Me bajé del taxi fuera de la escuela.
—Gracias — e dije al chofer antes de cerrar a puerta y acomodarme la mochila en el hombro. Era lunes , él primer día de clases. Ayer no había hecho nada, mi padre me había sacado de casa para buscar un buen coche, que compraría dentro de la semana o yo que sé.
Comencé a caminar hacia el edificio rápidamente. Tenía que buscar mi horario y el número de sala.
Entré en recepción y hablé con la secretaria para pedirle los papeles. No fue necesario gesticulas tanto, pues la mujer sabía ingles y me atendió de lo mejor con su ¡Ah, tu eres la chica que viene de Japón! Já, ni siquiera sabía hablar japonés. Venía desde allí, pero había estado en ese país sólo dos semanas, eso no me hacía japonesa . Pero tampoco podía darle una charla a esa señora sobre mi vida por lo que le puse la cara más amable que tenía y le recibí los papeles con un gracias.
Como había llegado temprano, me tomé mi tiempo en buscar el salón, hasta que luego de dar vueltas y vueltas por los pasillos encontré la sala número 23. Suspiré y doblé los papeles a la mitad, para luego acomodar mejor mi mochila y entrar casi corriendo. Los otros chicos ya había llegado, y todos los asientos parecían estar ocupados. Me acomodé el cabello detrás de la oreja, ¿qué se suponía que tenía que hacer ahora? Claro, esperar a que el profesor llegara y me dijera donde tenía que sentarme.
—¡Oye, tú, la nueva! —oí a una chica gritar desde los últimos asientos, me sorprendí, pues hablaba un perfecto inglés. Dirigí la vista hacia donde provenían los gritos. Eran un grupo de chicas que conversaban sentadas sobre las mesas de la orilla de la ventana.
—¡Aquí hay un asiento! — chilló otra, con un acento bastante extraño. Me sentí extraña, pues veinticuatro pares de ojos se posaron en mí en ese momento. Sonreí de medio lado, ¿Qué más podía hacer?, y luego me acerqué hacia ellas, pasando por el pequeño pasillo que había entre las mesas.
—¿Cómo te llamas? —me preguntó la misma chica que me había llamado, en inglés.
Me bombardearon de preguntas en Alemán en cuanto estuve junto a ellas, vale que no había entendido nada.
La misma chica, hizo callar a las otras.
—¿Cómo te llamas?
—Karla.
—Karla.
—¡Genial!, ¿y como te dicen?, todo el mundo aquí tiene un apodo —añadió la otra, hablando rápidamente, casi no había entendido lo que había dicho.
—Karlie, algunas personas me dicen Karlie —me encogí de hombros.
—Karlie, que bien —miré a la chica. Era más alta que yo, eso era seguro era bien paliducha y tenía el cabello rubio oscuro, liso y a la altura de los hombros —soy Lindsay —le sonreí —ella es Tess —señaló a la chica del acento extraño. Esta era todo lo contrario era morena, con cabello negro y bajita —la de allí es Jane —me señaló a la otra chica, que me saludó con la mano —y la chica que es igual a ella, Ivvy, es su gemela. Miré a ambas, eran prácticamente iguales. También en nuestro grupo está Emilie, pero aún no llega. Vas a sentarte junto a ella, si quieres claro —añadió.
—Si. Contesté con una media sonrisa —entonces Tess, creo, se bajó de la mesa donde estaba sentada.
—Esta es tu mesa, dame eso. Me quitó la mochila, dejándola sobre la silla. Por suerte era el asiento del lado de la ventana —¿alguna vez escuchaste la leyend ...? —Lindsay la cortó, dándole con el codo.
—No ¿qué leyenda? —pregunté. Vamos, que el bichito de la curiosidad ya me había picado.
—La leyenda de la chi...
Interrumpió esta vez una de las gemelas, hablando bastante fuerte. No querían que me enterara, ya lo había pillado. Esto si que iba a ser difícil. Lo único que sabía decir era Hallo, y el resto nada. Tampoco entendía mucho que digamos. Mi padre tendría que darme clases de Alemán.
