12 septiembre, 2013

Automatic /Capítulo 14


Seguí caminando sin volver la cabeza para mirarlo. Y es que… si había estado a punto de pasar lo que yo creía que había estado a punto de pasar… ay no. Yo no quería besarlo. O a lo mejor si… pero no. No podía ser. Por más que quisiera, yo no podía. No lo podía besar porque… no. Nunca antes había besado a un chico… y no pensaba hacerlo. Me daba pánico, miedo, terror. No quería. De tan sólo pensar que podía haber pasado me ponía a temblar. Pero es que… había sido una sensación inexplicable. Jamás me había sentido así. Desde ahora en adelante me iba a alejar de Bill… pero por mi cuenta. No porque él quisiera, si no que por mí. Porque no quería sentir nuevamente lo que había sentido. Además, él me gritaba y… se había quedado con mi polerón. Lo único que le faltaba era golpearme… pero nunca nadie me había golpeado y no se lo permitiría. 

Abrí la puerta de casa y pasé dentro, cerrando tras de mi. Emilie seguramente estaba esperándome y yo aún no llegaba. Me apresuré en subir a mi habitación y coger una chaqueta… y luego volví a salir.

Rogué internamente no pillarme con Bill en el camino. A lo mejor aún seguía en el parque… o se había ido a su casa. Apuré el paso para llegar lo antes posible a la esquina.

Una vez allí, miré hacia ambos lados…me di cuenta de que Bill venía caminando… un poco alejado. Pero estaba regresando de parque… tenía el polerón sujeto fuertemente en una de sus manos, la otra mano, la tenía metida en el bolsillo de su pantalón. Aparté la vista cuando me di cuenta de que él me había visto. Y luego crucé la calle, moviendo los pies lo más rápidamente posible, sin correr. Volví a mirarlo… él ya estaba en la puerta de su casa. Pero ya no me miraba. Mucho mejor. Seguí caminando… no había pasado nada. Tenía que estar tranquila. Tranquilízate.

No me costó encontrar la casa de Emilie. Pensaba que no recordaba el camino, pero una vez en su calle me di cuenta de que su casa destacaba de las demás. 

Piqué al timbre y metí las manos en los bolsillos de mi chaqueta. A lo mejor me equivocaba de casa ¿y si era la del lado? ¿y si estaba en otra calle? no. Imposible. A lo mejor tendría que haberle preguntado a Bill cual era la casa de Emilie… no, no ¿pero qué pienso? ¿Bill? ni pensarlo, claro que no. Tenía que evitar pensar en él, me volvía loca.

—Por fin llegas —salí de mis pensamientos. Emilie había abierto la puerta —ven, pasa, pasa —me invitó haciéndose a un lado. Pasé dentro de la casa y luego ella cerró la puerta. 
—Hola, Karla —me  saludó la madre de Emilie, que estaba viendo TV en el salón. La había visto sólo una vez, con esta dos… y me había caído bastante bien.
—Hola señora…
—Llámame Juliette. 
—Hola, Juliette —me sentí muy, pero muy extraña al hablarle así. Era incomodo. Se veía joven… bueno no tanto. Como la edad de papá mas o menos… ¡no podía llamarla así! La mujer me sonrió. Es que era increíble. Emilie y Sam eran una copia de su madre. Las tres rubias, de ojos azules y con el rostro lleno de pecas. 
—Vamos a mi habitación —me tironeó Emilie del brazo. 
—Hija, espera… ¿porqué no me van a comprar algunas cosas para comer ahora? —si, por favor… que hambre.
—Ay, mamá —se quejó Emilie. La mujer se levantó del sillón y luego caminó hacia la cocina. 
—Compras helado, galletas, pan, algún dulce, queso… y se compran algo para el camino —dijo desde la cocina. Salió de la habitación con dinero y se lo dio a Emilie —tengan cuidado al cruzar la calle… —iba a seguir, pero Emilie la cortó.
—Lo sé, lo sé. No sigas, ya estoy grande —se quejó, poniendo mala cara. 
—Gracias, hija. Gracias, Karlie. Vayan, vayan… que tú tienes cara de hambre —me señaló. La señora me había leído la mente. Abrí los ojos como platos y luego me di la vuelta para ir hacia la puerta. 

