16 septiembre, 2013

Automatic /Capítulo 20


No sentí dolor, no sentí nada. Todo se volvió negro…

Desperté...… o no, quizás no estaba despierta. No sentía mi cuerpo, tampoco podía moverme. Pero escuchaba gritos, llantos… y un fuerte sonido traspasándome los oídos, me molestaba ¿qué me había pasado? Ni siquiera sabía si estaba respirando. Abrí los ojos, pero una luz me cegó.… Sentí la boca espesa y una lágrima se deslizó por mi cien.


Abrí los ojos… me sentía mareada, pero tampoco sentía mi cuerpo ¡papá!, papá estaba allí… Los ojos se me cerraron, pero volví a abrirlos.


No… ese no es papá. Espera, si es… ¿desde cuando tiene tantas canas? nunca me fijé en eso. Deberían ser alrededor de las dos… es de día. No puedo lograr ver bien el rostro de papá. Se mueve ¿por qué se mueve tanto? deja de moverte.

Tengo sed. Quiero coca-cola… con hielo. Sólo quiero eso, nada más. También tengo calor. Y ahora que me doy cuenta… ¿dónde estoy? quiero ver a mi madre.… Esperen, esperen ¿por qué papá llora? Tengo la boca espesa. Pero también está sonriendo. Seguramente llora de felicidad, que bien ¿por qué tan feliz?... sigo sin saber donde estoy…... me mareo… Los ojos se me vuelven a cerrar, pero yo los vuelvo a abrir. No quiero dormir…

—Hija —era su voz —no te esfuerces, no digas nada…... se está acabando el efecto del sedante, tranquila —¿sedante? ¿qué es un sedante? ¿no es eso que dice que hay que darle los asientos en los autobuses a la gente mayor? autobús. Sentí su mano cálida sobre la mía, sobre mis dedos, acariciándolos despacio —dentro de poco ya estarás bien despierta. Que bueno que estás bien, no te imaginas el susto que me diste… —¿qué pasó? ¿alguien me puede decir donde estoy? No entendía nada de lo que mi padre me decía.

Pasaron unos minutos… hasta que estuve completamente conciente. Mi padre estaba sentado en una silla, a mi lado… y yo en todo el tiempo que había pasado, no había dejado de mirarlo. Estaba triste...… la tristeza estaba reflejada en sus ojos, era una tristeza profunda. Pero también podía ver alivio en ellos….

Tragué saliva.

—¿Qué pasó? —casi no pude hablar. La voz no me salió. Pero él, aún así, me escuchó.
—Te atropellaron, bebé… —lo oí suspirar fuertemente. Los ojos se me humedecieron… y no pude evitar derramar una lágrima. Mi madre había muerto en un accidente de tránsito. Papá la amaba… pero ella se fue. Y yo, con mi torpeza….
—No recuerdo bien —papá me limpió las lágrimas con sus dedos.
—Tranquila… lo importante es que, dentro de todo…, no te pasó nada. No te imaginas como me asusté, pequeña… creía que iba a perderte —quería llorar a gritos. Mi padre se había sentido mal por mi culpa… —aún no entiendo esa manía tuya de no mirar antes de cruzar la calle. – Intentó reír. Yo no dije nada. Me sentía mal… sentía que tenía una gran responsabilidad…
—¿Cómo fue que pasó? —seguí preguntando.
—Estabas con Emilie… y los chicos de la cena del lunes… —no seguí escuchando. Emilie, Andreas, la pelea...… ese “¡cuidado!”, aún me resonaba en la cabeza… pero ese “no”, un grito de muerte, de terror, un grito que desgarraba la garganta… y a lo mejor, sabía de quien provenía ese grito. Cerré los ojos… con la poca fuerza que tenía. Me sentía demasiado débil. Mi padre había dejado de hablar, al darse cuenta de que había entrado en mis pensamientos.
—Lo siento —murmuré.
—De lo único que tienes que preocuparte ahora es de mejorarte —me acarició la frente, con su mano.
—¿Qué tengo?– —volví a abrir los ojos.… Me padre bajó la mirada —dime todo lo que me pasó, no olvides ningún detalle —el anciano suspiró.…
—Tienes huesos rotos…. Contusión cerebral. Es lo más…... deben hacerte más exámenes por lo de la cabeza. Puedes quedar con alguna secuela.
—¿Secuela?, ¿qué huesos me rompí?
—Dos costillas… las dos del lado izquierdo. El fémur del mismo lado y la clavícula. Por eso estás tan… inmovilizada. Y tienes una lesión en muñeca derecha. – No me había dado cuenta de que tenía tantas cosas rotas.
—¿Y cómo sanaran?
—Si no te mueves, sanarán más rápido. Te van a dar de alta en...… no lo sé en realidad, vas a estar internada por unos… muchos días… voy a asegurarme de tenerte aquí, al cuidado de los médicos —asentí.
—No me duele —le comenté.
—Son calmantes. Un buen efecto, ¿no?– —asentí. Quizás cuanto tiempo tendría que estar en el hospital. Me dí cuenta de que había dejado de llorar —tus abuelos vinieron a visitarte, incluso Emilie y su familia se pasaron por aquí. Y un chico...… el novio de Sam —Tom —y un rubio que me pareció muy simpático.
—¿Me vieron? —abrí los ojos como platos. Me había dado cuenta de que papá no había mencionado a Bill.
—No, no te vieron… el doctor no dejó que entraran. Pero desde mañana por la tarde, cuando terminen de examinarte vas a poder tener visitas.
—Vale. Cuando vayas a casa… —no le podía pedir mi guitarra, no podría tocarla —¿Me traes el portátil?
—Ok… También el móvil. Traje todos tus pijamas.
—Papá… —me quejé.
—Puedes mirar televisión —me mostró el control de la TV, sonriendo… y luego la encendió. Aproveché el momento para echarle un vistazo a la habitación. Estaba pintada de un color bastante claro… era luminosa. Y la luz del sol se calaba entre las cortinas rojas de la ventana. La TV estaba sobre una armazón de metal, casi en el techo, había un sillón del mismo color de las cortinas, bajo la ventana… y del otro extremo de la habitación, estaba la puerta. Y como por arte de magia… la puerta se abrió.
—Oh, veo que ya despertaste —un hombre de blanco se asomó en la habitación —luego vamos a hacerle unas pruebas —le dijo a papá —y a repetir algunos exámenes, ¿puedo hablar con usted un momento? —mi padre asintió.
—Claro —dejó el control de la TV en mi mano buena y me dio un beso en la frente —vuelvo en un momento, hablaré con el doctor, compórtate y no te vayas a mover… o haré que te seden de nuevo —asentí. No necesitaba amenazas. Luego papá salió por la puerta, cerrando tras su paso.

Miré la TV. No me gustaba ver las noticias. Moví el dedo con un poco de dificultad, encontrando el botón.

15 septiembre, 2013

Automatic /Capítulo 19


Abrí los ojos con pereza.

Era martes, y tenía que irme a la escuela. No quería, no tenía ganas de salir… y es que me habría quedado acostada todo el día. Metida entre las sábanas calentitas. Pero no… tenía que ir a “estudiar”. Suspiré y me levanté de golpe… cuanto antes mejor. Hice lo mismo que todas las mañanas y me acabé poniendo unos jeans claros con manchas más oscuras y un sweater de lana color negro. Eran de lo más calentitos… y el sweater me lo había dado la abuela en las navidades anteriores. Me puse también unas botas y como no estaba atrasada, me alisé el cabello, además de maquillarme un poco. Bajé a tomar desayunos y en cuanto termine, me puse el abrigo negro, cogí mis cosas y salí de casa. Al parecer papá entraba a trabajar antes que yo despertara… que temprano, pobre.

Caminé hacia la esquina a la parada de autobuses… y me pillé con Emilie. En todo el camino a la escuela no dejó de molestarme con Bill. Odiaba que hiciera eso, era insoportable. Tuve que entretenerla con lo de nuestros padres. Emilie estaba muy contenta con eso de que probablemente seríamos hermanas. Aunque me confesó que sentía que su padre no hubiese ido a la cena.

Llegamos a clases antes de que comenzaran y nos pusimos a conversar en nuestros asientos. Me estaba apegando mucho a ella y Emilie tampoco socializaba mucho con el resto de la clase. Tuvimos que dejar de hablar cuando llegó el profesor de historia. La historia alemana no me interesaba… para nada. Lo básico ya lo sabía, y no me hacía falta saber más cosas. Sólo el idioma del país, nada más. Estuve dibujando en mi cuaderno todo el tiempo. Llevaba muy poco tiempo con los cuadernos comprados y ya los tenía llenos de rayas y dibujos sin sentido.

En la segunda clase, me puse a escuchar música a escondidas. Guardando el móvil en uno de los bolsillos de mi chaqueta… cubría los audífonos con mi cabello y sólo Emilie se dio cuenta de que estaba en mi mundo, pensando en mis cosas. O quizás sólo pensaba en Bill… odio pensar en Bill. Desde anoche, no había podido dejar de pensar en él. Incluso había soñado con él, era lo peor. En el sueño, él me decía que jugáramos... me cogía la mano y corríamos por la playa… una playa que recordaba muy bien, la había visitado hacía un tiempo, el otro país, otro continente. Pero yo estaba allí con Bill, corriendo, mojándonos los pies… Yo estaba enojada. Y Bill intentaba animarme, tiraba de mí y reía. Con esa risa, que seguramente, había sido afortunada al lograr escucharla. Los dos íbamos vestidos con ropa de playa… y él lograba convencerme, para comenzar a jugar, o más bien correr por la playa. En ningún momento entramos al mar… 

Cuando fue la hora de almuerzo, me pedí un plato de comida y una coca-cola. Emilie comió lo mismo que yo… y después volvimos a clases. Estaba segura de que iba a reprobar en todo. A no ser que me hicieran las evaluaciones en inglés… pero eso ya lo arreglaríamos. Esa clase, estuve igual que en las anteriores: Haciendo nada. Dibujé, tarareé una canción e incluso me puse a revisar las fotos de mi móvil. Emilie no habló conmigo en todo ese tiempo. No le iba muy bien en esa clase y quería subir sus calificaciones… bien por ella. A lo mejor después me enseñaba.

Y que alivio sentí cando sonó el timbre que avisaba que las clases ya habían terminado.

—Por fin —dije, soltándo eun bostezo. 
—Si… —suspiró Emilie, guardando los cuadernos dentro de su mochila, yo la imité —estoy agotada ¿te parece si ensayamos mañana? —se refregó uno de los ojos —hoy va a venir papá a vernos… y quiero estar con él. 
—No hay problema —le sonreí, cerrando mi mochila. Yo también quería tener tiempo para hablar vía Internet con mis amigas y componer el acompañamiento. Emilie se llevando, colgándose la mochila en los hombros y yo la seguí, saliendo de la clase. 
—Mañana cae nieve —me dijo, mientras se acomodaba todo el cabello hacia un lado. 
—Que horrible… no me gusta a nieve, es tan helada —me estremecí. 
—Es agua congelada —se burló Emilie —¿comemos helados mañana?
—Vale. Pero en mi casa…
—Entonces me voy a tu casa para tocar, ¿no? —asentí.  
—Nos vamos turnando —Emilie me dio la razón. Y luego nos subimos al autobús… que se había detenido justo frente a nosotros. Avanzamos hacia los asientos del final y yo me senté del lado de la ventana. 
—¿Y Bill?
—¿Sigues con lo mismo? —esto ya me estaba cansando. 
—Si ¿te gusta? No voy a dejar de molestarte hasta que lo admitas —se apresuró en decir. 
—¡Pero no me gusta!
—Si te gusta, no lo niegues. Mentir es malo… —puse los ojos en blanco. 
—No tienes remedio… ¡Bill ni siquiera es lindo!
—¡Pff! ¿y quieres que te crea? Es que eres demasiado obvia. Lo miras como una boba todo el tiempo ¿o es que piensas que la gente, digo yo, no me doy cuenta de que prácticamente se te cae la baba? —abrí los ojos como platos ¡no! —y no te sorprendas, Bill te mira igual. No sé porqué pelean tanto, dile que lo amas y ya. 
—¡No lo amo! además ni siquiera lo conozco, no inventes cosas… que te quede claro que jamás podría amar a alguien taaan automático —hice un gesto con la mano.  
—Por eso es que lo amas… amas su automática existencia —se calló al instante, torciendo la boca hacia un lado —seguro que antes no era automático. A lo mejor… ¡claro! a ese chico le falta amor. Tú puedes darle amor, sácalo de su estado automático. 
—Ese chico necesita clases de modales.
—Uy, sé que te mueres por él —fui a protestar, pero ella me interrumpió —te doy €100 si logras que salga de su estado automático. Alcé una ceja. 
—No.
—€200 —negué con la cabeza —€300, es mi última oferta —volví a negar —puaj, te da miedo, eso es lo que pasa. No puedes hacerlo. 
—Si quisiera, podría hacerlo.
—¿Y €300 no te hacen querer? te estoy tocando el orgullo, no sé si te diste cuenta —roló los ojos, inocente. 
—Hecho —OK… me había picado. Tenía que aceptar esto. 

Entonces ella se levantó y detuvo el autobús.
—Podrías empezar a conquistarlo ahora —me levante, sin entender y me bajé tras Emilie del autobús. Allí estaban ellos. 

“Conquistarlo”, y es que de sólo pensarlo me daban escalofríos. 

—¡Hallo! —gritó Emilie, agitando la mano. Wow, eran muchos y estaban conversando todos de pie bajo la parada de autobuses. Estaban Sam, Tom, Bill, Andreas, Georg… y una chica que nunca antes había visto. 
—¡Emilie! —la saludó Andreas. Emilie cogió mucho aire, feliz… y luego se acercó dando saltitos a saludarlo con un beso en la mejilla. Genial… ahora ella iba a obtener de lo mismo que me había dado.  

