabeza, no podía echar a perder un día como este, menos aún si Bill se iba dentro de menos de tres días.
Bill compró los boletos de la entrada y sin esperar más, pasamos dentro.
Me colgué la cámara en el cuello y luego nos fuimos por el camino de la derecha. Ya se me había olvidado como era todo, había olvidado el ambiente, los algodones dulces, los helados que allí vendían, incluso había olvidado el uniforme que usaban los que cuidaban a los animales... y hasta el olor del lugar.
Visitamos los tigres, los leones, las serpientes, diferentes tipos de aves, caimanes y de todo... eran muchos animales. Tomé muchas fotografías, incluso le tomé algunas a Bill y él otras cuantas a mi. No faltó la ocasión en la que le pedimos a personas desconocidas que nos tomaran una fotografía juntos. Lo pasé genial.
Y cuando salimos de allí, ya habían pasado cerca de dos horas y medias, y yo iba comiéndome un algodón dulce color verde.
—¿Quieres un poco? —le ofrecí a Bill con una sonrisa inocente en el rostro.
—Estoy bien con mi helado —comentó.
—Uy, ¿me das un poquito?
—Es mío.
—¡Pero soy tu novia! —me quejé —anda, dame sólo un poquito. Te doy de mi algodón si quieres —le hice ojitos nuevamente. Bill suspiró y me tendió el helado —uy, gracias —le sonreí.
Solamente probé un poco de helado y se lo devolví.
—Delicioso —comenté. Y es que aún podía sentir el sabor en la boca.
—Lo sé —me detuve en seco. Bill igualmente se detuvo, pues íbamos abrazados. Me miró, quitándose el helado de la boca, dejándose una mancha en el labio. Sonreí. Él muy tonto, se la fue a quitar con la mano, pero se la detuve antes de que pudiera hacerlo —¿qué? —preguntó abriendo un poco más los ojos. Entonces, me puse de puntillas él se agachó un poco, entendiendo cual era mi plan, para seguidamente juntar nuestros labios. Cerré los ojos al sentir el contacto y eliminé todo resto de helado que había en su boca con mi lengua. Bill rió. Entonces me separé de él son una sonrisa —mmm...
—Delicioso —volví a decir, pasándome la lengua por los labios. Incluso se me habían quitado las ganas de comer el algodón dulce. Y ahora que lo recordaba... ¡¿Y mi algodón?!. Lo primero que hice fue mirar mis manos, luego mi ropa, para finalmente dar con que estaba en el suelo. Oh. Lo había dejado caer por accidente. Es que Bill... pff.
—Ay, no —me imitó Bill. En ese momento, pude ver bastante cerca de mi algodón dulce, el delicioso helado en el suelo.
Después del show del helado que nos montamos en plena calle, decidiéndonos después a comprar dos helados más, cogimos otro autobús y nos fuimos al centro de la cuidad, al primer cine que pillamos. Hicimos un show similar al anterior para elegir la película que veríamos y terminamos viendo una comedia romántica, ambientada en los años ochentas. Bill me compró bebida y papas fritas para comer, ya que las cabritas no me gustaban mucho. Entramos en la sala, y como la película se había estrenado hacia tiempo, no había casi nadie. Sólo un par de chicos en los asientos del centro. Con Bill subimos hasta la última fila, así nadie nos podía mirar.
Casi no le presté atención a la película. Estuve pendiente en todo momento de la persona que tenía a mi lado, cogiéndome la mano y mirándome cada dos por tres con una sonrisa. Los besos no faltaron en esa ocasión, cualquiera que hubiese visto, se habría quedado impresionado, pues prácticamente no nos separábamos.
Cuando la película acabó, ya era la hora de la cena, pero no fuimos a casa, teníamos más planes entre manos.
Como dinero era lo que más, nos hacía falta convencí a Bill de ir a comprar un par de cosas a algún negocio cerca y luego irnos a ya saben donde nuestro lugar secreto.
—Hoy si que hemos comido —le comenté a Bill, para hablar de algo, mientras caminábamos hacia un pequeño negocio que había cerca.
—Y quieres seguir comiendo —se burló.
—Es que luego me da hambre, ya sabes.
—Aham —rió un poco —¿qué quieres comprar, amor?.
—No lo sé —me encogió de hombros —alguna bebida o algo dulce.
Nos subimos en el primer autobús que pasó y que nos llevaría a nuestro destino: las afueras de la ciudad.
Miré a través de la ventanilla. Como ya estaba oscureciendo y estaba despejado, el cielo se veía hermoso. Tenía una mezcla entre rosa y azul que me encantaba las pocas nubes que habían le daban un toque especial. Seguramente la noche estaría despejada. Genial.
Moví un poco mis dedos, jugando con los de Bill. No pude evitar pensar que quedaban dos días y las pocas horas que quedaban de este día para que el se fuera. Me ponía demasiado nerviosa saber que no lo vería durante tres meses. Serían muy largos de eso estaba segura. Sam estaría igual que yo pero es que ella veía las cosas de manera diferente, era muy positiva. A todo le sacaba el lado bueno, siempre pensaba, decía y hacía las cosas que uno menos se esperaba. Era una caja de sorpresas. Vamos, que a lo mejor por eso le gusta a Tom. Pero Tom conociéndolo como lo conozco... ¿y si le hacía daño a Sam? Es que en esos tres meses podía encontrarse con alguna chica y vale. Era mejor no pensar en eso. Yo confiaba en mi amigo y confiaba en que él quería a su novia. Pero es que no podía dejar de preocuparme. Aunque no era de mi incumbencia, pero bleh. Ya no importa.
