CAPITULO
16
Pestañeé varias veces para asegurarme
de que estaba viendo bien y que no era una ilusión. Pero allí estaba. Mirándome
apenado.
Se hizo un lado y yo pasé empujándolo con el hombro. No tenía que hacer en mi casa y si era para hablar conmigo sobre algo, pues yo no lo haría simplemente porque no se me daba la gana.
Él no me dijo nada y cerró la puerta. Eso me sorprendió.
Y cuando creí que iba a llegar a mi habitación sin tener que hablar con él, mi madre me llamó desde el salón.
—¡Meer, ven aquí! —se notaba furiosa. Giré la cabeza para mirarla.
Sí, estaba furiosa.
El pánico me inundó el cuerpo y me tensé por completo. Ojala no fuese lo que yo creía. Porque si lo era alguien iba a morir esta noche. Y si ese alguien no era yo… era Eddy. Respiré profundo intentando mantener la calma y caminé lentamente hasta situarme frente al sillón donde mi madre se encontraba sentada con los brazos cruzados y con expresión enfadada.
—¿Qué ocurre? —intenté sonar lo más inocente posible.
—Siéntate —me ordenó con voz fría. Las piernas me comenzaron a temblar y me senté en el sillón que estaba frente al de ella. Dirigí una fugaz mirada a Eddy, quien observaba todo desde la punta del salón. Estúpido. Esto no se iba a quedar así. Luego volví a mirar a mi madre —Bill Kaulitz —separó ambas palabras y yo me aterré aún más. Era oficial. Ya lo sabía. Pero ahora… a ver que me decía —¿es tu amiguito, no?
—Justamente te quería hablar de es… —no me dejó acabar y me interrumpió.
—¿Cuánto tiempo has estado con él? —me preguntó con brusquedad.
—Mamá yo…
—¿Cuánto? —me cortó volviendo a insistir.
—Mira, yo no…
—¡¿Cuánto tiempo?! —se levantó del sillón y me miró con rabia.
—Casi dos meses —solté rápidamente.
—¡¿Dos meses?! —gritó alarmada —¿no te da vergüenza? —bajé la mirada. No podía enfrentarla, lo sabía. Aunque en mi mente pensaba en las mil maneras de decirle que no me daba vergüenza, que estaba orgullosa —¡¿Acaso estás loca?! —me gritó y me cogió de los hombros —¿qué mierda tienes en la cabeza? ¡¿eh?! —me zarandeó con fuerza. Yo ya tenía ganas de llorar —¿cuándo pensabas decírmelo? ¿O te lo pensabas callar? —no dije nada —¿creíste que tu secretito iba a durar por mucho tiempo? —entonces me soltó de los hombros y con una mano cogió mi cabello y tiró hacia arriba, obligándome a levantarme del sillón. Grité por el dolor que el tirón me había producido. Ella situó mi cara muy cerca de la suya para luego decirme: —no quiero volver a saber nada de ti y ese Kaulitz juntos ¿entendido? NADA —no, no. Yo de Bill no me separaba. Prefería que me quitasen las uñas una por una, pero a Bill no lo dejaría jamás —¡¿entendido?! —negué con la cabeza. Mi madre me cruzó la cara con tal manotazo que quedé medio aturdida. Había resonado por todo el salón. Me pregunté si Eddy estaría disfrutando de la función —¿cómo dices?
—Que no —rompí a llorar.
—¿No qué? —se hizo la tonta y tiró de mi cabello más fuertemente.
—Que no me voy a separar de Bill —fijé mis ojos en los suyos, la miré con odio. Y justo en ese momento ella me dio otro manotazo que sentí hasta en los pies.
—Tú me obedeces, yo soy la madre — por desgracia.
—No —susurré mientras sentía como mi cuerpo se comenzaba a convulsionar por los sollozos. Entonces mi madre me soltó el cabello y me cogió del brazo. Me movió un poco, yo la miré.
—Escucha muy bien lo que te diré —esperé a que continuara, pero no lo hizo, por lo que tuve que asentir con la cabeza —no quiero que vuelvas a ver a ese. Aléjate de él
—¿Por qué? —dejé escapar todo el aire que tenía en los pulmones.
