CAPITULO
3
Abrí los ojos de golpe, no había
escuchado la alarma. Me incorporé la cama y miré la hora. Ayer no había ido a
la universidad por haber estado con Helena y los chicos. Y hoy, definitivamente
no quería y ni podía faltar. Por suerte me habían pasado sólo cinco minutos. Me
estiré y bostecé intentando quitarme el sueño. Me levanté quitándome las
sábanas de encima y pude sentir como el frío se me calaba hasta los huesos.
Brr… me gustan los días nublados, pero no tan fríos. Argh. Me acerqué al
armario y busqué la ropa para hoy: Unos jeans normales, una camiseta normal y
un abrigo normal. Luego busqué toallas y me metí en el baño.
Como el día estaba húmedo sólo me alisé el cabello, sin levantarlo, y le puso un poco de fijador para que no se fuera a ondular de nuevo. Me maquillé los ojos como de costumbre y me calcé las zapatillas. Luego salí de mi habitación, dejando todo hecho un desastre. Por suerte mamá siempre me ordenaba la habitación… a Tom y a mí.
—Hola, mamá —la saludé entrando en la cocina. Me sorprendí al no ver a Tom… Se suponía que el atrasado siempre era yo.
—Hola, Bill ¿despertaste bien? Tengo listo tu desayuno —me acerqué a ella para abrazarla, apretujarla y darle un beso en la mejilla cariñosamente.
—Gracias, mami ¿Y Tom?
—No llegó anoche —se encogió de hombros. Ah… Ayer después de que Andreas se fuera, Helena lo llamó y quedó con él a “escondidas”, ella lo debió haber tenido muy entretenido… para no llegar a dormir. Que chica más sexy, bonita y zorra. El cuerpazo que tenía la descerebrada esta.
—Aham… —fue todo lo que dije. Me senté en la mesa y comí el desayuno conversando con mamá de cualquier cosa. Incuso le conté los de la chiquita del lado que había estado hablando con ella y todo eso. La conversación iba completamente perfecta, hasta que se me ocurrió decir lo que no tendría que habérseme ocurrido decir:
—Y Andreas, como siempre, haciendo apuestas estúpidas. Quiere que juegue con la niña esa…
—¿Jugar? —entrecerró los ojos. Ella ya sabía a qué me refería.
—Ya sabes… —me encogí de hombros, dándome cuenta de que no tendría que haber contado eso. Mamá me miraba completamente horrorizada.
—Pero no lo harás, ¿verdad? —no me gustaba su tono de voz.
—Pff. ¿Crees que yo podría hacer algo así? —decidí dar la conversación por finalizada y cogí mi taza y el plato, para meterlo en el fregadero. A veces podía llegar a ser taaan bocón.
—Bill...
—No me hables con ese tono amenazante, mamá. Meer es una niñita, no le haré nada. Me voy —me acerqué a ella y me agaché para besarla en la mejilla.
—Eso espero. Amm… Y no se te vaya a ocurrir traer a tu novia a casa —a mamá no le caía bien Helena —adiós, cariño.
—Te quiero —le lance un beso desde la puerta de la cocina. Camine hacia el salón y cogí mis cosas, que estaban al lado de la puerta.
Tenía clases a las ocho y treinta, las que terminaban a las diez. Y luego tenía que quedarme allí mismo hasta las doce, cuando entraba a la segunda clase, hasta la una y treinta. Luego tendría que correr hacia la otra clase, de la cual saldría cerca de las cuatro. Y finalmente, a casa. Por suerte hoy no me tocaban clases de “gran peso”, iba a estar más bien relajado.
Tomé el autobús que me llevaría a la universidad. Era extraño no ir en mi coche… es que a veces soy tan idiota, Y con unas copas de más todo me pasa… como chocar el coche por ejemplo. Por suerte el nuevo coche llegaría dentro de poco, gracias a papá.
Tom y yo somos unos dependientes. Sin mamá, mi padrastro y papá estamos muertos.
