27 diciembre, 2012

1000 Meere /Capítulo 6





                                     CAPITULO 6

Al día siguiente me desperté atrasada, como siempre… se me había olvidado poner el despertador y por suerte no había pasado de largo.
Me levanté de un salto, sentí un escalofrío al tocar el frío suelo, pero no tenía tiempo para quejarme, ni mucho menos tirarme a la cama de nuevo. Por lo que me puse en puntillas y corrí al armario.
De allí saqué lo primero que encontré y me lo puse lo más rápido que pude.
Me arreglé un poco el cabello sin siquiera mojármelo y salí de casa rápidamente. No había tenido tiempo de nada… ni siquiera de arreglar la mochila con lo que me tocaba hoy, llevaba los libros de ayer…
Corrí a tomar el bus que ya estaba en la parada, por suerte el conductor me vio haciendo señas con las manos y no se fue sin mí.
Me subí y me senté, resoplando cansada.
Llegué a clases a la hora normal. Cinco minutos antes de entrar. Me acerqué a mi asiento, y me senté lanzando mi mochila a un lado. Eddy, mi mejor amigo… así era como yo le llamaba cariñosamente, estaba allí sentado. Me sonrió y yo le devolví la sonrisa.
Eddy era rubio. Un poco más alto que yo y delgado. Sus ojos eran casi negros y tenía unas bonitas facciones… para las otras chicas. Yo siempre lo había visto igual. Y es que uno se termina acostumbrado de la cara de las personas cercanas. Por más bello u horrible que sea. Entonces para mí Eddy no era ni lindo, ni feo. Simplemente era Eddy.
Comenzamos a conversar sobre él y porque había faltado el día de ayer. Aunque me parecía un poco extraño que él no quitara su vista de mí.
Las clases pasaron bastante lentas y muy sufribles. En todas me llamaron la atención. Eddy me hablaba y me hablaba... y como yo tenía la nubecita negra de la mala suerte encima de mi cabeza, siempre me pillaban cuando yo le contestaba sus estúpidas preguntas.
Sinceramente, el día hubiese sido mejor de no haber sido por lo incómoda que me sentía estando con él. Ese día había estado diferente. Pero vamos… que yo lo quería mucho y lo aguanté.
En toda la clase de matemáticas no pude dejar de pensar en cierta persona mayor que yo. No puse atención en nada más que no fuese su rostro que se repetía una y otra vez en mi mente. Era algo ridículo, lo se… pero no lo podía controlar. Además tenía sueño y esa era la última clase del día.
A la hora de salida, como siempre me fui con Eddy a casa. Este ya no conversaba tanto, si no que me miraba  y miraba y no dejaba de hacerlo.
Ya deja de mirarme le espeté medio en broma… aunque tenía la esperanza de que se diera cuenta de que hacía el ridículo y me dejara de mirar. Pero no… el respondió encogiéndose de hombros y sonriendo como un bobo.
Yo siempre te miro. Somos amigos, ¿no?
Si —arrastré las palabras pero me estas incomodando.
Tu igual me miras siempre, tonta.
Claro que no reí un poco. En realidad intentaba recordar alguna vez en que yo lo hubiese mirado de esa manera… pero no se me venía ninguna a la cabeza.
¿Y si él…? No ¡Quizás él había mal interpretado mis miradas y mis gestos! Pero eso no podía ser... éramos amigos y él lo sabía. Además yo no sentía nada por él, quizás era mentira y yo lo malinterpretaba todo. A lo mejor lo hacía para joderme con una broma. ¡Vamos! Que nadie se puede enamorar de mí. Reí en mi interior y me sentí tonta.
Claro que si enredé mis dedos en los tirantes de mi mochila, cada vez más nerviosa. Tenía unas ganas de salir corriendo y encerrarme en mi casa, dejándolo a él afuera. Jamás me había sentido tan incómoda estando con mi mejor amigo, por suerte estábamos a tres casas de llegar.
Dios, era una paranoica. A lo mejor pensaba cosas que no eran ciertas.
Que no le di un golpe con el puño en el brazo. Eso a él le molestaba. Se llevó la mano a la zona golpeada. Yo sonreí triunfante.
¡No me lo vas a negar! solté una risita traviesa a ver, espera puso una mano frente a mí. Yo me detuve y él me volteó para que lo mirar yo… tengo algo que decirte.
No lo creo, Eddy reí nerviosa y luego comencé a caminar. Ya estaba que llegaba cuando Eddy me cogió de brazo y me dio la vuelta. Lo miré. Este agachó la cabeza y deslizó su mano hasta quedar entrelazada con la mía. ¿Cómo no lo había visto venir? Seguro que ayer él había pensado en algo. Ay, dios… ¿por qué no me había fijado antes? Un gran error.
Puse la cara de haber chupado un limón.
Meer, yo… de verdad que… realmente me parecía que él estaba en aprietos.
Mira, no es necesario que me digas na... no alcancé a terminar. Sentí como él me cogía la cara y se me acercaba muy rápido y tan bruscamente....
… que en el momento que yo pensé que nuestro labios se juntarían asquerosamente, su nariz chocó contra la mía produciéndome un gran dolor. Me eché hacia atrás y lo empujé.
Me llevé una mano a la nariz y miré hacia otro lado intentando que las lágrimas no se me escaparan… y es que cuando te pegas en la nariz…
¡Ay!
De pronto sentí una risa proveniente de algún lugar. Miré a Eddy, pero este ya iba unos metros más adelante, Corriendo…
Pobre.
… pero entonces ¿quién?
Me di la vuelta hacia atrás pero no había nada. Luego giré sobre mi misma mirando a todas partes… pero nada. Genial. Alguien se había reído de mí y mi asqueroso “beso”. Por cierto… yo nunca había besado un chico, y se me hacía bastante extraño. 
Acomodé la mochila en mi espalda sacando la mano de mi nariz. Aún me seguía doliendo, pero ya se me pasaría en casa al ponerme hielo.
Saqué la llave de mi mochila. Sí, me había acordado. Y abrí la puerta lo más rápido que pude… no fuese a ser que esa persona que se había reído me siguiera observando y que luego además de pensar que yo era una mala besadora choca-narices, pensara también era una torpe que no sabía abrir la puerta de su propia casa. 
Pasé dentro y la cerré. Lancé la mochila sobre uno de los sillones y me dirigí a la cocina. 
Hice lo mismo que Bill había hecho el día anterior. Coger los hielos y ponerlos en una bolsa… salí de la cocina con la bolsa en la nariz. Sí, me quejaba de más… pero vamos que me había dolido. 
Me senté en el sillón, tirando la mochila al piso porque me molestaba y cerré los ojos. 
No supe cuento tiempo estuve dormida. 
Pero soñé.

