CAPITULO 9
—Te quiero —me dijo. Por un momento sentí que el corazón se me detenía, tan bruscamente
que me hacía daño. Pero luego, cuando ya pude pensar bien lo que él había
dicho, y pude procesar de mejor manera la información, me di cuenta de que sólo
era un “te quiero” de amigos, ¿no? O eso era lo que yo pensaba en ese momento.
Sentí una especie de tristeza mezclada con felicidad. Recuperé el aliento y
comencé a respirar con “normalidad”, aunque un poco más rápido de lo normal. Me
di vuelta hacia él y lo miré. Tragó saliva y no sé la razón, pero yo también lo
hice. Sonreí, intenté que la mueca me saliera bien. No pude notar expresión en
su rostro, pero igualmente yo seguí con mi “sonrisa”.
—Yo igual te quiero —le dije con una voz angelical que no sé de dónde salió. Me acomodé para abrazarlo y apoyé mi cabeza en su hombro. Luego, dije algo que no me gustó para nada —eres el mejor amigo en todo el mundo —me dolió el pecho.
Bill resopló. Yo me mordí los labios, no feliz por la idea, ni por lo que yo había dicho. Cerré los ojos y los apreté con fuerza. Él no podía verme el rostro.
—Meer, tu no entiendes —me separó de él cogiéndome por los hombros y me miró fijamente. Yo no pude sostenerle la mirada, nunca podía sostenerle la mirada a nadie… y menos a él. Miré mis manos.
—¿… El qué? —pregunté.
—Pues que… —justo en ese momento, la voz de Bill fue cortada por un sonido de… vale, si, un teléfono. Siempre lo interrumpían. Ya iban dos veces. Pero, la tercera es la vencida, ¿no? O eso es lo que dicen.
Estúpido teléfono. Tiene móvil, ¿pero para que tener además del móvil un teléfono? Es estúpido.
Quitó sus manos de mis hombros y se separó de mí. Se levantó del sillón y yo lo seguí con la mirada hasta que él cogió el teléfono. Que por cierto, era muy lindo y moderno y… yo no tenía teléfono, por cierto.
—¿Hola? —saludó con desgano —mamá… sí. Está aquí, no te desesperes —dijo rápidamente —¿qué, qué? —frunció el ceño —vale,vale. Dile que espere, en unos minutos estamos allí —colgó rápidamente y luego me miró —tu madre te busca y según mi mamá, está muy enojada —y encima aparecía ella para cagarla más. Me sentí con un enorme peso encima, por lo que me levanté. Aunque me seguí sintiendo igual. Mi madre me iba a castigar, me retaría. Apoyé mis manos en mis caderas.
—¿Dónde está mi ropa?
—Se está secando, ya falta poco —me informó.
—¿Cuánto?
—Cinco minutos —se encogió de hombros. Eso era poco, si… pero no pude evitar desesperarme. Mientras más rápido llegara a mi casa, mejor. No respondí. Simplemente me dejé caer nuevamente sobre el sillón y me puse a pensar. Bill desapareció del salón, no supe donde fue.
Cogí el control de la TV y la apagué, el ruido no me dejaba escuchar mis pensamientos. Aunque por una parte me hubiese gustado no poder pensar… pero si no lo hacía, iba a seguir con ese “peso” sobre mí.
Te quiero.
Se repitió nuevamente en mi cabeza. “Me quiere”, pensé. También pensé que yo igual lo quería. Pero creo que nos queríamos de maneras distintas. Y eso no estaba bien, por lo menos desde mi punto de vista.
Yo no le podía decir que él me gustaba. Quizás después dejaba de ser mi amigo, cómo con Eddy, y no lo podría soportar. Con lo que extrañaba a Eddy y si después Bill dejaba de hablarme, añadiendo también que no tenía más amigos cercanos, eso sería terrible.
No miento si digo que me entraron ganas de llorar. Pero lo dejé para otro momento, cuando estuviese en mi casa, sola.
Sentí pasos que se acercaban y miré hacia la puerta de la cocina, de la cual provenía el sonido. Por allí apareció Bill con mi ropa entre sus manos, perfectamente doblada. Me levanté con un rebote del sillón y prácticamente corrí a agarrar la ropa. Se la quité de las manos con un movimiento rápido.
—¿Dónde me cambio? —pregunté mirando a todos lados rápidamente. Lo sé, como una desesperada.
