CAPITULO
19
Recibí otro golpe por parte de mi
madre.
—Mamá —murmuré llevándome una mano a la mejilla. Y otro golpe más. Los ojos se me llenaron de lágrimas y me comenzaron a arder, intenté contener el sollozo que luchaba por salir de mi garganta.
—¡TE LO DIJE! —cerré los ojos esperando otro golpe. Pero este no llegó. Bill tenía a mi madre sujeta por la muñeca.
—Ya basta —le dijo. Su voz no contenía ninguna emoción y eso me asustaba.
-—¡Suéltame! ¿qué es lo que quieres con mi hija? —movió el brazo con brusquedad, aun así no pudo soltarse.
—Yo…
—¡Suéltame! —le gritó mi madre. Con la otra mano que le quedaba libre me cogió por el cabello.
—No quiero que la golpees —Bill me miró. Una lágrima se escapó de mis ojos.
—Bill… —dijo su madre con una voz casi inaudible. Se notaba aterrada por esta situación.
—Por favor no le hagas daño —dijo Bill en el momento en que la soltaba.
—¿Qué no le haga daño? ¿eh? ¡Debiste haberlo pensado antes! Oh claaaro, saliendo con niñitas ¡con mi hija!
—¡Mamá! —me quejé ella tiró de mi cabello sin mirarme, como haciéndome callar. Levantó su mano y su dedo índice lo situó muy cerca del rostro de Bill.
—No te quiero volver a ver cerca de mi hija. Ya no estarás cerca de ella, yo me ocuparé de eso… no, no, jamás la volverás a ver, niño —comenzó a reír mientras su voz tiritaba un poco —la alejaré de ti, será su castigo… y tu jamás, ¡jamá! la vas a ver… ¿te enteras? No eres más que un mocoso insolente —tiro de mi cabello de nuevo, su mano tiritaba, sí que estaba nerviosa —sales con niñas más pequeñas que tú sólo para hacer maldades… un reto, ¿a que sí? Te conozco, niño… la haz quemado, fuiste tú, no fue un accidente.
—¡No, mamá! —me tiró nuevamente, un grito salió de mis labios.
—No, es que… —mi madre lo cortó.
—No me interesa —tiró más de mí, creí que me iba a caer.
—Sólo quiero explicar cómo son las co…
—¡No tienes nada que explicarme! —miró a Simone —deberías vigilar más a tu hijo —su voz había sonado menos ruda. Simone no dijo nada. Eso me puso aún peor. ¿A caso ella no iba a hacer nada por Bill y por mí? —y tú —me miró – ¡eres una puta! Te desapareces toda la noche con ese… ese…
—No te atrevas —dijo Tom y se adelantó un paso. Bill me miraba, no supe identificar qué era lo que él sentía en ese momento. Pero apenas se movía para respirar.
—Mamá —murmuré llevándome una mano a la mejilla. Y otro golpe más. Los ojos se me llenaron de lágrimas y me comenzaron a arder, intenté contener el sollozo que luchaba por salir de mi garganta.
—¡TE LO DIJE! —cerré los ojos esperando otro golpe. Pero este no llegó. Bill tenía a mi madre sujeta por la muñeca.
—Ya basta —le dijo. Su voz no contenía ninguna emoción y eso me asustaba.
-—¡Suéltame! ¿qué es lo que quieres con mi hija? —movió el brazo con brusquedad, aun así no pudo soltarse.
—Yo…
—¡Suéltame! —le gritó mi madre. Con la otra mano que le quedaba libre me cogió por el cabello.
—No quiero que la golpees —Bill me miró. Una lágrima se escapó de mis ojos.
—Bill… —dijo su madre con una voz casi inaudible. Se notaba aterrada por esta situación.
—Por favor no le hagas daño —dijo Bill en el momento en que la soltaba.
—¿Qué no le haga daño? ¿eh? ¡Debiste haberlo pensado antes! Oh claaaro, saliendo con niñitas ¡con mi hija!
—¡Mamá! —me quejé ella tiró de mi cabello sin mirarme, como haciéndome callar. Levantó su mano y su dedo índice lo situó muy cerca del rostro de Bill.
