16 febrero, 2013

My obsession /Capítulo 19





























CAPITULO 19


—¡Bill! —busqué a Meer con la mirada por toda la habitación. Vi de paso a Helena en el suelo, llorando, a Tom rojo de rabia… hasta que pude dar con Meer. Estaba sentada en un rincón de la cocina, con los ojos rojos y el rostro empapado. Con una de sus manos, sostenía el brazo de la otra. Y… y su manito estaba totalmente roja ¡Helena pagaría por todo esto!
—¡¿Qué le hiciste, hija de puta?! —grité con los ojos clavados en esa puta que se revolcaba en el suelo llorando —¿Cómo pudiste hacerlo? ¡es una niña! —Helena gritaba, estaba llorando. Sentía al odio hacia ella que no podía dejar de gritarle —¿De qué mierda te sirve llorar ahora cuando ya la quemaste? ¿EH? ¡debería darte vergüenza! Estás loca, no quiero volver a verte cerca de Meer, ¿me escuchas? Vete de aquí ahora mismo y no vuelvas. Sinceramente, creí que eras una persona diferente. ¡Vete ahora mismo! —apunté hacia la puerta con el dedo. Clavé los ojos en Meer, Tom la abrazaba y tomaba su mano con cuidado, mientras esta nos miraba con los ojos llenos de lágrimas. Si no hubiese salido a abrir la puerta nada de esto habría pasado. Me entraron ganas de llorar, ver mal a las personas que quiero no es de mis cosas favoritas.
—¡Pero Bill, yo te amo! —volví a mirar a Helena ¡Aún no se iba!
—Yo no. Sólo vete de una vez —y como ella pareció no querer moverse, la tomé del brazo y tiré para levantarla. Como la muy puta no se quiso poner de pie, me vi obligado a arrastrarla por todo el salón hasta llegar a la puerta.
—Te vas a arrepentir de esto —dijo levantándose, cuando estábamos a punto de llegar a la puerta.
—No quiero volver a verte, Helena. Quiero que desaparezcas de nuestras vidas ahora.
—Ya lo veremos —le di un empujón dejándola fuera de la casa.
—¿Crees que estuvimos contigo porque “te amábamos”? eres una puta que no cobra, simplemente eso. Jugar a engañar a uno con el otro es digno de una mujerzuela como tú —Helena abrió la boca y los ojos como platos. Cerré la puerta.
Volví a la cocina casi corriendo. Tom aún tenía a Meer abrazada a él. Y esta seguía llorando en silencio. Llamé a mi hermano y abrí el grifo de agua fría. Me dolía mucho ver a Meer en ese estado. Tom trajo a l pequeña hasta donde yo me encontraba y metió su mano bajo el chorro de agua. Me preocupé de poner la mía un poco más arriba para reducir la fuerza de impacto del agua, que seguro le dolía de una manera horrible. Me sorprendía de sólo escucharla lamentarse en silencio… era muy fuerte.
—Podríamos llevarla al hospital —me dijo Tom.
—Sí —miré a Meer limpiarse los ojos con la otra mano —¿estás bien? —me sentí la persona más inútil y torpe al hacer esa pregunta. Era obvio que ella no estaba bien. Aun así Meer asintió con la cabeza. Rodeé su cuerpo con uno de mis brazos y Tom, quien la tenía sujeta hasta ese momento la soltó —te llevaré al hospital, ¿si?
—Sí —contestó con un hilo de voz, sin mirar su mano. Tenía los ojos cavados en algún punto frente a ella, y sus lágrimas no dejaban de caer.
—Tom, tú te quedas limpiando todo —le dije, antes de cerrar el grifo. Examiné su mano con la mirada… estaba rojísima y podía darme cuenta como pequeños globitos ya se comenzaban a formar. Dios, todo esto era mi culpa.
La llevé hasta el coche andando rápido, sin soltarla en ningún momento y la ayudé a subir. Manejé lo más rápido posible hasta llegar al hospital. Nunca antes había estado tan preocupado como lo estaba ahora.
Bajé, y luego ayude a Meer… la tomé de los hombros y caminé con ella hasta urgencias. Suponía que era allí donde la tenía que llevar. No tardaron en atenderla, obviamente yo entré con ella y no la solté en ningún momento. Vi cómo le ponían de todo en su mano, incluso le dieron algunos sedantes que la dejaron un poco adormilada.