—Allí —dijo de lo más tranquilo apuntando hacia una puerta. Yo me acerqué a ella a paso apresurado, la abrí y me metí dentro sin siquiera mirar antes donde estaba, cerré la puerta y solté mi ropa, dejándola caer en el piso. Se desdobló y todo, pero eso no importaba… tenía que ser rápido, no hacer esperar a mi madre.
Cuando levanté la mirada me di cuenta de que estaba dentro de un baño. Era incluso más bonito que el del piso de arriba… pero no iba a poner a mirar tanto detalle, estaba demasiado apurada.
Me quité la ropa de Bill y me puse la mía tan rápido como cuando me atrasaba las mañanas para ir a la escuela. Me arreglé el cabello con las manos y no necesité hacer nada más, ya estaba lista.
Salí del baño igual de rápido como había entrado, Bill estaba apoyado en una puerta con mi chaqueta en su mano. Oh, mi chaqueta…
Caminé hacia él y este me la dio.
—Gracias —le dije con una sonrisa. Él me la devolvió, yo cogí la chaqueta y me la colgué en el brazo. Pude sentir el olor del alcohol, pero no era tan fuerte. No tanto.
Luego él se movió un poco y abrió esa puerta. Era la de la salida. Pude sentir el aire fresco, aunque ya era tarde y el día no era para nada bonito. Era un “día blanco”. Si, hacía solía decirles a esos días en que el cielo está cubierto por nubes y no deja ver el sol, ni su tan molesta luz amarilla.
Seguí a Bill que ya había salido y cerré la puerta. Luego nos acercamos a su coche, su hermoso coche, y nos subimos en él. Yo en el copiloto, claro.
Lo echó a andar y en menos de quince minutos estábamos afuera de su casa.
—Yo igual te quiero —le dije con una voz angelical que no sé de dónde salió. Me acomodé para abrazarlo y apoyé mi cabeza en su hombro. Luego, dije algo que no me gustó para nada —eres el mejor amigo en todo el mundo —me dolió el pecho.
Bill resopló. Yo me mordí los labios, no feliz por la idea, ni por lo que yo había dicho. Cerré los ojos y los apreté con fuerza. Él no podía verme el rostro.
—Meer, tu no entiendes —me separó de él cogiéndome por los hombros y me miró fijamente. Yo no pude sostenerle la mirada, nunca podía sostenerle la mirada a nadie… y menos a él. Miré mis manos.
—¿… El qué? —pregunté.
—Pues que… —justo en ese momento, la voz de Bill fue cortada por un sonido de… vale, si, un teléfono. Siempre lo interrumpían. Ya iban dos veces. Pero, la tercera es la vencida, ¿no? O eso es lo que dicen.
Estúpido teléfono. Tiene móvil, ¿pero para que tener además del móvil un teléfono? Es estúpido.
Quitó sus manos de mis hombros y se separó de mí. Se levantó del sillón y yo lo seguí con la mirada hasta que él cogió el teléfono. Que por cierto, era muy lindo y moderno y… yo no tenía teléfono, por cierto.
—¿Hola? —saludó con desgano —mamá… sí. Está aquí, no te desesperes —dijo rápidamente —¿qué, qué? —frunció el ceño —vale,vale. Dile que espere, en unos minutos estamos allí —colgó rápidamente y luego me miró —tu madre te busca y según mi mamá, está muy enojada —y encima aparecía ella para cagarla más. Me sentí con un enorme peso encima, por lo que me levanté. Aunque me seguí sintiendo igual. Mi madre me iba a castigar, me retaría. Apoyé mis manos en mis caderas.
—¿Dónde está mi ropa?
—Se está secando, ya falta poco —me informó.
—¿Cuánto?
—Cinco minutos —se encogió de hombros. Eso era poco, si… pero no pude evitar desesperarme. Mientras más rápido llegara a mi casa, mejor. No respondí. Simplemente me dejé caer nuevamente sobre el sillón y me puse a pensar. Bill desapareció del salón, no supe donde fue.
Cogí el control de la TV y la apagué, el ruido no me dejaba escuchar mis pensamientos. Aunque por una parte me hubiese gustado no poder pensar… pero si no lo hacía, iba a seguir con ese “peso” sobre mí.
Te quiero.
