CAPITULO
20
Pasó el tiempo. Semanas… un mes y
días desde que Meer y yo habíamos comenzado a salir. Yo todos los días iba a
buscarla a la escuela y las veces que podía la iba a dejar también. Por las
noches conversábamos hasta caernos de sueño y algunas veces la llevaba a alguna
parte especial para estar solos un rato o simplemente ella se pasaba hacia mi
habitación para dormir juntos. Lo que había entre nosotros era lindo, no cabía
duda. Era la relación más bonita que había tenido en toda mi vida. Nunca antes
me había pasado algo así. Cada vez que veía a Meer, un cosquilleo extraño
aparecía en mi estómago, cada vez que hablaba de ella con Tom me entraban
nervios, cada vez que la besaba y la tenía junto a mí me sentía el hombre más
feliz del mundo y cada vez que la miraba a los ojos… me perdía en ellos y me
sentía flotar. Estaba idiotizado.
De Helena no había vuelto a saber. Tampoco es que me interesara saber de ella. Me había llamado un par de veces al móvil después de “ese día”, pero yo no tomé sus llamadas. Hasta que se cansó y prácticamente desapareció de mi vida. A demás, Tom ya no era su noviecito por lo que ya no la vería por casa. Ahora mi hermano salía con una chica de nombre extraño, no lo recuerdo bien… era una igual a todas las que solían salir con él y al parecer no le importaba que Tom le pusiera los cuernos.
De Helena no había vuelto a saber. Tampoco es que me interesara saber de ella. Me había llamado un par de veces al móvil después de “ese día”, pero yo no tomé sus llamadas. Hasta que se cansó y prácticamente desapareció de mi vida. A demás, Tom ya no era su noviecito por lo que ya no la vería por casa. Ahora mi hermano salía con una chica de nombre extraño, no lo recuerdo bien… era una igual a todas las que solían salir con él y al parecer no le importaba que Tom le pusiera los cuernos.
La mano de Meer iba cada vez
mejor. Aunque yo le había insistido en llevarla al doctor para que la revisaran
de nuevo ella se negó rotundamente y acabó convenciéndome de no ir. A saber cómo
lo hacía, nadie nunca podía hacerme cambiar de opinión… pero Meer… bueno, Meer
era Meer y por lo que había visto tenía cierto poder sobre mí. Y es que se me
hacía imposible decirle que no a ella o llevarle la contraria en algo.
No es que Meer me controlara, claro que no… es sólo que, con esos ojitos podía convencerme para hacer cualquier cosa, decir cualquier cosa o simplemente comprarle un helado en el negocio de la esquina.
Ah… mamá ya se había enterado de que estaba saliendo con Meer. Pero no se había enojado. Simplemente me había amenazado; no podía hacerle daño a Meer. Tampoco iba a hacerlo, así que no había problema.
No es que Meer me controlara, claro que no… es sólo que, con esos ojitos podía convencerme para hacer cualquier cosa, decir cualquier cosa o simplemente comprarle un helado en el negocio de la esquina.
Ah… mamá ya se había enterado de que estaba saliendo con Meer. Pero no se había enojado. Simplemente me había amenazado; no podía hacerle daño a Meer. Tampoco iba a hacerlo, así que no había problema.
Esperaba a Meer, como todos los
días después de clases. Estaba ansioso por verla, pues en la mañana no la había
podido venir a dejar, por lo que no la veía desde anoche y ya la extrañaba.
Miré como todos esos niños comenzaban a salir por la perta como verdaderas
bestias. Eran libres. Yo también me ponía así al salir de clases, lo recuerdo,
eran días divertidos.
Y seguí mirando a todos esos chicos, hasta que di con Meer. Comenzó a caminar hacia mí, con una sonrisa en el rostro. La noté un poco tensa, nerviosa… pero no le di importancia, ya me contaría que era lo que le estaba pasando.
—¡Hola! —me saludó sonriendo.
—Hola, Meer —sonreí yo también y me agaché para quedar a su altura y poder darle el besito en la mejilla de siempre. No nos podíamos saludar de otra manera aquí. Me sorprendí cuando Meer me tomó las mejillas y juntó su boca con la mía. Me quedé tieso. Estaba seguro de que un montón de niños nos miraba en este momento. No quise separarme de Meer, para no dejarla mal frente a todos esos chicos y simplemente me dedique a cerrar los ojos, maldecir internamente y esperar a que Meer terminara con su beso.