El viento me pegaba en el rostro. Era un viento frío que revolvía mi cabello, haciendo que este se pegase contra mis ojos y no me dejase ver. Pero pude darme cuenta de que estaba en una playa. Era de noche. Pero no estaba oscuro. El cielo estaba repleto de estrellas que iluminaban todo el lugar como si fuesen soles… 
Me fui adentrando en el agua. Moviendo mis pies con un poco de torpeza. 
De pronto, además de mis pasos, pude sentir otros a mi lado.
Intenté girar la cabeza, pero no pude hacerlo. El viento me llevaba hacia adelante al igual que la marea… y no tenía otra opción que seguir ese camino. Por más que lo intentara no podía ver a ese alguien, y por más que intentase andar en esa dirección para acercarme, no podía hacerlo. 
Estiré una mano. Estas se rozaron provocándome un escalofrío. Estaba tibia. Mucho más caliente que el viento.
Nuestras manos se separaron. No había estado juntas ni medio segundo… 
Ahora sentía frío.
Intente tocar esa mano nuevamente, pero no podía. Se me hacía imposible. Un esfuerzo sobre humano… 

Sentí un portazo resonar por todo el salón. Di un bote y me desperté. El sueño había estado entretenido, si… muy interesante. 
Seguro había llegado mamá. Recogí la bolsa de hielo ya convertido en agua que estaba botada en el suelo y luego cogí mi mochila. Eché la bolsita dentro de esta... seguro que mi madre me retaba o me decía algo por haberla sacado… ella era así.
Luego me levanté del sillón y caminé a la cocina. Donde ella había entrado sin siquiera darse cuenta de mi presencia. 
—Hola, má —la saludé con una sonrisa.
—Hola —dijo ella con la boca llena de leche. Esperen… ¿leche? ¿No debería estar bebiendo algo así como alcohol, vino o cerveza? 
—¿Qué haces? —ella cerró la cajita y la metió en el refrigerador mientras tragaba costosamente. Una vez lo hizo me cogió de los hombros… pero no se notaba enojada.
—Hija, voy a salir con mi novio ¿sí? —¿cuál de todos? pregunté en mi mente. 
—Ya…
—Volveré cerca de las doce, no me esperes despierta. Te quiero, cariño —acercó su boca a mi frente y depositó un beso —¡adiós! —me dijo con una sonrisa. Yo alcé una ceja, imitando a Bill. Y cuando ella ya había abandonado la casa me limpié el beso con la mano, con algo... o más bien mucha repulsión. Esos labios quizás que cosas habían tocado. Me estremecí.
… qué mente la mía. 
Salí de la cocina y cogí mi mochila. Luego subí a mi habitación a paso rápido. 
Llegué allí, cerré la puerta y encendí la TV. Luego abrí un poco más la cortina que estaba a medio cerrar y le eché una vista a la casa vecina. Pero no había señales de vida en esa habitación. Por lo que cogí mi pijama mega-calentito de polar color blanco y me lo fui a poner al baño.
No negaré que me veía muy graciosa con mi pijama, pero me gustaba. 
Salí del baño. Me sentía limpia y fresca… me gustaba esa sensación después de cada baño “relajante” que podía tener cuando mi madre no estaba en casa.
Volví a la habitación. La TV seguía encendida. Le eché otra mirada fugas a la ventana de Bill. Y justo en ese momento la luz se encendió. Me acerqué a la ventana y la abrí.
Luego cogí un lápiz que estaba en el escritorio… por cierto, el escritorio estaba al lado de la ventana. 
Le saqué la tapa y tiré el lápiz dentro de la habitación.
Luego alcé el otro brazo e intentando tener esa buena puntería que jamás había tenido, lancé la tapa. 
Bill lo había hecho la noche anterior y yo lo hacía esta noche. 
Le había dado al vidrio. ¿Y quién no le daría? Estaba muy cerca.
Esperé unos segundos para que se asomara. Pude ver una sombra a contra luz moverse del otro lado de la cortina… cada vez se acercaba más y se veía más nítida. Ni siquiera tuve tiempo de ponerme nerviosa, ya que en menos de medio segundo él abrió la cortina y me miró entre sorprendido y sonriendo. Yo le hice señas con una mano para que abriese la ventana y así lo hizo.
—Hola —dijo al abrirla mientras me sonreía. Yo le devolví la sonrisa.
—Hola ¿Qué tal? —se apresuró en decir. Lo agradecí, puesto a que yo no sabía que decirle… sólo había tocado a su ventana para verlo y hablar un poco con él, pero sin saber de qué. Me encogí de hombros.
—Te veo feliz  —dije simplemente con una media sonrisa. Él sonrió más ampliamente —¿Qué? —pregunté divertida. 
—Adivina. 
—Emm… —que misterioso. Reí en mi interior, era tan lindo —¿cómo quieres que yo lo sepa?
—No lo sé —se encogió de hombros —pero vamos, haz un intento —me animó. Yo puse cara de estar pensando mucho. Mientras miraba hacia el cielo. Entrecerré los ojos para parecer más concentrada… en realidad estaba dejando pasar un rato para que él me lo dijera. Recorrí los recovecos de la parte baja de la ventana con mis dedos y luego suspiré rendida. 
—No se me ocurre nada —hice un falso puchero. Bill rió.
—Me he comprado un coche —al principio no pude reaccionar. Tuve que repetir la frase en mi mente para poder entenderla bien. Un coche. Eso era genial. Realmente estaba alucinada. 
—¿Un coche? —abrí los ojos como platos… lo repetí para asegurarme de que no era una broma. 
—Sí. Está hermoso. —entreabrí la boca y dejé pasar un quejido de “por favor” para seguidamente juntar las manos y decir en broma:
—¿Me llevas a dar un paseo en tu coche nuevo?
—Claro —volví a mi posición rápidamente. No creía que iba a aceptar —¿quieres ir ahora?
—¿A...hora? 
—Sí, tu madre no está —dijo sonriendo —damos una vuelta por la ciudad y en media hora estamos aquí. ¿Qué dices?
—Pues… 
—Vamos, que tú me lo pedías —me sonrió. En ese momento sentí euforia. Si iría y no me lo pensaría dos veces.
—Estoy en pijama. Me cambiaré —dije rápidamente. Luego me di la vuelta y entré en la habitación.
—¡Te esperaré abajo! —me gritó desde su habitación.
Cogí un pantalón negro ajustado y una camiseta manga larga del mismo color. Me los puse rápidamente y luego me calcé las zapatillas negras rotas. No estaban tan mal… me até el cabello en una coleta alta desarreglada y cogí mi viejo móvil. Me lo eché al bolsillo trasero del pantalón y salí corriendo de la habitación. En el salón cogí las llaves que estaban sobre una mesilla, no me quería quedar afuera… y luego me acerqué a la puerta.
Sentí mi corazón en la cabeza. Pero no me detendría a pensar que hacer. Porque sería mucho peor. Puse la mano en el pomo y lo giré para abrir la puerta.
Salí fuera y la cerré. Luego le puse llave, para estar más segura de que no le pasaría nada a la casa mientras me ausentara. 
Caminé un poco por el caminillo que había entre la hierba verde y bien arreglada de mi patio delantero y giré a un lado para acercarme a Bill. 
Mi boca se abrió hasta el suelo al ver el coche. Yo no era experta en eso, ni mucho menos. No tenía ni la menor idea de que marca era... pero lo que si sabía y podía apreciar me tenía alucinada. El coche más bonito que había visto en mi vida... muy moderno y vamos, perfecto. 
Me acerqué al auto y acaricie el capot con una mano. La pintura estaba perfecta. Realmente, estaba alucinada. Que coche más bonito… dios. 
De pronto sentí posarse una mano en cada uno de mis hombros.
—¿Te gusta? —asentí aún sin poder decir una palabra —vamos, sube —me dio unos golpecitos en el hombro. Yo me di la vuelta y asentí sonriendo.
Rodeé el auto y me subí. Cerré la puerta con mucho cuidado.
Dentro del coche olía tan bien.
Bill cerró la puerta un poco más fuerte que yo y luego echó a andar el coche. Créanme que me enamoré del sonido del motor. Era extremadamente suave…
Acaricié la tapicería del asiento con la mano…
—Eres la primera persona que se sube en mi coche… son contar conmigo, claro — o sea… yo tenía el privilegio de… ¡wow! Y es que estaba cada vez más ilusionada. 
—¿De verdad? 
—¿A caso me ves cara de mentiroso?
No, no. Claro que no.
Reí orgullosa y me acomodé en el asiento.

