04 septiembre, 2013

Automatic /Capítulo 5


Al día siguiente, martes, desperté de una pesadilla. Se me olvidó a los tres segundos de haber despertado, pero aún me sentía extraña. Lo primero en que me fijé, después de salir del shock, fue en la caja que había a un lado de la puerta. Si, papá me la había pasado. La tenía que abrir, porque yo quería saber que había dentro… me moría de curiosidad.
Me destapé… me entró el frío, pero no me importó. Me levanté de la cama aún con sueño… tambaleándome. Y con los pies entumidos, me dirigí hacia la puerta. Miré hacia fuera, para asegurarme de que papá no estaba y luego cerré la puerta. 

Cogí la caja y un pequeño papel calló al piso. Lo recogí con cuidado y me lo acerqué al rostro, para luego leer en voz alta:

—Cariño, tuve que irme más temprano al trabajo. Toma el autobús… blablabla.

Arrugué el papel entre mis dedos, y luego lo lancé sobre el escritorio. Pff, genial. A lo mejor hasta llegaba tarde. En fin… ya no importaba.

Dejé la caja sobre la cama. Pude leer a un costado de esta: “Para Bill Kaulitz” Escrito con un marcador negro permanente. La caja estaba bastante deteriorada. Pero estaba muy bien cerrada con cinta. Mmm… ¿Sería el mismo Bill?
A lo mejor Emilie sabía su apellido. Se lo preguntaría hoy en la escuela. Y luego tendría que entregarle la caja.

En realidad, tenía más ganas de abrirla, que entregarla… Pero si la abría, se iba a notar demasiado que se había abierto anteriormente, y no iba a poder entregársela. Me sentiría culpable, pues papá confiaba en mí y en que yo se la entregaría.

Intenté quitarme la idea de abrir la caja y me fui a vestir. Me duché, arreglé, maquillé y tomé desayuno. En cuanto estuve lista, miré el reloj. No me quedaba tiempo para abrir la caja. Suspiré aliviada, y luego, tras coger mi mochila y un abrigo salí de casa.

Bien. Hoy iba a averiguar quien era ese “Bill Kaultz”. Le iba a entregar su caja y después… a ver que hacía para averiguar que había dentro. 

Me dirigí hacia la parada de autobuses. Me llevé la sorpresa del año al darme cuenta de que Emilie estaba allí ¿y es que como no iba a estar allí si su casa quedaba tan cerca?era obvio que me iba a encontrar con ella… Pero no lo había pensado hasta que nos encontramos… y es que soy una lenta.

Nos fuimos juntas a la escuela, como era de suponer… llegamos al momento en que entraba una profesora en la sala de clases. Ella me saludó, me preguntó un par de cosas y luego nos dirigimos a nuestros asientos.

—Emi —la llamé en silencio. Ella me miró, dándome a entender que me había escuchado —¿me puedes traducir lo que está diciendo, por favor? es que no entiendo nada. 
—Mmm... está hablando sobre la nueva tecnología —eso estaba claro, estábamos en una clase de tecnología —robots que parecen humanos. Los científicos intentan hacer un robot capaz de pensar, tener conciencia, de sentir el ambiente que los rodea y de relacionarse como un humano… —empezó… Hablando despacio, luego de la profesora. Entrecerré un poco los ojos. Un robot haciendo las cosas como… un humano. Claramente nunca sería humano, podría pensar, tener conciencia, sentir el ambiente y hasta relacionarse como un humano… Pero no podría tener sentimientos, eso estaba claro —aún falta demasiado para que uno de esos robots pueda ser creado ¿alguno de ustedes sabe como se llaman esos robots? —miré a todas las clase… todos estaban prácticamente gritando —si, exacto… humanoide. Un robot con las mismas extremidades de un humano, es un humanoide. El gran desafío científico es otorgarle al robot, cualidades parecidas a los humanos… —interesante. Humanoide —ahora, respondan las preguntas de las página 245 —Emilie me miró con una sonrisa de satisfacción en el rostros —¿soy buena traductora?
—Excelente —reí bajito. Entonces decidí que sería un buen momento para hacer mi pregunta —emm… ¿no sabes de casualidad el apellido de los gemelos de ayer?
—Kaulitz —¡BINGO! —¿por qué? ¿los conoces? no me digas que eres fan… —me miró impresionada.
—No, si, digo, no… vale, me enredé, ¿fan?, ¿por qué yo iba a ser fan? —suspiré —sólo te preguntaba el apellido por curiosidad, nada más. 
—Ah, ¿Entonces no eres fan?
—¿Fan de qué?—pregunté confundida.
—Tokio Hotel —vale, que a lo mejor esta chica se estaba burlando de mi. Yo había estado en Tokio… viviendo en un Hotel por dos semanas…
—¿Te burlas de mí?
—¿Por qué?, no, no, claro que no. Es que pensé que… 
—Ustedes dos, las de atrás… —alzamos las vista a la vez, mirando a la profesora —¿han terminaron las preguntas?