No podía ser, imposible. Meer… Meer acababa de echarlo todo a perder. Ahora todo ese montón de niños lo sabría, luego lo sabría toda su escuela, toda mi universidad, mis amigos, quienes no eran mi amigos… y su madre. Yo no quería que eso pasara, no. Pero Meer había terminado en el “secreto” sin preguntarme.
Meer se separó de mí. Abrí los ojos y me enderecé para mirar a todos esos niños que nos observaban con la boca abierta, tan descaradamente. Tragué saliva. Meer sabía que no tenía que hacer esto. Pero aun así lo había hecho. ¿Cómo podía haberse atrevido? ya lo habíamos conversado un montón de veces. La abracé. Como dije anteriormente, no la haría quedar mal frente a todos sus compañeros. La llevé hasta la puerta del copiloto y la abrí. Luego ayudé a que se subiera… subí rápidamente en el coche y arranqué.
Me detuve a unas cuantas cuadras de allí. Esto merecía una buena explicación. Meer y yo teníamos que hablar. Apagué la radio y la miré, molesto. Esperaba una cara de arrepentimiento o algo por el estilo, pero no… en vez de eso, me encontré con una Meer que sonreía de oreja a oreja. Suspiré, llevándome las manos a la cara ¿acaso no se daba cuenta de lo que había hecho? ¿del grave error que había cometido? ahora sólo faltaba que se lo dijera a su madre para que la mujer me bañara en gasolina y luego me prendiera fuego.
Volví a mirarla.
—¿Qué? —borró la sonrisa de su rostro, quizás al darse cuenta de que realmente me había enojado.
—¿Por qué hiciste eso, Meer? —pregunté, pidiendo explicaciones.
—No hice nada malo —contestó, encogiéndose de hombros. Seguidamente apartó los ojos con el ceño fruncido.
—No podías hacerlo frente a toda esa gente —le contesté en el mismo tono que ella había usado. Genial. Yo me enojaba porque ella había revelado nuestro secreto y ella se enojaba porque yo me enojaba. Genial.
—Si podía —y de hecho lo hiciste.
—Pero no debías —resopló, sin cambiar esa mueca de enojo en el rostro.
—¿Por qué?
—Porque se suponía que nadie debía saber sobre esto —y porque la gente nos mirará mal de ahora en adelante, porque tu madre me va a matar, además claro de que todo el mundo en la universidad lo comentará y mis amigos se burlarán de mí. ¿Por qué?, por salir con una pequeña inmadura que dejó al descubierto el secreto.
—Lo siento —dijo bajito luego de un par de segundos.
—¿Por qué no pensaste antes de hacerlo? —negó. Seguro ni siquiera se le habían pasado por la cabeza las consecuencias. Quizás para ella ni siquiera existían las consecuencias. Podría haber pensado en mí.
—No lo sé. Pero aún no le veo lo malo —¡pero que terca!
—Meer, ya no será como antes. Ahora esos niños se lo contarán a todo el mundo… —dejé de hablar. Mis problemas no eran los problemas de Meer… a ella no le importaba lo que me dijeran mis amigos ni nada por el estilo. Y al parecer tampoco le importaba lo que dijera su madre.
Y seguí mirando a todos esos chicos, hasta que di con Meer. Comenzó a caminar hacia mí, con una sonrisa en el rostro. La noté un poco tensa, nerviosa… pero no le di importancia, ya me contaría que era lo que le estaba pasando.
—¡Hola! —me saludó sonriendo.
—Hola, Meer —sonreí yo también y me agaché para quedar a su altura y poder darle el besito en la mejilla de siempre. No nos podíamos saludar de otra manera aquí. Me sorprendí cuando Meer me tomó las mejillas y juntó su boca con la mía. Me quedé tieso. Estaba seguro de que un montón de niños nos miraba en este momento. No quise separarme de Meer, para no dejarla mal frente a todos esos chicos y simplemente me dedique a cerrar los ojos, maldecir internamente y esperar a que Meer terminara con su beso.
