CAPITULO
36
Abrí los ojos con lentitud, mientras sentía como alguien movía mi hombro con suavidad. Ronroneé y volví a cerrar los ojos nuevamente, para darme la vuelta. O más bien intentar, ya que la pierna me pesaba demasiado. Suspiré y volví a mi posición anterior.
—Mery… —me llamó una voz suave, en un susurro. Enseguida se me vino Bill a la cabeza y comencé a dar pequeñas palmaditas en el colchón para encontrarlo. No estaba. Me alarmé un poco y afirmándome en mis manos me levanté y abrí los ojos. En cuanto lo hice me encontré con el rostro de Bill. Pero no estaba acostado al lado mío, si no que ya estaba de pie. Y se notaba un poco arreglado.
—¿Qué ocurre? —dije volviendo a relajarme y soltando un bostezo.
—El doctor vino hace un rato, dijo que ya te debían venir a preparar para unos exámenes.
—No quiero exámenes… —me quejé.
—Así no se sabrá si sigues bien —miró tiernamente.
—Pero no quiero… además, me siento bien. Estoy sana —me apunté.
—Oh, sí, claro —me picó con el dedo en el costado de mi cuerpo. Me dolió fuertemente. Lancé un chillido y le di un manotazo para que se apartara —eso, mery, es una costilla rota. Hay que ver cómo va mejorando… Los remedios no te sirven de mucho y no hay manera de vendarla, como tu pierna… Así que hay que esperar a que se cure sola. Y por eso, necesitas exámenes —alcé una ceja y lo miré interrogante.
—¿Y tú como sabes eso? —le pregunté mientras entrecerraba los ojos.
—Se lo he preguntado más de mil veces al doctor y ya se me el discurso de memoria —dibujó una hermosa sonrisa en su rostro. Mis ojos se posaron en la pequeña curva que formaban sus labios ¿cómo podía ser tan perfecto? No pude evitar que una sonrisa se formara igualmente en mis labios y luego mi vista subió hacia sus ojos. Nuestras miradas quedaron entrelazadas durante unos segundos. Intenté expresarle todo lo que sentía a través de ella. Que se diese cuenta que yo lo quería demasiado. Ya que, al menos con palabras, no se lo podía decir… Por Emma. Solté el aire contenido en mis pulmones y él fue borrando poco a poco la sonrisa de su rostro —y...ya… llegará el médico —su expresión no cambió en lo absoluto y la mía tampoco. Mi cuerpo no se movió ni un solo centímetro de la posición en que se encontraba. Sentí el corazón en mi garganta y sus latidos en los oídos… sentí que el calor se comenzaba a acumular en mis mejillas y una especie de cosquilla en el estómago… Bill se acercó a mi lentamente, sin decir nada, entreabriendo esos labios tan hermosos que sólo él tenía. Su aliento rozó levemente mi rostro, lo que me hizo respirar más profundamente. Lo sentía tan cerca de mí, que incluso podía llegar a pensar que estaba en una nube… o no pensar nada. Él me volvía loca. Sentí como su mano caía con suavidad sobre mi cadera, y como la otra se situaba en mi cintura, atrayéndome hacia él. Me dejé hacer y cerrando los ojos, como en un sueño, nuestros labios se juntaron por primera vez luego de un mes de haber estado dormida. Por primera vez luego del accidente. Nuestros labios se movían delicadamente sobre los del otro, disfrutando del momento… pues ambos sabíamos que no se repetiría, ya que sólo éramos amigos. Su mano bajó por mi pierna lentamente, mientras nuestras bocas se entreabrían y daban paso a un dulce juego con nuestras lenguas. Me sentía tan completa, que me podría haber muerto en ese mismo lugar con una sonrisa pintada en el rostro. Estaba feliz. Era la persona más feliz del planeta, podía asegurarlo.
Aprisioné su labio
inferior entre los míos y sonreí, así fue como él también lo hizo y subió su
mano hasta llegar a mi rostro, la apoyó en mi mejilla con suavidad… Y luego,
separamos nuestros labios, pero aún con nuestras frentes juntas. Abrí los ojos
lentamente, nuestras miradas se volvieron a encontrar, nuestros alientos se
mezclaron… suspiré, mientras me mordía el labio inferior. Me encantaba tenerlo
tan cerca de mí. Sus ojos hacían que me olvidase de todo y me sumergiera en
ellos… me sentía dentro de un mar. Completamente perdida.