—No quiero que mi hija salga con chicos y mucho menos si son mucho mayores que ella y parecen chicas —me enfurecí.
—¡Él no es una chica! ¡Estás loca! —le grité. Mi madre me golpeó nuevamente en la cara y luego comenzó a arrastrarme escaleras arriba.
—Jamás te volverás a ver con él ¿quedó claro? —no dije nada y me dejé llevar —¡¿quedó claro?! —asentí. Mi madre no me había visto asentir, por lo que abrió la puerta de mi habitación y me zarandeó de nuevo —¡¿Quedó claro?!
—¡Que sí! —le grité. Entonces ella me tiró hacia adentro, logrando que yo me cayera al suelo y cerró la puerta dando un gran portazo.
Lloré aún más fuerte. Esto no se iba a quedar así, no. Yo iba a seguir con Bill fuese como fuese, de eso estaba segura. No le iba a contar sobre estoy y por la noche saldría con él me dejaran o no. No me importaba. Ya me encargaría después de la venganza. Habían dos en mi lista:
1. Helena.
2. Eddy.
A mi madre no le tendría rencor. No aún.
Le di al piso con la mano y me cubrí la boca con la otra para que mi llanto no se escuchase desde la habitación que estaba frente a la mía. Iba muriendo. Aunque yo bien sabía que no iba a dejar de ver a Bill por ningún motivo del mundo.
La puerta se abrió de golpe y yo me di la vuelta rápidamente para ver de quien se trataba.
La sangre me hirvió al ver a Eddy en la puerta. Tenía el arrepentimiento grabado en su rostro. Estúpido.
Me levanté rápidamente y me pasé una mano por los ojos.
—¡¿Estás contento?! —me acerqué a él y lo empujé —vete de aquí, no quiero volver a verte —no pude correrlo ni medio milímetro de donde estaba —¡he dicho que te vayas, estúpido! ¡vete de aquí y no me vuelvas a hablar en tu mierda de vida, ¿quieres?!
—Meer, discúlpame.
—¡No! ¡no soportas ver a la gente feliz! es eso, ¿no? Pues yo no te soporto a ti ¡te ODIO! Vete, vete, VETE —le di un empujón y tras haberlo sacado de la habitación, cerré la puerta.
Se hizo un lado y yo pasé empujándolo con el hombro. No tenía que hacer en mi casa y si era para hablar conmigo sobre algo, pues yo no lo haría simplemente porque no se me daba la gana.
Él no me dijo nada y cerró la puerta. Eso me sorprendió.
Y cuando creí que iba a llegar a mi habitación sin tener que hablar con él, mi madre me llamó desde el salón.
—¡Meer, ven aquí! —se notaba furiosa. Giré la cabeza para mirarla.
Sí, estaba furiosa.
El pánico me inundó el cuerpo y me tensé por completo. Ojala no fuese lo que yo creía. Porque si lo era alguien iba a morir esta noche. Y si ese alguien no era yo… era Eddy. Respiré profundo intentando mantener la calma y caminé lentamente hasta situarme frente al sillón donde mi madre se encontraba sentada con los brazos cruzados y con expresión enfadada.
—¿Qué ocurre? —intenté sonar lo más inocente posible.
—Siéntate —me ordenó con voz fría. Las piernas me comenzaron a temblar y me senté en el sillón que estaba frente al de ella. Dirigí una fugaz mirada a Eddy, quien observaba todo desde la punta del salón. Estúpido. Esto no se iba a quedar así. Luego volví a mirar a mi madre —Bill Kaulitz —separó ambas palabras y yo me aterré aún más. Era oficial. Ya lo sabía. Pero ahora… a ver que me decía —¿es tu amiguito, no?
—Justamente te quería hablar de es… —no me dejó acabar y me interrumpió.
—¿Cuánto tiempo has estado con él? —me preguntó con brusquedad.
—Mamá yo…
—¿Cuánto? —me cortó volviendo a insistir.