No podía ser, imposible. Meer… Meer acababa de echarlo todo a perder. Ahora todo ese montón de niños lo sabría, luego lo sabría toda su escuela, toda mi universidad, mis amigos, quienes no eran mi amigos… y su madre. Yo no quería que eso pasara, no. Pero Meer había terminado en el “secreto” sin preguntarme.
Meer se separó de mí. Abrí los ojos y me enderecé para mirar a todos esos niños que nos observaban con la boca abierta, tan descaradamente. Tragué saliva. Meer sabía que no tenía que hacer esto. Pero aun así lo había hecho. ¿Cómo podía haberse atrevido? ya lo habíamos conversado un montón de veces. La abracé. Como dije anteriormente, no la haría quedar mal frente a todos sus compañeros. La llevé hasta la puerta del copiloto y la abrí. Luego ayudé a que se subiera… subí rápidamente en el coche y arranqué.
Me detuve a unas cuantas cuadras de allí. Esto merecía una buena explicación. Meer y yo teníamos que hablar. Apagué la radio y la miré, molesto. Esperaba una cara de arrepentimiento o algo por el estilo, pero no… en vez de eso, me encontré con una Meer que sonreía de oreja a oreja. Suspiré, llevándome las manos a la cara ¿acaso no se daba cuenta de lo que había hecho? ¿del grave error que había cometido? ahora sólo faltaba que se lo dijera a su madre para que la mujer me bañara en gasolina y luego me prendiera fuego.
Volví a mirarla.
—¿Qué? —borró la sonrisa de su rostro, quizás al darse cuenta de que realmente me había enojado.
—¿Por qué hiciste eso, Meer? —pregunté, pidiendo explicaciones.
—No hice nada malo —contestó, encogiéndose de hombros. Seguidamente apartó los ojos con el ceño fruncido.
—No podías hacerlo frente a toda esa gente —le contesté en el mismo tono que ella había usado. Genial. Yo me enojaba porque ella había revelado nuestro secreto y ella se enojaba porque yo me enojaba. Genial.
—Si podía —y de hecho lo hiciste.
—Pero no debías —resopló, sin cambiar esa mueca de enojo en el rostro.
—¿Por qué?
—Porque se suponía que nadie debía saber sobre esto —y porque la gente nos mirará mal de ahora en adelante, porque tu madre me va a matar, además claro de que todo el mundo en la universidad lo comentará y mis amigos se burlarán de mí. ¿Por qué?, por salir con una pequeña inmadura que dejó al descubierto el secreto.
—Lo siento —dijo bajito luego de un par de segundos.
—¿Por qué no pensaste antes de hacerlo? —negó. Seguro ni siquiera se le habían pasado por la cabeza las consecuencias. Quizás para ella ni siquiera existían las consecuencias. Podría haber pensado en mí.
—No lo sé. Pero aún no le veo lo malo —¡pero que terca!
—Meer, ya no será como antes. Ahora esos niños se lo contarán a todo el mundo… —dejé de hablar. Mis problemas no eran los problemas de Meer… a ella no le importaba lo que me dijeran mis amigos ni nada por el estilo. Y al parecer tampoco le importaba lo que dijera su madre.
—¿…Y? —¿cómo “y”? me llevé las
manos a la cabeza. Esto estaba mal.
—Tu madre va a terminar sabiendo de todo esto —y conociéndola como la conocía estaba seguro de que llegaría un día de estos a mi casa para hacer un escándalo digno de un premio.
—Por dios, si mi madre te adora. A ti y a Tom. Los tiene prácticamente en un pedestal… no sé a qué viene eso —por favor… Tom estaba en ese pedestal, si es que existía. A mí esa mujer me odiaba… lo podía ver en sus ojos, en la forma en como me miraba cada vez que iba a buscar a Meer a su casa y ella abría la puerta.
—Tu madre va a terminar sabiendo de todo esto —y conociéndola como la conocía estaba seguro de que llegaría un día de estos a mi casa para hacer un escándalo digno de un premio.
—Por dios, si mi madre te adora. A ti y a Tom. Los tiene prácticamente en un pedestal… no sé a qué viene eso —por favor… Tom estaba en ese pedestal, si es que existía. A mí esa mujer me odiaba… lo podía ver en sus ojos, en la forma en como me miraba cada vez que iba a buscar a Meer a su casa y ella abría la puerta.