Se repitió nuevamente en mi cabeza. “Me quiere”, pensé. También pensé que yo igual lo quería. Pero creo que nos queríamos de maneras distintas. Y eso no estaba bien, por lo menos desde mi punto de vista.
Yo no le podía decir que él me gustaba. Quizás después dejaba de ser mi amigo, cómo con Eddy, y no lo podría soportar. Con lo que extrañaba a Eddy y si después Bill dejaba de hablarme, añadiendo también que no tenía más amigos cercanos, eso sería terrible.
No miento si digo que me entraron ganas de llorar. Pero lo dejé para otro momento, cuando estuviese en mi casa, sola.
Sentí pasos que se acercaban y miré hacia la puerta de la cocina, de la cual provenía el sonido. Por allí apareció Bill con mi ropa entre sus manos, perfectamente doblada. Me levanté con un rebote del sillón y prácticamente corrí a agarrar la ropa. Se la quité de las manos con un movimiento rápido.
—¿Dónde me cambio? —pregunté mirando a todos lados rápidamente. Lo sé, como una desesperada.
—Allí —dijo de lo más tranquilo apuntando hacia una puerta. Yo me acerqué a ella a paso apresurado, la abrí y me metí dentro sin siquiera mirar antes donde estaba, cerré la puerta y solté mi ropa, dejándola caer en el piso. Se desdobló y todo, pero eso no importaba… tenía que ser rápido, no hacer esperar a mi madre.
Cuando levanté la mirada me di cuenta de que estaba dentro de un baño. Era incluso más bonito que el del piso de arriba… pero no iba a poner a mirar tanto detalle, estaba demasiado apurada.
Me quité la ropa de Bill y me puse la mía tan rápido como cuando me atrasaba las mañanas para ir a la escuela. Me arreglé el cabello con las manos y no necesité hacer nada más, ya estaba lista.
Salí del baño igual de rápido como había entrado, Bill estaba apoyado en una puerta con mi chaqueta en su mano. Oh, mi chaqueta…
Caminé hacia él y este me la dio.
—Gracias —le dije con una sonrisa. Él me la devolvió, yo cogí la chaqueta y me la colgué en el brazo. Pude sentir el olor del alcohol, pero no era tan fuerte. No tanto.
Luego él se movió un poco y abrió esa puerta. Era la de la salida. Pude sentir el aire fresco, aunque ya era tarde y el día no era para nada bonito. Era un “día blanco”. Si, hacía solía decirles a esos días en que el cielo está cubierto por nubes y no deja ver el sol, ni su tan molesta luz amarilla.
Seguí a Bill que ya había salido y cerré la puerta. Luego nos acercamos a su coche, su hermoso coche, y nos subimos en él. Yo en el copiloto, claro.
Lo echó a andar y en menos de quince minutos estábamos afuera de su casa.
Habíamos pasado
casi todo el viaje en silencio, muy incómodo, debo decir… por lo que lo único
que quería en ese momento era abandonar el coche y decirle una “adiós, hasta
mañana”. Para tener tiempo de pensar en la noche.
Suspiré y lo miré. Le dediqué una sonrisa y decidí despedirme.
—Gracias, Bill. Nos vemos.
—Adiós —me acerqué a él y le besé en la mejilla. Me separé lentamente, no quería hacerlo, pero terminé por salir del coche. Me despedí de él con la mano varias veces y me acerqué a la puerta de mi casa. Las llaves estaban dentro, que estúpida soy... ahora tendría que llamar a la puerta y esperar el gran recibimiento de mi madre.
Piqué al timbre con miedo y esperé. Creí que se iba a demorar más en abrir, pero ella salió enseguida con la cara desencajada de ¿rabia? ¿furia? estaba enojada. Muy enojada.
—¡¿Dónde estuviste, niña?! —mientras me gritaba, movió su mano hacia mi cabello y enredaba su mano en este para luego tirar.
Solté un grito y me llevé la mano a la raíz del cabello para que me doliese menos. Esto era odioso. Ella se podía desaparecer días enteros y yo no le decía nada.
—¡Eh! ¡No le pegues! —escuché un grito. Me di cuenta de que estábamos en la calle aún. Mi madre me soltó rápidamente y comenzó a mirar en todas direcciones. En mi desesperación no me había dado cuenta caso la voz que había gritado era de hombre o de mujer. Tampoco me importó. Me sentía muy mal, había sido mala. Mi madre no me pegaba desde que había cumplido los diez años, y me sentía terrible, pues ahora ella ya no me tendría confianza.
