28 febrero, 2013

Rette mich /Capítulo 26






CAPITULO 26

¿Qué? ¿y ahora, después de todo esto, se lo quería decir a Kattie?
No. No se lo podía decir... Le iba a romper el corazón, ella lo quería. Y yo había visto su cara de felicidad cuando me había contado lo que había pasado entre ellos dos ese día.
Bill no podía llegar y decirle "eh, oye, te puse los cuernos con Anne, en realidad no te quiero, la quiero a ella y lo de ayer fue sólo una calentura" Pff.
¿Aunque... quien me aseguraba que fuera así? A lo mejor Bill ni me quería y se lo iba a decir porque se sentía culpable... y tenía planeado seguir con ella.
Que poco hombre.
Que estúpido.
Oh, no. Corrección. Aquí la estúpida era yo.
Dios, dios dios. Este se que era un lío. Pero de los grandes.
Me saqué el móvil del bolsillo y comencé a buscar un número en la agenda. Estaba casi de los primeros.
Le di al botón verde y me acerqué el móvil al oído.
Y luego de tres largos segundos contestó.
¿Andreas? pregunté rápidamente.
¿Qué pasa, Anne?
¿Ya estás donde los Kaulitz?
No me contestó voy hacia allí, ¿por...?
Necesito que llegues lo más rápido que puedas y me hagas un favor.
Vale contestó luego de un par de segundos.
Quiero que impidas que Bill hable con Kattie y le cuente todo. Creo que sabes a lo que me refiero sentí un pequeño ruido del otro lado de la línea, como una afirmación o algo así y... habla con él y dile que se pudra, que siga con Kattie y no me vuelva a hablar en su puta vida casi acabé gritando.
Hey, pero no te desesperes.
Estoy tranquila. Por favor haz lo que te pedí, no quiero que Bill dañe a Kattie, ¿si? Por favor.
Vale.
Gracias corté.
Ok. Todo hecho. Con eso me quitaba un peso enorme de encima. Pero ese peso que me quitaba no era ni una milésima parte de lo que tenía que quitar.
Pff.
Respiré hondo un par de veces, mientras me acercaba a la parada de autobuses. Tenía que irme de aquí, ya no aguantaba estar entre casas, edificios, gente... No me gustaba y me estaba agobiando.
Me quité el abrigo y me lo colgué en el brazo.
Incluso me costaba tomar aire. Odiaba cuando eso me pasaba. De cierta manera me sentía claustrofíbica. Y me convertía en un cáos total. No quería que eso me pasara ahora.
Me subí a al primer autobús que había, el que salía por el norte de la ciudad. Ese era el que necesitaba.
Pagué el pasaje de anticipado y me senté en el primer asiento disponible, no sin antes abrir la ventana.
Y luego de estar detenidos alrededor de cinco minutos más, recogiendo pasajeros, el autobús comenzó a andar... Por fin.
Tenía que escaparme del mundo.
Ya no quería saber de nada.
Me dolía la cabeza, y los ojos me ardían, pero no tenía ganas de llorar. Además, sentía que la cara me iba a explotar. Las mejillas me escocían debido a las lágrimas... era terrible.
Una vibración en mi bolsillo me hizo pegar un salto. La señora que iba a mi lado se me quedó mirando y yo, devolviéndole una mirada asesina, saqué el móvil de mi bolsillo para seguidamente mirar la pantalla:
Bill.
Me estaba llamando.
¿Y este no se cansaba? ¿qué mierda hacía llamándome?
Hice lo mismo que la vez anterior. Le di al botón rojo con fuerza hasta que vi como la pantalla del móvil se apagaba. Lo volví a meter en mi bolsillo e intenté concentrarme en otra cosa que no fuese Bill.
Pero lamentablemente, la otra cosa importante andaba dentro de mi cabeza.
Y si no era Bill, era esa otra cosa: Dylan.
¿Cómo supo que había sido Chels quien me había informado sobre el tema?
No recordaba las exactas palabras de Dylan.
Pero tenía que advertirle a Chels lo que él me había dicho. Ella se las iba a pagar. Dylan podía hacer cualquier cosa, eso era más que seguro. No era de fiar. Al menos no para mi.

