CAPITULO
13
—Yo igual te quiero —quedé
impactado. ¿Así… así de fácil? ella… ella también me… ella me… me quería. Meer
me abrazó —eres el mejor amigo en todo el mundo —ni siquiera había terminado de
analizar y asimilar las palabras anteriores cuando escuché eso. Sentí como si
un balde de agua fría se derramara sobre mí. El mejor amigo de todo en mundo.
Genial. GENIAL. Es que… esto no me lo podía creer. No entendía como ella podría
haber pensado que yo la quería como una amiga si yo… yo la había besado, eso no
lo hacían los amigos. Bueno si, a veces… ¡Pero no es algo que corresponde!
Dios… esto era mucho más difícil de lo que yo imaginaba. Aunque, a lo mejor…
era mucho más conveniente querernos sólo como amigos.
Solté todo el aire de sopetón.
Como amigos… un amigo. Esa palabra me molestaba, me molestaba mucho. Meer había
entendido mal. ¿Cómo… cómo podía explicárselo? Si ni siquiera podía
explicármelo a mí mismo. Tenía un lío en la cabeza terrible, odiaba sentir
esto. Pero es que… no lo podía evitar. Yo quería que Meer supiera que yo la
quería de verdad, deesa manera especial, como se quiere a
alguien especial. Aunque a la vez… me aterraba la idea de que ella se sintiera
mal, que ella no me quisiera de la misma manera porque. No quería que ella se
alejara de mí. Y es que también sonaba un poco aterrador decirle a una niña “me
gustas”. Vamos, es que aunque me… me gus... gustara así de esa manera, me daba
mucha vergüenza admitirlo, y mucha más vergüenza me daba que ella se enterara o
que más gente se enterara. No podía creerlo. Siempre la había visto en la casa
del lado, desde pequeña, y nunca me había llamada la atención de esta manera en
que lo estaba haciendo ahora. Ahora era diferente. Meer era, aunque no lo
pareciera por su tamaño, más grande. Y me volvía loco con esa mirada de niña
inocente, esos ojitos hermosos que realmente parecían estrellas, con esa
sonrisa, su suavidad, sus manitos… su aroma y si forma de ser.
Y ahora… ahora tenerla aquí abrazada era, Dios… era lo mejor del mundo.
Tenía que decírselo. Debía decírselo, Meer no podía ignorar esto.
—Meer, tu no entiendes —la separé de mi despacio, y busqué en sus ojos alguna leve señal de que ella en realidad sabía a lo que me estaba refiriendo. Pero no. Ella apartó la mirada hacia sus manos, que se entrelazaban nerviosas sobre sus piernas.
—¿… El qué? —preguntó despacio, sin mirarme.
—Pues que… —¡pff! ¿acaso siempre me tiene que buscar cuando estoy en algo importante? ¡Agh!, justo ahora que tenía todo el valor reunido para decirle a Meer lo que sentía. Esto era deprimente, de verdad.
Me levanté del sillón de mala gana y tomé el teléfono. Dios… estúpido aparato. Hubiese sabido que me interrumpirían lo habría desconectado.
—¿Hola?
—¡Bill!, me tenías preocupada ¿Estás con Meer? Bill, sabes que… —Iba a comenzar a hablar como una loca, la corté.
—Mamá, sí. Está aquí, no te desesperes.
—¡Es que no sabes lo que pasó! No te imaginas cómo está su madre, debes traerla ahora, ¡está como una loca!
—¿Qué, qué? —y es de tan sólo imaginar a esa mujer… agh.
—Debes traerla enseguida.
—Vale, vale. Dile que espere, en unos minutos estamos allí —colgué de forma automática pensando en cómo iba a hacer para inventar alguna buena excusa. No podía disculparme con su madre diciéndole que Meer se había emborrachado. Que problemas traía esta niña. La observé, ni siquiera podía enojarme con ella —Tu madre te busca y según mi mamá, está muy enojada —Meer se levantó del sillón dando un salto. Me observó, apartó la mirada rápidamente y apoyó sus manos en sus caderas. La observé detenidamente…
—¿Dónde está mi ropa? —logró sacarme del embobamiento momentáneo.
—Se está secando, ya falta poco.
—¿Cuánto? —volvió a mirarme fugazmente.
