04 septiembre, 2013
Automatic /Capítulo 6
Era impresionante. Como que las cosas llegaban por arte de magia.
Era Bill, definitivamente era él. Aunque esta vez iba con unas lentes negras. Tenía que entregarle la caja, a lo mejor, esta era la oportunidad para hablarle e informarle sobre el paquete para él que le esperaba en mi casa.
Me sentí un poco nerviosa, cosa que no entendí. Sólo tenía que decirle lo del paquete y ya… asunto solucionado.
—¡Bill!—le gritó la mujer rubia, aunque creo que él ya se había dado cuenta de nuestra presencia. Estábamos a tan sólo unos metros. Él se giró hacia nosotras… entonces me di cuenta de que tenía un cigarrillo entre sus dedos. Pff. ODIO que la gente fume. Bill frunció el ceño, examinándome con la mirada, hasta que llegamos a su lado. No me había gustado la actitud del chico. Su madre le habló con tono de reproche. Él le contestó y le dio una calada a su cigarrillo. Tuve que reprimir las ganas que tenía de arrebatarle el asqueroso objeto de entre sus dedos y dejarlo en el suelo para pisotearlo bien. Siguieron conversando entre ellos cosas que yo no lograba entender. Entonces Bill desvió la mirada, soltando el humo. Me llegó el olor y el humo a los pulmones. Que asqueroso, repugnante. Me traía recuerdos que no me gustaban para nada… recuerdos que era mejor mantener enterrados en un oscuro lugar de mi cabeza, bajo mil llaves.
—Po… ¿podrías apagar eso? —no sé de donde saqué la valentía. Simplemente lo dije y ya. Ni siquiera lo había pensado. Bill le dio otra calada y me miró entrecerrando los ojos nuevamente.
Siguió regañándolo su madre. Bill soltó todo el humo en mi rostro, en un descuido de su madre, quien dejaba las bolsas en el piso nuevamente. Giré la cabeza hacia un lado, apartándome un poco, soltando las bolsas y dejándolas caer en el suelo. Cerré los ojos con fuerza, sintiendo como se me llenaban de lágrimas. El humo del cigarro me traía feos y dolorosos recuerdos. Pero él no lo sabía. A lo mejor pensaba que yo era de esas personas que odian el cigarro sólo porque sí, o porque dañaba la salud. Bill no tenía culpa, a lo mejor lo hacía sólo por fastidiarme, sin tener idea de que me dañaba. Cogí mucho aire, y luego abrí los ojos, mirando al chico. Este ya había apagado el cigarro contra el suelo y estaba cogiendo las bolsas que yo anteriormente llevaba.
—¿Bill Kaulitz? —le pregunté. Era mejor salir del tema de la caja de una buena vez. El chico me miró con el ceño fruncido y comenzó a caminar con su madre al lado. Yo los seguí. La mujer rubia le dijo algo… y el chico se detuvo, dándose la vuelta para mirarme. Su madre siguió caminando como si no le importara.
—¿Eres una fan? —me preguntó, en cuanto yo estuve a su altura, comenzando a caminar.
—No. ¿Fan de qué? —me encogí de hombros.
—Tokio Hotel.
—En realidad no —No tenía ni la menor idea sobre eso —tengo una caja para ti —él no contestó. Siguió caminando como si nada, conmigo a su lado —papá la encontró en un armario, dice tu nombre… creí que sería lo correcto entregarla a su dueño y creo que eres tú —el chico se tensó. Lo miré interrogante. Pero él no dijo nada, ni siquiera me miró —¿quieres que te la dé? —esperé a que contestara. Si decía que sí, claro, iba y se la entregaba. Pero si la respuesta era un no… pues abría la caja y veía que había dentro. Simple. Se aclaró la garganta y se mordió los labios, con la vista fija en algún punto frente a él.
—¿Puedes dármela ahora mismo? —siguió hablando con su voz suave, fría, sin sentimientos… que me hacía estremecer.
—Claro —lo miré con una sonrisa. Pero él ni siquiera se había volteado a mirarme. Volví a mirar mis zapatos, un poco cortada. Preguntándome interiormente el porqué de su actitud. Me ponía los pelos de punta. Él era tan… tan.. en realidad, no había palabra que lo describiera. Era desesperante ir a su lado. Él no hacía nada. Sólo movía los pies para caminar y ya. No podía imaginarme que cosas estaría pensando, quizás qué se pasaba por su cabeza en ese momento… era todo un misterio. Y es que él era tan extraño que… despertaba mi curiosidad. Quería saber más sobre él —¿conocías a alguno de mis primos? —le pregunté. A ver is sacaba algún tema de conversación con él. Esta vez si me miró. Pero no de la forma en que me lo esperaba. Se notaba molesto.