—No te quiero volver a ver cerca de mi hija. Ya no estarás cerca de ella, yo me ocuparé de eso… no, no, jamás la volverás a ver, niño —comenzó a reír mientras su voz tiritaba un poco —la alejaré de ti, será su castigo… y tu jamás, ¡jamá! la vas a ver… ¿te enteras? No eres más que un mocoso insolente —tiro de mi cabello de nuevo, su mano tiritaba, sí que estaba nerviosa —sales con niñas más pequeñas que tú sólo para hacer maldades… un reto, ¿a que sí? Te conozco, niño… la haz quemado, fuiste tú, no fue un accidente.
—¡No, mamá! —me tiró nuevamente, un grito salió de mis labios.
—No, es que… —mi madre lo cortó.
—No me interesa —tiró más de mí, creí que me iba a caer.
—Sólo quiero explicar cómo son las co…
—¡No tienes nada que explicarme! —miró a Simone —deberías vigilar más a tu hijo —su voz había sonado menos ruda. Simone no dijo nada. Eso me puso aún peor. ¿A caso ella no iba a hacer nada por Bill y por mí? —y tú —me miró – ¡eres una puta! Te desapareces toda la noche con ese… ese…
—No te atrevas —dijo Tom y se adelantó un paso. Bill me miraba, no supe identificar qué era lo que él sentía en ese momento. Pero apenas se movía para respirar.
—¡No te metas! —me
tiró el cabello de nuevo. Un sollozo ahogado salió de mi garganta.
—Pero… —trató de añadir Simone. Luego se calló de golpe y fijó sus ojos en mí. Yo la miré suplicante.
—¿Cómo te atreves a desobedecerme? —algo iba surgiendo en mi interior. Un extraño sentimiento que no tardó una milésima de segundo para apoderarse de todo mi cuerpo. Levanté la mano rápidamente y clavé mis uñas en el brazo de mi madre. Ella soltó un grito y me soltó el cabello. Yo me erguí del todo y me escondí tras Bill —¿qué te ha pasado? ¿qué te ha hecho? No eras así antes, no antes de estar con ese —me apuntó con el dedo. Se me vino a la cabeza el hecho de que ella pudiese estar loca.
—¡Lo amo! —le grité.
—¿Lo amas? ¿es enserio? No puedes amar a alguien como él, ¡por favor! Ven aquí.
—Me llamó.
—No —me abracé a Bill y este me correspondió al abrazo.
—La amo —dijo él. Mi madre lanzó un grito que me hizo estremecer. Mi rostro ya estaba empapado en lágrimas y me escocía.
—Meer, sepárate de Meer ahora mismo —caminó hacia nosotros y tiró de mí. Bill no me soltaba, y yo tampoco a él.
—¿Dónde la llevas? —preguntó desesperado.
—A un lugar del cual jamás va a regresar, se olvidará de ti —dijo mi madre entre dientes.
—¡No! —lloré más fuerte. No supe que estaban haciendo los otros dos integrantes de la familia de Bill ¿acaso no iba a ayudar?
—Por favor, no…
—Debieron pensarlo antes —espetó mi madre —¡sepárense! —gritó perdiendo los nervios.
—Ya basta, Bill —escuché la voz de Simone, Bill fue soltando el amarre en torno a mi cuerpo, despacio. Mientras yo gritaba como una desesperada. Estaba segura de que ya todo el mundo no estaba mirando. Mi madre me cogió el cabello con una mano y con la otra sujetó uno de mis hombros. Comenzando a caminar.
—¡Bill, te amo! —logré gritar antes de que mi madre me subiera en el coche de su novio y cerrara la puerta haciendo un fuerte ruido. Ella se subió rápidamente del otro lado y puso llave a la puerta. La desesperación me inundó en cuanto ella encendió el motor. Comencé a gritar como una loca y me pegué a la ventana. El coche comenzó a andar y pasamos por el lado de Bill. Este me miraba con lágrimas en los ojos. Lloré más fuerte, el pecho me dolía. Todo me dolía. Me estaba muriendo.
—Pero… —trató de añadir Simone. Luego se calló de golpe y fijó sus ojos en mí. Yo la miré suplicante.
