—¡Ya llegamos! —gritó Sam, abriendo la puerta de su casa. Pude entenderla… me incorporé en el sillón y Bill me imitó, alejándose un poquito. A lo mejor no quiso que me diera cuenta, pues lo había hecho disimuladamente… pero yo si me había percatado. Tampoco soy tan estúpida. Se escucharon los pasos de Emilie bajando las escaleras casi corriendo… y luego, Tom y Simone entraron en la casa. Papá y Juliette aún no llegaban.
—¡Simone! —saludó Emilie. La mujer le dijo algunas cosas en alemán que no entendí… y Emilie le contestó en el mismo idioma.
—Karlie, querida, hola —me saludó, mientras se quitaba el abrigo. Yo lo sonreí y le hice una seña con la mano, en forma de saludo.
Bill se movió un poco, volviendo a posar sus ojos en la TV… y yo me sentí incómoda. Como si sobrara en ese lugar, no era mi ambiente… no eran gente familiar para mí… y era extraño. Quería irme. Incluso estaba más nerviosa que antes. Era como si estuviese excluida… además, ellos habían comenzado a hablar en alemán. Él único que no hablaba y que parecía tan alejado de todos, como yo, era Bill. Pero él ya no me prestaba atención. Estaba con la vista fija en la TV.
Me acomodé el cabello detrás de la oreja. Me quería ir… y si no me iba, estaba segura que agarraría una de esas pataletas.
Me levanté del asiento automáticamente… iba a salir, si… daría una vuelta hasta que papá llegara. Seguro él también se sentiría incómodo ¡auxilio!
Me di cuenta de que Bill me miraba… más que nada porque me había quedado quieta, pensando que hacer. Me dí cuenta de ese hecho y caminé hacia la puerta.
—¿A dónde vas? —me di la vuelta y miré hacia la puerta de la cocina, era Sam —me encogí de hombros.
—Olvidé algo en mi casa, es todo… vuelvo en cinco minutos —me excusé.
—Ok… —movió la boca hacia un lado —tienes que apurarte porque vamos a cenar dentro de poco… aunque aún no está lista la comida —roló los ojos.
—Amm... vale, no tardaré —cogí la puerta…
—¿A dónde vas, Karlie? —era Tom. Se había asomado detrás de Sam… ¿la misma explicación? Puaf.
—A bu…
—Va a buscar algo que se le quedó en su casa —me cortó Sam, explicándole a Tom por mí.
—Yo puedo llevarte —se ofreció, saliendo de la cocina.
—¡No! —me callé al instante —digo… no —¿qué se suponía que iba a buscar? yo sólo quería salir de esa casa y ya… —es que no quiero molestar —dibujé una sonrisa forzada.
—Pero no molestas, de verdad… te llevo en el coche, vamos.
—De verdad, Tom —hice un gesto con las manos… algo extraño.
—Bueno, en ese caso… ve con cuidado. Si alguien te habla, no digas nada, tú sigues tú camino, si es necesario te regresas —fruncí el ceño. Se estaba comportando incluso más paranoico que papá —¿llevas móvil? —asentí —ok.. te vuelves en cuanto tengas lo que buscas.
—Que sí, que sí. Adiós —abrí la puerta y salí fuera, luego la volví a cerrar. La brisa fría me hizo estremecer. No había cogido la chaqueta… la había olvidado. Que inútil que soy. Apreté los dientes, para no comenzar a temblar y luego miré en las dos direcciones de la calle, sin empezar a caminar. Me sobresalté al escuchar como la puerta se abría a mis espaldas. Rápidamente me di la vuelta ¿y este qué hacía aquí?
—¿Qué? —le pregunté, sintiendo como el corazón se me comenzaba a apurar…
—Voy contigo —me contestó, cerrando la puerta.
—Pe-pero… —no. Es que si él me acompañaba… tendría que ir a buscar algo y… argh. Aunque creo que eso era lo de menos. No quería que me acompañara nada más porque me daba un poco de vergüenza… y esas sensaciones que no me gustaba sentir. Además, iba a volverme torpe, de nuevo.
—Sé que no quieres quedarte allí adentro… sólo quiero cuidarte —alcé una ceja, alejándome un paso de él.
—¿Cuidarme?