—¿Tus… primos? —asentí rápidamente.
—Si, no los conozco… vivían en la misma casa que yo ahora, ¿los conoces? —él volvió a mirar hacia delante, con el ceño fruncido y los labios apretados.
—Los conocía —murmuró entre dientes.
—Ah... pero no es para que te pongas así, ¿eh? —no me contestó. Entonces dobló hacia la derecha, caminando hacia una casa que tenía la puerta abierta. Seguro esa era su casa. Yo lo seguí —¿vienes conmigo a buscar la caja?
—Si. Espera —entró en su casa, cerrándome la perta en toda la cara. Pestañeé un par de veces, un poco sorprendida por lo que había hecho. Miré en todas direcciones, para asegurarme de que nadie había visto la escena, y luego me alejé unos pasos de la puerta. Al menos ya sabía cual era su casa. No voy a mentir… su actitud me molestaba pero… no podía decir nada. Yo no era de esas personas que se quejan por todo. Me las aguantaba. Luego me descargaría con papá, le contaría todo. Escuché como la puerta se abría nuevamente y lacé la mirada… el chico había salió de allí con otro cigarrillo entre sus dedos. ¿Acaso era adicto a fumar o qué? Fruncí el ceño. En cuanto llegó a mi lado, me tendió el cigarro, soltando el humo por entre sus labios.
—¿Quieres? —el corazón me comenzó a andar rápido… y me desesperé. Sentí como los ojos se me llenaban de lágrimas. “¿Quieres?”… Esa pregunta, de una sola palabra. Junté los dientes con fuerza, y quitando la vista del cigarro, miré a Bill. Estaba sonriendo. Era la primera vez que lo veía sonreír, y aunque no era exactamente una sonrisa… me congelé. Aparté la vista rápidamente, alejándome unos pasos de él, con las manos temblorosas.
—No fumo, gracias —contesté. Había contestado exactamente lo mismo… y sin querer.
—Si no quieres, no importa —volvió a llevarse el cigarro a los labios. Comencé a caminar en dirección a mi casa. Él me siguió a paso lento. No lo miré en ningún momento, pero sentía su presencia detrás de mi.
Una vez estuve frente a mi casa, piqué al timbre. Si papá no estaba, iba a tener que entrar por la cocina. El chico se quedó unos pasos más atrás… bastante lejos de mi. Piqué nuevamente al timbre, pero nada…
Suspiré.
¡Qué gran mierda…!
Avancé un par de pasos, hasta llegar a la ventana y la moví un poco para ver si estaba abierta.
Oh, no.
¿Y ahora que le decía a ese Bill? seguro se enojaba o algo. Agh, es que yo también soy persona y se me olvidan algunas cosas. Como por ejemplo dejar una ventana un poco abierta. Aunque entrar por la ventana, también habría sido vergonzoso. Pero al menos habría entrado. Tenía que sacar una copia de la llave YA, no era plan de quedarme fuera de casa todos los días, también tenía que hacer mis trabajos para la escuela… aunque no entendiera nada.
Me di media vuelta, lentamente… sintiendo vergüenza. Y es que… ¿qué persona no tiene las llaves de su casa?. Pff. Soy una idiota.
—No tengo llaves —le dije, encogiéndome de hombros. A lo mejor él no era tan malo y se quedaba conmigo, esperando a que llegara papá y abriera la casa para después entregarle la ca…
—Vengo por la noche a buscar la caja —me contestó, cortando mis pensamientos… y luego de dio media vuelta para comenzar a caminar hacia su casa. Me quedé de piedra ¿tan mal le caía a ese chico para que me tratara así? ni siquiera se había despedido.
Me dejé caer en es césped que había en la parte delantera de la casa… recostándome, usando la mochila como cabecera. Hacía mucho frío, pero agradecí que no lloviera. Algo era algo…
Y es que ya me había enojado. Ese Bill… ¿quién se creía que era? ¿fan, yo? ¡claro!, como si no supiera que se burlaban de mi. No me gustaba Alemania… para nada. Tenía que irme cuanto antes, quizás, podría convencer a papá de mudarnos de nuevo.
Pero ahora, que lo pensaba bien… Bill no tendría porqué haberse quedado conmigo. Después de todo, no nos conocíamos. Lo había visto el día anterior por primera vez.
Y es que me aburría tanto, que comencé a cantar una canción… Bajito, claro, para que nadie me escuchara. Luego de unos minutos, miré la hora. Aún quedaban alrededor de tres horas para que papá llegara. Me tuve que incorporar, sentándome, porque me había entrado tos. Dios, no me quería enfermar. Yo era de esas personas que se enfermaban porque sí, porque no y si no… también.