Miré hacia atrás para ver a la persona que había gritado. Pero no era una, sino tres. Los vecinos, Simone, Tom y Bill estaban mirándonos boquiabiertos. En el rostro de Simone estaba grabada la preocupación. Tom me miraba con pena, una pena casi acusadora… al parecer, según él, la culpa era toda mía. Y Bill… pues Bill estaba enojado.
Se me subió el color a las mejillas. Mi madre no dijo nada. Pero podía sentir que estaba muy enojada. Tuve miedo a que me pegara mientras yo estaba de espaldas a ella. Pero en vez de eso me adelantó y caminó hacia Simone, ya que esta le había hecho señas para que fuese.
Comenzaron a hablar en silencio. No pude oír nada. Pero si podía ver a mi madre gesticulando con los brazos y a Simone tratando de calmarla mientras le hablaba. Mi madre miraba a Bill y este asentía, luego a Tom, pero este, en cambio, se encogía de hombros. Como si no supiese nada sobre el tema. Bill puso los ojos en blanco y le dio a Tom un codazo que mi madre no pudo ver. Y así continuaron por unos minutos que se me hicieron eternos. Tenía ganas de salir corriendo de allí y no volver jamás. Pero vamos, que yo era un estúpida cobarde.
Suspiré y lo miré. Le dediqué una sonrisa y decidí despedirme.
—Gracias, Bill. Nos vemos.
—Adiós —me acerqué a él y le besé en la mejilla. Me separé lentamente, no quería hacerlo, pero terminé por salir del coche. Me despedí de él con la mano varias veces y me acerqué a la puerta de mi casa. Las llaves estaban dentro, que estúpida soy... ahora tendría que llamar a la puerta y esperar el gran recibimiento de mi madre.
Piqué al timbre con miedo y esperé. Creí que se iba a demorar más en abrir, pero ella salió enseguida con la cara desencajada de ¿rabia? ¿furia? estaba enojada. Muy enojada.
—¡¿Dónde estuviste, niña?! —mientras me gritaba, movió su mano hacia mi cabello y enredaba su mano en este para luego tirar.
Solté un grito y me llevé la mano a la raíz del cabello para que me doliese menos. Esto era odioso. Ella se podía desaparecer días enteros y yo no le decía nada.
—¡Eh! ¡No le pegues! —escuché un grito. Me di cuenta de que estábamos en la calle aún. Mi madre me soltó rápidamente y comenzó a mirar en todas direcciones. En mi desesperación no me había dado cuenta caso la voz que había gritado era de hombre o de mujer. Tampoco me importó. Me sentía muy mal, había sido mala. Mi madre no me pegaba desde que había cumplido los diez años, y me sentía terrible, pues ahora ella ya no me tendría confianza.
Miré hacia atrás para ver a la persona que había gritado. Pero no era una, sino tres. Los vecinos, Simone, Tom y Bill estaban mirándonos boquiabiertos. En el rostro de Simone estaba grabada la preocupación. Tom me miraba con pena, una pena casi acusadora… al parecer, según él, la culpa era toda mía. Y Bill… pues Bill estaba enojado.
Se me subió el color a las mejillas. Mi madre no dijo nada. Pero podía sentir que estaba muy enojada. Tuve miedo a que me pegara mientras yo estaba de espaldas a ella. Pero en vez de eso me adelantó y caminó hacia Simone, ya que esta le había hecho señas para que fuese.
Comenzaron a hablar en silencio. No pude oír nada. Pero si podía ver a mi madre gesticulando con los brazos y a Simone tratando de calmarla mientras le hablaba. Mi madre miraba a Bill y este asentía, luego a Tom, pero este, en cambio, se encogía de hombros. Como si no supiese nada sobre el tema. Bill puso los ojos en blanco y le dio a Tom un codazo que mi madre no pudo ver. Y así continuaron por unos minutos que se me hicieron eternos. Tenía ganas de salir corriendo de allí y no volver jamás. Pero vamos, que yo era un estúpida cobarde.
Al parecer, los vecinos finalmente convencieron a mi
madre. Se dio la vuelta hacia mí, mientras Tom y Simone se dirigían a su casa.
Bill siguió de pie en el mismo sitio, observando.