Hablé con el doctor al terminar su curación. Meer tenía que volver aquí dentro de poco para ver como sanaba su mano. Le iban a quedar marcas o alguna cicatriz, era lo más seguro.
Salimos del edificio tomados de la mano, obviamente yo tomaba su mano buena. No habíamos cruzado palabras entre nosotros en todo ese tiempo que habíamos estado en el hospital. Y es que yo no sabía que decirle y estaba muy ocupado odiándome a mi mismo y preocupándome por ella.
La ayudé a subir en el coche y luego subí yo.
Incluso me daba vergüenza mirarla. Me sentía culpable por no haberla cuidado… por haberla dejado sola con esa estúpida. Dios, es que Helena se había pasado. Ahora Meer tenía una enorme herida y le quedarían horribles cicatrices. ¿Cómo podía haber sido tan, pero tan estúpido? me pregunté si le dolía la mano o si tendría el vendaje muy apretado.
—¿Estás enojado conmigo? —me preguntó, rompiendo el silencio y sacándome de mis pensamientos. De estar enojado, si lo estaba… pero conmigo, con Helena. No con ella. La miré sintiéndome la peor persona del mundo al ver su mano.
—No. ¿Por qué? —volví a mirar hacia delante. Tampoco quería tener un accidente.
—No me hablas.
—No sé qué decirte —quizás podía comenzar pidiéndole disculpas —Meer, disculpa…
—No te preocupes, a todos nos pasa eso de no querer hablar en algún momento —suspiró. Quizás también tenía que pedirle disculpar por ignorarla en un momento así… pero principalmente quería disculparme por haberla dejado sola, dando la situación para que el accidente pasara.
—Meer, no es eso. Es que… mírate, mira tu mano. Es culpa mía —la miré. Ella me había estado mirando desde antes.
—Claro que no, Bill. A veces todo pasa por que tiene que pasar —no si te pasa a ti.
—Pero eso no tendría que haber pasado. No a ti —me mordí los labios.
—Pero me pasó. Aunque podría haberle tocado a Helena —lo último lo murmuró muy bajito. Aun así alcancé a escucharla.
—Helena es una zorra —solté sin pensarlo. Jamás hablaba así delante de Meer pero es que la rabia podía conmigo.
—La odio —apreté el volante con fuerza. Me sentí incómodo y un poco impactado al darme cuenta de que Meer también tenía sentimientos como todo el mundo y también podía odiar a la gente. Y no sé por qué me sentía así, si Meer era de carne y hueso como todos.
—En cualquier caso, es culpa mía.
—Que no lo es… —Quise replicar, pero Meer habló primero —¿Puedo abrir la ventana?
—Sí —Meer me sonrió, y yo no pude contestarle.
Abrió la ventana y dejó que el viento le revolviera el cabello, mientras miraba hacia fuera con una pequeña sonrisa. ¿Cómo podía sonreír después de lo que había pasado?
—¿Qué haremos hoy por la noche? —me preguntó, volviendo a meter la cabeza dentro del auto.
—No lo sé —no tenía ganas de salir a ninguna parte.
—Estás enojado —afirmó.
—No, Meer. Estoy… pensando —la miré fugazmente. Se notaba molesta.
—¿Cuándo dejas de pensar? —se acercó.
—Cuando deje de estar preocupado —Y enojado conmigo mismo.
—No tienes por qué estar preocupado —se encogió de hombros, volviendo a la ventana. ¿Cómo no iba a estar preocupado? ¡tenía la mano como una papa frita y quería que no me preocupara!
—Acabas de tener un accidente —exclamé.
—¿Y qué? ya sanará y luego todo esto será un recuerdo —volvió a encogerse de hombros, restándole importante.
No dije nada más… Meer podía quitarle importancia al asunto, pero yo no podía dejar de verlo como algo terrible. Y se me haría muy difícil olvidarlo.
Llegamos a casa, Tom ya había limpiado todo y había llamado a los chicos para decirles que mejor venían mañana. Me pareció perfecto posponer la junta, porque la verdad, no tenía ánimos de estar con amigos. Sólo quería quedarme con Meer un rato para cuidarla a ella y a su manito. Me daba miedo a que le fuese a pasar algo más y es que había quedado un poco paranoico con el accidente. Eso sí que no me lo perdonaría.
Después de comer unas galletitas y un jugo subimos a mi habitación a ver la televisión los dos juntos. Nos recostamos en la cama, abrazados, obviamente. Yo no quería soltarla, y al parecer, ella se sentía cómoda estando pegada a mi cuerpo.