—En todas partes hay personas malas, Karla. No pienses que por ser tú no te harán nada… además, —dijo comenzando a caminar… —sé de gente que anda por estos lugares… y que no es muy buena… —pasó por mi lado. Me estremecí. En el mundo hay gente buena, como mala… Lo sabía. Una vez me había topado con alguien que no me tendría que haber topado jamás. Encontré que Bill tenía toda la razón al acompañarme. Incluso me dieron ganas de darle las gracias, pero sólo me limité a comenzar a caminar a su lado ¿y es que cómo no lo había pensado antes? por eso es que siempre me pasan desgracias. Porque no mido las consecuencias. Recuerdo cuando vivía en Sudamérica… un día se me enredó una cometa en un árbol, y yo por no medir las consecuencias, acabé con la cabeza partida contra el suelo. Eso había sido cuando tenía ocho años. A los nueve nadie mide las consecuencias de las cosas, pero yo seguía sin aprender. Aunque claro, el ejemplo era algo pequeño en comparación con otras cosas.
Decidí dar el tema por cerrado. Iba a dejar que Bill viniera conmigo, sí.
Metí las manos en los bolsillos de mi polerón. Tenía frío… ¿cómo es que había olvidado mi abrigo? era algo esencial… me estaba congelando. Pero no quería volver a esa casa, hasta que papá llegara.
—¿Qué vamos a buscar? —me preguntó Bill. Yo me encogí de hombros.
—No lo sé ¿hay negocios abiertos a esta hora? quiero un chicle.
—Creo que sí —caminamos hasta llegar a la esquina de la calle. Recordaba perfectamente el camino hacia ese pequeño local, donde días atrás Emilie y yo habíamos comprado helados… giramos hacia la derecha y seguimos caminando. Él a mi lado, sin decir nada. La verdad, es que el silencio, por primera vez, no me parecía tan incómodo… quizás, era porque estábamos en paz. Estaba segura de que nuestra tregua duraría hasta la próxima vez que nos viéramos, y luego pelearíamos como las veces anteriores… y sería su culpa.
Suspiré, muerta de frío. Los dientes me comenzaron a castañear… Argh. Los apreté con fuerza, para no seguir tiritando, odiaba tiritar.
—¿Tienes frío? —¿es que te haces el tonto o no vez que estoy peor que el iceberg que hundió el Titanic? Asentí, mirándolo. Ya habíamos llegado a la esquina, el local nos quedaba a calle y media. Bill suspiró —no sé como se te ocurre escapar sin antes coger tu chaqueta —¿y él como sabía que yo había ido con chaqueta? observé como se quitaba la suya, era de cuero, negra. No entendí por qué lo hacía, hasta que la puso sobre mis hombros. Abrí los ojos como platos ¡era como en las películas! Puaj, no. Me sentí temblar… pero no fue de frío. Incluso sentí como mis mejillas, que anteriormente habían estado heladas, se calentaban de golpe… ¡qué alguien me detuviera el corazón! Estaba segura de que incluso Bill podía escucharlo. El chico me cogió el brazo, al ver que yo no reaccionaba e intentó meterlo por una de las mangas de la chaqueta, pero yo aparté el brazo rápidamente.
—N-no. Es tuya, tú también tienes frío, no —pero él volvió a cogerme el brazo y a meterlo en la manga de la chaqueta…
—Para que me disculpes lo del polerón, ¿si? Además, casi nunca me da frío —dijo como si nada, encogiéndose de hombros… seguidamente estiró la chaqueta hacia un lado —pon tu brazo allí —me dejo, al ver que yo no respondía.
—Oye, de verdad que no es necesario.
—Pero si estás helada… si no te la pones voy a regresar con un cubito de hielo… —rió un poco ¿y a éste que le pasaba? Me sentí extraña… muy extraña. Y es que además de su humor, nunca nadie me había pasado su chaqueta. Y eso hacía que me tensara —¿quieres que te pida por favor? —negué con la cabeza. Clavando mis ojos en los suyos ¡ya no estaban fríos! Era como si tuviese la puerta que daba hacia su alma, abierta. Pero antes de que pudiera analizar sus sentimientos, él bajó la mirada —entonces…
—Pero te vas a enfermar.
—Tú ya estas enferma —cabó cogiéndome el mismo el brazo y metiéndolo el mismo en la manga de la chaqueta.
—¿Cómo lo sabes?
—Ya está —susurró para sí mismo —¿crees que no escuché los gritos de Emilie hace un rato? —bufó, mirando hacia la calle. Vale, tenía sentido.
