CAPITULO
18
Escuché el timbre. Era Meer,
estaba seguro.
Bien, Bill… actúa normal, NORMAL.
Abrí la puerta despacio. Y sí, era Meer. Tiré de ella para meterla dentro de la casa y rápidamente cerré la puerta. Observé su rostro durante un segundo y luego, olvidando todo lo que había pasado ayer me agaché para poder juntar nuestros labios. Ella rio y se aparó de mí.
—¡Hey! ¿qué haces?
—Algo que tengo ganas de hacer desde que ayer te fuiste —me encogí de hombros.
—Bill, sólo fue ayer —sí, pero para mí había pasado alrededor de tres días desde que la había dejado en la puerta de su casa… ayer.
—¡Es mucho tiempo!
—No lo es —insistió.
—Si lo es, te tendría conmigo todo el día —me agaché, para besarla pero ella me esquivó. Me dio la impresión de que Meer sabía lo de ayer y por eso se comportaba así conmigo. Pero no… estaba volviéndome paranoico, Meer no tenía por qué saberlo.
—Eres desesperante —se burló para luego ponerse de puntillas y besarme en la mejilla —con eso basta.
—Eres mala… ¿Pasamos al salón? —acabé por sonreír, nervioso.
—Claro —tomó mi mano y entrelazó nuestros dedos. Meer era un amor, y yo era una bestia estúpida que se ponía como un loco al ver una chica de curvas exageradas, sin acordarse de la hermosura con la que estaba saliendo.
La llevé hasta el salón, donde se encontraba Tom mirando la TV. Miré a Meer detenidamente, observando su expresión… Meer sabía que Tom conocía nuestro secreto y me preguntaba si estaba molesta por habérselo dicho mi hermano. Pero no… ella estaba de lo más normal, no se notaba ni cohibida, ni molesta… ni avergonzada.
—Uy, la parejita del año —se burló mirándonos. Le hice un gesto con la mano para que guardara silencio, no quería que intimidara a Meer —¿Y qué tal Meer? —sonrió Tom, mirando a Meer. Tiré de mi pequeña para llevarla hacia los sillones.
—Pues… bien —contestó algo cortada, sentándose a mi lado. La abracé.
—¿Cómo te trata Bill? ¿bien? ¿mal?, ¿mas o menos? —asesiné a Tom con la mirada.
—Em… —Tom la cortó antes de que ella pudiese contestar.
—¿No te hace hacer cosas de mayores, verdad? —Meer abrió los ojos y la boca como platos y miró a Tom impresionado. Tenía las mejillas rojas.
—¡Tom! —reclamé ¿Cómo podía hablarle así a Meer? Ella… ella no hacía ese tipo de cosas, eso quedaba para helena o chicas que eran así porque… porque Meer era una niña y ella no…
—Es broma, es broma —Tom se reía sin parar. Rodeé a Meer con el otro brazo y la pegué a mi cuerpo. Se notaba tensa… pobre.
—No le digas esas cosas, es pequeña —me quejé.
—Oh si claro, como si la niña no pensara en esas cosas.
—¡Oye! —chilló Meer enojada. Tom se estaba pasando.
—Ya déjala, Tom —le dije enojado mientras comenzaba a jugar con los mechones de cabello de Meer.
—Ni que fuera a provocarle un trauma —Meer rio ante el comentario de Tom y yo no pude evitar sonreír al verla así. Al final, se había tomado todo con humor.
Estaba seguro de que Tom iba a seguir con sus molestas bromas, pero justo en ese momento tocaron al timbre.
A lo mejor eran los chicos, aunque no estaba seguro porque se suponía que iban a llegar más tarde… Tom se levantó del sillón a regañadientes y se dirigió hacia la puerta. Apoyé mi cabeza sobre la de Meer y bostecé. Entonces escuché cómo Tom abría la puerta y una voz chillona retumbaba por toda la casa.
Era Helena. Dios, ¡era Helena! Genial, lo único que me faltaba. Ahora con lo desubicada que era seguro venía a donde nosotros y le decía todo a Meer. Rogué internamente que Tom no la dejara entrar.