—Vamos, entra a casa —me dijo mi madre una vez estuvo a mi lado. Yo me di la vuelta y sin mirar atrás me metí dentro. Cerré la puerta y me esperé lo peor —ve a dormir —dijo solamente. Me sorprendí. Por una parte, porque no me había gritado... y por otra, porque eran cerca de las siete de la tarde y aún era de día.
Terminé obedeciéndole sin quejas y subí las escaleras con paso derrotado. Una vez llegué arriba, entré a mi habitación. Me lancé sobre la cama y abracé una almohada. No tenía sueño, pero si unas enormes ganas de quedarme allí tirada y no hacer nada.
—Vamos, entra a casa —me dijo mi madre una vez estuvo a mi lado. Yo me di la vuelta y sin mirar atrás me metí dentro. Cerré la puerta y me esperé lo peor —ve a dormir —dijo solamente. Me sorprendí. Por una parte, porque no me había gritado... y por otra, porque eran cerca de las siete de la tarde y aún era de día.
Terminé obedeciéndole sin quejas y subí las escaleras con paso derrotado. Una vez llegué arriba, entré a mi habitación. Me lancé sobre la cama y abracé una almohada. No tenía sueño, pero si unas enormes ganas de quedarme allí tirada y no hacer nada.
Cuando ya era de noche, y no se escuchaba ningún ruido en casa, me levanté de la cama, saliendo de mi trance y me asomé a la ventana.
Sorprendentemente el cielo estaba despejado, y estaba cubierto por las estrellas. Abrí la ventana todo lo que pude y saqué medio cuerpo fuera. Hacía frío. Miré hacia arriba, el cielo… y me invadió la melancolía. No había razón para estar triste, simplemente lo estaba. De la nada me entraron ganas de llorar. Y segundos después lágrimas se escurrían por mis ojos y mejillas.
—Pss.
Vaya, ya empezaba a alucinar y a escuchar ruidos. No le di importancia y seguía lo mío… pero nuevamente ese ruido interrumpió mis pensamientos.
—¡Pss! —escuché un poco más
fuerte. Bajé la mirada despacio, sabía lo que me esperaba. Temí encontrarme con
eso, con él. No quería… no sabía por qué. Vamos, una crisis o algo así era lo
que tenía.
Finalmente nuestros ojos se encontraron. Era inevitable. Me sonrió, y una sonrisa boba se apoderó de mi rostro. Nos miramos un largo rato. Él estaba en su ventana, apoyado en el borde. Al igual que en mi caso, no tenía la luz encendida en su habitación, por lo que sólo podía distinguir su rostro. Su perfecto rostro que tanto me gustaba. Varias veces bajé la mirada avergonzada. Pero luego la volvía a subir para encontrarme con esos ojos que estaban fijos en mí.
—¿Y qué tal con tu madre? —me preguntó. Me encogí de hombros.
—Nada…
—No te lastimó, ¿verdad? —negué con la cabeza.
—No.
—Ah… —soltó mucho aire.
—¿Y tu madre como hizo para..? —no terminé la frase, pues él ya sabía a qué me refería.
—Le dijo que te habías quedado conmigo en mi casa… y eso —se encogió de hombros. Yo le sonreí. Al parecer mi madre tenía confianza en Bill. Eso era bueno, ¿no?
—Tu madre es genial —rio un poco —me salvó de una buena paliza —yo igual solté una risa. Entonces él se puso serio. Yo dejé de reír y lo miré sonriendo. Me comencé a balancear con las manos apoyadas en la ventana, hacia adelante y hacia atrás.
—Meer —me llamó. Yo detuve mi juego y lo miré.
—¿Si?
—Tú… ¿recuerdas lo que estábamos hablando antes de que mi madre llamara?
Me tensé. Sí que lo recordaba.
—Si —asentí confusa. Él tenía una extraña expresión en su rostro… que claramente decía “Es ahora, ahora, ahora. Vamos.” Me sentí nerviosa… ahora no, ahora no, ahora no. Me dije a mi misma.
—Pues… —tomó aire y me miró con decisión —tu igual eres una excelente amiga, la mejor —solté el aire de sopetón. Sintiéndome por una lado aliviada y por otro lado triste… —Pero además de eso tu eres importante para mí. Digo, más que cómo una amiga, yo…
—Te entiendo —le corté, roja como un tomate. Temía que las palabras se me trabaran, pero me había sorprendido lo madura que había sonado —me… me pasa lo mismo —me miró sorprendido. Dudo que él pudiese ver el rubor de mis mejillas. Pero comencé a tiritar de lo nerviosa que estaba. Aún no me cabía en la cabeza lo que él había dicho… o insinuado. Necesitaba salir de allí en ese mismo instante.
