Emilie se subió a mi lado, quejándose de algo en alemán. Me sentí un poco cohibida, e intenté no mirar ni tocar al chico que iba a mi lado. El que iba adelante, puso el coche en marcha a la velocidad caracol… y me recosté en el asiento, queriendo llegar a casa lo antes posible. Llevaba menos de un minuto en el coche y ya quería salir de allí. El chico me ponía nerviosa… No lo había visto detalladamente, pero bastaba con un pequeña mirada para darse cuenta de que no estaba de buen humor y que no le gustaba mi presencia. Emilie intercambió un par de palabras con su hermana y el chico que iba adelante.
—¿Así que vienes de Japón? —entendí a la chica. Vale, eso quería decir que me hablaba a mi.
—Si… pero estuve allí sólo dos semanas —contesté un poco cortada.
—Genial, ¿viajas mucho? —esta vez habló el chico.
—Si, creo que ahora nos vamos a establecer en Alemania por más tiempo, no lo sé.
—Él es Tom —miré a Emilie, quien apuntaba al chico que volante —es el novio de mi hermana —murmuró —y el que está a tu lado es Bill… —giré un poco la cabeza para mirarlo. Él ni siquiera se inmutó. Ahora estaba con los ojos clavados en sus manos. Es que era tan… extraño. Llamaba mucho la atención, él era… pues para empezar, era alto, de eso ya me había dado cuenta. Tenía el cabello negro y largo… lo llevaba aplastado con una gorra… —él y Tom son gemelos —añadió.
—¿Es verdad? —pregunté asombrada, sin dejar de mirarlo. Entonces el chico alzó la cabeza… y pude ver sus rasgos. Me pareció hermoso… pero sus ojos me parecieron vacíos ¿acaso su interior estaba vacío también? tenía un aspecto extremadamente melancólico, aunque su expresión… su expresión era… pues parecía enojado. O no lo sé en realidad. A lo mejor no quería que le hablara.
—De verdad —contestó Tom, el chico del volante. Bill, el de mi lado, no dijo nada. Había alzado el rostro, si, pero no me había mirado. Sólo había clavado la vista a un puno fijo frente a él. Miré hacia el espejillo que había en el coche y pude ver el rostro de Tom con una sonrisa. Le devolví la sonrisa, sin saber que hacer —te pareces a alguien... —comentó.
—Quizás me parezco un poco a mí —me encogí de hombros. Emilie se echó a reír, pero su hermana siguió la conversación de Tom.
—Con razón le encontraba cara conocida... Pero no sé a quien se parece —me mordí el labio inferior… quizás a quien me parecía —¿alguna vez has salido en la TV?
—No… —me encogí de hombros… que yo sepa.
—¿Bill, encuentras cara conocida a Karla? —le preguntó su hermano.
—Karlie —corrigió Emilie.
—…Karlie.
Volví a mirar al chico de los ojos vacíos.
Él clavó su mirada fría, sin expresión sobre mi… Y comenzó a analizar mis rasgos, rápidamente. Sentí que el calor se me subía al rostro, pero no dije nada. Su boca se entreabrió, parpadeó un par de veces y con un leve gesto de sorpresa, exclamó con una voz suave, firme, casi ruda, fría:
—Tiene los labios más gruesos y un lunar en la mejilla… —me quedé de piedra. Si lo había dicho en inglés era para que yo lo entendiera… Pero lo que yo no pude entender fue a qué se refería. Pero no dije nada, nuevamente me callé… Al igual que todos los que íbamos allí en el coche. El chico dejó de mirarme, clavando nuevamente sus ojos en los edificios que pasaban rápidamente fuera de la ventana. Me di cuenta de que había comenzado a jugar con sus dedos, casi como un gesto de nerviosismo.
—Karlie, ¿sabes japonés? —y nuevamente esa pregunta ¡que no sabía japonés!
—Te puedo hablar hasta en chino, pero no sé japonés —le contesté a Tom. Emilie y su hermana rieron.
—Tampoco sabes alemán —añadió la chica.
—No... —me encogí de hombros.
Él clavó su mirada fría, sin expresión sobre mi… Y comenzó a analizar mis rasgos, rápidamente. Sentí que el calor se me subía al rostro, pero no dije nada. Su boca se entreabrió, parpadeó un par de veces y con un leve gesto de sorpresa, exclamó con una voz suave, firme, casi ruda, fría:
—Tiene los labios más gruesos y un lunar en la mejilla… —me quedé de piedra. Si lo había dicho en inglés era para que yo lo entendiera… Pero lo que yo no pude entender fue a qué se refería. Pero no dije nada, nuevamente me callé… Al igual que todos los que íbamos allí en el coche. El chico dejó de mirarme, clavando nuevamente sus ojos en los edificios que pasaban rápidamente fuera de la ventana. Me di cuenta de que había comenzado a jugar con sus dedos, casi como un gesto de nerviosismo.