Seguí sonriendo como una tonta hasta que escuché dos pequeños golpecitos en la puerta. Bill se separó rápidamente de mí, quedando de pie al lado de la cama y yo fijé mi vista en la puerta. Me había molestado tener que separarme de él. Fuese quien fuese la persona que venía, la iba a echar.
La puerta se abrió en el momento. Y oh… lo había olvidado. El doctor me venía a hacer los exámenes. Cerró la puerta tras de sí y yo miré a Bill haciendo un puchero… Bill me sonrió de medio lado y luego se acercó a mí para depositarme un beso en la mejilla… se separó y comenzó a caminar hacia la puerta.
—Señori… —corté a doctor que me comenzaba a hablar.
—¡Bill! —se volteó a mirarme, con la mitad del cuerpo fuera de la habitación.
—¿Si?
—¿Vas a volver? —asintió con la cabeza repetidas veces.
—En unos minutos, cuando acaben con tus exámenes.
Yo sonreí ampliamente y Bill abandonó la habitación. Luego, miré al doctor esperando a que me fuese a decir algo… por lo visto no estaba de muy buen humor, pero él no echaría a perder el mío, pues yo estaba muy contenta.
—Vamos a ver como amaneciste hoy... —asentí y comenzó a examinar algunas máquinas.
Los siguientes minutos, que a mí se me hicieron eternos, estuve haciéndome exámenes. Incluso, me sacaron de la habitación en la camilla y me había llevado a una de radiografías, o algo así.
Luego, en la tarde, Bill había regresado. Me había pasado toda esa tarde junto a él, hablando y riéndonos de cosas. Me agradaba su compañía, aunque el beso no se había repetido… y sí, yo quería que se repitiera.
De mi madre no supe por el resto del día y por la noche Emma me visitó, y me trajo una chaqueta de regalo. Bastante linda... aunque no era mucho de mi estilo, pues era de color blanco… y yo no me vestía de esos colores. Aunque igualmente, la usaría cuando la viera a ella, para no hacerla sentir mal. Esa noche, no volví a dormir con él, pues se había ido con Emma, la iba a pasar a dejar al hotel.
Y yo me seguía preguntando qué era lo que esos dos tramaban. Yo sabía que se traían algo entre manos, y lo iba a averiguar… apenas saliera de ese hospital.
La semana se me pasó lenta, muy lenta. Me había venido a ver todos mis compañeros de la escuela, un hecho que me sorprendió demasiado… incluso, la rubia y sus amigas, a las cuales yo había golpeado, había venido y me habían dicho recupérate pronto, con una sonrisa de verdad en el rostro. Incluso habíamos bromeado un poco sobre la pelea y esas cosas. Eddy también había venido. Habíamos hecho como si nada, como si simplemente fuésemos unos compañeros, que no se llevaban ni bien, ni mal. Algunos, me habían traído regalitos y una chica me había pasado algunos apuntes… yo se los agradecí, claro... aunque no pensaba pasarlos a mis cuadernos, no quería.
Me había enterado de que Emma se iría en tres días más, el día siguiente al que a mí me dieran de alta en el hospital y me pudiera ir a casa. Y por una extraña razón, yo me sentía aliviada al saber que ella no iba a estar más tiempo aquí… Con Bill.
Mi padre me había enviado dinero, mi madre me lo había dicho… al menos eso cubriría parte del tiempo en el cual no había trabajado.
Había sacado la cuenta de que quedaban cuatro meses para mi cumpleaños y ya sería mayor de edad. Eso era bueno. Pero lo mejor de todo, era que la escuela terminaba en tres meses.
Con Tom no había vuelto a hablar, no me había venido a visitar. Me pregunté si él solamente había fingido ayudarme para reírse de mi… pero eso ya lo vería luego, cuando volviera a casa y me sacaran el yeso… que iba a estar en mi pierna por un buen tiempo más.
101 dálmatas. Era la película que daban en la TV a esta hora. Cambié el canal rápidamente mientras suspiraba aburrida. Me había pasado el día haciendo nada, sin novedad. Al parecer nadie se había acordado de mí, excepto Bill, claro... que se había pasado por aquí cinco minutos en la mañana, para venirme a visitar y decirme que tenía que hacer algunas cosas urgentes en el trabajo. El hecho de estar hospitalizada ya me comenzaba a aburrir. Tenía ganas de salir cuanto antes.
Por suerte, sólo me quedaba dormirme hasta despertar mañana y ya me podría ir a casa. Aunque tendría que estar allí adentro todo el tiempo, pues con mi pierna no se podían hacer muchas cosas.
