14 febrero, 2013

1000 Meere /Capítulo 43



































CAPITULO 43


La siguiente semana trabajé como siempre. Yo no iba a dejar el trabajo sólo porque mi madre me lo pidiera… o más bien me lo ordenara. No le iba a hacer el más mínimo caso.

Estaba preparando la cena en casa de Simone. Ambas conversábamos cosas interesantes, cosas de chicas… Ella era absolutamente la misma persona simpática y cariñosa de siempre, sólo que con un par de problemas adicionales… pero no eran la gran cosa. Además, yo la ayudaba. Ya le había comenzado a coger mucho cariño ¿qué hubiese sido de mi con una madre como ella? uff, yo hubiese sido la chica más feliz del planeta. Aunque me agradaba tenerla como suegra… Ella si sabía lo que había entre Bill y yo. Y pobre de mi novio… la mujer que se tenía que aguantar de suegra. Por suerte no le hablaba nunca, ya que se suponía que ella no sabía nada. Pero ya me imaginaba a mi madre haciendo su papel de suegra, Bill me dejaría. Seguro. Nadie podía soportar a esa mujer. Excepto su esposo… pero ese es un espécimen algo extraño, algo fuera de lo normal. Esa era la única explicación. Si hasta mi padre se había arrancado de ella y se había ido a América. Y tarde o temprano yo igual me acabaría yendo de esa puta casa para estar lejos por el resto de la vida. Estaba segura de que ella acabaría sola, amargada y fea. Nadie la iba a querer, no se lo merecía.
De pronto, picaron a la puerta, sacándome de mis pensamientos. 
—Iré a abrir —le dije a Simone mientras dejaba el cuchillo sobre el mueble y me secaba las manos en el delantal de ositos que traía puesto. Caminé a paso rápido hasta salir de la cocina. Me dirigí hasta la puerta y la abrí.
—¡Hola! —me saludó Tom para luego pasar dentro de la casa. Ya había llegado. Se suponía que hoy también vendría Bill. Iba a ser una cena familiar, claro que conmigo de agregado… pero Simone se había pasado el día diciéndome que ya era parte de la familia.
Le hice un espacio a Tom para que entrase y luego cerré la puerta tras. Él. 
—Hola —le di un sonoro beso en la mejilla. 
—Uy, hueles a esa cosa… esa… wakala que no sé como te llama. Yuy —dijo con repulsión. Yo dibujé una sonrisa graciosa en mi rostro.
—¿Cebolla? —Tom asintió y comenzamos a caminar hacia la cocina —debe ser porque estoy cocinando… 
—¿Quieres que te ayude? —me encogí de hombros.
—Sólo si quieres hacerlo… 
Llegamos a la cocina y Tom prácticamente se lanzó sobre su madre para saludarla. Simone se echó a reír y le comenzó a gastar bromas, mientras yo retomaba mi tarea.
Acabamos por organizarnos de la siguiente manera:
Tom acomodaba la mesa.
Simone nos observaba como hacíamos las cosas.
Y yo cocinaba. 
No estaba mal… 
Luego de unos minutos de risas, conversaciones y bromas tontas, volvieron a picar a la puerta. Me dispuse a ir a abrir la puerta, pero un grito de Tom me lo impidió: Él quería ir.
Me agaché para meter la comida en el horno. Me costó un poco hacerlo… Me levanté, le puse la temperatura adecuada y luego cogí un trapo para secarme las manos. Suspiré. Ya había acabado… Ahora sólo quedaba esperar a que se cocinara y ya estaba listo. Iba a quedar delicioso.
De pronto, sentí unos brazos rodear mi cintura y un leve cosquilleo en mi cuello. Dejé caer el trapo sobre el mueble y doblé un poco mi hombro hacia arriba mientras reía y giraba la cara para mirar a quien yo suponía que era… Bill. 
—Hola, mi amor —me saludó. Eché la cabeza hacia tras, apoyándola en su hombro. 
—Hola —me dio un suave beso en los labios y luego se separó de mí. 
—¿Estás cocinando?
—Ya acabé. 
—¿Es algo rico? —preguntó con una sonrisa, mientras volvía abrazarme y acercaba su boca a mi cuello.
—Que sí, que sí —interrumpió Simone en la conversación —ya deja a la chica tranquila, Bill ¿o quieres que se aburra de ti tan pronto?
—Mamá… —se quejó. Yo reí y Simone me acompañó. 
—Se ven hermosos los dos juntos, pero no es para pegarse todo el día, ¿no creen? —siguió Simone. Miré al suelo avergonzada. Bill fue a decir algo, pero otra voz resonó en la cocina. 
—Déjalos mamá, Bill es así de pegajoso, pobre Meer… —se burló Tom. 
—¡Oye! —Bill y yo nos quejamos al mismo tiempo. 
Y nuevamente, picaron a la puerta… interrumpiendo el momento de bromas.
—Yo voy —dijo Tom, saliendo de la cocina. 
Nos quedamos en silencio, esperando escuchar algo que nos dijese quien era.