En cuanto salimos de la casa, Emilie comenzó a maldecir a su madre. No la entendía… si yo tuviera a mi madre iría a comprar todas las veces que a ella se le antojara. Y no me quejaría. 



Dieron las siete de la tarde cuando me di cuenta de que ya era bastante tarde… tenía que irme. O mejor, me iba más tarde. Si, a las ocho. Después de todo, Emilie no quería que me fuera. Su hermana Sam aún no llegaba y su madre estaba cocinando algo para la cena, que sería dentro de poco. 

En las casi tres horas que había estado en su casa, me había dado cuenta de que ella también tocaba guitarra. Aunque no le agradaba cantar. Según ella, era pésima cantando. Me dijo también, que Tom le había enseñado a tocar su guitarra… cuando ella tenía diez años y Tom trece. Porque era amigo de su hermana… aún no eran novios, pero sí amigos. Eso me lo había repetido millones de veces.

También se había acordado sobre Bill. Y otra chica amiga de ellos. Dijo que antes su hermana siempre se juntaba con Andreas, Tom, Bill y dos chicas más. Dijo que una de ellas había sido inseparable de Bill. Aunque no recordaba su nombre. Yo no le dí mucha importancia a lo que ella me contó. Pero me di cuenta de que Bill tenía diecinueve años. Tres más que yo.

También le pedí la guitarra a Emilie y le toqué una de mis canciones. Ella quedó impresionada. Y admitió que nunca había pensado que yo tocara tan bien. Además, me confesó que ella jamás había escrito una canción. Me felicitó por mi voz y quedamos en tocar juntas la próxima vez que nos juntáramos. Mañana, para ser exactos.

—Creo que ya es hora de que me vaya —le dije, luego de un momento de silencio. Estábamos tendidas en su cama, mirando el techo, sin hacer nada. 
—Aún no —se quejó. 

ManáManá… tutu…. me lo quité del bolsillo antes de que siguiera sonando le di al botón verde.

—¿Qué fue eso? —se burló Emilie. Yo la miré entrecerrando los ojos y me enderecé para luego llevarme el móvil al oído. 
—¿Hola?
—Hija, ¿donde estás?
—En la casa de Emilie… pensaba irme ahora, pero…
—¿Quieres que vaya a por ti? ayer ni siquiera quisiste ver el coche nuevo… 
—¡¿coche nuevo?! lo había olvidado —grité emocionada. 
—Aprovechamos de dar una vuelta por la ciudad, invita a tu amiga.
—Está bien. Te doy con ella para que te de la dirección de su casa —le dije rápidamente, quitándome el móvil del oído —dile donde vives —le dije a Emilie, quien me miraba sin entender nada… 


El timbre sonó y nosotras nos apresuramos en bajar las escaleras. Me sentía extraña, como si algo fuese a pasar… o más bien, como su hubiese algo de lo que yo aún no me había dado cuenta. Pero todo estaba dentro de mi cabeza, lo único malo es que yo no sabía que era.

Me alejé de esos pensamientos y empujé a Emilie, mientras esta comenzaba a gritar, para abrir la puerta. Era papá y me miró sonriendo. 