—Emilie... —una de las gemelas se levantó de su asiento y se apartó del grupo. Su hermana la siguió hacia la puerta de la clase, por donde una chica con el pelo extremadamente rubio entraba. Entonces, ella era Emilie. Tess y Lindsay comenzaron a hablar en Alemán, intercambiaron un par de frases y luego se bajaron de las mesas. Yo aproveché para sentarme en mi silla.
—El profesor ya llegó, nos vemos. Se despidió Lindsay. Tess me sonrió y luego las dos se dirigieron al otro extremo de la sala de clases.
La silla que estaba a mi lado se movió. Alcé la vista, quitándome el flequillo del ojo y miré a la chica rubia. Se sentó, dejando su bolso sobre la mesa y luego con una sonrisa en el rostro me saludó.
—Hola, soy Emilie —había hablado en inglés. Me fijé en su rostro, era de piel pálida, con la nariz y las mejillas llenas de pecas y ojos celestes. No azules, celestes…
—Karla —me presenté.
—Lo sé, te laman Karlie, ¿no? —asentí, con la boca entreabierta. ¿Y ella como sabía todo eso?
—Me lo acaban de decir Ivvy y Jane —añadió —puedes llamarme Emi.
—Ok —reí.
—Veo que no hablas Alemán —murmuró. La clase ya se había quedado en silencio, pues el profesor estaba en su escritorio.
—Lo único que sé es “hallo” y ni si quiera sé si lo pronuncio bien —se echó a reír. Me pasé el resto del día con las chicas. Con las gemelas casi no hablé, pues los idiomas no nos coincidían muy bien… Lindsay y Tess, al parecer tenían muchas cosas de qué hablar, por lo que me hice más cercana a Emilie. Y ella parecía ser de esas chicas amigables al extremo… pues al salir de clases me invitó a acompañarle de compras.
Lo que hicimos primero fue pasar por su casa… que por cierto quedaba a unas dos cuadras de la mía y eso nos sorprendió bastante. Allí me presentó a su madre y su hermana mayor, de la cual no recuerdo el nombre. Su papá no estaba en casa. Y también puedo añadir que la mamá de Emilie prácticamente “castigó” a su hermana… pues la había “condenado” a pasarnos a buscar al centro comercial del centro de la ciudad, porque que saldríamos tarde. Emilie recibió una tarjeta que su madre le dio, ella le pidió que no gastara demasiado. Agradecí que su familia, o al menos también su madre supieran inglés.
Después, nos fuimos a casa. Como mi padre no estaba en casa le dejé una nota, diciéndole que llevaba el móvil y que no se preocupara por mi. También podía aprovechar de comprar algo… Y como no tenía de esas tarjetitas, sólo cogí dinero y ya…
Todo el camino hacia la parada de autobuses más cercana, lo pasé intentando aprender alemán. Emilie me enseñaba… Y aunque había aprendido dos palabras ya se me había vuelto fácil identificar el “ich” y “du”, Oh, perdón… Ich und du. O algo así. Como sea… Nos subimos al autobús y nos bajamos en el centro de la ciudad. Ya había estado antes por esos lugares, comprando las cosas para la casa y los libros para la escuela. Pero no había entrado en las tiendas de ropa. Tenía que ver como era la ropa aquí, ¿no?
Emilie y yo congeniamos muy bien. Mientras comprábamos, me di cuenta de que teníamos los mismos gustos y que nos reíamos de las mismas cosas… Además, vivíamos muy cerca y quien sabe, lo mejor me podía hacer una amiga en Alemania.
Ella acabó comprándose casi un guardarropas completo. En total llevaba alrededor de diez bolsas… Pero ella se había excusado con que hacía mucho que no salía de comprar y había crecido bastante en estos últimos meses. Había comprado desde accesorios para el cabello, hasta zapatos. Incluso, llevaba un vestido, que por cierto me había parecido hermoso, color rosa pastel, por encima de la rodilla y con unos aplicados del mismo color de la tela… Como era invierno, no tenía idea de cuando ni como lo iba a usar, pero vamos, que el vestido no era mío.
