CAPITULO 25
Tom estaba tardando demasiado. Llevábamos esperando casi cuarenta y cinco minutos sentados en el coche, haciendo nada. Stella no dejaba de contarme una y otra vez eso de la pelea y hablarme de las ganas que tenía de asistir a esa maldita fiesta. Yo sólo la escuchaba, ya me había cansado de decirle todo el tiempo con palabras suaves, que lo olvidara, que no siguiera con lo mismo. ¡Pero no! Al parecer hablar de eso era su única entretención.
Cambiábamos de tema y a los cinco minutos volvía a lo mismo. Realmente era desesperante. Si hubiese podido la habría dejado en MUTE. O aún mejor, si hubiese podido la habría dejado afuera del coche hablando sola. Encima ya todos estaban en la fiesta y por lo que se escuchaba, estaba genial. Sólo a Stella se le podía ocurrir pelearse con su amiga dueña de la fiesta en un día como este. Jamás volvería a llevarla a una fiesta. Desde hoy iba con mis amigos. Pff. Como odiaba tener que pasar tiempo con esta parlanchina, pasar el día entero con ella en el trabajo ¡Si su padre no fuese el dueño de la compañía! decirle que se alejara de mí podía resultarme bastante perjudicial…
Resoplé y eché la cabeza hacia atrás en el asiento.
—Y ya sabes como soy yo, no soporto que me traten de esa manera y ella no es quien para hablarme así. Es su fiesta, si… ¡pero tampoco es la reina del mundo! —tú eres la reina del drama, eso es seguro —y después… después quería que les llevara bebidas. No lo sé, Denisse está mal de la cabeza. Digo, yo llevándole jugos… ¡a ellos! ¡Como una empleada! No, claro que no. A lo mejor papá tiene menos dinero que el padre de Denisse, ¡pero eso no me hace inferior a ella!, ¿verdad, Bill?
—Sí —contesté. Ya estaba más que aburrido.
—¡Pero claro! ¡si Denisse tiene una cara de pescado pero que… uff! ¡es horrible! Y después viene y cree que es toda una diva. Algo debe tener malo en la cabeza que la hace pensar así ¿piensas que ella es linda, Bill? ¿Bill? —volvió a preguntar al ver que yo no le contestaba.
—No, no es linda —le di en la razón. Me había hecho la misma pregunta un montón de veces.
—¿Y yo, Bill? —la miré.
—¿Es necesario que te responda? —alcé una ceja. Lo único que quería era que llegara Tom.
—Ah, no es necesario… yo sé que soy muy hermosa —suspiró. Stella tenía ciertos problemas de autoestima. Si la gente no le decía seguido lo linda que era se ponía como una histérica y se llamaba monstruo a ella misma ¡estaba mal de la cabeza!, a tal punto que a veces pensaba que estaba obesa y pasaba días sin comer —pero, Bill… de verdad tenía ganas de ir a esa fiesta… ¿Crees, crees tú que habría sido mejor haberles llevado el jugo? —pensé un segundo, en realidad, no lo sabía. No sabía que contestarle.
—Pues si no querías no se lo llevabas y ya. Pero no tendrías que haberla insultado en su cumpleaños.
—Es que ella lo hizo primero ¿no me escuchaste? —si la había escuchado. Sólo no le había prestado atención —¿cuándo llega Tom?
—Debe estar por llegar —contesté con desgana.
—Ah… ¿Después nos vamos a tu casa? —su voz sonó insinuante. No tenía ganas.
—No… dejémoslo para otro día, mejor te llevamos a tu casa para que descanses —volví a mirarla. Stella prácticamente me hacía pucheros. No entiendo de donde le salían las ganas de…
—Vamos, Bill… ¿sí? —y nuevamente intentaba convencerme. Pero no, yo no cedía con ella. No me causaba nada esa cara de perrito triste, ni su puchero… ni siquiera me convencía con besos. Había aceptado a venir a la fiesta sólo para que me dejara trabajar en paz. Ya hora, como estaba con días libres y no estábamos en la oficina… Quizás, en cualquier otra situación yo habría insistido en ir a algún lugar los dos solos. Pero hoy no tenía ganas de tocare un pelo.
—No —mi humor iba de mal en peor.
—¡Pero Bill!
—No estoy de humor, ¿comprendes? —miré a través de la ventana. Me pareció ver el coche de Tom. Stella dijo algo más pero no la escuché… Esperé a que el coche se acercara un poco más para estar seguro.
Era el coche de Tom.
—Es Tom —le avisé antes de abrir la puerta.
Me acerqué a la calle y Stella no tardó en llegar a mi lado. El coche se detuvo justo frente a nosotros. Me di cuenta de que había alguien más allí adentro. No distinguía muy bien quien era, pero a lo mejor era alguna de las amiguitas de Tom.
