CAPÍTULO 2
Me alejé de la ventana nuevamente y encendí la TV. Busqué uno de los canales de música y me aburrí el resto de la tarde viendo videos. –¡Hija! –Gritó mi madre desde abajo. Yo puse los ojos en blanco, no tenía ganas de salir de casa. Pero como siempre… ella daba las órdenes aquí.
–¡Ya voy!–Respondí con desgana. Arrastré los pies hacia la puerta, sin apagar la tele y bajé hasta la cocina- ¿Qué? –Ve a comprar las cosas para el almuerzo de mañana– Dijo sin quitar la vista de la cacerola que fregaba con fuerza– El dinero y la lista de compra están en la mesa– Volteé hacia atrás y cogí el papel escrito con los billetes.
–Ok–Suspiré y salí de la cocina tras escuchar las recomendaciones de mi madre, vamos lo de siempre: “Anda con cuidado”, “mira a los dos lados” y todas esas chorradas que uno se cansa de oír una y otra vez antes de salir de casa.
Cerré la puerta con fuerza, ya que costaba un poco y me eché el dinero en el bolsillo del pantalón. Miré a todos sitios viendo si había alguien y comencé a caminar hacia la esquina. El pequeño negocio estaba en la siguiente calle y no tardaría en llegar.
Mientras caminaba leí la lista… Allí sólo habían anotadas cinco cosas: Papel higiénico, pan, 1 Kg de arroz, sal y unos cuantos gramos de carne. Ojala no me falte dinero, pensé.
Arrugué la lista y le metí echa muño en el bolsillo. Ya me había aprendido las cosas de memoria y no era necesario echarle otro vistazo.
Seguí caminando lentamente, mientras miraba mis pies. Sentía que no encajaba en ese lugar. Ese barrio tan elegante y con gente adinerada. Una chica como yo no debería haber estado allí. Pero mi madre había insistido a mi padre (cuando seguían juntos, claro) en endeudarse hasta el cuello para comprar una casa en ese lugar.
Entré en la tienda aún mirando el suelo y busqué todo en silencio. No choqué con nadie, y eso era un record. Me encaminé con todo entre los brazos hacia la caja y los deposité en ese gran mesón color crema, siempre atendido por una mujer rellenita y de mejillas rojas. Daba la impresión de que iba a reventar en cualquier momento. Levanté la vista y le sonreí en modo de saludo. Ella hizo lo mismo.
Mientras anotaba y sacaba cuentas, yo buscaba el dinero en mi bolsillo. Sentí que alguien se paró tras de mí, pero no le di importancia y puse el dinero en el mostrador. La señora lo cogió y luego me miró con los ojos entrecerrados.
–Falta dinero. – Me dijo amablemente. Yo abrí los ojos como platos. ¡Qué vergüenza!
–¿De verdad?– Miré la pequeña máquina donde marcaba el precio. Sí, me faltaba. – Oh, lo siento– Metí mis manos en los bolsillos nuevamente y comencé a buscar más dinero. Pero los billetes no aparecían así por así en un acto de magia. Me estaba comenzando a poner nerviosa. Apreté la mandíbula y me sentí avergonzada. Dios, que estúpida mi madre. – Esto…
– Yo pagaré lo que falta– Escuché una voz detrás de mí. Me sorprendí un poco y me quedé de piedra mirando como él le daba un billete a la señora, esta lo recibía y lo guardaba en la caja junto a los otros. Luego sacaba un par de monedas y se las daba. Este las recibía diciendo un “Gracias”. Pude ver que llevaba un paquete de papas fritas entre las manos, muy grade debo decir.
– Quisiera llevar esto. – se lo dio a la señora y luego pagó. No pude evitar darme cuenta en sus movimientos. En los perfectos que eran. En sus ojos y su sonrisa. Pero el no me miraba. Y cuando lo hizo yo logré salir de mis pensamientos y coger las bolsas que estaban frente a mí.
– Gracias– Le dije a la señora. Luego salí de la tienda a paso rápido, sin siquiera mirar al chico.