—Mira, yo no…
—¡¿Cuánto tiempo?! —se levantó del sillón y me miró con rabia.
—Casi dos meses —solté rápidamente.
—¡¿Dos meses?! —gritó alarmada —¿no te da vergüenza? —bajé la mirada. No podía enfrentarla, lo sabía. Aunque en mi mente pensaba en las mil maneras de decirle que no me daba vergüenza, que estaba orgullosa —¡¿Acaso estás loca?! —me gritó y me cogió de los hombros —¿qué mierda tienes en la cabeza? ¡¿eh?! —me zarandeó con fuerza. Yo ya tenía ganas de llorar —¿cuándo pensabas decírmelo? ¿O te lo pensabas callar? —no dije nada —¿creíste que tu secretito iba a durar por mucho tiempo? —entonces me soltó de los hombros y con una mano cogió mi cabello y tiró hacia arriba, obligándome a levantarme del sillón. Grité por el dolor que el tirón me había producido. Ella situó mi cara muy cerca de la suya para luego decirme: —no quiero volver a saber nada de ti y ese Kaulitz juntos ¿entendido? NADA —no, no. Yo de Bill no me separaba. Prefería que me quitasen las uñas una por una, pero a Bill no lo dejaría jamás —¡¿entendido?! —negué con la cabeza. Mi madre me cruzó la cara con tal manotazo que quedé medio aturdida. Había resonado por todo el salón. Me pregunté si Eddy estaría disfrutando de la función —¿cómo dices?
—Que no —rompí a llorar.
—¿No qué? —se hizo la tonta y tiró de mi cabello más fuertemente.
—Que no me voy a separar de Bill —fijé mis ojos en los suyos, la miré con odio. Y justo en ese momento ella me dio otro manotazo que sentí hasta en los pies.
—Tú me obedeces, yo soy la madre — por desgracia.
—No —susurré mientras sentía como mi cuerpo se comenzaba a convulsionar por los sollozos. Entonces mi madre me soltó el cabello y me cogió del brazo. Me movió un poco, yo la miré.
—Escucha muy bien lo que te diré —esperé a que continuara, pero no lo hizo, por lo que tuve que asentir con la cabeza —no quiero que vuelvas a ver a ese. Aléjate de él
—¿Por qué? —dejé escapar todo el aire que tenía en los pulmones.
—No quiero que mi hija salga con chicos y mucho menos si son mucho mayores que ella y parecen chicas —me enfurecí.
—¡Él no es una chica! ¡Estás loca! —le grité. Mi madre me golpeó nuevamente en la cara y luego comenzó a arrastrarme escaleras arriba.
—Jamás te volverás a ver con él ¿quedó claro? —no dije nada y me dejé llevar —¡¿quedó claro?! —asentí. Mi madre no me había visto asentir, por lo que abrió la puerta de mi habitación y me zarandeó de nuevo —¡¿Quedó claro?!
—¡Que sí! —le grité. Entonces ella me tiró hacia adentro, logrando que yo me cayera al suelo y cerró la puerta dando un gran portazo.
Lloré aún más fuerte. Esto no se iba a quedar así, no. Yo iba a seguir con Bill fuese como fuese, de eso estaba segura. No le iba a contar sobre estoy y por la noche saldría con él me dejaran o no. No me importaba. Ya me encargaría después de la venganza. Habían dos en mi lista:
1. Helena.
2. Eddy.
A mi madre no le tendría rencor. No aún.
Le di al piso con la mano y me cubrí la boca con la otra para que mi llanto no se escuchase desde la habitación que estaba frente a la mía. Iba muriendo. Aunque yo bien sabía que no iba a dejar de ver a Bill por ningún motivo del mundo.
La puerta se abrió de golpe y yo me di la vuelta rápidamente para ver de quien se trataba.
La sangre me hirvió al ver a Eddy en la puerta. Tenía el arrepentimiento grabado en su rostro. Estúpido.
Me levanté rápidamente y me pasé una mano por los ojos.