—¿De… verdad? —preguntó asombrado. Lo miré a los ojos, intenté parecer calmada.
—Si —el corazón se me iba a salir por la garganta, dios. Que me iba a dar un ataque en cualquier momento —debo irme —apunte hacia adentro de la habitación y con un paso torpe me alejé de la ventana, dejándola abierta.
Una vez libre de la mirada de Bill, me di cuenta de que mis manos temblaban, estaba más que nerviosa. Estaba eufórica. Tenía unas enormes ganas de ponerme a gritar y a dar saltos por toda la habitación.
Soy una tonta, lo sé.
Me lancé a la cama e intenté relajarme.
Pero no pude pegar el ojo en toda la noche. Y para cuando los primeros rayos de sol entraban por mi ventana, logré dormirme.
Finalmente nuestros ojos se encontraron. Era inevitable. Me sonrió, y una sonrisa boba se apoderó de mi rostro. Nos miramos un largo rato. Él estaba en su ventana, apoyado en el borde. Al igual que en mi caso, no tenía la luz encendida en su habitación, por lo que sólo podía distinguir su rostro. Su perfecto rostro que tanto me gustaba. Varias veces bajé la mirada avergonzada. Pero luego la volvía a subir para encontrarme con esos ojos que estaban fijos en mí.
—¿Y qué tal con tu madre? —me preguntó. Me encogí de hombros.
—Nada…
—No te lastimó, ¿verdad? —negué con la cabeza.
—No.
—Ah… —soltó mucho aire.
—¿Y tu madre como hizo para..? —no terminé la frase, pues él ya sabía a qué me refería.
—Le dijo que te habías quedado conmigo en mi casa… y eso —se encogió de hombros. Yo le sonreí. Al parecer mi madre tenía confianza en Bill. Eso era bueno, ¿no?
—Tu madre es genial —rio un poco —me salvó de una buena paliza —yo igual solté una risa. Entonces él se puso serio. Yo dejé de reír y lo miré sonriendo. Me comencé a balancear con las manos apoyadas en la ventana, hacia adelante y hacia atrás.
—Meer —me llamó. Yo detuve mi juego y lo miré.
—¿Si?
—Tú… ¿recuerdas lo que estábamos hablando antes de que mi madre llamara?
Me tensé. Sí que lo recordaba.
—Si —asentí confusa. Él tenía una extraña expresión en su rostro… que claramente decía “Es ahora, ahora, ahora. Vamos.” Me sentí nerviosa… ahora no, ahora no, ahora no. Me dije a mi misma.
—Pues… —tomó aire y me miró con decisión —tu igual eres una excelente amiga, la mejor —solté el aire de sopetón. Sintiéndome por una lado aliviada y por otro lado triste… —Pero además de eso tu eres importante para mí. Digo, más que cómo una amiga, yo…
—Te entiendo —le corté, roja como un tomate. Temía que las palabras se me trabaran, pero me había sorprendido lo madura que había sonado —me… me pasa lo mismo —me miró sorprendido. Dudo que él pudiese ver el rubor de mis mejillas. Pero comencé a tiritar de lo nerviosa que estaba. Aún no me cabía en la cabeza lo que él había dicho… o insinuado. Necesitaba salir de allí en ese mismo instante.
—¿De… verdad? —preguntó asombrado. Lo miré a los ojos, intenté parecer calmada.
—Si —el corazón se me iba a salir por la garganta, dios. Que me iba a dar un ataque en cualquier momento —debo irme —apunte hacia adentro de la habitación y con un paso torpe me alejé de la ventana, dejándola abierta.
Una vez libre de la mirada de Bill, me di cuenta de que mis manos temblaban, estaba más que nerviosa. Estaba eufórica. Tenía unas enormes ganas de ponerme a gritar y a dar saltos por toda la habitación.
Soy una tonta, lo sé.
Me lancé a la cama e intenté relajarme.
Pero no pude pegar el ojo en toda la noche. Y para cuando los primeros rayos de sol entraban por mi ventana, logré dormirme.

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