30 enero, 2013

1000 Meere /Capítulo 18






CAPITULO 18

 

Abrí los ojos muy despacio, puesto a que una luz me cegaba. Me di cuenta de que ya era de día y que seguíamos en el coche. Miré a Bill girando la cabeza lentamente… me asusté al darme cuenta de que no estaba allí. Logré abrir bien los ojos y tras refregármelos con las manos miré por la ventanilla. Había mucho sol. No había ninguna nube en el cielo y eso era algo extraño ya que era invierno. En un principio no supe dónde estaba. Pero al recordar la noche anterior caí en la cuenta de que seguía en el mismo mirador, sólo que ahora estaba de día y se podía apreciar mejor el antiguo lugar.
Abrí la puerta del coche en un impulso. Me había dado un enorme curiosidad por salir de allí y ver cómo se veía la ciudad en el día… o bien para tomar un poco de aire, puesto a que tenía calor.
En cuanto salí del caluroso coche, una oleada de viento frío me golpeó el rostro. Me sentí fresca. Cerré la puerta y luego caminé a paso lento hacia la baranda que estaba frente a mí. Había muchos árboles, todo era muy lindo. Unas cuantas flores mal cuidadas, bancos despintados y el cemento que cubría todo lo que era suelo, estaba roto y quebradizo en algunas partes. Ustedes pensarán: un caos. Pero no… todo eso tenía un aspecto que lo volvía mágico. Me sentía como en una película.
Apoyé mis manos en la baranda de metal frío y lo acaricié despacio. Bostecé y observé el paisaje. La ciudad estaba rodeada por árboles y bosques, podía ver los edificios más grandes, las construcciones más modernas, mi barrio, donde yo vivía, la escuela a la que yo iba, el centro comercial… todo.
No me preocupaba que Bill no estuviese conmigo, él ya llegaría. Tan siquiera me podía acordar de los problemas. 
Seguí observando el hermoso paisaje durante unos minutos más. El tiempo se me había pasado muy rápido y nadie andaba por esos lugares, por lo que me encontraba sola. Pero no tenía miedo.
Me encantaba la sensación de sentir el metal de la barandilla helada en mi piel, por lo que pasaba las manos de un lado a otro por la pintura desgastada de ésta. 
Miles de coche se veían en la ciudad. Las personas a penas se distinguían, eran tan insignificantes… somos insignificantes. Insignificantes en comparación con el mundo, con el universo. Nuestros problemas eran insignificantes, nuestros sentimientos y emociones, incluso lo que hacíamos durante nuestra vida… que era un ciclo, como el de cualquier cosa viva que existe en el mundo. Todo tiene un comienzo y un fin, y nosotros también. Aunque hay que hacer lo mejor para uno mismo. Porque sino, la insignificante vida de uno, no sería nada bueno y no se podría sacar provecho de ella. Porque para ti, tu vida no es insignificante, es algo importante… aunque para el resto del mundo no lo sea. La mayoría de la gente no sabe que existes, aun así tú vives feliz. Pues, tú tampoco conoces a toda esa gente. 
Unos brazos rodeándome me sacaron del mar de pensamientos en el que me había sumergido casi sin darme cuenta. Di un salto por el susto y me giré rápidamente. Me encontré con la sonrisa más bella del mundo. Era Bill. Vi que traía unos paquetes con comida en las manos y unas bebidas. 
Me besó.
¿Estás bien?
Jamás he estado mejor le contesté. Él me sonrió.
Te traje comida… ya casi es hora de almorzar me dijo, yo solté una risita.
Hemos estado aquí mucho tiempo.
Dormilona se burló y luego me dio un fugaz beso. Nos movimos juntos hacia uno de los bancos que mejor se veía y nos sentamos en él. Bill tenía la comida en sus piernas… habían dos coca-cola’s, una bolsa de doritos, otra con galletas saladas y otra con papas fritas. Delicioso.

Al terminar de comerlo todo y dejar el suelo lleno de comida y bebida, nos volvimos a subir en el coche para regresar a casa. Había sido de lo mejor y el tiempo se nos había pasado tan rápido que ya casi eran las tres de la tarde. Bill echó a andar el coche y yo riendo, continué con juegos y bromas. Y claro, él me siguió. 
El camino de vuelta se me hizo bastante rápido. En un abrir y cerrar de ojos ya estábamos doblando a la esquina para llegar a la calle en que quedaban nuestras casa. Fue en ese momento cuando me tensé y sentí que algo no iba bien. A lo mejor mi madre se había dado cuenta, lo más probable era que sí. El corazón me empezó a andar rápido y me costaba hacer entrar aire a mis pulmones. Las manos me comenzaron a temblar. Respiré profundo un par de veces y Bill ya había detenido el coche. Miré hacia afuera, por lo menos no se veía nada extraño… sólo un coche frente a mi casa, el coche del novio de mi madre. Me tranquilicé un poco.
Ya llegamos anunció Bill sonriendo.
No quiero volver a casa me quejé.
Debes volver a casa… si quieres más tarde podemos volver a salir le sonreí. 
abrimos la puerta al mismo tiempo y cada uno salió por su lado. Seguidamente nos juntamos y nos dimos un fuerte abrazo. Yo me concentré en sentirlo, en aprovechar ese momento. Lo miré hacia arriba y él me besó.
Te amo.
Yo más le contesté. Me dio otro suave beso y luego hizo el intento de separarse de mí. Pero yo lo retuve más tiempo pegado a mi cuerpo.
Y en el momento en que giraba la cabeza hacia la casa de Bill, para poder apoyarla de mejor manera en su pecho vi a mi madre viniendo hacia nosotros, con Simone tras ella… y Tom parado en la puerta con expresión horrorizada.
A mi madre parecía salirle fuego por los ojos.
Me separé de Bill en un acto reflejo. Lo miré, él tenía la vista fija en Tom. Tom estaba de nuestro lado, seguro no lo había podido evitar. Mi madre… ella estaba como una loca. Una verdadera loca. Su cara estaba roja por la rabia y su aspecto no era del todo agradable. Su cara estaba desencajada. Demasiado enojada, jamás la había visto así. Simone, la madre de Bill, no tenía expresión en el rostro. Sólo caminaba hacia nosotros, no tan decidida como lo hacía mi madre. Vi como Tom se movía y daba un paso mientras observaba la situación, luego volvió sus ojos hacia su gemelo. 
El corazón se me detuvo y me quedé de piedra. Mi respiración se había vuelto lenta y costosa, algo me oprimía el pecho ¿y ahora qué haría mi madre?
Cuando ya estuvo lo suficientemente cerca de mí, me golpeó la cara con la mano con tal fuerza que se escuchó por toda la calle.

—¡Te lo advertí, te dije que no quería verte con él! —me gritó. Yo giré la cabeza tan rápido que me llegó a doler un poco. Miré a Bill y este me miraba a mí, sin comprender nada. Creo que a él tampoco le funcionaba el cuerpo ya que ni siquiera movió un dedo al escuchar el grito de mi madre. Simone se había quedado de pie unos pasos más atrás y Tom ya se había puesto a su lado.

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