CAPITULO
6
—Voy a cortan con Helena —le dije a Tom, lanzando la almohada en forma
de balón de… algo hacia el techo de la habitación de mi gemelo. Llevaba un rato
allí con él sin conversar nada. Tom apartó la vista de la revista xxx que
estaba viendo y me miró como si yo estuviese loco.
—¿Por qué?... No puedes terminar
con nuestra novia. Si no tengo chica, está ella y…
—Se quedará sólo contigo, ¿de
acuerdo? —lo corté —es que… estuve pensado hoy en la tarde eso de estar los dos
a la vez con ella… y me siento un abusador —mentí. En realidad, sentía que me
traicionaba a mí mismo. O esa era la extraña sensación que me invadía desde que
Meer se había ido y yo había vuelto a acordarme de que tenía novia, y esa novia
era Helena.
—¿Y piensas que me lo voy a
tragar? Pff, Haz lo que quieras… Pero no le vayas a decir que terminas con ella
porque sabes que estuvo conmigo —negué con la cabeza, volviendo a lanzar la
almohada —¿y la apuesta? ¿cómo vas? —su tono de voz se había vuelto
repentinamente más agresivo.
—No hay apuesta, Tom
—Sí, claro… tengo que decirle a
Andreas que vaya juntando el dinero. Ya has metido a la Meer esa a tu
habitación y todo —puse los ojos en blanco, enterrando los dedos sobre la almohada.
—La llevé porque mamá no dejaba de
incomodarnos…
—Querías privacidad con ella, lo
sabía —cerró la revista y la dejó sobre el escritorio. No supe que contestarle…
—Cuando entré faltaba poco para
que se besaran.
—Me molesta que pienses así —Tom
suspiró.
—No me vas a decir ahora que no
estás terminando con Helena para ponerte de novia con ese BEBE.
—No es por eso… Me sorprende que
pienses así de mí, Tom. —me enojé, levantando de la cama.
—Es que me confundes, hermano…
piensas cosas diferentes a las que dices. —Negué con la cabeza repetidas veces.
—Te lo dejaré muy claro. Yo no me
quiero poner de novio con esa niña… es más, no quiero nada con ella, la apuesta
de Andreas no me interesa. No voy a negar que me parece una ternura, es
encantadora y además está linda. Pero no… aquí el degenerado eres tú.
—¡Hey! —se quejó Tom. Yo sólo reí
—bien… te creeré.
—Lo sabía.
—Aunque mamá piense que eres un
inmaduro que se mete con niñitas, un asalta cunas, un pedófilo de primera, un…
—¿Vas a terminar? —Idiota.
—¿Sabes, Bill? tu eres de esa
gente estúpida en el mundo que cree en el amor y esas bobadas —alcé ambas
cejas. ¿A qué iba eso? —si te llegaras a enamorar de esa cosa que vive al lado
¿harías que fuese tu novia?
Por un momento pensé que me
moriría de un infarto, pero por suerte no pasó.
—Si, probablemente —contesté sin
pensarlo dos veces —Pero cuando fuese mayor —añadí rápidamente. Tom se echó a
reír, burlándose de mi.
—Dios —dijo entre risas,
levantándose de la silla en la que había estado sentado —cuando te pongas de
novia con Meer —comenzó a empujarme. Yo sin creer sus palabras, comencé a
caminar hacia atrás —…todo el mundo se burlará de ti.
—¡Yo no voy a salir c…! —me cortó,
cerrando la puerta de su habitación. Genial… mi hermano es un idiota. ¿Cómo se
le puede ocurrir que yo podría salir con Meer? Por más bonita y tierna que me
parezca, jamás lo haría.
Me metí en mi habitación, cerrando
la puerta. Instintivamente me fijé en la ventana del frente. Las luces estaban
apagadas… Ojala no estuviese durmiendo, pues repentinamente me habían entrado
las ganas de hablar con ella. A demás, se le había olvidado la mochila… y esa
era una excelente excusa.
Me acerqué al escritorio y la
saqué la tapa a uno de los lápices. Luego me fui hacia la ventana y la abrí…
Dios, que frío hacía. Aventé la tapa contra el vidrio. No pude evitar pensar
que estaba siendo un inmaduro pero… argh. Me desesperé al no verla aparecer en
la ventana, a lo mejor no estaba en la habitación. Volví a entrar y a coger
otra tapa de lápiz. Seguidamente lo lancé. Si seguía así iba a quedarme sin
tapas. Respiré aliviado cuando la cortina de la habitación de la niña se abrió,
dejando ver a una Meer completamente despeinada. Como es tan lista, no tardó en
abrir la ventana.