—¿Cómo te atreves a desobedecerme? —algo iba surgiendo en mi interior. Un extraño sentimiento que no tardó una milésima de segundo para apoderarse de todo mi cuerpo. Levanté la mano rápidamente y clavé mis uñas en el brazo de mi madre. Ella soltó un grito y me soltó el cabello. Yo me erguí del todo y me escondí tras Bill —¿qué te ha pasado? ¿qué te ha hecho? No eras así antes, no antes de estar con ese —me apuntó con el dedo. Se me vino a la cabeza el hecho de que ella pudiese estar loca.
—¡Lo amo! —le grité.
—¿Lo amas? ¿es enserio? No puedes amar a alguien como él, ¡por favor! Ven aquí.
—Me llamó.
—No —me abracé a Bill y este me correspondió al abrazo.
—La amo —dijo él. Mi madre lanzó un grito que me hizo estremecer. Mi rostro ya estaba empapado en lágrimas y me escocía.
—Meer, sepárate de Meer ahora mismo —caminó hacia nosotros y tiró de mí. Bill no me soltaba, y yo tampoco a él.
—¿Dónde la llevas? —preguntó desesperado.
—A un lugar del cual jamás va a regresar, se olvidará de ti —dijo mi madre entre dientes.
—¡No! —lloré más fuerte. No supe que estaban haciendo los otros dos integrantes de la familia de Bill ¿acaso no iba a ayudar?
—Por favor, no…
—Debieron pensarlo antes —espetó mi madre —¡sepárense! —gritó perdiendo los nervios.
—Ya basta, Bill —escuché la voz de Simone, Bill fue soltando el amarre en torno a mi cuerpo, despacio. Mientras yo gritaba como una desesperada. Estaba segura de que ya todo el mundo no estaba mirando. Mi madre me cogió el cabello con una mano y con la otra sujetó uno de mis hombros. Comenzando a caminar.
—¡Bill, te amo! —logré gritar antes de que mi madre me subiera en el coche de su novio y cerrara la puerta haciendo un fuerte ruido. Ella se subió rápidamente del otro lado y puso llave a la puerta. La desesperación me inundó en cuanto ella encendió el motor. Comencé a gritar como una loca y me pegué a la ventana. El coche comenzó a andar y pasamos por el lado de Bill. Este me miraba con lágrimas en los ojos. Lloré más fuerte, el pecho me dolía. Todo me dolía. Me estaba muriendo.
Vi cómo los alejábamos y me di la
vuelta hacia atrás. Por la ventana pude ver a Bill de pie en la calle y a Tom
con Simone yendo hacia él. Ya no había remedio.
Y ahora no sabía dónde
íbamos. Me volví a acomodar en el asiento, aun sollozando. Yo sabía que iba a
volver, sabía que iba a estar con Bill en poco tiempo. Tenía muy claro que yo
haría hasta lo imposible para estar con él de nuevo. Lo tenía tan claro como el
hecho de que mi madre estuviese ahora en el listado de la gente que yo odiaba.
Estaba en el primer puesto, definitivamente.
Tuve ganas de lanzarme encima de ella y arrancarle los ojos con mis dedos.
Seguí llorando en “silencio”. Pequeños sollozos se escapaban de mi garganta. Sentía que iba muriendo, mi madre quería matarme, ella me quería ver sufrir, me odiaba… y yo a ella. Me llevé una mano a la boca para evitar que sonidos de llanto más fuertes salieran de allí. Me mordí el puño y cerré los ojos con fuerza. Mi madre aún no me decía nada, y a mi no me apetecía hablar con ella.
No dejaba de pensar en Bill. La noche anterior se me venía a la cabeza. Más que nunca deseaba estar con él, sentir sus brazos rodeando mi cuerpo, su respiración, su voz y sus palabras que tanto me calmaban, ver su sonrisa, sus ojos hasta perderme en ellos, quería sus besos, los necesitaba. Yo necesitaba a Bill. Tenía que volver con él.
Ya casi no me entraba aire a los pulmones, me sentía impotente, no podía hacer nada… miré por la ventana y me di cuenta de que estábamos saliendo de la ciudad.
—¿Dónde vamos? —pregunté asustada, con la voz temblorosa por el llanto. Mi madre ni siquiera se dignó a mirarme, simplemente se limitó a contestarme con una voz fría:
—Al avión que te llevará a tu nueva casa —sus palabras quedaron rebotando en mi cabeza, repitiéndose una y otra vez. Sentí una fuerte punzada en el pecho, lo comprendía.