17 diciembre, 2012

Regreso.

Hola :) Por fiiiin estoy libre. Y aunque no estoy segura de si queda alguien por aquí me paso a preguntar si hay algún interesado en que termine de subir las fics al blog. Porque no voy a seguir haciendo nuevas fics pero estas las puedo terminar.
Besos. <3

17 julio, 2012

1000 Meere /Capítulo 5





CAPITULO 5

La puerta se abrió de golpe. Di un bote en la cama mientras apartaba mis ojos de los suyos y él quitó el hielo de mi cabeza, mirando tras de mí, donde estaba la puerta. 
Uy que ya te echaste otra novia, Bill escuché una voz burlona. Me di la vuelta… allí estaba Tom. Sonreía, pero al verme creo que se impactó. Cambió la sonrisa pícara al instante oh… Mee dijo en modo de saludo.
Hola.
Tom, vete de aquí escuché decir a Bill molesto tras de mí. Ninguno de los dos se había movido.
Sólo venía a avisar que la comida está lista —se encogió de hombros.
¿Cuándo llegaste? le preguntó Bill.
Hace unos minutos. No sabía que estabas con… me echó una mirada fugaz y luego volvió a mirar a su hermano Meer nuevamente, sentí esa especie de conexión. Como la que anteriormente había sentido entre él y su madre, sólo que esta vez había sido con Tom. Pero este, lo miraba acusadoramente… y ahora que lo recuerdo bien, en los ojos de Simone también había visto algo de reproche.
Su madre no está en casa, no la podía dejar en la calle —se excusó. No le encontré la lógica, pero no le di vueltas. Había quedado muy impresionada por lo que había sentido antes de que Tom apareciera y no estaba en mis mejores momentos que digamos. Por la noche, antes de dormir, meditaría sobre el tema.
Amm… Ok. ¿Bajan? apuntó atrás de él con el dedo índice. Yo asentí y sonreí para luego levantarme. Bill me siguió y esperé a que él pasara delante de mí para seguirlo.
-
Vamos dijo al pasar a mi lado. Tom ya se había ido…
Asentí con la cabeza y lo seguí en silencio. Él parecía algo enojado, mosqueado, o más bien confundido. Estaba algo lento, eso también lo debo decir... ya que nos demoramos bastante en bajar.
Una vez abajo Simone nos recibió con una sonrisa. Tom ya tenía frente a él un plato lleno de comida, la cual la engullía como un animal. Rogué en mi interior que Bill no comiera igual que él.
Nos sentamos, Bill se sentó a mi lado frente a Tom y supuse que Simone se sentaría frente a mí.
Miré como ella servía una plato de comida y me lo daba.
¿Y yo? preguntó Bill. Enojándose falsamente.
Tú después, sé caballero le reclamó su madre con un tono de voz burlón, como si se estuviese riendo de él. Bill bufó y Tom se rió.
No querrás que tu visita piense mal de ti… dijo su hermano insinuantemente. Bill puso los ojos en blanco y dando un golpecito en la mesa con el tenedor le dijo:
Cierra la boca, Tom.
A ver esos modales, chicos reclamó su madre. Yo realmente estaba confundida... más que confundida. Miré a ambos gemelos que se asesinaban con la mirada. Luego cogí la cuchara y me la metí a la boca.
Me sentí muy extraña mientras comía. Como su ellos tuviesen su propia burbuja. Como si hablaran con la mirada. Lo raro era que todas las miradas iban hacia a Bill. Como culpándolo de un delito de asesinato o algo parecido. Él simplemente se paseaba de los ojos de su madre, a los de su hermano y luego a su plato. A mí no me dirigió la mirada. Bueno, sólo una vez para preguntarme caso quería otra servilleta. Puesto a que de lo nerviosa que estaba, me la había llevado a la boca y la había hecho muño con la mano, hasta quedar inservible.
Nadie habló. Todo era silencio y sólo se escuchaba la lluvia. Al parecer no había tema de conversación. O quizás ellos no solían hablar mientras comían. Eso me llamó un poco la atención. Si yo hubiese tenido una familia “más grande”. O con un integrante más, hubiese conversado con ellos… pero como solo estaba mi madre, y ella casi nunca estaba en casa comía sola.
Bleh, no importa.
Acabé de comer al final. Simone me había servido un plato inmenso y sentía que estaba llena hasta el cuello. Ella se levantó, dejando “libre” al pobre de Bill que se veía algo triste. Y luego cogió todos los platos. Tom ya se había ido a su habitación hacía unos pocos minutos.
- Tu ropa está lista. Ya la sequé, está en la sala sobre el sillón. – Me informó dulcemente. Yo asentí con la cabeza y luego miré a Bill, esperando que me dijese algo… vamos, que yo no podía salir así como así de la cocina e irme a cambiar como si fuese mi casa.
¿Vamos? —habló al ver que yo no decía nada.
Si me levanté de la silla gracias, Simone le sonreí estuvo todo muy delicioso dejé la silla bien acomodada y seguí a Bill hasta la puerta. Simone, con las manos llenas de espuma, puesto a que lavaba los platos, no despegó su mirada de nosotros hasta que salimos de allí.
Emm… cámbiate. Yo veré si llegó tu mamá me dio la ropa perfectamente doblada y me sonrió.
Si vaya… realmente no tenía más palabras. Cogí la ropa y me dirigí al baño.