Como aún eran las seis de la tarde, no tenía ganas de dormir.
La puerta se abrió de repente, con un fuerte ruido. Di un pequeño salto en la cama y desvié la vista de la TV hacia la puerta. Allí estaba Emma, con ambas manos apoyadas en el marco y con una sonrisa en el rostro. Traía colgadas en sus brazos, por lo menos unas diez bolsas. Se había vuelto loca, si es que era lo que yo pensaba… que a Emma, cuando le daba por comprar cosas, no había nada que la detuviera. Gastaba todo el dinero que traía encima, comprando cosas hasta para el perro de la casa. Sonreí al verla tan feliz.
—¡Meer! ¡Adivina de dónde vengo! —dijo alegremente mientras pasaba dentro de la habitación y cerraba la puerta.
—De…
—¡Compras! —me cortó. Yo solté una risa y ella se acercó rápidamente a la cama y se sentó, dejando todas las bolsas sobre mis piernas. Y mi yeso, claro —y adivina qué… —no me dejó si quiera pensar o intentar adivinar —¡te traje algo!
—No era necesario, de verdad.
—Ay, no empieces con eso… —me reprochó en broma —por aquí debe estar tu bolsa… bueno, en realidad son dos regalos. Te van a estancar —dijo mientras comenzaba a coger las bolsas una por una y a abrirles un costado para mirar su contenido. Apartó gran cantidad de ellas, tirándolas al suelo, y dejó sólo dos sobre la cama. La miré curiosa. Estaba ansiosa por saber que era lo que me había traído. Ella siempre me sorprendía —ten, este irá primero —me dijo mientras me tendía una de las bolsas. Yo la cogí con cuidado y la dejé caer más cerca de mí.
—Gracias —le dije. Luego le abrí el sello. Emma me miraba sin apartar la vista de mí, con una sonrisa aún en el rostro… de a dentro de la bolsa, pude sacar una caja. Era plana y no tan grande… de color rosa pálido. Con unas letras y palabras en algún idioma… francés, al parecer. Miré la caja con una sonrisa en mis labios, mientras ella me daba unas leves palmadas en la pierna enyesada, animándome a abrirla. Entonces quité la capa con lentitud, me costó un poco abrirla, pero en cuanto lo logré, una enorme sonrisa se dibujó en mi rostro —¡OH! ¡ay! ¡Es hermoso! ¡Gracias! —Emma se echó a reír y yo cogí el fino vestido entre mis dedos, con cuidado… lo saqué de la caja y lo estiré frente a mí para verlo mejor. Era negro… con el escote lleno de perlas brillantes del mismo color, con algo de vuelo y por lo que se veía era corto… y muy fino... la tela me había encantado —¡gracias! —exclamé nuevamente mientras me tiraba a sus brazos. Ella me correspondió el abrazo. Y se separó rápidamente de mí.
—Bien, bien... ya está —se acomodó un poco el cabello, aún con esa sonrisa —ahora vamos con este… —me dio otra bolsa, un poco más pequeña. Yo la cogí con una sonrisa y la abrí con cuidado. De allí pude sacar otra caja… pero esta era diferente. Era completamente negra, y parecía ser de terciopelo —ábrela —le quité un pequeño cello de plástico que tenía y luego la abrí… mi poca se abrió hasta el suelo, al igual que mis ojos. Dios. Me había comprado una cadena… era de plata y traía la inicial de mi nombre grabada en el colgante… con unos cuantos diamantes en la “M”. Me encantó. Cerré la caja rápidamente y la abracé de nuevo. Y si, los padres de Emma tenían dinero también.
—¡Gracias!
—No tienes por qué darlas… yo sé por qué te regalo esto —me guiñó un ojo, apartando las bolsas… —ahora, pruébate el vestido, a ver cómo te queda… —me lo acercó de nuevo y yo dejé la cadenita a un lado.
—¿Crees que me vea bien con esto? —señalé mi pierna y ella se echó a reír.
—¡Claro! ahora… —se levantó de la cama —vamos, vamos… antes de que el horario de visitas acabe —me cogió el brazo y comenzó a tirar de mí.
Pasamos el resto del día admirando mi nuevo vestido y conversando boberías… hasta que ya fue demasiado tarde, y Emma tuvo que irse.
Yo me dormí con una sonrisa en el rostro… ya que dentro de horas, iba a salir de ese lugar que yo tanto odiaba. Me podría ir a mi casa y ya no estar viviendo en un hospital.
