CAPITULO 4
—Pues... es mejor
que te vayas a cambiar. No vaya a ser que te enfermes o algo así. Yo te
prepararé algo caliente —entrecerré los ojos. ¿Me estaba ocultando algo? Vale,
sí, eso era seguro. Pero a ver que quizás tenía unos veinticinco y yo ni cuenta
me había dado. Ok, ok, estaba exagerando pero…
—Pero…
—¡Vamos! —me apresuró mientras daba unas palmadas —mientras más rápido, mejor —dijo sonriente. Abrí la boca y fui a decir algo… pero no. Era mejor no meterme. Luego le preguntaba. Me di la vuelta nuevamente y me dirigí al baño.
Entré allí, cerré la puerta y me miré en el espejo. Estaba horrible. Resoplé y me puse a estirar el muño de ropa que Bill me había dado. Si tenía suerte, me quedaría bien. Era una camiseta negra con un estampado en rojo, muy bonita… junto con unos jeans un poco pequeños para él. Los habría tenido guardados de cuando era bajito. Bueno, no bajito… igualmente serían grandes para mí.
Me quité la ropa húmeda como pude, ya que esta se pegaba a mi cuerpo y la tiré al suelo. Seguidamente me puse la camiseta y el jeans. La camiseta estaba bien, un poco grande… pero mucho mejor que el pantalón. Se me caía y me servía también de calcetines.
Me acomodé el cabello y lo estrujé un poco para que tardara menos en secarse.
Volví a abrir la puerta y salí de allí con otro muño de ropa. Pero esta vez era ropa mojada en vez de seca.
Me dirigí a la cocina, dónde supuse que él estaría.
—Pero…
—¡Vamos! —me apresuró mientras daba unas palmadas —mientras más rápido, mejor —dijo sonriente. Abrí la boca y fui a decir algo… pero no. Era mejor no meterme. Luego le preguntaba. Me di la vuelta nuevamente y me dirigí al baño.
Entré allí, cerré la puerta y me miré en el espejo. Estaba horrible. Resoplé y me puse a estirar el muño de ropa que Bill me había dado. Si tenía suerte, me quedaría bien. Era una camiseta negra con un estampado en rojo, muy bonita… junto con unos jeans un poco pequeños para él. Los habría tenido guardados de cuando era bajito. Bueno, no bajito… igualmente serían grandes para mí.
Me quité la ropa húmeda como pude, ya que esta se pegaba a mi cuerpo y la tiré al suelo. Seguidamente me puse la camiseta y el jeans. La camiseta estaba bien, un poco grande… pero mucho mejor que el pantalón. Se me caía y me servía también de calcetines.
Me acomodé el cabello y lo estrujé un poco para que tardara menos en secarse.
Volví a abrir la puerta y salí de allí con otro muño de ropa. Pero esta vez era ropa mojada en vez de seca.
Me dirigí a la cocina, dónde supuse que él estaría.
Caminé más lento al
darme cuenta de que a tres pasos llegaría ¿Y si él se reía de mi? y es que
realmente me veía realmente ridícula. Parecía una “mini Tom”, aunque a Tom le
quedaba mucho mejor la ropa ancha que a mí. Quizás debía volver y cambiarme por
la ropa mojada... y luego irme de aquí.
Pero ya había atravesado la puerta… ese plan ya no servía. A demás Bill me estaba mirando; tenía una taza en una mano, y de la otra sostenía una cuchara. Estaba sonriéndome. Sinceramente, se veía hermoso. Aunque no debía pensar eso… sería ilógico, irracional y muy estúpido de mi parte.
—¿Donde dejo esto? —le pregunté para que dejase de mirarme y sonreírme de esa manera, me estaba poniendo nerviosa. Él pareció salir de una especie de trance y luego, aún con la sonrisa en la cara, me dijo:
—Dámela —señaló la ropa. Yo se la tendí y él se acercó a mí para coger el muño —está mojado —puse los ojos en blanco mientras él parecía reírse de su propio chiste —puedes sentarte —miré la silla que estaba a mi lado, y de la mesa, claro... me senté sobre una pierna y vi como Bill desaparecía por una puerta que no era la de la entrada. Supuse que allí se encontraría la lavadora, secadora y esas cosas. ¿A caso pensaba lavarla? ¿No la iba a era en una bolsa o algo así?
—¿La lavarás?
Pero ya había atravesado la puerta… ese plan ya no servía. A demás Bill me estaba mirando; tenía una taza en una mano, y de la otra sostenía una cuchara. Estaba sonriéndome. Sinceramente, se veía hermoso. Aunque no debía pensar eso… sería ilógico, irracional y muy estúpido de mi parte.
—¿Donde dejo esto? —le pregunté para que dejase de mirarme y sonreírme de esa manera, me estaba poniendo nerviosa. Él pareció salir de una especie de trance y luego, aún con la sonrisa en la cara, me dijo:
—Dámela —señaló la ropa. Yo se la tendí y él se acercó a mí para coger el muño —está mojado —puse los ojos en blanco mientras él parecía reírse de su propio chiste —puedes sentarte —miré la silla que estaba a mi lado, y de la mesa, claro... me senté sobre una pierna y vi como Bill desaparecía por una puerta que no era la de la entrada. Supuse que allí se encontraría la lavadora, secadora y esas cosas. ¿A caso pensaba lavarla? ¿No la iba a era en una bolsa o algo así?