Bill, aun abrazándome por la espalda, apoyó su nariz en mi cuello y soltando un ronroneo, me dio un pequeño besito que me hizo estremecer. 
—¡Tom! He venido a ver a tu madre, ¿puedo pasar? —esa voz…
¿Qué hacía ella aquí?
Me alarmé y tendí inconscientemente a separarme de Bill. Di un paso hacia adelante y luego otro hacia una lado, alejándome de su cuerpo. Me sentí desprotegida…
Lo miré horrorizada y él me devolvió una mirada sin expresión. Me tensé en cuanto escuché a Tom decirle que podía pasar dentro de la casa ¿qué estaba haciendo? Se suponía que Tom estaba de nuestro lado. 
Bill se volvió a acercar a mí y cogió mi mano, entrelazando nuestros dedos. 
Tom entró a la cocina en ese momento. Había un gesto de disculpas grabado en su rostro. Me miró a mi directamente y luego, sólo moviendo los labios me dijo algo que yo ya sabía. Tu madre.
¿Y a qué venía ella? ¿A arruinar la cena?
—Mamá… —la llamó Tom. Luego se acercó a ella y la condujo hasta fuera de la cocina.
El tiempo comenzó a correr más rápido… al menos para mi. Nos habíamos quedado solos. 
Miré a Bill, sin tener idea de qué hacer… 
—Bill… —me tomó de la otra mano y se situó frente a mí. Una leve sonrisa apareció en sus labios. 
—No pasará nada, amor… —murmuró, reconfortándome. Sus dedos acariciaron suavemente mi mano.
—Es mi mamá, Bill… 
—Ella no puede hacer nada. 
—No. Ella si puede hacer algo. Me va a enviar lejos de aquí. Estoy segura de que planea algo… 
—Mery… —lo corté.
—Ella me quiere separa de ti. Ella me prohibió verte… 
—Mi amor, no… —lo corté nuevamente.
—No quiero que pase lo mismo que la vez anterior… 
—N… —lo volví a cortar.
—Me da miedo. 
—No tengas miedo, princesa —me soltó las manos para luego abrazarme. Escondí mi cabeza en su cuello —ella no puede hacer nada… no se lo voy a permitir. ¿Si? —asentí. 
—No dejes que me separe de ti. 
—No voy a dejarla.
—Prométemelo… 
—Te lo prometo —luego cogió mi cara con sus manos y me dio un pequeño beso en los labios.
—¿Y ahora qué hacemos? —Bill soltó una risita, la cual yo no comprendí.
—Somos novios, ¿no? hay que actuar como tales… —oh… Pero si hacía eso mi madre se iba a volver loca.
—¿Y mi ma…? —me cortó.
—Ella ya sabe que estamos juntos. Tú me lo dijiste —asentí —¿entonces?
—No lo sé —me encogí de hombros —pero me da miedo… 
—Que no te de miedo —me besó de nuevo —estamos los dos juntos… —asentí. Si Bill me decía que no había que tener miedo, era porque no había que tener miedo. Él sabía que todo iba a estar bien… y yo confiaba en él —¿vamos? —sentí un nudo en la garganta. Pero aun así, asentí con la cabeza en modo de afirmación. 
Soltó mi rostro… y luego me abrazó por la cintura, pegando mi cuerpo al suyo. 
Tragué saliva y comenzamos a caminar hacia la sala.
Si mi madre hacía algo, yo podría defenderme. Ya no era la misma niñita debilucha de antes... Yo era mucho mejor. Mucho más fuerte.
Mi madre se nos quedó mirando en cuanto entramos en la habitación. Su ceño se frunció, pero luego sonrió… mujer estúpida.
—Hola, hija… Bill —nos saludó con esa estúpida sonrisa sínica en sus labios. Bill le sonrió.
—Hola —dijo simplemente. Aunque su voz no había sonado tan cálida como su sonrisa. Caminamos juntos hasta uno de los sillones y nos sentamos frente a mi madre. Nos acomodamos hasta quedar cómodamente abrazados. 
—¿Y cómo están, chicos? —nos preguntó a mi madre. Le fui a contestar algo, pero Bill habló primero que yo.
—Genial, gracias —habló frío. Tampoco había estado tan mal… yo le habría contestado peor..
Luego de un rato en que nos estuvimos aburriendo, tuve que regresar a la cocina para sacar la comida del horno. Simone había obligado a mi madre a cenar… así que había que acomodar un puesto más en la mesa. 
Abrí el horno, me agaché frente a él y de allí saqué la comida ya lista. Olía delicioso…
Después de servir los cinco platos que necesitaba, cogí dos y salí de la cocina para ir a acomodarlos a la mesa. Entré en el comedor… a unos cuantos metros de mi estaba mi madre en los sillones conversando con las familia Kaulitz. Dejé ambos platos sobre la mesa, le dediqué una mirada a Bill y me di cuenta de que mi madre me miraba con cara de circunstancia. No me asusté. No hice nada… y me fui a buscar dos platos más…
Hice lo mismo que con los dos anteriores y luego fui a buscar el último que me quedaba.
