CAPITULO
4
Bill, eres un idiota ¡Ni siquiera le pude contestar! Es de mujeres eso de ocultar la edad… Pero es que a su lado me siento más viejo, no es mi culpa, yo no quiero sentirme así, sólo me siento así y ya. Es que hay algo que no encaja, lo sé. A lo mejor ya tenía que dejar de pensar que ella era una niña hermosa… Pero es que lo era realmente. Y me dolía el corazón al verla tan pequeña… porque… porque me habría gustado de haber sido menor la diferencia de edad.
Reaccioné en cuanto ella
desapareció de mi vista, y sacudiendo un poco la cabeza, quizás para dejar de
pensar estupideces, me dirigí a la cocina.
Bien, tenía que darle algo caliente a mi invitada… ojala no se resfriara. Pobre… si era una niñita y encima tan pequeña para su edad.
Cogí el pote de chocolate en polvo y lo dejé sobre la mesa, sin abrirlo aún… no me gustaba el olor. Luego cogí una cucharita y una taza para la pequeña. Esperé impaciente a que pasara un minuto, y sin saber qué hacer, preparé el chocolate… con eso estaba bien, supongo. Volví a dejar la taza sobre la mesa. Que nervios me habían entrado… de la nada. Y es que argh. Ni que me fuera a comer, es una niña… Aunque, con gusto me la comería yo. En el buen sentido, claro… es que es tan bonita y encantadora y tan tierna y tan… tan pequeñita. Es una hermosura, una ternura con patas.
Entonces, escuche unos pasitos que se acercaban, y ya estaba claro de quien se trataba… Miré hacia la puerta, esperando su llegada. Y no tardó en aparecer la pequeña, con mi ropa puesta… le quedaba gigante. Se veía aún más pequeña y parecía estar disfrazada. Clavó sus ojitos en mí, mirándome avergonzada… con sus pequeñas manitos sujetaba su ropa mojada. Su cabello estaba húmedo aún y algunos mechones se pegaban a su fino rostro de facciones infantiles… no pude evitar sonreír, es que soy tan idiota.
—¿Dónde dejo esto? —dejé de admirarla, al darme cuenta de que me estaba comportando como un bobo… Y me limité a contestar, sin poder borrar la sonrisa de mi rostro.
—Dámela —dejé rápidamente la taza sobre la mesa y cogí la ropa… estaba extremadamente mojada. Seguramente si la apretaba un poco más, sacaba un montón de agua de allí —está mojado —me reí, al darme cuenta de lo estúpido que eso había sonado. Esta ropa tendría que irse a la lavadora —puedes sentarte —y acto seguido me di la vuelta para ir a meter la ropa en la lavadora.
—¿La lavarás? —la miré rápidamente, seguramente pensaba que molestaría y no quería que yo lavara su ropa. Asentí y me apresuré en ir y meter la ropa en la lavadora. Le di al botón —pero Bill, yo puedo lavarla en mi casa.
—Demasiado tarde —pobre… la carita con la que se había quedado —ahora… —me apresuré en coger la taza con el chocolate ya preparado y se la di —toma esto —en ese momento, justo cuando ella cogía la taza, me di cuenta de algo… No le había preguntado si le gustaba el chocolate. ¡Hay, no! Pero… a todas las chicas les gusta…¿Y si era una de esas personas a las que no les gusta? ¿Cómo a mí? Ahora sí que había embarrado todo —supongo que te gusta el chocolate…
—Sí —uff. Ya, tampoco era tan única.
—No hay chica a la que no le guste —la pequeña me miró alzando una ceja, eso me recordó a alguien y enseguida dejó la taza bruscamente sobre la mesa, haciendo saltar unas gotitas de chocolate.
—¡Auu! —se quejó. A lo mejor estaba muy caliente.
Bien, tenía que darle algo caliente a mi invitada… ojala no se resfriara. Pobre… si era una niñita y encima tan pequeña para su edad.
Cogí el pote de chocolate en polvo y lo dejé sobre la mesa, sin abrirlo aún… no me gustaba el olor. Luego cogí una cucharita y una taza para la pequeña. Esperé impaciente a que pasara un minuto, y sin saber qué hacer, preparé el chocolate… con eso estaba bien, supongo. Volví a dejar la taza sobre la mesa. Que nervios me habían entrado… de la nada. Y es que argh. Ni que me fuera a comer, es una niña… Aunque, con gusto me la comería yo. En el buen sentido, claro… es que es tan bonita y encantadora y tan tierna y tan… tan pequeñita. Es una hermosura, una ternura con patas.
