19 febrero, 2013

My obsession /Capítulo 58
























CAPITULO 58


Era domingo por la mañana, hoy no iba al trabajo. Mery no estaba en la habitación cuando desperté. Bajé a desayunar ya vestido y listo para comenzar el día. Amaba los domingos, era un día de descanso total… o semi-total.
Entré en la cocina esperando encontrarme con Mery. Pero no estaba.
—¿Mery? —la llamé. Pero no hubo respuesta. Esto debía ser una broma. No me apetecía desayunar aún, por lo que me dediqué a buscarla en la casa… revisé todas las habitaciones e incluso el patio trasero… pero no estaba.
Mi segunda opción fue llamarla al móvil. No contestó y me envió al buzón. Esto me desesperaba. Que ella no estuviera en casa para darle los buenos días o simplemente besarla podía conmigo. Ni siquiera me había avisado que saldría, ni siquiera una nota.
¿Y si… y si algo malo le había pasado? Ese pensamiento me inundó de preocupación. Me estremecí de sólo pensarlo. Pero… pero… ¿qué le podría haber pasado? A lo mejor había recibido alguna noticia y había salido apurada sin avisar ¿Pero qué mala noticia podría haber sido?... Como para haber salido así. Miles de hipótesis pasaban por mi mente a una velocidad vertiginosa. Intenté llamarla de nuevo, pero no.
Como último recurso, llamé a Tom. Le pregunté si la había visto por allá. Tal vez estaba en la casa de su madre. No había señales de ella. Y yo ya estaba que llamaba a la policía.
Dios, es que esto me ponía histérico, más que histérico, estaba como un loco. Ni siquiera tenía mi coche listo como para salir a buscarla. Aun así me di una vuelta por las calles de los alrededores, buscando alguna pista de Mery. La llamé mil veces… pero ella no contestaba.
Ya por las siete de la noche, y sin lograr tranquilizarme aún, me lancé sobre el sillón y cerré los ojos. Intentando pensar en que podría haber pasado, que estaría haciendo Mery en estos momentos. Tom ya se había ido… él me había ayudado a calmarme, me había llevado en el coche a dar algunas vueltas, buscándola. Y, como es obvio, no dimos con ella.

La puerta de casa de abrió en ese momento. Me incorporé de golpe.
—Si… no lo olvidaré. Entonces mañana en la noche, claro —rio, quitando la llave de la puerta. No sé qué me enfureció más: que llegara como si nada a casa después de haber desaparecido todo el día o el hecho de que estuviera haciendo planes para ver a alguien mañana por la noche —si… no, no te preocupes. Claro que podré ir… tengo que estar allí es… —se quedó en silencio al darse cuenta de mi presencia. La sonrisa se borró de su rostro al ver mi expresión, seguramente. Y es que no me podía contener, estaba furioso —te llamo luego. Nos vemos, adiós —se quitó el aparato de la oreja, lo metió en su bolsillo y cerró la puerta —hola —miró inquieta en todas direcciones y se acercó a mí con intenciones de besarme.
—¿Dónde estabas? —pregunté, alejándola de mi con ambas manos antes de que pudiera cumplir su propósito. Nada de besos, esto merecía una explicación. Me había pasado todo el puto día comiéndome la cabeza y las uñas al no saber su paradero y ella venía como si nada a besarme.
—Estaba con… con una compañera de la… universidad. Teníamos que hacer un trabajo. Y después… después fuimos al centro comercial —pestañeó seguidas veces, confundida. Y clavó sus ojos en los míos, mirándome como lo hacía cada vez que quería convencerme de algo. Oh, claro que no… sus trucos hoy no servirían conmigo.
—¿Una amiga? —no la dejé contestar —podrías haberme avisado, no sabes lo preocupado que estaba —frunció el ceño, no tenía muy buena cara. Yo tampoco —¡te llamé cientos de veces y no atendiste al móvil! ¿Qué hacías?  —no contestó. Se encogió en sí misma y retrocedió un paso, mirándome asustada —¡Meer! —reclamé, esperando alguna respuesta más específica, más coherente que la anterior. Unas buenas explicaciones. Lo anterior había dejado mucho que desear.
