CAPITULO 21
Caminaba descalza a la orilla del mar, el gélido viento azotaba mi cuerpo y mi cabello parecía volar. El agua estaba fría, podía sentirla en mis pies junto con la arena. Sólo un trozo de género cubría mi cuerpo.
—¡Meer! —un grito me hizo girar la cabeza rápidamente hacia el mar. Pude ver una silueta, se acercaba corriendo, con el agua hasta las rosillas. El agua luchaba por llevar la silueta hacia adentro. Me alarmé y retrocedí un paso.
Abrí los ojos de golpe. Seguía en mi habitación, sólo que ahora era de día. Sentí arder mis ojos por la luz que entraba por la ventana y los volví a cerrar.
Las emociones del sueño aún estaban presentes.
Me refregué los ojos con ambas manos y me incorporé lentamente hasta quedar sentada. Luego abrí los ojos costosamente y miré a mí alrededor. Que mierda de pieza, estaba desordenada.
Miré la hora en el reloj de mi mesita de noche, ya era tarde y tenía que bajar a tomar desayuno.
Suspiré y me levanté con un movimiento rápido, intentando que las ganas de dormirme de nuevo no me ganaran.
Me dirigí a mi armario y cogí lo primero que encontré. Algo bueno tenía la ropa negra, aparte de que me gustaba, era podía ponerme cualquier cosa y estaría siempre combinada y presentable.
Dejé la ropa sobre la cama y me dirigí al baño que estaba en mi habitación. Mi padre me daba de todo, todos los lujos, y yo le pagaba de la peor manera. Me sentí mal por eso.
Cerré la puerta tras de mi.
Luego de haberme duchado, vestido, peinado, maquillado y arreglado, bajé a desayunar.
Me sorprendí bastante al ver a mi padre sentado a la mesa con un periódico entre sus manos y el café cofre la mesa. ¿No debería estar trabajando?
—Hola —lo saludé con una sonrisa fingida mientras entraba en la cocina y me sentaba frente a él. La chica del servicio-que era nueva- no tardó en poner frente a mí una taza.
—Hola, hija —contestó mi padre sin quitar la vista del periódico.
La chica que me atendía me echó agua dentro de la taza y seguidamente un poco de leche y café, como me gustaba. Por las mañanas yo no comía nada más que eso, estaba dentro de mi dieta. No me iba a poner a comer panques o ese tipo de cosa que te hacen engordar. Y la chica lo sabía, estaba bien.
Cogí la taza y me la llevé a la boca para tomar un sorbo.
—¿Dormiste bien? —me pregunto mi padre, yo despegué la taza de mis labios y la dejé sobre la mesa.
—Sí —dije asintiendo. Él suspiró.
—Mira hija, yo… sinceramente, no sé que hacer contigo —su tono de voz era cansado. Ya se había aburrido de la conversación con tan sólo comenzarla.
—¿Por qué? —pregunté calmadamente, llevándome la taza a la boca.
—He visto que no mejoras.
—¿El qué?
—Tu comportamiento —dejé la taza fuertemente sobre la mesa, unas cuantas gotas saltaron y me quemé la mano.
—No puedo cambiar —fruncí el ceño.
—Lo sé, y te comprendo. Todo es culpa de esa mujer —dijo refiriéndose a mi madre. Siempre decía lo mismo, que ella no había sabido enseñarme ¡pero él también tenía la culpa! Él nunca había estado para mí.
—Argh.
—He estado pensando una cosa.
—¿Qué? —lo miré interrogante.
—Cómo ya no estudias aquí y yo quiero que acabes con la escuela pensé que… —se quedó callado de golpe —no te vayas a enojar ni a poner como una loca.
—No —negué con la cabeza.
—No —dije fría mientras lo miraba fijamente —digo, no quiero, papá —intenté arreglar un poco mi respuesta anterior.
—Hija…
—No quiero estar sola —me quejé
—Pero es que tú no pones de tu parte, Meer —me contestó mi padre.