Pero al verla llegar al salón me di cuenta de que esta no sería una buena tarde.
Tragué saliva. No era para nada justo.
Bien, Bill… actúa normal, NORMAL.
Abrí la puerta despacio. Y sí, era Meer. Tiré de ella para meterla dentro de la casa y rápidamente cerré la puerta. Observé su rostro durante un segundo y luego, olvidando todo lo que había pasado ayer me agaché para poder juntar nuestros labios. Ella rio y se aparó de mí.
—¡Hey! ¿qué haces?
—Algo que tengo ganas de hacer desde que ayer te fuiste —me encogí de hombros.
—Bill, sólo fue ayer —sí, pero para mí había pasado alrededor de tres días desde que la había dejado en la puerta de su casa… ayer.
—¡Es mucho tiempo!
—No lo es —insistió.
—Si lo es, te tendría conmigo todo el día —me agaché, para besarla pero ella me esquivó. Me dio la impresión de que Meer sabía lo de ayer y por eso se comportaba así conmigo. Pero no… estaba volviéndome paranoico, Meer no tenía por qué saberlo.
—Eres desesperante —se burló para luego ponerse de puntillas y besarme en la mejilla —con eso basta.
—Eres mala… ¿Pasamos al salón? —acabé por sonreír, nervioso.
—Claro —tomó mi mano y entrelazó nuestros dedos. Meer era un amor, y yo era una bestia estúpida que se ponía como un loco al ver una chica de curvas exageradas, sin acordarse de la hermosura con la que estaba saliendo.
La llevé hasta el salón, donde se encontraba Tom mirando la TV. Miré a Meer detenidamente, observando su expresión… Meer sabía que Tom conocía nuestro secreto y me preguntaba si estaba molesta por habérselo dicho mi hermano. Pero no… ella estaba de lo más normal, no se notaba ni cohibida, ni molesta… ni avergonzada.
—Uy, la parejita del año —se burló mirándonos. Le hice un gesto con la mano para que guardara silencio, no quería que intimidara a Meer —¿Y qué tal Meer? —sonrió Tom, mirando a Meer. Tiré de mi pequeña para llevarla hacia los sillones.
—Pues… bien —contestó algo cortada, sentándose a mi lado. La abracé.
—¿Cómo te trata Bill? ¿bien? ¿mal?, ¿mas o menos? —asesiné a Tom con la mirada.
—Em… —Tom la cortó antes de que ella pudiese contestar.
—¿No te hace hacer cosas de mayores, verdad? —Meer abrió los ojos y la boca como platos y miró a Tom impresionado. Tenía las mejillas rojas.
—¡Tom! —reclamé ¿Cómo podía hablarle así a Meer? Ella… ella no hacía ese tipo de cosas, eso quedaba para helena o chicas que eran así porque… porque Meer era una niña y ella no…
—Es broma, es broma —Tom se reía sin parar. Rodeé a Meer con el otro brazo y la pegué a mi cuerpo. Se notaba tensa… pobre.
—No le digas esas cosas, es pequeña —me quejé.
—Oh si claro, como si la niña no pensara en esas cosas.
—¡Oye! —chilló Meer enojada. Tom se estaba pasando.
—Ya déjala, Tom —le dije enojado mientras comenzaba a jugar con los mechones de cabello de Meer.
—Ni que fuera a provocarle un trauma —Meer rio ante el comentario de Tom y yo no pude evitar sonreír al verla así. Al final, se había tomado todo con humor.
Estaba seguro de que Tom iba a seguir con sus molestas bromas, pero justo en ese momento tocaron al timbre.
A lo mejor eran los chicos, aunque no estaba seguro porque se suponía que iban a llegar más tarde… Tom se levantó del sillón a regañadientes y se dirigió hacia la puerta. Apoyé mi cabeza sobre la de Meer y bostecé. Entonces escuché cómo Tom abría la puerta y una voz chillona retumbaba por toda la casa.