Caminé hacia Andreas. Al parecer nadie se había dado cuenta de nuestra presencia, sólo Andreas… Y a lo mejor también Bill, con quien crucé la mirada durante medio segundo.
—Hola —saludé a Andreas, poniéndome de puntillas para darle un beso en la mejilla. 
—Hola, Karlie —me dedicó una sonrisa. 
—Oye, ¿no quieres invitar a Emilie al cine? muere por ir contigo —sonreí de medio lado. Emilie me miraba con la boca y los ojos abiertos. Estaba sorprendida… y algo molesta. 
—La verdad… —se llevó una mano al cabello y se rascó la cabeza, torciendo la boca hacia un lado —tenía la intención de invitarte a ti. No sé como adivinaste… —esta vez quien abrió la boca y los ojos fui yo. Al parecer Andreas se dio cuanta de que la había cagado. Emilie se cubrió la boca con una de sus manos y yo no supe que hacer. Estaba nerviosa… jamás me había pasado algo así. Y el silencio siguió… reventándome los oídos. Hasta que alguien carraspeó, detrás de mí. 
—Andreas, no seas perdedor… —me tensé por completo. Pegué un pequeño saltito al oír su voz… y me sentí avergonzada. Él se había entrometido en nuestra no-conversación. Y yo seguía con la mirada clavada en el botón del abrigo de Emilie, sin querer mirarle el rostro, seguro estaba dolida. Y había sido mi culpa. Respiré, llenando mis pulmones a tope.  
—¿No quieres? —me preguntó Andreas. Alcé la vista, clavando mis ojos en los del rubio… se notaba decepcionado ¡idiota! ¿o es que no se daba cuenta de la gran chica con lágrimas en los ojos que tenía a su lado?
—N-no —apenas pude sacar la voz. El color se me subió a las mejillas y no supe que hacer. 
—Claro que no quiere, si ese día irá al cine conmigo —un brazo me rodeó a la altura de los hombros. Me empujó hacia atrás, pegándome a su cuerpo. Me quedé de piedra, sin saber que hacer, o que decir. Estaba roja a más no poder, sentía mucho calor, quería quitarme ese abrigo ¿y a Bill que le pasaba?, ¿por qué hacía esto? Miré a Emilie. Sus ojos estaban cristalizados en lágrimas. 
—T-tu… —carraspeé, intentando sacar la voz —tú, Andreas… —lo miré —quería ir al cine sólo porque quieres que seamos buenos amigos, ¿verdad? —dije con un hilo de voz, intentando hacer sentir mejor a Emilie. Pero no podía olvidarme de que tenía a Bill pegado a mi espalda y prácticamente abrazándome. 
—Yo… más bien pensaba que… —cogió aire fuertemente, incluso yo pude oírlo —no importa. 
—Idiota —lo insulté, perdiendo la calma al ver como Emilie se pasaba una mano por los ojos, que ya comenzaban a enrojecer —eres un idiota, como todos los hombres —alcé un poco la voz. Bill se puso rígido detrás de mí, sin soltarme aún —estúpido ¡ni siquiera te das cuenta! Te estás perdiendo algo muy, muy valioso —seguí. Andreas me miró confundido, sin entender nada. Bill me hizo callar, con un “shht” que salió por entre sus labios, sobre mi cabeza. Entonces Andreas miró a Emilie… la chica desvió el rostro hacia un lado, para que no pudiera ver sus lágrimas que ya comenzaban a deslizarse por sus mejillas. Y si ella lloraba… yo también lloraría —Emilie… —me fui a mover, para abrazarla, pero Bill me rodeó con su otro brazo. 
—Andreas… ¿porqué no hablas con Emilie un segundo en el parque que está a dos calles de aquí? —dijo Bill, como si estuviese hablando con una persona que tiene problemas mentales. Andreas miró hacia ambos lados, confuso. 
—Lo siento —me dijo.  
—No me lo digas a mí —contesté entre dientes. Había intentado burlarme de Emilie y había pasado esto. ¿Pero como iba a saber yo que Andreas iba a invitarme a salir? 
—Si quieres otro día, después de que salgas con B…
—Andreas, cállate —lo volvió a cortar Bill, con voz fría. 
—Bill, tu no puedes salir con ella, Karlie es m…
—¿Es que no captas indirectas, descerebrado? —le espetó Bill, ya enojado. Así que yo no era la única a quien regañaba… —yo no voy a salir con esta niñita, tampoco pienso hacerlo alguna vez, sólo te digo que vayas a HABLAR con Emilie —casi le gritó. Sentí como el corazón se me encogía… me sentí aún peor al escuchar un sollozo de mi amiga. 
—Tú no tienes que decirme lo que teng…
—¡Que te calles! —le grité, intenté avanzar un paso, pero Bill no me soltaba. Andreas me miró… casi rogando ¡pero qué terco! 
—Pero si estás libre, Bill no va a salir contigo y tú me…
—¿Y crees que este es el momento adecuado para decirlo? —lo cortó Bill —vamos a tener problemas, Andreas. Tú eres mi amigo… pero no voy a soportar, que por esta niñita —me soltó de golpe, haciéndome a un lado. Me entraron ganas de llorar… —que acaba de llegar, de donde mierda sea que hubiese estado, vengas y le rompas el corazón a Emilie. Yo la conozco desde que conocí a Sam, la he visto crecer, he visto como te mira, incluso te he escuchado cuando te pones en plan “me gusta Emilie”, ¡pero claro! llego la nueva y a babear por ella, ¿no? entiende si te dice que no quiere salir contigo. Por algo será, ¿no? —Bill estaba enojadísimo. Se adelantó, poniéndose frente a mí, encarando a Andreas… y yo ya me iba a echar a llorar. Nunca, repito, nunca me había pasado algo así. Incluso los otros chicos se habían quedado en silencio, escuchando la pelea. 
—¡Tú no vengas con cuentos, Bill! Karlie nunca me ha dicho que no quiere salir conmigo, además ¡a ti no te importa Emilie!, lo único que te importa, es que esa “niñita”, como tu la llamas, se parece a tu ex ¡y no quieres que nadie la toque! ¿es eso no? —esperó unos segundos, Bill se había quedado mudo —déjame decirte que eres un cobarde ¡ni siquiera has superado lo anterior!, al menos déjame vivir a mí, es mí vida. 

Sentía que ya ni siquiera respiraba. Di un paso hacia atrás… Todo se había quedado en silencio… sólo escuchaba los sollozos de Emilie y los coches pasar por la calle.

Tenía que irme, ya no soportaba escuchar tantas estupideces. No soportaba a Andreas, todo había sido mi culpa. Me acomodé la mochila en el hombro y caminé hacia la calle… me iba a casa.

—¡CUIDADO! —escuché la voz de una chica… pero no pude procesar nada, hasta que un “NO” masculino traspasó mis oídos… Giré la cabeza hacia un lado, pero ya estaba demasiado cerca…




Automatic /Capítulo 18


—¡Ya llegamos! —gritó Sam, abriendo la puerta de su casa. Pude entenderla… me incorporé en el sillón y Bill me imitó, alejándose un poquito. A lo mejor no quiso que me diera cuenta, pues lo había hecho disimuladamente… pero yo si me había percatado. Tampoco soy tan estúpida. Se escucharon los pasos de Emilie bajando las escaleras casi corriendo… y luego, Tom y Simone entraron en la casa. Papá y Juliette aún no llegaban. 
—¡Simone! —saludó Emilie. La mujer le dijo algunas cosas en alemán que no entendí… y Emilie le contestó en el mismo idioma.
—Karlie, querida, hola —me saludó, mientras se quitaba el abrigo. Yo lo sonreí y le hice una seña con la mano, en forma de saludo.

Bill se movió un poco, volviendo a posar sus ojos en la TV… y yo me sentí incómoda. Como si sobrara en ese lugar, no era mi ambiente… no eran gente familiar para mí… y era extraño. Quería irme. Incluso estaba más nerviosa que antes. Era como si estuviese excluida… además, ellos habían comenzado a hablar en alemán. Él único que no hablaba y que parecía tan alejado de todos, como yo, era Bill. Pero él ya no me prestaba atención. Estaba con la vista fija en la TV. 

Me acomodé el cabello detrás de la oreja. Me quería ir… y si no me iba, estaba segura que agarraría una de esas pataletas.

Me levanté del asiento automáticamente… iba a salir, si… daría una vuelta hasta que papá llegara. Seguro él también se sentiría incómodo ¡auxilio! 

Me di cuenta de que Bill me miraba… más que nada porque me había quedado quieta, pensando que hacer. Me dí cuenta de ese hecho y caminé hacia la puerta.

—¿A dónde vas? —me di la vuelta y miré hacia la puerta de la cocina, era Sam —me encogí de hombros.
—Olvidé algo en mi casa, es todo… vuelvo en cinco minutos —me excusé.
—Ok… —movió la boca hacia un lado —tienes que apurarte porque vamos a cenar dentro de poco… aunque aún no está lista la comida —roló los ojos.
—Amm... vale, no tardaré —cogí la puerta…
—¿A dónde vas, Karlie? —era Tom. Se había asomado detrás de Sam… ¿la misma explicación? Puaf.
—A bu…
—Va a buscar algo que se le quedó en su casa —me cortó Sam, explicándole a Tom por mí.
—Yo puedo llevarte —se ofreció, saliendo de la cocina. 
—¡No! —me callé al instante —digo… no —¿qué se suponía que iba a buscar? yo sólo quería salir de esa casa y ya… —es que no quiero molestar —dibujé una sonrisa forzada.
—Pero no molestas, de verdad… te llevo en el coche, vamos. 
—De verdad, Tom —hice un gesto con las manos… algo extraño.
—Bueno, en ese caso… ve con cuidado. Si alguien te habla, no digas nada, tú sigues tú camino, si es necesario te regresas —fruncí el ceño. Se estaba comportando incluso más paranoico que papá —¿llevas móvil? —asentí —ok.. te vuelves en cuanto tengas lo que buscas.
—Que sí, que sí. Adiós —abrí la puerta y salí fuera, luego la volví a cerrar. La brisa fría me hizo estremecer. No había cogido la chaqueta… la había olvidado. Que inútil que soy. Apreté los dientes, para no comenzar a temblar y luego miré en las dos direcciones de la calle, sin empezar a caminar. Me sobresalté al escuchar como la puerta se abría a mis espaldas. Rápidamente me di la vuelta ¿y este qué hacía aquí?
—¿Qué? —le pregunté, sintiendo como el corazón se me comenzaba a apurar… 
—Voy contigo —me contestó, cerrando la puerta.
—Pe-pero… —no. Es que si él me acompañaba… tendría que ir a buscar algo y… argh. Aunque creo que eso era lo de menos. No quería que me acompañara nada más porque me daba un poco de vergüenza… y esas sensaciones que no me gustaba sentir. Además, iba a volverme torpe, de nuevo. 
—Sé que no quieres quedarte allí adentro… sólo quiero cuidarte —alcé una ceja, alejándome un paso de él. 
—¿Cuidarme? 
—En todas partes hay personas malas, Karla. No pienses que por ser tú no te harán nada… además, —dijo comenzando a caminar… —sé de gente que anda por estos lugares… y que no es muy buena… —pasó por mi lado. Me estremecí. En el mundo hay gente buena, como mala… Lo sabía. Una vez me había topado con alguien que no me tendría que haber topado jamás. Encontré que Bill tenía toda la razón al acompañarme. Incluso me dieron ganas de darle las gracias, pero sólo me limité a comenzar a caminar a su lado ¿y es que cómo no lo había pensado antes? por eso es que siempre me pasan desgracias. Porque no mido las consecuencias. Recuerdo cuando vivía en Sudamérica… un día se me enredó una cometa en un árbol, y yo por no medir las consecuencias, acabé con la cabeza partida contra el suelo. Eso había sido cuando tenía ocho años. A los nueve nadie mide las consecuencias de las cosas, pero yo seguía sin aprender. Aunque claro, el ejemplo era algo pequeño en comparación con otras cosas. 

Decidí dar el tema por cerrado. Iba a dejar que Bill viniera conmigo, sí.

Metí las manos en los bolsillos de mi polerón. Tenía frío… ¿cómo es que había olvidado mi abrigo? era algo esencial… me estaba congelando. Pero no quería volver a esa casa, hasta que papá llegara.

—¿Qué vamos a buscar? —me preguntó Bill. Yo me encogí de hombros.
—No lo sé ¿hay negocios abiertos a esta hora? quiero un chicle. 
—Creo que sí —caminamos hasta llegar a la esquina de la calle. Recordaba perfectamente el camino hacia ese pequeño local, donde días atrás Emilie y yo habíamos comprado helados… giramos hacia la derecha y seguimos caminando. Él a mi lado, sin decir nada. La verdad, es que el silencio, por primera vez, no me parecía tan incómodo… quizás, era porque estábamos en paz. Estaba segura de que nuestra tregua duraría hasta la próxima vez que nos viéramos, y luego pelearíamos como las veces anteriores… y sería su culpa.

Suspiré, muerta de frío. Los dientes me comenzaron a castañear… Argh. Los apreté con fuerza, para no seguir tiritando, odiaba tiritar.

—¿Tienes frío? —¿es que te haces el tonto o no vez que estoy peor que el iceberg que hundió el Titanic? Asentí, mirándolo. Ya habíamos llegado a la esquina, el local nos quedaba a calle y media. Bill suspiró —no sé como se te ocurre escapar sin antes coger tu chaqueta —¿y él como sabía que yo había ido con chaqueta? observé como se quitaba la suya, era de cuero, negra. No entendí por qué lo hacía, hasta que la puso sobre mis hombros. Abrí los ojos como platos ¡era como en las películas! Puaj, no. Me sentí temblar… pero no fue de frío. Incluso sentí como mis mejillas, que anteriormente habían estado heladas, se calentaban de golpe… ¡qué alguien me detuviera el corazón! Estaba segura de que incluso Bill podía escucharlo. El chico me cogió el brazo, al ver que yo no reaccionaba e intentó meterlo por una de las mangas de la chaqueta, pero yo aparté el brazo rápidamente.
—N-no. Es tuya, tú también tienes frío, no —pero él volvió a cogerme el brazo y a meterlo en la manga de la chaqueta…
—Para que me disculpes lo del polerón, ¿si? Además, casi nunca me da frío —dijo como si nada, encogiéndose de hombros… seguidamente estiró la chaqueta hacia un lado —pon tu brazo allí —me dejo, al ver que yo no respondía.
—Oye, de verdad que no es necesario.
—Pero si estás helada… si no te la pones voy a regresar con un cubito de hielo… —rió un poco ¿y a éste que le pasaba? Me sentí extraña… muy extraña. Y es que además de su humor, nunca nadie me había pasado su chaqueta. Y eso hacía que me tensara —¿quieres que te pida por favor? —negué con la cabeza. Clavando mis ojos en los suyos ¡ya no estaban fríos! Era como si tuviese la puerta que daba hacia su alma, abierta. Pero antes de que pudiera analizar sus sentimientos, él bajó la mirada —entonces…
—Pero te vas a enfermar.
—Tú ya estas enferma —cabó cogiéndome el mismo el brazo y metiéndolo el mismo en la manga de la chaqueta.
—¿Cómo lo sabes?
—Ya está —susurró para sí mismo —¿crees que no escuché los gritos de Emilie hace un rato? —bufó, mirando hacia la calle. Vale, tenía sentido.
—Oh… —fue mi única respuesta, para luego voltearme y comenzar a caminar hacia el otro lado de la calle…
—¡NO! —escuché un fuerte ruido, el corazón se me detuvo, se me heló la sangre… y me cegué por completo, producto de una luz que me daba a la cara. Pero antes de que el incidente pasara a mayores, sentí como me jalaban de brazo con brusquedad. Caí sentada en el suelo, con los ojos muy abiertos y el corazón casi por salirse de mi boca. Escuché una fuerte música… que luego de unos segundos no pude oír más —putos locos —murmuró. Me mordí el labio inferior. Había estado a punto de ocurrir, de nuevo… por segunda vez. Tragué saliva, intentando deshacer el nudo que tenía en el pecho —estás bien —sentí su mano fría sobre mi mejilla, girando mi rostro levemente. Él estaba agachado, a mi altura, mirándome desde muy cerca. Me había salvado… otra vez.