—Karlie, ¿sabes japonés? —y nuevamente esa pregunta ¡que no sabía japonés!
—Te puedo hablar hasta en chino, pero no sé japonés —le contesté a Tom. Emilie y su hermana rieron.
—Tampoco sabes alemán —añadió la chica.
—No... —me encogí de hombros.
—Yo le enseñaré —añadió Emilie.
—¿Dónde vives, Karlie? —oh, vale. No sabía donde vivía, no me sabía el número de la casa, ni el nombre de la calle…
—Emm… a unas dos cuadras de Emilie, no sé el nombre de la calle, ni el número. Está frente a un árbol gigantísimo y en la esquina hay una parada de buses —la hermana de Emilie rió.
—Qué claro, ¿eh?
—Hey, que yo la entendí, aquí yo soy el que maneja, Sam… —la chica le dio un golpe a Tom en el brazo —ya sé donde vives, Karlie… vivimos en la misma calle —detuvo el coche. Miré hacia la ventana, sin decir nada… Estábamos frente a la casa de Emilie.
—Adiós, amor —se despidió la chica.
—Recuerda que mañana vengo por ti temprano… —aparté la vista para no ver el besuqueo. Emilie abrió la puerta que había a mi lado.
—Adiós, Bill. Nos vemos mañana, Karlie —se despidió.
—Adiós.
—Hasta mañana —nos despedimos al mismo tiempo. Ella se bajó del coche, cerrando la puesta. Entonces me separé del chico… para no tenerlo tan apretujado contra la ventana, ¿no? dejé las bolsas entre nosotros, e intenté no escuchar la conversación extremadamente cursi que tenían esos dos adelante…
El chico se separó de la ventana, volviéndose un poco hacia mi, con los ojos entrecerrados.
—¿Vives en la 4501? —me preguntó. ¿qué si vivía en la qué?
—No lo sé —me encogí de hombros —¿qué es eso? —él no dijo nada… y apartó la vista, nuevamente volteándose hacia la ventana. Me sentí aún más incómoda. No sabía donde mirar, ni que decir… Sólo me limité en clavar la vista en mis manos ¿Había hecho algo mal?
Luego de unos segundos, la puerta de delante se cerró y Tom puso el coche en marcha nuevamente. Espetó algo en alemán, a lo que Bill respondió con aires de desinteresado. Me dio la impresión de que se refería a mi… o a lo mejor tuve esa impresión porque escuché un “Karla”, entremedio de la oración de Tom.
No tardamos en llegar hasta mi casa. Tom detuvo el coche frente a ella. Cogí mis bolsas y luego abrí la puerta. Miré hacia fuera y lo primero en lo que me fijé fue en el número que había a un lado de la puerta.
—Si, es la 4501 —Bill me miró rápidamente, con los ojos un poco más abiertos, a lo mejor por la sorpresa. Tom suspiró fuertemente —adiós —me despedí de los dos, bajándome del coche.
No esperé a que él otro chico mal educado respondiera, simplemente cerré la puerta y me dí media vuelta ara seguidamente comenzar a caminar hacia casa.—Emm… a unas dos cuadras de Emilie, no sé el nombre de la calle, ni el número. Está frente a un árbol gigantísimo y en la esquina hay una parada de buses —la hermana de Emilie rió.
—Qué claro, ¿eh?
—Hey, que yo la entendí, aquí yo soy el que maneja, Sam… —la chica le dio un golpe a Tom en el brazo —ya sé donde vives, Karlie… vivimos en la misma calle —detuvo el coche. Miré hacia la ventana, sin decir nada… Estábamos frente a la casa de Emilie.
—Adiós, amor —se despidió la chica.
—Recuerda que mañana vengo por ti temprano… —aparté la vista para no ver el besuqueo. Emilie abrió la puerta que había a mi lado.
—Adiós, Bill. Nos vemos mañana, Karlie —se despidió.
—Adiós.
—Hasta mañana —nos despedimos al mismo tiempo. Ella se bajó del coche, cerrando la puesta. Entonces me separé del chico… para no tenerlo tan apretujado contra la ventana, ¿no? dejé las bolsas entre nosotros, e intenté no escuchar la conversación extremadamente cursi que tenían esos dos adelante…
El chico se separó de la ventana, volviéndose un poco hacia mi, con los ojos entrecerrados.