Era Helena. Dios, ¡era Helena! Genial, lo único que me faltaba. Ahora con lo desubicada que era seguro venía a donde nosotros y le decía todo a Meer. Rogué internamente que Tom no la dejara entrar.
Pero al verla llegar al salón me di cuenta de que esta no sería una buena tarde.
Tragué saliva. No era para nada justo.
Helena se detuvo en cuanto nos vio
a Meer y a mí. Pasó los ojos intermitentemente entre la pequeña y yo. Quizás
que cosa estaba pensando esa loca en este momento, pues, en vez de ponerse roja
de rabia o hacer alguna escenita que nos echara a perder la tarde a todos…
sonrió. Aunque no era una sonrisa muy amable debo decir. Sonreía maliciosamente
con los ojos clavados en Meer y luego en mi… y después nuevamente en Meer.
—¿Quién es? —preguntó Meer hablando despacito cerca de mi oído. Me estremecí. Ni siquiera podía imaginarme lo que pasaría si a Helena se le ocurría decirle a Meer lo que había pasado ayer. Meer me odiaría, se enojaría conmigo, desaparecería de mi vida y yo moriría.
—Helena —la saludé respondiendo, de paso, la pregunta que me había hecho Meer.
—Bill —me contestó Helena. Me sentí aliviado al caer en la cuenta de que Tom estaba con nosotros. Helena no sabía que él y yo nos contábamos todo… y a ella le convenía guardar el secreto para que Tom no la cortara. Aunque eso no me aseguraba nada.
—Ella es Meer —ahora, oficialmente, Helena ya sabía quién era Meer y qué mejor manera de presentarle a la pequeña teniéndola yo entre mis brazos. Podía ver toda esa furia contenida en los ojos de la novia de mi hermano —y Meer, esta es Helena, es mi novia.
—Hola.
—Hola —se saludaron. Volví a afirmar la cabeza sobre la de Meer, sin soltarla. Tenía la impresión de que algo malo iba a pasar, lo presentía. Y no quería soltar a Meer… estaba seguro que en cuanto la dejara sola un momento Helena se le abalanzaría encima para contarle todo.
Tom con su novia se sentaron en el sillón y nadie más abrió la boca. Más que nada porque yo estaba más que nervioso, Meer no conocía a Helena y Tom con la susodicha estaban prácticamente devorándose a besos. Aparté los ojos de la pareja y los clavé en la TV. En el fondo me molestaba que fuera tan puta. La quería fuera de mi casa de una buena vez, pero no tenía idea de que era lo que tenía que hacer para sacarla de aquí. A demás con los cargante que era, lo más seguro es que no se fuera sino hasta que la empujáramos fuera de casa o hasta que se aburriera.
—¿Qué ocurre? —Meer me preguntó hablando bajito. ¿Qué ocurre? pues pasaba que Helena estaba aquí poniéndome más nervioso que nunca, besándose con Tom, asesinando a mi pequeña con la mirada y echándonos a perder la tarde. Eso era lo que pasaba.
—Nada —respondí seco, sin haberme dado cuenta de lo brusco que había sonado. La miré rápidamente… Meer tenía los ojos clavados en sus manos —Nada, digo… disculpa, luego hablamos ¿si? —intenté hablar un poco más amablemente para no hacerla sentir mal. Meer asintió, y yo la besé en el cabello.
Estuvimos alrededor de veinte minutos aguantando a la parejita mientras mirábamos la TV abrazados… yo no podía quitar la cara que tenía. ¡Es que no podía estar feliz teniendo a esa zorra aquí! ¡No podía! Ni siquiera tener a Meer pegada al cuerpo podía hacerme sentir mejor… o menos asustado.
—¿Quién tiene hambre? —preguntó Tom rompiendo el silencio de la habitación. Nadie contestó —pues yo tengo hambre.
—¿Tienes hambre, mi amor? —era Helena, con esa vocecita estridente que sólo ella tenía. Tom asintió y helena se lanzó a sus labios nuevamente.
—Comamos algo —hablé de golpe ¡para que se separaran de una vez! —es hora de comer.