—Estoy seguro de que tu mamá no te
quiere conmigo —hablé brusco. Y es que era verdad. Repito: esa mujer me odiaba.
—Pues si fuese el caso, que lo dudo, ella no se podría entrometer. Es mi vida —se encogió de hombros molesta —si ella sale con quien quiere yo igual puedo hacerlo —es que ella no entendía. Los padres siempre pueden hacer lo que se le da la gana pero los hijos no… siempre ha sido así.
—Ese no es el punto, Meer. A demás de tu madre hay más gente involucrada —como mis amigos, por ejemplo.
—Dame nombres —atacó.
—Por favor, no seas infantil —no iba a darle nombres. Estaba seguro de que si comenzaba a nombrar a mis amigos o a los vecino Meer saldría con el disparate de “no me importa lo que piense la gente”
—Dame nombres —repitió nuevamente.
—Meer…
—Te avergüenzas de mí, ¿No es cierto? —se apuntó a sí misma, mirándome furiosa. No, claro que no… no me avergonzaba de ella.
—No, Meer.
—No, Meer —repitió —no me avergüenzo de ti, por eso te llevo a lugares donde no hay gente que nos vea y no estoy contigo en público —abrí los ojos como platos. ¿Cómo podía pensar que me avergonzaba de ella? Ok, algo de razón tenía en lo que estaba diciendo pero… pero no. Yo no me sentía avergonzado al final de cuentas… la opinión de los de la universidad no me importaba mucho.
—No vas a pensar que…
—Ya cállate.
—No es como tú piensas, preciosa —intenté calmarme, hablarle con dulzura.
—Pues si fuese el caso, que lo dudo, ella no se podría entrometer. Es mi vida —se encogió de hombros molesta —si ella sale con quien quiere yo igual puedo hacerlo —es que ella no entendía. Los padres siempre pueden hacer lo que se le da la gana pero los hijos no… siempre ha sido así.
—Ese no es el punto, Meer. A demás de tu madre hay más gente involucrada —como mis amigos, por ejemplo.
—Dame nombres —atacó.
—Por favor, no seas infantil —no iba a darle nombres. Estaba seguro de que si comenzaba a nombrar a mis amigos o a los vecino Meer saldría con el disparate de “no me importa lo que piense la gente”
—Dame nombres —repitió nuevamente.
—Meer…
—Te avergüenzas de mí, ¿No es cierto? —se apuntó a sí misma, mirándome furiosa. No, claro que no… no me avergonzaba de ella.
—No, Meer.
—No, Meer —repitió —no me avergüenzo de ti, por eso te llevo a lugares donde no hay gente que nos vea y no estoy contigo en público —abrí los ojos como platos. ¿Cómo podía pensar que me avergonzaba de ella? Ok, algo de razón tenía en lo que estaba diciendo pero… pero no. Yo no me sentía avergonzado al final de cuentas… la opinión de los de la universidad no me importaba mucho.
—No vas a pensar que…
—Ya cállate.
—No es como tú piensas, preciosa —intenté calmarme, hablarle con dulzura.
—Explícame como es, entonces…
—suspiré sin saber que decir realmente.
—Es sólo que… no le agrado a tu madre —metí a esa mujer nuevamente en la conversación.
—Si le agradas. Todo lo que tú me dices es mentira —acusó.
—Es sólo que… no le agrado a tu madre —metí a esa mujer nuevamente en la conversación.
—Si le agradas. Todo lo que tú me dices es mentira —acusó.
—No —yo no estaba mintiendo y no
podía creer que Meer me tratara de mentiroso.
—Si lo es —insistió.
—Deja de comportarte como una niñita, ¿quieres? —solté enojado.
—Pues vete con Helena, es una puta, pero no una “niñita” —me quedé helado al escucharla hablar así. Tan enojada. Miré sin poder hacer nada como ella abría la puerta y comenzaba a correr. Ay, no… no. Esto estaba mal, muy mal. Una fea sensación me inundó el cuerpo y me hizo sentir culpable. Ella tenía razones para estar enojada y yo no había sabido comprenderla ¡Soy un tonto! ahora Meer estaba enojada conmigo y… y se estaba yendo… ¿y si no volvía a hablarme nunca? Dios, yo no la podía perder. Me bajé del coche rápidamente y comencé a correr detrás de ella… por suerte, Meer se había detenido a la mitad de la calle. En cuento pude alcanzarla, la tomé del brazo, antes de que comenzara a correr de nuevo. La pequeña pegó un salto y terminó con la espalda pegada a mí. Meer hizo un ruido con la boca, enojada… e intentó soltarse repetidas veces. Yo no iba a dejarla ir… claro que no.