—Cinco minutos —pude notar su impaciencia. Se lanzó sobre el sillón. El ambiente estaba tenso, por lo que decidí escapar de allí. Fui a esperar la ropa, aún faltaban un par de minutos. Me afirmé en la pared y cerré los ojos. Hacía tanto tiempo que no me sentía así de angustiado.
Una vez la ropa estuvo lista, la doblé y acomodé… y luego me fui al salón, para dársela a mi invitada. Meer me siguió con la mirada hasta llegar a su lado, me sentí un poco incómodo. Le di la ropa y ella prácticamente me la arrebató de las manos. Me entraron unas enormes ganas de darle un abrazo.
—¿Dónde me cambio? —señalé la puerta del baño de invitados.
—Allí —Meer giró sobre sí misma y se metió allí. Cerró la puerta y todo quedó en silencio.
Tenía que inventar rápidamente alguna excusa creíble para dejar satisfecha a su madre. Ojala no fuese a pensar otras cosas, y es que a esa mujer… todo se le podía pasar por la cabeza. Y también por otros lugares. Era una puta y Meer tenía que soportar eso. Soportar a esos hombres que la visitaban de vez en cuando. Agradecí que Meer no hubiese salido a la madre.
Me dirigí a las escaletas, intentando inventar algo lógico. Entré en mi habitación y tomé la chaqueta de Meer. Olía mal… pero casi no se notaba. Sólo si te la llevabas a la nariz.
Volví a bajar las escaleras. No podía creer lo que había estado a punto de hacer. Si mamá no hubiese llamado ahora Meer sabría lo que yo sentía por ella. Me entraron nervios que la nada y me apresuré en bajar los últimos escalones. Me fui hacia a puerta y me dediqué a esperarla.
Y ahora… ahora tenerla aquí abrazada era, Dios… era lo mejor del mundo.
Tenía que decírselo. Debía decírselo, Meer no podía ignorar esto.
—Meer, tu no entiendes —la separé de mi despacio, y busqué en sus ojos alguna leve señal de que ella en realidad sabía a lo que me estaba refiriendo. Pero no. Ella apartó la mirada hacia sus manos, que se entrelazaban nerviosas sobre sus piernas.
—¿… El qué? —preguntó despacio, sin mirarme.
—Pues que… —¡pff! ¿acaso siempre me tiene que buscar cuando estoy en algo importante? ¡Agh!, justo ahora que tenía todo el valor reunido para decirle a Meer lo que sentía. Esto era deprimente, de verdad.
Me levanté del sillón de mala gana y tomé el teléfono. Dios… estúpido aparato. Hubiese sabido que me interrumpirían lo habría desconectado.
—¿Hola?
—¡Bill!, me tenías preocupada ¿Estás con Meer? Bill, sabes que… —Iba a comenzar a hablar como una loca, la corté.
—Mamá, sí. Está aquí, no te desesperes.
—¡Es que no sabes lo que pasó! No te imaginas cómo está su madre, debes traerla ahora, ¡está como una loca!
—¿Qué, qué? —y es de tan sólo imaginar a esa mujer… agh.
—Debes traerla enseguida.
—Vale, vale. Dile que espere, en unos minutos estamos allí —colgué de forma automática pensando en cómo iba a hacer para inventar alguna buena excusa. No podía disculparme con su madre diciéndole que Meer se había emborrachado. Que problemas traía esta niña. La observé, ni siquiera podía enojarme con ella —Tu madre te busca y según mi mamá, está muy enojada —Meer se levantó del sillón dando un salto. Me observó, apartó la mirada rápidamente y apoyó sus manos en sus caderas. La observé detenidamente…
—¿Dónde está mi ropa? —logró sacarme del embobamiento momentáneo.
—Se está secando, ya falta poco.
—¿Cuánto? —volvió a mirarme fugazmente.
—Cinco minutos —pude notar su impaciencia. Se lanzó sobre el sillón. El ambiente estaba tenso, por lo que decidí escapar de allí. Fui a esperar la ropa, aún faltaban un par de minutos. Me afirmé en la pared y cerré los ojos. Hacía tanto tiempo que no me sentía así de angustiado.
Una vez la ropa estuvo lista, la doblé y acomodé… y luego me fui al salón, para dársela a mi invitada. Meer me siguió con la mirada hasta llegar a su lado, me sentí un poco incómodo. Le di la ropa y ella prácticamente me la arrebató de las manos. Me entraron unas enormes ganas de darle un abrazo.