—¡Bien! —Helena se levantó de una salto —Meer ¿me ayudas a preparar algo delicioso? —¡no! estaba seguro de que si las dejaba solas un momento Helena iba a contarle todo y… y luego mataría a Meer tirándola dentro del horno.
—En realidad yo… —corté a Meer antes de que diera su respuesta.
—¿Y si cocinamos los cuatro juntos?
—Deja que las chicas… —mire a Tom con cara de ¿Qué mierda de pasa? y este cerró la boca al instante.
—¿Y? ¿Todos juntos? —preguntó Helena mirándonos a todos.
—Me parece bien.
—Sí.
—Vale.
Helena se levantó para ir a la cocina… Tom, Meer y yo la seguimos. Ella, como si estuviera en su casa, había comenzado a meter la cabeza en todos los muebles de la cocina.
—Hay papas. ¿Qué tal si hacemos papas fritas caseras? —miré a Tom enojado. Vale, era inevitable mirarle el trasero a Helena… pero al menos que se aguantara un poco. Él me había dicho que la mantendría alejada de mí ¿y qué era lo primero que hacía? ¡pues meterla en casa! y como si fuera poco, sabiendo que Meer estaba conmigo.
—Me parece bien, hace tiempo que no como de las caseras —y Tom ni siquiera se había dado cuenta de la forma en que lo estaba mirando. Estaba tan embobada mirándole el culo a esa zorra que ni siquiera ponía atención a lo que había a su alrededor.
—¿Tu qué opinas, Bill? —preguntó Helena.
—¿Quién es? —preguntó Meer hablando despacito cerca de mi oído. Me estremecí. Ni siquiera podía imaginarme lo que pasaría si a Helena se le ocurría decirle a Meer lo que había pasado ayer. Meer me odiaría, se enojaría conmigo, desaparecería de mi vida y yo moriría.
—Helena —la saludé respondiendo, de paso, la pregunta que me había hecho Meer.
—Bill —me contestó Helena. Me sentí aliviado al caer en la cuenta de que Tom estaba con nosotros. Helena no sabía que él y yo nos contábamos todo… y a ella le convenía guardar el secreto para que Tom no la cortara. Aunque eso no me aseguraba nada.
—Ella es Meer —ahora, oficialmente, Helena ya sabía quién era Meer y qué mejor manera de presentarle a la pequeña teniéndola yo entre mis brazos. Podía ver toda esa furia contenida en los ojos de la novia de mi hermano —y Meer, esta es Helena, es mi novia.
—Hola.
—Hola —se saludaron. Volví a afirmar la cabeza sobre la de Meer, sin soltarla. Tenía la impresión de que algo malo iba a pasar, lo presentía. Y no quería soltar a Meer… estaba seguro que en cuanto la dejara sola un momento Helena se le abalanzaría encima para contarle todo.
Tom con su novia se sentaron en el sillón y nadie más abrió la boca. Más que nada porque yo estaba más que nervioso, Meer no conocía a Helena y Tom con la susodicha estaban prácticamente devorándose a besos. Aparté los ojos de la pareja y los clavé en la TV. En el fondo me molestaba que fuera tan puta. La quería fuera de mi casa de una buena vez, pero no tenía idea de que era lo que tenía que hacer para sacarla de aquí. A demás con los cargante que era, lo más seguro es que no se fuera sino hasta que la empujáramos fuera de casa o hasta que se aburriera.
—¿Qué ocurre? —Meer me preguntó hablando bajito. ¿Qué ocurre? pues pasaba que Helena estaba aquí poniéndome más nervioso que nunca, besándose con Tom, asesinando a mi pequeña con la mirada y echándonos a perder la tarde. Eso era lo que pasaba.
—Nada —respondí seco, sin haberme dado cuenta de lo brusco que había sonado. La miré rápidamente… Meer tenía los ojos clavados en sus manos —Nada, digo… disculpa, luego hablamos ¿si? —intenté hablar un poco más amablemente para no hacerla sentir mal. Meer asintió, y yo la besé en el cabello.