—¡Ya te lo dije! —soltó en el mismo tono —¡Estaba con una compañera de la universidad! ¡Hacíamos un trabajo! —chilló, perdiendo la paciencia.
—¿Por qué no atendías mis llamadas?
—Estaba en una biblioteca  —contestó brusca —el móvil estaba en silencio, no lo oí —tragué saliva y aspiré aire con fuerza ¿Y pensaba que me lo iba a tragar? ¡Tampoco era tan tonto! Bien, si, estaba loco por ella, podía decirle que sí a cualquier cosa ¡Pero esta situación me superaba! ¡Superaba mis límites!
—¿Con quién hablabas? ¿Dónde irás mañana por la noche? —seguí con mi interrogatorio, sin darme cuenta del duro y agresivo tono de voz que estaba usando.
—¡Ya deja de hacerme preguntas! —se volteó, con intenciones de irse para abandonar la discusión. La tomé del brazo, obligándola a girarse. Ella no se iba a ir de aquí hasta que aclaráramos todo esto.
—¿A dónde irás? —volví a preguntar. Quería la verdad.
—Al cumpleaños de una amiga —la miré, sin poder creer en sus palabras —¡Es verdad! —gritó. Soltándose de mi agarre —¡Es verdad, Bill, es verdad! —le dio una patada al piso, enojada —¡¿Quieres dejar de mirarme así?! —se llevó ambas manos a la cabeza.
—¡Ni si quiera me avisas! para empezar… —hable, intentando calmarme. Los intentos eran en vano —eres mi novia… y como si fuese poco vives en mi casa, al menos podrías avisarme cuando vas a salir, ¿no? ¿O es que te parece justo dejarme todo el día preocupado por ti?
—¿Por qué te preocupas? ¡Es mi vida! —se señaló a si misma con ambas manos.
—¡También es mi vida, Meer! —¿cómo es que no le entraba en la cabeza que lo que ella hacía también me afectaba a mi? —¿A dónde irás mañana? quiero la verdad —estaba hablando como el típico novio celoso y sin darme cuenta.
—¡Ya te lo dije! ¿o es que estás sordo? —sin dudarlo un segundo, metí la mano en el bolsillo del pantalón de Meer y saqué el móvil. Me miró atónita e intentó quitármelo. Al darse cuenta de que no podía hacerlo y que yo me había alejado lo suficientemente de ella como para poder revisar el aparato con total tranquilidad, se quedó quieta… Me miró con expresión de no poder creérselo y su rostro se contrajo en una clara mueca de disgusto —¿qué haces? —no le contesté. Le di al botón verde para ver la lista de llamadas recientes —¡Bill, dame eso! —gritó —¡¿por qué haces esto?! —leí: Isabella. Era la amiga de Mery, la del cumpleaños mañana en la noche —¿No confías en mi? —esa pregunta me llegó como un balde de agua fría. Decidí que pensaría sobre eso luego. Le di al botón verde nuevamente, comencé a llamar. Me llevé el aparato al oído, sin dejar de mirar a Meer en ningún momento.
Ella, al darse cuenta de lo que estaba haciendo, soltó un alarido de dolor llevándose la mano a la boca y se echó a correr escaleras arriba. Se me contrajo el corazón… y justo en ese momento, una voz de chica contestó del otro lado.
—¿Meer?
Mierda, si era una chica.
Tuve la sensación de chocar contra un muro… me di cuenta, entonces, de que Mery me había dicho la verdad. Y yo había exagerado todo… como el gran idiota que soy.
Me quedé tieso, sin poder reaccionar. Un fuerte portazo resonó por toda la casa, haciéndome dar un salto. Me estremecí. Acababa de cometer un error, un grave error.
—¿Meer? ¿estás ahí, pasa algo? —corté la llamada. Tragué saliva e intentando contener las ganas que tenía de gritar maldiciones, avancé hacia la escalera. Subí intentando calmarme, intentando calmar los temblores de mi cuerpo y esa horrible sensación en el pecho, dolía. Avancé a paso lento hacia la única puerta cerrada. Nuestra habitación. Suspiré con fuerza.
