CAPITULO 12
El resto de la semana se me pasó
rapidísimo. Al parecer ahora todos en la escuela me odiaban y nadie me dirigía
la palabra. Genial. Pero eso no me importaba… no. Porque me pasaba las horas de
clase pensando en Bill, Bill y más Bill. Me había ido a buscar todos los días
en su coche a la salida de la escuela. Y por decirlo de cierto modo, me sentía
importante. Entonces ya no me importaba el gran hecho de que nadie hablase
conmigo. Yo no necesitaba a nadie que no fuese Bill para poder vivir tranquila.
Porque en esta semana, él se había vuelto algo infaltable para mí, ya era parte
de mí.
Y qué decir de mi otro vecino… pues Bill le había contado a Tom lo que teníamos. Y claro, yo me había enojado, pero él se había justificado diciendo que Tom era su gemelo y no podía andar ocultándole cosas importantes. Aunque no estaba tan mal, yo no me llevaba mal con Tom y él tenía pinta de ser de esos que se pasan el día hablando idioteces. Simpático a simple vista.
Y qué decir de mi otro vecino… pues Bill le había contado a Tom lo que teníamos. Y claro, yo me había enojado, pero él se había justificado diciendo que Tom era su gemelo y no podía andar ocultándole cosas importantes. Aunque no estaba tan mal, yo no me llevaba mal con Tom y él tenía pinta de ser de esos que se pasan el día hablando idioteces. Simpático a simple vista.
Hoy era sábado. La madre de Bill había salido y él me había invitado a pasar un rato en su casa con Tom, que igual estaría allí… y como era de suponer yo acepté encantada.
Me puse unos pantalones entubados oscuros y un poco gastados, una camiseta manga larga color blanco y mis converse blancas, las que mi madre me había comprado ayer… y es que llevaba dos meses pidiéndoselas.
Me arreglé el cabello y me acomodé el flequillo a un lado. Eso era todo, no me iba a maquillar porque después me sentiría una payasa.
Cogí el móvil de la mesita de noche y me lo guardé en el bolsillo trasero del pantalón. Me miré en el espejo por última vez y salí de mi habitación a paso rápido. Por suerte hoy mi madre salía con su novio así que le podría dejar una nota.
Me acerqué a la mesita del teléfono, cogí el lápiz que allí había y en esa especie de libreta de hojas amarillas escribí:
Mamá, salí de casa. Vuelvo tarde… llevo el móvil. Te quiero. Meer.
Dejé el lápiz en su lugar y caminé hacia la puerta. Debatí en mi interior si coger o no coger la llave. Finalmente la cogí. Podría haber alguna emergencia o algo. Me guardé la llave en el bolsillo y salí de mi casa. Me costó un poco cerrar la puerta… por alguna razón estaba apretada.
Caminé hacia la casa vecina, mirando hacia todos lados para asegurarme de que nadie me viese. Nadie me vio, por lo que yo supe.
Piqué al timbre y no alcanzaron a pasar ni tres segundos cuando ya estaba dentro de la casa, con Bill que me cogía del brazo y cerraba la puerta.
No alcancé a decir nada, puesto a que juntó sus labios con los míos en un movimiento rápido. Reí y me separé un poco de él.
—¡Hey! ¿Qué haces? —le dije en broma.
—Algo que tengo ganas de hacer desde que ayer te fuiste —se encogió de hombros.
—Bill, sólo fue ayer.
—¡Es mucho tiempo! —se quejó.
—No lo es.
—Si lo es, te tendría conmigo todo el día —se agachó un poco para volverme a besar. Yo lo esquivé.
—Eres desesperante —bufé. Y le estampé un sonoro beso en la mejilla —con eso basta.
—Eres mala… ¿pasamos al salón? —me dijo sonriendo. Yo le cogí la mano y entrelacé nuestros dedos.
—Claro.
Caminamos un par de pasos y ya nos encontrábamos allí, desde la entrada no se veía el salón, pero quedaba muy, muy cerca. Vi a Tom sobre el sillón más grande, recostado a lo largo con los pies sobre este. Con una mano sujetaba el control de la TV y con la otra comía algo.