En la entrada del edificio, me pillé con una amiga, Fran y nos tocaba la misma clase por la mañana, así que nos fuimos juntos. Estuvimos solos hasta llegar afuera del casino y nos encontramos con los chicos muertos de frío, bebiendo café. Habían llegado temprano…
Nos fuimos a clases todos juntos, al mismo edificio pero no en el mismo salón.
Cuando salí de la última clase me di cuenta de que estaba lloviendo. Me puse el gorro del abrigo acomodando todo mi cabello debajo de este para que no se fuera a mojar. Metí mi mochila en uno de los casilleros, no me apetecía llevarla y tampoco tenía cosas importantes para mañana.
Acabé caminando solo hacia la parada de autobuses. Me subí al primero que pasó y que me sirviera y esperé sentado en uno de los asientos de atrás, aburriéndome y muerto de frío hasta llegar a la parada más cercana a casa… donde me bajé.
Como el día estaba húmedo sólo me alisé el cabello, sin levantarlo, y le puso un poco de fijador para que no se fuera a ondular de nuevo. Me maquillé los ojos como de costumbre y me calcé las zapatillas. Luego salí de mi habitación, dejando todo hecho un desastre. Por suerte mamá siempre me ordenaba la habitación… a Tom y a mí.
—Hola, mamá —la saludé entrando en la cocina. Me sorprendí al no ver a Tom… Se suponía que el atrasado siempre era yo.
—Hola, Bill ¿despertaste bien? Tengo listo tu desayuno —me acerqué a ella para abrazarla, apretujarla y darle un beso en la mejilla cariñosamente.
—Gracias, mami ¿Y Tom?
—No llegó anoche —se encogió de hombros. Ah… Ayer después de que Andreas se fuera, Helena lo llamó y quedó con él a “escondidas”, ella lo debió haber tenido muy entretenido… para no llegar a dormir. Que chica más sexy, bonita y zorra. El cuerpazo que tenía la descerebrada esta.
—Aham… —fue todo lo que dije. Me senté en la mesa y comí el desayuno conversando con mamá de cualquier cosa. Incuso le conté los de la chiquita del lado que había estado hablando con ella y todo eso. La conversación iba completamente perfecta, hasta que se me ocurrió decir lo que no tendría que habérseme ocurrido decir:
—Y Andreas, como siempre, haciendo apuestas estúpidas. Quiere que juegue con la niña esa…
—¿Jugar? —entrecerró los ojos. Ella ya sabía a qué me refería.
—Ya sabes… —me encogí de hombros, dándome cuenta de que no tendría que haber contado eso. Mamá me miraba completamente horrorizada.
—Pero no lo harás, ¿verdad? —no me gustaba su tono de voz.
—Pff. ¿Crees que yo podría hacer algo así? —decidí dar la conversación por finalizada y cogí mi taza y el plato, para meterlo en el fregadero. A veces podía llegar a ser taaan bocón.
—Bill...
—No me hables con ese tono amenazante, mamá. Meer es una niñita, no le haré nada. Me voy —me acerqué a ella y me agaché para besarla en la mejilla.
—Eso espero. Amm… Y no se te vaya a ocurrir traer a tu novia a casa —a mamá no le caía bien Helena —adiós, cariño.
—Te quiero —le lance un beso desde la puerta de la cocina. Camine hacia el salón y cogí mis cosas, que estaban al lado de la puerta.
Tenía clases a las ocho y treinta, las que terminaban a las diez. Y luego tenía que quedarme allí mismo hasta las doce, cuando entraba a la segunda clase, hasta la una y treinta. Luego tendría que correr hacia la otra clase, de la cual saldría cerca de las cuatro. Y finalmente, a casa. Por suerte hoy no me tocaban clases de “gran peso”, iba a estar más bien relajado.
Tomé el autobús que me llevaría a la universidad. Era extraño no ir en mi coche… es que a veces soy tan idiota, Y con unas copas de más todo me pasa… como chocar el coche por ejemplo. Por suerte el nuevo coche llegaría dentro de poco, gracias a papá.
Tom y yo somos unos dependientes. Sin mamá, mi padrastro y papá estamos muertos.