Estuvimos alrededor de veinte minutos aguantando a la parejita mientras mirábamos la TV abrazados… yo no podía quitar la cara que tenía. ¡Es que no podía estar feliz teniendo a esa zorra aquí! ¡No podía! Ni siquiera tener a Meer pegada al cuerpo podía hacerme sentir mejor… o menos asustado.
—¿Quién tiene hambre? —preguntó Tom rompiendo el silencio de la habitación. Nadie contestó —pues yo tengo hambre.
—¿Tienes hambre, mi amor? —era Helena, con esa vocecita estridente que sólo ella tenía. Tom asintió y helena se lanzó a sus labios nuevamente.
—Comamos algo —hablé de golpe ¡para que se separaran de una vez! —es hora de comer.
—¡Bien! —Helena se levantó de una salto —Meer ¿me ayudas a preparar algo delicioso? —¡no! estaba seguro de que si las dejaba solas un momento Helena iba a contarle todo y… y luego mataría a Meer tirándola dentro del horno.
—En realidad yo… —corté a Meer antes de que diera su respuesta.
—¿Y si cocinamos los cuatro juntos?
—Deja que las chicas… —mire a Tom con cara de ¿Qué mierda de pasa? y este cerró la boca al instante.
—¿Y? ¿Todos juntos? —preguntó Helena mirándonos a todos.
—Me parece bien.
—Sí.
—Vale.
Helena se levantó para ir a la cocina… Tom, Meer y yo la seguimos. Ella, como si estuviera en su casa, había comenzado a meter la cabeza en todos los muebles de la cocina.
—Hay papas. ¿Qué tal si hacemos papas fritas caseras? —miré a Tom enojado. Vale, era inevitable mirarle el trasero a Helena… pero al menos que se aguantara un poco. Él me había dicho que la mantendría alejada de mí ¿y qué era lo primero que hacía? ¡pues meterla en casa! y como si fuera poco, sabiendo que Meer estaba conmigo.
—Me parece bien, hace tiempo que no como de las caseras —y Tom ni siquiera se había dado cuenta de la forma en que lo estaba mirando. Estaba tan embobada mirándole el culo a esa zorra que ni siquiera ponía atención a lo que había a su alrededor.
—¿Tu qué opinas, Bill? —preguntó Helena.
—Pues, sí… —contesté cortante.
—¿Y tú, Meer? —pronunció su nombre con desprecio. Me entraron ganas de echarla de casa a patadas.
—Sí. Genial.
Helena sacó la bolsa con esas cosas y las dejó sobre la mesa.
—Ok. Ya está todo listo… ¡es hora de poner a prueba mis clases de cocina! —Helena comenzó a dar saltos por toda la cocina, como una verdadera loca. Meer me miró interrogante, me encogí de hombros —ahora ¡todos cojan un cuchillo y a pelarlas! —chilló —yo las pico en trocitos.
—Como tú digas, cariño —rio Tom, acercándose al mueble de los cubiertos.
—Em… yo creo que primero hay que lavarlas —habló Meer muy bajo. Helena la miró con cara de “quien te crees que eres”.
—Tú lavas —me dijo. Luego miró a Meer —y tú se las irás pasando a Tom. Tom, tú las pelarás y me las darás a mí, yo las picaré.
Era mejor terminar cuanto antes de lavar para sacar a Meer de esa cocina y llevarla a mi habitación, lejos de Helena.
Comenzamos a trabajar. Meer acabó ayudando a Tom a pelarlas y yo a Helena a cortar.
Cuando terminamos Tom puso el aceite a calentar y luego desapareció… nosotros nos sentamos en la mesa a esperar a que estuviese listo. Meer a mi lado y Helena frente a nosotros.
Miré a Meer y sonreí. La pequeñita me devolvió la sonrisa. Y luego, con la intención de hacer sentir a Helena que sobraba en el lugar, la besé. Elena bufó
—¿Y tú, Meer? —pronunció su nombre con desprecio. Me entraron ganas de echarla de casa a patadas.