—Hola.
—Hola —nos saludamos casi a la
vez. Le sonreí y ella me sonrió. Que aspecto traía… se veía linda de igual
manera. No supe que decirle… Hasta que recordé mi excusa de la mochila —se te
quedó tu…
—Mochila —terminó la frase por mí,
sonriendo más ampliamente. Que ternura. Me agaché un poco para coger su mochila
que estaba a un lado de la ventana.
—¿Le lanzaste algo a mi ventana?
—Sí —reí un poco, que nervios… y
que vergüenza.Y es que a veces me comporto como un tonto de dieciséis —la tapa
de un lápiz —ella me acompañó con su risa… y yo le lancé la mochila. Seguro que
a ella no le parecía estúpido eso de lanzar cosas a las ventanas.
—Gracias —recogió la mochila. Me
dio la impresión de que se iría hacia atrás en cualquier momento.
—De nada —y es que era tan
gracioso verla intentando sostener la mochila y que no se le resbalara de las
manos. Ella entró en la habitación para ir a dejarla. Se afirmó en el marco de
la ventana y clavó sus ojos en mí. Entonces, nuestras miradas se entrelazaron…
y yo me hundí en ese mar tan hermoso que ella tenía como ojos.
—Eh… nos vemos —apartó sus ojos de
mí bruscamente… cortando toda la emoción del momento. No tardó en cerrar la
ventana y desaparecer, tras acomodar rápidamente la cortina ¿Qué había pasado?
Abrí los ojos de golpe y lo
primero que hice fue mirar rápidamente la hora en el despertador. Eran las
doce… ¡Las doce! Ni siquiera alcanzaba a llegar a la clase de la una. Tendría
que perder el día, definitivamente. Bostecé. Anoche no había podido dormir
temprano… eran las cuatro de la madrugada y yo seguía sin poder pegar el ojo,
pensando sólo en estupideces, quizás en ella.
Me levanté de la cama luego de un largo momento perezoso y me metí a la ducha. Nada más salir me vestí rápidamente, dándome cuenta de que no había nadie en casa. Tom, el buen hermano, ni siquiera me había despertado y se había ido. Genial.
Me arreglé el cabello y cinco para la una, ya iba saliendo. Pasaría a hablar con Helena y después a recoger mi nuevo coche. Y hablando de Helena… era mejor cortar ahora mismo y no dejarlo para después. Estaba seguro de que ella tampoco había asistido a la universidad. Es una vaga… Y lo digo yo.
Pasé al local de la esquina, para comprarme una barra de cereal y comerla como desayuno. Luego me subí a un autobús, y bajo la mirada de una chica que se sentó a mi lado la siguiente cuadra, me fui un poco cohibido, hasta llegar a la parada cerca de la casa de Helena. Donde me bajé y me despedí de la chica. En realidad, me asustó un poco… la sonrisa que se formó en su rostro más grande no podía ser y faltó poco para que me diera su número de teléfono. Seguro me había notado simpático. Ella se vestía de una forma similar a la mía. Estaba guapa… sí. La había observado poco, pero podía decir que tenía buen cuerpo y una linda cara… aunque nada comparada con Helena. O con alguien más que no debería nombrar y mucho menos comparar.
Que frío hacía, tendría que terminar esto rápido. Después podría ir a comprar algunas cosas que me hacían falta o a tomarme un café… había un centro comercial muy cerca de aquí.
Comencé a caminar con las manos metidas en los bolsillos. Nunca me gustó esta zona de la ciudad.
Una vez estuve en su puerta piqué al timbre, y una de las empleadas no tardó en abrir. La viejecita me observó con sus ojos rodeados de arrugas, era una mujer muy cómica. Lo único que no me agradaba de ella era que…
—Buenas tardes señor Kaulitz —era que me llamase “señor”. Nadie lo hacía nunca y ella me hacía sentir viejo.
—Sólo Bill… Hola, María.
—Marie —me corrigió. Que idiota que soy… que vergüenza. Por suerte, quizás, esta sería la última vez que me toparía con ella.
—Marie —corregí con una sonrisa nerviosa.
—La señorita Helena está en su habitación con unas amigas —ouch —le diré que venga —se apartó de la puerta y me dejó el espacio suficiente como para pasar. Yo pasé, sonriéndole a la ancianita y ella cerró la puerta tras de mí —puede pasar al salón, ¿quiere un vaso de ju…?