—¡¿Estás contento?! —me acerqué a él y lo empujé —vete de aquí, no quiero volver a verte —no pude correrlo ni medio milímetro de donde estaba —¡he dicho que te vayas, estúpido! ¡vete de aquí y no me vuelvas a hablar en tu mierda de vida, ¿quieres?!
—Meer, discúlpame.
—¡No! ¡no soportas ver a la gente feliz! es eso, ¿no? Pues yo no te soporto a ti ¡te ODIO! Vete, vete, VETE —le di un empujón y tras haberlo sacado de la habitación, cerré la puerta.
Me sequé las
lágrimas tras haber llorado un buen rato. Me había obligado a entender a mí
misma que con llorar no ganaba absolutamente nada. Que era mejor pensar y usar
la cabeza para algo que no fuese golpearla contra el piso.
Para empezar yo iba a salir con Bill si o si. Él no se iba a enterar de esto, jamás. Ahora más que nuca deberíamos tener lo nuestro en secreto, aunque eso costase lo suyo, ya que Bill ahora querría decírselo a todos.
Recordé que Bill iba a venir a por mí. De un salto me levanté del suelo y abrí silenciosamente la puerta de mi habitación, aunque no podía dejar de respirar fuertemente, con breves hipos de vez en cuando. Entré en el baño y me lavé la cara lo más rápido que pude para quitar el rastro que las lágrimas habían dejado en mis mejillas y aminorar un poco el rojo escozor de mis ojos. Me hice un suave masaje en los parpados y tras haberme enjuagado la cara y haberme arreglado el cabello como de costumbre, volví a salir del baño.
Entré nuevamente a mi habitación y cerré la puerta. Abrí el pequeño cajoncito que había en mi mesita de noche y saqué la llave. Seguidamente cerré la puerta. Así mi madre no podría entrar ver que no estaba.
Caminé hacia la ventana y la abrí del todo para luego hacer mis acrobacias y pasar del otro lado, ya que la ventana estaba abierta. Cuando ya creí que había pasado por completo y que había llegado sana y salva del otro lado, mi pie se atoró en la ventana y yo caí al suelo. Por suerte esta vez no me había golpeado la nariz.
Me sentía algo culpable por haber salido de esa manera de mi casa. Pero, repito, yo no me iba a separar de Bill nunca. Recordar la pelea con mi madre me dio ganas de llorar. Pero estaba en otra casa, la de Bill. Justamente donde yo no debería estar. Podría haber seguido lamentándome en mi habitación. Pero no, yo siempre llevaba la contraria a todo, aunque fuese a escondidas. Porque, como ya dije antes, no tenía una personalidad fuerte.
Me levanté del suelo y examiné la habitación con la mirada. Esperaría a que él viniese, ya que no quería exponerme a que Simone me viera. Supuse que estaba en casa.
Me acerqué a su escritorio. No estaba para nada ordenado. En ese aspecto éramos bastante parecidos. Encontré un papel entre los cuadernos. Una genial idea se me vino a la mente. Cogí un lápiz que encontré por allí y anoté:
Luego doblé el papel por la mitad y lo dejé bajo todos sus libros. No supe la razón, pero me entraron ganas de llorar nuevamente.
Cerré los ojos con fuerza para reprimir las lágrimas. Y no lloré. Pues si yo decía que no, era no.
De pronto localicé una cámara digital, estaba sobre su mesita de noche. Caminé hacia allí y la cogí. Le di a todos los botones hasta lograr encenderla y tras haberlo hecho busqué la galería de imágenes. Sólo había dos fotos. Las agrandé y pude ver… a mí. En la primera foto salía durmiendo y en la segunda de perfil en su coche. No recordaba haberme tomado esas fotos, pero me pareció lindo. Sonreí para mí misma.
Me di la vuelta al sentir unos pasos bastante cerca. Bill venía entrando por la puerta y se había sorprendido al verme.
—Hola —lo saludé con una sonrisa.
—¡Mery! —vino hacia mí y me dio un dulce beso en los labios —¿qué haces aquí? ¿Cómo entraste? —señalé la ventana. En seguida se dio cuenta de que tenía su cámara entre mis manos —¿qué haces con eso? —me la quitó, sonrió juguetón y luego situó la cámara con la lente frente a nosotros. Me abrazó —dame un beso —obedecí feliz y él sacó la foto. El flash había iluminado toda la habitación. Dio vuelta la cámara y juntos vimos la foto.
