Las primeros días nos llamábamos cada cinco minutos. Si no era él, era yo. Pero estuvimos en contacto en todo momento. Hasta que él me dijo que ya no podía seguir llamándome tan seguido. Que estaba demasiado ocupado, que casi no dormía por las noches. Era comprensible, porque él tenía muchas que hacer, vamos que era famoso. Se había comprometido en llamarme todas las mañanas, en cuanto despertara y por las noches, antes de que yo me fuese a dormir. Y claro, yo había aceptado. Tenía que aceptar que él tenía muchas cosas que hacer y que no podía estar tan pendiente de mi como antes. Me había dicho que lo más probable sería que él no me cogiera la llamada si es que lo llamaba fuera de los horarios acordados. Así que tenía que conformarme con eso. Él me había prometido que en cuanto regresaran de las giras, todo iba a estar bien que iba a ser como antes, y que pasaríamos el día juntos.
Los extrañaba, y él también me extrañaba.
Quería estar con él, extrañaba sus besos, sus abrazos, lo extrañaba mucho. Sabía que lo tenía, en alguna parte, en algún lugar. También sabía que cuando regresara todo iba a estar bien, que íbamos a volver a estar juntos, como antes. No debía preocuparme por nada. Pues él me seguía amando, aunque fuese a distancia. Y no me importaba quedarme esperando horas una llamada sólo para escuchar su voz decirme buenas noches, princesa, te amo. Haría lo que fuese por él. Me tenía enamorada hasta los huesos .
Y los días y las noches siguieron pasando. Él me llamaba dos veces al día, como habíamos acordado. Me conversaba sobre sus cosas, sobre sus conciertos, las entrevistas... me contaba todo aquello que yo no sabía. Y a mi me encantaba escucharlo, aunque a veces, claro, como cualquier persona, él estaba de mal humor y no hablábamos más de cuatro palabras. Aunque nunca me cansaba de repetirle cuanto lo quería y extrañaba... que lo estaba esperando.
Semanas después, me comenzó a llamar sólo una vez al día. Se había disculpado conmigo por eso
, y me había dado sus razones: No tenía tiempo. Yo lo comprendía
. Ya luego vendría la recompensa
y estaríamos juntos hasta hartarnos el uno del otro. Aunque claro, esa era solo una expresión, yo nunca me cansaría de él.
El tiempo siguió pasando Y sus llamadas cada vez eran más escasas. Me llamaba una vez a la semana, y habían semanas en las que ni siquiera daba señales de vida... y yo me veía obligada a meterme en esas páginas de chismes de Internet, para saber como se encontraba. Lo extrañaba mucho. Incluso intentaba llamarlo, pero él nunca cogía el móvil. Era imposible contactarme con él.
Continuaron pasando los días,
los cuales cada vez se me hacían más y más largos. De algún modo, me sentía angustiada. Aunque trataba de no demostrarlo. Yo seguía como siempre
feliz con la vida.
Vamos que aún tenía a Bill conmigo
, sólo que estaba a unos cientos de kilómetros
pero estaba. Yo lo esperaría, si es que era necesario, para siempre.
Desde que él se había ido, no había vuelto a pasar por la caseta, pues ese era un lugar de los dos, al cual lógicamente no iría sola. Era nuestro lugar secreto.
Básicamente todo lo que hacía era pasar el rato con Sam. Nos habíamos hecho aún más cercanas, al punto de pasarme todo el día en su casa. Su hermanita, Emi, también era muy simpática y nos pasábamos las noches de los viernes y sábados viendo películas en el salón, mientras nos engordábamos de pop corn.
Tom terminó llamando más a Sam que Bill a mi. Pero no iba a hacer un show o a quejarme, quizás Bill se agotaba más rápido, o su teléfono no andaba bien, no lo sé. Lo que sí sabía era que cada noche el primero que se iba a la cama, llamaba al orto para darle las buenas noches. Y por la mañana era lo mismo. Un par de veces me había despertado el móvil de Sam. Ella simplemente lo tomaba, se escondía entre las sábanas aún con los ojos cerrados y hablaba con él un par de minutos, básicamente con monosílabos, para luego continuar durmiendo como si nada. Al menos su novio la llamaba. Y ella claro, ignoraba y tachaba como falsos todos esos rumores que habían en Internet de que Tom era todo un mujeriego. Quizás tenía razón, quien sabe.
En la escuela varias veces nos detuvieron en los pasillos para preguntarnos sobre los chicos, gente con la cual nunca había hablado... y surgieron de esa manera otros amigos, bah, no es que fuesen amigos de verdad, eran más que nada conocidos, gente que al ver, podía saludar. Incluso profesores me habían preguntado sobre los chicos... era impresionante.
El momento incómodo llegó, cuando estando en la fila de la comida rápida, una chica comenzó a, prácticamente, recitarle a otra cosas sobre Bill. Su cumpleaños, altura, color favorito y ese tipo de cosas. Y bueno... yo siempre pensé que el color favorito de mi chicos era el negro, pero al parecer no lo era.
Lo del color no fue la gran cosa.
El impacto total fue cuando escuché a la chica decir muy convencida que él había afirmado no tener novia. Sabía que no debía creerle, pero la situación no dejaba de inquietarme. Y es que no había hablado con él en días, entonces... no lo sé, supongo que me sentía insegura. Pero todo se arregló al hablarlo con Sam.
No hay comentarios:
Publicar un comentario