—¿La lavarás?
—Si—escuché como le
daba a un botón
—Pero Bill, yo puedo
lavarla en mi casa —dije rápidamente.
—Demasiado tarde —me sonrió travieso mientras volvía a entrar en la cocina —ahora… —se acercó a un mueble donde reposaba una taza color crema la cogió —toma esto —me la dio… yo alargué las manos para cogerla, estaba caliente —supongo que te gusta el chocolate.
—Sí.
—No hay chica a la que no le guste —Bufó. Yo alcé una ceja mientras dejaba rápidamente la taza sobre la mesa, ya que me estaba quemando las manos —¡Auu!
—¡Oh! lo siento, ¿te dolió mucho? —hizo ademán de acercarse.
—No, no pasa nada. Es sólo que… exageré un poco, ya sabes.
—Ah —dijo simplemente. Fingiendo estar tragándose mi cuento. En todo caso una quemadura no era importante. Cogí la taza y le di un sorbo, me quemé la lengua… pero no me quejé.
Bill dio un paso hasta sentarse en la silla que estaba frente a mí.
—¿Cómo está? —preguntó refiriéndose al chocolate caliente que estaba entre mis manos.
—Delicioso, ¿quieres? —le ofrecí. Él negó con la cabeza.
—No me gusta.
—¿De verdad? —asintió. Yo me eché a reír… de él.
—¿Cómo no te va a gustar el chocolate? ¿Estás mal de la cabeza o finges estarlo? —lo señalé con el dedo. El con un movimiento rápido bajó mi dedo, dejándolo casi muerto sobre la mesa... apastado con su mano.
—Estoy mal de la cabeza, eso es seguro —dijo serio —¡Pero el chocolate es la peor cosa del mundo!
—¡Claro que no! —intenté quitar mi dedo de allí, pero fue imposible.
—Eres una niñita debilucha —rió malicioso.
—Con ropa grande... —añadí. Bill se echo a reír.
—¡Tenemos al nuevo Tom!
—Oh, si, claro —dije irónica —¡Aquí tenemos al estúpido del año!
—No te ha salido.
—Sí, no me ha salido… —le di la razón. Yo era pésima con este tipo de cosas.
—Demasiado tarde —me sonrió travieso mientras volvía a entrar en la cocina —ahora… —se acercó a un mueble donde reposaba una taza color crema la cogió —toma esto —me la dio… yo alargué las manos para cogerla, estaba caliente —supongo que te gusta el chocolate.
—Sí.
—No hay chica a la que no le guste —Bufó. Yo alcé una ceja mientras dejaba rápidamente la taza sobre la mesa, ya que me estaba quemando las manos —¡Auu!
—¡Oh! lo siento, ¿te dolió mucho? —hizo ademán de acercarse.
—No, no pasa nada. Es sólo que… exageré un poco, ya sabes.
—Ah —dijo simplemente. Fingiendo estar tragándose mi cuento. En todo caso una quemadura no era importante. Cogí la taza y le di un sorbo, me quemé la lengua… pero no me quejé.
Bill dio un paso hasta sentarse en la silla que estaba frente a mí.
—¿Cómo está? —preguntó refiriéndose al chocolate caliente que estaba entre mis manos.
—Delicioso, ¿quieres? —le ofrecí. Él negó con la cabeza.
—No me gusta.
—¿De verdad? —asintió. Yo me eché a reír… de él.
—¿Cómo no te va a gustar el chocolate? ¿Estás mal de la cabeza o finges estarlo? —lo señalé con el dedo. El con un movimiento rápido bajó mi dedo, dejándolo casi muerto sobre la mesa... apastado con su mano.
—Estoy mal de la cabeza, eso es seguro —dijo serio —¡Pero el chocolate es la peor cosa del mundo!
—¡Claro que no! —intenté quitar mi dedo de allí, pero fue imposible.
—Eres una niñita debilucha —rió malicioso.
—Con ropa grande... —añadí. Bill se echo a reír.
—¡Tenemos al nuevo Tom!
—Oh, si, claro —dije irónica —¡Aquí tenemos al estúpido del año!
—No te ha salido.
—Sí, no me ha salido… —le di la razón. Yo era pésima con este tipo de cosas.
—Y… dime, ¿cómo te
fue hoy en la escuela? —dijo medio riendo. Sabía que buscaba algún tema de
conversación. Pero ese no me agradaba para nada.
—Como siempre ¡Pff! —me recosté en la silla y me acerqué la taza a la boca para seguidamente darle un sorbo, ya iba por la mitad. El asintió y me siguió mirando. Era como si estuviese examinando cada parte de mi cuerpo con la mirada, hasta el más mínimo detalle... no me hubiese sorprendido al escuchar algo como “tienes una pelusa allí” o “tienes un lunar bajo la ceja”. Me sentí incómoda, muy incómoda.
—Como siempre ¡Pff! —me recosté en la silla y me acerqué la taza a la boca para seguidamente darle un sorbo, ya iba por la mitad. El asintió y me siguió mirando. Era como si estuviese examinando cada parte de mi cuerpo con la mirada, hasta el más mínimo detalle... no me hubiese sorprendido al escuchar algo como “tienes una pelusa allí” o “tienes un lunar bajo la ceja”. Me sentí incómoda, muy incómoda.