—No, gracias… sólo vine a decirle algo, dígale que la espero aquí, por favor —dije sin borrar la sonrisa aún de mis labios. La mujer asintió, entrecerrando sus arrugados ojos y luego se dio media vuelta para irse directo a las escaleras. Al principio, la casa de helena me parecía maravillosa… pero ahora, ya se me había vuelto completamente aburrida. ¡Tenía de todo! menos ese algo que necesitaba para gustarme. Igual que Helena.
Que extraño es comparar a una novia con su casa…
Me levanté de la cama luego de un largo momento perezoso y me metí a la ducha. Nada más salir me vestí rápidamente, dándome cuenta de que no había nadie en casa. Tom, el buen hermano, ni siquiera me había despertado y se había ido. Genial.
Me arreglé el cabello y cinco para la una, ya iba saliendo. Pasaría a hablar con Helena y después a recoger mi nuevo coche. Y hablando de Helena… era mejor cortar ahora mismo y no dejarlo para después. Estaba seguro de que ella tampoco había asistido a la universidad. Es una vaga… Y lo digo yo.
Pasé al local de la esquina, para comprarme una barra de cereal y comerla como desayuno. Luego me subí a un autobús, y bajo la mirada de una chica que se sentó a mi lado la siguiente cuadra, me fui un poco cohibido, hasta llegar a la parada cerca de la casa de Helena. Donde me bajé y me despedí de la chica. En realidad, me asustó un poco… la sonrisa que se formó en su rostro más grande no podía ser y faltó poco para que me diera su número de teléfono. Seguro me había notado simpático. Ella se vestía de una forma similar a la mía. Estaba guapa… sí. La había observado poco, pero podía decir que tenía buen cuerpo y una linda cara… aunque nada comparada con Helena. O con alguien más que no debería nombrar y mucho menos comparar.
Que frío hacía, tendría que terminar esto rápido. Después podría ir a comprar algunas cosas que me hacían falta o a tomarme un café… había un centro comercial muy cerca de aquí.
Comencé a caminar con las manos metidas en los bolsillos. Nunca me gustó esta zona de la ciudad.
Una vez estuve en su puerta piqué al timbre, y una de las empleadas no tardó en abrir. La viejecita me observó con sus ojos rodeados de arrugas, era una mujer muy cómica. Lo único que no me agradaba de ella era que…
—Buenas tardes señor Kaulitz —era que me llamase “señor”. Nadie lo hacía nunca y ella me hacía sentir viejo.
—Sólo Bill… Hola, María.
—Marie —me corrigió. Que idiota que soy… que vergüenza. Por suerte, quizás, esta sería la última vez que me toparía con ella.
—Marie —corregí con una sonrisa nerviosa.
—La señorita Helena está en su habitación con unas amigas —ouch —le diré que venga —se apartó de la puerta y me dejó el espacio suficiente como para pasar. Yo pasé, sonriéndole a la ancianita y ella cerró la puerta tras de mí —puede pasar al salón, ¿quiere un vaso de ju…?
—No, gracias… sólo vine a decirle algo, dígale que la espero aquí, por favor —dije sin borrar la sonrisa aún de mis labios. La mujer asintió, entrecerrando sus arrugados ojos y luego se dio media vuelta para irse directo a las escaleras. Al principio, la casa de helena me parecía maravillosa… pero ahora, ya se me había vuelto completamente aburrida. ¡Tenía de todo! menos ese algo que necesitaba para gustarme. Igual que Helena.
Que extraño es comparar a una novia con su casa…
—¡Bill! ¡Bill, amor, viniste por
mí! —chilló ella bajando las escaleras con esos tacones gigantes que le gustaba
usar. Traía una sonrisa enorme en el rostro y eso me hizo sentir fatal. Ojala
no se pusiera triste, ni me hiciera un show. Después de todo tenía a Tom. Y yo,
no sé por qué, prefería estar sólo a estar con ella.
Helena se tiró a abrazarme y casi,
casi me hace llegar al piso, colgándose de mi cuello. —Ou, te extrañé, cariño.
Qué bien que viniste a visitarme —se puso de puntillas para besarme pero yo
aparté la cara y besé en la mejilla. Podrá haberme aprovechado de ella, sólo un
poco, el día de hoy… pero algo me llamaba a terminar con ella ahora mismo y
hacerlo cuanto antes —¿Qué pasa, cariñito? ¿Estás enojado? —la mire a los ojos.
Siempre había visto su falsedad, y nunca me había molestado… pero ahora, ahora
era realmente ¿estresante? no, esa no era la palabra adecuada.