—No, mamá… —dije mientras lloraba más fuerte —no quiero. Ni siquiera llevo equipaje, no —la voz me temblaba…
—Ya tomé la decisión, no me harás cambiar de parecer. Además, tu padre ya está enterado y te está esperando.
—¡No!
—Irás aunque no quieras —dejé caer mi cabeza contra la ventana del coche. Ni siquiera sabía hablar inglés. Yo no quería ir a Estados Unidos. Yo me quería quedar aquí, en Alemania, con Bill.
—Mamá, por favor… no —le rogué.
—Ya lo decidí. Lo hubieras pensado antes de irte con ese… —dijo con desprecio.
Tuve ganas de lanzarme encima de ella y arrancarle los ojos con mis dedos.
Seguí llorando en “silencio”. Pequeños sollozos se escapaban de mi garganta. Sentía que iba muriendo, mi madre quería matarme, ella me quería ver sufrir, me odiaba… y yo a ella. Me llevé una mano a la boca para evitar que sonidos de llanto más fuertes salieran de allí. Me mordí el puño y cerré los ojos con fuerza. Mi madre aún no me decía nada, y a mi no me apetecía hablar con ella.
No dejaba de pensar en Bill. La noche anterior se me venía a la cabeza. Más que nunca deseaba estar con él, sentir sus brazos rodeando mi cuerpo, su respiración, su voz y sus palabras que tanto me calmaban, ver su sonrisa, sus ojos hasta perderme en ellos, quería sus besos, los necesitaba. Yo necesitaba a Bill. Tenía que volver con él.
Ya casi no me entraba aire a los pulmones, me sentía impotente, no podía hacer nada… miré por la ventana y me di cuenta de que estábamos saliendo de la ciudad.
—¿Dónde vamos? —pregunté asustada, con la voz temblorosa por el llanto. Mi madre ni siquiera se dignó a mirarme, simplemente se limitó a contestarme con una voz fría:
—Al avión que te llevará a tu nueva casa —sus palabras quedaron rebotando en mi cabeza, repitiéndose una y otra vez. Sentí una fuerte punzada en el pecho, lo comprendía.
—No, mamá… —dije mientras lloraba más fuerte —no quiero. Ni siquiera llevo equipaje, no —la voz me temblaba…
—Ya tomé la decisión, no me harás cambiar de parecer. Además, tu padre ya está enterado y te está esperando.
—¡No!
—Irás aunque no quieras —dejé caer mi cabeza contra la ventana del coche. Ni siquiera sabía hablar inglés. Yo no quería ir a Estados Unidos. Yo me quería quedar aquí, en Alemania, con Bill.
—Mamá, por favor… no —le rogué.
—Ya lo decidí. Lo hubieras pensado antes de irte con ese… —dijo con desprecio.
—Pero lo amo —un
alarido de dolor salió de mi garganta.
—Tú no lo amas, hija. Eres pequeña, no sabes nada sobre el amor —ella era la que no sabía nada. Ella era la puta, la que salía con todos… pero no se lo podía decir.
Miré por la ventana mientras intentaba detener mis lágrimas. No lo iba a volver a ver. Maldije a mi madre.
Sentía un fuerte dolor, el dolor más grande que había sentido. Incluso mayor que el dolor de ese día, cuando Helena me había hecho meter la mano en el aceite hirviendo. Mi cicatriz seguía allí, abarcando toda mi mano.
Sentí ganas de salir corriendo en el momento en que mi madre detuvo el coche en el aeropuerto. Ella sacó una maleta de la parte trasera del coche y juntas caminamos hacia la entrada. Yo aun llorando. La gente que había allí se me quedaba mirando. Y eso me hacía llorar aún más. Quería a Bill. A Bill y sólo a Bill.
Mi madre no se tardó en ponerme de las primeras en la fila para abordar, fue a dejar mi equipaje. No me alcancé a despedir de ella, pues me hicieron entrar.
A cada paso que daba sentía que me alejaba infinitamente de lo que yo más quería en el mundo.
Me estaba muriendo por culpa de la persona que me había dado la vida.