—¿Sabes que eres la niñita más linda del mundo? —la besé en la nariz tiernamente. Me miró, aguantándose la risa. Sus ojitos brillaban cuando ella reía, y eso me encantaba. Ya se me había pasado un poco el shock del “accidente” y había empezado a hablarle más y a decirle cosas lindas. Pero eso no quitaba lo culpable y preocupado que me sentía.
—¿Sabes que eres el anciano más lindo del mundo? —me imitó riendo. Yo no era un anciano… yo solo tenía cinco años más que ella ¡ni siquiera tenía veinte!
—Me haces sentir viejo —me quejé, molesto. A lo mejor para ella era un “anciano”, pero yo me sentía tan joven como siempre… aunque, bueno, debo admitir que a su lado si me sentía poquito viejo.
—Lo eres —rio, para luego juntar sus labios con los míos fugazmente —te amo —Aun así, “anciano” y todo Meer me amaba. Y yo, aunque ella fuese un “bebé” la amaba.
—Te amo —sonreí. Meer también sonrió. Mis ojos se desviaron hacia su mano vendada que reposaba sobre su pancita —¿te duele la manito? —negó con la cabeza.
—Me siento bien, que ni siquiera tengo ganas de matar a Helena. Pero ya regresarán —reí.
—No dejaré que Helena vuelva a dañarte —dije seguro. Y es que no dejaría que Helena volviera a acercarse a ella.
—No es necesario, sé cuidarme sola —hizo un extraño gesto con la nariz.
—Tú sabes que es mejor que yo te cuide —la voz me había salido graciosa.
—Es mejor. Así estarás conmigo todo el día —la abracé más fuerte… no era mala idea.
—Eres tan tierna… —y linda, y divertida…Me acerqué a besarla en el cabello.
—Sólo soy tierna contigo, Bill —dijo mientras reía. Eso estaba bien… no me importaba la forma en cómo se comportara con el resto de las personas.
—Y eso está bien, sólo conmigo y nadie, nadie más —Meer ensanchó la sonrisa en sus labios.
—Celoso.
—No soy celoso. Yo cuido lo que es mío —mi chica se mordió el labio inferior y se acercó a mis labios para darme un besito. Pero antes de que pudiera apartarse llevé una mano a su cabeza y la retuve con sus labios pegados a los míos, los cuales comencé a mover con delicadeza… Meer me siguió, un poco torpe. Era la primera vez que me besaba así con Meer. Estuvimos así un rato, hasta que se me ocurrió la genial idea de comenzar a jugar con nuestras lenguas. Y es que estaba ansioso, y ya estaba harto de que siempre chocáramos los labios y nada más.
A demás… estábamos saliendo, y yo la amaba y ella me amaba a mi…no tenía por que haber problema en besaros de esa manera. Igual, me daba un poco de nervio pensar que estaba besando así a una niñita… pero luego recordaba que era Meer, entonces todo era diferente porque no nos importaba la diferencia de edad ni nada de eso. Simplemente éramos Meer y Bill, dos personas que se querían mucho, que se amaban.
Meer se durmió minutos después. Yo no podía hacerlo porque estaba demasiado alterado para cerrar los ojos. Me dediqué a mirar la TV. Estuve viendo programa tras programa… me aburría. Al fin y al cabo era más divertido y fascinante ver dormir a Meer. De pronto, di con una cámara que había sobre la mesita de luz. La tomé, era mi cámara… aunque nunca la ocupaba. La encendí, enfoqué a Meer y flash…. Por suerte no despertó.
Miré la foto un momento. Salía realmente hermosa, parecía un ángel.
Mi pequeña comenzó a moverse un poco, arrugado la carita, estaba despertando. Apagué la cámara y la dejé donde la había encontrado.
—¿Qué hora es? —me preguntó con voz ronca… bostezó. Que linda era.
—No lo sé.
—Tengo que irme, Bill —volvió a cerrar los ojos y se acomodó mejor sobre mi pecho, volviéndose a dormir. Que linda era… ojala su madre no la regañara por quedarse más tiempo aquí en casa. Y es que como era esa mujer… uff. Estaba seguro de que me haría un escándalo por el accidente de Meer y todo eso.
Cerca de las nueve la fui a dejar hasta su casa. Tuve que explicarle a su madre todo lo que había pasado. Ella me miró con cara de querer asesinarme y se limitó a agradecerme por haberla llevado al hospital y haberla cuidado. Luego me cerró la puerta en toda la cara.





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