No dejé que él me
mirase a los ojos. Yo era débil, muy débil... o al menos así era como me
consideraba. No podía sostenerle la mirada a una persona por las de dos
segundos. Carraspeé un poco y luego le di otro sorbo a la taza. Bill me seguía
mirando y la situación, al menos para mí, iba empeorando cada vez más. Decidí
meterlo en aprietos a él también… sabía que no quería decírmelo, por alguna
razón. Pero, con tal de que dejase de mirarme…
A demás ser una
chica educada no era una de mis cualidades.
—¿Cuántos me dijiste
que tenías? —alcé una ceja.
—¿Cuantos qué?
—Años, querido, años. —suspiré y bebí un poco más. Dejé la taza sobre la mesa.
—¿Cuantos qué?
—Años, querido, años. —suspiré y bebí un poco más. Dejé la taza sobre la mesa.
Bill aún no me había
contestado. Lo miré. Tenía las manos entrelazadas y se mordía los labios… tenía
los ojos puestos en otra parte y parecía estar pensando. ¡Como si tuviera que
pensar mucho para contestar eso! vamos, que no creo que se le hubiese olvidado
y estuviera contando los años que habían pasado desde su nacimiento.
—Diecinueve —me contestó. Él me miró, yo lo miré... y nos miramos.
—Eres un anciano —dije en broma entrecerrando los ojos.
—Lo sé —soltó una risita —¿Ya terminaste? —apuntó mi taza. Cambiando de tema... lo sabía. Y yo que creía que las mujeres eran las extrañas, que no querían decir su edad.
—Si —dije en el momento que me acercaba la taza a la boca y le daba el último sorbo. Luego le di la taza y él se levantó de la silla para lavarla.
—Y... ¿Qué quieres hacer? —dijo una vez había terminado de lavarla. Yo respondí con un encogimiento de hombros. —¿A qué hora llega tu madre? —no respondí. No lo sabía. Siempre llegaba a horas diferentes... o a veces no llegaba si no hasta el otro día y luego me explicaba que tenía mucho trabajo y ese tipo de cosas que yo sabía que eran mentiras, sabía que ella andaba con alguno de sus novios. Para mí no era agradable que ella tuviese novios, no me gustaba. Y más si eran “novios” ¿A caso no se conformaba con uno sólo? Y es que yo me había enterado de la peor manera de que mi madre era por así decirlo… una “puta”. Nos es para nada bonito que las chicas más populares del instituto te lo griten a la cara en medio de uno de los pasillos más transitados del lugar.
Me estremecí al recordarlo y bajé la cabeza.
—No lo sabes —dijo más como una afirmación que como una pregunta —son las siete —supuse que había visto la hora en el reloj de pared que tenía en la pared de enfrente, atrás de mi —podríamos... ver la TV. Mi madre no se tarda en llegar y nos podría cocinar algo bueno —alcé la vista, me estaba sonriendo. No pude evitar que en mis labios se formara una mueca perecida.
—¿Qué hay de bueno a esta hora? —pregunté refiriéndome a los programas de televisión mientras me bajaba de la silla y caminaba junto a Bill hacia su salón… igual que él mío, pero mil veces mejor.
—Pues… no lo sé —se encogió de hombros —siéntate —se lanzó sobre el sillón y yo me senté a su lado. Lo vi buscando algo con la mirada.
—¡Aquí está! —solté al encontrarlo. Lo cogí y se lo di a Bill. Él me sonrió y se recostó en el sillón, para luego encender la TV y comenzar a pasar los canales.
—Cuando quieras que me detenga, me avisas.
—¡Ya! —grité al instante. El dejó de presionar el botón y me miró extraño.
—¿Te gusta ver esa clase de películas? Digo, como eres chica y, vamos, eres pequeña y…
—Lo decía por ti, tonto. Tú debes de ver esas cosas —sentí como me ruborizaba un poco. Le había dicho que parase sólo para molestarlo y todo había salido mal. Justo se había detenido en una escena no apta para menores.
—Diecinueve —me contestó. Él me miró, yo lo miré... y nos miramos.
—Eres un anciano —dije en broma entrecerrando los ojos.
—Lo sé —soltó una risita —¿Ya terminaste? —apuntó mi taza. Cambiando de tema... lo sabía. Y yo que creía que las mujeres eran las extrañas, que no querían decir su edad.
—Si —dije en el momento que me acercaba la taza a la boca y le daba el último sorbo. Luego le di la taza y él se levantó de la silla para lavarla.
—Y... ¿Qué quieres hacer? —dijo una vez había terminado de lavarla. Yo respondí con un encogimiento de hombros. —¿A qué hora llega tu madre? —no respondí. No lo sabía. Siempre llegaba a horas diferentes... o a veces no llegaba si no hasta el otro día y luego me explicaba que tenía mucho trabajo y ese tipo de cosas que yo sabía que eran mentiras, sabía que ella andaba con alguno de sus novios. Para mí no era agradable que ella tuviese novios, no me gustaba. Y más si eran “novios” ¿A caso no se conformaba con uno sólo? Y es que yo me había enterado de la peor manera de que mi madre era por así decirlo… una “puta”. Nos es para nada bonito que las chicas más populares del instituto te lo griten a la cara en medio de uno de los pasillos más transitados del lugar.