—Helena, quiero que hablemos —dije,
deshaciendo su agarre tras mi nuca. Ella se hizo la dura pero finalmente me
dejó el cuello en libertad. Hizo un puchero… Qué labios, pero que labios.
Helena siempre ha sido y siempre será una diosa.
—¿De qué quieres hablar, Billy?
ven conmigo —me cogió la mano y tiró de mi hacia el salón —¡Marta! ¡trae dos
jugos de los que me gustan!
—Es Marie —la corregí, recordando
a la mujer arrugadita.
—Como sea, tampoco soy tan genia
como para aprenderme los nombres de todas las personas —y esta es la parte
donde ella me preguntaba ¿Cómo es que era tu apellido? Y ahora que lo pesaba…
yo no recordaba el suyo.
—No pienso quedarme mucho tiempo, sólo vine a… hablar contigo sobre un tema.
—Siéntate —dijo sin prestarme atención, para luego empujarme sobre el sillón. Y recién en ese momento, me di cuenta de que llevaba un vestidito muy corto. Ella se dio la vuelta para coger los dos vasos de jugo, dejando en mi rostro su… su trasero. ¿Qué pensaba hacer? Seguro ya sospechaba a que venía esta conversación e intentaba evitarlo. Hasta que ella se giró y yo pude apartar la vista, es que me había quedado embobado mirando esa zona de su cuerpo —ten, amorcito… —me dio el vaso con jugo y yo como estaba tan embobado no pude hacer nada más que no fuese cogerlo. Helena se sentó a mi lado en el sillón, muy cerca de mí. La miré… ella acababa de quitarse el vaso de los labios —¿sobre qué querías hablar, amor? —se pasó una mano por la pierna, subiendo un poco más su vestido. Cerré la boca para no comenzar a babear. Me aclaré la garganta, aún sin poder apartar los ojos de sus piernas y es que… ese vestido era tan corto. Podría haber estado con otro un poco más largo, habría sido más fácil.
—Yo… quería
—No pienso quedarme mucho tiempo, sólo vine a… hablar contigo sobre un tema.
—Siéntate —dijo sin prestarme atención, para luego empujarme sobre el sillón. Y recién en ese momento, me di cuenta de que llevaba un vestidito muy corto. Ella se dio la vuelta para coger los dos vasos de jugo, dejando en mi rostro su… su trasero. ¿Qué pensaba hacer? Seguro ya sospechaba a que venía esta conversación e intentaba evitarlo. Hasta que ella se giró y yo pude apartar la vista, es que me había quedado embobado mirando esa zona de su cuerpo —ten, amorcito… —me dio el vaso con jugo y yo como estaba tan embobado no pude hacer nada más que no fuese cogerlo. Helena se sentó a mi lado en el sillón, muy cerca de mí. La miré… ella acababa de quitarse el vaso de los labios —¿sobre qué querías hablar, amor? —se pasó una mano por la pierna, subiendo un poco más su vestido. Cerré la boca para no comenzar a babear. Me aclaré la garganta, aún sin poder apartar los ojos de sus piernas y es que… ese vestido era tan corto. Podría haber estado con otro un poco más largo, habría sido más fácil.
—Yo… quería
—Lo sé, sé que me hechas mucho de
menos, gordito —me cogió una mejilla y levantó mi rostro. Y yo como estaba tan
aturdido examinando su cuerpo, no vi venir ese beso que me plantó en toda la
boca. Me separé de ella antes de que comenzara con el beso, beso.
—Helena, realmente yo… —volvió a atrapar mis labios con su boca. Esta vez me atrapó y comenzamos a besarnos. Mi lengua recorría su boca, jugando con la suya, que me encantaba… me costaba tomar aire y al parecer a ella también. Se me iba la cabeza. Ella pasó sus piernas sobre las mías y yo no pude evitar comenzar a acariciarla, sintiendo su piel suave bajo mis dedos.
Pero volví a la realidad en cuanto ella separó mis labios de los suyos. Mire su rostro, se estaba mordiendo el labio inferior y me miraba coqueta, con un aire extremadamente sexy que… argh.
—Ya basta, Meer… —Si, que se detuviera de una vez, si no, no iba a poder terminar con ella.
—¿Meer? —abrí los ojos como platos. ¿Tanto me afectaba esa niñita? ¡Pero que equivocación!
—Helena, realmente yo… —volvió a atrapar mis labios con su boca. Esta vez me atrapó y comenzamos a besarnos. Mi lengua recorría su boca, jugando con la suya, que me encantaba… me costaba tomar aire y al parecer a ella también. Se me iba la cabeza. Ella pasó sus piernas sobre las mías y yo no pude evitar comenzar a acariciarla, sintiendo su piel suave bajo mis dedos.