Salí de allí ya lista, con mi ropa puesta y bien arreglada. Bill estaba apoyado en la pared frente al baño. Cogió su ropa y me miró, nuevamente, sonriendo.
Tu madre ya llegó.
Vale
¿Te acompaño?
Si. me encogí de hombros. Caminamos hasta llegar a la puerta, yo la abrí y luego puse un pié fuera.
Oye, siento lo de la cena…
¿Por qué? Estuvo genial dije con una sonrisa.
Que no soy tonto, me di cuenta de que estabas incómoda. ¿Y este chico en vez de oídos tenía ojos? Porque no había manera de que lo supiese... a no ser que me hubiese estado mirando todo el tiempo cuando yo miraba mi plato…
No importa reí un poco para quitarle peso al asunto.
De pronto sentimos un estrepitoso ruido proveniente de la cocina. Algo se había caído y se había roto en pedacitos. Bill miró hacia allí y luego volvió a mirarme.
Bueno… hasta otro día —me sonrió. Se acercó a mí y me dio un beso en la mejilla.
Sí. Gracias me puse en puntillas para alcanzarlo. Enseguida me di la vuelta y caminé hacia mi casa. No sentí que Bill cerrase la puerta hasta que entré. Mi madre no estaba por ningún lado o al menos no la vi mientras caminaba a mi habitación.
Al llegar me lancé directo a la cama, boca abajo.
Estaba agotada… hoy, definitivamente, había sido un día muy, pero muy extraño.

No supe de mi madre en todo el resto de la tarde. Era como si yo no le importara… pero ese era otro cuento.
Yo me concentraba en lo ocurrido hacía unas cuantas horas, en la casa vecina, justamente en la habitación que quedaba frente a la mía donde Bill seguramente dormía. 
Me acomodé de mejor manera en la cama, para quedar en un posición más cómoda. No podía cerrar los ojos. Ese día tenía miedo... y no sabía el porqué. Sólo podía ver la luz de la luna que se calaba por los agujeritos de la cortina. 
Suspiré y apreté las sábanas contra mi pecho. Podía sentir mi corazón latiendo salvajemente allí dentro… tan fuerte, que me hacía daño. 
No podía dejar de pensar en ese “chico” que por cierto ya estaba muy crecidito. 
No tenía lógica, estaba en contra de todo sentido. Yo era una “niñita” y él ya era mayor de edad, para colmo se pasaba por un año. 
Bueno… cinco no era tanto.
¿Pero qué digo? yo ni siquiera tenía una oportunidad con él. No había probabilidades. Y eso me hacía sentir frustrada… pero a la vez aliviada.
Mi cabeza sabía que era lo que me estaba ocurriendo. Y yo no quería que es ocurriese, no quería que eso me ocurriese pues nunca antes me había pasado y sinceramente, no me gustaba. A demás… no había sido como yo esperaba. 
Y es que él tenía DIECINUEVE. ¿Ven la diferencia? Yo tenía CATORCE. 
Vale, si sé, es mucho… y sí, estoy mal de la cabeza y todo esto.
Pero créanme que yo no lo elegí.
A parte… lo conocía desde hacía dos días. Es decir, antes igual lo conocía pero no había hablado con él.
Sentimientos tontos, que “ya se me pasarían”. 
De pronto sentí un ruido en la ventana que me sacó de mis pensamientos. Me alarmé y me quedé en silencio para ver si sonaba nuevamente… y así fue. Cinco segundos más tarde un segundo ruidito traspasó mis oídos. 
Me levanté de la cama rápidamente y me acerqué igual de rápido a la ventana.
¿Y si era un ladrón?
La mano que acercaba a la cortina temblaba. Intenté controlarla y en un momento de “yo puedo” la abrí de golpe.
¿Y con qué me encontré?
Pues sí, con él. Ahora no era necesario pensar, pues ya lo tenía en frente y podía verlo todo lo que quisiera. 
Achiqué los ojos, la luz del farol que quedaba a unos metros me segaba, aunque fuese muy tenue. 
Abrí la ventana, ya que él igual la tenía abierta y lo saludé.
—Hola. 
—Hallo —me contestó. Me sonrió y yo le devolví la sonrisa.
Nadie dijo nada. 
Simplemente yo lo miraba y él me miraba a mí. Se veía mucho más guapo en la oscuridad.
…Y nuevamente pensando esas cosas. Luché por quitarme esa idea de la cabeza, pero volvía y volvía una y otra vez, como un boomerang o algo así.
—Se te quedó tu… 
—Mochila —terminé la frase al recordar que no la había traído de vuelta a casa. Le sonreí más abiertamente —¿Le lanzaste algo a mi ventana? —pregunté hablando bajito mientras él se agachaba un lado y recogía mi mochila. Hasta se había dado el trabajo de llevarla a su habitación… aw.
¡Ya basta!.
—Si —rió bajito —la tapa de un lápiz —yo igual reí y él me lanzó la mochila.
—Gracias. 
—De nada —me sonrió —la dejé dentro de la habitación y luego volví a la ventana… me apoyé en el marco y lo miré largo rato sin decir nada.
Él tampoco dijo nada. 
Era extraño porque yo no sentía ni pizca de vergüenza… de haber sido otra ocasión hubiese estado roja.
De pronto sentí unos pasos subiendo la escalera. 
Mamá. 
—Nos vemos —dije rápidamente para luego cerrar la ventana sin hacer ningún ruido.
Me lancé a la cama rápidamente pero en silencio y cerré los ojos justo en el momento en que mi madre abrió la puerta de la habitación.
Respiré profundo para que mi sueño pareciera más real.
Esperé y esperé quieta en el lugar… Hasta que sentí como la puerta se cerraba y los pasos se alejaban.