Entonces, escuche unos pasitos que se acercaban, y ya estaba claro de quien se trataba… Miré hacia la puerta, esperando su llegada. Y no tardó en aparecer la pequeña, con mi ropa puesta… le quedaba gigante. Se veía aún más pequeña y parecía estar disfrazada. Clavó sus ojitos en mí, mirándome avergonzada… con sus pequeñas manitos sujetaba su ropa mojada. Su cabello estaba húmedo aún y algunos mechones se pegaban a su fino rostro de facciones infantiles… no pude evitar sonreír, es que soy tan idiota.
—¿Dónde dejo esto? —dejé de admirarla, al darme cuenta de que me estaba comportando como un bobo… Y me limité a contestar, sin poder borrar la sonrisa de mi rostro.
—Dámela —dejé rápidamente la taza sobre la mesa y cogí la ropa… estaba extremadamente mojada. Seguramente si la apretaba un poco más, sacaba un montón de agua de allí —está mojado —me reí, al darme cuenta de lo estúpido que eso había sonado. Esta ropa tendría que irse a la lavadora —puedes sentarte —y acto seguido me di la vuelta para ir a meter la ropa en la lavadora.
—¿La lavarás? —la miré rápidamente, seguramente pensaba que molestaría y no quería que yo lavara su ropa. Asentí y me apresuré en ir y meter la ropa en la lavadora. Le di al botón —pero Bill, yo puedo lavarla en mi casa.
—Demasiado tarde —pobre… la carita con la que se había quedado —ahora… —me apresuré en coger la taza con el chocolate ya preparado y se la di —toma esto —en ese momento, justo cuando ella cogía la taza, me di cuenta de algo… No le había preguntado si le gustaba el chocolate. ¡Hay, no! Pero… a todas las chicas les gusta…¿Y si era una de esas personas a las que no les gusta? ¿Cómo a mí? Ahora sí que había embarrado todo —supongo que te gusta el chocolate…
—Sí —uff. Ya, tampoco era tan única.
—No hay chica a la que no le guste —la pequeña me miró alzando una ceja, eso me recordó a alguien y enseguida dejó la taza bruscamente sobre la mesa, haciendo saltar unas gotitas de chocolate.
—¡Auu! —se quejó. A lo mejor estaba muy caliente.
—¡Oh! lo siento, ¿te dolió? —me
entraron ganas de acercarme a ella, abrazarla y apretujarla hasta que se le
pasara... y es que hasta sus ojitos estaban un poco más brillantes.
—No, no pasa nada. Es sólo que… exageré un poco, ya sabes —se notaba a leguas que se había quemado fuerte. Fingí creerle…
—Ah —dije simplemente. Meer se llevó la taza a la boca. Y yo moví la silla hacia atrás y me senté frente a ella. Me fijé que sus ojos se llenaban de lágrimas y separaba rápidamente la taza de su boquita.
—¿Cómo está? —le pregunté, para romper el silencio y dejar de echarme la culpa por todo.
—Delicioso, ¿quieres?
—No me gusta —hice una mueca de disgusto.
—¿De verdad? —preguntó asombrada. Asentí con la cabeza y enseguida ella comenzó a burlarse —¿cómo no te va a gustar el chocolate? ¿estás mal de la cabeza o finges estarlo? —me apuntó. Bajé su dedo aplastándolo con mi mano sobre la mesa. Que dedito tan pequeño y delgadillo.
—Estoy mal de la cabeza, eso es seguro ¡Pero el chocolate es la peor cosa del mundo!
—¡Claro que no! —se quejó, intentando quitar su dedito, pero no lo logró. Reí.
—Eres una niñita debilucha.
—Con ropa grande —oh, pero si no te queda tan mal, pequeña…
—No, no pasa nada. Es sólo que… exageré un poco, ya sabes —se notaba a leguas que se había quemado fuerte. Fingí creerle…
—Ah —dije simplemente. Meer se llevó la taza a la boca. Y yo moví la silla hacia atrás y me senté frente a ella. Me fijé que sus ojos se llenaban de lágrimas y separaba rápidamente la taza de su boquita.