—Sí. Genial.
Helena sacó la bolsa con esas cosas y las dejó sobre la mesa.
—Ok. Ya está todo listo… ¡es hora de poner a prueba mis clases de cocina! —Helena comenzó a dar saltos por toda la cocina, como una verdadera loca. Meer me miró interrogante, me encogí de hombros —ahora ¡todos cojan un cuchillo y a pelarlas! —chilló —yo las pico en trocitos.
—Como tú digas, cariño —rio Tom, acercándose al mueble de los cubiertos.
—Em… yo creo que primero hay que lavarlas —habló Meer muy bajo. Helena la miró con cara de “quien te crees que eres”.
—Tú lavas —me dijo. Luego miró a Meer —y tú se las irás pasando a Tom. Tom, tú las pelarás y me las darás a mí, yo las picaré.
Era mejor terminar cuanto antes de lavar para sacar a Meer de esa cocina y llevarla a mi habitación, lejos de Helena.
Comenzamos a trabajar. Meer acabó ayudando a Tom a pelarlas y yo a Helena a cortar.
Cuando terminamos Tom puso el aceite a calentar y luego desapareció… nosotros nos sentamos en la mesa a esperar a que estuviese listo. Meer a mi lado y Helena frente a nosotros.
Miré a Meer y sonreí. La pequeñita me devolvió la sonrisa. Y luego, con la intención de hacer sentir a Helena que sobraba en el lugar, la besé. Elena bufó
—Te quiero —le dije hablando
bajito. Claramente era mi intención que Helena alcanzara escuchar para que se
diera cuenta de una buena vez que no hacía nada más que molestar. Meer sonrió.
—Yo más —se acercó a mí. Yo también me acerqué… y justo en el momento en que estábamos a punto de juntar nuestros labios Helena interrumpió.
—¿Qué edad tienes, querida? —Sabía a qué venía todo esto.
—Catorce —contestó con esa vocecita inocente que tanto la caracterizaba. Helena la miró, incrédula, con gesto de espanto.
—¡Que pequeñita!
—¿Y tú? —Preguntó Meer. Así como era, seguro ni siquiera se había dado cuenta de la forma en que Helena la miraba y se dirigía a ella.
—Ve si el aceite está caliente, ¿quieres? —Helena respondió con otra pregunta, ignorando la de Meer. La pequeña me miró interrogante y yo asentí con la cabeza. Estaba seguro de que ella podría ir a ver el aceite sin quemarse. A demás, tenía a Helena en la mira.
Meer se levantó de la silla y se acercó la olla llena de aceite hirviendo. No le quité los ojos de encima y observé como torpemente tomaba una papita y la metía en el aceite.
—Sí, está listo —se volteó a mirarnos con una sonrisa. Helena se levantó de su asiento y se acercó a la fuente llena de papas.
—Déjame hacer esto a mí, a ver si luego te quemas —odié su tono de voz al decirlo. Yo sabía que Helena era una desquiciada. Una vez, en un restaurante le había empapado el traje a una mesera, con comida y vino, sin importarle el traje blanco de la chica y tampoco el hecho de que todo el mundo se nos quedara mirando. Lo había hecho nada más porque según ella, la mesera me miraba provocativamente ¡ideas suyas!
Meer llegó a mi lado en ese momento, se volvió a sentar en la silla y yo la abracé por la espalda, acercándola hacia mí.
Helena metió a la olla todas las papitas que entraron y luego volvió a sentarse con nosotros, sin decir nada y sin dejar de mirarnos. Me sentía extraño, tenía la impresión de que algo malo iba a pasar… no sabía el qué, pero una sensación de pánico me inundaba todo el cuerpo.
El timbre sonó. Me separé de Meer. Iría rápido, atendería a quien quiera que fuese y volvería en menos de tres segundos a la cocina. Me levanté del asiento y a paso rápido caminé hacia la puerta. La abrí sin mirar antes de quien se trataba.
—¡Andreas! —saludé a mi amigo con una sonrisa.