Luego de eso, no volvimos a hablar sobre el tema.

El resto del día escolar lo pasé igual que el lunes. En grupo con las chicas. Hablé un poco más con las gemelas y me cayeron bastante bien. Pero mi opinión sobre Tess y Lindsay seguía siendo la misma. A lo mejor ella no querían ser unas creídas, pero lo eran sin querer. Tampoco era plan de ponerme a pelear con ellas, por lo que no les dije nada. Y eso fue extremadamente fácil, pues ellas tampoco me dijeron nada. 

Emilie… pues creo que ya tenía un concepto de ella como persona. Era buena. Un poco gritona, hiperactiva y todo eso… Pero era de pensamientos buenos, eso lo tenía más que claro. Además, era una copia idéntica de su hermana, se parecían bastante. Sólo que Emilie era un poco más pequeña. Como aún no me podía aprender el nombre de su hermana, me veía obligada a llamarla “su hermana” y eso si que era incómodo, aunque sólo lo pensara.
Algo que se me olvidó añadir, es que como no tenía llaves, ayer había entrado a casa por la ventana de la cocina. A lo mejor, hoy tendría que repetir el proceso. Sólo que se me había olvidado revisar la ventana antes de salir. Además, papá nunca se preocuparía mucho por el tema, él sabía que yo me las arreglaría de todas formas. 

A lo que respecta con Bill Kaulitz… No pude dejar de pensar en él, y eso me molestaba más de lo normal, vamos. Que me había pasado el día pensando en un extraño. Soy estúpida lo sé. Pero es que Bill Kaulitz llamaba la atención, o al menos llamaba mi atención. Y como una curiosa de primera quería saber más sobre él. Quizás algo de su vida, sus estudios, su casa, o a lo mejor… la razón de porqué parecía ser un chico tan vacío, tan frío, con falta de vitalidad. Y es que sus ojos… no expresaban nada ¿acaso su alma no sentía? Dicen que los ojos son las ventanas del alma. Entonces, si así era, su alma estaba vacía, era algo inerte. Quizás… alguien le había hecho daño. Pues no hay razón para que una persona se cierre de esa manera. Pero, ¿quién podría hacerle daño a él? ¿quién querría hacerle daño a ese chico?
Tenía que averiguarlo… quería averiguarlo.
Dicen que la curiosidad mató al gato, pero yo no era un gato. Así que estaba bien. Y es que la enorme necesidad que sentía… necesidad de acercarme a él. Lo había sentido desde que lo había visto en el coche, ayer. Y odio admitirlo, pero soy sincera. Yo iba a averiguar más sobre ese tal Bill Kaulitz.

Y hubiese seguido pensando en el chico… no tan chico, ya que si tenía la misma edad que la hermana de Emilie, tendría 19… de no ser por que Emilie me interrumpió.