—¿Vives en la 4501? —me preguntó. ¿qué si vivía en la qué?
—No lo sé —me encogí de hombros —¿qué es eso? —él no dijo nada… y apartó la vista, nuevamente volteándose hacia la ventana. Me sentí aún más incómoda. No sabía donde mirar, ni que decir… Sólo me limité en clavar la vista en mis manos ¿Había hecho algo mal?
Luego de unos segundos, la puerta de delante se cerró y Tom puso el coche en marcha nuevamente. Espetó algo en alemán, a lo que Bill respondió con aires de desinteresado. Me dio la impresión de que se refería a mi… o a lo mejor tuve esa impresión porque escuché un “Karla”, entremedio de la oración de Tom.
No tardamos en llegar hasta mi casa. Tom detuvo el coche frente a ella. Cogí mis bolsas y luego abrí la puerta. Miré hacia fuera y lo primero en lo que me fijé fue en el número que había a un lado de la puerta.
—Si, es la 4501 —Bill me miró rápidamente, con los ojos un poco más abiertos, a lo mejor por la sorpresa. Tom suspiró fuertemente —adiós —me despedí de los dos, bajándome del coche.
Piqué al timbre. No tenía llave… pero me encargaría de tener una copia dentro de la semana… No fuera a ser que por alguna razón me quedara afuera y no pudiera entrar. Eso sería terrible.
—Llegaste —exclamó mi padre a la vez que habría la puerta, sacándome de mis pensamientos —pensaba que te había pasado algo…
—Llevé móvil —dije como se fuese lo más obvio del mundo, y luego pasé dentro de la casa. Papá cerró la puerta.
—No me acordaba… ¿qué compraste?
—Un pantalón y un bolso —me encogí de hombros.
—Vale… ¿quieres cenar? —comencé a caminar hacia las escaleras.
—Me comí un helado…
—¿Quieres jugo de naranja? — e detuve al instante. El jugo de naranja era mi favorito. Casi como una obsesión… me encantaba. No podía decir no a un jugo de naranja… Miré a mi padre, este me estaba sonriendo —también podrías hablarme sobre tu primer día de escuela… — suspiré, para luego, decirle con cariño:
—Voy a dejar las bolsas arriba y bajo —me sonrió, entrando en la cocina. Me apresuré en subir las escaleras… encendí la luz de la habitación y lancé las bolsas sobre la cama. Luego de eso, me quité los zapatos y tras apagar la luz, volví a bajar las escaleras casi corriendo… resbalándome con los calcetines — a estoy —entré a la cocina —¿tienes mi jugo?
—Recién exprimido —dejó dos vasos sobre la mesa. Se sentó frente a uno y yo me apresuré en sentarme frente a él —cuéntame… ¿te hiciste amigas? —me encogí de hombros, cogiendo el vaso.
—Conocí a chicas que también hablan inglés. Lindsay fue la que me habló primero… con Tess. En su grupo también están las gemelas Ivvy y Jane. Pero me siento con Emilie. Con ella salí de compras… tiene una hermana mayor y vive a unas dos cuadras —le informé. Él alzó una ceja. —supongo que la que más te agrada es Emilie —le di un gran sorbo al jugo de naranja antes de responder.
—Eso creo. Con las gemelas casi no hablé… y Lindsay y Tess me parecieron un poco… creídas —me encogí de hombros, dándole otro sorbo.
—No sé que tienes en contra de las niñas “creídas” —se burló mi padre.
—Pff. Es que tú no lo entiendes —puse los ojos en blanco —aunque aún no las conozco bien, ni siquiera las conozco. Es que hay algunos tipos de gentes que me desagradan —seguí alargando mi comentario —como el tipo del coche.
—¿Qué coche?
—Él que me trajo a casa. Era la hermana de Sam… con dos gemelos.
—Alemania está repleto de gemelos… —le hice caso omiso al comentario de papá.
—Él que me trajo a casa. Era la hermana de Sam… con dos gemelos.
—Alemania está repleto de gemelos… —le hice caso omiso al comentario de papá.
—Uno se llamaba Tom, era el que manejaba el coche, me calló muy bien, me conversó mucho… pero ese otro maleducado que iba a mi lado, no dejaba de mirar hacia la ventana y casi no me hablaba. No me gustó su actitud… El “Bill ese”, se cree superior o algo así… —le iba a seguir, pero mi padre me cortó.
—Ya basta, Karla. Sabes que no me gusta que descalifiques a la gente de esa manera —le di otro sorbo al jugo, casi acabándolo.