—¿Cómo está? —le pregunté, para romper el silencio y dejar de echarme la culpa por todo.
—Delicioso, ¿quieres?
—No me gusta —hice una mueca de disgusto.
—¿De verdad? —preguntó asombrada. Asentí con la cabeza y enseguida ella comenzó a burlarse —¿cómo no te va a gustar el chocolate? ¿estás mal de la cabeza o finges estarlo? —me apuntó. Bajé su dedo aplastándolo con mi mano sobre la mesa. Que dedito tan pequeño y delgadillo.
—Estoy mal de la cabeza, eso es seguro ¡Pero el chocolate es la peor cosa del mundo!
—¡Claro que no! —se quejó, intentando quitar su dedito, pero no lo logró. Reí.
—Eres una niñita debilucha.
—Con ropa grande —oh, pero si no te queda tan mal, pequeña…
—¡Tenemos al nuevo Tom! —me burlé.
No podía decirle todo lo que se me pasaba por la cabeza.
—Oh, si, claro —frunció el ceño —¡aquí
tenemos al estúpido del año! —¿y tenía que reírme? Era pequeña, y además no era
nada graciosa… ni creativa.
—No te ha salido.
—Sí, no me ha salido… —pobre…
decidí cambiar de tema, para no avergonzarla más.
—Y… dime, ¿Cómo te fue hoy en la
escuela? —reí inconscientemente.
—Como siempre. ¡Pff! —bufó. Se
acomodó en la silla, llevándose la taza de chocolate a los labios. Ok, no le
gustaba la escuela. Busqué sus ojitos azules… sin quererlo. Pero no pude dar
con ellos, tenía la vista clavada en la mesa. Y es que realmente era tan
hermosa… me gustaría haber nacido después, o ella un poco antes… así sería mi
novia. Porque es la chica más linda que en mi vida he visto. Si… es muy tierna
y todo. Si tan sólo tuviese 15… si yo tuviese esa edad, ella sería perfecta
para mí. A esa edad yo no me fijaba en el cuerpo, sólo el rostro bonito y el
encanto de la persona. Ahora, si el rostro y la mente de Helena lo pudiésemos
cambiar por el de Meer… Ok, no, me estoy pasando. Esas cosas no las tengo que
pensar. Meer ya va a crecer, seguro va a ser una mujer hermosa… y quizás de que
idiota se enamore —¿cuántos me dijiste que tenías? —salí de mis pensamientos al
escuchar su suave voz. ¿Tanto se empeñaba en hacerme sentir un aciano?
—¿Cuantos qué? —le di vueltas,
como un tonto lo haría, preguntando lo obvio.
—Años, querido, años —suspiro como
si estuviese cansada. Miré la mesa y entrelacé mis dedos… ¿Por qué me costaba
tanto decirlo? Me tardé mucho más que el tiempo suficiente para contestar:
—Diecinueve —observé su expresión.
Pero ella no dejó de mirarme, ni siquiera pareció sorprendida. Bien… hasta que
finalmente, su carita se llenó de risa.
—Eres un anciano —entrecerró sus
ojitos, burlándose de mí. Lo sé, ya estoy viejote. O al menos ella me ve como
un viejote… y es que es tan pequeña. Ya estoy comenzando a odiar que sea tan
menor.
—Lo sé —reí. Quise cambiar el tema
al instante —¿Ya terminaste? —la pequeña se llevó la taza a la boca, le dio un
largo sorbo… y luego la separó de su boca, pasando la lengua sobre sus… sus
labios.
—Sí —dijo al momento en que me
daba la taza. Me levanté en seguida de la mesa, para lavarla. Ella estuvo en
silencio ese medio minuto que ocupé en limpiar su taza y guardarla en uno de
los muebles. ¿Y ahora que hacía?, siempre que estaba con chicas nos besábamos o
ese tipo de cosas, o cuando estaba con mis amigas ellas buscaban que hacer, o
de que conversar… pero ahora, ahora yo era el mayor y tenía que buscar algo
para entretener a la niña.