Acabó por voltearse, para mirarme. Clavó fugazmente sus ojos en mí, y luego bajó la cabeza, evitando mis ojos. Sentí una presión en el pecho horrible al darme cuenta de que Meer tenía los ojos húmedos, cristalizados en lágrimas. La había hecho sentir muy mal. ¿Podía ser más tonto? Ella nada más me había besado y… y yo armaba un escándalo haciéndola pensar que me avergonzaba de ella.
Tomé su rostro con la mano que no sujetaba su muñeca y alcé su rostro… Meer no opuso resistencia antes esto pero aun así clavó los ojos en sus zapatos.
—Lo siento —me disculpé —Mery… —la llamé tal cual la llamaba mi madre: Mery. Poco parecido con su nombre… pero sonaba bonito, le quedaba bien.
—Tú deberías estar enojado conmigo —había estado enojado con ella hacía unos minutos. Ahora lo único que quería era que me disculpara por haberme comportado así.
—Pero no lo estoy.
—¿No? —me miró. Sus ojos seguían brillosos, llenos de lágrimas. Volvió a apartar la vista.
—No —me acerqué a ella, para luego decir despacito: —te amo —entonces Meer soltó mi mano y me abrazó, apretándome fuertemente. Me sentí aliviado. Ya había pasado. Nunca antes me había peleado con ella. Le devolví el abrazo. Me habían entrado ganas de besarla y apretarla y tenerla conmigo, muy cerca.
—Yo más —contestó con su cara enterrada en mi pecho. Subí las manos hasta su cabello y comencé a jugar con algunas mechas.
—Eres hermosa —Meer, Mery, ese amor con patitas simplemente rio —¿sabes qué? —solté su cabello y tomé su rostro entre mis manos, separándola de mi pecho. Meer me miró… y yo me perdí en sus ojos como un idiota.
—¿Qué…?
—Ahora que todo el mundo lo sabe podremos estar juntos mucho más tiempo —sonreí.
—Será interesante ir por la calle abrazada a ti —me miró con los ojos entrecerrados, analizando mi expresión —y besarte frente a mucha gente como hoy… —¿a qué pretendía llegar con esto? —o en un banco en la plaza… o en mi casa. O en la tuya o frente a tus amigos…
—Si lo es —insistió.
—Deja de comportarte como una niñita, ¿quieres? —solté enojado.
—Pues vete con Helena, es una puta, pero no una “niñita” —me quedé helado al escucharla hablar así. Tan enojada. Miré sin poder hacer nada como ella abría la puerta y comenzaba a correr. Ay, no… no. Esto estaba mal, muy mal. Una fea sensación me inundó el cuerpo y me hizo sentir culpable. Ella tenía razones para estar enojada y yo no había sabido comprenderla ¡Soy un tonto! ahora Meer estaba enojada conmigo y… y se estaba yendo… ¿y si no volvía a hablarme nunca? Dios, yo no la podía perder. Me bajé del coche rápidamente y comencé a correr detrás de ella… por suerte, Meer se había detenido a la mitad de la calle. En cuento pude alcanzarla, la tomé del brazo, antes de que comenzara a correr de nuevo. La pequeña pegó un salto y terminó con la espalda pegada a mí. Meer hizo un ruido con la boca, enojada… e intentó soltarse repetidas veces. Yo no iba a dejarla ir… claro que no.
Acabó por voltearse, para mirarme. Clavó fugazmente sus ojos en mí, y luego bajó la cabeza, evitando mis ojos. Sentí una presión en el pecho horrible al darme cuenta de que Meer tenía los ojos húmedos, cristalizados en lágrimas. La había hecho sentir muy mal. ¿Podía ser más tonto? Ella nada más me había besado y… y yo armaba un escándalo haciéndola pensar que me avergonzaba de ella.
Tomé su rostro con la mano que no sujetaba su muñeca y alcé su rostro… Meer no opuso resistencia antes esto pero aun así clavó los ojos en sus zapatos.