—Bill… —rio de medio lado.
—Llegas temprano.
—Sí, es que… de hecho venía a avisarles que llegaré más tarde porque tengo una cita y quería preguntar si traía algo para comer, beber o fumar… ya sabes —se encogió de hombros. Salí fuera de la casa y junté la puerta.
—Puedes traer las tres cosas —Andreas rio —y dime ¿quién es la chica? —alcé las cejas repetidas veces.
—¿Recuerdas a la chica de la pastelería? —habló medio cortado.
—¿La de las pequitas? —habían un montón de pastelerías en la ciudad. Aunque recuerdo conocer sólo una donde atendía una chica, y precisamente esa chica tenía el rostro lleno de pecas.
—Si… su nombre es Susy, o en realidad, ella me dijo que la llamara así —se encogió de hombros —ayer le pedí que saliéramos y hoy veré como nos va. Pero es un encanto —¿me vería yo igual de bobo al hablar de Meer?
—Uy, ya veo. Espero se diviertan —reí. Andreas frunció el ceño un momento y luego murmuró:
—No estaría mal… —y es que él lo veía todo en ese sentido. Bah, yo también.
—¿Y cómo a qué hora llegas entonces?
—No lo sé, a la hora que termine mi cita. A todo esto… ¿Conoces algún buen lugar para comer? —¿iba a salir con una chica y no sabía a donde llevarla? intenté hacer memoria para recordarme algún lugar.
—No… bueno, podrías llevarla a comer hamburguesas a McDonald’s —me asesinó con la mirada —oh… ah, ya sé ¿recuerdas ese restaurante que está a las afueras de la ciudad? no me acuerdo del nombre pero es por la salida este. Tiene dos pisos, muy lujoso. Podrías ir allí. Es donde yo llevaba a Helena antes.
—Creo que lo he visto —miró la hora en su móvil —se me hace tarde. Nos vemos, Bill.
—Disfrútalo —reí. Andreas también rio y se dio la vuelta para ir hacia su coche que estaba aparcado frente a mi casa.
Di media vuelta y abrí la puerta.
—¡Ya basta, Helena! —¿pero qué pasaba aquí? nada más había desaparecido unos minutos y ya se había armado una pelea —¡estás loca! ¡ella es una niña! ¿no lo entiendes? —¡Meer! un grito de Helena se escuchó por toda la casa. Me apresuré en ir hacia la cocina. Algo malo estaba pasando, Helena le había hecho algo a Meer —¡ERES UNA PUTA LOCA! —tras ese grito de Tom aparecí en la puerta de la cocina. Mis ojos fueron a parar directo a la olla volteada en el piso, con el aceite y las papas desparramadas por todas partes. El jarrón de vidrio de mamá también estaba roto, hecho pedazos en el suelo… Sentí el corazón a punto de salírseme por la garganta, estaba temblando… Tenía miedo.
—Yo más —se acercó a mí. Yo también me acerqué… y justo en el momento en que estábamos a punto de juntar nuestros labios Helena interrumpió.
—¿Qué edad tienes, querida? —Sabía a qué venía todo esto.
—Catorce —contestó con esa vocecita inocente que tanto la caracterizaba. Helena la miró, incrédula, con gesto de espanto.
—¡Que pequeñita!
—¿Y tú? —Preguntó Meer. Así como era, seguro ni siquiera se había dado cuenta de la forma en que Helena la miraba y se dirigía a ella.
—Ve si el aceite está caliente, ¿quieres? —Helena respondió con otra pregunta, ignorando la de Meer. La pequeña me miró interrogante y yo asentí con la cabeza. Estaba seguro de que ella podría ir a ver el aceite sin quemarse. A demás, tenía a Helena en la mira.
Meer se levantó de la silla y se acercó la olla llena de aceite hirviendo. No le quité los ojos de encima y observé como torpemente tomaba una papita y la metía en el aceite.
—Sí, está listo —se volteó a mirarnos con una sonrisa. Helena se levantó de su asiento y se acercó a la fuente llena de papas.