Yo me compré una cartera, las que tenía ya no me gustaban tanto y un pantalón deportivo… ya que el mío se había perdido en la mudanza. Y nada más. Luego nos fuimos a tomar un helado… nos compramos dos de los gigantes y después no podíamos hacer que nos entrara en el estómago. Dejé más de la mitad del helado… mejor me hubiese comprado uno de tamaño normal.
Cuando terminamos de comernos los helados, Emilie llamó a su hermana… Fue el único momento de la tarde en que habló en alemán y lo único que entendí fue “Du”, al parecer estaban peleándose, pues desde donde yo me encontraba, escuchaba los gritos de la chica “mayor” desde el otro lado de la línea telefónica.
—Dice que en diez minutos salen de la grabación… y que estará aquí como en veinte minutos —me informó Emilie, dejando él móvil en su cartera.
—Ok… ¿Tan poco tiempo se demoran en llegar? —miré hacia la ventana. Aún seguíamos en el local de los helados y ya era de noche…
—Es que les queda cerca.
—Ah —no quise preguntar nada. Pero… ¿cerca de qué? suspiré —¿qué te va a decir tu madre por todas las cosas que llevas?
—Por todo el dinero que gasté —me corrigió, riendo. Yo también reí.
—Papá va a estar preocupado —me mordí el labio inferior. Emilie negó con la cabeza.
—Podrías llamarlo.
—No es necesario… —me encogí de hombros —dentro de poco ya estoy en casa —hice un gesto para restarle importancia.
—¿Y tu madre? —son los de lo más histéricas… —puso los ojos en blanco. Yo sólo sonreí. Vale, a lo mejor ella encontraba a su madre una histérica, pero al menos tenía una.
—Está muerta —me encogí de hombros.
—Lo siento, no sabía que…
—Ni siquiera la recuerdo, no te preocupes —la corté con una sonrisa.
—Eh… vale. Emm… Tenemos que ir a la siguiente calle —cambió de tema.
—¿Porqué?
—Allí nos pasan a buscar… —me levanté de la silla en seguida, cogiendo las bolsas.
—Vamos —Emilie cerró la boca, salió del trance y se levantó, cogiendo sus diez bolsas.
Acabé ayudándola a cargarlas… llevaba demasiadas cosas.
El tiempo se nos pasó rápido. Nos sentamos en un banco que había cerca de la calle y nos entretuvimos contándonos cosas graciosas, o no tan graciosas, que nos habían pasado a lo largo de nuestra vida. Al parecer, las dos teníamos muchas cosas que contar…
—Allí vienen —ella señaló con la mano hacia delante. Por fin. Desvié la mirada y pude ver un coche blanco, bastante moderno, que se acercaba a 0,1 Km/h. Es decir, velocidad caracol. Por suerte a estas horas casi no pasaban coches. Emilie saludó con la mano y el coche se detuvo frente a nosotras.
Emilie cogió todas sus bolsas y luego se acercó el coche, abriendo la puerta de atrás… Yo la seguí.
—Hallo —saludó hacia adentro. Habló algo que no entendí. Contesto una voz de chica, supuse que sería su hermana —Karlie, ve tú primero, que llevas menos cosas que yo.
—Ok —Emilie me hizo espacio para pasar y yo entré en el coche…
—Hallo —saludé lo mejor que podía. El chico que iba al volante del coche me saldó, al igual que la hermana de Emilie que iba a su lado. Pero el chico que estaba a mi lado, bien pegado a la puerta, ni siquiera se movió. Y que extraño me pareció…
—Karlie, algunas personas me dicen Karlie —me encogí de hombros.
—Karlie, que bien —miré a la chica. Era más alta que yo, eso era seguro era bien paliducha y tenía el cabello rubio oscuro, liso y a la altura de los hombros —soy Lindsay —le sonreí —ella es Tess —señaló a la chica del acento extraño. Esta era todo lo contrario era morena, con cabello negro y bajita —la de allí es Jane —me señaló a la otra chica, que me saludó con la mano —y la chica que es igual a ella, Ivvy, es su gemela. Miré a ambas, eran prácticamente iguales. También en nuestro grupo está Emilie, pero aún no llega. Vas a sentarte junto a ella, si quieres claro —añadió.
—Si. Contesté con una media sonrisa —entonces Tess, creo, se bajó de la mesa donde estaba sentada.