—Y... ¿Qué quieres hacer? —la miré
entrecerrando los ojos. Ella simplemente se encogió de hombros. Que ternura…
aunque me estaba dejando en la misma situación: Sin saber qué hacer —¿a qué
hora llega tu madre? —esperé… y esperé su respuesta. Pero no llegó. Ni siquiera
abrió la boca para pronunciar un “no lo sé”, se limitó a bajar la cabeza. —no
lo sabes—miré la hora fugazmente en el reloj de pared. Las siete… y yo no sabía
que mierda hacer para que no se aburriera —son las siete. Podríamos... ver la
TV. Mi madre no se tarda en llegar y nos podría cocinar algo bueno —le sonreí…
entonces ella me miro y me devolvió la sonrisa. Que linda.
—¿Qué hay de bueno a esta hora? —comencé
a caminar hacia el salón, con ella detrás de mí. La verdad, es que el sonido
que producían los pantalones cuando ella caminaba me parecía gracioso.
—Pues… no lo sé —me encogí de
hombros… yo no era de esas personas que se pasaban el día viendo TV —siéntate
—la invité, para luego prácticamente lanzarme sobre el sillón. Ahora... lo
difícil era encontrar el control de la TV
—¡Aquí está! —y como si me hubiese
leído la mente, me dio lo que buscaba. Y es que más irresistible no podía ser.
Le sonreí como un bobo, y luego me acomodé del sillón… apartando la vista de
ella y encendiendo la TV. Comencé a pasar los canales… no sabía sus gustos para
los programas.
—Cuando quieras que me detenga, me
avisas —es mejor asegurarse.
—¡Ya! —chilló, haciéndose
asiéndose la graciosa. Pero qué suerte tenía la niña. Ella no podía ver esas
cosas… son para adultos. Se me revolvió el estómago de sólo pensar que esa niña
tan encantadora y pequeña pudiese ser una pervertida. La miré extrañado… No, no
podía ser. Ella es… muy inocente.
—¿Te gusta ver esa clase de
películas? Digo... como eres chica y vamos, eres pequeña y… —te trabas, Bill…
mejor cierra la boca.
—Lo decía por ti, tonto. Tú debes
de ver esas cosas – Alcé una ceja. La pequeña se ruborizó al instante y yo tuve
que aguantarme las ganas de reír para no avergonzarla más. Sí, yo veía esas
cosas… y me gustaban. Pero ella no las podía mirar. Meer desvió la vista y
hablando entre dientes, casi con asco, murmuró:
—¿No la vas a cambiar? —pobre...
Entonces miré la TV. Mmm…
—Creí que tu querías ver eso.
—Fue un accidente —se excusó
rápidamente. Y con el dolor de mi corazón… cambie la TV.
—Ok, ok —le di a uno de los
botones. Reí… pero que niña más... no lo sé, ella tenía algo que nadie más
tenía. Comencé a pasar los canales de la TV rápidamente hasta que me pillé con
el dinosaurio rosa. ¿Cómo se llamaba?, ¿Bambi?
—¿Me va a poner a ver… Barney? —Barney,
era Barney. Su vocecita había sonado del todo cómica.
—Pensaba que a todos los chicos le
gustaba —me encogí de hombros, para picarla. Y es que se veía encantadora
cuando se enojaba.
—Yo ya estoy grande —se apuntó a
sí misma, inflando el pecho, orgullosa. La examiné con la mirada, una vez más.
¡Pero si era una niña! Y lo peor, es que tenía la impresión de que esa ternura con
patas jamás iba a crecer.
—Pues, la verdad… —iba a dar mi
opinión, pero la muy chillona me cortó:
—¡Arrghh! ¡Cambia esa cosa! ¡No
soporto a ese elefante! ¡ay, dios, encima es rosa! —me… sorprendí bastante. Que
histérica. No tanto como Helena… nadie se le comparaba. Pero es que en
realidad, no me imaginaba a Meer chillando de esa manera tan… descomunal. La
pequeña se llevó la mano a la frente, dándose un gracioso golpe y luego me
arrebató el control de las manos para cambiar el canal.
—Ya está —murmuró. Mire la TV, y
me impresioné aún más. ¿Lucha libre? Ni siquiera yo veía esas cosas… Me costó
reaccionar. Esta niña era una caja de sorpresas, la única cosa común en ella
era que le gustaba el chocolate, como a todas. Pero por lo demás… wow. Y más
wow.
—¿Te gusta lucha libre? —le
pregunté. No supe por qué… no me agradaba. Digo, no para que ella la viera
porque la lucha libre es poco femenina.
—Sí —me contestó sin mirarme.
Aunque pensándolo bien… no estaba tan mal.
—Eres una niñita muy extraña…
—solté sin pensar.