—Hermoso —dije mientras veía nuestro beso.
—Si —dijo con un ronroneo. Me besó en la cien y luego situó la cámara frente a nosotros nuevamente —sonríe, preciosa —estrañamente tuve ánimos de sonreír. Ya que con la pelea de hoy lo más probable era que no fuese “feliz” durante toda la semana. Bill sacó la foto con nuestros dos rostros juntos. Repitió lo anteriormente hecho y juntos vimos la foto —que linda te ves —comentó.
—La foto quedó genial… pero no me veo bien —reí un poco —sales hermoso.
—Sales excelente —me dijo tiernamente. Apagó la cámara y la dejó sobre la mesita de noche —te tengo una sorpresa.
—¿Una sorpresa? —me sentí bien. Lo miré ilusionada y él rio.
—Creo haber dicho eso… —se encogió de hombros divertido.
—Tonto —reí. Junté disimuladamente su mano con la mía, entrelazando nuestros dedos. El apretó un poco mi mano y comenzó a caminar tirando de mí.
—Vamos, Mery.
—No me llames Mery.
—¿Por qué? es lindo —se dio la vuelta y me miró.
—No me gusta —me encogí de hombros y salimos de la habitación.
—Mi madre te llama así.
—Eso es diferente. A ella no le puedo decir que no me llame así… pero a ti sí —le di la explicación. Me dio la idea de que Simone estaba escuchando. Pero me saqué esa idea de la cabeza, si no la había visto, ella no me había escuchado. Bajamos las escaleras aún cogidos de la mano.
—Pero a mí me gusta llamarte Mery.
—A mí no…
—¡Pero si suena hermoso! a demás —se detuvo en el último escalón y yo más arriba, por lo que estábamos casi a la misma altura, me miró y quedamos bastante cerca, cara a cara —… Mery te queda bien —me escaneó con la mirada —tienes pinta de ser Mery.
—Sí, claro —ironicé.
—Es verdad —se acercó otro poco a mí —déjame llamarte Mery —puso sus manos en mi cintura y casi juntó nuestros labios —sólo yo —me susurró. No me pude negar, no me pude resistir. Su encanto, su hermosura, el amor tan inmenso que yo sentía por él, superaba a ese feo nombre… resoplé muy cerca de sus labios.
—Vale… —respondí resignada, dejándome llevar por su encanto. Podía conmigo…
—¿De verdad? —me sonrió.
—Sí —dije mientras me mordía el labio inferior. Entonces él se acercó hasta juntar nuestros labios. Los suyos estaban cálidos y me encantaban. Me separé costosamente de él, tras escuchar una tos falsa. Ya sabía de quien era.
Bill se dio la vuelta y yo miré enfadada a Tom, quien tenía una sonrisa burlona pintada en el rostro.
—Que gracioso —le espetó Bill.
—¿A que si? —dijo aun sonriendo.
—Si, si —hice un gesto con la mano en señal de desprecio, fingido claro.
—Tu novia me odia —se quejó Tom, mirando a Bill con cara de niño pequeño rechazado.
—No te odia, lo que pasa es que interrumpiste mi beso —suspiró.
—Y cómo Bill es taaaaan bueno besando… —dije yo siguiendo el juego claro. Tom se echó a reír y Bill se volteó a mirarme.
—¿De verdad? —me dijo. Y en ese momento me di cuenta de lo que había dicho. Me comenzó a dar calor y estaba segura de que estaba roja como un tomate. No sabía dónde meterme, y dios, que vergüenza.
—S... vamos —me apresuré en decir. Empujé a Bill y acabamos de bajar las escaleras. Le cogí la mano de nuevo y nos dirigimos hacia la puerta.
—Con que besa bien —me dijo Tom al pasar a su lado y siguió riéndose de mí. Yo apreté la mano de Bill sin darme cuenta, pero este no me dijo nada.