Me estremecí al recordarlo y bajé la cabeza.
—No lo sabes —dijo más como una afirmación que como una pregunta —son las siete —supuse que había visto la hora en el reloj de pared que tenía en la pared de enfrente, atrás de mi —podríamos... ver la TV. Mi madre no se tarda en llegar y nos podría cocinar algo bueno —alcé la vista, me estaba sonriendo. No pude evitar que en mis labios se formara una mueca perecida.
—¿Qué hay de bueno a esta hora? —pregunté refiriéndome a los programas de televisión mientras me bajaba de la silla y caminaba junto a Bill hacia su salón… igual que él mío, pero mil veces mejor.
—Pues… no lo sé —se encogió de hombros —siéntate —se lanzó sobre el sillón y yo me senté a su lado. Lo vi buscando algo con la mirada.
—¡Aquí está! —solté al encontrarlo. Lo cogí y se lo di a Bill. Él me sonrió y se recostó en el sillón, para luego encender la TV y comenzar a pasar los canales.
—Cuando quieras que me detenga, me avisas.
—¡Ya! —grité al instante. El dejó de presionar el botón y me miró extraño.
—¿Te gusta ver esa clase de películas? Digo, como eres chica y, vamos, eres pequeña y…
—Lo decía por ti, tonto. Tú debes de ver esas cosas —sentí como me ruborizaba un poco. Le había dicho que parase sólo para molestarlo y todo había salido mal. Justo se había detenido en una escena no apta para menores.
Billl alzó una ceja.
Podía ver que estaba conteniendo una carcajada. Me sentí ridícula. ¡Claro!
habría sido mucho mejor echarme a reír que dar una tonta disculpa de “tú debes
de ver esas cosas”. Dios, que estúpida. Sentí como mis mejillas casi explotaban
de lo rojas que debían estar y no sabía dónde meterme. Pero Bill me seguía
mirándome, haciendo que me encontrara mucho más incómoda.
Miré hacia otro lado, no la TV, eso estaba claro y luego murmuré entre dientes:
—¿No la vas a cambiar?
—Creí que tú querías ver eso —dijo con tono inocente. Yo puse los ojos en blanco, obviamente él no me estaba mirando.
—Fue un accidente.
—Ok, ok —al parecer había decidido no avergonzarme más. Soltó una risita y luego cambió de canal. Sentí los sonidos de todos ellos, hasta que se detuvo en uno no muy agradable. Me di vuelta hacia la TV y lo comprobé. Mi cara se contrajo en una mueca de asco y luego miré a Bill.
—¿Me va a poner a ver… Barney?
—Pensaba que a todos los chicos le gustaba —se encogió de hombros.
—Yo ya estoy grande —me apunté a mi misma y lo miré enojada. Bill me examinó con la mirada.
—Pues, la verdad…
- ¡Argh! ¡Cambia esa cosa! ¡No soporto a ese elefante! —me llevé una mano a la cara y me golpeé la frente al ver que Bill no reaccionaba y me miraba con los ojos como platos, seguramente por mi grito. Luego cogí yo el control de la TV y le cambié de canal a uno de lucha libre, bueno… ese era el que estaba al lado del de Barney, y no estaba nada mal —ya está —me volví a recostar en el sillón, ya que cuando había estado “gritando” me había incorporado. Bill no dijo nada. Por lo que me dediqué a mirar la lucha… el moreno golpeaba al otro mejor que bien, mientras que el otro intentaba esquivar o atajar los golpes. Estaba perdiendo, podía notarlo.
—¿Te gusta lucha libre?
—Si —contesté sin apartar la vista de la TV.
—Eres una niñita muy extraña…
—Si, todos lo dicen —hablé rápidamente —¡Wooow! —solté al ver caer a uno de los luchadores, como lo suponía el moreno había ganado... y qué cuerpo tenía…
—¿Todos?
—No soy… emm... —lo miré. No pude descifrar su expresión... pero me pareció algo extraña —no soy muy sociable. Para nada sociable —curvé mis labios en una sonrisa, resignada a pasarme la vida de esa manera. Ya lo había asumido.
—Yo te veo como una chica muy simpática… de verdad que no pareces ser de esas.
—Me llevo mejor con los chicos —suspiré —creo que eso lo explica —reí un poco.
—¿Y no tienes amigas?
—No. Tampoco necesito tenerlas. Creo… —la última palabra la dije en un susurro. Miré mis manos. Había veces en que necesitaba a una amiga. En realidad nunca supe que era tener a alguien... a una “amiga”. Porque nunca había tenido una. Había sido rechazada socialmente desde el primer día de clases en primer grado.
Sentí como pasaba su brazo por sobre mis hombros y me pegaba a él. Yo me quedé rígida, no sabía qué hacer en ese momento. Me había sentido angustiada. Me habían entrado ganas de llorar. Realmente estaba sola. Por que los chicos eran nada más para juegos estúpidos y esas cosas. Ellos no me podían comprender y yo a ellos tampoco.