Me bajé del autobús a las afueras de la ciudad.
El viento traspazó la tela de mi camiseta y me hizo temblar. Hacía frío...
Me puse la chaqueta, aunque no la abroché. Me sentía incómoda.
El gélido viento me relajó mientras comenzaba a caminar hacia el interior del bosque. El rostro ya no me ardía tanto y me sentía fresca. Era un gran alivio, una sensación difícil de describir.
De cierto modo, me sentía libre. Lo mejor del mundo. Definitivamente mil veces mejor que asomarme a la ventana de mi habitación, cosa que hacía cuando me sentía atrapada, como en ese momento.
Esto si que me aliviaba.
Intenté no pensar. Aunque era imposible, claro...
Pero me concentraba en el viento, en el olor de la hierba, de los árboles, en la frescura que había en ese lugar... En lo hermoso que podía percibir a través de mis sentidos. Me encantaba.
Llené mis pulmones de aire, lo retuve dentro. Y luego lo dejé salir por mi boca.
Dios, que alivio.
Aire puro, aire sin humo, sin contaminación.
Sentí mis dedos congelados. Me estaba congelando.
Aparté una rama, para no chocar con ella y, en un acto totalmente torpe, choqué el pie con una raíz y caí al suelo. Me pasaba seguido, en el mismo lugar, con la misma raíz enorme y vieja, así que no me sorprendí. Las manos se me llenaron de tierra, por suerte el suelo no estaba tan húmedo como la vez anterior... Así no le tendría que dar una explicación a mi madre de porqué estaba así de sucia, ni tendría que mentir diciendo que me había caído en un parque. Y justamente manchándome las dos rodillas y las dos manos con lodo. El lodo que casi no existía dentro de la ciudad.
Me puse de pie y caminé a paso rápido, y esta vez fijándome muy bien, hasta que la pequeña selva terminó.
Me sacudí el pantalón con la parte superior de las manos, para no arruinarlo más de lo que estaba, y luego me limpié las manos en un árbol cercano. Igual, más limpias no iban a quedar.
Miré la vieja casa que se extendía ante mis ojos.
Debería tener al menos unos cien años. Era una verdadera antigüedad.
Simplemente era de madera. Y pequeña, se veía como un pequeño paraíso entremedio del bosque. Las ventanas estaban intactas, los vidrios sucios, claro, pero no estaban rotos... bueno, había sólo uno en la que se suponía era la cocina. Las enredaderas, que se llenaban de flores color blanco en primavera, crecían a un costado de la casa, cubriéndola casi hasta la mitad. Eso era lo que más me gustaba del lugar.
La casa no era de un color en específico. Sólo se podía apreciar la madera sin rastro de pintura, ya reseca... Y un techo del mismo material. Y bastante bien echo, ya que casi no tenía goteras.
Me apresuré en llegar a la puerta.
La abrí y entré dentro como si se tratase de mi propia casa
La luz entraba por la ventana e iluminaba toda la habitación, pues la casa era de sola una habitación.
Una vez dentro, cerré la puerta con cuidado y el silencio que había allí dentro se hizo notar al escuchar fuertemente como la puerta se deslizaba hasta quedar completamente cerrada.
Por dentro la caseta era simple.
Al lado derecho de la habitación, bajo una ventana, había una mesa de madera, igual o más vieja que la casa, con un mantel de cuadros rojos y blancos encima. Lo había traído una vez aquí, para comer con Bill hace años. Aunque ya estaba lleno de polvo y el blanco ya no estaba tan blanco. A ambos lados de la mesa habían dos sillas. Eran de madera y mimbre. Habrían sido bastante lindas en su época.
Luego de la mesa, había un pequeña estufa de fierro, o lo que fuera...
Y nada más en el lado derecho.
Del izquierdo había un pequeño mueble con una radio a pilas encima de él. Bill y yo la habíamos traído. Y sobre la radio un disco con una sola canción, una canción de los chicos.
De Tokio Hotel.
Que por cierto, el primer single estaba a punto de salir. Y estaba segura de que sería un gran éxito. Los chicos serían exitosos, muy exitosos.
Suspiré.
En un rincón de la habitación, habían unas cuantas hojas y una par de lápices.
También debo mencionar que las paredes estaban llenas de rayas y escrituras nuestras.
Digo, de Bill y yo.
Porque este era nuestro lugar secreto.
Aunque no tan secreto, porque Tom también lo conocía. Pero él nunca se pasaba por aquí.
Caminé con cuidado hacia donde estaba la radio. La encendí y busqué alguna estación que tuviera buena música. Como no me gustó ninguna y ya me comenzaba a aburrir, la dejé en la que estaba. Por lo menos así ya no sentiría rugir las tablas del piso. Suspiré y me dejé caer con la espalda apoyada en la pared, a un lado de la radio. Entonces, los pensamientos volvieron. Las palabras de Kattie se me vinieron a la cabeza. Bill me quería. Él me había querido, y yo como una estúpida no me había dado cuenta de ello. Y es que en el mundo no existía alguien peor que yo… ¿Cómo me había podido pasar esto? Tenía la impresión que todo se me había escapado de las manos…
Si tan solo él me lo hubiese dicho.
Uff, ahora que recordaba... todo había sido tan claro...
Bill me lo había estado diciendo todo este tiempo con la mirada, con sus acciones. Yo siempre había pensado que él se comportaba así conmigo porque me quería mucho, como mejor amiga, como a una hermana. Nunca había caído en la cuenta de que ningún otro amigo, ni siquiera Tom, se comportaba así. Y Bill  tampoco hacía con sus otras amigas lo que hacía conmigo.
Soy tan tonta... en extremo.
Y había estado semanas hablándole a Bill lo mucho que quería, amaba y deseaba a Dylan antes de empezar a salir con él. Y luego... luego le contaba todo lo que pasaba en nuestras citas y lo hermoso que era en ese momento. Bill se debió haber sentido muy mal.
Pero de seguro no tan mal como yo me sentí cuando me enteré de que se había acostado con Kattie... era su novia, si, pero estaba saliendo conmigo también.
Pegue un salto y subí la mirada al instante. La puerta se abrió de golpe y alguien entró por la puerta…
Oh, no.
¿Y él que hacía aquí?
¿Cómo mierda había llegado tan rápido?
¿O es que el tiempo se me había pasado rápido y yo sin darme cuenta?
Iba a entrar en pánico.
Sus ojos se clavaron en mi en ese momento. No me sentí bien. Tenía la impresión de que él me atravesaba con la mirada y no me gustaba.

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