Tras haber cerrado la puerta de la casa me di cuenta de que mi casa quedaba justo al lado y que mi madre podría estar mirando… encima las luces de las ventanas que daban hacia la calle estaban encendidas. Me apresuré en rodear el coche de Bill y en cuanto él le quitó la llave, yo abrí la puerta y me subí dentro. Luego la cerré. Bill se demoró un poco más en subir, se tomó su tiempo… yo estaba impaciente por que pusiera el coche en marcha y nos largásemos de allí antes de que mi madre se asomara por la puerta y pasara cualquier cosa.
—Entonces… —dijo en cuanto subió y mientras giraba la llave para encender el coche —beso bien —su voz sonaba insinuante. Resoplé.
—Sí, se me salió… sólo eso —me encogí de hombros y miré hacia la ventana. Sentí como el rostro se me calentaba nuevamente.
—¿Tienes vergüenza? —noté que su voz contenía una risa. Yo me deslicé en el asiento hacia abajo.
—N…si.
—No tienes por qué tenerla —rio.
—Ya no hablemos de esto y has como que yo no eh dicho nada.
—Tom me lo recordará durante toda la semana —siguió riendo. Entonces lo miré.
—Ninguna palabra más.
—Vale, vale —lo vi sonreír y yo me di la vuelta hacia la ventana nuevamente. Esperando a que se me quitara el color de las mejillas.
Era mejor pensar otra cosa que no fuese lo que había ocurrido recién.
¿Dónde me llevaría? ¿sería un lugar nuevo?... bueno, eso estaba más que claro, porque si me había dicho “una sorpresa” es porque era una sorpresa, ¿no? Y una sorpresa no era algo ya conocido para uno… ¿O si? vale, me estaba enredando a mis misma. Pensaba diferentes posibles lugares donde él pudiese llevarme. Por lo visto íbamos hacia la parte alta de la ciudad, ya que nosotros vivíamos en la parte baja, es decir, estábamos casi saliendo de la ciudad. Pero no del todo, porque había casas. Digamos que eran unos de esos barrios que quedan aislados de todos, al final de las ciudades, donde nadie los ve y a los chicos les cuesta ir a la escuela y tiene que viajar mucho porque les queda muy lejos del centro de la ciudad. Pero en mi ciudad estos barrios estaban en “la parte alta”, en la cima de un cerro.
Para empezar yo iba a salir con Bill si o si. Él no se iba a enterar de esto, jamás. Ahora más que nuca deberíamos tener lo nuestro en secreto, aunque eso costase lo suyo, ya que Bill ahora querría decírselo a todos.
Recordé que Bill iba a venir a por mí. De un salto me levanté del suelo y abrí silenciosamente la puerta de mi habitación, aunque no podía dejar de respirar fuertemente, con breves hipos de vez en cuando. Entré en el baño y me lavé la cara lo más rápido que pude para quitar el rastro que las lágrimas habían dejado en mis mejillas y aminorar un poco el rojo escozor de mis ojos. Me hice un suave masaje en los parpados y tras haberme enjuagado la cara y haberme arreglado el cabello como de costumbre, volví a salir del baño.
Entré nuevamente a mi habitación y cerré la puerta. Abrí el pequeño cajoncito que había en mi mesita de noche y saqué la llave. Seguidamente cerré la puerta. Así mi madre no podría entrar ver que no estaba.
Caminé hacia la ventana y la abrí del todo para luego hacer mis acrobacias y pasar del otro lado, ya que la ventana estaba abierta. Cuando ya creí que había pasado por completo y que había llegado sana y salva del otro lado, mi pie se atoró en la ventana y yo caí al suelo. Por suerte esta vez no me había golpeado la nariz.
Me sentía algo culpable por haber salido de esa manera de mi casa. Pero, repito, yo no me iba a separar de Bill nunca. Recordar la pelea con mi madre me dio ganas de llorar. Pero estaba en otra casa, la de Bill. Justamente donde yo no debería estar. Podría haber seguido lamentándome en mi habitación. Pero no, yo siempre llevaba la contraria a todo, aunque fuese a escondidas. Porque, como ya dije antes, no tenía una personalidad fuerte.