Asentí levemente, con la cabeza. Cogiendo mucho aire, sin recuperarme del shock aún…

—Debes tener más cuidado —bajé la mirada avergonzada. Y es que sólo una idiota como yo, no se fija antes de cruzar la calle. Moví las manos nerviosa… él quito su mano de mi mejilla —ya, no te lamentes, que no pasó nada —casi pude verlo sonriendo. Intentaba reconfortarme.
—Gracias, es la segunda vez —dije bajito. Suspiré. Bil se levantó, situándose frente a mi y me tendió la mano.
—Esos idiotas… —le cogí la mano —beben todo lo que quieren y luego conducen así como así —tiró de mí hasta levantarme. No dije nada y solté su mano… me limité a limpiar mi pantalón —menos mal no pasó nada —siguió —me hubiesen matado si llego contigo a pedacitos —sonreí. Este chico podía ser muy amable cuando se lo proponía ¿por qué trataba tan mal a la gente, entonces? Volví a mirarlo. Bill también sonreía. Aunque se notaba más aliviado que feliz. A lo mejor… muy, muy en el fondo, de había preocupado por mí. O a lo mejor se había preocupado en lo que le dirían si me pasara un auto encima y él no hubiese hecho nada.
—Vamos por los chicles.

Bill asintió y al instante me cogió del brazo, comenzando a caminar. Lo miré molesta ¿y éste qué se creía? Tampoco soy taaan tonta como para que me casi-atropeyen de nuevo en el mismo lugar, antes de ser casi-atropeyada hace unos segundos.

—Ya está —dijo en cuanto llegamos del otro lado de la calle, soltándome. Me llevé la mano a la zona donde él me había apretado.
—Qué exagerado, gracias —fruncí el ceño.
—¿Quieres que peleemos por eso? —lo miré. Él estaba alzando una ceja. Negué con la cabeza repetidas veces.
—Estoy previniendo un posible accidente, eres bastante torpe —comenzó a caminar.
—Intenta no insultarme si no quieres pelear —lo alcancé, hablándole con la voz más dura que pude sacar. Bill se encogió de hombros.
—Es que ya te ha pasado dos veces ¿te imaginas si no hubiese estado ahí?
—Gracias, señor ego —bufé. Bill también podía ser muy, pero muy molesto.
—De nada. No soy señor ego, que te quede claro. Te salvé… —me crucé de brazos. Él hablaba como si me estuviese regañando…
—Si, y ya te dí las gracias. Hablas como si te debiera mucho —Bill hizo un sonido con la boca, burlándose.
—Te salvé la vida.
—Y no por eso puedes decirme torpe —me quejé.
—Pero es la verdad. Tú sólo me dijiste que te enfadarías si insultaba tu música —fui a decir algo, pero él me cortó —no te he insultado respecto a eso. Así que te quedas callada. Te podría decir que… eres torpe en todo, excepto con la guitarra y cantando ¿así está bien? 
—No. – Me apresuré en decir —o tal vez sí, amargado —miré hacia la calle… un coche rojo acababa de pasar a una velocidad extraordinaria.
—No soy amargado —se quejó, ahora él.
—Sí lo eres —lo piqué —incluso tú mismo lo sabes. 
—¿Qué te hace pensar que soy un amargado? —suspiré ¿por dónde empezar?
—A ver… —suspiré —casi no te ríes, ni sonríes, eres frío, no eres feliz, tus ojos son… —lo dejé sin terminar —casi no hablas cuando está frente a más personas, tengo la impresión de que te cierras en ti mismo y haces las cosas sólo por hacerlas, sin sentimientos, porque eres un amargado, una persona que se hizo vieja antes de tiempo —le expliqué mis razones… aunque esas eran pocas. Aún tenía muchas razones mas… pero no se las iba a decir. Me detuve, pues él había dejado de caminar —¿qué? ¿te ofendí? Lo siento —me apresuré en decir —yo sólo te lo decía… a lo mejor, para que puedas cambiar tu act…
—¿Eso es lo que piensas de mí? —no me atreví a mirarlo… y no dije nada. Es que no sabía que pensar de él —…si te sonrío.
—Pero no le sonríes al mundo. No sonríes cuando hay alguien más ¿crees que no me doy cuenta? Tampoco soy tan idiota…
—Entonces eso es lo que piensas de mí… —murmuró. 
—Tú mismo hiciste que pensara así. Podrías ser más amable… —suspiré, seguidamente lo cogí del brazo y tiré de él —vamos, vamos —comenzó a caminar… y no dijo nada más. Genial. Había vuelto a cerrarse, como la vez anterior. Lo miré, y sus ojos volvían a estar fríos… parecía ido. No tendría que haberle hablado así. Y es que soy tan tonta… 

Entramos en el local y compré dos chicles. Cuando salimos le di uno a Bill, pero este no lo quiso aceptar… tuve que abrirlo y yo misma metérselo en la boca. No me habló en todo el camino, ni siquiera me agradeció el chicle. Lo había echado a perder de nuevo. Él había vuelto a su estado automático. Y había sido mi culpa.

Y como en ese tiempo no hablamos nada… me dí cuenta del olor de su chaqueta. Jamás lo admitiría, pero era el olor más exquisito que había probado en toda mi vida. Estuve todo el camino, girando la cabeza hacia un lado, disimuladamente, para olerla ¿Bill olería igual que su chaqueta?

Cuando estuvimos en la puerta de la casa de las hermanas chillonas, le devolví la chaqueta. No quería que Papá o sobre todo Emilie, me vieran con la chaqueta de Bill puesta. Papá iba a pensar cualquier cosa y Emilie no iba a dejar de molestarme nunca. El chico picó al timbre… y medio segundo después, Juliette abrió la puerta.

—¡Hola! —nos saludó. Yo le devolví el saludo… al igual que Bill, sólo que este un poco más frío. 

Pasamos dentro y tuvimos, o más bien, yo tuve que explicarle a los recién llegados que habíamos ido a buscar algo y habíamos aprovechado de comprar chicles… les dije que Bill me había acompañado y todo eso. 

Luego nos sentamos a comer. La cena ya estaba lista… era pollo y no sé que cosas, pero casi no comí… como dije anteriormente, me sentía incómoda en ese lugar, y no podía comer en un lugar sintiéndome incómoda. Además, sentí la mirada de Bill sobre mí durante toda la cena, hasta que Simone dijo que era tarde y tenían que irse… que mañana tendrían que grabar. Ahí fue cuando me despedí de ella, Tom y Bill. Con un beso en la mejilla a cada uno. Pero Bill no me dijo nada, ni siquiera un “adiós”, o algo así. Lo acepto, eso me decepcionó. Y no entendía por qué, si Bill ni siquiera me gustaba. 

Papá y Juliette se quedaron hablando sentados en a mesa, mientras Sam lavaba las cosas sucias y Emilie y yo, nos íbamos al piso de arriba a guardar mi guitarra y a hablar sobre nuestro plan. Ella estaba emocionada. Más que yo, era seguro. Si hubiese sido otra situación, yo también habría estado emocionada, pero con lo que había pasado unas dos horas atrás con Bill… y es que aún no podía dejar de pensar y recordar todo lo que había pasado, no se me borraba de la cabeza. Y lo repito, soy idiota.

Cerca de las doce nos volvimos a casa. Mañana era martes y yo tendría escuela. Estaba muerta de sueño… lo único que quería era dormir… y dormir… y dormir un poquito más. Ni siquiera tuve ánimos de molestar a papá en el viaje. Simplemente no podía hacerlo. Era como si se me hubiese agotado la batería.

Cuando estuvimos en casa, le dí las buenas noches a papá y me apresuré en subir las escaleras, con la guitarra.

Al llegar a mi habitación, dejé la guitarra a un lado de la cama, me quité el abrigo, los guantes y la bufanda, dejándolo todo desparramado por el suelo. Luego me puse el pijama, fui como un zombie hacia el baño, me lavé los dientes, hice todo lo que tenía que hacer, luego volví a la pieza, apagué la luz, me acosté, me cubrí hasta la cabeza… y finalmente, lo más esperado... me dormí.



Automatic /Capítulo 17


Escuchamos un portazo… y luego nos miramos con una sonrisa ¡estábamos solas! Emilie ensanchó esa sonrisa y luego volvió a coger su guitarra.

—Tienes que preparar el acompañamiento.
—Dame, tiempo… toma tiempo, ¿sabes? —alcé las cejas, cogiendo mi guitarra y acomodándola en mis piernas.
—Vale, vale… ahora canta fuerte, ¿si?
—Ok… uno… dos… tres —ella comenzó con la guitarra. Yo me uní después, al comenzar a cantar. Me encantaba… pude liberarme por completo y para cuando terminamos, de cierto modo, ya me sentía mejor. Y me dí cuenta de algo… ¡mi garganta! ¡estaba sana! qué digo, podía hablar bien y cantar bien… pero ahora, que me acordaba de que estaba enferma me comenzaba a doler. Típico —¿te acuerdas de lo de hoy en la mañana? —le pregunté, terminando de tocar. Emilie me miró sin entender —¿recuerdas que no podía hablar? —Emilie abrió los ojos como platos. Yo me aclaré la garganta.
—¡Se me olvidó por completo!
—Me duele —me llevé una mano a la zona.
—¡Ay, Dios! pero si tu eres la enferma, debiste haberte dando cuenta —chilló —ven, ven —se levantó de la cama, cogiéndome de la mano —vamos a buscar una pastilla, para que se te quite el dolor —luego dijo algo en alemán que no entendí. Me levanté de la cama y caminamos hacia las escaleras. Emilie iba delante de mi —joo, debí acordarme antes… —seguía —¡quizás ahora te enfermas más! —comenzamos a bajar las escaleras.
—No es tanto. Me pica un poco, pero no es nada… siempre me pasa. 
—Eres una enfermiza.
—Pff. No es mi culpa —llegamos al salón. Emilie entró directo a la cocina y yo clavé la vista en la TV que estaba encendida. Era una serie… de esas antiguas, antes la veía… era genial. Sonreí de medio lado mirando la TV como una boba. 
—¿Vas a venir a tomarte el remedio? —me gritó Emilie desde la cocina —salí de mi trance de chica boba y enseguida me di cuenta de que no estábamos solas. Apreté los dientes con fuerza, sintiendo como el corazón volvía a latir con fuerza en mi pecho. Él me miraba, con los ojos muy abiertos… aunque seguían teniendo esa expresión fría característica suya. Creo que yo también estaba sorprendida —¿vienes o no… —se detuvo en seco a mi lado. Creo que también vio a Bill, pues lanzó un grito de pronto —Dios, no sabía que tú estabas aquí —le habló a Bill. Ambos la miramos… y esta se llevó una mano al pecho, haciendo drama —¡qué sus...! ¡oh! friends… me encanta. Sam y yo siempre lo… v-vamos a por tu remedio —alcé una ceja. Vamos, que la mirada de Bill ponía nerviosa, incluso daba un poco de miedo, pero no como para ponerse así. Emilie tiró de mí hasta la cocina y luego me dio una pequeña pastillas y un baso con agua.
—¿Segura que no es veneno? —le pregunté.
—Segura… a no ser que toques a quien está afuera… ahí si que te envenenas y se te pega hasta la cara de amargura —murmuró como chiste. Fingí una risa, pues en realidad no me había hecho gracia y dejé el vaso sobre la mesa. 
—Gracias.
—Te voy a preparar un té o algo así, con miel y limón, así te mejoras más rápido —estaba empezando a hablar como mi padre… —mamá siempre me da eso cuando estoy enferma. Por mientras ve al sillón y… estate calentita, que allí está la estufa encendida. 
—No es necesario, Emilie, de verdad, que yo puedo tomarme el té con miel y sal, digo, limón, en mi casa, no es necesario —pero ella ya me había sacado de la cocina a empujones.
—Sal —bufó —¿cuánta azúcar le pones?
—Nada.
—¿De verdad? —preguntó impactada.
—Claro… —¿qué tiene de malo tomar el té sin azúcar?
—Eres rara… Ok, anda cerca de la estufa, que estás helada —me dio otro empujón antes de volver a meterse en la cocina. Me dí cuenta de que Bill volvía a clavar sus ojos en mí y me dieron ganas de gritar. A lo mejor él me había escuchado cantar… ay, no. Y es que soy estúpida ¿cómo no me había dado cuenta antes? y es que me da rabia conmigo misma. 

No quise quedarme más tiempo haciendo el ridículo allí de pié y me acerqué a la estufa, estirando los dedos, para entrar en calor… aunque creo que con Bill en la habitación ya era suficiente, pues las mejillas ya las tenía bastante rojas.

—Bonita voz —lo miré. No supe que pensar, o más bien no pudo pensar.
—Gracias —dije tras unos segundos ¡es que no sabía donde meterme!
—Aunque esa canción… me parece bastante infantil —pegué un saltito y lo miré asustada. Me di la vuelta, quedando frente a Bill… aunque a una gran distancia, pues él estaba sentado en el sillón del otro extremo de la sala. Estaba sonriendo burlón. Como odié esa sonrisa —podrías escribir mejores cosas. No te expresas bien, niña. No tienes talento —sentí como si me hubiesen dado un golpe en el corazón.

Era la opinión de un profesional y a parte de eso… era la opinión de Bill. Él estaba despreciando lo más bonito que yo tenía en mi vida.

—Podrías inventar cosas mejores.
—Tenía trece cuando la compuse —me defendí. 
—Pues, no estuvo bien —rió. Se estaba burlando de mí. Sentí que los ojos se me llenaban de lágrimas. Pero no, yo no iba a llorar. Y su risa me taladraba los oídos ¡estaba echando abajo mis sueños! ¿por qué? ¿y yo a él que le había hecho? ni siquiera había pedido su opinión.  