En la entrada del edificio, me pillé con una amiga, Fran y nos tocaba la misma clase por la mañana, así que nos fuimos juntos. Estuvimos solos hasta llegar afuera del casino y nos encontramos con los chicos muertos de frío, bebiendo café. Habían llegado temprano…
Nos fuimos a clases todos juntos, al mismo edificio pero no en el mismo salón.
Cuando salí de la última clase me di cuenta de que estaba lloviendo. Me puse el gorro del abrigo acomodando todo mi cabello debajo de este para que no se fuera a mojar. Metí mi mochila en uno de los casilleros, no me apetecía llevarla y tampoco tenía cosas importantes para mañana.
Acabé caminando solo hacia la parada de autobuses. Me subí al primero que pasó y que me sirviera y esperé sentado en uno de los asientos de atrás, aburriéndome y muerto de frío hasta llegar a la parada más cercana a casa… donde me bajé.
Brr… Y es que odio cuando llueve
de esta forma tan, tan endemoniada y exagerada. Es como si lanzaran agua con
baldes desde arriba. Seguro llegaba empapado a mi casa. Y con el frío que
hacía, quizás me enfermaba y todo. Metí las manos dentro de los bolsillos de mi
chaqueta y seguí caminando, mirando mis pies. Las gotas de lluvia impactaban
contra mí con gran fuerza debido al viento. Tampoco me gustaba que las gotas me
llegaran al rostro.
Alcé la vista, y miré la calle… Para poder ubicarme y no llegar a la puerta de otra casa que no sería la mía, la de mamá. Pero me pillé con algo que me llamó mucho más la atención. En la puerta de la casa vecina, había una pequeño bulto… entrecerré los ojos, mirando entre las cortinas de lluvia y me acerqué algunos pasos. Entonces divisé su cabello negro completamente empapado y sus manos que goteaban sobre su cabeza. Tenía el rostro escondido. Era Meer. ¿Qué le pasaba? ¿estaba llorando? Dios… estaba afuera, con el frío y la lluvia... Me preocupé, realmente me preocupé. ¿Y algo malo le pasaba? Me apresuré en llegar a su lado… ella no se había dado cuenta de me presencia por lo que me agaché un poco para quedar a su altura, y al ver que ella ni siquiera se movía posé mi mano sobre uno de sus hombros, preguntando a la vez:
—¿Meer? —me vi obligado a quitar mi mano de su hombro, puesto a que ella se levantó de golpe y clavó sus ojos en mí. Se notaba que su rostro estaba húmedo… —¿Estás bien?
Alcé la vista, y miré la calle… Para poder ubicarme y no llegar a la puerta de otra casa que no sería la mía, la de mamá. Pero me pillé con algo que me llamó mucho más la atención. En la puerta de la casa vecina, había una pequeño bulto… entrecerré los ojos, mirando entre las cortinas de lluvia y me acerqué algunos pasos. Entonces divisé su cabello negro completamente empapado y sus manos que goteaban sobre su cabeza. Tenía el rostro escondido. Era Meer. ¿Qué le pasaba? ¿estaba llorando? Dios… estaba afuera, con el frío y la lluvia... Me preocupé, realmente me preocupé. ¿Y algo malo le pasaba? Me apresuré en llegar a su lado… ella no se había dado cuenta de me presencia por lo que me agaché un poco para quedar a su altura, y al ver que ella ni siquiera se movía posé mi mano sobre uno de sus hombros, preguntando a la vez:
—¿Meer? —me vi obligado a quitar mi mano de su hombro, puesto a que ella se levantó de golpe y clavó sus ojos en mí. Se notaba que su rostro estaba húmedo… —¿Estás bien?
—Yo… si —Afirmó. Aunque se notaba
que era totalmente lo contrario.
—Pensé que… —suspiré. Al menos,
dentro de lo posible, estaba bien. —¿Qué hacer aquí?
—Es mi casa —Se encogió de hombros
y miró hacia otro lado.
—Aquí afuera. Está lloviendo.
—Dejé las llaves. —Que cortante. A lo mejor tenía mucho frío o no se sentía bien. Me puse de pie enseguida… teniendo la genial idea de llevarme a la niña a casa, para que no se fuese a enfermar.