Me levanté del suelo y examiné la habitación con la mirada. Esperaría a que él viniese, ya que no quería exponerme a que Simone me viera. Supuse que estaba en casa.
Me acerqué a su escritorio. No estaba para nada ordenado. En ese aspecto éramos bastante parecidos. Encontré un papel entre los cuadernos. Una genial idea se me vino a la mente. Cogí un lápiz que encontré por allí y anoté:
Te amo.
Recuérdalo siempre
Meer.
Recuérdalo siempre
Meer.
Luego doblé el papel por la mitad y lo dejé bajo todos sus libros. No supe la razón, pero me entraron ganas de llorar nuevamente.
Cerré los ojos con fuerza para reprimir las lágrimas. Y no lloré. Pues si yo decía que no, era no.
De pronto localicé una cámara digital, estaba sobre su mesita de noche. Caminé hacia allí y la cogí. Le di a todos los botones hasta lograr encenderla y tras haberlo hecho busqué la galería de imágenes. Sólo había dos fotos. Las agrandé y pude ver… a mí. En la primera foto salía durmiendo y en la segunda de perfil en su coche. No recordaba haberme tomado esas fotos, pero me pareció lindo. Sonreí para mí misma.
Me di la vuelta al sentir unos pasos bastante cerca. Bill venía entrando por la puerta y se había sorprendido al verme.
—Hola —lo saludé con una sonrisa.
—¡Mery! —vino hacia mí y me dio un dulce beso en los labios —¿qué haces aquí? ¿Cómo entraste? —señalé la ventana. En seguida se dio cuenta de que tenía su cámara entre mis manos —¿qué haces con eso? —me la quitó, sonrió juguetón y luego situó la cámara con la lente frente a nosotros. Me abrazó —dame un beso —obedecí feliz y él sacó la foto. El flash había iluminado toda la habitación. Dio vuelta la cámara y juntos vimos la foto.
—Hermoso —dije mientras veía nuestro beso.
—Si —dijo con un ronroneo. Me besó en la cien y luego situó la cámara frente a nosotros nuevamente —sonríe, preciosa —estrañamente tuve ánimos de sonreír. Ya que con la pelea de hoy lo más probable era que no fuese “feliz” durante toda la semana. Bill sacó la foto con nuestros dos rostros juntos. Repitió lo anteriormente hecho y juntos vimos la foto —que linda te ves —comentó.
—La foto quedó genial… pero no me veo bien —reí un poco —sales hermoso.
—Sales excelente —me dijo tiernamente. Apagó la cámara y la dejó sobre la mesita de noche —te tengo una sorpresa.
—¿Una sorpresa? —me sentí bien. Lo miré ilusionada y él rio.
—Creo haber dicho eso… —se encogió de hombros divertido.
—Tonto —reí. Junté disimuladamente su mano con la mía, entrelazando nuestros dedos. El apretó un poco mi mano y comenzó a caminar tirando de mí.
—Vamos, Mery.
—No me llames Mery.
—¿Por qué? es lindo —se dio la vuelta y me miró.
—No me gusta —me encogí de hombros y salimos de la habitación.
—Mi madre te llama así.
—Eso es diferente. A ella no le puedo decir que no me llame así… pero a ti sí —le di la explicación. Me dio la idea de que Simone estaba escuchando. Pero me saqué esa idea de la cabeza, si no la había visto, ella no me había escuchado. Bajamos las escaleras aún cogidos de la mano.
—Pero a mí me gusta llamarte Mery.
—A mí no…
—¡Pero si suena hermoso! a demás —se detuvo en el último escalón y yo más arriba, por lo que estábamos casi a la misma altura, me miró y quedamos bastante cerca, cara a cara —… Mery te queda bien —me escaneó con la mirada —tienes pinta de ser Mery.
—Sí, claro —ironicé.
—Es verdad —se acercó otro poco a mí —déjame llamarte Mery —puso sus manos en mi cintura y casi juntó nuestros labios —sólo yo —me susurró. No me pude negar, no me pude resistir. Su encanto, su hermosura, el amor tan inmenso que yo sentía por él, superaba a ese feo nombre… resoplé muy cerca de sus labios.