—Tú no lo amas, hija. Eres pequeña, no sabes nada sobre el amor —ella era la que no sabía nada. Ella era la puta, la que salía con todos… pero no se lo podía decir.
Miré por la ventana mientras intentaba detener mis lágrimas. No lo iba a volver a ver. Maldije a mi madre.
Sentía un fuerte dolor, el dolor más grande que había sentido. Incluso mayor que el dolor de ese día, cuando Helena me había hecho meter la mano en el aceite hirviendo. Mi cicatriz seguía allí, abarcando toda mi mano.
Sentí ganas de salir corriendo en el momento en que mi madre detuvo el coche en el aeropuerto. Ella sacó una maleta de la parte trasera del coche y juntas caminamos hacia la entrada. Yo aun llorando. La gente que había allí se me quedaba mirando. Y eso me hacía llorar aún más. Quería a Bill. A Bill y sólo a Bill.
Mi madre no se tardó en ponerme de las primeras en la fila para abordar, fue a dejar mi equipaje. No me alcancé a despedir de ella, pues me hicieron entrar.
A cada paso que daba sentía que me alejaba infinitamente de lo que yo más quería en el mundo.
Me estaba muriendo por culpa de la persona que me había dado la vida.
Recuerdo no haber dejado de llorar en
todo el viaje. Sólo pensaba en Bill. En que todo se había acabado, en que ya no
podría estar más con él. En que ya nunca iba a volver al lugar done había
vivido toda mi vida, donde había crecido. Ya ni siquiera tenía posibilidades de
venganza.
Odiaba a mi madre. Ella me lo había arrebatado todo. Todo lo que me mantenía estable. Mi eje central, en el cual giraba yo, mis pensamientos y mi corazón. Ella lo había destruido, me había alejado de esa persona tan importante para mí a la cual yo quería incluso más que a mi propia vida.
Me dormí a la hora de haberme subido en ese maldito avión. La señora que había estado a mi lado no me había dejado de preguntar una y otra vez si me encontraba bien o si necesitaba algo, por lo que al despertar, me hice la dormida, mirando hacia la ventana, para que la señora esa no viese mis lágrimas. Las horas pasaban y pasaban y yo no sabía cuándo iba a llegar ese puto avión a su destino. Planeaba rogarle a mi padre que me enviara de vuelta a Alemania. Después de todo, yo a él lo había visto sólo un par de veces desde la separación de mi madre y no iba a afectar en nada el hecho de que yo no estuviese con él, porque él no había estado conmigo en cinco años. Y mucho tiempo.
Alguien me tocó el hombro al llegar, yo ya sabía que habíamos aterrizado pero no me quería levantar. Todos verían mi cara roja por el llanto y lo hinchados que habían quedado mis ojos, producto de lo mismo.
No me podía sacar a Bill de la cabeza. Lo extrañaba demasiado.
Me levanté pesadamente del asiento intentando ocultar mi rostro con el cabello.
Me pasé la mano por los ojos y la cara antes de bajarme.
Al llegar dentro no supe que hacer. Yo no sabía quién era mi padre. Casi no recordaba su rostro y no lo conocía lo suficiente como para identificarlo entre toda esa masa de gente que había en el aeropuerto.
Me entraron ganas de llorar de nuevo al encontrarme perdida. Caminé hacia uno de los asiento y me senté. Agaché la cabeza y miré mis zapatos. No me di cuenta cuando ya había comenzado a llorar. De nuevo…
Iba a terminar deshidratada si seguía así.
—¿Meer? —una voz ronca y grave traspasó mis oídos. Me llevé las manos a la cara y me limpié los ojos rápidamente, con brusquedad, para luego alzar la cabeza y mirar a ese hombre que estaba frente a mí. No se veía nada viejo y tenía pinta de tener dinero.
—¿Papá? —la voz me había salido ahogada, precisamente como yo no quería que me saliera.
—Mi pequeña… —habló en alemán, mi idioma, su idioma. Me abrió los brazos y yo me levanté en menos de un segundo lanzándome a sus brazos. Me abrazó con fuerza, como queriéndome retener allí. Lloré de nuevo, sólo que esta vez más fuerte. Hundí mi cabeza en su chaqueta y sentía como el aire me comenzaba a faltar, abrí la boca para poder respirar mejor, pero lo único que conseguía era llorar cada vez más y más fuerte —¿Qué ocurre?