Pero yo no me iba a quedar así, claro que no. Yo defiendo lo que es más importante en mi vida. Defiendo lo más importante, que tengo y que hago. Lo que me mantiene cuerda, lo que me ayuda a vivir…

—¿Sabes? —comencé —no sé que es lo que te pasa conmigo. No sé que te habré hecho, tampoco sé porqué estás tan amargado siempre —me acerqué a él, alzando la voz cada vez más —puedes llamarme retrasada, mierda, intrusa, mentirosa, puedes meterte con mi madre muerta —alcé la voz en las últimas dos palabras, Bill se movió incómodo en el sillón, con los ojos como platos —puedes ignorarme todo lo que quieras, puedes gritarme, incluso golpearme si quieres y no te diré nada. Pero lo que no puedes hacer y lo que yo nunca permitiré es que te metas con mí música, que es lo más importante para mí ¿te quedó claro? 

Acabé muy cerca de él. Bill seguía en el sillón, mirándome sorprendido, con los ojos como platos y la boca entreabierta. 

—¿Te quedó claro? —volví a repetir, bajando un poco el tono de voz. Él no dijo nada. Cerró la boca, y recuperándose de la sorpresa, miró sus manos. Ese gesto fue suficiente para mí —yo también soy una persona, también tengo sentimientos y me afecta lo que haces conmigo ¿sabes? porque duele que te insulten ¿te han insultado alguna vez? —esperé un momento. Ahora ya estaba hablando en un tono normal. Pero no contestó, no dijo nada… algo me dijo que sí. Que sí lo habían insultado —así es como me siento. Duele, todo el mundo lo sabe, tú también lo sabes. A todos les pasa… pero tú me insultas, al parecer quieres que todo el mundo sea igual a ti, sin felicidad. Entiende que el mundo no gira a tu alrededor y que las otras personas también tienen derecho a ser felices —tragué saliva. Sintiendo el corazón en la cabeza —a lo mejor, lo más probable es que todo esto que te estoy diciendo no te interese, que no me prestes atención porque soy menor… pero sólo te pido que me dejes en paz. Además, no eres el único que ha tenido problemas —se me formo un nudo en la garganta, impidiéndome seguir con mi discurso
—Discúlpame… —murmuró entre dientes, sin alzar la mirada —no sabía que tu madre… —dejó la frase sin terminar —lo siento.  
—No... hay problema —me sentí nerviosa. Me retiré del lugar, sentándome en el sillón más alejado. Y luego clavé la mirada en la TV. Estaban en comerciales… pero a menudo los comerciales me interesaban más que el programa en sí. Ya ni siquiera recordaba lo que estaban dando. 
—¡Ya vine con tu té! —entró Emilie en el salón con su taza y un pequeño platito. La miré… y por el rabillo del ojo me di cuenta de que Bill me estaba observando. Intenté no prestarle atención. Aunque su mirada me volvía un poco torpe —¿qué fueron todos esos gritos? —preguntó, dejando el platito y la taza sobre la mesita de centro —aquí tienes. 
—F-fue una simple pelea, eso es todo —hice un gesto en la mano, restándole importancia. Emilie asesinó a Bill con la mirada, pero este ni siquiera se dio cuenta. Sentí como el calor volvía a acumularse en mi rostro, de nuevo. 
—Ah… ¿porqué?
—No es nada —cogí la taza.  
—Cuidado que quema —me advirtió —vamos, ustedes tenían que haber pelado por algo… Bill, eres bastante infantil —lo miró. Entonces Bill dejó de mirarme y clavó sus ojos fríos en mi amiga.  
—No lo insultes, Emilie. Ya está todo bien —tomé un sorbo de té ¡y cuanto me arrepentí de haberlo hecho! —¡ah! —grité, apartando la taza, quemándome también la mano por el té que había saltado —ay —me quejé.  
—Te dije que estaba caliente —me quitó la taza y volvió a dejarla sobre el platito.  
—Quema, quema, queeeeema —me llevé las dos manos a la boca. Que vergüenza, que vergüenza que veeeeerguenza.  

Los ojos se me llenaron de lágrimas. Y es que ¡argh! duele.

—Te traeré agua fría —se levantó rápidamente Emilie del asiento y desapareció en la cocina. Yo seguí quejándome, con las manos en la boca y derramando algunas lágrimas.
—¿Estás bien? —me sorprendí bastante. Bill me había preguntado si estaba bien. Es más… parecía preocupado ¿es que mi discurso había causado efecto? Negué con la cabeza, aún cubriéndome la boca. 
—Ay… —volví a quejarme. Entonces Bill se levantó del asiento y le quitó el vaso de agua fría a Emilie, que venía en camino. 
—¡Hey! —le regañó. Pero Bill hizo caso omiso y se sentó a mi lado. Lo miré sorprendida, aún con lágrimas en los ojos y la lengua ardiéndome… y claro, el corazón casi saliendo de mi cuerpo, como siempre. 
—Toma un poco —me acercó el vaso a la boca. Me quité las manos del rostro y con una me limpié las lágrimas, mientras el chico me acercaba el vaso a la boca, lo cogí con la otra mano, para mayor precaución. Tomé un poco de agua. Bill quitó el vaso de mis labios y yo retuve el agua helada en mi boca, antes de volver a tragar. Qué alivio…Y es que el agua estaba casi tan fría como los ojos de quien me la estaba dando.  
—Toma un poco más —volvió a acercarme el vaso a la boca. Yo obedecí y bebí un poco más. Él volvió a retirar el vaso y lo dejó sobre la mesita de centro —¿mejor? —frunció un poco el ceño evaluando mi expresión. Yo me pasé las manos por los ojos de nuevo, limpiando las últimas lágrimas y asentí. Soy patética. Soy idiota. Bill sonrió de medio lado… y yo como una boba miré la leve curvatura de su labio… ¡me estaba sonriendo! y es que el corazón se me iba a salir por la boca… 
—Ok, ok, señor héroe, que Karlie ya está bien —Emilie me sacó del trance… vi tirando el brazo de Bill, para que se levantara del asiento —déjame el asiento, que yo voy aquí. Bill no dijo nada, y se levantó, obedeciendo a Emilie. Lo agradecí —vamos, que sé que la encuentras linda, pero es mi amiga —Bill se dejó caer sobre el sillón donde anteriormente había estado sentado, con los ojos muy abiertos… y creo que yo estaba igual. Me miró y me pareció ver un poco de… ¿vergüenza?, ¿timidez? en sus ojos. Incluso sus mejillas se tornaron un poco rosadas ¿o era un espejismo? Es que seguramente yo estaba igual… —es oficial, también le gustas a Karlie —le dijo Emilie a Bill. Este frunció el ceño, sin poder cambiar la expresión y se movió nervioso en el asiento. Yo apreté los dientes, aguantando las ganas que tenía de estrangular a mi amiga —los que pelan se aman… —cantó, la muy graciosa. Y yo no supe donde meterme. Al parecer el pobre estaba igual o peor que yo. Me dieron ganar de meter la cabeza dentro de un cojín. 
—Ya cállate —le dije a Emilie entre dientes.  
—Sam opina igual que yo, ustedes dos podría…
—Ya cállate. Basta —volví a insistir, cortándola —no metas en problemas a tu hermana —aparté los ojos de Bill, para mirarla. Emilie se encogió de hombros. 
—¡Vamos, Bill! ¿no vas a decir nada? sé que te gusta —no hubo respuesta. Bajé la mirada, conteniendo la respiración. Que… vergüenza. Y es que con una amiga así, para qué quería enemigas —para tú información, Karlie es tan o más madura que una chica de tu edad. Tenlo muy claro, porqu… —le cubrí la boca con la mano. 
—¿Sabes el significado de la palabra basta? —Emilie asintió, deshaciéndose de mi mano. 
—Pero que sepan que yo se los dije. Estoy segura de que de aquí a dentro de un año ya estarán juntos, Ni siquiera se acodarán de sus tontas peleas —¡y es que a esta no se le podía callar! 
—Voy al baño.
—Voy al baño —miré a Bill con los ojos muy abiertos, de nuevo. Lo habíamos dicho al mismo tiempo. 
—Tú primero.
—Tú primero —vaya —sincronización. Emilie estalló en risas. 
—Mejor no voy.
—Mejor no voy —y es que esto es impresionante. 
—Podrían ir los dos —ambos clavamos la vista en la chica, como si estuviese loca. Yo nunca, repito, nunca, me metería en el mismo baño que un chico… y mucho menos si ese chico era Bill —vale, vale, me callo —levantó las manos, poniéndolas a cada lado de la cabeza. Nos miró a ambos intermitentemente y luego se levantó —voy al baño —¿y ahora iba a dejarme sola? no tuve tiempo de reprochar o decirle algo más, pues hecha se echó a correr hacia las escaleras, dejándonos solos.  

Volví a coger la taza de té, haciendo caso omiso a Bill, que no apartaba sus ojos de mí… Me acerqué la taza a los labios y soplé un poco… fui a dar un sorbo, pero no me animé, así que la retiré despacio y volví a dejarlo sobre la mesita de centro. Y casi no me di cuenta cuando el chico se levantó de su asiento y se sentó a mi lado. Lo miré sorprendida, pero él no dijo nada… y cogió el vaso de agua fría. ¡Pero yo no me había quemado!. Bleh, que tonta, si, soy muy estúpida. Bill había pensado en otra cosa: Le estaba echando el agua a la taza de té.

—Ahí está mejor —me dijo, rompiendo el silencio incómodo en la habitación. Seguidamente cogió la taza y me la dio. Yo se la recibí algo torpe. 
—Gracias —me la llevé a los labios. No quería tomar el té, había quedado con miedo… pero es que él le había echado el agua y es que argh… acabé por tomar un sorbo ¡y ya no estaba tan caliente! le sonreí de medio lado, retirando el té de mis labios. La miel… no me gustaba tanto, pero las soportaba. A no ser que anduviese mal del estómago y me diera por vomitarla, pero eso es otra cosa. Y es que estaba pensado cualquier estupidez, teniendo a ese Bill tan cerca.

Y es que las mejillas me iban a explotar. Me moví un poco en el asiento, nerviosa… y luego me dejé caer en el respaldo del sillón, acomodándome. Calvé la vista en la TV y tomé otro sorbo de mi té. Intenté volver a concentrarme en la serie. Hacían tantas estupideces…

Y no pasaron ni tres segundos cuando Bill soltó una risa. Y luego otra… él también veía friends. Yo lo seguí. Y luego nos comenzamos a reír los dos juntos… diciendo a veces cosas estúpidas sobre alguno de los personajes, en especial él. Y es que a Bill se le daba tan bien burlarse de la gente. Lo más extraño… es que estuvimos en paz. Y él rió conmigo. Por segunda vez desde que lo había conocido. Intentaba ignorar que estaba demasiado cerca. Intentaba no darle demasiada importancia al asunto… además, yo estaba segura, que luego pelearíamos de nuevo. Lo más extraño, era que esta vez ninguno de los dos había acabado llorando.

Y a todo esto ¿qué habría hecho con el polerón? a lo mejor lo tenía guardado junto a la caja… esa caja… quería saber que era lo que tenía esa caja. Seguramente Bill nunca me lo diría. Él me quería lejos, me lo había dicho.




13 septiembre, 2013

Automatic /Capítulo 16


Lunes… escuela, de nuevo. Y pensar que nada más la semana pasada este había sido el primer día de clases. Para mí, claro.

Me levanté de la cama y me metí a la ducha. Luego me vestí con unos pantalones de tela negros ajustados y una camiseta azul. Muy simple, sin ningún diseño. Me sequé el cabello con el secador y luego me lo até en una coleta, no tenía ganas de arreglarme demasiado. Me puso unas zapatillas y bajé a tomar el desayuno.

Como con los días anteriores había pasado: papá no estaba. La noche anterior había tenido la leve esperanza de que me fuera a dejar en coche a la escuela… pero no. El trabajo es lo primero.

Me tomé una pastilla para el dolor de garganta, que seguía y luego me serví cereales en un pote con leche. Lo comí hasta la mitad, porque después se me hizo tarde y corrí a lavarme los dientes. Arreglé mi mochila con las cosas que necesitaba. Guardé el móvil, las llaves y todo lo necesario. Luego me puse un abrigo blanco, que me llegaba hasta la mitad de la rodilla… cogí unos guantes con dibujitos de ranas, una bufanda y gorro blancos. Al menso así no pasaría frío. Me colgué la mochila al hombro salí de casa cerrando la puerta tras de mi. Que frío hacía. Las “nubecitas” salían entre mis labios de nuevo. Me sentía congelada, incluso me costaba mover los dedos. Agradecí que el remedio ya estuviese haciendo efecto. No me dolía tanto la garganta. Aunque estaba completamente segura de que me había jodido la voz. Era la sensación, vamos… siempre me pasaba y estaba dos días habando como en susurros, sin querer.

Tosí, llevándome una mano a la boca. Dios, que tos más horrible tenía. Y para colmo, tenía que pasar afuera de la casa de los gemelos para ir a la parada. Lo más seguro era que estuviesen durmiendo… y que no hubiesen fans. 

En la parada me pillé con Emilie. Y al saludarla me di cuenta de que si estaba ronca. Ella se burló de mí, diciendo que me enfermaba por todo. Pero es que ese Bill. Si hacíamos un recuento de la última semana, se podría sacar la conclusión de que él había sido el causante de semejante tragedia.

Llegamos a clase antes de que entrara el profesor y nos sentamos en nuestros asientos. Yo aún no me acostumbraba a la clase. Sólo había asistido uno… dos días, no lo sé. 

La primera clase me dormí. No le pedí a Emilie que me tradujera, más que nada porque no me interesaba. Y al parecer al profesor tampoco le interesaba que yo durmiera en su clase. Las clases me recordaron, que tenía que ensayar el poco y nada de alemán que sabía. Tenía que aprender más. Obviamente, después de esta semana ya entendía lo mínimo de las cosas… aunque aún no podía entender frases completas. Por lo que se me haría imposible hablar con alguien el idioma. De todos modos lo iba a aprender muy bien. Tenía a papá en la casa y este idioma, aunque yo nunca lo supe antes de llegar aquí, era su lengua materna. Y Emilie, como siguiera hablándome en ingles, iba a tener un inglés casi tan perfecto como el mío.

En la segunda clase no pude dormir. Por alguna razón, se me volvió algo imposible y estuve todo el tiempo con la mirada clavada en la ventana. Pensando en mis cosas. O a lo mejor, pensando en cosas que no debería pensar.

La tercera clase fue más de lo mismo. La diferencia es que comencé a dibujar bobadas en mi cuaderno… ¿alguna vez mencioné que no se me da nada mal dibujar? 