—Vale… —respondí resignada, dejándome llevar por su encanto. Podía conmigo…
—¿De verdad? —me sonrió.
—Sí —dije mientras me mordía el labio inferior. Entonces él se acercó hasta juntar nuestros labios. Los suyos estaban cálidos y me encantaban. Me separé costosamente de él, tras escuchar una tos falsa. Ya sabía de quien era.
Bill se dio la vuelta y yo miré enfadada a Tom, quien tenía una sonrisa burlona pintada en el rostro.
—Que gracioso —le espetó Bill.
—¿A que si? —dijo aun sonriendo.
—Si, si —hice un gesto con la mano en señal de desprecio, fingido claro.
—Tu novia me odia —se quejó Tom, mirando a Bill con cara de niño pequeño rechazado.
—No te odia, lo que pasa es que interrumpiste mi beso —suspiró.
—Y cómo Bill es taaaaan bueno besando… —dije yo siguiendo el juego claro. Tom se echó a reír y Bill se volteó a mirarme.
—¿De verdad? —me dijo. Y en ese momento me di cuenta de lo que había dicho. Me comenzó a dar calor y estaba segura de que estaba roja como un tomate. No sabía dónde meterme, y dios, que vergüenza.
—S... vamos —me apresuré en decir. Empujé a Bill y acabamos de bajar las escaleras. Le cogí la mano de nuevo y nos dirigimos hacia la puerta.
—Con que besa bien —me dijo Tom al pasar a su lado y siguió riéndose de mí. Yo apreté la mano de Bill sin darme cuenta, pero este no me dijo nada.
Tras haber cerrado la puerta de la casa me di cuenta de que mi casa quedaba justo al lado y que mi madre podría estar mirando… encima las luces de las ventanas que daban hacia la calle estaban encendidas. Me apresuré en rodear el coche de Bill y en cuanto él le quitó la llave, yo abrí la puerta y me subí dentro. Luego la cerré. Bill se demoró un poco más en subir, se tomó su tiempo… yo estaba impaciente por que pusiera el coche en marcha y nos largásemos de allí antes de que mi madre se asomara por la puerta y pasara cualquier cosa.
—Entonces… —dijo en cuanto subió y mientras giraba la llave para encender el coche —beso bien —su voz sonaba insinuante. Resoplé.
—Sí, se me salió… sólo eso —me encogí de hombros y miré hacia la ventana. Sentí como el rostro se me calentaba nuevamente.
—¿Tienes vergüenza? —noté que su voz contenía una risa. Yo me deslicé en el asiento hacia abajo.
—N…si.
—No tienes por qué tenerla —rio.
—Ya no hablemos de esto y has como que yo no eh dicho nada.
—Tom me lo recordará durante toda la semana —siguió riendo. Entonces lo miré.
—Ninguna palabra más.
—Vale, vale —lo vi sonreír y yo me di la vuelta hacia la ventana nuevamente. Esperando a que se me quitara el color de las mejillas.
Era mejor pensar otra cosa que no fuese lo que había ocurrido recién.
¿Dónde me llevaría? ¿sería un lugar nuevo?... bueno, eso estaba más que claro, porque si me había dicho “una sorpresa” es porque era una sorpresa, ¿no? Y una sorpresa no era algo ya conocido para uno… ¿O si? vale, me estaba enredando a mis misma. Pensaba diferentes posibles lugares donde él pudiese llevarme. Por lo visto íbamos hacia la parte alta de la ciudad, ya que nosotros vivíamos en la parte baja, es decir, estábamos casi saliendo de la ciudad. Pero no del todo, porque había casas. Digamos que eran unos de esos barrios que quedan aislados de todos, al final de las ciudades, donde nadie los ve y a los chicos les cuesta ir a la escuela y tiene que viajar mucho porque les queda muy lejos del centro de la ciudad. Pero en mi ciudad estos barrios estaban en “la parte alta”, en la cima de un cerro.

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