—Déjame hacer esto a mí, a ver si luego te quemas —odié su tono de voz al decirlo. Yo sabía que Helena era una desquiciada. Una vez, en un restaurante le había empapado el traje a una mesera, con comida y vino, sin importarle el traje blanco de la chica y tampoco el hecho de que todo el mundo se nos quedara mirando. Lo había hecho nada más porque según ella, la mesera me miraba provocativamente ¡ideas suyas!
Meer llegó a mi lado en ese momento, se volvió a sentar en la silla y yo la abracé por la espalda, acercándola hacia mí.
Helena metió a la olla todas las papitas que entraron y luego volvió a sentarse con nosotros, sin decir nada y sin dejar de mirarnos. Me sentía extraño, tenía la impresión de que algo malo iba a pasar… no sabía el qué, pero una sensación de pánico me inundaba todo el cuerpo.
El timbre sonó. Me separé de Meer. Iría rápido, atendería a quien quiera que fuese y volvería en menos de tres segundos a la cocina. Me levanté del asiento y a paso rápido caminé hacia la puerta. La abrí sin mirar antes de quien se trataba.
—¡Andreas! —saludé a mi amigo con una sonrisa.
—Bill… —rio de medio lado.
—Llegas temprano.
—Sí, es que… de hecho venía a avisarles que llegaré más tarde porque tengo una cita y quería preguntar si traía algo para comer, beber o fumar… ya sabes —se encogió de hombros. Salí fuera de la casa y junté la puerta.
—Puedes traer las tres cosas —Andreas rio —y dime ¿quién es la chica? —alcé las cejas repetidas veces.
—¿Recuerdas a la chica de la pastelería? —habló medio cortado.
—¿La de las pequitas? —habían un montón de pastelerías en la ciudad. Aunque recuerdo conocer sólo una donde atendía una chica, y precisamente esa chica tenía el rostro lleno de pecas.
—Si… su nombre es Susy, o en realidad, ella me dijo que la llamara así —se encogió de hombros —ayer le pedí que saliéramos y hoy veré como nos va. Pero es un encanto —¿me vería yo igual de bobo al hablar de Meer?
—Uy, ya veo. Espero se diviertan —reí. Andreas frunció el ceño un momento y luego murmuró:
—No estaría mal… —y es que él lo veía todo en ese sentido. Bah, yo también.
—¿Y cómo a qué hora llegas entonces?
—No lo sé, a la hora que termine mi cita. A todo esto… ¿Conoces algún buen lugar para comer? —¿iba a salir con una chica y no sabía a donde llevarla? intenté hacer memoria para recordarme algún lugar.
—No… bueno, podrías llevarla a comer hamburguesas a McDonald’s —me asesinó con la mirada —oh… ah, ya sé ¿recuerdas ese restaurante que está a las afueras de la ciudad? no me acuerdo del nombre pero es por la salida este. Tiene dos pisos, muy lujoso. Podrías ir allí. Es donde yo llevaba a Helena antes.
—Creo que lo he visto —miró la hora en su móvil —se me hace tarde. Nos vemos, Bill.
—Disfrútalo —reí. Andreas también rio y se dio la vuelta para ir hacia su coche que estaba aparcado frente a mi casa.
Di media vuelta y abrí la puerta.
—¡Ya basta, Helena! —¿pero qué pasaba aquí? nada más había desaparecido unos minutos y ya se había armado una pelea —¡estás loca! ¡ella es una niña! ¿no lo entiendes? —¡Meer! un grito de Helena se escuchó por toda la casa. Me apresuré en ir hacia la cocina. Algo malo estaba pasando, Helena le había hecho algo a Meer —¡ERES UNA PUTA LOCA! —tras ese grito de Tom aparecí en la puerta de la cocina. Mis ojos fueron a parar directo a la olla volteada en el piso, con el aceite y las papas desparramadas por todas partes. El jarrón de vidrio de mamá también estaba roto, hecho pedazos en el suelo… Sentí el corazón a punto de salírseme por la garganta, estaba temblando… Tenía miedo.

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