Taché el dibujo cuando me di cuenta de que había dibujado esos ojos. Lo había hecho sin querer, como algo automático. … automático. Esa palabra me recuerda a alguien. Precisamente al automático que le había estado dibujando automáticamente los ojos. Esa frialdad… 

Aunque no podía evitar recordar la imagen de sus ojos llenos de lágrimas. Él no lloró, no. Pero había estado a punto de hacerlo. Pobre. Emilie tenía razón, el estaba triste… y era culpa de mi prima. Pero que él esté triste… tampoco es excusa para que me trate mal. A la hora del almuerzo nos fuimos al casino. Yo quise tomarme sólo un café. Para calentar el estómago y la garganta. Pero Emilie me dio de sus galletas. Así que se podría decir que almorcé. 

Era horrible asistir el lunes hasta las tres a la escuela. Por suerte esto era sólo los lunes, martes y jueves… en el caso de mi clase. Los otros días salía antes de almorzar. Y yo ni siquiera me había dado cuenta… hasta que vi el horario en la mañana.

—Sam me dijo que Bill dijo que tú eras linda — milie me pilló por sorpresa al decirme eso. Estábamos en la última clase, antes de irnos a casa. Sentí un leve calor en las mejillas. Hay no. Incluso el corazón se me había apurado un poco.
—No es cierto —solté el lápiz con el que había estado resolviendo los ejercicios en matemáticas. Era fácil… más que nada porque las matemáticas generalmente no tenían idiomas. 
—Si lo es. Pero no voy a molestarte… sé que te llevas mal con él —me encogí de hombros.
—Ahora intento evitarlo… —Emilie asintió.
—Si lo evitas, no va a volver a sacarte de su casa a arrastras —rió un poco —¿cómo es que te pusiste a pelear con él?
—Siempre que lo veo, peleamos —deseé haberme mordido la lengua.
—¿Los has visto más veces? —me miró con una sonrisa. Yo asentí y luego cerré el cuaderno, tras escuchar el timbre que indicaba la salida —¿te vienes a mi casa? no quiero hacer cosas de la escuela —descolgó su bolso de su silla, poniéndolo sobre la mesa… yo hice lo mismo, para meter el cuaderno dentro. 
—Claro.
—Ayer estuve practicando la canción antes de dormir. Voy bien, supongo… necesito tu aprobación —le sonreí, cerrando la mochila —podríamos ir a tu casa para buscar tu guitarra. 
—Supongo que estaría bien —me levanté. Ella también se levantó y salimos de la clase, casi de las últimas. En todo el día no hablamos con Lindsay y… ¿Jess?, ah, no… era Tess. Pero si hablamos con las gemelas… me caían bien. Y al parecer yo también les caía de maravilla. 

Mientras caminábamos hacia la salida, me puse los guantes y la bufanda. No quería usar el gorro. Emilie hizo lo mismo, pero ella si se puso su gorro rosa.

En cuanto salimos por la puerta del edificio, el gélido viento me heló la nariz y el rostro de golpe. Me estremecí. Qué frío hacía aquí afuera. Dentro de poco comenzaría la nieve… los adornos de navidad y lo más importante: las vacaciones. Descansaría de la escuela… aunque no sé de que me quejaba si no hacía nada.

—Karlie —me llamó Emilie. Yo la miré… y ella apuntó con la cabeza hacia delante —creo que tus panes de evitar a Bill serán frustrados. Porque te vienes conmigo… —dijo con suficiencia. Seguí la dirección de sus ojos y me encontré con el mismo coche de ayer… con las mismas personas dentro ¿y si camino?... mejor tomo el autobús. A quien engaño, no quiero caminar, y menos aún si voy sola. Suspiré. Bueno… al menos intenté evitarlo.

Sentí que el corazón se me apuraba y me golpeaba fuertemente el pecho. No me gustaba esa sensación… sentirme así de nuevo era… puaj. No. Y lo peor es que siempre me pasaba al pensar, hablar o estar frente a Bill ¿por qué con él?

Consideré nuevamente la idea de irme en autobús. Pero no. Igual, después tendría que irme a la casa de Emilie. La miré haciendo una mueca de disgusto.

—No es mi culpa que hayan venido. No siquiera lo sabía —alzó las manos, quitándose toda la culpa —y tú te vas a venir conmigo… vamos —me cogió del brazo y caminó conmigo amarrada hasta llegar frente a la ventana de su hermana. Esta bajó el vidrio.
—Hola, Karlie —me saludó Sam. Yo le sonreí como todo saludo. También le sonreí a Tom… —mamá dijo que las tenía que pasar a buscar… si, a las dos. Súbanse —nos ordenó. Emilie abrió la puerta de atrás y me empujó para que me subiera. Estaba segura de que lo había hecho a propósito. Para que fuese al lado de Bill. Me quité la mochila, sentándome en el asiento, y luego dando saltitos, me hice a un lado para que Emilie se subiera en el coche. Bill no me había mirado. Estaba escuchando música con un aparato pequeñito que llevaba en las manos… llevaba una gorra y estaba echado hacia atrás, cómodamente, con las piernas abiertas y los ojos cerrados. Intenté no tocarlo y apreté mi mochila entre mis manos, disimuladamente —Karlie, mi madre dijo que vinieras a casa. Ella invitó a tu padre a cenar con nosotros, los chicos y Simone… Una cena de principio de mes del ultimo del año… o algo así —sentí el corazón en la garganta. “Los chicos”. Los chicos eran Bill y Tom. Digo, Tom y Bill. Asentí y ella me miró por el espejo sonriendo. 
—Igual Karlie ya venía a casa, porque yo la invité —dijo Emilie —vamos a ensayar con la guitarra y eso. ¿Podemos pasar a la casa de Karlie a buscar su guitarra, Tom?
—No es nes…
—Claro, vamos para allá ahora mismo… ¿tocas guitarra? —me miró por el espejillo, yo asentí —wow, no lo sabía, genial.
—Si, es genial —Emilie siguió hablando por mí —tiene muchas canciones propias, ella las inventa… incluso les pone letra ¡y tiene una voz hermosa! —sentí como el color se me subía al rostro. Sam se dio la vuelta y me miró con una gran sonrisa.
—Excelente, tendremos que escucharte cantar, entonces —negué con la cabeza instintivamente, llena de vergüenza —oh, vamos. Que no te de vergüenza. Seguro lo haces genial… —siguió. Es que ella y su hermana eran tan parlanchinas.
—Si. Es la voz femenina más hermosa que he escuchado en mi vida —siguió Emilie —la voz masculina es la de Bill —me miró con una sonrisa de oreja a oreja. Yo sentía que el rostro me iba a explotar en cualquier momento —Sam, Tom, tienen que escucharla ¡es lo mejor! y sus letras llegan… —se llevó las manos al pecho. 
—Bill —llamó Tom a su hermano. Me tensé por completo. Ahora Bill, quién seguidamente había escuchado la conversación, se enteraría de que yo cantaba ¡ay no! y es que no sé de que me hacía tanto problema… ¡pero es que no! me daba más vergüenza y…
—¿Qué? —abrió los ojos al instante y se quitó los audífonos. Me miró durando medio segundo y luego desvió la vista hacia el espejo, para mirar a Tom. Lo más extraño es que ese medio segundo bastó para que mi cuerpo se sintiera extraño.
—¿Escuchaste lo que Emilie decía? —Bill le enseñó los audífonos a Tom, sin decir nada… sin cambiar el rostro, incluso.
—Es sobre Karlie… —empezó Emilie con una gran sonrisa. Bill clavó sus ojos en mi, frío —ella… —pero se calló al instante. Bill había vuelto a ponerse los audífonos. Y no supe porqué me sentí dolida. Le dediqué una mirada a Emilie, y esta alzó una ceja, enojada. Para cuando volví a mirar a ese mal educado, ya había vuelto a cerrar los ojos. Sam volvió a mirar hacia adelante, acomodándose en su asiento… y yo quité mis ojos de Bill. Me había enojado, si. Y creo que Emilie estaba igual que yo… indignada. Bill se creía el centro del mundo ¡ni siquiera la había escuchado! era un egoísta de mierda. Un estúpido creído, un famoso más. No era como Tom, claro que no. Pues que llorara todo lo que quisiera, nunca más lo iba a consolar. Idiota. Patético de mierda, amargado. Fruncí los labios, enojada…
—Aquí es —Tom detuvo el coche afuera de mi casa. Nadie dijo nada, el ambiente estaba tenso. Emilie se bajó del coche y luego me bajé yo. Me dirigí a la puerta y la abrí con la llave, un poco nerviosa… a lo mejor la parejita me hacía cantar para ellos. Ay Dios.

Entré en la casa rápidamente y corrí a mi habitación, dejando la puerta abierta. Lancé mi mochila sobre la cama y me quité los guantes.

Cogí la funda de mi guitarra metí a mi guitarra dentro… la cerré y luego me la colgué en el hombro. Me miré en el espejo, antes de bajar me acomodé un poco los pelos… se levantaban por la humedad y eso.

Bajé las escaleras dando saltitos. Lo bueno de todo esto era que papá iba a estar con Juliette. Todo lo malo se limitaba a una sola cosa: Bill. Amargado de mierda.

Cerré la puerta de casa y caminé hacia el coche. Me metí dentro y cerré la puerta. Ahora yo iba del lado de la ventana y Emilie iba al lado de Bill. Aunque estaba notablemente sentada hacia mi lado, apretándome, para no toparse con ese idiota. Mejor. La comprendía perfectamente. 

Intenté acomodar la guitarra de mejor manera, entre mis piernas, mientras suspiraba.

No tardamos en llegara la casa de las hermanas chillonas. Nos bajamos todos, con Bill de mal humor incluido y Sam abrió la casa. Dijo que estaríamos solos hasta que su madre llegara… que hoy tomaba turnos extras y todo eso.. que se venía con papá a las siete. Y que a esa hora irían a buscar a Simone en el coche. Me sentí extraña. Ellos me estaban haciendo parte de “algo”, de sus vidas. No me veían como una extraña, desconocida. A lo mejor porque también conocían a mi prima… y como somos familia…

Emilie y yo no nos detuvimos en el salón a estar con los “grandes”. Pasamos directo hacia el piso de arriba, en su habitación. Allí nos encerramos, nos quitamos los abrigos y ella me enseñó la canción. Le salía bastante bien, como a mí. Y luego de unos cuantos ensayos pequeñitos para arreglar algunas cosas, tocamos las dos juntas.

Ella aprendía rápido… muy rápido. Después de tocar juntas un par de veces, me puse a cantar… pero bajito. Para que mis voz no traspasara la puerta de esa habitación. No quería que ellos me escucharan. No aún. Aunque, si quiero triunfar… algún día tendré que cantar frente a más personas… más que dos chicos famosos, uno de bastante mal humor, y una chica. 

—¡Emilie! —el grito de Sam nos hizo detener la canción —¡Tom y yo vamos a buscar a Simone! —siguió.
—¡Está bien! —le contestó Emilie… gritando como desquiciada.


12 septiembre, 2013

Automatic /Capítulo 15


Muy bien, ya era domingo. Emilie venía hoy para tocar juntas, como ayer habíamos planeado. Me llevé las manos a los ojos, sentándome en la cama. Tenía que ducharme, vestirme, comer y arreglar mi habitación. Todo eso antes de las tres de la tarde. 

Miré la hora en el móvil que estaba en la mesita de noche. Las doce y cinco. Me desperecé todo lo que pude y bostecé, intentando que se mi fuera el sueño. Pero eso era algo casi imposible, así que acabé por levantarme. Me dolía un poco la garganta, así que me tomaría alguna pastilla o algo.

Cogí dos toallas y la ropa que usaría, para luego meterme en el baño. Me duché, vestí, y sequé el cabello mientras pensaba en mis cosas… tenía hambre. Pero bajaría para el almuerzo… Papá estaba en casa, me di cuenta porque tenía la TV encendida y con el volumen muy alto. Dios…

Cuando terminé de arreglarme, arreglé mi habitación. Recogí los papeles que había usado ayer por la noche para limpiarme la nariz, arreglé la cama, acomodé un poco el desastroso escritorio y listo.

Bajé a comer con la basura metida en una bolsa y la ropa sucia…

—¡Hasta que bajas! —dijo papá en cuanto estuve abajo —pensaba que estabas durmiendo.
—También pensaba que estabas durmiendo —bufé —¿puedes bajarle el volumen a eso?
—¡Claro!, es que te estaba esperando para comer. Luego tengo que salir —apagó la TV. Lo miré alzando las cejas y él negó con la cabeza.
—No es lo que piensas. 
—Podrías invitar a salir a Jul…
—Hija, soy el adulto aquí, soy el padre y yo veo lo que hago —se señaló a si mismo, levantándose del sillón. Resoplé poniendo los ojos en blanco.
—Está bien…
—Vamos a comer —me dio un empujón ara entrar en la cocina. Papa tenia pizza… la había comprado. Corté dos pedazos gigantes y los metí al horno para calentarlos. Así quedaban crujientes y el queso se derretía mejor. 

Estuvimos conversando mientras comíamos. Le conté lo que me había pasado el viernes… aunque quise omitir algunas cosas. Pero él dijo que no importaba. Tampoco era tan importante que fuese a la escuela, si no entendía las clases. 

A las dos cuarenta y cinco… papá se fue, antes de que llegara Emilie. Iba atrasado. Y ahí caí en la cuenta de que se había olvidado preguntarle sobre mi prima. Creo que alguna vez dije que soy estúpida… ahora lo repito. 

Encendí la TV, para quitarme los pensamientos idiotas de la cabeza y me senté en el sillón, cubriéndome con la manta que anteriormente había tenido papá. Y es que hacía demasiado frío. Ya pronto comenzaría la época de nieve. Y con eso se nos vendría encima la navidad y el año nuevo. Y como todos los años, seguramente viajaríamos a Noruega a pasar las navidades con los abuelos. Ellos eran los padres de mamá, pero mi papá se llevaba bastante bien con ellos. Después, para año nuevo seguramente volveríamos a casa y celebraríamos solos. Era lo que siempre pasaba. Aunque aún faltaba alrededor de un mes. Y en ese mes... quién sabe, a lo mejor ya ni siquiera seguíamos en Alemania.

Picaron al timbre sacándome de mis pensamientos. Dejé la TV encendida y me levanté del sillón para correr hacia la puerta. Seguro era Emilie. 

Abrí la puerta por completo… una ráfaga de viendo entró en la casa, calándose por entre mi ropa. Me estremecí, que frío... 