1000 Meere /Capítulo 4





CAPITULO 4

—Pues... es mejor que te vayas a cambiar. No vaya a ser que te enfermes o algo así. Yo te prepararé algo caliente —entrecerré los ojos. ¿Me estaba ocultando algo? Vale, sí, eso era seguro. Pero a ver que quizás tenía unos veinticinco y yo ni cuenta me había dado. Ok, ok, estaba exagerando pero… 
—Pero…
—¡Vamos! —me apresuró mientras daba unas palmadas —mientras más rápido, mejor —dijo sonriente. Abrí la boca y fui a decir algo… pero no. Era mejor no meterme. Luego le preguntaba. Me di la vuelta nuevamente y me dirigí al baño.
Entré allí, cerré la puerta y me miré en el espejo. Estaba horrible. Resoplé y me puse a estirar el muño de ropa que Bill me había dado. Si tenía suerte, me quedaría bien. Era una camiseta negra con un estampado en rojo, muy bonita… junto con unos jeans un poco pequeños para él. Los habría tenido guardados de cuando era bajito. Bueno, no bajito… igualmente serían grandes para mí.
Me quité la ropa húmeda como pude, ya que esta se pegaba a mi cuerpo y la tiré al suelo. Seguidamente me puse la camiseta y el jeans. La camiseta estaba bien, un poco grande… pero mucho mejor que el pantalón. Se me caía y me servía también de calcetines. 
Me acomodé el cabello y lo estrujé un poco para que tardara menos en secarse.
Volví a abrir la puerta y salí de allí con otro muño de ropa. Pero esta vez era ropa mojada en vez de seca. 
Me dirigí a la cocina, dónde supuse que él estaría.
Caminé más lento al darme cuenta de que a tres pasos llegaría ¿Y si él se reía de mi? y es que realmente me veía realmente ridícula. Parecía una “mini Tom”, aunque a Tom le quedaba mucho mejor la ropa ancha que a mí. Quizás debía volver y cambiarme por la ropa mojada... y luego irme de aquí.
Pero ya había atravesado la puerta… ese plan ya no servía. A demás Bill me estaba mirando; tenía una taza en una mano, y de la otra sostenía una cuchara. Estaba sonriéndome. Sinceramente, se veía hermoso. Aunque no debía pensar eso… sería ilógico, irracional y muy estúpido de mi parte. 
—¿Donde dejo esto? —le pregunté para que dejase de mirarme y sonreírme de esa manera, me estaba poniendo nerviosa. Él pareció salir de una especie de trance y luego, aún con la sonrisa en la cara, me dijo:
—Dámela —señaló la ropa. Yo se la tendí y él se acercó a mí para coger el muño —está mojado —puse los ojos en blanco mientras él parecía reírse de su propio chiste —puedes sentarte —miré la silla que estaba a mi lado, y de la mesa, claro... me senté sobre una pierna y vi como Bill desaparecía por una puerta que no era la de la entrada. Supuse que allí se encontraría la lavadora, secadora y esas cosas. ¿A caso pensaba lavarla? ¿No la iba a era en una bolsa o algo así?
—¿La lavarás?
—Si—escuché como le daba a un botón
—Pero Bill, yo puedo lavarla en mi casa —dije rápidamente.
—Demasiado tarde —me sonrió travieso mientras volvía a entrar  en la cocina —ahora… —se acercó a un mueble donde reposaba una taza color crema la cogió —toma esto —me la dio… yo alargué las manos para cogerla, estaba caliente —supongo que te gusta el chocolate.
—Sí. 
—No hay chica a la que no le guste —Bufó. Yo alcé una ceja mientras dejaba rápidamente la taza sobre la mesa, ya que me estaba quemando las manos —¡Auu! 
—¡Oh! lo siento, ¿te dolió mucho? —hizo ademán de acercarse.
—No, no pasa nada. Es sólo que… exageré un poco, ya sabes. 
—Ah —dijo simplemente. Fingiendo estar tragándose mi cuento. En todo caso una quemadura no era importante. Cogí la taza y le di un sorbo, me quemé la lengua… pero no me quejé. 
Bill dio un paso hasta sentarse en la silla que estaba frente a mí. 
—¿Cómo está? —preguntó refiriéndose al chocolate caliente que estaba entre mis manos. 
—Delicioso, ¿quieres? —le ofrecí. Él negó con la cabeza.
—No me gusta. 
—¿De verdad? —asintió. Yo me eché a reír… de él.
—¿Cómo no te va a gustar el chocolate? ¿Estás mal de la cabeza o finges estarlo? —lo señalé con el dedo. El con un movimiento rápido bajó mi dedo, dejándolo casi muerto sobre la mesa... apastado con su mano. 
—Estoy mal de la cabeza, eso es seguro —dijo serio —¡Pero el chocolate es la peor cosa del mundo!
—¡Claro que no! —intenté quitar mi dedo de allí, pero fue imposible. 
—Eres una niñita debilucha —rió malicioso.
—Con ropa grande... —añadí. Bill se echo a reír.
—¡Tenemos al nuevo Tom!
—Oh, si, claro —dije irónica —¡Aquí tenemos al estúpido del año! 
—No te ha salido. 
—Sí, no me ha salido… —le di la razón. Yo era pésima con este tipo de cosas.
—Y… dime, ¿cómo te fue hoy en la escuela? —dijo medio riendo. Sabía que buscaba algún tema de conversación. Pero ese no me agradaba para nada. 
—Como siempre ¡Pff! —me recosté en la silla y me acerqué la taza a la boca para seguidamente darle un sorbo, ya iba por la mitad. El asintió y me siguió mirando. Era como si estuviese examinando cada parte de mi cuerpo con la mirada, hasta el más mínimo detalle... no me hubiese sorprendido al escuchar algo como “tienes una pelusa allí” o “tienes un lunar bajo la ceja”. Me sentí incómoda, muy incómoda.