—¡Papi! —le grité como una niña pequeña, para luego abrazarlo y saludarlo de con un beso. Una niñita de papi, eso es lo que era, en el sentido “bueno”, claro está… Bleh. 
—¿Quién es, niñas? —me separé de papá y miré a Juliette que salía por la puerta de la cocina. 
—El papa de Karlie. Nos va a llevar a dar una vuelta en su coche nuevo… para mostrarle la ciudad a Karlie y eso —le contestó Emilie. Yo asentí dándole la razón. 
—Ah… pues, que bien —se acercó a nosotros —hola —lo saludó. Estirándole la mano. Papá se la cogió y le sonrió. 
—Soy Marc, un gusto…
—Si, lo sé. Juliette. El justo es mío —de pronto me sentí incómoda. Quizás por la forma en como se miraron… o a lo mejor era porque el ambiente estaba extraño. Mi padre entrecerró un poco los ojos y yo tiré de Emilie, alejándonos unos pasos de ellos. 
—No te vi hoy en el trabajo —¿qué, qué?  
—No tenía turno —rió Juliette —los sábados no trabajo mucho… para estar con mis hijas —soltaron sus manos, pero seguían mirándose y sonriendo… esto era tan ext… 
—¿Trabajan juntos? —se entrometió Emilie de sopetón en la conversación.  
—Si, cariño. Él es mi jefe —lo señaló divertida. Yo los miré a ambos con la boca entreabierta… nunca pensé que papá iba a ser el jefe de la mamá de Emilie, digo, Juliette. Esto era algo que no me esperaba —¿quieres pasar a tomar algo?, ¿quieres cenar?... ya estábamos por cenar, está todo listo —lo invitó, abriendo la puerta. 
—Creo que…
—Si, si quiere —me entrometí en la conversación, abrasando a papá —Juliette cocina muy bien.  
—Karla… —me dijo con voz de circunstancia —Juliette rió un poco y Emilie nos observaba con la boca abierta y con expresión de no entender. 
—Vamos… ¿si? después la invitas a ir con nosotros —le hice ojitos. Papá miró a Juliette y luego suspiró. 
—Está bien.
—Estas niñas… —rió Juliette —papá entró en la casa y yo lo solté, quedándome en la puerta al lado de Emilie. Los adultos caminaron hacia el comedor. 
—¿Estás pensando lo que yo estoy pensando? —me preguntó Emilie saliendo del trance. La miré alzando una ceja —ya sabes… esos dos ancianos… —oh… ya sabía a lo que se refería.  
—Wow… que… asco. 
—No, no —me cogió del brazo —¿te imaginas? ok, creo que estoy hablando muy anticipadamente, recién se conocen… —dijo rápidamente —pero si tu padre y mamá… 
—Shht —le cubrí la boca con la mano —ni siquiera lo digas… —de tan sólo pensarlo, se me apresuraba el corazón. Y no creo que fuera de celosa, ni nada de eso… si no que de pura emoción —no saquemos conclusiones antes de tiempo… tienes que convencer a tu madre de que nos acompañe en el paseo de la ciudad —susurré. 
—Está bien —me contestó con un susurro igual al mío. 
—Chicas, ¿vienen a comer? —nos llamó Juliette. 
—Ya vamos, mamá —le gritó Emilie —¿qué dices? ¿intentamos hacer lo que yo creo que estás pensando?
—Claro —chocamos las manos. Y es que, odio pensarlo antes de tiempo, pero si juntábamos a nuestros padres… seríamos hermanas. Además, quizás, si el viejo se enamoraba, nos quedaríamos en Alemania definitivamente y ya no viajaría tanto… ¿y que mejor si se enamoraba de Juliette? vale, que la había visto sólo dos veces en la vida, pero me caía bien. Además, era bonita… y trabajaba para papá. Eso quería decir que se veían todos los días. Y si papá había dicho: “hoy no te vi en el trabajo”, era porque realmente se fijaba en ella. Y la forma en como se sonrieron…  

Aunque, por otra parte, y fuera de toda esa emoción y esas cosas… papá era mío. Yo siempre había sido la única chica para él… Siempre habíamos sido sólo dos. Y una parte de mi, no lo voy a negar, se oponía a el “plan” que acabábamos de armar con Emilie. 

Era algo de niños… estaba segura. Dos chicas no pueden hacer que dos adultos se enamoren. Y mucho menos en el primer encuentro. Aunque para eso estaba el tiempo...

Caminamos hacia la mesa y nos sentamos. Juliette estaba arreglando un puesto para ella… luego sirvió la comida e incluso abrió una botella de vino para ella y papá. Aunque, a decir verdad, papá fue quien abrió la botella.

Estuvieron toda la cena hablar y hablar. Nosotras a veces no metíamos en la conversación y ellos nos miraban con una sonrisa. Congeniaban bastante bien… eso era alentador, un buen comienzo.


Al terminar de cenar, papá invitó a Juliette… y Emilie aceptó por ella. Cuando salíamos de la casa, le susurré a papá que Juliette estaba soltera y él me miró entre molesto y avergonzado. Pero no le di importancia, ya que sólo le presté atención al fabuloso coche… era blanco, no era pequeño, pero tampoco enorme, era moderno y me encantó. Lo miré desde todos los ángulos posibles. Y luego nos subimos para dar vueltas por la ciudad. Juliette se sentó con papá en los asientos de adelante. Emilie y yo íbamos en los de atrás, con las ventanas abiertas y el cabello alborotado, mirando hacia fuera.