Atravesé la puerta y me detuve. Ni siquiera le había dado las gracias. Había sido un poco grosera. Le tenía que devolver el dinero, eso estaba claro.
No tuve tiempo de seguir pensando, él salió de allí con la bolsa de papas fritas dentro de otra bolsa y comenzó a caminar, no me había visto.
Me apresuré en alcanzarlo y me puse a caminar a su lado.
Le eché una mirada, la cual él me la devolvió divertido.–Meer, ¿no? – Me preguntó. Yo asentí.
–Si.
– Sabía que no se me había olvidado– Rió un poco. Yo igual lo hice. Me salió una risa, bastante tonta, ya que estaba nerviosa. Pero él pareció no darse cuenta.
–¿Y tú eres Bill?– Lo miré hacia arriba. Me ganaba por más de 20 cm, eso era seguro. Yo con mis catorce años no llegaba al metro sesenta y era algo estúpido, pero me sentía muy bajita.
– ¿Crees que pueda ser Tom?–Se señalo a si mismo mientras alzaba una ceja.
–Pues no– Reí – Gracias por lo de la tienda, ya te lo pagaré. – Le dije aún sonriendo, aunque sentía las mejillas ardiendo… ya podía imaginarme roja como un tomate.
– No te preocupes– Dijo sonriendo. Yo asentí mientras pensaba en que sí se lo devolvería. Sabía que él se negaba por cortesía, todo el mundo lo hacía… Pero yo le pagaría el dinero para no quedar mal.
– Claro– Respondí. Caminé un par de pasos más y ya estaba frente a mi casa. La de Bill quedaba a unos escasos metros, pues su casa estaba al lado de la mía. – Adiós y gracias. – Le dije sonriendo.
– Adiós– Me contestó con el mismo tono amable que había usado en toda la conversación. Vi como se me acercaba y se agachaba un poco para darme un beso en la mejilla. Yo no solía saludar ni despedirme de esa manera, pero no podía rechazarle porque sería algo grosero… me sentí incómoda al dárselo. Lo mío era chocar la mano o ese tipo de cosas que hacen los chicos… – Pequeña– Se burló mientras volvía a erguirse.
– ¡Hey!– Fruncí el ceño.
– Ya crecerás, no te preocupes– Siguió con la bromita. Yo puse los ojos en blanco.
– Que confianza me has agarrado– Dije haciéndome la enojada.
– Pues te aguantas. Yo te salvé de pasar la vergüenza de tu vida– Lo fulminé con la mirada.
– ¿Me estás chantajeando?– alcé una ceja. Él se echó a reír.
– Llámalo como quieras, pequeña.
– ¡No me llames así! – Le di una patada al suelo. Acto ridículo, lo sé… me di cuenta de ello demasiado tarde, cuando Bill se había echado a reír.
– ¿No quieres que te llame pequeña, pequeña?
– Ya basta. Vete a tu casa a comer esas papas– Le di un empujón. En broma, claro.
– Eres una grosera… pequeña–Añadió poniendo énfasis en esa palabra.
– ¡Agh! Hoy no dormirás– Lo amenacé para luego darme la vuelta y caminar hacia mi casa. Pude sentir su risa tras de mí. Obviamente yo le parecía graciosa. Para él yo era una niña pequeña.
Llegué a la puerta y piqué al timbre. Al instante pude sentir los pasos de mi madre. Giré la cabeza un poco hacia la izquierda para ver a Bill. Este abría la puerta de su casa con una llave. Yo no tenía llave… me haría una copia el viernes.
La puerta se abrió y mi madre apareció en ella.
– ¡Hasta que llegas! – Me quitó las bolsas de las manos y entró en la casa dejándome fuera. Se merecía el premio para la madre del año.
Por suerte no había cerrado la puerta. Entré en la casa y cerré la puerta tras mi paso. No sabía la razón pero me encontraba feliz. Más de lo habitual. Sentía que la mueca de felicidad no la podía borrar del rostro y eso según yo, me hacía parecer ridícula.