—¿Dónde me cambio? —señalé la puerta del baño de invitados.
—Allí —Meer giró sobre sí misma y se metió allí. Cerró la puerta y todo quedó en silencio.
Tenía que inventar rápidamente alguna excusa creíble para dejar satisfecha a su madre. Ojala no fuese a pensar otras cosas, y es que a esa mujer… todo se le podía pasar por la cabeza. Y también por otros lugares. Era una puta y Meer tenía que soportar eso. Soportar a esos hombres que la visitaban de vez en cuando. Agradecí que Meer no hubiese salido a la madre.
Me dirigí a las escaletas, intentando inventar algo lógico. Entré en mi habitación y tomé la chaqueta de Meer. Olía mal… pero casi no se notaba. Sólo si te la llevabas a la nariz.
Volví a bajar las escaleras. No podía creer lo que había estado a punto de hacer. Si mamá no hubiese llamado ahora Meer sabría lo que yo sentía por ella. Me entraron nervios que la nada y me apresuré en bajar los últimos escalones. Me fui hacia a puerta y me dediqué a esperarla.
No tardó en salir del baño. Se
acercó rápidamente. Me pregunté donde habría dejado mi ropa, pero no la tenía
en las manos, tampoco la tenía puesta. Después la buscaría en el baño. Le di su
chaqueta.
—Gracias —sonrió, mirándome a la cara. No pude evitar sonreír como un estúpido, observándola anonadado. Luego de medio segundo salí del embobamiento y abrí la puerta.
Caminé hacia el coche. Me subí y Meer no tardó en subirse a mi lado. Cerró la puerta despacito, y tuvo que volver a cerrarla de nuevo ya que no lo había hecho bien.
—Gracias —sonrió, mirándome a la cara. No pude evitar sonreír como un estúpido, observándola anonadado. Luego de medio segundo salí del embobamiento y abrí la puerta.
Caminé hacia el coche. Me subí y Meer no tardó en subirse a mi lado. Cerró la puerta despacito, y tuvo que volver a cerrarla de nuevo ya que no lo había hecho bien.
—Y ahora dígame usted, señorita
adulta… ¿qué le voy a decir a su madre para disculparme por el pequeño retraso?
—la miré de reojo mientras manejaba.
—No puedes decirle lo que hice, Bill. Me castigará por el resto de mi vida —asentí. Meer se notaba preocupada.
—Mmm…
—Mejor no le decimos nada —Me miró. Yo también la miré y no pude hacer nada más que no fuera encogerme de hombros.
—Como quieras —nos quedamos en silencio un par de segundos.
—Bill… —me llamó. La miré fugazmente, para darle a entender que la escuchaba —gracias por cuidarme anoche —sonrió mirando sus pies. Me quedé mundo. No sabía que decirle. Quizás si le decía algo iba a sonar demasiado ridículo.
—No puedes decirle lo que hice, Bill. Me castigará por el resto de mi vida —asentí. Meer se notaba preocupada.
—Mmm…
—Mejor no le decimos nada —Me miró. Yo también la miré y no pude hacer nada más que no fuera encogerme de hombros.
—Como quieras —nos quedamos en silencio un par de segundos.
—Bill… —me llamó. La miré fugazmente, para darle a entender que la escuchaba —gracias por cuidarme anoche —sonrió mirando sus pies. Me quedé mundo. No sabía que decirle. Quizás si le decía algo iba a sonar demasiado ridículo.
—No fue nada —me aclaré la
garganta ¡Pero que estúpido había sonado! Estaba avergonzado. Estuvimos en
silencio el resto del viaje. Quizás no era mala idea hacer como si nada y no
darle explicaciones a la madre de Meer.
Me detuve frente a mi casa, habíamos
llegado. Miré a Meer, ésta ya tenía sus ojitos clavados en mí. Algo me dijo que
lo de anoche nos traería consecuencias, algo me decía que surgiría un buen
problema gracias a esto.
—Gracias, Bill. Nos vemos —una horrible sensación me llenó el cuerpo, de pies a cabeza. Me dieron ganas de retener a Meer en el coche y llevarla a mi casa nuevamente. Se venía algo malo, estaba casi seguro.