—Oh… —fue mi única respuesta, para luego voltearme y comenzar a caminar hacia el otro lado de la calle…
—¡NO! —escuché un fuerte ruido, el corazón se me detuvo, se me heló la sangre… y me cegué por completo, producto de una luz que me daba a la cara. Pero antes de que el incidente pasara a mayores, sentí como me jalaban de brazo con brusquedad. Caí sentada en el suelo, con los ojos muy abiertos y el corazón casi por salirse de mi boca. Escuché una fuerte música… que luego de unos segundos no pude oír más —putos locos —murmuró. Me mordí el labio inferior. Había estado a punto de ocurrir, de nuevo… por segunda vez. Tragué saliva, intentando deshacer el nudo que tenía en el pecho —estás bien —sentí su mano fría sobre mi mejilla, girando mi rostro levemente. Él estaba agachado, a mi altura, mirándome desde muy cerca. Me había salvado… otra vez.
Asentí levemente, con la cabeza. Cogiendo mucho aire, sin recuperarme del shock aún…
—Debes tener más cuidado —bajé la mirada avergonzada. Y es que sólo una idiota como yo, no se fija antes de cruzar la calle. Moví las manos nerviosa… él quito su mano de mi mejilla —ya, no te lamentes, que no pasó nada —casi pude verlo sonriendo. Intentaba reconfortarme.
—Gracias, es la segunda vez —dije bajito. Suspiré. Bil se levantó, situándose frente a mi y me tendió la mano.
—Esos idiotas… —le cogí la mano —beben todo lo que quieren y luego conducen así como así —tiró de mí hasta levantarme. No dije nada y solté su mano… me limité a limpiar mi pantalón —menos mal no pasó nada —siguió —me hubiesen matado si llego contigo a pedacitos —sonreí. Este chico podía ser muy amable cuando se lo proponía ¿por qué trataba tan mal a la gente, entonces? Volví a mirarlo. Bill también sonreía. Aunque se notaba más aliviado que feliz. A lo mejor… muy, muy en el fondo, de había preocupado por mí. O a lo mejor se había preocupado en lo que le dirían si me pasara un auto encima y él no hubiese hecho nada.
—Vamos por los chicles.
Bill asintió y al instante me cogió del brazo, comenzando a caminar. Lo miré molesta ¿y éste qué se creía? Tampoco soy taaan tonta como para que me casi-atropeyen de nuevo en el mismo lugar, antes de ser casi-atropeyada hace unos segundos.
—Ya está —dijo en cuanto llegamos del otro lado de la calle, soltándome. Me llevé la mano a la zona donde él me había apretado.
—Qué exagerado, gracias —fruncí el ceño.
—¿Quieres que peleemos por eso? —lo miré. Él estaba alzando una ceja. Negué con la cabeza repetidas veces.
—Estoy previniendo un posible accidente, eres bastante torpe —comenzó a caminar.
—Intenta no insultarme si no quieres pelear —lo alcancé, hablándole con la voz más dura que pude sacar. Bill se encogió de hombros.
—Es que ya te ha pasado dos veces ¿te imaginas si no hubiese estado ahí?
—Gracias, señor ego —bufé. Bill también podía ser muy, pero muy molesto.
—De nada. No soy señor ego, que te quede claro. Te salvé… —me crucé de brazos. Él hablaba como si me estuviese regañando…
—Si, y ya te dí las gracias. Hablas como si te debiera mucho —Bill hizo un sonido con la boca, burlándose.
—Te salvé la vida.
—Y no por eso puedes decirme torpe —me quejé.
—Pero es la verdad. Tú sólo me dijiste que te enfadarías si insultaba tu música —fui a decir algo, pero él me cortó —no te he insultado respecto a eso. Así que te quedas callada. Te podría decir que… eres torpe en todo, excepto con la guitarra y cantando ¿así está bien?
—No. – Me apresuré en decir —o tal vez sí, amargado —miré hacia la calle… un coche rojo acababa de pasar a una velocidad extraordinaria.
—No soy amargado —se quejó, ahora él.
—Sí lo eres —lo piqué —incluso tú mismo lo sabes.
—¿Qué te hace pensar que soy un amargado? —suspiré ¿por dónde empezar?
—A ver… —suspiré —casi no te ríes, ni sonríes, eres frío, no eres feliz, tus ojos son… —lo dejé sin terminar —casi no hablas cuando está frente a más personas, tengo la impresión de que te cierras en ti mismo y haces las cosas sólo por hacerlas, sin sentimientos, porque eres un amargado, una persona que se hizo vieja antes de tiempo —le expliqué mis razones… aunque esas eran pocas. Aún tenía muchas razones mas… pero no se las iba a decir. Me detuve, pues él había dejado de caminar —¿qué? ¿te ofendí? Lo siento —me apresuré en decir —yo sólo te lo decía… a lo mejor, para que puedas cambiar tu act…
—¿Eso es lo que piensas de mí? —no me atreví a mirarlo… y no dije nada. Es que no sabía que pensar de él —…si te sonrío.