—¿No quieres quedarte en mi casa hasta que llegue tu madre? —Meer volvió a mirarme, con el ceño fruncido. Se iba a negar, lo sabía… pero yo no le iba a permitir quedarse aquí afuera, con este viento, este frío y toda esta lluvia. No señor. Y es que ella parecía tan delicada… Luego se enfermaba y yo me sentiría eternamente culpable.
—No, no te preocupes... seguro no tarda en llegar y… —Oh, lo sabía.
—Vamos, ven, no te haré nada… malo —intenté darle un poco de gracia al asunto. Ella venía conmigo sí o sí. Cogí su mochila que estaba empapada en el suelo. Seguros sus libros estaban inservibles ya.
—Aquí afuera. Está lloviendo.
—Dejé las llaves. —Que cortante. A lo mejor tenía mucho frío o no se sentía bien. Me puse de pie enseguida… teniendo la genial idea de llevarme a la niña a casa, para que no se fuese a enfermar.
—¿No quieres quedarte en mi casa hasta que llegue tu madre? —Meer volvió a mirarme, con el ceño fruncido. Se iba a negar, lo sabía… pero yo no le iba a permitir quedarse aquí afuera, con este viento, este frío y toda esta lluvia. No señor. Y es que ella parecía tan delicada… Luego se enfermaba y yo me sentiría eternamente culpable.
—No, no te preocupes... seguro no tarda en llegar y… —Oh, lo sabía.
—Vamos, ven, no te haré nada… malo —intenté darle un poco de gracia al asunto. Ella venía conmigo sí o sí. Cogí su mochila que estaba empapada en el suelo. Seguros sus libros estaban inservibles ya.
—¿Vienes? – Le sonreí, comenzando
a caminar. Ella me miró desconcertada con una expresión extremadamente tierna
que me encantó, entonces se levantó y se acercó a mí rápidamente.
—¡Dame eso! —sus intentos de arrebatarme la mochila daban pena… Y risa.
—Te enfermarás como sigas afuera, vamos —acabé por cambiar de mano la mochila, para que no siguiera “forcejeando”, no fuera a ser que “me quitara” la mochila con su GRAN fuerza. Es que es tan pequeñita… me sentía realmente grandote al lado de ella, un adulto, un viejote. Pero a la vez, me daban unas inmensas ganas de protegerla y cuidarla mucho. Y justamente debido a eso, no pude evitar rodear su cuerpecito frío y húmedo con uno de brazos, quizás para abrigarla un poco. Al acercarla a mi cuerpo, me di cuenta de que la niña estaba temblando —estás temblando. ¿Tienes mucho frío? —que tonto eres Bill, es obvio que está muerta de frío.
—E… —la corté, sonriendo… Al ver que ya estábamos en la puerta de mi casa.
—Aquí dentro está calentito —saqué mis llaves, que por cierto, las había encontrado anoche metidas adentro del refrigerador. Abrí la puerta y luego pasé dentro de casa. No había nadie… Todo estaba demasiado silencioso. Agradecí que aquí adentro estuviese tan calentito. Cerré la puerta luego de que Meer entrara. ¿Y ahora qué? Bueno… mamá siempre les daba alguna cosa caliente a las visitas que llegaban en estos días de frío. Sí, eso serviría… aunque quizás ella… no, no la podía dejar con la ropa mojada, se enfermaría y no sería lo correcto. ¿Entonces qué? Me quité el abrigo rápidamente y lo dejé colgado al lado de la puerta. Al menos yo estaba seco —¿quieres comer algo caliente? ¿O quieres ropa… seca? —me apresuré en preguntar. Esperé medio segundo a que ella me contestara, pero no lo hizo, por lo que rápidamente añadí: – Siéntate en el sillón, ya vuelvo con ropa seca.
Y acto seguido me dirigí hacia las escaleras y las subí rápidamente. ¿Qué ropa le podría pasar? De mamá ni pensarlo, tendría que ser mía. ¿Qué le quedaría bien a esa niñita?... todo le quedaría demasiado grande, ella es extremadamente pequeña. Ojala hubiese algo viejo en mi armario.