—No necesitas tenerlas —afirmó hablando bajito –—porque tú te vales por ti misma. Y eres una persona muy… —se quedó en silencio, supongo que buscando una palabra. Pero como siempre, no había buenos adjetivos para calificarme —valiosa. Si, vales mucho. Y esas chicas se lo pierden. —lo miré y él me sonrió. Realmente, me había hecho sentir mejor.
—Gracias.
—No es nada… —me rodeó con su otro brazo y entrelazó sus dedos, dejándome “prisionera”. Yo cambié nuevamente de canal, hasta quedar en una película, era de terror… ya la había visto antes. Dejé caer mi cabeza sobre su hombro. Estaba tan cómoda que llegaba a tener sueño.
—¿Sabes? realmente estás grande —sentí como hablaba a escasos centímetros cabeza.
—¿Ves? Te lo dije —hablé sin saber... pues eso de que yo era grande no venía a cuento… y no entendía por qué lo había dicho.
—Cuando tú eras pequeñita yo paseaba contigo por el vecindario. Llevaba tu cochecito a todas partes. Ya ni te acuerdas —rió un poco —y yo me acuerdo muy poco… igual era pequeño —me quedé atónita.
Miré hacia otro lado, no la TV, eso estaba claro y luego murmuré entre dientes:
—¿No la vas a cambiar?
—Creí que tú querías ver eso —dijo con tono inocente. Yo puse los ojos en blanco, obviamente él no me estaba mirando.
—Fue un accidente.
—Ok, ok —al parecer había decidido no avergonzarme más. Soltó una risita y luego cambió de canal. Sentí los sonidos de todos ellos, hasta que se detuvo en uno no muy agradable. Me di vuelta hacia la TV y lo comprobé. Mi cara se contrajo en una mueca de asco y luego miré a Bill.
—¿Me va a poner a ver… Barney?
—Pensaba que a todos los chicos le gustaba —se encogió de hombros.
—Yo ya estoy grande —me apunté a mi misma y lo miré enojada. Bill me examinó con la mirada.
—Pues, la verdad…
- ¡Argh! ¡Cambia esa cosa! ¡No soporto a ese elefante! —me llevé una mano a la cara y me golpeé la frente al ver que Bill no reaccionaba y me miraba con los ojos como platos, seguramente por mi grito. Luego cogí yo el control de la TV y le cambié de canal a uno de lucha libre, bueno… ese era el que estaba al lado del de Barney, y no estaba nada mal —ya está —me volví a recostar en el sillón, ya que cuando había estado “gritando” me había incorporado. Bill no dijo nada. Por lo que me dediqué a mirar la lucha… el moreno golpeaba al otro mejor que bien, mientras que el otro intentaba esquivar o atajar los golpes. Estaba perdiendo, podía notarlo.
—¿Te gusta lucha libre?
—Si —contesté sin apartar la vista de la TV.
—Eres una niñita muy extraña…
—Si, todos lo dicen —hablé rápidamente —¡Wooow! —solté al ver caer a uno de los luchadores, como lo suponía el moreno había ganado... y qué cuerpo tenía…
—¿Todos?
—No soy… emm... —lo miré. No pude descifrar su expresión... pero me pareció algo extraña —no soy muy sociable. Para nada sociable —curvé mis labios en una sonrisa, resignada a pasarme la vida de esa manera. Ya lo había asumido.
—Yo te veo como una chica muy simpática… de verdad que no pareces ser de esas.
—Me llevo mejor con los chicos —suspiré —creo que eso lo explica —reí un poco.
—¿Y no tienes amigas?
—No. Tampoco necesito tenerlas. Creo… —la última palabra la dije en un susurro. Miré mis manos. Había veces en que necesitaba a una amiga. En realidad nunca supe que era tener a alguien... a una “amiga”. Porque nunca había tenido una. Había sido rechazada socialmente desde el primer día de clases en primer grado.
Sentí como pasaba su brazo por sobre mis hombros y me pegaba a él. Yo me quedé rígida, no sabía qué hacer en ese momento. Me había sentido angustiada. Me habían entrado ganas de llorar. Realmente estaba sola. Por que los chicos eran nada más para juegos estúpidos y esas cosas. Ellos no me podían comprender y yo a ellos tampoco.
—No necesitas tenerlas —afirmó hablando bajito –—porque tú te vales por ti misma. Y eres una persona muy… —se quedó en silencio, supongo que buscando una palabra. Pero como siempre, no había buenos adjetivos para calificarme —valiosa. Si, vales mucho. Y esas chicas se lo pierden. —lo miré y él me sonrió. Realmente, me había hecho sentir mejor.
—Gracias.
—No es nada… —me rodeó con su otro brazo y entrelazó sus dedos, dejándome “prisionera”. Yo cambié nuevamente de canal, hasta quedar en una película, era de terror… ya la había visto antes. Dejé caer mi cabeza sobre su hombro. Estaba tan cómoda que llegaba a tener sueño.
—¿Sabes? realmente estás grande —sentí como hablaba a escasos centímetros cabeza.
—¿Ves? Te lo dije —hablé sin saber... pues eso de que yo era grande no venía a cuento… y no entendía por qué lo había dicho.