Seguí sonriendo como una tonta hasta que escuché dos pequeños golpecitos en la puerta. Bill se separó rápidamente de mí, quedando de pie al lado de la cama y yo fijé mi vista en la puerta. Me había molestado tener que separarme de él. Fuese quien fuese la persona que venía, la iba a echar.
La puerta se abrió en el momento. Y oh… lo había olvidado. El doctor me venía a hacer los exámenes. Cerró la puerta tras de sí y yo miré a Bill haciendo un puchero… Bill me sonrió de medio lado y luego se acercó a mí para depositarme un beso en la mejilla… se separó y comenzó a caminar hacia la puerta.
—Señori… —corté a doctor que me comenzaba a hablar.
—¡Bill! —se volteó a mirarme, con la mitad del cuerpo fuera de la habitación.
—¿Si?
—¿Vas a volver? —asintió con la cabeza repetidas veces.
—En unos minutos, cuando acaben con tus exámenes.
Yo sonreí ampliamente y Bill abandonó la habitación. Luego, miré al doctor esperando a que me fuese a decir algo… por lo visto no estaba de muy buen humor, pero él no echaría a perder el mío, pues yo estaba muy contenta.
—Vamos a ver como amaneciste hoy... —asentí y comenzó a examinar algunas máquinas.
Los siguientes minutos, que a mí se me hicieron eternos, estuve haciéndome exámenes. Incluso, me sacaron de la habitación en la camilla y me había llevado a una de radiografías, o algo así.
Luego, en la tarde, Bill había regresado. Me había pasado toda esa tarde junto a él, hablando y riéndonos de cosas. Me agradaba su compañía, aunque el beso no se había repetido… y sí, yo quería que se repitiera.
De mi madre no supe por el resto del día y por la noche Emma me visitó, y me trajo una chaqueta de regalo. Bastante linda... aunque no era mucho de mi estilo, pues era de color blanco… y yo no me vestía de esos colores. Aunque igualmente, la usaría cuando la viera a ella, para no hacerla sentir mal. Esa noche, no volví a dormir con él, pues se había ido con Emma, la iba a pasar a dejar al hotel.
Y yo me seguía preguntando qué era lo que esos dos tramaban. Yo sabía que se traían algo entre manos, y lo iba a averiguar… apenas saliera de ese hospital.
La semana se me pasó lenta, muy lenta. Me había venido a ver todos mis compañeros de la escuela, un hecho que me sorprendió demasiado… incluso, la rubia y sus amigas, a las cuales yo había golpeado, había venido y me habían dicho recupérate pronto, con una sonrisa de verdad en el rostro. Incluso habíamos bromeado un poco sobre la pelea y esas cosas. Eddy también había venido. Habíamos hecho como si nada, como si simplemente fuésemos unos compañeros, que no se llevaban ni bien, ni mal. Algunos, me habían traído regalitos y una chica me había pasado algunos apuntes… yo se los agradecí, claro... aunque no pensaba pasarlos a mis cuadernos, no quería.
Me había enterado de que Emma se iría en tres días más, el día siguiente al que a mí me dieran de alta en el hospital y me pudiera ir a casa. Y por una extraña razón, yo me sentía aliviada al saber que ella no iba a estar más tiempo aquí… Con Bill.
Mi padre me había enviado dinero, mi madre me lo había dicho… al menos eso cubriría parte del tiempo en el cual no había trabajado.
Había sacado la cuenta de que quedaban cuatro meses para mi cumpleaños y ya sería mayor de edad. Eso era bueno. Pero lo mejor de todo, era que la escuela terminaba en tres meses.
Con Tom no había vuelto a hablar, no me había venido a visitar. Me pregunté si él solamente había fingido ayudarme para reírse de mi… pero eso ya lo vería luego, cuando volviera a casa y me sacaran el yeso… que iba a estar en mi pierna por un buen tiempo más.
101 dálmatas. Era la película que daban en la TV a esta hora. Cambié el canal rápidamente mientras suspiraba aburrida. Me había pasado el día haciendo nada, sin novedad. Al parecer nadie se había acordado de mí, excepto Bill, claro... que se había pasado por aquí cinco minutos en la mañana, para venirme a visitar y decirme que tenía que hacer algunas cosas urgentes en el trabajo. El hecho de estar hospitalizada ya me comenzaba a aburrir. Tenía ganas de salir cuanto antes.
Por suerte, sólo me quedaba dormirme hasta despertar mañana y ya me podría ir a casa. Aunque tendría que estar allí adentro todo el tiempo, pues con mi pierna no se podían hacer muchas cosas.