Luego de pensarlo algunos segundos, la intenté abrir. No pude. Contuve las ganas de ponerme a gritar como un loco. Estaba enfurecido, enojado... conmigo mismo. ¿Cómo… cómo puedo llegar a ser tan tremendamente estúpido? ¡Es que esto de verdad merece un premio!, por el más estúpido, claro. ¡Argh!. Y… y ahora Meer estaba allí, encerrada, quizás en qué estado y… y era mi culpa, todo era mi culpa… por no confiar en ella. Golpeé la puerta despacio, con calma. Intentaba relajarme, estar más tranquilo… y así poder aclarar mis ideas para pedirle perdón a Mery. La situación me asustaba, me tenía aterrado.
Golpeé la puerta una vez más, esperando alguna respuesta. Pero no… ni siquiera se escuchaban ruidos en la habitación. La situación me ponía de los nervios.
—¿Meer? —no hubo respuesta. Intenté abrir la puerta de nuevo —Mery, ¿quieres abrir la puerta, por favor? —su móvil comenzó a sonar, o más bien, a vibrar en mi mano. Miré la pantalla. Era Isabella. Le di al botón rojo y me metí el aparato al bolsillo —Mery, por favor… —resoplé. Hace mucho que no tenía tantas ganas de matarme. Me llevé las manos a la cabeza. Esto nunca nos había pasado antes, no tenía idea de lo que tenía que hacer ahora. Bah, como si fuera necesario saberlo ¡Tenía que pedirle disculpas! —Mery… —la volví a llamar, desesperado —Mery, abre la puerta —golpeé nuevamente.
—¡Ya déjame, Bill! —su tono de voz me dejó aterrado. Estaba llorando… y era mi culpa.
—Mery, por favor abre la puerta… por favor. Perdóname —no contestó —Mery...ya... soy un tonto...por favor, abre la puerta —insistí, casi le estoy suplicando...dios, es que merezco que me odie.
—¡¿Quieres dejarme en paz?! —chilló. Se notaba furiosa.
—Pero...es que...tenemos que hablar, amor... —no me rendiré. Vamos, estoy pidiéndole disculpas, ¿acaso quiere que me ponga de rodillas?, si es necesario lo haré. Un error lo comete cualquiera. Lo peor...está llorando y yo soy el responsable.
—¡No me llames así, estúpido y vete de una vez por todas! —volvió a gritarme y tras eso, sollozó. Eso me rompió el corazón ¡yo era el causante de todo esto!
—Mery, no te pongas así, arreglemos esto... fue-fue un error mío, lo siento. Abre la puerta, por favor.
—N-no...¡No quiero! —resoplé, derrotado. Mi princesita está llorando...tenemos que arreglarnos de alguna manera, era la primera vez que nos ocurría algo así. Yo y mis estúpidos celos...
—Sólo... sólo quita el cerrojo... por favor, Mery. Por favor... —tragué saliva, con los ojos fijos en la puerta, rogando interiormente que lo hiera —Mery... —la volví a llamar.
Todo permaneció en silencio nuevamente, mis músculos estaban tensos e incluso me plantee la idea de morderme las uñas...argh, todo por ella. Mery...Mery, abre…
Y entonces, sonó. Ese click que me devolvió el aliento y la tranquilidad, suspiré sintiéndome algo más ligero. Me escucho, reacciono...y ahora, se viene la guerra en la habitación.
Abrí la puerta despacio, sintiendo como el pulso se me aceleraba. No fue necesario abrirla totalmente para poder distinguir a Mery sobre la cama, con el rostro enterrado en una almohada. Sus sollozos ahora eran audibles y eso me llenaba el cuerpo de amargura... de malos sentimientos. Me sentía la peor persona del planeta. Me acerqué a ella, conteniendo la respiración.
Me senté en el borde de la cama y alcé la mano para podarla sobre su cabello negro, revuelto. Aguantaba las ganas que tenía de soltar lágrimas al escucharla llorar de esa manera.
—Perdóname, mi vida... —agradecí no soltar un sollozo al hablar.
—Es...e-s que… —hipó, en la misma posición. Su espalda temblaba ¿tanto daño le he causado? Dios…Sentí un nudo en mi garganta —t-tú des…desconfiaste de…mí —quise desaparecer. Me mordí el labio inferior, la rabia me había cegado en ese instante y ahora, con la cabeza fría puedo arrepentirme de cada cosa que hice o dije ¿cómo puedo malinterpretar la ausencia de mi chica, de tal forma en la que, ahora, mi Mery esté así de afectada?