—Sí, todos lo dicen. ¡Woooww!
—chilló. La TV, claro.
—¿Todos? —alcé una ceja. Y es que
ella es extraña porque… porque es única.
—No soy… emm.. – Clavó sus ojitos
azules en mí y yo estaba seguro de que moriría allí mismo —no soy muy sociable.
Para nada sociable —acabó por sonreír. ¿Para nada sociable? ¿hablaba de la
misma niña que estaba conmigo en este momento?
—Pues yo te veo como una chica muy
simpática… —declaré. —de verdad que no pareces ser de esas… —“esas”, no tendría
que haber dicho “esas”, no sonó bien. ¿Y si se sentía mal por eso? ay, no…
—Me llevo mejor con los chicos —suspiró,
como si nada. ¿Chicos?, ¿esa preciosura con chicos? Me sentí un poco… molesto
—creo que eso lo explica —acabó por soltar una risita. Al menos eso explicaba
sus gustos para los programas de TV. Aunque aún no podía creer que fuera una
“niña no sociable” y que se llevara mejor con los chicos. ¡Pero qué suerte
tenían esos niños!
—¿Y no tienes amigas?
—No. Tampoco necesito tenerlas.
Creo… —terminó la frase en un susurro y miró sus manitos. Me dio algo, no sé
qué, pero me entraron ganas de abrazarla y decirle que… que no se preocupara,
que ellas se lo perdían, porque la pequeña era la mejor persona del mundo y…
argh. Y es que se veía tan apenada que no me resistí a pasar uno de mis brazos
sobre sus hombros y acercar su cuerpecito hacia el mío. Me habían entrado unas
enormes ganas de protegerla y cuidarla… y es que se veía tan indefensa, pequeña
y… pff, si hubiese sido por mí, no la habría soltado jamás.
—No necesitas tenerlas —murmuré. No
sabía cómo animarla sin decir alguna palabra en falso que delatara mis pensamientos
de admiración hacia ella —porque tú te vales por ti misma. Y eres una persona
muy… —linda, perfecta, bonita, amable, graciosa, tierna, única… —valiosa. Si,
vales mucho. Y esas chicas se lo pierden —al menos lo había intentado. Se me
volvió el alma al cuerpo al verla sonreír y en seguida le devolví la sonrisa.
—Gracias —pero que hermosura… y es
que me daban unas ganas de apretujarla y prácticamente comerla… Podía conmigo,
no me aguantaba.
—No es nada… —terminé de abrazarla,
rodeándola también con mi otro brazo, y entrelacé los dedos para que no se me
fuera a escapar. Ella relajó su cuerpo, y despacito, apoyó su cabeza en mi
hombro. Su cabello ya estaba seco y tenía un olor riquísimo. Me estremecí, y es
que estábamos tan cerca el uno del otro… Aunque lo más increíble era que la
pequeña me había tomado confianza así de rápido. Al igual que yo a ella, y es
que yo no abrazaba a cualquiera. O eran amigas, o eran novias. Pero ella… sólo
era la vecina pequeña y encantadora de la casa del lado. Y ahora que lo
pensaba, no estaba tan pequeña. Antes era mucho más pequeña, aún recuerdo
cuando la veía bailando en su habitación con sus DVD’s de princesas y esas
cosas. Siempre me había parecido tan graciosa.
O cuando tenía un amigo imaginario
y jugaba a las muñecas, yo la observaba durante mis castigos por las travesuras
que hacíamos con Tom… cuando me aburría y ya no me quedaban juegos.
Ella siempre fue una niña solitaria. Jamás la había visto salir a jugar al parque como los otros niños… como Tom y yo en nuestros tiempos. A lo mejor su madre no le había dado permiso. Meer siempre le obedecía en todo a esa mujer que no merecía ser la madre. Recuerdo cuando la golpeaba para que no le desobedeciera y no le contestara. Al parecer la niña ya había aprendido, pues no la golpeaba desde hacía años.
Y sabría más de no ser porque me había desinteresado en ella cuando había aprendido a hablar. Antes, la pequeña era “la novedad” Tom y yo siempre acompañábamos a mamá a visitarla y nos turnábamos para pasearla en su carrito. Hasta que nos aburrimos, como todo niño y ya no le prestamos más atención. Yo comencé a cambiar, y su madre comenzó a parecerme una bestia.