—Lo siento —me disculpé —Mery… —la llamé tal cual la llamaba mi madre: Mery. Poco parecido con su nombre… pero sonaba bonito, le quedaba bien.
—Tú deberías estar enojado conmigo —había estado enojado con ella hacía unos minutos. Ahora lo único que quería era que me disculpara por haberme comportado así.
—Pero no lo estoy.
—¿No? —me miró. Sus ojos seguían brillosos, llenos de lágrimas. Volvió a apartar la vista.
—No —me acerqué a ella, para luego decir despacito: —te amo —entonces Meer soltó mi mano y me abrazó, apretándome fuertemente. Me sentí aliviado. Ya había pasado. Nunca antes me había peleado con ella. Le devolví el abrazo. Me habían entrado ganas de besarla y apretarla y tenerla conmigo, muy cerca.
—Yo más —contestó con su cara enterrada en mi pecho. Subí las manos hasta su cabello y comencé a jugar con algunas mechas.
—Eres hermosa —Meer, Mery, ese amor con patitas simplemente rio —¿sabes qué? —solté su cabello y tomé su rostro entre mis manos, separándola de mi pecho. Meer me miró… y yo me perdí en sus ojos como un idiota.
—¿Qué…?
—Ahora que todo el mundo lo sabe podremos estar juntos mucho más tiempo —sonreí.
—Será interesante ir por la calle abrazada a ti —me miró con los ojos entrecerrados, analizando mi expresión —y besarte frente a mucha gente como hoy… —¿a qué pretendía llegar con esto? —o en un banco en la plaza… o en mi casa. O en la tuya o frente a tus amigos…
—¿A dónde quieres llegar con esto?
—reí. Sabía muy bien que me estaba probando, quería saber si realmente sentía
vergüenza de ella o no. Era más que obvio que no, por supuesto. Digamos que… me
asustaba la idea de no saber cómo pensarían las otras personas pero…
—No lo sé —decidí seguir su juego.
—También puedes besarme en la calle. O en el coche o frente a mamá o en una tienda de helados, o en un supermercado… o aquí —me acerqué a ella y junté nuestros labios rápidamente antes de que Meer estallara en carcajadas.
—Que tonto eres.
—Te amo, te amo —comencé a girar con ella entre mis brazos, tipo película romántica. Termine por dejarla en el suelo. Meer reía como loca —¿nos vamos a casa? —asintió, aún con la sonrisa pegada en sus labios.
La solté, muy a mi pesar y caminamos hacia el coche tomados de la mano.
Conversamos todo el resto del viaje, incluso me las di de paparazzi y le tomé una foto con la cámara que llevaba en el bolsillo de la chaqueta mientras ella miraba hacia la ventana. Iba tan inmersa en nuestra conversación, escuchando la música y mirando las casas y la gente… que ni siquiera se dio cuenta y eso que la cámara tenía flash.
Nos bajamos y le llevé la mochila hasta llegar a la puerta de su casa.
—Nos vemos dentro de un rato. Vendré por ti ¿de acuerdo? —tenía ganas de llevarla a un lugar, no lo sé, cualquiera… quizás a comer como lo hacían los adultos. Meer asintió —te amo —me agaché para juntar nuestros labios.
—No lo sé —decidí seguir su juego.
—También puedes besarme en la calle. O en el coche o frente a mamá o en una tienda de helados, o en un supermercado… o aquí —me acerqué a ella y junté nuestros labios rápidamente antes de que Meer estallara en carcajadas.
—Que tonto eres.
—Te amo, te amo —comencé a girar con ella entre mis brazos, tipo película romántica. Termine por dejarla en el suelo. Meer reía como loca —¿nos vamos a casa? —asintió, aún con la sonrisa pegada en sus labios.
La solté, muy a mi pesar y caminamos hacia el coche tomados de la mano.
Conversamos todo el resto del viaje, incluso me las di de paparazzi y le tomé una foto con la cámara que llevaba en el bolsillo de la chaqueta mientras ella miraba hacia la ventana. Iba tan inmersa en nuestra conversación, escuchando la música y mirando las casas y la gente… que ni siquiera se dio cuenta y eso que la cámara tenía flash.
Nos bajamos y le llevé la mochila hasta llegar a la puerta de su casa.