Bill me miró, para evaluar mi expresión. Ya que Tom sabía nuestro “secreto” yo estaba tranquila, por lo que mi cara expresaba serenidad. No tenía por qué estar nerviosa… o avergonzada, después de todo Tom era el hermano gemelo de Bill ¿no?
—Uy, la parejita del año —giró la cabeza hacia nosotros y se burló. Sentí un poco de calor. Bill le hizo un gesto a Tom que no logré entender —¿Y qué tal Meer? —me dijo con una sonrisa juguetona, Bill y yo nos acercamos a uno de los sillones pequeños.
—Pues… bien —me senté muy apegada a Bill, quien me abrazó.
—¿Cómo te trata Bill? ¿bien? ¿mal? ¿mas o menos? —pude ver como Bill le lanzaba miradas fulminantes a Tom.
—Em… —me interrumpió.
—¿No te hace hacer cosas de mayores, verdad? —la boca me llegó al piso.
—¡Tom! —Se quejó Bill con cara de horrorizado. El aludido se largó a reír.
—Es broma, es broma —dijo aun riendo. Entonces Bill me abrazó con ambos brazos y me pegó aún más a él.
—No le digas esas cosas, es pequeña —bromeó. Yo reí un poco. Tenía aún más calor y estaba segura de que mis mejillas habían tomado una reflectante y muy notoria tonalidad roja fosforescente.
—Oh si claro, como si la niña no pensara en esas cosas —siguió con el tono de burla.
—¡Oye! —esta vez salté yo.
—Ya déjala, Tom —sentí como la mano de Bill se movía acariciando mi cabeza suavemente.
—Ni que fuera a provocarle un trauma —bufó. Yo reí y Bill me sonrió. Tom había vuelto a abrir la boca para decir algo, pero fue interrumpido por el timbre… el cual había sonado repetidas veces. Muy molesto por cierto.
Tom se levantó a regañadientes del sillón, ya que al parecer Bill no pensaba moverse de la posición en que estaba... y yo tampoco.
Escuché como abría la puerta y luego una voz aguda, estridente y muy, muy molesta. Era una chica. No supe distinguir quien era. Sólo escullé murmullos y nada más, no pude distinguir las palabras. Pero Bill estaba tenso. Me apretó más contra él, yo giré la cabeza y miré hacia la entrada del salón, de donde las voces provenían.
Nos quedamos en silencio intentando oír algo, o por lo menos yo lo intentaba. Pero al parecer estaba un poco sorda.
Escuché pasos que se acercaron, sólo fueron unos pocos, pero eran dobles. Venían Tom y esa chica hacia el salón. Con la mirada fija en la puerta pude distinguir como ella pasaba delante con Tom tras de si, ambos cogidos de la mano y con sus dedos entrelazados. La chica era linda. Vamos, la típica Barbie. Su cabello era rubio, se veía artificial, tenía unos ojos azules de muerte aunque con una expresión estúpida. Y su cuerpo… pues cualquiera la envidiaría. Menos yo, claro. Vale, no… yo incluida. Llevaba puesto un pequeño vestidito color blanco invierno junto con unas calzas en el mismo tono, con unos pequeños y poco notorios dibujos con un fino hilo color plateado. Eso iba combinado con unas botas, chaqueta y bolso… todos blancos y al parecer de cuero.
La chica se detuvo en la entrada y Tom casi chocó con ella. Ella pasaba su mirada intermitente entre Bill y yo.
Miré a Bill. Éste se notaba enojado, mosqueado. No lo había visto así antes, pero tenía esa expresión de “me jodiste el día”.
—¿Quién es? —me animé a murmurar bajito cerca de su oído. Bill se aclaró la garganta y sin mirarme habló fuertemente, respondiendo a mi pregunta.
—Helena —oh, vaya. Con que ella era “Helena”. Odio admitirlo, pero era guapa.

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