—Adiós —le contesté, sin poder decirle nada más. Quería… yo quería llevar a Meer lejos de aquí. Ella se acercó y me dio un rápido beso en la mejilla. Un escalofrío me recorrió de pies a cabeza. Entonces ella abrió la puerta y salió fuera. Yo me quedé allí sentado, inmóvil, observándola. Se dio vuelta, me hizo una seña de despedida con la mano y siguió caminando. Era hermosa, demasiado encantadora y tierna… algo tenía esta mocosa que me provocaba tantas sensaciones en el cuerpo. Hacía que me preocupara en exceso, que me enojara y luego se me quitara la rabia, me hacía quedar como un baboso frente a ella, hacía que dudara sobre lo que iba a decir, me ponía de los nervios y sobre todo, hacía que pensara todos los días en ella. Todos… Al despertar, luego en el desayuno, al salir de casa y observar la suya, al mirar por la ventana, cuando había sol, cuando había lluvia o simplemente cuando el cielo estaba lleno de nubes, cuando me aburría durante las clases, mientas manejaba por la carretera escuchando música y sobre todo… antes de dormir. Se me hacía imposible quitarme esos ojitos de la cabeza.
Meer volvió a voltearse, volvió a despedirse de mí con una sonrisa, no pude evitar sonreír levemente.
Picó al timbre. Me tensé. Ahora era cuando salía su madre y se ponía a gritar como loca, estaba seguro.
Me bajé del coche, sin dejar de observarla, allí de pie frente a su casa. De pronto, la puerta de abrió y de allí salió su madre. Estaba enojada, casi podía ver el humo saliendo por sus orejas. Asesinó a Meer con la mirada y enseguida de gritó algo que no alcancé a escuchar. Le jaló el cabello, para luego intentar arrastrarla dentro de su casa. Esa mujer iba a golpear a la pequeña. Meer gritó, tomando su cabello con ambas manos.
—¡Eh! ¡No le pegues! —cerré la puerta del coche y salí disparado en su dirección. Me costaba respirar, hacía mucho tiempo que no sentía rabia semejante. La madre soltó a Meer y clavó sus ojos en mí. Yo estaba dispuesto a ir donde ella se encontraba y dejarle claros algunos puntos bastante importantes… pero antes de que hiciera algún movimiento, la mujer comenzó a acercarse. Esta vez no me miraba, si no que miraba mamá. Me sorprendí al verla con Tom a mi lado. Ni siquiera los había escuchado venir. Miré a Meer, se notaba muy avergonzada. Y quien no lo estaría… la loca de su madre la había golpeado en la mitad de la calle y a la vista de todos.
Y la loca llegó hacia donde nos encontrábamos nosotros.
—¿Puedes explicarme, Simone, qué es lo que hizo tu hijo que no trajo a Meer a casa anoche? —me dió la impresión de que la mujer explotaría en cualquier momento. No podía apartar la vista de ella, simplemente la odiaba demasiado.
—Podemos explicártelo…
—¡Hazlo ahora!
—Cálmate y escúchame, por favor. Todo tiene una razón y no es nada de lo que tú estás pensando en este momento.
—¡Dímelo!, entonces dime que hacía este mocoso con mi hija.
—N… no es lo que tú estás pensando… lo que pasó en realidad, fue que Meer salió demasiado tarde de la fiesta, tú sabes, sus amigos y esas cosas de chicos —mamá intentó reír un poco, no resultó —Bill la buscó a la hora acordada, pero… a la pobre Meer le dolía demasiado la cabeza, ya sabes cómo son estas cosas, el ruido, la falta de aire… y… como la pobre se… se… sentí muy mal, Bill decidió llevarla a su casa para darle alguna pastilla… ¿No es así Bill? —ambas me miraron expectantes. Asentí. Al menos mamá intentaba ayudarme, aunque estaba seguro que luego me preguntaría que había pasado y yo tendría que contarle todo lo de Meer y las bebidas alcohólicas.
—¿Y cómo es que no me avisaste antes, Simone? Y tú, Bill, al menos podrías haber llamado, estaba preocupada. No sé si creerles, no lo sé —la mujer me asesinó con la mirada.
—Gracias, Bill. Nos vemos —una horrible sensación me llenó el cuerpo, de pies a cabeza. Me dieron ganas de retener a Meer en el coche y llevarla a mi casa nuevamente. Se venía algo malo, estaba casi seguro.