—Cuando tú eras pequeñita yo paseaba contigo por el vecindario. Llevaba tu cochecito a todas partes. Ya ni te acuerdas —rió un poco —y yo me acuerdo muy poco… igual era pequeño —me quedé atónita.
Yo no recordaba eso, en absoluto…
pude sentir mis mejillas arder. Qu vergüenza… es decir, el me había visto en
pañales. Aunque igual él era pequeño… debería de tener unos cinco o seis años,
pero algo es algo ¿no? Él lo recordaba y yo moría de vergüenza.
Entonces no era como yo pensaba. Toda mi “vida de recuerdos” había pensado que nosotros no teníamos relación alguna con los vecinos... o al menos yo, porque mi madre y la madre de Bill eran amigas.
… Y ahora Bill me salía con el cuento ese del cochecito.
No lo miré, no lo estaba mirando y tampoco daría vuelta el rostro para hacerlo. Aunque estoy segura de que él me había visto enrojecerme por completo.
—Wow —fue lo único que salió de entre mis labios.
—Si, también te cambiaba los pañales.
—¿¡Qué!? —di un saltito en el sillón. Luego me quedé completamente quieta. Sentí cómo él reía y luego se acercaba a mi oído.
—Que es broma —al escuchar su murmullo, solté todo el aire que había retenido en los pulmones debido a la sorpresa. Pero no sirvió de mucho, ya que tuve que aguantar nuevamente la respiración para no soltar un chillido histérico. Su aliento rozaba la piel de mi cuello y mi oído… Bill rió de nuevo.
—Esto… yo creo que ya es hora de que me vaya —sentí como su brazos se tensaban y no creo que haya sido por el grito que salió de la TV. Estúpida película.
—Pero tu madre aún no llega —dijo sin soltarme aún.
—Si, pero ya no llueve —miré la ventana velozmente. Si llovía.
—Si llueve.
—Puedo estar bajo la lluvia —hice el ademán de separarme, pero él no me lo permitió.
—No con mi ropa —dijo en tono divertido. Yo relajé mi cuerpo y me dejé caer sobre él, como si estuviese muerta. Cerré los ojos y sentí como me golpeaba la cabeza contra el sillón. Era obvio que Bill no había estado sujetando mi cabeza y… ay. El golpe resonó por toda la habitación...
Me incorporé de un salto, haciendo caso omiso al golpe y al dolor que este me provocaba y miré a Bill avergonzada.
—Dios, Meer, lo siento – Dijo suave. Enseguida sentí algo que me tocaba la cabeza, en la zona golpeada. – ¿Te duele? —era su mano. Negué con la cabeza —¿Te pongo hielo?
—No es necesa… —comenzó a caminar hacia la cocina, llevándome con él… vale, al parecer el preguntaba las cosas sólo para anunciar lo que haría –—rio —terminé la oración.
Llegamos a la cocina en silencio. Me sentó en la misma silla de hace un rato… vi como sacaba unos hielos y los echaba en una bolsita. Luego se acercó a mí con una sonrisa de medio lado. Estiré la mano para recibir el hielo pero el pasó directamente de ella y me lo depositó en mi cabeza él mismo. Acercó una silla con la otra mano y se sentó frente a mí.
—¿Estas mejor?
—Está helado —le sonreí —gracias.
En ese momento ambos volvimos la mirada hacia la puerta de la cocina, ya que habíamos escuchado un sonido en la cerradura de la casa.
Entonces no era como yo pensaba. Toda mi “vida de recuerdos” había pensado que nosotros no teníamos relación alguna con los vecinos... o al menos yo, porque mi madre y la madre de Bill eran amigas.
… Y ahora Bill me salía con el cuento ese del cochecito.
No lo miré, no lo estaba mirando y tampoco daría vuelta el rostro para hacerlo. Aunque estoy segura de que él me había visto enrojecerme por completo.
—Wow —fue lo único que salió de entre mis labios.
—Si, también te cambiaba los pañales.
—¿¡Qué!? —di un saltito en el sillón. Luego me quedé completamente quieta. Sentí cómo él reía y luego se acercaba a mi oído.
—Que es broma —al escuchar su murmullo, solté todo el aire que había retenido en los pulmones debido a la sorpresa. Pero no sirvió de mucho, ya que tuve que aguantar nuevamente la respiración para no soltar un chillido histérico. Su aliento rozaba la piel de mi cuello y mi oído… Bill rió de nuevo.
—Esto… yo creo que ya es hora de que me vaya —sentí como su brazos se tensaban y no creo que haya sido por el grito que salió de la TV. Estúpida película.
—Pero tu madre aún no llega —dijo sin soltarme aún.
—Si, pero ya no llueve —miré la ventana velozmente. Si llovía.
—Si llueve.
—Puedo estar bajo la lluvia —hice el ademán de separarme, pero él no me lo permitió.
—No con mi ropa —dijo en tono divertido. Yo relajé mi cuerpo y me dejé caer sobre él, como si estuviese muerta. Cerré los ojos y sentí como me golpeaba la cabeza contra el sillón. Era obvio que Bill no había estado sujetando mi cabeza y… ay. El golpe resonó por toda la habitación...
Me incorporé de un salto, haciendo caso omiso al golpe y al dolor que este me provocaba y miré a Bill avergonzada.