—¡Hola! —me saludó Emilie con una sonrisa. Traía guantes, su guitarra y e incluso un corro rosa. 
—Hola —pasó dentro de la casa y antes de cerrar la puerta, me di cuenta de que había un coche detenido frente a mi casa. Pude divisar tras la ventana a la hermana de Emilie saludándome con la mano. Le devolví el saludo con una sonrisa. Me di cuenta también de que quien manejaba era Tom… y Bill iba en los asientos de atrás. Me estaba mirando. Deshice la sonrisa y luego cerré la puerta. 
—¿Dónde está tu papá? —me preguntó. Seguramente para saludarlo.
—No está… salió hace un rato, estamos solas —alcé las cejas. Ella se echó a reír. 
—Vamos a mi habitación —la  invité. Ella explotó en risas y subimos las escaleras como unas verdaderas borrachas, al no podernos mantener en pie… digo, por la risa. Y es que la risa de Emilie era contagiosa…

Yo cogí mi guitarra y nos sentamos en mi cama. Quisimos ponernos de acuerdo para tocar alguna junta… Pero no había ninguna que las dos nos supiéramos. Si no era una, era la otra… pero nunca coincidíamos en alguna canción. Ella se sabía algunas que yo ni siquiera había escuchado… y conmigo le pasaba lo mismo. 

Al final, nos pusimos de acuerdo en que yo le enseñaría una de mis canciones.



Pasamos así toda la tarde con las guitarras. Yo le enseñé una de las primeras canciones que escribí. Y le dije, que para cuando ella la tocara perfectamente, yo ya tendría un acompañamiento en guitarra. Así ella tocaba la canción, y yo la acompañaba con guitarra, letra y voz. A Emilie le agradó la idea… incluso se entusiasmó y me habló sobre un local que había en el centro de la ciudad. Donde a unos amigos que ella tenía, le pagaban por ir una noche a la semana… a tocar, digo. 

Al final, terminamos haciendo un trato. Las dos tocaríamos juntas. Ella me explicó sus debilidades en inventar letras y melodías. Pero yo le dije que me dejara eso a mí. Después de todo, era lo mejor. Yo no soportaba que alguien hiciera lo que yo podía hacer. Y si yo inventaba las canciones era mucho mejor… 

Incluso nos atrevimos a soñar… cosas que no contaré, porque son totalmente ridículas. 

La cosa, es que desde las cinco de la tarde, el día domingo, treinta de noviembre de 2008, seríamos las dos. Yo y ella, ella y yo… En un dúo.

Y cerca de las siete de la tarde, cuando nos pusimos a mirar la TV… Me puse a pensar en que si me mudaba… el dúo no podría seguir. Así que más que nada tendríamos que hacer que nuestros padres… bueno eso. Aunque papá me había dicho que nos quedaríamos por mucho tiempo en Alemania. 

Emilie quedó de hablar con el dueño de ese famoso local. Pero los haría después de año nuevo. Cuando tuviésemos más canciones y todo eso… recién estábamos empezando, vamos.
Ni siquiera sabíamos lo que teníamos que hacer, era algo completamente nuevo para nosotras, algo que nunca habíamos experimentado… pero algo que yo deseaba experimentar desde hacía años. Teníamos que planear y hacer las cosas muy bien si queríamos lograr algo. El fracaso, no es algo que me guste mucho.
Emilie se fue antes de que llegara papá y yo no pude dormir en toda la noche. Estaba más que feliz.




Automatic /Capítulo 14


Seguí caminando sin volver la cabeza para mirarlo. Y es que… si había estado a punto de pasar lo que yo creía que había estado a punto de pasar… ay no. Yo no quería besarlo. O a lo mejor si… pero no. No podía ser. Por más que quisiera, yo no podía. No lo podía besar porque… no. Nunca antes había besado a un chico… y no pensaba hacerlo. Me daba pánico, miedo, terror. No quería. De tan sólo pensar que podía haber pasado me ponía a temblar. Pero es que… había sido una sensación inexplicable. Jamás me había sentido así. Desde ahora en adelante me iba a alejar de Bill… pero por mi cuenta. No porque él quisiera, si no que por mí. Porque no quería sentir nuevamente lo que había sentido. Además, él me gritaba y… se había quedado con mi polerón. Lo único que le faltaba era golpearme… pero nunca nadie me había golpeado y no se lo permitiría. 

Abrí la puerta de casa y pasé dentro, cerrando tras de mi. Emilie seguramente estaba esperándome y yo aún no llegaba. Me apresuré en subir a mi habitación y coger una chaqueta… y luego volví a salir.

Rogué internamente no pillarme con Bill en el camino. A lo mejor aún seguía en el parque… o se había ido a su casa. Apuré el paso para llegar lo antes posible a la esquina.

Una vez allí, miré hacia ambos lados…me di cuenta de que Bill venía caminando… un poco alejado. Pero estaba regresando de parque… tenía el polerón sujeto fuertemente en una de sus manos, la otra mano, la tenía metida en el bolsillo de su pantalón. Aparté la vista cuando me di cuenta de que él me había visto. Y luego crucé la calle, moviendo los pies lo más rápidamente posible, sin correr. Volví a mirarlo… él ya estaba en la puerta de su casa. Pero ya no me miraba. Mucho mejor. Seguí caminando… no había pasado nada. Tenía que estar tranquila. Tranquilízate.

No me costó encontrar la casa de Emilie. Pensaba que no recordaba el camino, pero una vez en su calle me di cuenta de que su casa destacaba de las demás. 

Piqué al timbre y metí las manos en los bolsillos de mi chaqueta. A lo mejor me equivocaba de casa ¿y si era la del lado? ¿y si estaba en otra calle? no. Imposible. A lo mejor tendría que haberle preguntado a Bill cual era la casa de Emilie… no, no ¿pero qué pienso? ¿Bill? ni pensarlo, claro que no. Tenía que evitar pensar en él, me volvía loca.

—Por fin llegas —salí de mis pensamientos. Emilie había abierto la puerta —ven, pasa, pasa —me invitó haciéndose a un lado. Pasé dentro de la casa y luego ella cerró la puerta. 
—Hola, Karla —me  saludó la madre de Emilie, que estaba viendo TV en el salón. La había visto sólo una vez, con esta dos… y me había caído bastante bien.
—Hola señora…
—Llámame Juliette. 
—Hola, Juliette —me sentí muy, pero muy extraña al hablarle así. Era incomodo. Se veía joven… bueno no tanto. Como la edad de papá mas o menos… ¡no podía llamarla así! La mujer me sonrió. Es que era increíble. Emilie y Sam eran una copia de su madre. Las tres rubias, de ojos azules y con el rostro lleno de pecas. 
—Vamos a mi habitación —me tironeó Emilie del brazo. 
—Hija, espera… ¿porqué no me van a comprar algunas cosas para comer ahora? —si, por favor… que hambre.
—Ay, mamá —se quejó Emilie. La mujer se levantó del sillón y luego caminó hacia la cocina. 
—Compras helado, galletas, pan, algún dulce, queso… y se compran algo para el camino —dijo desde la cocina. Salió de la habitación con dinero y se lo dio a Emilie —tengan cuidado al cruzar la calle… —iba a seguir, pero Emilie la cortó.
—Lo sé, lo sé. No sigas, ya estoy grande —se quejó, poniendo mala cara. 
—Gracias, hija. Gracias, Karlie. Vayan, vayan… que tú tienes cara de hambre —me señaló. La señora me había leído la mente. Abrí los ojos como platos y luego me di la vuelta para ir hacia la puerta. 

En cuanto salimos de la casa, Emilie comenzó a maldecir a su madre. No la entendía… si yo tuviera a mi madre iría a comprar todas las veces que a ella se le antojara. Y no me quejaría. 



Dieron las siete de la tarde cuando me di cuenta de que ya era bastante tarde… tenía que irme. O mejor, me iba más tarde. Si, a las ocho. Después de todo, Emilie no quería que me fuera. Su hermana Sam aún no llegaba y su madre estaba cocinando algo para la cena, que sería dentro de poco. 

En las casi tres horas que había estado en su casa, me había dado cuenta de que ella también tocaba guitarra. Aunque no le agradaba cantar. Según ella, era pésima cantando. Me dijo también, que Tom le había enseñado a tocar su guitarra… cuando ella tenía diez años y Tom trece. Porque era amigo de su hermana… aún no eran novios, pero sí amigos. Eso me lo había repetido millones de veces.

También se había acordado sobre Bill. Y otra chica amiga de ellos. Dijo que antes su hermana siempre se juntaba con Andreas, Tom, Bill y dos chicas más. Dijo que una de ellas había sido inseparable de Bill. Aunque no recordaba su nombre. Yo no le dí mucha importancia a lo que ella me contó. Pero me di cuenta de que Bill tenía diecinueve años. Tres más que yo.

También le pedí la guitarra a Emilie y le toqué una de mis canciones. Ella quedó impresionada. Y admitió que nunca había pensado que yo tocara tan bien. Además, me confesó que ella jamás había escrito una canción. Me felicitó por mi voz y quedamos en tocar juntas la próxima vez que nos juntáramos. Mañana, para ser exactos.

—Creo que ya es hora de que me vaya —le dije, luego de un momento de silencio. Estábamos tendidas en su cama, mirando el techo, sin hacer nada. 
—Aún no —se quejó. 

ManáManá… tutu…. me lo quité del bolsillo antes de que siguiera sonando le di al botón verde.

—¿Qué fue eso? —se burló Emilie. Yo la miré entrecerrando los ojos y me enderecé para luego llevarme el móvil al oído. 
—¿Hola?
—Hija, ¿donde estás?
—En la casa de Emilie… pensaba irme ahora, pero…
—¿Quieres que vaya a por ti? ayer ni siquiera quisiste ver el coche nuevo… 
—¡¿coche nuevo?! lo había olvidado —grité emocionada. 
—Aprovechamos de dar una vuelta por la ciudad, invita a tu amiga.
—Está bien. Te doy con ella para que te de la dirección de su casa —le dije rápidamente, quitándome el móvil del oído —dile donde vives —le dije a Emilie, quien me miraba sin entender nada… 


El timbre sonó y nosotras nos apresuramos en bajar las escaleras. Me sentía extraña, como si algo fuese a pasar… o más bien, como su hubiese algo de lo que yo aún no me había dado cuenta. Pero todo estaba dentro de mi cabeza, lo único malo es que yo no sabía que era.

Me alejé de esos pensamientos y empujé a Emilie, mientras esta comenzaba a gritar, para abrir la puerta. Era papá y me miró sonriendo. 

—¡Papi! —le grité como una niña pequeña, para luego abrazarlo y saludarlo de con un beso. Una niñita de papi, eso es lo que era, en el sentido “bueno”, claro está… Bleh. 
—¿Quién es, niñas? —me separé de papá y miré a Juliette que salía por la puerta de la cocina. 
—El papa de Karlie. Nos va a llevar a dar una vuelta en su coche nuevo… para mostrarle la ciudad a Karlie y eso —le contestó Emilie. Yo asentí dándole la razón. 
—Ah… pues, que bien —se acercó a nosotros —hola —lo saludó. Estirándole la mano. Papá se la cogió y le sonrió. 
—Soy Marc, un gusto…
—Si, lo sé. Juliette. El justo es mío —de pronto me sentí incómoda. Quizás por la forma en como se miraron… o a lo mejor era porque el ambiente estaba extraño. Mi padre entrecerró un poco los ojos y yo tiré de Emilie, alejándonos unos pasos de ellos. 
—No te vi hoy en el trabajo —¿qué, qué?  
—No tenía turno —rió Juliette —los sábados no trabajo mucho… para estar con mis hijas —soltaron sus manos, pero seguían mirándose y sonriendo… esto era tan ext… 
—¿Trabajan juntos? —se entrometió Emilie de sopetón en la conversación.  
—Si, cariño. Él es mi jefe —lo señaló divertida. Yo los miré a ambos con la boca entreabierta… nunca pensé que papá iba a ser el jefe de la mamá de Emilie, digo, Juliette. Esto era algo que no me esperaba —¿quieres pasar a tomar algo?, ¿quieres cenar?... ya estábamos por cenar, está todo listo —lo invitó, abriendo la puerta. 
—Creo que…
—Si, si quiere —me entrometí en la conversación, abrasando a papá —Juliette cocina muy bien.  
—Karla… —me dijo con voz de circunstancia —Juliette rió un poco y Emilie nos observaba con la boca abierta y con expresión de no entender. 
—Vamos… ¿si? después la invitas a ir con nosotros —le hice ojitos. Papá miró a Juliette y luego suspiró. 
—Está bien.
—Estas niñas… —rió Juliette —papá entró en la casa y yo lo solté, quedándome en la puerta al lado de Emilie. Los adultos caminaron hacia el comedor. 
—¿Estás pensando lo que yo estoy pensando? —me preguntó Emilie saliendo del trance. La miré alzando una ceja —ya sabes… esos dos ancianos… —oh… ya sabía a lo que se refería.  
—Wow… que… asco. 
—No, no —me cogió del brazo —¿te imaginas? ok, creo que estoy hablando muy anticipadamente, recién se conocen… —dijo rápidamente —pero si tu padre y mamá… 
—Shht —le cubrí la boca con la mano —ni siquiera lo digas… —de tan sólo pensarlo, se me apresuraba el corazón. Y no creo que fuera de celosa, ni nada de eso… si no que de pura emoción —no saquemos conclusiones antes de tiempo… tienes que convencer a tu madre de que nos acompañe en el paseo de la ciudad —susurré. 
—Está bien —me contestó con un susurro igual al mío. 
—Chicas, ¿vienen a comer? —nos llamó Juliette. 
—Ya vamos, mamá —le gritó Emilie —¿qué dices? ¿intentamos hacer lo que yo creo que estás pensando?
—Claro —chocamos las manos. Y es que, odio pensarlo antes de tiempo, pero si juntábamos a nuestros padres… seríamos hermanas. Además, quizás, si el viejo se enamoraba, nos quedaríamos en Alemania definitivamente y ya no viajaría tanto… ¿y que mejor si se enamoraba de Juliette? vale, que la había visto sólo dos veces en la vida, pero me caía bien. Además, era bonita… y trabajaba para papá. Eso quería decir que se veían todos los días. Y si papá había dicho: “hoy no te vi en el trabajo”, era porque realmente se fijaba en ella. Y la forma en como se sonrieron…  

Aunque, por otra parte, y fuera de toda esa emoción y esas cosas… papá era mío. Yo siempre había sido la única chica para él… Siempre habíamos sido sólo dos. Y una parte de mi, no lo voy a negar, se oponía a el “plan” que acabábamos de armar con Emilie. 