Los de dedos de mis pies y manos estaban tan congelados que no los sentía. Vaya abrigo que me compré. La cosa ni siquiera me abrigaba. Recogí mis piernas, pegándolas a mi pecho y luego las abracé, convirtiéndome en una pelota humana… enterré la cara entre las rodillas. No me sentía bien.
—¿Karla? —me sorprendí y alcé la cabeza al instante —digo… Karlie —como sólo pude ver un bulto negro frente a mi, me refregué los ojos y parpadeé un par de veces, para poder darme cuenta de que se trataba de Tom, el gemelo bueno. Le sonreí, con los dientes apretados, para no empezar a tiritar.
—Hola —murmuré con la voz un poco más ronca.
—¿Qué haces afuera de tu casa?... con todo este frío no deberías —se acercó un poco más, hasta situarse a poca distancia de mi. Se agachó un poco para que nuestros rostros quedaran a la misma altura.
—No tengo llaves —me encogí de hombros —tengo que esperar a que papá llegue.
—¿A que hora llega? —frunció el ceño con preocupación, tocando una de mis manos con la parte externa de la suya.
—A las siete y algo…
—Dios, estás helada. Falta demasiado. A ver… —se levantó y luego me cogió la mano, separándola de mi pierna. Me tironeó hasta ponerme de pié y luego recogió mi mochila —te voy a llevar a mi casa, vas a tomar algo caliente y allí te esperas a que llegue tu padre, ¿vale? —asentí. No podía ser educada y negarme… no en estas circunstancias. Comenzamos a caminar hacia su casa… sin decir nada. Yo ya había comenzado a tiritar… no me gustaba. Pero más que nada, estaba nerviosa. Seguro Bill estaba allí y… pff. Seguro pensaba cualquier cosa de mi. Y es que ir y meterme en su casa… ¿pero por qué yo tengo que andar haciéndome problemas por esas cosas? Tom me había invitado. Yo no iba por Bill… por mucho que quisiera averiguar sobre él.
—¿Por qué no llamas a tu padre? —me preguntó Tom, a sólo unos pasos de llegar a su casa.
—No me gusta molestarlo cuando trabaja… —además, él siempre me regañaba por llamarlo en esos horarios. Tom no contestó y sacó unas llaves de su bolsillo, para luego abrir la puerta de su casa. Me empujó para que pasara primero… aquí dentro si que estaba calentito. Tom pasó después de mi y cerró la puerta.
En ese momento, la mujer rubia salió de la cocina, gritándole algo a Tom… algo que no entendí. Pero se interrumpió ella misma…
—¡Karla! —Luego le dijo algo a Tom en alemán y este asintió con la cabeza. Le contestó algo que tampoco entendí.Odiaba cuando se ponían a hablar en alemán.
—Oh, pobre… debes estar fría, ven que te doy algo caliente —me hizo una seña para que la siguiera, entrando en la cocina. Miré a Tom y este me dio un pequeño empujoncito —Bill me dijo que te había dejado en tu casa —siguió conversando ella —no me dijo que no tenías llaves, ¡ese chico! te pido disculpas por él —me miró por un momento, cogiendo un tazón de uno de los muebles.
—No se preocupe… él iba conmigo sólo porque tenía que darle una caja —la mujer entrecerró los ojos.
—¿Qué caja? —preguntó un poco extrañada.
—Estaba en uno de los armarios de la casa donde vivo ahora. Decía que era para Bill Kaulitz.
—¿Tu eres la chica que Tom dejó ayer a una cuadra, no? —me cortó. Yo asentí repetidas veces con la cabeza —no le des la caja —iba a preguntar pero otra voz resonó en la habitación.
—No le digas estupideces, mamá. ¿me darás la caja, no? —no supe que decir. No sabía a quien darle la razón. La mujer rubia era la madre de Bill… aunque ella no tenía porqué entrometerse en las cosas de su hijo. Pero a lo mejor tenía razón y no le tenía que dar la caja. Ni siquiera tenía ganas de darle la caja. Él no se comportaba muy bien conmigo, que digamos. Estornudé.
—¿Ves? por tu culpa Karla ahora se enfermará —lo regañó su madre. Me sentí mal por ser la causante de eso.
—¿Y yo como iba a saber que se iba a enfermar? —se defendió Bill.
—Pero sabías que no tenía llaves. Yo no te crié así, Bill —y luego de eso, siguieron hablando en alemán. Con el ceño fruncido… como si se estuvieran atacando con palabras. Me sentí mal. Miraba a ambos con los ojos muy abiertos, al parecer se habían olvidado de mi presencia. Me entró el nerviosismo y el frío se fue… Además, ellos alzaban la voz cada vez más… y más… y más…
—¡Paren! —gritó Tom entrando en la cocina. Gran sorpresa me llevé al darme cuenta de que había entendido su alemán.
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