Pero volví a la realidad en cuanto ella separó mis labios de los suyos. Mire su rostro, se estaba mordiendo el labio inferior y me miraba coqueta, con un aire extremadamente sexy que… argh.
—Ya basta, Meer… —Si, que se detuviera de una vez, si no, no iba a poder terminar con ella.
—¿Meer? —abrí los ojos como platos. ¿Tanto me afectaba esa niñita? ¡Pero que equivocación!
Helena quitó sus piernas de encima
de mi cuerpo y se levantó del sillón, dando un salto.
—Me llamaste Meer —reclamó, alzando los brazos. Y como
la pobre se había puesto tan torpe, su vaso calló al piso y se quebró, haciendo
un gran ruido —¡MARTA; VEN A LIMPIAR ESTO! —chilló con todas sus fuerzas. Se
había enojado. Oh, no… —ARGH ¡DAME ESO! —me arrebató el vaso y lo lanzó al
piso, como una loca. ¿Qué le pasaba? —¿quién es Meer? —preguntó, cogiendo aire
luego de cada palabra. Me encogí de hombros, sin saber que decir. No quería ver
su rostro, seguro estaba enojadísima —¡ME ESTÁS ENGAÑANDO! –cerré los ojos y me
encogí de hombros, sintiendo su grito traspasarme los oídos. Auch. No entendía
con qué derecho me reclamaba un “engaño” que ni siquiera era engaño… si ella se
revolcaba con el hombre que se le antojara, mi hermano incluido —ME ESTÁS
EGAÑADO ¡TERMINAMOS! —¿Qué? ¿Así de fácil? La miré con expresión divertida. La
pobre estaba roja por la rabia y tenía las manos apretadas en puños
—¡TERMINAMOS! —repitió —Y NO VUELVAS A BUSCARME, ¿ENTENDIDO? —me levanté del
sillón y asentí una sola vez. Jamás pensé que me lo dejaría así de fácil… Y
sólo por haberla llamado Meer, como me servía la niña esa —¿no me vas a pedir
otra oportunidad? —negué con la cabeza y me encogí de hombros. Me estremecí al
sentir su mano contra mi mejilla. No era, precisamente, el golpe más grande que
me hubiesen dado.—Nos vemos, Helena —la esquive y comencé a caminar hacia la puerta. A veces yo podía ser un bruto insensible, como ahora.
—¡Pero Bill! —chilló con voz de pena —¡Te perdono, te perdono todo lo que quieras! ¡PERO NO TE VAYAS! —me giré, para hacerle un gesto de adiós con la mano —¡ARGH! ¡NO TE VAS A ESCAPAR, BILL! TE JURO QUE VAS A VOLVER A SER MI NOVIO. ¡SERÁS MIO! ¡TE VAS A ARREPETIR DE HABERME DEJADO! ¡ARGH! —siguió gritando, y yo no le presté nada de atención… seguro eso la alteró aún más.
Y justo en el momento en que cerré la puerta, una oleada de arrepentimiento me invadió.
Y es que… argh, digo, Dios… Era… era Helena, y yo estaba rompiendo con ella por… por… ¡No podía ser!, ¡no podía romper con ella!... eso significaba que… yo… ay, no. Había un motivo por el que había terminado nuestra relación, pero jamás lo admitiré… no, no lo haré, nunca. Estoy loco, muy, muy loco.
Perfecto, ahora estaba sin novia. Y yo que hace tres días planeaba quedarme con ella durante un buen tiempo. Su cuerpo me volvía loco, lo admito… su personalidad no me había importado para nada en el momento que le pedí que fuera mi novia, ni si quiera me había importado el hecho de que yo no la quisiera ni siquiera un poco. Pero ahora todo estaba diferente, no tenía las ideas claras y me costaba pensar en que era lo correcto. Algo me obligaba a alejarme de ella. Todo estaba mal.
El lado bueno… era que ya no tendría que aguantar sus gritos histéricos, ni sus “que asquito” y ese tipo de cosas que me hartaban.
Volví a subirme a un autobús, el primero que pasó y que me llevara a mi destino.
Me bajé a buscar mi coche. Simplemente tenía que retirarlo, ojala hubiese llegado, lo había estado esperando desde la semana pasada. Este coche no lo chocaría. Sino… tendría que quedarme sin coche hasta trabajar. Y eso sí que sería una molestia.

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