—Adiós —le contesté, sin poder decirle nada más. Quería… yo quería llevar a Meer lejos de aquí. Ella se acercó y me dio un rápido beso en la mejilla. Un escalofrío me recorrió de pies a cabeza. Entonces ella abrió la puerta y salió fuera. Yo me quedé allí sentado, inmóvil, observándola. Se dio vuelta, me hizo una seña de despedida con la mano y siguió caminando. Era hermosa, demasiado encantadora y tierna… algo tenía esta mocosa que me provocaba tantas sensaciones en el cuerpo. Hacía que me preocupara en exceso, que me enojara y luego se me quitara la rabia, me hacía quedar como un baboso frente a ella, hacía que dudara sobre lo que iba a decir, me ponía de los nervios y sobre todo, hacía que pensara todos los días en ella. Todos… Al despertar, luego en el desayuno, al salir de casa y observar la suya, al mirar por la ventana, cuando había sol, cuando había lluvia o simplemente cuando el cielo estaba lleno de nubes, cuando me aburría durante las clases, mientas manejaba por la carretera escuchando música y sobre todo… antes de dormir. Se me hacía imposible quitarme esos ojitos de la cabeza.
Meer volvió a voltearse, volvió a despedirse de mí con una sonrisa, no pude evitar sonreír levemente.
Picó al timbre. Me tensé. Ahora era cuando salía su madre y se ponía a gritar como loca, estaba seguro.
Me bajé del coche, sin dejar de observarla, allí de pie frente a su casa. De pronto, la puerta de abrió y de allí salió su madre. Estaba enojada, casi podía ver el humo saliendo por sus orejas. Asesinó a Meer con la mirada y enseguida de gritó algo que no alcancé a escuchar. Le jaló el cabello, para luego intentar arrastrarla dentro de su casa. Esa mujer iba a golpear a la pequeña. Meer gritó, tomando su cabello con ambas manos.
—¡Eh! ¡No le pegues! —cerré la puerta del coche y salí disparado en su dirección. Me costaba respirar, hacía mucho tiempo que no sentía rabia semejante. La madre soltó a Meer y clavó sus ojos en mí. Yo estaba dispuesto a ir donde ella se encontraba y dejarle claros algunos puntos bastante importantes… pero antes de que hiciera algún movimiento, la mujer comenzó a acercarse. Esta vez no me miraba, si no que miraba mamá. Me sorprendí al verla con Tom a mi lado. Ni siquiera los había escuchado venir. Miré a Meer, se notaba muy avergonzada. Y quien no lo estaría… la loca de su madre la había golpeado en la mitad de la calle y a la vista de todos.
Y la loca llegó hacia donde nos encontrábamos nosotros.
—¿Puedes explicarme, Simone, qué es lo que hizo tu hijo que no trajo a Meer a casa anoche? —me dió la impresión de que la mujer explotaría en cualquier momento. No podía apartar la vista de ella, simplemente la odiaba demasiado.
—Podemos explicártelo…
—¡Hazlo ahora!
—Cálmate y escúchame, por favor. Todo tiene una razón y no es nada de lo que tú estás pensando en este momento.
—¡Dímelo!, entonces dime que hacía este mocoso con mi hija.
—N… no es lo que tú estás pensando… lo que pasó en realidad, fue que Meer salió demasiado tarde de la fiesta, tú sabes, sus amigos y esas cosas de chicos —mamá intentó reír un poco, no resultó —Bill la buscó a la hora acordada, pero… a la pobre Meer le dolía demasiado la cabeza, ya sabes cómo son estas cosas, el ruido, la falta de aire… y… como la pobre se… se… sentí muy mal, Bill decidió llevarla a su casa para darle alguna pastilla… ¿No es así Bill? —ambas me miraron expectantes. Asentí. Al menos mamá intentaba ayudarme, aunque estaba seguro que luego me preguntaría que había pasado y yo tendría que contarle todo lo de Meer y las bebidas alcohólicas.
—¿Y cómo es que no me avisaste antes, Simone? Y tú, Bill, al menos podrías haber llamado, estaba preocupada. No sé si creerles, no lo sé —la mujer me asesinó con la mirada.