Rodeé la mesa y lo dejé sobre ésta.
—Y eso… como te decía, Simone —dijo mi madre lo suficientemente fuerte como para que yo pudiese oírla —…que envío a mi hija de vuelta a América en dos semanas. 
¿Qué? ¿de vuelta? la respiración se me cortó, por lo que mi ve obligada a abrir la boca. Mis manos comenzaron a temblar y mis ojos a arder. Miré a Bill, éste estaba con la vista pegada en una de las ventanas del salón y parecía estar ausente. Sentí como si algo estrujase mi pecho fuertemente. Intenté respirar, pero no conseguí nada. Miré a mi madre. Esta le sonreía a Simone. No podía ser. El segundo que había pasado se me hizo eterno. Me pareció angustioso... algo casi agonizante.
¿Era tan necesario tomar esa medida? a ella nadie la obligaba a separarme de Bill, nadie la obligaba a enviarme lejos de este lugar ¿no se daba cuenta de que me estaba dañando? Yo era su hija... ni siquiera veía por mí. Es más, ni siquiera lo hacía por un tema en concreto... o al menos yo no sabía ese tema. Entonces lo hacía porque sí. Para joderme la vida. Pero yo no comprendía que era lo que yo había hecho para que ella me tratara de esa manera.
—¿Cómo dices? —le pregunté a mi madre con voz fría, fuerte y cortante. Me salió mejor que como yo había pensado... considerando que tenía un nudo del tamaño de una bola de pingpong en la garganta. 
—Que te vas con tu padre en dos semanas —se encogió de hombros como si nada. Tom me miró con la boca entreabierta y con preocupación. Simone agachó un poco la cabeza para ver sus zapatos. Mi madre me miraba con una horrorosa sonrisa en el rostro... y Bill, pues Bill seguía pegado a la ventana. Me pregunté por qué no hacía nada. Por qué se quedaba así sin hacer nada y no me ayudaba en este momento. Dejé que todo el aire de mis pulmones saliera violentamente por mi boca. Luego tomé otra bocanada y me dirigí a mi madre con la misma voz que anteriormente había ocupado:
—No. Yo no me voy a ninguna parte, mamá. 
—Iras igual, querida. Quieras o no. Ya está decidido y no vale la pena pelear ahora ¿o no recuerdas la vez anterior? no quiero llevarte a la fuerza de nuevo —habló con los labios muy juntos. Me enojé. La rabia comenzó a apoderarse de mí y los ojos se me llenaron de lágrimas. Comencé a caminar hacia ella.
—¡He dicho que no! yo no iré a ninguna parte. No me voy de aquí, claro que no... —una vez estuve frente a ella le di una patada al piso. 
—Tú no me hablas de esa manera —se levantó del sillón. Aun así, no me superó en tamaño. Me erguí todo lo que pude y la miré con superioridad.
—Yo te hablo como quiero —le di con la mano en el hombro, empujándola levemente hacia atrás —ve a que te reembolsen los pasajes y a que avísale a papá que no iré.
—Hija...
—¡Ya cierra la boca de una puta vez! ¡no iré, te lo dije, no iré! 
—Acabarás por ir igual. No logras nada con enojarte... —negué con la cabeza.
—¡Que no, vieja puta! —le grité enfurecida mientras mi mano volaba hacia su rostro.
Pero no llegó. Alguien me había sostenido la mano. No había sido mi madre, eso era seguro. Mire hacia un lado y pude ver a Bill. Tenía el ceño fruncido y no me gustó para nada su expresión. No me había dado cuenta en qué momento se había parado y había llegado hasta estar a mi lado. Había estado prestándole demasiada atención a mi conversación con esa mujer. 
—Ya basta, Meer —murmuró mi novio ¿y se atrevía a decirlo?¿acaso esa cosa que nos quería separar se merecía algo que no fuese un golpe? fruncí el ceño y los labios. Lo miré con repulsión. Estaba demasiado enojada.
—Déjame, estúpido —le grité con la voz demasiado elevada, mientras me soltaba de su amarre. Bill abrió los ojos como platos. Yo no me medí... Le di un fuerte empujón, que lo hizo retroceder un paso. 
Seguidamente me di media vuelta, Y me dirigí a la puerta con los puños apretados...
Bien. Si él quería que me fuera, yo me iría. 
Estúpido ¿cómo se me había pasado por la cabeza que él de verdad se iba a oponer ante eso? Al final él no me había ayudado... me había abandonado en el peor momento.
Me sentía confundida... y traicionaba. Todo me daba vueltas en la cabeza y no sabía que pensar.
Abrí la puerta, y salí fuera sin volver a mirar dentro de la casa... que se había quedado en un completo silencio. 
Cerré la puerta con un fuerte portazo.
Todo se había terminado.

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