—Nos vemos dentro de un rato. Vendré por ti ¿de acuerdo? —tenía ganas de llevarla a un lugar, no lo sé, cualquiera… quizás a comer como lo hacían los adultos. Meer asintió —te amo —me agaché para juntar nuestros labios.
—Yo te amo más —sonrió. Le devolví
la sonrisa y luego me volteé para meterme en mi casa. Abrí la puerta, me fui
escaleras arriba pero en cuanto puse el pie en el primer escalón, ¡PAM!, la
música de Tom casi reventó mis oídos. Seguro mamá no estaba en casa, siempre
hacía esto cuando ella salía o que se yo. Y no importaba cuantas veces le
dijera que bajaba la música, no lo hacía. Volví a bajar… mientras más lejos del
ruido, mejor.
Mientras pensaba en algún buen lugar donde llevar a Meer me preparé algo para comer y encendí la TV de la cocina. Busqué alguna película en otro idioma, en la que tuviera que leer… de otra manera no entendería nada.
Mamá llegó justo al terminar la película. Tom bajó la música de golpe antes de que ella se bajara del coche, seguro la había visto por la ventana… al igual que yo.
Corrí a abrirle la puerta para ayudarles con las bolsas de compras.
—Hola, má —la saludé, besándola sonoramente en la mejilla.
—Hola, cielito —cielito… —¿cómo estuvo hoy? —me preguntó con una sonrisa en el rostro. “Cielito”, si no era “cielito” era “cariño” y si no era cariño era “mi bebé”.
—Bien, supongo —nos metimos en la cocina con todas las bolsas.
—¿Y Mery? ¿cómo está Mery? —se refería a Meer. Dejó la única bolsa que le había dejado llevar sobre la mesa.
—Excelente. Voy a salir con ella esta noche —le comenté.
—Sabes que no me gusta que salgas de noche con ella. Cualquiera podría pensar que…
Mientras pensaba en algún buen lugar donde llevar a Meer me preparé algo para comer y encendí la TV de la cocina. Busqué alguna película en otro idioma, en la que tuviera que leer… de otra manera no entendería nada.
Mamá llegó justo al terminar la película. Tom bajó la música de golpe antes de que ella se bajara del coche, seguro la había visto por la ventana… al igual que yo.
Corrí a abrirle la puerta para ayudarles con las bolsas de compras.
—Hola, má —la saludé, besándola sonoramente en la mejilla.
—Hola, cielito —cielito… —¿cómo estuvo hoy? —me preguntó con una sonrisa en el rostro. “Cielito”, si no era “cielito” era “cariño” y si no era cariño era “mi bebé”.
—Bien, supongo —nos metimos en la cocina con todas las bolsas.
—¿Y Mery? ¿cómo está Mery? —se refería a Meer. Dejó la única bolsa que le había dejado llevar sobre la mesa.
—Excelente. Voy a salir con ella esta noche —le comenté.
—Sabes que no me gusta que salgas de noche con ella. Cualquiera podría pensar que…
—Lo sé, mamá —la corté —no te preocupes,
sabemos lo que hacemos —le resté importancia.
—Eso espero. No quiero tener problemas con su madre, ya sabes cómo es —uy, sí que lo sabía. Sacamos las cosas de las bolsas, dejándolas sobre la mesa para luego acomodarlas.
—De hecho tengo ganas de hablar con ella… quiero que esto sea oficial —me llevé un par de latas de comida hacia uno de los muebles. Mamá rio. No sabía que era lo que le causaba tanta gracia. Pero bueno, cosas de ella.
—Esa mujer te va a meter en el horno de una patada, vas a ver… —oh, no… claro que no.
—Eso espero. No quiero tener problemas con su madre, ya sabes cómo es —uy, sí que lo sabía. Sacamos las cosas de las bolsas, dejándolas sobre la mesa para luego acomodarlas.
—De hecho tengo ganas de hablar con ella… quiero que esto sea oficial —me llevé un par de latas de comida hacia uno de los muebles. Mamá rio. No sabía que era lo que le causaba tanta gracia. Pero bueno, cosas de ella.
—Esa mujer te va a meter en el horno de una patada, vas a ver… —oh, no… claro que no.

me encanta.. sigue escribiendo :)
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