Nunca pensé que la ciudad sería tan grande. Habían edificios geniales. Pasamos fuera de uno que me llamó mucho la atención… y digo que me llamó la atención porque Emilie me contó que era el edificio de la discográfica de Tokio Hotel. Y se me revolvió el estómago… a lo mejor, algún día también podría ser mi discográfica. Pero así como iba… ese día no llegaría nunca. Emi también me dijo, que el estudio donde los chicos grababan sus canciones estaba a una calle del lugar…

Terminamos el paseo, cuando ya faltaba poco para las diez de la noche. Los adultos habían hablado todo el viaje de no sé que cosa que no escuché o más bien no entendí, porque hablaban en alemán… 

Dejamos a Emilie y Juliette en su casa… y luego nos fuimos a la nuestra. Yo sin dejar de molestar a papá, y él amenazándome con darme un castigo por el resto del mes.

Ok. Lo del castigo lo decía en broma. Por lo que yo no tomaba en cuenta sus amenazas y seguía picándolo cada vez mas… hasta tal punto, que a mi padre se le subió el color al rostro y tenía la impresión de que iba a explotar. Pero en ese momento llegamos a casa. Así que no seguí. Fue como si el cansancio se hubiese apoderado de mí. Además, ya me comenzaba a aburrir de esa casa. Llevaba sólo una semana y un día viviendo allí, pero la imagen ya se estaba volviendo repetitiva para mí. Yo solía vivir en hoteles… y allí siempre había gente diferente a la que mirar. 

Por otro lado, era mejor vivir en esta casa, así papá se podría enamorar de la madre de Emilie. Cosa que en un hotel sería imposible… porque eso significaría que nos quedamos poco tiempo en el país que estuviésemos… y como los adultos siempre dicen “ay que darse el tiempo para conocer como es una persona en realidad”. Tampoco voy a negar que la idea de que mi padre estuviese con una mujer que no fuese mamá me desesperaba. Juliette era una persona muy buena…y me caía bien. Aún así nunca la podría ver como madre. Pero es que papá… el estaba tan sólo últimamente. Aunque intentara ocultarlo, preparándome jugos de naranja riquísimos, podía notar que le hacía falta una mujer. Corrijo, una esposa. Porque yo siempre seré la mujer más importante de su vida. Por siempre y para siempre. Porque él siempre me va a amar sobre todas las cosas… y yo a él. Juliette… sólo iba a ser quien lo cuidara cuando ya se volviera viejo y yo me mudara a Australia. Vaya planes. Estaba planificando todo… ni siquiera sabía si se gustaban. Además, esta era la primera vez que hablaban… y pensar así era muy precipitado de mi parte. Soy una idiota. Algunas veces pasa, que siempre que uno planea mucho las cosas… no resultan. Así que tendré que dejar de pensar en eso. Aunque me tiene emocionada… lo admito.

Me bajé del coche y cerré la puerta. Luego me acerqué a papá dando saltitos y rodeé su espalda con uno de mis brazos.

—Ya no te molestaré más —le dije con una sonrisa. El suspiró aliviado y me miró divertido —pero inténtalo… 
—Buaj. Hija, tu sabes que…
—Guárdate tus comentarios y sigue mis consejos —lo corté, en el momento que él abría la puerta de casa con su llave.
—¿Intentas manejarme? —me encogí de hombros y negué con la cabeza haciendo un puchero. 
—Me iré a dormir que ya es tarde. Tú sólo intenta quedar otro día con Juliette. Buenas noches, papi —me puse de puntillas y le planté un beso en la mejilla. Luego me metí dentro de la casa y subí las escaleras corriendo. 

Vaya día. Mis días últimamente estaban siendo muy… interesantes. Ya me había pasado de todo… todo lo que jamás había pensado que me pasaría. Pero no me quejaba. Una vida con emociones es una buena vida, supongo. Aunque no me podía quitar a Bill de la cabeza pero... eso no importaba porque desde ahora lo evitaría. Y para cuando nos mudáramos de nuevo… ya ni siquiera lo recordaría. O a lo mejor, lo recordaría como el chico que me jodió los primeros días de mi vida en Alemania. 