—Dios, Meer, lo siento – Dijo suave. Enseguida sentí algo que me tocaba la cabeza, en la zona golpeada. – ¿Te duele? —era su mano. Negué con la cabeza —¿Te pongo hielo?
—No es necesa… —comenzó a caminar hacia la cocina, llevándome con él… vale, al parecer el preguntaba las cosas sólo para anunciar lo que haría –—rio —terminé la oración.
Llegamos a la cocina en silencio. Me sentó en la misma silla de hace un rato… vi como sacaba unos hielos y los echaba en una bolsita. Luego se acercó a mí con una sonrisa de medio lado. Estiré la mano para recibir el hielo pero el pasó directamente de ella y me lo depositó en mi cabeza él mismo. Acercó una silla con la otra mano y se sentó frente a mí.
—¿Estas mejor?
—Está helado —le sonreí —gracias.
En ese momento ambos volvimos la mirada hacia la puerta de la cocina, ya que habíamos escuchado un sonido en la cerradura de la casa.
Nos quedamos como estatuas
mirando hacia la puerta. Pude oír como la abrían y cerraban tras haber pasado
unos segundos. El ruido que emitía la TV no me dejó oír más. Y al parecer a
Bill tampoco. Acomodó de mejor manera el hielo en mi cabeza y se detuvo al
escuchar unos pasos acercándose, los cuales yo también oí.
Pude ver a la madre de los chicos, mi vecina, Simone. Creo que era así, en esos momentos no lo recordaba muy bien. Ella se asomó a la puerta con una sonrisa y creo que se sorprendió.
—¿Pero qué hace la pequeña Meer aquí? — “pequeña” como odiaba que me llamasen así. ¡Que no era pequeña! Argh!! Y es que nadie me comprendía. Pero estaba completamente segura de que Simone o como sea que se llamase lo decía sin saber que me afectaba. Le sonreí y ella nos miró a ambos intermitentemente.
—Hola —dijimos Bill y yo al mismo tiempo, sólo que el añadió un “mamá”. Ella encendió la luz de la cocina mientras fruncía el ceño y se acercaba a nosotros. No me había dado cuenta de lo oscuro que estaba hasta que ella encendió la luz y quedé casi ciega.
—¿Qué te pasó, querida?
—No es nada, un golpe —hice un gesto con la mano para restarle importancia. Simone se agachó a mi altura y me dio un beso en la mejilla, luego besó a Bill en la frente. Era extraño ver a una madre besar a un hijo tan grandecito… pero me pareció tierno. Había cierta confianza entre ellos dos, en la cual supuse que igual incluirían a Tom.
—Fue mi culpa —resopló.
—Este no te hizo nada, ¿no? —reí un poco ante el comentario de Simone y negué con la cabeza.
—Mamá —se quejó Bill. Simone sonrió y lo miró como intentando hablarle con la mirada, como si sólo ellos dos se entendiesen. Como si me ocultaran algo que yo no supiera… y que no querían que supiera.
No le di importancia, cosas familiares.
Simone caminó hacia un mueble y lo abrió.
—¿Y qué haces aquí, Meer? —sacó del mueble una cacerola mediana y la dejó sobre la mesa, frente a mí.
—Su madre no está en casa, no tiene llaves y está lloviendo —explicó Bill —decidí traerla a casa.
—¡Ah! Qué bien. Tendremos una acompañante para la cena. ¿Te quedas, no? —miré a Bill y este asintió.
—Si, se queda —habló por mí. Luego me miró con una media sonrisa en el rostro y se levantó quitando el hielo embolsado de mi cabeza. Pero seguía sosteniéndolo en la mano derecha —en la lavadora está su ropa.
—Ajam… —asintió Simone con la cabeza metida dentro del refrigerador.
Pude ver a la madre de los chicos, mi vecina, Simone. Creo que era así, en esos momentos no lo recordaba muy bien. Ella se asomó a la puerta con una sonrisa y creo que se sorprendió.
—¿Pero qué hace la pequeña Meer aquí? — “pequeña” como odiaba que me llamasen así. ¡Que no era pequeña! Argh!! Y es que nadie me comprendía. Pero estaba completamente segura de que Simone o como sea que se llamase lo decía sin saber que me afectaba. Le sonreí y ella nos miró a ambos intermitentemente.
—Hola —dijimos Bill y yo al mismo tiempo, sólo que el añadió un “mamá”. Ella encendió la luz de la cocina mientras fruncía el ceño y se acercaba a nosotros. No me había dado cuenta de lo oscuro que estaba hasta que ella encendió la luz y quedé casi ciega.
—¿Qué te pasó, querida?
—No es nada, un golpe —hice un gesto con la mano para restarle importancia. Simone se agachó a mi altura y me dio un beso en la mejilla, luego besó a Bill en la frente. Era extraño ver a una madre besar a un hijo tan grandecito… pero me pareció tierno. Había cierta confianza entre ellos dos, en la cual supuse que igual incluirían a Tom.
—Fue mi culpa —resopló.
—Este no te hizo nada, ¿no? —reí un poco ante el comentario de Simone y negué con la cabeza.
—Mamá —se quejó Bill. Simone sonrió y lo miró como intentando hablarle con la mirada, como si sólo ellos dos se entendiesen. Como si me ocultaran algo que yo no supiera… y que no querían que supiera.