Y ahora que analizaba bien las cosas, me daba cuenta de que la “pequeña”, ya no estaba tan pequeña… estaba grande. Había crecido un montón.
—¿Sabes? realmente estás grande —dije para luego llenar mis pulmones de aire. Sentí su aroma… ah.
—¿Ves? Te lo dije —me entraron ganas de reír. Ahora la niña me había vuelto a interesar… porque, porque sí.
Ella siempre fue una niña solitaria. Jamás la había visto salir a jugar al parque como los otros niños… como Tom y yo en nuestros tiempos. A lo mejor su madre no le había dado permiso. Meer siempre le obedecía en todo a esa mujer que no merecía ser la madre. Recuerdo cuando la golpeaba para que no le desobedeciera y no le contestara. Al parecer la niña ya había aprendido, pues no la golpeaba desde hacía años.
Y sabría más de no ser porque me había desinteresado en ella cuando había aprendido a hablar. Antes, la pequeña era “la novedad” Tom y yo siempre acompañábamos a mamá a visitarla y nos turnábamos para pasearla en su carrito. Hasta que nos aburrimos, como todo niño y ya no le prestamos más atención. Yo comencé a cambiar, y su madre comenzó a parecerme una bestia.
Y ahora que analizaba bien las cosas, me daba cuenta de que la “pequeña”, ya no estaba tan pequeña… estaba grande. Había crecido un montón.
—¿Sabes? realmente estás grande —dije para luego llenar mis pulmones de aire. Sentí su aroma… ah.
—¿Ves? Te lo dije —me entraron ganas de reír. Ahora la niña me había vuelto a interesar… porque, porque sí.
—Cuando tú eras pequeñita, yo
paseaba contigo por el vecindario. Llevaba tu cochecito a todas partes. Ya ni
te acuerdas —le comenté —y yo me acuerdo muy poco… igual era pequeño. —Meer se
puso rígida y se sonrojó hasta las orejas.
—Wow —decidí jugar un poco:
—Sí, también te cambiaba los pañales —la pequeña pegó un salto, dándome un susto.
—¡¿Qué?! —chilló quedándose como piedra. Pobre…Seguro ya se imaginaba que yo la había visto desnuda. Reí, que ingenua… y luego sin pensarlo me acerqué a su oído… me di cuenta de lo que estaba haciendo y me entraron los nervios. Pero aun así, arreglé la situación y simplemente le susurré:
—Que es broma —ella suspiró, y yo no pude evitar soltar una risita. Pero que linda…
—Esto… yo creo que ya es hora de que me vaya —¡la espanté!, ¿y cómo no hacerlo? Es una niña, me había acercado demasiado y… Oh, Dios, la TV casi me mata. Miré fugazmente el televisor, ¿había cambiado el canal? Era una película de terror. Pero más terrorífico era pensar que la pequeña se quería ir por mi culpa. No quise soltarla.
—Pero tu madre aún no llega —me quejé, separando mi boca todo lo que pude de su oído, para no asustarla más.
—Sí, pero ya no llueve. – Incluso yo podía escuchar el impacto del agua contra las ventanas…
—Si llueve.
—Puedo estar bajo la lluvia —Quiso separarse de mí, pero yo no se lo permití.
—Wow —decidí jugar un poco:
—Sí, también te cambiaba los pañales —la pequeña pegó un salto, dándome un susto.
—¡¿Qué?! —chilló quedándose como piedra. Pobre…Seguro ya se imaginaba que yo la había visto desnuda. Reí, que ingenua… y luego sin pensarlo me acerqué a su oído… me di cuenta de lo que estaba haciendo y me entraron los nervios. Pero aun así, arreglé la situación y simplemente le susurré:
—Que es broma —ella suspiró, y yo no pude evitar soltar una risita. Pero que linda…
—Esto… yo creo que ya es hora de que me vaya —¡la espanté!, ¿y cómo no hacerlo? Es una niña, me había acercado demasiado y… Oh, Dios, la TV casi me mata. Miré fugazmente el televisor, ¿había cambiado el canal? Era una película de terror. Pero más terrorífico era pensar que la pequeña se quería ir por mi culpa. No quise soltarla.
—Pero tu madre aún no llega —me quejé, separando mi boca todo lo que pude de su oído, para no asustarla más.