—Tienes que creernos, es la
verdad. Bill le había avisado a Tom, pero Tom se olvidó de decirme… Si me hubiese
avisado yo te lo había dicho para que no te preocuparas de esta manera, sé cómo
es eso de preocuparse por los hijos, también soy madre. Pero como a Tom se le
olvidó… —la madre de Meer miró a Tom no muy convencida, éste se encogió de
hombros.
Esta mujer tampoco era tan tonta,
seguramente se daba cuenta de que estábamos mintiéndole. Golpeé a Tom despacio,
para que intentara ayudar un poco.
—No pude traerla más temprano porque seguía un poco enferma, creo… creo que también tiene un poco de fiebre… —hablé, inventando excusas.
—Entonces, me estás diciendo que Meer estaba enferma y por eso no la trajiste a su casa, ¿verdad? —me miró furiosa. Quizás de qué manera estaba interpretando las cosas.
—Yo… simplemente quería cuidarla para que no se enfermara más, no podía sacarla de la casa si acababa de despertar, y con el frío que hace por estos días… —seguí hablando. La explicación no era muy lógica. Si eso hubiese pasado habría sido mucho mejor haber traído a Meer a su casa.
—Y no me avisaste —seguía sin quitarme la mirada de encima.
—No sabía tu número —me excusé.
—Podrías habérselo preguntado a Meer —atacó. Esta mujer era terrible.
—No pude traerla más temprano porque seguía un poco enferma, creo… creo que también tiene un poco de fiebre… —hablé, inventando excusas.
—Entonces, me estás diciendo que Meer estaba enferma y por eso no la trajiste a su casa, ¿verdad? —me miró furiosa. Quizás de qué manera estaba interpretando las cosas.
—Yo… simplemente quería cuidarla para que no se enfermara más, no podía sacarla de la casa si acababa de despertar, y con el frío que hace por estos días… —seguí hablando. La explicación no era muy lógica. Si eso hubiese pasado habría sido mucho mejor haber traído a Meer a su casa.
—Y no me avisaste —seguía sin quitarme la mirada de encima.
—No sabía tu número —me excusé.
—Podrías habérselo preguntado a Meer —atacó. Esta mujer era terrible.
—Sí, podría haberlo hecho… pero
ella estaba durmiendo. Y con lo mal que estaba me daba lástima despertarla. Por
eso es que llamé a casa. Mamá no estaba por lo que hablé con Tom, pero como ya
sabes, Tom se olvidó de comentártelo a ti y a mi madre —le di un codazo a Tom,
para que afirmara mi historia falsa.
—Es verdad… lo había olvidado —la madre de Meer lo observó —lo siento, en el fondo, todo fue culpa mía —me observó con ojos de “me las vas a pagar”, para luego dedicarle una mirada de lo más angelical a la madre de la pequeña.
—Bien. Está bien, me convencieron. Pero no quiero que esto se repita. Y tú… —me miró —no quiero que vuelvas a desaparecer con Meer de esa manera.
—No volverá a repetirse —intenté sonreír, pero se me hizo imposible. No podía sonreírle a una persona así. La mujer asintió, y luego se dio media vuelta para regresar a su casa. Miré a Meer, esta observaba a su madre con los ojos abiertos al tope, estaba asustada.
—Bill, entra a la casa porque vamos a hablar ahora mismo —habló mi madre. Yo iría después. Primero, quería asegurarme de que esa loca no volviera a golpear a Meer. No pude observar mucho ya que entraron rápidamente en su casa.
—Es verdad… lo había olvidado —la madre de Meer lo observó —lo siento, en el fondo, todo fue culpa mía —me observó con ojos de “me las vas a pagar”, para luego dedicarle una mirada de lo más angelical a la madre de la pequeña.
—Bien. Está bien, me convencieron. Pero no quiero que esto se repita. Y tú… —me miró —no quiero que vuelvas a desaparecer con Meer de esa manera.
—No volverá a repetirse —intenté sonreír, pero se me hizo imposible. No podía sonreírle a una persona así. La mujer asintió, y luego se dio media vuelta para regresar a su casa. Miré a Meer, esta observaba a su madre con los ojos abiertos al tope, estaba asustada.
—Bill, entra a la casa porque vamos a hablar ahora mismo —habló mi madre. Yo iría después. Primero, quería asegurarme de que esa loca no volviera a golpear a Meer. No pude observar mucho ya que entraron rápidamente en su casa.

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