No dejé que él me mirase a los ojos. Yo era débil, muy débil... o al menos así era como me consideraba. No podía sostenerle la mirada a una persona por las de dos segundos. Carraspeé un poco y luego le di otro sorbo a la taza. Bill me seguía mirando y la situación, al menos para mí, iba empeorando cada vez más. Decidí meterlo en aprietos a él también… sabía que no quería decírmelo, por alguna razón. Pero, con tal de que dejase de mirarme…
A demás ser una chica educada no era una de mis cualidades.
—¿Cuántos me dijiste que tenías? —alcé una ceja.
—¿Cuantos qué? 
—Años, querido, años. —suspiré y bebí un poco más. Dejé la taza sobre la mesa.
Bill aún no me había contestado. Lo miré. Tenía las manos entrelazadas y se mordía los labios… tenía los ojos puestos en otra parte y parecía estar pensando. ¡Como si tuviera que pensar mucho para contestar eso! vamos, que no creo que se le hubiese olvidado y estuviera contando los años que habían pasado desde su nacimiento.
—Diecinueve —me contestó. Él me miró, yo lo miré... y nos miramos. 
—Eres un anciano —dije en broma entrecerrando los ojos. 
—Lo sé —soltó una risita —¿Ya terminaste? —apuntó mi taza. Cambiando de tema... lo sabía. Y yo que creía que las mujeres eran las extrañas, que no querían decir su edad.
—Si —dije en el momento que me acercaba la taza a la boca y le daba el último sorbo. Luego le di la taza y él se levantó de la silla para lavarla.
—Y... ¿Qué quieres hacer? —dijo una vez había terminado de lavarla. Yo respondí con un encogimiento de hombros. —¿A qué hora llega tu madre? —no respondí. No lo sabía. Siempre llegaba a horas diferentes... o a veces no llegaba si no hasta el otro día y luego me explicaba que tenía mucho trabajo y ese tipo de cosas que yo sabía que eran mentiras, sabía que ella andaba con alguno de sus novios. Para mí no era agradable que ella tuviese novios, no me gustaba. Y más si eran “novios” ¿A caso no se conformaba con uno sólo? Y es que yo me había enterado de la peor manera de que mi madre era por así decirlo… una “puta”. Nos es para nada bonito que las chicas más populares del instituto te lo griten a la cara en medio de uno de los pasillos más transitados del lugar. 
Me estremecí al recordarlo y bajé la cabeza.
—No lo sabes —dijo más como una afirmación que como una pregunta —son las siete —supuse que había visto la hora en el reloj de pared que tenía en la pared de enfrente, atrás de mi —podríamos... ver la TV. Mi madre no se tarda en llegar y nos podría cocinar algo bueno —alcé la vista, me estaba sonriendo. No pude evitar que en mis labios se formara una mueca perecida. 
—¿Qué hay de bueno a esta hora? —pregunté refiriéndome a los programas de televisión mientras me bajaba de la silla y caminaba junto a Bill hacia su salón… igual que él mío, pero mil veces mejor. 
—Pues… no lo sé —se encogió de hombros —siéntate —se lanzó sobre el sillón y yo me senté a su lado. Lo vi buscando algo con la mirada.
—¡Aquí está! —solté al encontrarlo. Lo cogí y se lo di a Bill. Él me sonrió y se recostó en el sillón, para luego encender la TV y comenzar a pasar los canales. 
—Cuando quieras que me detenga, me avisas. 
—¡Ya! —grité al instante. El dejó de presionar el botón y me miró extraño.
—¿Te gusta ver esa clase de películas? Digo, como eres chica y, vamos, eres pequeña y…
—Lo decía por ti, tonto. Tú debes de ver esas cosas —sentí como me ruborizaba un poco. Le había dicho que parase sólo para molestarlo y todo había salido mal. Justo se había detenido en una escena no apta para menores. 
Billl alzó una ceja. Podía ver que estaba conteniendo una carcajada. Me sentí ridícula. ¡Claro! habría sido mucho mejor echarme a reír que dar una tonta disculpa de “tú debes de ver esas cosas”. Dios, que estúpida. Sentí como mis mejillas casi explotaban de lo rojas que debían estar y no sabía dónde meterme. Pero Bill me seguía mirándome, haciendo que me encontrara mucho más incómoda.
Miré hacia otro lado, no la TV, eso estaba claro y luego murmuré entre dientes:
—¿No la vas a cambiar?
—Creí que tú querías ver eso —dijo con tono inocente. Yo puse los ojos en blanco, obviamente él no me estaba mirando.
—Fue un accidente. 
—Ok, ok —al parecer había decidido no avergonzarme más. Soltó una risita y luego cambió de canal. Sentí los sonidos de todos ellos, hasta que se detuvo en uno no muy agradable. Me di vuelta hacia la TV y lo comprobé. Mi cara se contrajo en una mueca de asco y luego miré a Bill.
—¿Me va a poner a ver… Barney? 
—Pensaba que a todos los chicos le gustaba —se encogió de hombros. 
—Yo ya estoy grande —me apunté a mi misma y lo miré enojada. Bill me examinó con la mirada.
—Pues, la verdad…
- ¡Argh! ¡Cambia esa cosa! ¡No soporto a ese elefante! —me llevé una mano a la cara y me golpeé la frente al ver que Bill no reaccionaba y me miraba con los ojos como platos, seguramente por mi grito. Luego cogí yo el control de la TV y le cambié de canal a uno de lucha libre, bueno… ese era el que estaba al lado del de Barney, y no estaba nada mal —ya está —me volví a recostar en el sillón, ya que cuando había estado “gritando” me había incorporado. Bill no dijo nada. Por lo que me dediqué a mirar la lucha… el moreno golpeaba al otro mejor que bien, mientras que el otro intentaba esquivar o atajar los golpes. Estaba perdiendo, podía notarlo.