—Sí, pero ya no llueve. – Incluso yo podía escuchar el impacto del agua contra las ventanas…
—Si llueve.
—Puedo estar bajo la lluvia —Quiso separarse de mí, pero yo no se lo permití.
—No con mi ropa— já. Y enseguida
sentí como se escapaba de mis brazos y caía golpeándose la cabeza contra el
sillón. Sonó tan fuerte que me hizo estremecer. La miré asustado, tenía la
cabeza sobre el extremo del sillón que yo usaba para poner los pies. ¡Ay, no!,
fue mi culpa, toda la culpa era mía… tendría que haberla sujetado mejor. Sus
ojitos se habían llenado de lágrimas y todo.
—Dios, Meer, lo siento —busqué su cabeza con mi mano —¿Te duele? —Enseguida ella negó con la cabeza—¿Te pongo hielo?
—No es necesa… —no la dejé terminar, y la agarré del brazo, para llevarla hacia la cocina y buscar hielo —rio —para disminuir la hinchazón y quizás el dolor. Era tan pequeña, no podía creer que no estuviese llorando.
Una vez llegamos a la cocina, la senté en una silla, y tras asegurarme de que se quedara allí, tranquila y quietecita, saqué una bolsa y le metí hielo. Soy tan bruto y ella es tan… delicada. Me acerqué a ella… Meer me miraba con ojitos interrogantes, pero bajó la mirada al instante. Acercó su mano para recoger el hielo, pero yo pasé de largo y se lo deposité en la cabeza. Era más lindo si yo lo sujetaba. Cogí una silla que estaba un poco más allá y la acerqué para luego sentarme cerca de ella.
—¿Estas mejor? —le pregunté. Entonces ella me miró con una sonrisa un poco tímida.
—Está helado. Gracias —iba a sonreír, pero en ese momento toda mi atención fue dirigida hacia la puerta. Alguien venía llegando. Acomodé el hielo en su cabeza, que se me iba resbalando.
—Dios, Meer, lo siento —busqué su cabeza con mi mano —¿Te duele? —Enseguida ella negó con la cabeza—¿Te pongo hielo?
—No es necesa… —no la dejé terminar, y la agarré del brazo, para llevarla hacia la cocina y buscar hielo —rio —para disminuir la hinchazón y quizás el dolor. Era tan pequeña, no podía creer que no estuviese llorando.
Una vez llegamos a la cocina, la senté en una silla, y tras asegurarme de que se quedara allí, tranquila y quietecita, saqué una bolsa y le metí hielo. Soy tan bruto y ella es tan… delicada. Me acerqué a ella… Meer me miraba con ojitos interrogantes, pero bajó la mirada al instante. Acercó su mano para recoger el hielo, pero yo pasé de largo y se lo deposité en la cabeza. Era más lindo si yo lo sujetaba. Cogí una silla que estaba un poco más allá y la acerqué para luego sentarme cerca de ella.
—¿Estas mejor? —le pregunté. Entonces ella me miró con una sonrisa un poco tímida.
—Está helado. Gracias —iba a sonreír, pero en ese momento toda mi atención fue dirigida hacia la puerta. Alguien venía llegando. Acomodé el hielo en su cabeza, que se me iba resbalando.
Seguro era mi madre.
Y confirmé mis sospechas al verla entrar por la puerta de la cocina. Me sonrió, pero pareció sorprenderse bastante al ver a mi acompañante. Oh, no… ¿Cómo lo había olvidado? Esta misma mañana le había hablado sobre la apuesta. Seguro se enojaba y pensaba quizás que cosas y… argh. Tendría que aclararle todo en cuanto Meer se fuera.
—¿Pero qué hace la pequeña Meer aquí? —preguntó mi madre con voz sugerente. Le sonrió a Meer, luego volvió a mirarme… y después volvió a mirar a la niña.
Y confirmé mis sospechas al verla entrar por la puerta de la cocina. Me sonrió, pero pareció sorprenderse bastante al ver a mi acompañante. Oh, no… ¿Cómo lo había olvidado? Esta misma mañana le había hablado sobre la apuesta. Seguro se enojaba y pensaba quizás que cosas y… argh. Tendría que aclararle todo en cuanto Meer se fuera.
—¿Pero qué hace la pequeña Meer aquí? —preguntó mi madre con voz sugerente. Le sonrió a Meer, luego volvió a mirarme… y después volvió a mirar a la niña.

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