—Pero no le sonríes al mundo. No sonríes cuando hay alguien más ¿crees que no me doy cuenta? Tampoco soy tan idiota…
—Entonces eso es lo que piensas de mí… —murmuró.
—Tú mismo hiciste que pensara así. Podrías ser más amable… —suspiré, seguidamente lo cogí del brazo y tiré de él —vamos, vamos —comenzó a caminar… y no dijo nada más. Genial. Había vuelto a cerrarse, como la vez anterior. Lo miré, y sus ojos volvían a estar fríos… parecía ido. No tendría que haberle hablado así. Y es que soy tan tonta…
Entramos en el local y compré dos chicles. Cuando salimos le di uno a Bill, pero este no lo quiso aceptar… tuve que abrirlo y yo misma metérselo en la boca. No me habló en todo el camino, ni siquiera me agradeció el chicle. Lo había echado a perder de nuevo. Él había vuelto a su estado automático. Y había sido mi culpa.
Y como en ese tiempo no hablamos nada… me dí cuenta del olor de su chaqueta. Jamás lo admitiría, pero era el olor más exquisito que había probado en toda mi vida. Estuve todo el camino, girando la cabeza hacia un lado, disimuladamente, para olerla ¿Bill olería igual que su chaqueta?
Cuando estuvimos en la puerta de la casa de las hermanas chillonas, le devolví la chaqueta. No quería que Papá o sobre todo Emilie, me vieran con la chaqueta de Bill puesta. Papá iba a pensar cualquier cosa y Emilie no iba a dejar de molestarme nunca. El chico picó al timbre… y medio segundo después, Juliette abrió la puerta.
—¡Hola! —nos saludó. Yo le devolví el saludo… al igual que Bill, sólo que este un poco más frío.
Pasamos dentro y tuvimos, o más bien, yo tuve que explicarle a los recién llegados que habíamos ido a buscar algo y habíamos aprovechado de comprar chicles… les dije que Bill me había acompañado y todo eso.
Luego nos sentamos a comer. La cena ya estaba lista… era pollo y no sé que cosas, pero casi no comí… como dije anteriormente, me sentía incómoda en ese lugar, y no podía comer en un lugar sintiéndome incómoda. Además, sentí la mirada de Bill sobre mí durante toda la cena, hasta que Simone dijo que era tarde y tenían que irse… que mañana tendrían que grabar. Ahí fue cuando me despedí de ella, Tom y Bill. Con un beso en la mejilla a cada uno. Pero Bill no me dijo nada, ni siquiera un “adiós”, o algo así. Lo acepto, eso me decepcionó. Y no entendía por qué, si Bill ni siquiera me gustaba.
Papá y Juliette se quedaron hablando sentados en a mesa, mientras Sam lavaba las cosas sucias y Emilie y yo, nos íbamos al piso de arriba a guardar mi guitarra y a hablar sobre nuestro plan. Ella estaba emocionada. Más que yo, era seguro. Si hubiese sido otra situación, yo también habría estado emocionada, pero con lo que había pasado unas dos horas atrás con Bill… y es que aún no podía dejar de pensar y recordar todo lo que había pasado, no se me borraba de la cabeza. Y lo repito, soy idiota.
Cerca de las doce nos volvimos a casa. Mañana era martes y yo tendría escuela. Estaba muerta de sueño… lo único que quería era dormir… y dormir… y dormir un poquito más. Ni siquiera tuve ánimos de molestar a papá en el viaje. Simplemente no podía hacerlo. Era como si se me hubiese agotado la batería.
Cuando estuvimos en casa, le dí las buenas noches a papá y me apresuré en subir las escaleras, con la guitarra.
Al llegar a mi habitación, dejé la guitarra a un lado de la cama, me quité el abrigo, los guantes y la bufanda, dejándolo todo desparramado por el suelo. Luego me puse el pijama, fui como un zombie hacia el baño, me lavé los dientes, hice todo lo que tenía que hacer, luego volví a la pieza, apagué la luz, me acosté, me cubrí hasta la cabeza… y finalmente, lo más esperado... me dormí.
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