—¿Te gusta lucha libre? 
—Si —contesté sin apartar la vista de la TV. 
—Eres una niñita muy extraña…
—Si, todos lo dicen —hablé rápidamente —¡Wooow! —solté al ver caer a uno de los luchadores, como lo suponía el moreno había ganado... y qué cuerpo tenía…
—¿Todos? 
—No soy… emm... —lo miré. No pude descifrar su expresión... pero me pareció algo extraña —no soy muy sociable. Para nada sociable —curvé mis labios en una sonrisa, resignada a pasarme la vida de esa manera. Ya lo había asumido.
—Yo te veo como una chica muy simpática… de verdad que no pareces ser de esas.
—Me llevo mejor con los chicos —suspiré —creo que eso lo explica —reí un poco. 
—¿Y no tienes amigas?
—No. Tampoco necesito tenerlas. Creo… —la última palabra la dije en un susurro. Miré mis manos. Había veces en que necesitaba a una amiga. En realidad nunca supe que era tener a alguien... a una “amiga”. Porque nunca había tenido una. Había sido rechazada socialmente desde el primer día de clases en primer grado. 
Sentí como pasaba su brazo por sobre mis hombros y me pegaba a él. Yo me quedé rígida, no sabía qué hacer en ese momento. Me había sentido angustiada. Me habían entrado ganas de llorar. Realmente estaba sola. Por que los chicos eran nada más para juegos estúpidos y esas cosas. Ellos no me podían comprender y yo a ellos tampoco. 
—No necesitas tenerlas —afirmó hablando bajito –—porque tú te vales por ti misma. Y eres una persona muy… —se quedó en silencio, supongo que buscando una palabra. Pero como siempre, no había buenos adjetivos para calificarme —valiosa. Si, vales mucho. Y esas chicas se lo pierden. —lo miré y él me sonrió. Realmente, me había hecho sentir mejor. 
—Gracias.
—No es nada… —me rodeó con su otro brazo y entrelazó sus dedos, dejándome “prisionera”. Yo cambié nuevamente de canal, hasta quedar en una película, era de terror… ya la había visto antes. Dejé caer mi cabeza sobre su hombro. Estaba tan cómoda que llegaba a tener sueño. 
—¿Sabes? realmente estás grande —sentí como hablaba a escasos centímetros cabeza. 
—¿Ves? Te lo dije —hablé sin saber... pues eso de que yo era grande no venía a cuento… y no entendía por qué lo había dicho. 
—Cuando tú eras pequeñita yo paseaba contigo por el vecindario. Llevaba tu cochecito a todas partes. Ya ni te acuerdas —rió un poco —y yo me acuerdo muy poco… igual era pequeño —me quedé atónita.
Yo no recordaba eso, en absoluto… pude sentir mis mejillas arder. Qu vergüenza… es decir, el me había visto en pañales. Aunque igual él era pequeño… debería de tener unos cinco o seis años, pero algo es algo ¿no? Él lo recordaba y yo moría de vergüenza.
Entonces no era como yo pensaba. Toda mi “vida de recuerdos” había pensado que nosotros no teníamos relación alguna con los vecinos... o al menos yo, porque mi madre y la madre de Bill eran amigas.
… Y ahora Bill me salía con el cuento ese del cochecito.
No lo miré, no lo estaba mirando y tampoco daría vuelta el rostro para hacerlo. Aunque estoy segura de que él me había visto enrojecerme por completo.
Wow fue lo único que salió de entre mis labios.
Si, también te cambiaba los pañales.
¿¡Qué!? di un saltito en el sillón. Luego me quedé completamente quieta. Sentí cómo él reía y luego se acercaba a mi oído.
Que es broma al escuchar su murmullo, solté todo el aire que había retenido en los pulmones debido a la sorpresa. Pero no sirvió de mucho, ya que tuve que aguantar nuevamente la respiración para no soltar un chillido histérico. Su aliento rozaba la piel de mi cuello y mi oído… Bill rió de nuevo.
Esto… yo creo que ya es hora de que me vaya sentí como su brazos se tensaban y no creo que haya sido por el grito que salió de la TV. Estúpida película.
Pero tu madre aún no llega dijo sin soltarme aún.
Si, pero ya no llueve —miré la ventana velozmente. Si llovía.
Si llueve.
Puedo estar bajo la lluvia hice el ademán de separarme, pero él no me lo permitió.
No con mi ropa dijo en tono divertido. Yo relajé mi cuerpo y me dejé caer sobre él, como si estuviese muerta. Cerré los ojos y sentí como me golpeaba la cabeza contra el sillón. Era obvio que Bill no había estado sujetando mi cabeza y… ay. El golpe resonó por toda la habitación...
Me incorporé de un salto, haciendo caso omiso al golpe y al dolor que este me provocaba y miré a Bill avergonzada.
Dios, Meer, lo siento – Dijo suave. Enseguida sentí algo que me tocaba la cabeza, en la zona golpeada. – ¿Te duele? era su mano. Negué con la cabeza ¿Te pongo hielo?
No es necesa… —comenzó a caminar hacia la cocina, llevándome con él… vale, al parecer el preguntaba las cosas sólo para anunciar lo que haría –rio terminé la oración.