Abrí la puerta.
—Hasta que llegas —lo miré, seguidamente pasé los ojos por todo el interior del coche hasta dar con la “amiguita de Tom”. Pero… pero… mis ojos se toparon con unos… grandes ojos... azules. Uno hermosos ojos color azul.
Quedé sin respiración, con los ojos abiertos a más no poder y estaba seguro de que la boca casi me había llegado al piso. No podía dejar de mirar sus ojos. Me llegó a la mente la rara idea de que estaba soñando. Algo me oprimió fuertemente la garganta… sentí nervios, algo extraño en el estómago… y sin poder evitarlo empecé a tiritar. Me sentía realmente torpe. No podía ser… esto no podía estar pasando. Tragué saliva. A lo mejor me… me había confundido de persona.
—Tuve que llevar a este encargo a comprar un jugo —Tom rio ¿Pero cómo es que Tom…? ¿De verdad ella era…? No entendía. ¿Cómo podía ser que…? No, no era posible. Estaba confundido, más que confundido. Ella no era… no era…
—S.. sí. Hola —me seguí torpemente en el asiento y cerré la puerta. Me encogí.
Entonces Tom volvió a hablar.
—¿Estás bien, Meer? —era ella. Era… era Meer. Gire la cabeza rápidamente para mirarla, intentando no prestarle atención a esa fuerte puntada en el pecho. Evité mirar sus ojos… y esta vez, nerviosamente, pude mirarla mejor. Había cambiado… cambiado mucho. Ahora llevaba maquillaje, su cabello seguía negro, pero estaba más largo… su piel seguía igual de pálida, su nariz igual de pequeña. Sus labios estaban un poco más gruesos, sólo un poco, y se notaban menos sus mejillas… tenía el rostro más delgado que antes. Me fijé en que llevaba ropa negra, y estaba más… grande. Me sentí como si hubiese acabado de ser estafado ¿dónde estaba la Meer que yo había conocido?
—¿Ah? —nos miró, intermitentemente a mí y a Tom. El corazón se me iba a salir por la garganta en cualquier momento.
—No, que sólo te preguntaba si…
—Sí, no importa —incluso su voz era diferente. Volví a mi antigua posición, refugiándome en el asiento ¿cómo era posible que hubiese cambiado tanto? Es que… era tal mi nivel de aturdimiento que ni siquiera podía pensar con claridad. Todo me daba vueltas, mi cuerpo era un huracán de sensaciones y… y realmente no sabía que era lo que estaba pasando, si era una broma o algo así porque… era imposible que ella estuviese aquí ahora… ¿o no? Escuché a Tom bostezar y lo miré.
—Bien, entonces…
—Vamos —completé la frase. Tom me miró fugazmente… me lo explicaría todo en cuanto estuviéramos solos.
—¿Dónde vamos? —en ese momento recordé que Stella estaba en el coche. Podríamos haberla dejado allá y yo ni siquiera me habría dado cuenta.
—A dejar a Meer —respondió mi hermano.
—¿Y quién es…?. Ah, eres tú —odiaba ese tono despectivo que usaba a veces.
—Y tú eres… —esa había sido Meer. Su voz era… tan… diferente. Su tono era muy parecido al de Stella.
—Soy Stella —le contestó esta. Ay no… ay no… por el tono de voz de Stella ya me daba cuenta de que quería armar alguna pelea o algún tipo de problema.
—Es amiga nuestra —habló Tom, para quitarle peso al asunto.
—Un gusto, Stella —la voz de Meer se notó sumamente agresiva ¿Qué… qué le había pasado a su voz dulce? ¿cómo es que había cambiado tanto? no me lo podía creer. Miré mis manos, me di cuenta de que seguía temblando.
—¿Y tú quién eres? digo, de los chicos… prima, pariente lejana, ¿nada? —¿qué que era de nosotros? ¡Stella no podía sabes que yo había estado saliendo con Meer! no podía. Si se enteraba la degollaría aquí mismo o simplemente le daría por pelear con ella. Prefería ahorrar todo eso.
—Ella… era nuestra vecina. Antes. —tragué saliva rápidamente. Había sido más que una simple vecina. Pero esas eran cosas que no… no le podía comentar a Stella. Dios, estaba sudando.
—Oh ¿y no es amiga de ustedes? —¡y seguía preguntando!
—En realidad…
—No. Bueno… antes hablábamos, pero ella se fue a Estados Unidos —corté a Meer. Estaba seguro de que ella había estado a punto de soltarle todo. Quizás más adelante podía comentarle a Stella sobre esto. Ahora no. El ambiente estaba demasiado tenso y yo a pensar podía pensar sabiendo que Meer estaba aquí.