—¿Y qué es lo que debo hacer?
—Ya no lo hiciste, ya es tarde —vale, si, había perdido la oportunidad —tendrás que ir a Inglaterra.
—No. En ese caso prefiero volver con mamá —fruncí el ceño. Había dicho lo primero que se me había pasado por la cabeza.
—Perfecto. También había pensado en eso. Así estudias en Alemania —me alarmé, no creía que él iba a aceptar mi “propuesta”.
—¡¿Qué?!. ¿De verdad piensas enviarme de vuelta? —abrí los ojos como platos. Mi padre dejó el periódico sobre la mesa y se levantó.
—Sí.
—¡Pero papá! —me quejé —no puedes deshacerte de mí —me apunté a mí misma. Yo no quiero volver.
—Entonces tú decides. Inglaterra o Alemania.
—¿Ya no me quieres? —puse la cara más triste que pude. Todo era teatro, claro. No pude evitar pensar que parecía la típica niña mimada de papá. Bleh, todo por quedarme aquí, aquí estaban mis amigas y mi vida.
—Hija, si te quiero, por eso te estoy dando opciones. Quiero un buen futuro para ti.
—Pero no me lo estás dando… no lejos de mi casa —miré al piso. Pensé que llegaría al corazón de mi padre y se ablandaría un poco. Que vendría, me abrazaría y me diría que no me iba a enviar lejos. Pero no, este abandonó la cocina y yo me quedé allí sola.
Fruncí los labios enojada y decidí salir a caminar para pensar sobre el tema.
Alemania o Inglaterra.
Inglaterra o Alemania.
Abrí la puerta de casa, salí fuera y luego la cerré. Metí las manos dentro de los bolsillos y comencé a caminar.
Primera opción: Inglaterra. Un internado, vamos. Terrible. Todo nuevo. Yo sería la “chica nueva” y encima a mitad de semestre. Daría mucho de qué hablar. Y si seguía con mi comportamiento quizás no me hacía amigas, o amigos. Realmente me asusta lo nuevo, porque no sé qué es lo que me espera allí. Me costaba hacerme la idea de que tendría que cambiarme de país de nuevo. Las dos veces por la fuerza, aunque esta vez tenía la posibilidad de volver a mis orígenes. La ciudad donde crecí y donde viví la mayor parte de mi vida.
Y eso nos lleva a Alemania, mi segunda opción. Con mi madre, a quien ya le había agarrado un profundo rencor. Sin amigos, sin nadie. Con gente que no me quiere… pero allí estaría Bill.
Sentí algo en mi interior, como un escalofrío al recordarlo y me entristecí.
Lo podría volver a ver, había posibilidades. Aunque no estaba segura de que él se acordara de mí. Después de todo, yo era una niñita fácil de olvidar. Ni siquiera ahora tenía la edad que tenía Bill en ese tiempo. Entonces, él ahora tendría unos… veintidós o veintitrés, si no me equivocaba. Seguro ya trabajaba… y quizás estaba con alguna mujer de su edad. A lo mejor él también se había olvidado de mí, por lo que yo no tenía ningún motivo para regresar.
En cambio en Inglaterra, podría hacer nuevos amigos, conocer gente nueva, costumbres diferentes. Incluso tener gente nueva con quien pelear. O quien sabe, quizás algún chico especial. Una opción tentadora.
Pero luego, volvía Alemania a mi mente. Mi ciudad, la que conocía tan bien y que tantos recuerdos me traería.
Recuerdos. Ya no quería atormentarme con ellos.
Entonces, lo decidí. Lo tenía claro y no iba a cambiar de parecer.
Inglaterra. Me iba a ir a Inglaterra.
Entré en mi
habitación y me senté en mi cama. Miré a mi alrededor. Pronto tendría que
despedirme de todo esto. Suspiré. Al menos no era tan terrible como la vez
anterior. Al menos mi padre estaba avisándome.