—Annie —me llamó Bill. Lo mire, saliendo de mis pensamientos estúpidos —¿estás bien?
—Si, es que ya quiero llegar —sonreí.
—Falta poco —me besó en la mejilla —ya llegaremos —suspiré. Faltaba poco tan poco para que él se fuera. Tres meses era mucho tiempo. No lo sé, una semana, dos, incluso tres. O quizás un mes. Pero tres meses era demasiado. Lo iba a extrañar mucho.
Era su sueño, me tenía que aguantar. Tampoco es que pudiera empezar a hacer pataletas y rogarle que se quedara. Era por él, no por nosotros. Por él. Porque, después de todo, nosotros siempre íbamos a estar juntos, ¿no? Llevábamos como amigos toda una vida. Y como novios, bueno, nos queríamos podíamos llegar muy lejos... tampoco es que él se fuera a olvidar de mi de un día para otro.
Nos bajamos del autobús en cuanto llegamos y comenzamos a caminar hacia la hierba como ya estaba medio de noche, ocupamos los teléfonos para ver donde poníamos los pies y no caernos.
Pasamos el resto del día en la caseta. O más bien, fuera de ella, tendidos en la hierba abrazados, mirando como las estrellas aparecían a medida que el cielo se iba oscureciendo cada vez más. Casi no intercambiamos palabras. Simplemente estábamos allí, los dos, cada uno disfrutando de la compañía del otro. Sintiéndonos cerca, pensando en que dentro de dos días nos íbamos a separar. Pero íbamos a volver a estar como ahora juntos, nadie nos iba a poder separar nunca.
Cuando ya era cerca de media noche, decidimos que era hora de regresar puesto a que ya comenzaba a hacer frío y había bastante viento.
Estuvimos alrededor de media hora haciendo el tonto en la parada más cercana del camino, hasta que pasó el autobús y claro, nos subimos en él.
Era extraño, pues aún estando juntos, nos sentíamos como distantes. No era como los otros días cuando yo estaba con él y los problemas no importaban. Los dos estábamos con la cabeza en otra parte. Pero bleh, lo importante era que estábamos juntos.
No me sentía triste... no. Sólo un poco, no lo sé. Era una sensación extraña, que no me gustaba. Era como si en mi interior supiera que algo malo iba a pasar, o que esta separación no era para bien. Pero esto iba a ayudar a Bill en su carrera, Tokio Hotel iba a llegar muy, muy lejos. Y cuando todo el mundo comprar sus discos, allí iba a estar yo... cuando los chicos estuviesen cansados, allí iba a estar yo. Cuando ganaran sus premios cuando perdieran, cuando dieran conciertos, cuando salieran en la TV allí iba a estar yo, apoyándolos desde este pequeño pueblo de Alemania. Porque todo eso iba a pasar, los chicos eran los mejores y siempre serían los mejores para mi y muchas fans.
Esa noche dormimos en la casa de los Kaulitz. Ya que después mi madre se enojaba, y ese no era plan. Además, como estaba faltando a clases para estar con Bill.
El día siguiente salimos en una cita doble, con Sam y Tom. Nos fuimos al centro de la ciudad a hacer lo primero que se nos antojara o a meternos a la primera tienda interesante que encontráramos. Las fans no faltaron. Detuvieron a los chicos un par de veces, mientras Sam y yo nos hacíamos las desentendidas y seguíamos caminando como si nada. Era mejor evitar los conflictos. Pero nos deteníamos cerca, esperándolos.
Ya por la tarde y luego de haber almorzado en Mcdonald's nos fuimos al parque de diversiones
No recuerdo haber tenido un día tan agotador incluso me había quedado sin voz, de tanto gritar.
Cuando llegamos a la casa de los Kaulitz, si nuevamente allí, nos pusimos a ver películas en el salón o quizás la única persona que vio las películas fue Sam, es que ella era muy hiperactiva, al parecer jamás se cansaba. En cambio nosotros en cuanto nos sentamos, cerramos los ojos y estuvimos como muertos hasta el día siguiente por la mañana.
El día siguiente por la mañana, fue cuando desperté y los primero que se me vino a la cabeza fue Bill. Que se iba dentro de un día. Es decir teníamos todo el día de hoy, mañana se iría por la mañana bastante temprano. Y hoy él se tenía que ir a la discográfica toda la tarde, para arreglar las cosas y eso. Yo me había ofrecido en arreglarle el equipaje. Él se había negado rotundamente, pero acabé por convencerlo. Después de todo, yo era su novia y a él no le tenía que dar vergüenza que yo viera su ropa interior.
Ese día, almorzamos todos juntos en la casa de los Kaulitz, con Simone e incluso mi madre, era una especie de despedida para los gemelos. Y luego, cerca de las cuatro de la tarde, los chicos se fueron a la discográfica.
Ahora éramos sólo chicas en la casa de los Kaulitz. Sam, mamá, Simone y yo. Sam se fue media hora después y mamá se fue a hacer algunas compras para la once, ya que íbamos a comer nuevamente todos juntos, había que aprovechar el momento, ¿no? Aunque a mi me hubiese venido mucho mejor haber estado a solas con Bill. Pero vamos, que también tenía que estar con su madre.
Simone me ayudó con el equipaje de Bill y yo la ayudé con el de Tom. En conclusión, nos ayudamos mutuamente, incluso entremedio del trabajo fuimos a un negocio cerca de comprar helados... y en eso se nos fue toda la tarde.
Sam regresó, al igual que mi madre sólo que mi madre traía comida semi-preparada.
Sólo faltaban los gemelos.