—Amor, lo siento. Me... me preocupé demasiado. Pensé que algo malo podía haberte sucedido... no te imaginas. Perdí los nervios al verte llegar... lo siento, discúlpame —aparté su cabello, intentando ver su rostro. Pero sólo conseguí distinguir parte de su cuello. La acaricié con delicadeza —¿puedes mirarme, Mery? —negó con la cabeza aún en la almohada. Seguía sollozando —amor… —la llamé.
—D...debí avisarte —musitó, casi no pude oírla. Quizás lo decía para sí. Claro, de esa forma nos habríamos ahorrado todo esto. Estaba escondida...necesite ver sus hermosos ojitos azules —¡pero no tenías que reaccionar así! —ese pequeño grito me había tomado por sorpresa. Me acomodé, nervioso. Respiré profundo para calmarme.
—Lo sé, Mery… y lo siento mucho —me quedé un momento en silencio —¿puedes mirarme, preciosa? No me gusta hablar así, por favor… —negó con la cabeza una vez más —Meer, mírame —insistí. Tomé una de sus manos que tenía debajo de la almohada, ella no opuso resistencia. La acaricié con suavidad —ya deja de llorar, amor…
—Bill…- Su voz sonó totalmente débil. Apretó mi mano —es…es mi cul…pa —acaricié su cabeza nuevamente, intentando consolarla… hacerla sentir bien. Quería que dejara de llorar.
—Yo no tendría que haberte tratado de esa manera…
—Y yo… tendría que hab…erte dicho que iba… iba a salir —pareció calmarse un poco. Su espalda ya no se convulsionaba con la misma intensidad de antes, eso me alivió. Giró la cabeza sin levantarla de la almohada, hasta mirarme. Con las manos aún temblorosas aparté el cabello de su rostro. Quedé helado al ver sus ojos, el contraste del rojo con el azul y sus mejillas llenas de lágrimas me dejó impactado.
—P…perdóname —fue lo único que se me pasó por la cabeza y que logré articular.
—Tú de…berías perdonarme —negué con la cabeza. Limpié sus lágrimas con los dedos, sin poder dejar de mirarla, suplicándole que me perdonase. Suspiró.
Me dejé caer a su lado en la cama. Mirándola… ahora desde más cerca. Su rostro estaba próximo al mío… casi podía sentir su respiración. Acaricié su mejilla.
—¿Puedes perdonarme? —pregunté, ella se mordió el labio inferior, negando con la cabeza.
—¿Pu...puedes tú perdonarme? —esto era de locos. Me acerqué a ella y la besé fugazmente en la frente —prométeme que… que no volverás a desconfiar de mi —asentí, volviendo a mi anterior posición.
—Lo prometo —ella tomó mi mano.
—Yo prometo avisarte cuando salga a algún lugar… siempre —asentí. Ella llevó mi mano hacia su pecho, apoyándola ahí, despacio —¿lo sientes? —su corazón, sus latidos acelerados… podía sentirlo.
—S..si.
—Es… es tuyo, Bill. Te… te pertenece. Nunca lo dudes, amor. Es… es sólo tuyo —no podría explicar lo que sentí. Sus palabras lograron un efecto increíble en mi interior, revolviendo todo en mi cabeza. Me acerqué a ella, a su rostro… a sus labios.
Mía...mía, mi Mery. Aspiré el aroma de su piel, aquel dulce perfume que me volvía loco. Sin dejar de observar su pálido y hermoso rostro. Estoy hechizado, hundiéndome en ese mar azul que representan sus ojos… acorté la distancia despacio, nuestros labios se rozaban. Percibí la suavidad y humedad de estos, mi adicción eran sus besos. Dejé caer mis parpados y me lancé a su boca con delicadeza. El dulce sabor que sentí, no se compara con nada...es indescriptible. Un millón de sensaciones me azotaron el cuerpo con brutalidad. Mi Mery. Suspiré sobre sus labios, y la atraje hacia mí apoyando mi mano sobre su diminuta cintura. Entreabrí mi boca, acaparando más la suya. Le oí soltar un sonidito de gusto. Era uno de esos besos, esos que te roban el aliento y te mueven el piso. Me encantaba sentirla cerca de mí…




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