Llegamos a la cocina en silencio. Me sentó en la misma silla de hace un rato… vi como sacaba unos hielos y los echaba en una bolsita. Luego se acercó a mí con una sonrisa de medio lado. Estiré la mano para recibir el hielo pero el pasó directamente de ella y me lo depositó en mi cabeza él mismo. Acercó una silla con la otra mano y se sentó frente a mí.
¿Estas mejor?
Está helado le sonreí gracias.
En ese momento ambos volvimos la mirada hacia la puerta de la cocina, ya que habíamos escuchado un sonido en la cerradura de la casa. 
Nos quedamos como estatuas mirando hacia la puerta. Pude oír como la abrían y cerraban tras haber pasado unos segundos. El ruido que emitía la TV no me dejó oír más. Y al parecer a Bill tampoco. Acomodó de mejor manera el hielo en mi cabeza y se detuvo al escuchar unos pasos acercándose, los cuales yo también oí. 
Pude ver a la madre de los chicos, mi vecina, Simone. Creo que era así, en esos momentos no lo recordaba muy bien. Ella se asomó a la puerta con una sonrisa y creo que se sorprendió.
—¿Pero qué hace la pequeña Meer aquí? — “pequeña” como odiaba que me llamasen así. ¡Que no era pequeña! Argh!! Y es que nadie me comprendía. Pero estaba completamente segura de que Simone o como sea que se llamase lo decía sin saber que me afectaba. Le sonreí y ella nos miró a ambos intermitentemente. 
—Hola —dijimos Bill y yo al mismo tiempo, sólo que el añadió un “mamá”. Ella encendió la luz de la cocina mientras fruncía el ceño y se acercaba a nosotros. No me había dado cuenta de lo oscuro que estaba hasta que ella encendió la luz y quedé casi ciega. 
—¿Qué te pasó, querida? 
—No es nada, un golpe —hice un gesto con la mano para restarle importancia. Simone se agachó a mi altura y me dio un beso en la mejilla, luego besó a Bill en la frente. Era extraño ver a una madre besar a un hijo tan grandecito… pero me pareció tierno. Había cierta confianza entre ellos dos, en la cual supuse que igual incluirían a Tom. 
—Fue mi culpa —resopló. 
—Este no te hizo nada, ¿no? —reí un poco ante el comentario de Simone y negué con la cabeza.
—Mamá —se quejó Bill. Simone sonrió y lo miró como intentando hablarle con la mirada, como si sólo ellos dos se entendiesen. Como si me ocultaran algo que yo no supiera… y que no querían que supiera.
No le di importancia, cosas familiares. 
Simone caminó hacia un mueble y lo abrió.
—¿Y qué haces aquí, Meer? —sacó del mueble una cacerola mediana y la dejó sobre la mesa, frente a mí. 
—Su madre no está en casa, no tiene llaves y está lloviendo —explicó Bill —decidí traerla a casa. 
—¡Ah! Qué bien. Tendremos una acompañante para la cena. ¿Te quedas, no? —miré a Bill y este asintió. 
—Si, se queda —habló por mí. Luego me miró con una media sonrisa en el rostro y se levantó quitando el hielo embolsado de mi cabeza. Pero seguía sosteniéndolo en la mano derecha —en la lavadora está su ropa.
—Ajam… —asintió Simone con la cabeza metida dentro del refrigerador.
— ¿Vienes? – Dijo esta vez para mí. Yo me encogí de hombros y él me cogió del brazo para sacarme de la cocina. Subimos la escalera con mucho cuidado o al menos yo... ya que no quería quedarme sin pantalones. Me quedaban tan sueltos que en cualquier momento se me caían o bien, me tropezaba con lo largos que eran. 
Entramos en su habitación. Nunca había estado allí, aunque ya la conocía bastante bien, ya que se podía ver desde mi ventana. De todas maneras desde esta perspectiva era más interesante que desde la ventana de mi cuarto.
—Aquí podemos esperar la comida —suspiró mientras se lanzaba de espaldas a la cama. 
—Si —dije distraídamente. Comencé a mirar en el mueble que había sobre su escritorio. Estaba lleno de CD’s no quise tocarlos ya que lo más probable era que alguno de me cayera. Con lo torpe que era y la suerte que tenía… 
—Deja de husmear en mis cosas y ven aquí —sentí hablar a Bill a mis espaldas. Me volteé y con resignación fingida me acerqué hacia él.
… Si no hubiese querido ir, no hubiese ido pero por una extraña razón, que no sabría explicar, me gustaba estar cerca suyo.
Me dejé caer a su lado, a unos cuantos centímetros de distancia, sin que nos tocásemos. Y volteé la cabeza hacia un lado. Hice un mueca de dolor por el golpe y luego busqué la posición más cómoda. Entonces quedamos cara a cara.
El alzó el brazo y puso el hielo en su lugar y lo dejó allí, como en la cocina. Debatí internamente caso poner mi mano sobre la suya. Pero no. Hubiese sido demasiado estúpido.
Por lo que me dediqué a observarlo… hasta el más mínimo detalle, para poder guardarlo en mi memoria.
Comencé por sus ojos. Simplemente, perfectos. Color miel y muy atractivos, tenían un brillo especial… cierta vitalidad y algo que no podía identificar. Realmente podría hundirme en ellos durante años, incluso siglos y no me cansaría de mirarlos…
Perfectos.
Quise seguir examinando el resto de sus rasgos, pero una fuerza extraña pegaba mis ojos a los suyos. 
Sentí algo en el estómago, era una linda pero a la vez extraña sensación de cosquillas. me estremecí. El corazón me comenzó a andar más rápido y me costaba respirar. 
¿A caso era…?
No. En esos momentos no podría haber sido.