—¿Nos bajamos aquí para comprar un helado? —íbamos en el autobús de vuelta casa. Habíamos hablado antes de salir, sobre una tienda pequeña a unas tres cuadras de mi casa, que tenía unos helados muy buenos… además de muchas cosas más, era como un supermercado, pero pequeñito. Pero lo que más nos interesaba a nosotros eran los helados, claro. Emilie no me dejó contestar e hizo que el autobús se detuviera. En cuanto se abrieron las puertas, nos bajamos y cruzamos la calle corriendo, para luego entrar en el negocio. Salimos del local comiendo nuestros helados... el de Emilie era de fresa y el mío de naranja, como es de suponer —deberías haber elegido el de fresa, es el mejor —Emilie comió un poco de su helado, mostrándome de lo que me perdía.
—Para mi, la naranja es lo mejor del mundo… mmm —le mostré a ella de lo que se perdía. 
—Pff… —fue a decir algo más, pero el sonido de su móvil la interrumpió —¿hallo? —dijo llevándoselo al oído. Decidí no seguir escuchando, pues no entendía nada. Me dediqué a comer mi helado. Que difícil iba a ser para mí aprender Alemán. Hoy mismo le iba a decir a papá que me metiera en clases del idioma. Aunque ya sabía su respuesta “yo te puedo enseñar, ¿o es que mi cara de alemán no te parece muy inteligente?” Sonreí, es que a ese hombre se le ocurría cada bobada... —debo irme —Emilie me sacó de mis pensamientos —llegó un primo a casa y tengo que cuidarlo, porque Sam no está y mamá va a salir —con que se llamaba Sam… Vale, que esta vez ya no se me olvidaba.
—Am.. vale, no hay problema, nos vemos mañana. 
—Ok, adiós. Intenta mejorar un poco tu alemán, que te pierdes de mucho —se burló. Fruncí el ceño y luego de despedirme de ella, pude ver como se alejaba caminando por la calle. Yo no quería irme aún. Hacía frío, y estaba en plena calle comiendo un helado de naranja, ¿qué mas pedir?... nada. Soy una idiota, lo sé. 

Cuando estaba a punto de terminar mi helado, por mientras que pensaba en mis cosas… se me ocurrió alzar la vista. Una mujer rubia cargada de bolsas salía del local. Llevaría unas… muchas en total y se notaban bastante pesadas.

No se dio cuenta de que yo estaba al lado de la calle, y dobló hacia la izquierda, en la dirección de mi casa. Me terminé de comer el helado rápidamente, mientras observaba como la mujer rubia dejaba las bolsas en el suelo y luego las volvía a coger para dar otros tres pasos y repetir la acción. 

Se me ablandó el corazón, vamos como siempre y me apresuré en alcanzarla…

—Hallo —la saludé. La mujer rubia dejó las bolsas en el suelo nuevamente. Me miró y luego de pestañear un par de veces, una sonrisa amable se dibujó en sus labios. La mujer, tenía un aspecto joven… bastante cariñoso debo decir. 
—Hallo —me devolvió el saludo. Como la señora me pareció bastante simpática, no me dio la más mínima pizca de vergüenza seguir hablando en inglés:
—¿Quiere que la ayude con las bolsas? —la mujer entrecerró los ojos un poco, analizándome con la mirada.
—Te lo agradecería mucho —le sonreí. Me había contestado en el mismo idioma, vamos que en Alemania se manejaban bastante bien con el inglés. Cogí todas las bolsas que ella llevaba en las mano derecha y las dividí entre mis dos manos, así quedaba más cómoda… Realmente pesaban mucho —¿no hablas alemán? —me preguntó, comenzando a caminar. Yo negué con la cabeza.
—No… llegué hace poco —me encogí de hombros, siguiéndola.
—Oh, y dime, linda, ¿como te llamas?
—Karla.
—Qué bonito nombre —me sonrió —¿de dónde vienes?
—Japón, y no me pregunte si sé japonés, porque estuve allí sólo dos semanas y tan bien como me manejo con el alemán, me manejo con el japonés —añadí rápidamente. La mujer se echó a reír.
—Vale, vale —suspiró. Cruzamos la calle.. Ella no dejaba de mirarme y yo ya me estaba sintiendo un poco incómoda. Y al parecer ella lo notó —discúlpame si soy un poco grosera, es que te pareces a alguien que conocía —no era la primera vez que me decían eso… —oh, mira, allí está mi hijo… ese mal educado que no me ayuda a traer las compras. No sé de donde habrá sacado esos modales. Jamás se lo enseñé —negó con la cabeza repetidas veces.

Y entonces, miré hacia delante. Y si… allí había un chico.

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