—Pero es que tú no te imaginas, ese Bill…
—¿Bill? —me volvió a cortar —¿por casualidad no te sabes su apellido?
—¿Bill? —me volvió a cortar —¿por casualidad no te sabes su apellido?
—No. Vive en la misma calle que nosotros, no sé nada aparte de eso y el nombre… y que es un maleducado, claro le dí el último sorbo al jugo —¿por qué? ¿lo conoces?
—No… para nada. Es que ayer, ordenando las cosas, me pillé con una caja en un armario… está cerrada con cinta y dice que es para un tal Bill Kaulitz.
—¿Vas a tomarte eso?—señalé su jugo intacto sobre la mesa.
—¿Vas a tomarte eso?—señalé su jugo intacto sobre la mesa.
—Tómalo si quieres —y eso fue exactamente lo que hice.
—¿Abriste la caja?
—No… creo que deberíamos dársela —la verdad es que me habían entrado ganas de saber que había en esa caja.
—No… creo que deberíamos dársela —la verdad es que me habían entrado ganas de saber que había en esa caja.
—¿Tienes idea de quien pudo dejarla? ¿quién vivía antes en esta casa?
—Mi hermano —no sabía que tío Agüst vivía en Alemania.
—Mi hermano —no sabía que tío Agüst vivía en Alemania.
—No sabía que él vivía aquí.
—A puesto a que tampoco sabía que yo nací en Alemania —me quedé de piedra. Por eso se le daba tan bien el idioma… ¿quién lo diría? ¡Papá era alemán! Y yo ni siquiera me había enterado.
—A puesto a que tampoco sabía que yo nací en Alemania —me quedé de piedra. Por eso se le daba tan bien el idioma… ¿quién lo diría? ¡Papá era alemán! Y yo ni siquiera me había enterado.
—¿Eres Alemán? —pregunté incrédula, dejándo el vaso sobre la mesa.
—¡Claro! ¿o no ves mi cara de Alemán? —me eché a reír.
—Oye, hablo enserio.
—Yo también.
—Pff... ¿entonces tío Agüst dejó esa caja en el armario?—alcé una ceja.
—Yo también.
—Pff... ¿entonces tío Agüst dejó esa caja en el armario?—alcé una ceja.
—No lo creo. A lo mejor sus hijos… no lo sé. Jamás conocí a mis sobrinos. Sólo sé que su esposa se murió hace un año… Vine a Alemania, ¿lo recuerdas?
—Como no lo voy a recordar, fueron los tres días más aburridos de mi vida en la casa de la abuela... —me eché a reír.
—Como no lo voy a recordar, fueron los tres días más aburridos de mi vida en la casa de la abuela... —me eché a reír.
—No seas cruel con tu abuela, ella te quiere… La cosa, es que después de que su esposa murió, se cambió de país… o más bien, siguió donde estaba —mm… a lo mejor alguno de mis primos la había puesto allí. Quizás no era para ese Bill… pero me había entrado la curiosidad. Y si no habría la caja, tendría que averiguar el apellido del mal educado. Entonces… algo se me vino a la cabeza.
—¿Sabes? ese Bill, sabía que esta casa era la número 4501 ¡ni siquiera yo lo sabía! —resoplé.
—Ya ves, a lo mejor es él —suspiró, levantándose de la mesa —cuando termines tu jugo, lavas los vasos… Me voy a ir a dormir —se acercó a mí, para luego depositarme un beso en la frente —me harías un gran favor si averiguaras el apellido del chico. A lo mejor es algo importante, no quiero botar la caja…
—Vale. Déjamela en la habitación, que se la entrego —no sin antes abrirla y ver que hay dentro.
—Buenas noches, hija… —a lo mejor, parece un poco exagerado contarle todo lo que me pasa en el día a mi padre… Pero es que él es todo para mi, es como por así decirlo “lo único que tengo”. Es la única persona que siempre está conmigo y estoy segura que nunca me hará daño. Él siempre ha estado en los momentos malos, en los buenos, en mis fracasos, en mis triunfos. Realmente lo admiro, es la mejor persona que ha pisado el planeta… y que gran suerte que tengo al tenerlo como padre. Además, me divertía contando mis cosas… Pero sólo a él, ya que yo muy bien sabía, que se llevaría los secretos hasta la tumba. Aunque claro, siempre hay cosas que una chica de 16 no le puede contar a su padre… Y esas cosas se iban a mi otra opción: Mi guitarra.
Me levanté del asiento, lavé los dos vasos y sin poder sacarme a ese Bill de la cabeza, me fui a dormir.
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