—Quiero volver —gemí con la voz entrecortada por el llanto.
—Amor, lo siento mucho, tu madre… —lo corté.
—Es una… —Me detuve. Él simplemente me abrazó más fuerte y no dijo nada —Yo lo amo, papá —se me salió. Aguanté la respiración para esperar que él me dijese algo.
—No puedo hacer nada —su voz sonaba lastimera. Vale, le había dado algo de mi tristeza, eso no estaba bien.
—Envíame de vuelta… —le rogué.
—No puedo, hija —un sollozo más fuerte que los anteriores salió de mi garganta. Me estaba muriendo. Mi interior se derrumbaba.
Al llegar a mi futura casa mi llanto ya se había calmado un poco. Ahora sólo lágrimas silenciosas rodaban por mis mejillas, sin que yo pudiese detenerlas.
Nos bajamos de su coche, que por cierto, era un cochazo negro. Y qué decir de la casa… Al verla quedé impactada. Era alrededor de cuatro veces la mía. Ese hombre sí que tenía dinero, mi padre. Aun así, quise volver a mi casa.
Por lo que había podido hablar con él en el coche, me había dado cuenta de que era un persona muy comprensiva. Incluso, en ese corto tiempo de viaje le había cogido tanta confianza, que al llegar ya le había contado casi todo lo que me pasaba con Bill y lo del tema de mi madre. Me pude desahogar sin ser juzgada. Realmente lo había necesitado.
Al entrar en la casa me di cuenta de que tenía un montón de empelados que vinieron a recibirme. Todos me parecieron simpáticos. Incluso había una chica, se veía bastante joven… y una señora con traje le limpieza la cual me había ofrecido un vaso de agua. Mi padre me había presentado como “su hija Meer” y todos ellos me habían dicho un “hola, señorita”. Luego me ocuparía de ese detalle. “Señorita”, ni que fuese alguien importante. Intente sonreír, para caerle bien a esa gente en la primera impresión. Aunque nada salía de mi boca, que no fuese un sollozo o una mueca de verdadera incomodidad y dolor.
Acabé por subir muy luego a mi habitación. No me apetecía para nada conocer la casa aún. Sólo quería llegar y acostarme a dormir... o a meditar, o bien, a llorar. Mi padre me había hecho dormir en una de las habitaciones de invitados. Porque luego el compraría los muebles para mi nueva habitación, a mi gusto.
Al entrar en la habitación y encontrarme allí sola, me pregunté cuanta gente en el mundo estaría en mi situación. Si alguien en el mundo hubiera estado sufriendo como yo… eso hizo que la respiración se me agitaran y los ojos me escocieran para empezar a llorar de nuevo.
Lo que yo más deseaba en el mundo era un abrazo, pero no cualquier abrazo, si no que un abrazo de Bill.
Odiaba a mi madre. Ella me lo había arrebatado todo. Todo lo que me mantenía estable. Mi eje central, en el cual giraba yo, mis pensamientos y mi corazón. Ella lo había destruido, me había alejado de esa persona tan importante para mí a la cual yo quería incluso más que a mi propia vida.
Me dormí a la hora de haberme subido en ese maldito avión. La señora que había estado a mi lado no me había dejado de preguntar una y otra vez si me encontraba bien o si necesitaba algo, por lo que al despertar, me hice la dormida, mirando hacia la ventana, para que la señora esa no viese mis lágrimas. Las horas pasaban y pasaban y yo no sabía cuándo iba a llegar ese puto avión a su destino. Planeaba rogarle a mi padre que me enviara de vuelta a Alemania. Después de todo, yo a él lo había visto sólo un par de veces desde la separación de mi madre y no iba a afectar en nada el hecho de que yo no estuviese con él, porque él no había estado conmigo en cinco años. Y mucho tiempo.
Alguien me tocó el hombro al llegar, yo ya sabía que habíamos aterrizado pero no me quería levantar. Todos verían mi cara roja por el llanto y lo hinchados que habían quedado mis ojos, producto de lo mismo.
No me podía sacar a Bill de la cabeza. Lo extrañaba demasiado.
Me levanté pesadamente del asiento intentando ocultar mi rostro con el cabello.