Era algo de niños… estaba segura. Dos chicas no pueden hacer que dos adultos se enamoren. Y mucho menos en el primer encuentro. Aunque para eso estaba el tiempo...

Caminamos hacia la mesa y nos sentamos. Juliette estaba arreglando un puesto para ella… luego sirvió la comida e incluso abrió una botella de vino para ella y papá. Aunque, a decir verdad, papá fue quien abrió la botella.

Estuvieron toda la cena hablar y hablar. Nosotras a veces no metíamos en la conversación y ellos nos miraban con una sonrisa. Congeniaban bastante bien… eso era alentador, un buen comienzo.


Al terminar de cenar, papá invitó a Juliette… y Emilie aceptó por ella. Cuando salíamos de la casa, le susurré a papá que Juliette estaba soltera y él me miró entre molesto y avergonzado. Pero no le di importancia, ya que sólo le presté atención al fabuloso coche… era blanco, no era pequeño, pero tampoco enorme, era moderno y me encantó. Lo miré desde todos los ángulos posibles. Y luego nos subimos para dar vueltas por la ciudad. Juliette se sentó con papá en los asientos de adelante. Emilie y yo íbamos en los de atrás, con las ventanas abiertas y el cabello alborotado, mirando hacia fuera.

Nunca pensé que la ciudad sería tan grande. Habían edificios geniales. Pasamos fuera de uno que me llamó mucho la atención… y digo que me llamó la atención porque Emilie me contó que era el edificio de la discográfica de Tokio Hotel. Y se me revolvió el estómago… a lo mejor, algún día también podría ser mi discográfica. Pero así como iba… ese día no llegaría nunca. Emi también me dijo, que el estudio donde los chicos grababan sus canciones estaba a una calle del lugar…

Terminamos el paseo, cuando ya faltaba poco para las diez de la noche. Los adultos habían hablado todo el viaje de no sé que cosa que no escuché o más bien no entendí, porque hablaban en alemán… 

Dejamos a Emilie y Juliette en su casa… y luego nos fuimos a la nuestra. Yo sin dejar de molestar a papá, y él amenazándome con darme un castigo por el resto del mes.

Ok. Lo del castigo lo decía en broma. Por lo que yo no tomaba en cuenta sus amenazas y seguía picándolo cada vez mas… hasta tal punto, que a mi padre se le subió el color al rostro y tenía la impresión de que iba a explotar. Pero en ese momento llegamos a casa. Así que no seguí. Fue como si el cansancio se hubiese apoderado de mí. Además, ya me comenzaba a aburrir de esa casa. Llevaba sólo una semana y un día viviendo allí, pero la imagen ya se estaba volviendo repetitiva para mí. Yo solía vivir en hoteles… y allí siempre había gente diferente a la que mirar. 

Por otro lado, era mejor vivir en esta casa, así papá se podría enamorar de la madre de Emilie. Cosa que en un hotel sería imposible… porque eso significaría que nos quedamos poco tiempo en el país que estuviésemos… y como los adultos siempre dicen “ay que darse el tiempo para conocer como es una persona en realidad”. Tampoco voy a negar que la idea de que mi padre estuviese con una mujer que no fuese mamá me desesperaba. Juliette era una persona muy buena…y me caía bien. Aún así nunca la podría ver como madre. Pero es que papá… el estaba tan sólo últimamente. Aunque intentara ocultarlo, preparándome jugos de naranja riquísimos, podía notar que le hacía falta una mujer. Corrijo, una esposa. Porque yo siempre seré la mujer más importante de su vida. Por siempre y para siempre. Porque él siempre me va a amar sobre todas las cosas… y yo a él. Juliette… sólo iba a ser quien lo cuidara cuando ya se volviera viejo y yo me mudara a Australia. Vaya planes. Estaba planificando todo… ni siquiera sabía si se gustaban. Además, esta era la primera vez que hablaban… y pensar así era muy precipitado de mi parte. Soy una idiota. Algunas veces pasa, que siempre que uno planea mucho las cosas… no resultan. Así que tendré que dejar de pensar en eso. Aunque me tiene emocionada… lo admito.

Me bajé del coche y cerré la puerta. Luego me acerqué a papá dando saltitos y rodeé su espalda con uno de mis brazos.

—Ya no te molestaré más —le dije con una sonrisa. El suspiró aliviado y me miró divertido —pero inténtalo… 
—Buaj. Hija, tu sabes que…
—Guárdate tus comentarios y sigue mis consejos —lo corté, en el momento que él abría la puerta de casa con su llave.
—¿Intentas manejarme? —me encogí de hombros y negué con la cabeza haciendo un puchero. 
—Me iré a dormir que ya es tarde. Tú sólo intenta quedar otro día con Juliette. Buenas noches, papi —me puse de puntillas y le planté un beso en la mejilla. Luego me metí dentro de la casa y subí las escaleras corriendo. 

Vaya día. Mis días últimamente estaban siendo muy… interesantes. Ya me había pasado de todo… todo lo que jamás había pensado que me pasaría. Pero no me quejaba. Una vida con emociones es una buena vida, supongo. Aunque no me podía quitar a Bill de la cabeza pero... eso no importaba porque desde ahora lo evitaría. Y para cuando nos mudáramos de nuevo… ya ni siquiera lo recordaría. O a lo mejor, lo recordaría como el chico que me jodió los primeros días de mi vida en Alemania. 

Me quité la camiseta pensando en esas cosas. En como podría hacer para no toparme con él. Tendría que buscar otra parada de autobuses. A lo mejor, había una por aquí cerca y podría ir hacia el otro extremo de la calle. No importa si quedaba más lejos, yo podría levantarme más temprano. La cosa era no pasar fuera de esa casa. Quizás luego salía con que no le gustaban mis uñas y me obligaba a tinturarlas de negro… como él en las fotografías de Internet. Ok, es una idiotez pensar que Bill podría obligarme a cometer semejante estupidez… pero es que con él nunca se sabe.

Cuando ya estuve con el pijama puesto, me fui a lavar los dientes y hacer todo lo que tenía que hacer. Después, volví a mi habitación, cerré las cortinas y apagué la luz. 

Me metí en la cama muerta de frío y me cubrí hasta la cabeza.

Cerré los ojos e intenté pensar en nada…

Pero es que… ¡Argh!. Es que ese estúpido Bill, y esa estúpida curiosidad, y esa estúpida sensación y estos estúpidos días y esta estúpida ciudad y… y… Puaj. La curiosidad más que nada era lo que más me jodía. Quería saber que era lo que le pasaba a ese chico. Que era lo que pasaba por esa cabeza… quería saber que era lo que había dentro de sus ojos, lo que no se podía mirar lo que él ocultaba con esa capa de frialdad que lo hacía parecer automático.

… Aunque, a decir verdad, yo nunca me había interesado en pensar bien en los hechos en meditarlo mejor. A lo mejor, ya tenía la respuesta a todo y aún no me había dado cuenta. 

Está bien, no tengo muy buena memoria y los recuerdos, incluso los de hoy en la mañana, eran algo borrosos… pero haría el intento.

Empecemos desde el principio. Llegué hace una semana… Ok, todo bien. El lunes… fue cuando conocí a Bill. Recuerdo la impresión que me había llevado al verlo. Me había llamado la atención… Sam y Tom me habían encontrado rostro de conocida… y Bill había dicho que yo tenía los labios más gruesos y un lunar en la mejilla. Bien, eso es cierto… o al menos lo último, yo si tengo un lunar en la mejilla… pero no encuentro que mis labios sean gruesos. A no ser que la persona con quien me estuviese comparando casi no tuviese labios. Después había pasado lo de la caja, que por cierto, papá había encontrado en un armario… y era de Bill. No había alcanzado a leer la carta… pero no importa. Luego, Había ocurrido lo del polerón de mi prima que…

Esperen, esperen. Esa caja estaba en mi casa, ese polerón estaba en mi casa… antes la familia de mi tío había vivido allí. Y por la ropa, juraría que tenía una prima ¿cómo no lo noté antes? ¡es que soy idiota! soy la persona con menos cerebro que ha pisado el planeta. Tonta, tonta, tonta ¡pero si estaba todo tan claro! Bill estaba dolido con mi prima. Por eso el parecido entre nosotras… ¡si nuestros padres eran hermanos! Somos familia, es algo obvio. Y esa ropa… y la forma en que me trataba, sin duda la chica le había hecho mucho daño. No sabía su nombre, ni siquiera sabía donde estaba en este momento. Pero le preguntaría a papá. Dios, es que aún no lo podía creer. ¡Bill me regañaba a mí sólo por parecerme a la chica que le hizo daño! Yo ni siquiera la conocía… ni supe de su existencia en toda mi vida… hacía sólo unos días que había descubierto que había tenido primos en Alemania. Y yo que todo el tiempo había creído que el hermano de papá vivía en Holanda. Es que tengo un revoltijo de países en la cabeza. Es lo que me pasa por viajar tanto. 

Me mordí el labio inferior e incluso sentí que el corazón se me apuraba. Me sentía como si hubiese descubierto América. Ya sabía a quien me parecía y a quien le recordaba a Bill… a lo mejor estaba equivocada, pero habían muy pocas potabilidades de que todas esas evidencias las hubiese relacionado mal. Fuera como fuera, yo no iba a seguir investigando nada. No quería más insultos, ni gritos. Tampoco quería que me ofendieran con mi madre, ya suficiente dolor tenía en corazón debido a su ausencia… para que un chico extraño y amargado, me picara la herida.



Automatic /Capítulo 13


Me volví a pasar las manos por los ojos una vez más, antes de entrar a casa.

Estaba mi padre adentro, lo sabía, pues tenía la luz encendida. Y exactamente por eso no quería entrar. No quería que él me viera llorando. Sería lo peor. Me iba a preguntar que me había pasado, donde había estado… y como siempre yo no podría evitar desquitarme con él, le contaría todo, maldeciría a Bill hasta el cansancio y hasta me echaría a llorar de nuevo. Eso era exactamente lo que yo no quería. No iba a contarle a papá sobre lo sucedido. 

Respiré profundo un par de veces y luego piqué al timbre. No tenía ánimos para abrir la puerta con la llave, y eso era totalmente ridículo.

—Karlie —me saludó papá con una sonrisa, al abrir la puerta —¿dónde estabas? —me dejó un espacio para pasar.
—En… con Emilie —cerró la puerta tras de mi. 
—¿Qué pasa? tienes los ojos rojos… ¿lloraste? —comencé a caminar hacia las escaleras… sin mirarlo.
—No… es que estoy casada, es eso. Me iré a dormir.
—¿No quieres un jugo de naranja? —me preguntó.
—No, gracias pá —eso sí que había sido extraño. Yo jamás me negaba a un jugo de naranja… pero ahora, extrañamente, no tenía ganas de tomar jugo o comer algo… por mas naranjoso o delicioso que fuera. 
—Como digas… buenas noches, cariño.
—Buena noches papá.
—Ah, por cierto —dijo antes de que yo terminara de subir la escalera a paso tortuga. Realmente no tenía ganas de nada —hoy encontré en el ático un bolso con ropa de chica… ve si algo te gusta, el resto lo podemos donar a caridad. Tu tío dijo que te podías quedar con las cosas.
—Ok. Dale las gracias —seguí subiendo las escaleras. 

Entré en mi habitación y encendí la luz… wow, era cierto. Había un bolso… pero ese no era un bolso, era un bolsotote, enorme ¿cuánta ropa habría allí dentro? 

Cerré la puerta de la habitación y luego abrí el bolso. Tenía curiosidad… no, ganas de ver que ropa había adentro. Después de todo, la ropa ahora sería mía, pues mi tío me la había dado. Seguramente era de alguna de sus hijas. Alguien a quien yo no conocía. 

Saqué de allí toda la ropa y la dejé sobre la cama, luego metí el bolso en el armario y comencé a clasificar:

Jeans negros… se quedan, luego me los probaría.
Camiseta con diseño anticuado… se va.
Calcetines… se van.
Ropa interior… se van.
Converse negras, de mi número… se quedan.
Camisera negra con un corazón en la parte de enfrente que decía algo deforme… se queda. 
Jeans negros con cortes… se quedan.
Muñequera negra con un símbolo extraño en rojo… no es mi estilo, pero se queda.
Una cinta para el cabello… se queda.
Sandalias negras de mi talla… se quedan.
Más calcetines… se van.
Blusa roja con negro… se va. Odio el rojo.
Jerssey color crema, muy grande… se queda.
Camiseta negra con calavera roja en el centro… se queda. Aunque no me convence mucho…
Shots negros con tachas… se van.
Minifalda con plices… se va.
Vestido negro con encajes… se queda.
Gorra gris con dibujitos extraños… se queda.
Camiseta inmensa color blanco… se queda.

Seguí amontonando la ropa en dos partes diferentes de la habitación hasta que terminé. 

Guardé la ropa que se iba en una bolsa y la dejé a los pies de la cama… luego cogí la otra ropa y la olí: Estaba limpia. Era impresionante, pues aún olían a detergente. No valía la pena lavarlas… además, habían sido de mi prima. Y que raro estilo tenía para vestir, bueno, en algunas cosas. Doblé toda esa ropa y la metí en el armario. 

Si hubiese sido otra chica, jamás habría aceptado ponerme ropa de otra persona que no conozco. Pero a mi, realmente no me molestaba usar su ropa. Así, de cierto modo, ya la conocería cuando nos viéramos… algún día tenía que ser, ¿no? éramos familia.

Después de eso y al darme cuenta de que había logrado distraerme por un buen rato, me puse el pijama. Por suerte mañana sería sábado e iba a poder quedarme en la cama hasta tarde. Luego, probablemente me quedaría en casa, haciendo nada en Internet, o tocando la guitarra.

Abrí las sábanas de mi cama y me metí dentro… estaban heladas. Me cubrí hasta la cabeza y luego cerré los ojos. 

Aún podía recordar el tono de voz que Bill había usado al gritarme. Aún recordaba sus gritos, sus palabras y sus insultos. No me los podía quitar de la cabeza. Odiaba a ese chico de ojos vacíos. Si, lo odiaba. Me sentía avergonzada. Nunca, jamás me volvería a meter en esa casa. Nunca más iba a hablar con Tom, ni con sus amigos. Ya había sido bastante humillante que Bill me sacara de su casa como quien bota un papel a la basura. Y encima de todo, él se había metido con mi madre. Él no sabía nada, no entendía nada. Claro, se creía que él era el único que había sufrido ¿y del resto qué? él no era el único con problemas. Era un debilucho.

Seguro la chica que se me parecía lo dañó y ahora se enojaba conmigo por que me parecía a ella. Pff. Si yo fuese débil como Bill, también sería “automática”. Me estremecí. Recordé el momento, recordé… No. 