—Esta es tu mesa, dame eso. Me quitó la mochila, dejándola sobre la silla. Por suerte era el asiento del lado de la ventana —¿alguna vez escuchaste la leyend ...? —Lindsay la cortó, dándole con el codo.
—No ¿qué leyenda? —pregunté. Vamos, que el bichito de la curiosidad ya me había picado.
—La leyenda de la chi...
Interrumpió esta vez una de las gemelas, hablando bastante fuerte. No querían que me enterara, ya lo había pillado. Esto si que iba a ser difícil. Lo único que sabía decir era Hallo, y el resto nada. Tampoco entendía mucho que digamos. Mi padre tendría que darme clases de Alemán.
—Emilie... —una de las gemelas se levantó de su asiento y se apartó del grupo. Su hermana la siguió hacia la puerta de la clase, por donde una chica con el pelo extremadamente rubio entraba. Entonces, ella era Emilie. Tess y Lindsay comenzaron a hablar en Alemán, intercambiaron un par de frases y luego se bajaron de las mesas. Yo aproveché para sentarme en mi silla.
—El profesor ya llegó, nos vemos. Se despidió Lindsay. Tess me sonrió y luego las dos se dirigieron al otro extremo de la sala de clases.
La silla que estaba a mi lado se movió. Alcé la vista, quitándome el flequillo del ojo y miré a la chica rubia. Se sentó, dejando su bolso sobre la mesa y luego con una sonrisa en el rostro me saludó.
—Hola, soy Emilie —había hablado en inglés. Me fijé en su rostro, era de piel pálida, con la nariz y las mejillas llenas de pecas y ojos celestes. No azules, celestes…
—Karla —me presenté.
—Lo sé, te laman Karlie, ¿no? —asentí, con la boca entreabierta. ¿Y ella como sabía todo eso?
—Me lo acaban de decir Ivvy y Jane —añadió —puedes llamarme Emi.
—Ok —reí.
—Veo que no hablas Alemán —murmuró. La clase ya se había quedado en silencio, pues el profesor estaba en su escritorio.
—Lo único que sé es “hallo” y ni si quiera sé si lo pronuncio bien —se echó a reír. Me pasé el resto del día con las chicas. Con las gemelas casi no hablé, pues los idiomas no nos coincidían muy bien… Lindsay y Tess, al parecer tenían muchas cosas de qué hablar, por lo que me hice más cercana a Emilie. Y ella parecía ser de esas chicas amigables al extremo… pues al salir de clases me invitó a acompañarle de compras.
Lo que hicimos primero fue pasar por su casa… que por cierto quedaba a unas dos cuadras de la mía y eso nos sorprendió bastante. Allí me presentó a su madre y su hermana mayor, de la cual no recuerdo el nombre. Su papá no estaba en casa. Y también puedo añadir que la mamá de Emilie prácticamente “castigó” a su hermana… pues la había “condenado” a pasarnos a buscar al centro comercial del centro de la ciudad, porque que saldríamos tarde. Emilie recibió una tarjeta que su madre le dio, ella le pidió que no gastara demasiado. Agradecí que su familia, o al menos también su madre supieran inglés.
Después, nos fuimos a casa. Como mi padre no estaba en casa le dejé una nota, diciéndole que llevaba el móvil y que no se preocupara por mi. También podía aprovechar de comprar algo… Y como no tenía de esas tarjetitas, sólo cogí dinero y ya…
Todo el camino hacia la parada de autobuses más cercana, lo pasé intentando aprender alemán. Emilie me enseñaba… Y aunque había aprendido dos palabras ya se me había vuelto fácil identificar el “ich” y “du”, Oh, perdón… Ich und du. O algo así. Como sea… Nos subimos al autobús y nos bajamos en el centro de la ciudad. Ya había estado antes por esos lugares, comprando las cosas para la casa y los libros para la escuela. Pero no había entrado en las tiendas de ropa. Tenía que ver como era la ropa aquí, ¿no?
Emilie y yo congeniamos muy bien. Mientras comprábamos, me di cuenta de que teníamos los mismos gustos y que nos reíamos de las mismas cosas… Además, vivíamos muy cerca y quien sabe, lo mejor me podía hacer una amiga en Alemania.