Me pasé la mano por los ojos y la cara antes de bajarme.
Al llegar dentro no supe que hacer. Yo no sabía quién era mi padre. Casi no recordaba su rostro y no lo conocía lo suficiente como para identificarlo entre toda esa masa de gente que había en el aeropuerto.
Me entraron ganas de llorar de nuevo al encontrarme perdida. Caminé hacia uno de los asiento y me senté. Agaché la cabeza y miré mis zapatos. No me di cuenta cuando ya había comenzado a llorar. De nuevo…
Iba a terminar deshidratada si seguía así.
—¿Meer? —una voz ronca y grave traspasó mis oídos. Me llevé las manos a la cara y me limpié los ojos rápidamente, con brusquedad, para luego alzar la cabeza y mirar a ese hombre que estaba frente a mí. No se veía nada viejo y tenía pinta de tener dinero.
—¿Papá? —la voz me había salido ahogada, precisamente como yo no quería que me saliera.
—Mi pequeña… —habló en alemán, mi idioma, su idioma. Me abrió los brazos y yo me levanté en menos de un segundo lanzándome a sus brazos. Me abrazó con fuerza, como queriéndome retener allí. Lloré de nuevo, sólo que esta vez más fuerte. Hundí mi cabeza en su chaqueta y sentía como el aire me comenzaba a faltar, abrí la boca para poder respirar mejor, pero lo único que conseguía era llorar cada vez más y más fuerte —¿Qué ocurre?
—Quiero volver —gemí con la voz entrecortada por el llanto.
—Amor, lo siento mucho, tu madre… —lo corté.
—Es una… —Me detuve. Él simplemente me abrazó más fuerte y no dijo nada —Yo lo amo, papá —se me salió. Aguanté la respiración para esperar que él me dijese algo.
—No puedo hacer nada —su voz sonaba lastimera. Vale, le había dado algo de mi tristeza, eso no estaba bien.
—Envíame de vuelta… —le rogué.
—No puedo, hija —un sollozo más fuerte que los anteriores salió de mi garganta. Me estaba muriendo. Mi interior se derrumbaba.
Al llegar a mi futura casa mi llanto ya se había calmado un poco. Ahora sólo lágrimas silenciosas rodaban por mis mejillas, sin que yo pudiese detenerlas.
Nos bajamos de su coche, que por cierto, era un cochazo negro. Y qué decir de la casa… Al verla quedé impactada. Era alrededor de cuatro veces la mía. Ese hombre sí que tenía dinero, mi padre. Aun así, quise volver a mi casa.
Por lo que había podido hablar con él en el coche, me había dado cuenta de que era un persona muy comprensiva. Incluso, en ese corto tiempo de viaje le había cogido tanta confianza, que al llegar ya le había contado casi todo lo que me pasaba con Bill y lo del tema de mi madre. Me pude desahogar sin ser juzgada. Realmente lo había necesitado.
Al entrar en la casa me di cuenta de que tenía un montón de empelados que vinieron a recibirme. Todos me parecieron simpáticos. Incluso había una chica, se veía bastante joven… y una señora con traje le limpieza la cual me había ofrecido un vaso de agua. Mi padre me había presentado como “su hija Meer” y todos ellos me habían dicho un “hola, señorita”. Luego me ocuparía de ese detalle. “Señorita”, ni que fuese alguien importante. Intente sonreír, para caerle bien a esa gente en la primera impresión. Aunque nada salía de mi boca, que no fuese un sollozo o una mueca de verdadera incomodidad y dolor.
Acabé por subir muy luego a mi habitación. No me apetecía para nada conocer la casa aún. Sólo quería llegar y acostarme a dormir... o a meditar, o bien, a llorar. Mi padre me había hecho dormir en una de las habitaciones de invitados. Porque luego el compraría los muebles para mi nueva habitación, a mi gusto.
Al entrar en la habitación y encontrarme allí sola, me pregunté cuanta gente en el mundo estaría en mi situación. Si alguien en el mundo hubiera estado sufriendo como yo… eso hizo que la respiración se me agitaran y los ojos me escocieran para empezar a llorar de nuevo.
Lo que yo más deseaba en el mundo era un abrazo, pero no cualquier abrazo, si no que un abrazo de Bill.