Sentí una lágrimas caer de uno de mis ojos. Odiaba esto. Odiaba la sensación. Odiaba tener que asociar todo con “esto” sin querer. 

No todas las personas son iguales, no todas las personas son malas me dije a mi misma intentando calmarme. Pero es que esto era algo que me iba a seguir hasta el final de mis días, atormentándome. Pero a pesar de eso… yo no sería “automática”. Nunca. Porque después de las tragedias, la vida sigue. Y uno tiene que saber enfrentarse a lo que viene… sin pensar en el pasado. Y eso era exactamente lo que yo siempre intentaba hace: no pensar en el pasado. 



Desperté asustada. Había tenido una pesadilla. Era una pesadilla repetitiva. Una y otra vez, siempre era la misma. Si no soñaba algo bueno, o algo negro, soñaba con… eso.

Me pasé la mano por los ojos, quitándome las lágrimas y luego me levanté. Suspiré y me dirigí a la ventana, para luego abrir las cortinas. Me sentía enferma pero no tanto como la vez anterior, aunque me había mojado y todo sólo me dolía la cabeza… y sentía frío. 

Me vestí y arreglé rápidamente, para no enfriarme más… y estrené un polerón nuevo. Bastante extraño… pero era lindo y me agradaba.

Bajé a desayunar dando saltitos por la escalera.

—¡Papá! ¡desperté! —le grité. Pero no hubo respuesta entré en la cocina… y claro, él no estaba. Odiaba cuando trabajaba los sábados. Me acerqué a uno de los muebles para coger un tazón pero me encontré con una pequeña notita… la quité de allí y luego leí: 

Hija, no queda nada para comer podrías ir a comprar algo para preparar al almuerzo, te dejé el dinero en la mesita de la entrada. No lo gastes todo y guarda el resto para emergencias… volveré cerca de las ocho. Papá.

Arrugué el pequeño papel y lo tiré a la basura. Se me habían quitado todas las ganas de comer. Volví a mi habitación y la arreglé un poco, ya que estaba desordenada luego cogí la guitarra…


ManáManá, tututururu… 


Me apresuré en coger el móvil, estirando la mano hacia la mesita de noche. Y antes de que la canción siguiera, le di al botoncito verde, para luego acercármelo al oído… 

—¿Hola?
—¡Karla!, intenté llamarte un millón de veces, ¿por qué no contestas? —era Emilie. 
—Es que… dormí temprano —me excusé. 
—Oh… que bien, ¿cómo estás? 
—Bien, ¿tú?
—Perfectamente. Es que te preguntaba por lo de ayer… ¿por qué Bill…?
—¿Me sacó de su casa de esa forma? —la corté. 
—Si. Es que él no nos dijo nada y se notaba enojado… —silencio. Si Bill no les había contado lo que había pasado… yo tampoco. Porque para empezar, yo iba a quedar como la intrusa. —… Tom lo regañó —añadió. 
—No fue nada. Es que… tenemos nuestras diferencias, es eso. No me cae bien. 
—Así lo pensé… —suspiró —¿quieres venir a casa hoy? —bueno… al menos tenía un plan para hoy. 
—Vale, pero ahora es muy temprano.
—Van a ser las cuatro —y yo que no me había dado cuenta.  
—Vale, entonces… voy.
—Ven ahora mismo, te espero —dijo algo más animada, hablando más fuerte. 
—Ok. Hasta luego.
—Nos vemos —corté. Genial…  

Ojala me dieran algo de comer allí porque tenía hambre. No tenía ánimos… ni siquiera de caminar. Era una sensación extraña.

Suspiré por enésima vez en el día y me levanté de la cama. Guardé el móvil y las llaves en mi bolsito nuevo, que por cierto, no había usado… porque se me había olvidado. Y luego salí de casa. 

Me di cuenta de que había cometido un error al o ponerme una chaqueta. Hacía frío. Pero como soy tan estúpida… y como no llovía salí tal cual como estaba.

Miré mis zapatos y me abracé a mi misma, comenzando a caminar más rápido. No recordaba muy bien cual era la casa de Emilie… pero la buscaría. Tampoco es que fuera a morir si tocaba a la puerta de alguna de las casas de la calle y le preguntaba por Emilie. Seguro sus vecinos la conocían.

Alcé la vista cuando llegué a la esquina. Pasaban muchos coches y no me dejaban atravesar la calle… por lo que retrocedí algunos pasos y me di media vuelta. No sé si fue porque soy algo estúpida, o simplemente despistada… pero no recordaba que la casa de Tom y Bill era la de la esquina. Y pongo a Tom primero porque me cae mejor que su hermano. Volví a darme la vuelta y miré la calle. No alcancé ni siquiera a cruzar la calle, ya que cuando iba a dar el primer paso, un grito me frenó.

—¡Hey! —¿me hablaban a mí? me di la vuelta para comprobarlo. Y me vi obligada a alzar la vista para poder asegurarme de que era él y no otra persona. Me entraron ganas de maldecir a todo. Pero me contuve. A lo mejor venía a pedirme disculpas, aunque sus ojos decían exactamente lo contrario —¿qué traes puesto? —me preguntó. Bajé la mirada al instante y no contesté. No supe porqué se me formó un nudo en la garganta y las palabras no me salieron —date la vuelta —me ordenó. Pero yo no obedecí. Me quedé allí de piedra, sintiendo el corazón en los oídos. Jamás los iba a admitir… pero estaba algo asustada. Como yo no me di la vuelta, el me cogió con los hombros y me movió —¿de dónde sacaste esto? —preguntó nuevamente. Yo me encogí de hombros —¿puedes decírmelo? —volvió a girarme. No dije nada, ni siquiera me moví, no quise mirarlo. Quería salir corriendo, pero me sentía paralizada. 
—¡¿De donde sacaste esto?! —me gritó, cogiendo una manga de este… con brazo y todo incluido. Pegué un salto y moví levemente el brazo para que me soltara… pero no —¿no me vas a decir? —me costó respirar —te estoy hablando en serio —me sacudió —¿de dónde lo sacaste? —deja de sacudirme, Bill —dime de donde sacaste esto. Sólo hay uno en el mundo, es único. Dámelo —negué con la cabeza —entonces dime de donde lo sacaste.  
—L-lo encontré.
—¿En tu casa? —asentí —quítatelo —me soltó el brazo. No obedecí, nuevamente. Él no tenía porqué darme este tipo de órdenes —¡qué te quites el puto polerón! —gritó. Pero yo ni siquiera me inmuté. Quería darme la vuelta y correr… pero no podía. No podía moverme —¡no es tuyo, dámelo! —volvió a insistir.  
—¿Es tuyo? —le pregunté en un tono de voz notablemente más bajo. 
—No. Pero si no te lo quitas por las buenas… será por las malas —dijo mientras cogía el broche del maldito polerón. 

Me tensé. Me entró la rabia. Con el solo hecho de haber comenzado a desabrocharme el polerón, me hirvió la sangre y sentí como se me subía el color al rostro. Pero no era de vergüenza, era de rabia. No me gustaba que la gente extraña se me acercara más de la cuenta.

—¡No! —le grité, apartando su mano de un manotazo —¿qué crees que haces?—alcé la vista, para mirarlo a la cara —para empezar, este polerón no es tuyo, no tienes por qué obligarme a dártelo. Tampoco puedes gritarme en medio de la calle, ¿no te bastó con lo de ayer? No creo que sea de buena educación obligar a la gente a que se quite la ropa en la calle y mucho menos si se la quitas tú —le di con el dedo índice en el pecho, observando como su boca se abría, a lo mejor por la sorpresa —¿y sabes qué? quédate con tu puto polerón —terminé de desabrocharlo rápidamente, me lo quité y se lo lancé en el rostro. Él lo cogió como pudo antes de que tocara el suelo. Me estremecí, un escalofrío me recorrió de pies a cabeza… estaba más helado si sólo andabas con una camiseta. Bill observó el polerón… —¿hay algo más por lo que quieras gritarme? ¿mis zapatos, el cabello?dímelo ahora mismo, así no me paras por la calle otro día —quitó la vista del polerón y la clavó en mi. Seguía con la misma expresión de sorpresa —¿nada más? ¿eso es todo? —estaba cada vez mas helada… y lo peor, no sabía cuanto tiempo más me iba a aguantar las ganas que tenia de echarme a llorar. 
—Discúlpame —y esta vez la impresionada fui yo. Lo miré con los ojos muy abiertos, sin poder creer lo que acababa de escuchar. Incluso se me olvidó que lo odiaba y que segundos antes había estado regañándolo. Y es que sus ojos… era como si se hubiesen descongelado. Expresaban arrepentimiento y… ¿dolor? o siento, está helado… discúlpame, ten —me tendió el polerón. Pero yo no lo cogí. 
—N-no importa. Me voy a casa a buscar otro —aparté la vista y comencé a caminar, esquivándolo. Pero al pasar por su lado, él me cogió de la muñeca, impidiéndome avanzar.  
—Lo siento, de verdad, lo siento mucho —volvió a repetir sus disculpas. Pero su voz ya no había sonado tan fría y… ay no. Alcé la vista y me di cuenta de que sus ojos estaban húmedos. Sentí como si me hundiera en su agonía, como si el dolor fuese parte de mi, como si pudiese sentir lo que él sentía. El corazón me dolió. Me dolió el pecho y me costó respirar. Sus ojos lo delataban, él no estaba bien.  
—¿Qué…? ¿te sientes bien? —realmente estaba preocupada, odio admitirlo. El chico asintió y luego bajó la mirada —¿quieres hablar? —negó con la cabeza. Él aún me tenía cogida de la muñeca, por lo que creí que no quería que me fuera o algo así. De todos modos no pensaba irme… él se sentía mal, no cabía duda —hey, no te preocupes. Comprendo que quieras el polerón, ni siquiera es mío… puedes quedártelo —intenté calmarlo —no te preocupes por eso, ya está, listo —me moví un poco hasta quedar frente a él, una posición un poco incómoda si él me tenía cogida de la muñeca todavía. Entonces me miró… sus ojos estaban rojos y a mi me dolió hasta el alma. Dios.  
—¿Por qué…? —cerró la boca al instante… dejando la pregunta incompleta. Había sonado completamente débil. Me tensé. Nunca lo había escuchado así… desde lo poco y nada que lo conocía. 
—Ay, no… no, no, no, no —podía ver como sus ojos se llenaban de lágrimas ¿Iba a llorar? ¿eso iba a hacer? nunca soporté ver a la gente llorar. Siempre me echaba a llorar yo también… —Bill, te juro que hago lo posible para desaparecer de tu vida, no me verás más, lo juro, pero no llores. Por favor —dije asustada, hablando muy rápidamente. Bill apartó la vista, mirando hacia el cielo —por favor —volví a repetir. Hay Dios… los ojos ya se me estaban llenando de lágrimas —grítame todo lo que quieras, es más, hazlo ahora si quieres, pero… pero… —él volvió a mirarme y yo cerré la boca. Vamos que mi comentarios no eran los más adecuados, que digamos… ya me estaba comenzando a agitar y desesperar. Quería darle un abrazo… pero no sabía como iba a reaccionar, era terrible —ven aquí —cogí su mano que me estaba cogiendo de la muñeca y tiré de él, comenzando a caminar. Él se dejó llevar, hasta que doblamos a la esquina y no estuvimos en nuestra calle, si no que en el parque que había en la calle paralela a la nuestra. Cruzamos la calle, y seguí caminando, sin mirarlo, hasta llegar a unos bancos —siéntate —le dije al momento en que yo me sentaba. Él se sentó a mi lado. Sus ojos seguían igual que antes, conteniendo las lágrimas… pero no me miraba. Bill tenía la vista fija en algún punto frente a él. Y yo comenzaba a tiritar por el frío —si quieres hablar… yo puedo escucharte —le dije, hablando bajito, rogando interiormente no cagarla de nuevo —a veces hace bien desahogarse… prometo no decir nada —no me contestó. Tampoco lo iba a presionar. Quité mi mano que estaba sobre su mano… pero él seguía cogiéndome de la muñeca. No me soltaba. Entonces me volvió a mirar. 
—¿Por qué eres tan buena? —preguntó susurrando con la voz quebrada ¿buena?, claro que no. Yo sólo hacía lo que tenía que hacer. Lo que yo creía que era correcto. Lo miré sin comprender… entonces él volvió a abrir la boca —te he tratado tan mal… desde que llegaste —tragó saliva —es que no me gusta tenerte aquí —bajó la cabeza. Y yo me obligué a mirar hacia otro lado. Eso me dolió, lo reconozco. Pero no dije nada —y tú… te comportas así, no tiene sentido, no lo comprendo. 
—A veces hay cosas que yo tampoco comprendo —dije hablando bajito.  
—¿Qué es lo que no comprendes? —no sabía si contestar… o quedarme callada y no decir nada. A lo mejor se enojaba… pero… vamos, que a lo mejor podía hacerme “comprender” 
—No comprendo por qué… si no me conoces, me odias —volví a mirarlo. Él también me miraba.  
—No te odio —aparté la vista, avergonzada —sólo… quiero que te vayas —suspiró —pero no ahora… no —añadió rápidamente, al darse cuenta de que yo tenía intenciones de levantarme. 
—¿Ya estás mejor? —le pregunté, aún sin mirarlo. Pero tenía la sensación de que él no despegaba sus ojos de mi… y eso era incómodo. Bill no contestó… y estuvimos unos largos segundos en silencio… hasta que me vi obligad a mirarlo, quería saber si se encontraba mejor. Sus ojos seguían expresando tristeza, dolor… pero ya no estaban llenos de lágrimas. Ya no iba a llorar. 

Y fue lo más extraño que había sentido. Cuando me miró directamente a los ojos, sentí como si hubiese metido los dedos en un enchufe eléctrico. Eran color miel… y yo me perdí dentro de ellos. No pude pensar en nada, simplemente lo observaba y me dedicaba a sentir el cosquilleo en el estómago, como si fuese la sensación más bonita del mundo. Y me entraron ganas de abrazarlo, de no soltarlo jamás, de hacerlo sentir mejor, curar su dolor, convertirlo en alguien más humano. No supe en que momento, nuestros rostros se acercaron tanto… Y para cuando me di cuenta de ese hecho, ya podía sentir su respiración sobre mis labios. Entré en pánico y corté el momento, levantándome de un salto. 
—Y-ya estás mejor. Adiós —solté mi muñeca de su agarre, con el corazón en la garganta… las manos me tiritaban y ahora la que iba a llorar era yo. Bill me miró con los ojos muy abiertos… y yo como pude, me di la vuelta, para comenzar a caminar hacia casa.