—¡Dame eso! —sus intentos de arrebatarme la mochila daban pena… Y risa.
—Te enfermarás como sigas afuera, vamos —acabé por cambiar de mano la mochila, para que no siguiera “forcejeando”, no fuera a ser que “me quitara” la mochila con su GRAN fuerza. Es que es tan pequeñita… me sentía realmente grandote al lado de ella, un adulto, un viejote. Pero a la vez, me daban unas inmensas ganas de protegerla y cuidarla mucho. Y justamente debido a eso, no pude evitar rodear su cuerpecito frío y húmedo con uno de brazos, quizás para abrigarla un poco. Al acercarla a mi cuerpo, me di cuenta de que la niña estaba temblando —estás temblando. ¿Tienes mucho frío? —que tonto eres Bill, es obvio que está muerta de frío.
—E… —la corté, sonriendo… Al ver que ya estábamos en la puerta de mi casa.
—Aquí dentro está calentito —saqué mis llaves, que por cierto, las había encontrado anoche metidas adentro del refrigerador. Abrí la puerta y luego pasé dentro de casa. No había nadie… Todo estaba demasiado silencioso. Agradecí que aquí adentro estuviese tan calentito. Cerré la puerta luego de que Meer entrara. ¿Y ahora qué? Bueno… mamá siempre les daba alguna cosa caliente a las visitas que llegaban en estos días de frío. Sí, eso serviría… aunque quizás ella… no, no la podía dejar con la ropa mojada, se enfermaría y no sería lo correcto. ¿Entonces qué? Me quité el abrigo rápidamente y lo dejé colgado al lado de la puerta. Al menos yo estaba seco —¿quieres comer algo caliente? ¿O quieres ropa… seca? —me apresuré en preguntar. Esperé medio segundo a que ella me contestara, pero no lo hizo, por lo que rápidamente añadí: – Siéntate en el sillón, ya vuelvo con ropa seca.
Y acto seguido me dirigí hacia las escaleras y las subí rápidamente. ¿Qué ropa le podría pasar? De mamá ni pensarlo, tendría que ser mía. ¿Qué le quedaría bien a esa niñita?... todo le quedaría demasiado grande, ella es extremadamente pequeña. Ojala hubiese algo viejo en mi armario.
Entré en mi habitación y abrí el
armario, cogí una de las camisetas del final, de las que ya no usaba… una
vieja, a lo mejor esa le quedaba bien porque era la más pequeña que tenía,
saqué también unos pantalones. Como no soy experto en doblar cosas, tomé la
ropa hecha una bola y bajé las escaleras casi corriendo. La observé durante el
segundo que tardé en llegar a su lado. Tenía el cabello completamente mojado y
se le pegaba al rostro. Aun así se veía muy, muy linda… Y sus ojos resaltaban
notablemente entre las facciones finas, delicadas y pequeñas de su rostro.
Andreas tenía mucha razón, cuando la niña creciera un poco… sería hermosa. A lo
mejor, ni tan pequeña era. Habían chicas que se veían muy menores, por tener
rostro de bebe.
—A ver si esto te sirve —le di la ropa al llegar a su lado.
—Gracias. ¿Dónde me cambio? —incluso la voz le temblaba a la pobre… Ni siquiera había visto si le servía o no. ¿Y si no le agradaba mi ropa?
—¿No vas a ver qué es lo que te traje? —se encogió de hombros como toda respuesta. Qué bien… con eso ya me había dejado claro que no era de esas chicas problemáticas… como Helena. Y es que ella estaba con esas de: Me gusta, no me gusta, que horrible, que asco. —ve al baño… Tú sabes dónde está, ¿no? —claro que sabría, nuestras casas eran prácticamente iguales.
—Ah… si —se levantó del sillón, que por cierto, estaba un poco mojado… ya se secaría—gracias.
—Para eso están los vecinos, ¿no? —le sonreí. Ella me devolvió la sonrisa y asintió con la cabeza, comenzando a caminar —espero que te quede bien la ropa... Como eres tan chiquita…
—A ver si esto te sirve —le di la ropa al llegar a su lado.