Me quité la camiseta pensando en esas cosas. En como podría hacer para no toparme con él. Tendría que buscar otra parada de autobuses. A lo mejor, había una por aquí cerca y podría ir hacia el otro extremo de la calle. No importa si quedaba más lejos, yo podría levantarme más temprano. La cosa era no pasar fuera de esa casa. Quizás luego salía con que no le gustaban mis uñas y me obligaba a tinturarlas de negro… como él en las fotografías de Internet. Ok, es una idiotez pensar que Bill podría obligarme a cometer semejante estupidez… pero es que con él nunca se sabe.

Cuando ya estuve con el pijama puesto, me fui a lavar los dientes y hacer todo lo que tenía que hacer. Después, volví a mi habitación, cerré las cortinas y apagué la luz. 

Me metí en la cama muerta de frío y me cubrí hasta la cabeza.

Cerré los ojos e intenté pensar en nada…

Pero es que… ¡Argh!. Es que ese estúpido Bill, y esa estúpida curiosidad, y esa estúpida sensación y estos estúpidos días y esta estúpida ciudad y… y… Puaj. La curiosidad más que nada era lo que más me jodía. Quería saber que era lo que le pasaba a ese chico. Que era lo que pasaba por esa cabeza… quería saber que era lo que había dentro de sus ojos, lo que no se podía mirar lo que él ocultaba con esa capa de frialdad que lo hacía parecer automático.

… Aunque, a decir verdad, yo nunca me había interesado en pensar bien en los hechos en meditarlo mejor. A lo mejor, ya tenía la respuesta a todo y aún no me había dado cuenta. 

Está bien, no tengo muy buena memoria y los recuerdos, incluso los de hoy en la mañana, eran algo borrosos… pero haría el intento.

Empecemos desde el principio. Llegué hace una semana… Ok, todo bien. El lunes… fue cuando conocí a Bill. Recuerdo la impresión que me había llevado al verlo. Me había llamado la atención… Sam y Tom me habían encontrado rostro de conocida… y Bill había dicho que yo tenía los labios más gruesos y un lunar en la mejilla. Bien, eso es cierto… o al menos lo último, yo si tengo un lunar en la mejilla… pero no encuentro que mis labios sean gruesos. A no ser que la persona con quien me estuviese comparando casi no tuviese labios. Después había pasado lo de la caja, que por cierto, papá había encontrado en un armario… y era de Bill. No había alcanzado a leer la carta… pero no importa. Luego, Había ocurrido lo del polerón de mi prima que…

Esperen, esperen. Esa caja estaba en mi casa, ese polerón estaba en mi casa… antes la familia de mi tío había vivido allí. Y por la ropa, juraría que tenía una prima ¿cómo no lo noté antes? ¡es que soy idiota! soy la persona con menos cerebro que ha pisado el planeta. Tonta, tonta, tonta ¡pero si estaba todo tan claro! Bill estaba dolido con mi prima. Por eso el parecido entre nosotras… ¡si nuestros padres eran hermanos! Somos familia, es algo obvio. Y esa ropa… y la forma en que me trataba, sin duda la chica le había hecho mucho daño. No sabía su nombre, ni siquiera sabía donde estaba en este momento. Pero le preguntaría a papá. Dios, es que aún no lo podía creer. ¡Bill me regañaba a mí sólo por parecerme a la chica que le hizo daño! Yo ni siquiera la conocía… ni supe de su existencia en toda mi vida… hacía sólo unos días que había descubierto que había tenido primos en Alemania. Y yo que todo el tiempo había creído que el hermano de papá vivía en Holanda. Es que tengo un revoltijo de países en la cabeza. Es lo que me pasa por viajar tanto. 

Me mordí el labio inferior e incluso sentí que el corazón se me apuraba. Me sentía como si hubiese descubierto América. Ya sabía a quien me parecía y a quien le recordaba a Bill… a lo mejor estaba equivocada, pero habían muy pocas potabilidades de que todas esas evidencias las hubiese relacionado mal. Fuera como fuera, yo no iba a seguir investigando nada. No quería más insultos, ni gritos. Tampoco quería que me ofendieran con mi madre, ya suficiente dolor tenía en corazón debido a su ausencia… para que un chico extraño y amargado, me picara la herida.



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