Deseé haber tenido
algo de Bill, una fotografía, algún escrito, un regalo… cualquier cosa más que
mis recuerdos ya un poco borrosos. Este era uno de esos momentos en que lo
extrañaba.
Me dejé caer de
espaldas y cerré los ojos, recordándolo. Sin duda había sido especial. Sólo
quería… volver a esos tiempos, retroceder el tiempo y vivirlo de nuevo. Cambiar
el final. Si tan solo no hubiese besado a Bill ese día…
Pero ya no podía
cambiarlo. No había nada que hacer, así que… ya debía dejar de pensar en eso.
Bill ya no era igual de importante que antes en mi vida. Así que no valía la
pena pensar en él al momento de tomar decisiones importantes.
Salí de mi
habitación horas después y busqué a
papá. Quería ponerlo al tanto de mi decisión. No lo encontré, estaba en el
trabajo. Así que llamé a Emma y quedé con las chicas para ir a la playa.
Al día siguiente por
la mañana tampoco vi a mi padre, pero no me importó mucho. Al ser sábado, salí
en busca de las chicas y como hacía una lindo día nos fuimos a la playa otra
vez… esta vez con más amigos y algunos de sus novios.
Llegué a casa cerca de la hora de almuerzo. No le había contado nada a las chicas y es que aún no estaba muy segura de que elegir, estaba confundida. Aunque habían más probabilidades de que eligiese Inglaterra. Tendría que pensarlo muy bien… ya que de eso dependía lo que pasaría en el resto del año, hasta que cumpliera mi mayoría de edad y pudiera hacer lo que quisiera. Ya me faltaba poco, unos cuantos meses nada más. Aunque estaba al cien por ciento segura de que mi padre prácticamente me obligaría a terminar la escuela y comenzar la universidad.
Cerré la puerta de mi habitación y me quité el bolso para lanzarlo contra la cama. Pero se me resbaló de las manos antes de llegar a su destino, cayendo en el suelo. Casi me da un infarto al ver toda mi habitación vacía. Digo, no vacía, vacía, sino que sin mi característico “desorden ambiental”. Estaba todo perfectamente ordenado y acomodado. Incluso los posters de las paredes ya no estaban. No quedaba nada que no fuesen los muebles.
Aún impresionada me dirigí a la pequeña habitación del armario. Nada. Absolutamente nada en las repisas. No había rastro de mi ropa. No me quise ni imaginar que era lo que había pasado. Salí de allí y cerré la puerta. Luego me metí en el baño. No estaban mis cosas personales.
Me alarmé.
Llegué a casa cerca de la hora de almuerzo. No le había contado nada a las chicas y es que aún no estaba muy segura de que elegir, estaba confundida. Aunque habían más probabilidades de que eligiese Inglaterra. Tendría que pensarlo muy bien… ya que de eso dependía lo que pasaría en el resto del año, hasta que cumpliera mi mayoría de edad y pudiera hacer lo que quisiera. Ya me faltaba poco, unos cuantos meses nada más. Aunque estaba al cien por ciento segura de que mi padre prácticamente me obligaría a terminar la escuela y comenzar la universidad.
Cerré la puerta de mi habitación y me quité el bolso para lanzarlo contra la cama. Pero se me resbaló de las manos antes de llegar a su destino, cayendo en el suelo. Casi me da un infarto al ver toda mi habitación vacía. Digo, no vacía, vacía, sino que sin mi característico “desorden ambiental”. Estaba todo perfectamente ordenado y acomodado. Incluso los posters de las paredes ya no estaban. No quedaba nada que no fuesen los muebles.
Aún impresionada me dirigí a la pequeña habitación del armario. Nada. Absolutamente nada en las repisas. No había rastro de mi ropa. No me quise ni imaginar que era lo que había pasado. Salí de allí y cerré la puerta. Luego me metí en el baño. No estaban mis cosas personales.
Me alarmé.

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