Subí a mi habitación rápidamente. Haciendo sonar bastante fuerte la escalera. Mi madre me gritó desde la cocina pero no logré oír lo que decía.
Una vez llegué allí, cerré la puerta con llave y me lancé a la cama, para quedar boca abajo, con los brazos y las piernas extendidas.
Me sentía extraña, nunca me había sentido así. Era como si estuviese enferma… tenía ganas de ponerme a saltar por toda la habitación y romper unas cuantas cosas. Estaba eufórica. Pero lo extraño era que no había razón para estarlo. O al menos no una razón aparente.
Luego de unos minutos, sentí un portazo proveniente de la casa vecina. Giré la cabeza hacia la izquierda y miré a través de la ventana abierta. No se distinguía demasiado, pero pude ver tres siluetas allí dentro. Estuve segura de que eran los gemelos. Vamos, que una silueta con cabello de puerco espín y otra de un elefante, no se veían en todas partes y no se podían confundir… pero también, había alguien más.
No tenía idea de quien pudiese ser. Pero era chico, por sus risas.
Resoplé y me cubrí la cabeza con una almohada. Hacían demasiado ruido. Según lo que escuchaba, querían ver una película, y estaba peleando por cual poner.
Alargué la mano y cogí el control de la TV que estaba en el suelo. Luego, sin siquiera quitarme la almohada de la cabeza, le di al botón power, para encenderla. Le subí el volumen a cuarenta y me destapé para mirar el video que pasaban. No me gustaba para nada. La típica chica que se cree sexy, mientras canta en su puto video y baila como una verdadera puta provocadora. En fin… opiniones.
Resoplé mientras esperaba a que acabara. La TV estaba tan fuerte que supuse mi madre llegaría en cualquier momento para decirme que le bajase un poco, que parecía casa de locos y ese tipo de cosas. A mí me daba igual, pero a mi madre le preocupaba lo que la gente decía.
La canción acabo y en ese momento comenzó a sonar una mucho más fuerte. Podía escuchar la batería por encima de los otros instrumentos, el sonido de la guitarra mezclado con una voz desgarradora, que cantaba a gritos una canción bastante rápida y extraña. Miré la TV y pude ver un cuerpo lleno de tatoos. Un chico encorvado tocando una guitarra eléctrica y cosas muy escalofriantes.
Dirigí una fugaz mirada hacia la ventana, ya que de pronto me había sentido observada.
Allí estaba de pie un chico rubio, su cabello era casi fosforescente. Muy lindo, si. Pero se veía mayor. Nunca antes lo había visto. La cosa es que este me sonrió. Yo me quedé de piedra en el sitio y volteé la cabeza rápidamente. Timidez… eso te jode la vida si no lo sabes controlar. En esa época mi personalidad estaba en los niveles más inferiores de la tabla de personalidades.
Por una extraña razón (que extraña, yo lo sé) sentí que el calor se me subió a la cara, y unas inmensas ganas de salir corriendo de allí. Pero no lo hice. Parecería una niñita asustada.
– ¡Meer!– Escuché que alguien gritaba mi nombre desde el otro lado de la ventana. Yo conocía esa voz… volví a voltear la cabeza. Allí estaba Bill, mirándome, del lado del chico rubio. Ambos con una sonrisa en el rostro. A ver quién era más lindo… la respuesta ya estaba clara.
– Emm... Hola– saludé costosamente. Sonreí un poco a la fuerza y le hice una seña con la mano. Ambos chicos se miraron y luego estallaron en risas. Me sentí ridícula.
– ¿Qué haces?– Habló Bill nuevamente. Yo señalé la TV con el control y puse cara de obviedad. Él miró al rubio con expresión insinuante y luego me volvió a mirar – ¿No quier..?
– ¡¡MEER!!– Mi madre. Con sus típicos gritos desde el piso de abajo. Fruncí el seño.
– YA VOY. – Grité tajante. Rolé los ojos y miré a ambos chicos. – Lo siento. – Hice una extraña mueca, dando a entender que debía ir ahora, yá. Y seguidamente me levanté de la cama y tras apagar la TV abandoné la habitación a paso rápido.