Como aún eran las seis de la tarde, no tenía ganas de dormir.
La puerta se abrió de repente, con un fuerte ruido. Di un pequeño salto en la cama y desvié la vista de la TV hacia la puerta. Allí estaba Emma, con ambas manos apoyadas en el marco y con una sonrisa en el rostro. Traía colgadas en sus brazos, por lo menos unas diez bolsas. Se había vuelto loca, si es que era lo que yo pensaba… que a Emma, cuando le daba por comprar cosas, no había nada que la detuviera. Gastaba todo el dinero que traía encima, comprando cosas hasta para el perro de la casa. Sonreí al verla tan feliz.
—¡Meer! ¡Adivina de dónde vengo! —dijo alegremente mientras pasaba dentro de la habitación y cerraba la puerta.
—De…
—¡Compras! —me cortó. Yo solté una risa y ella se acercó rápidamente a la cama y se sentó, dejando todas las bolsas sobre mis piernas. Y mi yeso, claro —y adivina qué… —no me dejó si quiera pensar o intentar adivinar —¡te traje algo!
—No era necesario, de verdad.
—Ay, no empieces con eso… —me reprochó en broma —por aquí debe estar tu bolsa… bueno, en realidad son dos regalos. Te van a estancar —dijo mientras comenzaba a coger las bolsas una por una y a abrirles un costado para mirar su contenido. Apartó gran cantidad de ellas, tirándolas al suelo, y dejó sólo dos sobre la cama. La miré curiosa. Estaba ansiosa por saber que era lo que me había traído. Ella siempre me sorprendía —ten, este irá primero —me dijo mientras me tendía una de las bolsas. Yo la cogí con cuidado y la dejé caer más cerca de mí.
—Gracias —le dije. Luego le abrí el sello. Emma me miraba sin apartar la vista de mí, con una sonrisa aún en el rostro… de a dentro de la bolsa, pude sacar una caja. Era plana y no tan grande… de color rosa pálido. Con unas letras y palabras en algún idioma… francés, al parecer. Miré la caja con una sonrisa en mis labios, mientras ella me daba unas leves palmadas en la pierna enyesada, animándome a abrirla. Entonces quité la capa con lentitud, me costó un poco abrirla, pero en cuanto lo logré, una enorme sonrisa se dibujó en mi rostro —¡OH! ¡ay! ¡Es hermoso! ¡Gracias! —Emma se echó a reír y yo cogí el fino vestido entre mis dedos, con cuidado… lo saqué de la caja y lo estiré frente a mí para verlo mejor. Era negro… con el escote lleno de perlas brillantes del mismo color, con algo de vuelo y por lo que se veía era corto… y muy fino... la tela me había encantado —¡gracias! —exclamé nuevamente mientras me tiraba a sus brazos. Ella me correspondió el abrazo. Y se separó rápidamente de mí.
—Bien, bien... ya está —se acomodó un poco el cabello, aún con esa sonrisa —ahora vamos con este… —me dio otra bolsa, un poco más pequeña. Yo la cogí con una sonrisa y la abrí con cuidado. De allí pude sacar otra caja… pero esta era diferente. Era completamente negra, y parecía ser de terciopelo —ábrela —le quité un pequeño cello de plástico que tenía y luego la abrí… mi poca se abrió hasta el suelo, al igual que mis ojos. Dios. Me había comprado una cadena… era de plata y traía la inicial de mi nombre grabada en el colgante… con unos cuantos diamantes en la “M”. Me encantó. Cerré la caja rápidamente y la abracé de nuevo. Y si, los padres de Emma tenían dinero también.
—¡Gracias!
—No tienes por qué darlas… yo sé por qué te regalo esto —me guiñó un ojo, apartando las bolsas… —ahora, pruébate el vestido, a ver cómo te queda… —me lo acercó de nuevo y yo dejé la cadenita a un lado.
—¿Crees que me vea bien con esto? —señalé mi pierna y ella se echó a reír.
—¡Claro! ahora… —se levantó de la cama —vamos, vamos… antes de que el horario de visitas acabe —me cogió el brazo y comenzó a tirar de mí.
Pasamos el resto del día admirando mi nuevo vestido y conversando boberías… hasta que ya fue demasiado tarde, y Emma tuvo que irse.
Yo me dormí con una sonrisa en el rostro… ya que dentro de horas, iba a salir de ese lugar que yo tanto odiaba. Me podría ir a mi casa y ya no estar viviendo en un hospital.

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