—… con su padre —Tom completó mi idea.
—Mi padre es un empresario muy famoso en Norte América. Tiene mucho dinero —¿Desde cuándo Meer hablaba como una engreída? abrí los ojos como platos y me moví inquieto en el asiento. No, imposible, yo… yo estaba escuchando mal.
—¿Ah, sí? no te vez muy adinerada que digamos —no las estaba mirando, pero estaba seguro de que estaban asesinándose con la mirada.
Es… es increíble la forma en que las personas pueden cambiar ¿cómo es que Meer se había convertido en eso? ella nunca había sido de las que buscaban esa clase de problemas… y ahora, ahora…
—Tú tampoco. Podrías traer cosas menos… —no, no. No se podía meter con la apariencia de Stella, sería su fin.
—No te preocupes, Stella. Te ves bien —la corté antes de que insultara a Stella. Si lo hacía, se armaría otra pelea más grande y sería terrible. Meer comenzó a burlarse.
—Sí, sí. Quédate así en una esquina, seguro algún camión te recoge, querida. Te pagarían bien —la boca casi me llegó al piso ¡pero si era Meer quien estaba comenzando la pelea! ¿cómo era posible que… que se comportara así? ¡con lo que odiaba a las chicas con ese comportamiento!
—¡Chicos! ¿Oyeron lo que me dijo?
—Meer, tranquila —le dijo Tom. Lo miré, como pidiéndole explicaciones. Pero al parecer él no tenía idea y estaba igual de sorprendido que yo. Sentí decepción. Siempre la había recordado como una pequeña tierna y educada… que no le decía ese tipo de cosas a la gente. Antes era tímida, ahora… ahora de seguro decía todo lo que se le pasaba por la cabeza ¿qué le habían hecho? ¿qué mierda le había pasado?
—Estoy tranquila ¿se puede abrir esto? es que aquí apesta a…
—Sí, ábrela, como quieras —Tom la cortó antes de que insultara a Stella nuevamente. Ella abrió la ventana. Me estremecí, el aire estaba helado.
Las pocas veces que había pensado en el posible regreso de Meer, lo había imaginado como un lindo reencuentro. Algo tipo novelas o películas… pero la realidad era muy diferente a como yo había planeado todo.
—¿Cuánto falta? —preguntó. Me pregunté si ella se comportaba de esa manera siempre. O era porque estaba un poco nerviosa… si, a lo mejor era eso: estaba nerviosa… como yo.
—¡Por favor! no seas infantil, no puedes empezar con eso. Niñita de papi —se burló Stella. Comprendía que le había afectado lo que Meer le había dicho anteriormente, pero no era como para seguir con la pelea.
—¿Te parezco infantil? —se quedó callada un par de segundos —pues tú a mí me pareces un puta —quedé impactado ¿y lo había dicho así nada más? ¿realmente esa era Meer? —sí, y te lo digo a la cara —no podía creerlo. No las veía pelear pero… pero por lo que podía escuchar, no tendrían muy buenas caras —así te vez un poco más bonita de lo que eres, querida. Sólo un poco.
—Stella, no le hagas caso —dije lo primero que se me pasó por la cabeza para calmar a Stella. A Meer no sabía cómo calmarla, tenía la impresión de que no la conocía —¿podrías dejar de insultarla, Meer? —me sentí sumamente extraño y nervioso al dirigirle la palabra.
—Si me lo pides de esa manera —ironizó. Es que no me entraba en la cabeza como… como podía… ella… ser así. Encima me hablaba a mí, no a Stella.
—¿Por favor…? —añadí, al escuchar sus palabras.
—Al parecer Tom, tú estás de su lado. Creí que éramos amigos —siguió Stella, enojada. Metiendo a Tom en todo esto.
—Meer, ¿puedes… cerrar la boca por favor? —Stella rio. Y Meer se quedó en silencio el resto de viaje que nos quedaba.
Miré a Tom nuevamente, este me miró también. Ambos sabíamos que algo andaba mal con Meer. Antes era tan linda con las personas, era tímida y ahora era… así. Había cambiado muy drásticamente, era demasiado agresiva. Ni si quiera se parecía a la Meer de hacía tres años. Aun así me hacía sentir un revoltijo de sensaciones en el cuerpo… aunque ahora, claramente, me sentía decepcionado. Nunca la creí capas de eso.
El coche se detuvo en cuanto llegamos a la casa de mamá. Bien, esta era la parada de Meer. La escuché abrir la puerta de golpe.
—Que no se te olvide el jugo —le gritó Tom.
—Amm… sí. Gracias —murmuró apresuradamente. Supuse que ya había salido del coche. No quería mirarla, aunque me moría de ganas por hacerlo.

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