No le di importancia, cosas familiares.
Simone caminó hacia un mueble y lo abrió.
—¿Y qué haces aquí, Meer? —sacó del mueble una cacerola mediana y la dejó sobre la mesa, frente a mí.
—Su madre no está en casa, no tiene llaves y está lloviendo —explicó Bill —decidí traerla a casa.
—¡Ah! Qué bien. Tendremos una acompañante para la cena. ¿Te quedas, no? —miré a Bill y este asintió.
—Si, se queda —habló por mí. Luego me miró con una media sonrisa en el rostro y se levantó quitando el hielo embolsado de mi cabeza. Pero seguía sosteniéndolo en la mano derecha —en la lavadora está su ropa.
—Ajam… —asintió Simone con la cabeza metida dentro del refrigerador.
— ¿Vienes? – Dijo
esta vez para mí. Yo me encogí de hombros y él me cogió del brazo para sacarme
de la cocina. Subimos la escalera con mucho cuidado o al menos yo... ya que no
quería quedarme sin pantalones. Me quedaban tan sueltos que en cualquier
momento se me caían o bien, me tropezaba con lo largos que eran.
Entramos en su habitación. Nunca había estado allí, aunque ya la conocía bastante bien, ya que se podía ver desde mi ventana. De todas maneras desde esta perspectiva era más interesante que desde la ventana de mi cuarto.
—Aquí podemos esperar la comida —suspiró mientras se lanzaba de espaldas a la cama.
—Si —dije distraídamente. Comencé a mirar en el mueble que había sobre su escritorio. Estaba lleno de CD’s no quise tocarlos ya que lo más probable era que alguno de me cayera. Con lo torpe que era y la suerte que tenía…
—Deja de husmear en mis cosas y ven aquí —sentí hablar a Bill a mis espaldas. Me volteé y con resignación fingida me acerqué hacia él.
… Si no hubiese querido ir, no hubiese ido pero por una extraña razón, que no sabría explicar, me gustaba estar cerca suyo.
Me dejé caer a su lado, a unos cuantos centímetros de distancia, sin que nos tocásemos. Y volteé la cabeza hacia un lado. Hice un mueca de dolor por el golpe y luego busqué la posición más cómoda. Entonces quedamos cara a cara.
El alzó el brazo y puso el hielo en su lugar y lo dejó allí, como en la cocina. Debatí internamente caso poner mi mano sobre la suya. Pero no. Hubiese sido demasiado estúpido.
Por lo que me dediqué a observarlo… hasta el más mínimo detalle, para poder guardarlo en mi memoria.
Comencé por sus ojos. Simplemente, perfectos. Color miel y muy atractivos, tenían un brillo especial… cierta vitalidad y algo que no podía identificar. Realmente podría hundirme en ellos durante años, incluso siglos y no me cansaría de mirarlos…
Perfectos.
Quise seguir examinando el resto de sus rasgos, pero una fuerza extraña pegaba mis ojos a los suyos.
Sentí algo en el estómago, era una linda pero a la vez extraña sensación de cosquillas. me estremecí. El corazón me comenzó a andar más rápido y me costaba respirar.
¿A caso era…?
No. En esos momentos no podría haber sido.
Entramos en su habitación. Nunca había estado allí, aunque ya la conocía bastante bien, ya que se podía ver desde mi ventana. De todas maneras desde esta perspectiva era más interesante que desde la ventana de mi cuarto.
—Aquí podemos esperar la comida —suspiró mientras se lanzaba de espaldas a la cama.
—Si —dije distraídamente. Comencé a mirar en el mueble que había sobre su escritorio. Estaba lleno de CD’s no quise tocarlos ya que lo más probable era que alguno de me cayera. Con lo torpe que era y la suerte que tenía…
—Deja de husmear en mis cosas y ven aquí —sentí hablar a Bill a mis espaldas. Me volteé y con resignación fingida me acerqué hacia él.
… Si no hubiese querido ir, no hubiese ido pero por una extraña razón, que no sabría explicar, me gustaba estar cerca suyo.
Me dejé caer a su lado, a unos cuantos centímetros de distancia, sin que nos tocásemos. Y volteé la cabeza hacia un lado. Hice un mueca de dolor por el golpe y luego busqué la posición más cómoda. Entonces quedamos cara a cara.
El alzó el brazo y puso el hielo en su lugar y lo dejó allí, como en la cocina. Debatí internamente caso poner mi mano sobre la suya. Pero no. Hubiese sido demasiado estúpido.
Por lo que me dediqué a observarlo… hasta el más mínimo detalle, para poder guardarlo en mi memoria.
Comencé por sus ojos. Simplemente, perfectos. Color miel y muy atractivos, tenían un brillo especial… cierta vitalidad y algo que no podía identificar. Realmente podría hundirme en ellos durante años, incluso siglos y no me cansaría de mirarlos…
Perfectos.
Quise seguir examinando el resto de sus rasgos, pero una fuerza extraña pegaba mis ojos a los suyos.
Sentí algo en el estómago, era una linda pero a la vez extraña sensación de cosquillas. me estremecí. El corazón me comenzó a andar más rápido y me costaba respirar.
¿A caso era…?
No. En esos momentos no podría haber sido.

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