—Gracias. ¿Dónde me cambio? —incluso la voz le temblaba a la pobre… Ni siquiera había visto si le servía o no. ¿Y si no le agradaba mi ropa?
—¿No vas a ver qué es lo que te traje? —se encogió de hombros como toda respuesta. Qué bien… con eso ya me había dejado claro que no era de esas chicas problemáticas… como Helena. Y es que ella estaba con esas de: Me gusta, no me gusta, que horrible, que asco. —ve al baño… Tú sabes dónde está, ¿no? —claro que sabría, nuestras casas eran prácticamente iguales.
—Ah… si —se levantó del sillón, que por cierto, estaba un poco mojado… ya se secaría—gracias.
—Para eso están los vecinos, ¿no? —le sonreí. Ella me devolvió la sonrisa y asintió con la cabeza, comenzando a caminar —espero que te quede bien la ropa... Como eres tan chiquita…
Se detuvo al instante. No había
recordado que a ella le molestaba que la llamara pequeña.
—¡Hey! —se volteó, con los ojos
entrecerrados. Que tierna. —¡no soy chiquita!
—Para mí si lo eres —reí, burlándome.
—No creo que sea para tanto —¿Qué no era para tanto? ¡Si medía una metro!... Y poco más. Seguro tenía unos… ¿Doce? ¿trece?
—Para mí si lo eres —reí, burlándome.
—No creo que sea para tanto —¿Qué no era para tanto? ¡Si medía una metro!... Y poco más. Seguro tenía unos… ¿Doce? ¿trece?
Si tan sólo hubiese nacido un poquito
antes… a lo mejor catorce o quince. Oh, vamos, como me hubiese gustado que
tuviera al menos diecisiete. ¿Tendría aún ese encanto angelical a los
diecisiete? Pff, aunque sería mil veces mejor que fuera mayor de edad y… Ya basta, Bill.
Tengo… tengo que dejar de pensar estupideces, es una niña… tampoco puedo
pretender que sea mayor.
—¿Ah, no? ¿Qué edad tienes, pequeñita? —corté mis pensamientos y seguí con la conversación.
—Catorce. ¿Y tú? —¿catorce? ¿sólo catorce? Dios… Como la amaría si fuese mayor. Aunque… al menos era mejor que doce años. Pff. Y es que me hacía sentir tan viejo. De pronto entré en pánico ¿y si ya no quería hablarme porque pensaba que yo era muy grande? No… la niña no es así pero, pero es que me pongo muy paranoico y… Odio sentir ese algo golpeándome el pecho.
—Pues... es mejor que te vayas a cambiar… no vaya a ser que te enfermes o algo así. Yo te prepararé algo caliente —cambié el tema rápidamente. O al menos, si yo hubiese sido menor… Estoy perdiendo la cabeza.
—Pero… —la niña intentó protestar, pero la corté.
—¡Vamos! —di unas palmadas ridículas. A veces me pongo
muy idiota —mientras más rápido, mejor —sonreí, intentando ocultar la fea
sensación que tenía. Meer entreabrió sus labios, como si fuera a decir algo…
pero no dijo nada, y simplemente se dio la vuelta, dirigiéndose hacia el baño.—¿Ah, no? ¿Qué edad tienes, pequeñita? —corté mis pensamientos y seguí con la conversación.
—Catorce. ¿Y tú? —¿catorce? ¿sólo catorce? Dios… Como la amaría si fuese mayor. Aunque… al menos era mejor que doce años. Pff. Y es que me hacía sentir tan viejo. De pronto entré en pánico ¿y si ya no quería hablarme porque pensaba que yo era muy grande? No… la niña no es así pero, pero es que me pongo muy paranoico y… Odio sentir ese algo golpeándome el pecho.
—Pues... es mejor que te vayas a cambiar… no vaya a ser que te enfermes o algo así. Yo te prepararé algo caliente —cambié el tema rápidamente. O al menos, si yo hubiese sido menor… Estoy perdiendo la cabeza.
—Pero… —la niña intentó protestar, pero la corté.

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