Ella acabó comprándose casi un guardarropas completo. En total llevaba alrededor de diez bolsas… Pero ella se había excusado con que hacía mucho que no salía de comprar y había crecido bastante en estos últimos meses. Había comprado desde accesorios para el cabello, hasta zapatos. Incluso, llevaba un vestido, que por cierto me había parecido hermoso, color rosa pastel, por encima de la rodilla y con unos aplicados del mismo color de la tela… Como era invierno, no tenía idea de cuando ni como lo iba a usar, pero vamos, que el vestido no era mío.
Yo me compré una cartera, las que tenía ya no me gustaban tanto y un pantalón deportivo… ya que el mío se había perdido en la mudanza. Y nada más. Luego nos fuimos a tomar un helado… nos compramos dos de los gigantes y después no podíamos hacer que nos entrara en el estómago. Dejé más de la mitad del helado… mejor me hubiese comprado uno de tamaño normal.
Cuando terminamos de comernos los helados, Emilie llamó a su hermana… Fue el único momento de la tarde en que habló en alemán y lo único que entendí fue “Du”, al parecer estaban peleándose, pues desde donde yo me encontraba, escuchaba los gritos de la chica “mayor” desde el otro lado de la línea telefónica.
—Dice que en diez minutos salen de la grabación… y que estará aquí como en veinte minutos —me informó Emilie, dejando él móvil en su cartera.
—Ok… ¿Tan poco tiempo se demoran en llegar? —miré hacia la ventana. Aún seguíamos en el local de los helados y ya era de noche…
—Es que les queda cerca.
—Ah —no quise preguntar nada. Pero… ¿cerca de qué? suspiré —¿qué te va a decir tu madre por todas las cosas que llevas?
—Por todo el dinero que gasté —me corrigió, riendo. Yo también reí.
—Papá va a estar preocupado —me mordí el labio inferior. Emilie negó con la cabeza.
—Podrías llamarlo.
—No es necesario… —me encogí de hombros —dentro de poco ya estoy en casa —hice un gesto para restarle importancia.
—¿Y tu madre? —son los de lo más histéricas… —puso los ojos en blanco. Yo sólo sonreí. Vale, a lo mejor ella encontraba a su madre una histérica, pero al menos tenía una.
—Está muerta —me encogí de hombros.
—Lo siento, no sabía que…
—Ni siquiera la recuerdo, no te preocupes —la corté con una sonrisa.
—Eh… vale. Emm… Tenemos que ir a la siguiente calle —cambió de tema.
—¿Porqué?
—Allí nos pasan a buscar… —me levanté de la silla en seguida, cogiendo las bolsas.
—Vamos —Emilie cerró la boca, salió del trance y se levantó, cogiendo sus diez bolsas.
Acabé ayudándola a cargarlas… llevaba demasiadas cosas.
El tiempo se nos pasó rápido. Nos sentamos en un banco que había cerca de la calle y nos entretuvimos contándonos cosas graciosas, o no tan graciosas, que nos habían pasado a lo largo de nuestra vida. Al parecer, las dos teníamos muchas cosas que contar…
—Allí vienen —ella señaló con la mano hacia delante. Por fin. Desvié la mirada y pude ver un coche blanco, bastante moderno, que se acercaba a 0,1 Km/h. Es decir, velocidad caracol. Por suerte a estas horas casi no pasaban coches. Emilie saludó con la mano y el coche se detuvo frente a nosotras.
Emilie cogió todas sus bolsas y luego se acercó el coche, abriendo la puerta de atrás… Yo la seguí.
—Hallo —saludó hacia adentro. Habló algo que no entendí. Contesto una voz de chica, supuse que sería su hermana —Karlie, ve tú primero, que llevas menos cosas que yo.
—Ok —Emilie me hizo espacio para pasar y yo entré en el coche…
—Hallo —saludé lo mejor que podía. El chico que iba al volante del coche me saldó, al igual que la hermana de Emilie que iba a su lado. Pero el chico que estaba a mi lado, bien pegado a la puerta, ni siquiera se movió. Y que extraño me pareció…
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